Mientras corría, sus pies se hundían en la agria nieve y su aliento salía de su boca como jadeos. No había nada más que oscuridad siniestra. Las pisadas detrás de él habían desaparecido ya hace tiempo, los jadeos y los gritos ya no afectaban el aire. Eso lo dejaba solo en las extensiones desiertas. Las lágrimas atormentaban sus ojos mientras avanzaba. El viento pasaba entre su ropa desabrigada hasta calarle los huesos. Su pecho se sentía cerrado, sus costillas protestaban y sus pantorrilas amenazaban con desistir; pero él seguía adelante.
Su mente funcionaba como un reloj. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Qué había pasado? ¿Debería volver? Una y otra vez las preguntas daban vueltas en su cabeza, pero sin conseguir ninguna respuesta.
Siguió adelante. Sus labios y nariz se empezaban a paspar, sus brazos y piernas sintiéndose cada vez más pesados y frágiles con cada movimiento. Avanzó unos cuantos pasos más hasta que sus rodillas temblaron y él cayó en la crujiente nieve.
Cautelosamente, giró su cuerpo para ver a todos los ángulos posibles, pero sin utilidad. No podía ver, ni mucho menos distinguir, nada. Su respiración se apuró y atoró en su garganta; el latido de su corazón se sentía a través de sus costillas. Más allá del silbido del viento, vagamente escuchó pisadas rompiendo el silencio. Inmediatamente, el hombre se puso en pie y luchó su camino hacia adelante.
Mientras corría, repasó sus chances de morir de hipotermia. Silenciosamente, rogó por ser llevado por el frío antes de que lo que estaba allá afuera lo llevara. La pequeña positividad de la ocasión le dijo que no estaba a punto de morir; darse por vencido no era una opción.
Frenéticamente, buscó algún signo de que él mismo se había movido. Se sentía corriendo, pero no veía ningún cambio de escenario: por todo lo que sabía, el movimiento podía haber pasado sólo en su cabeza. Todo era igual allá afuera. La nieve que tocaba era igual de blanca que su vecina; la oscuridad hacia la que corría era siempre la misma. Una y otra vez, sin importar cuántas veces se diera vuelta: idéntico.
La urgencia de los otros pasos aumentó y el hombre rogó a sobrevivir. Forzó sus doloridas piernas a seguir adelante.
Su terror fué acortado por una mano helada cerrándose sobre su boca. Peleó en contra de la fuerza, sus brazos y piernas agitándose tratando de golpear algo sólido, pero sólo encontraban aire y nieve. Hundió sus talones y giró su cuerpo en pos de obtener algún tipo de ventaja.
El secuestrador le gritó algo en un idioma que él no podía entender. Algo pesado y duro conectó con su cráneo y el hombre se quedó inmóvil.
