Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Ok, por hoy llego hasta aquí. La próxima actualización será en diez días aproximadamente, puesto que el proceso de edición-revisión continúa y mis obligaciones laborales en esta parte del año me impiden mayor celeridad.
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
III
El fin de la amistad
El baile estaba en lo mejor. En pequeños grupos o en parejas, los jóvenes disfrutaban de una noche divertida y de un ambiente amigable, aunque con el tiempo, la charla y algún que otro trago para animarse, hubo gente que, como es natural, buscó algo más. Apartados de esos aconteceres, dos adolescentes se medían a cierta distancia, amparados en la impunidad que otorgaba la oscuridad del lugar, y ninguno se percataba de la insistente observación de la que era objeto.
Por una parte, Ichigo se reclinaba contra la barra bebiendo un trago por insistencia de Keigo, quien lo consideraría un subnormal si no lo hacía. El chico aceptó, más que nada para que lo deje en paz. Desde allí podía mirar tranquilamente a Rukia, sentada con las otras chicas en una de las pequeñas mesas. Entre los efectos del alcohol (él no bebía nunca), la ansiedad y el recuerdo de los dos contactos físicos más increíbles que experimentase, tuvo la certeza de que su fuerza de voluntad estaba a punto de sucumbir.
Por su lado, Rukia también observaba al causante del revuelo hormonal que la sacudía desde la tarde. Se veía muy guapo vestido con un simple pantalón negro y una camisa al tono, seductoramente desabrochada hasta el segundo o tercer botón. Desde que lo había besado, el aire se le atascaba cada vez que sus miradas se cruzaban, y su corazón parecía un corcel desbocado. Luego de ese primer beso ella se había comportado como la peor, lo sabía, pero estaba convencida de que era por su bien.
Una vez más, lo revivió en su mente...
…
Impulsiva e inesperadamente, Ichigo la besó.
Por un momento Rukia creyó que aún no había despertado de esa siesta reparadora, que otra vez tenía uno de esos sueños recurrentes con su amigo. Pero la presión y el calor de la boca de Ichigo la despojaron de toda duda. Él se deslizó suave pero firmemente sobre sus labios, y ella le agradeció al cielo por estar tendida, pues comenzó a derretirse como la nieve bajo el sol. Por instinto le correspondió de la misma forma, abandonándose a lo irremediable.
Un gemido se escapó de entre sus labios e Ichigo se animó a sujetar la cabeza de la joven para aumentar la proximidad de sus bocas y de sus cuerpos. Ella colocó una mano sobre la sonrojada mejilla del chico, posesiva. De ese modo sus bocas encajaron a la perfección. Luego, Rukia dirigió esa misma mano al pecho de Ichigo para advertir, conmocionada, los rápidos latidos de su corazón. Era ella quien provocaba ese descontrol, y ese conocimiento la cautivó.
Eran muy concientes de lo que sentían, pero nunca llegaron a imaginar cómo sería el entregarse de verdad a ese sentimiento. Habían estado demasiado concentrados en resistir la tentación, según se lo habían prometido luego del regreso de Rukia, y ahora caían en la cuenta de lo absurdo que resultaba sostener semejante postura. Tratándose de los propios sentimientos, a veces rendirse era lo mejor.
Cuando el beso iba a profundizarse, el inoportuno bip-bip del móvil los devolvió de forma abrupta a la realidad. Tuvieron que detenerse a la fuerza. Con la frustración pintada en el rostro, Ichigo se apartó. Después, con desgano y dubitativas miradas, se puso de pie y la ayudó a hacer lo mismo.
Esta vez no se trataba de un hollow, sino que el molesto de Keigo les recordaba en un mensaje de texto la hora de la reunión de esa noche. Ichigo fue el primero en reponerse de la situación.
-Siempre el mismo métome-en-todo –logró expresar, pero la verdad es que se sentía algo incómodo y desconcertado, sobre todo porque notó que Rukia no decía nada.
La muchacha estaba confundida, totalmente desorientada. El beso la desestabilizó por completo. Quizá debió decirlo en voz alta, tal vez debió sincerarse con él, pero supuso que tal confesión la dejaría a merced de la soberbia satisfacción del otro, quien pensaría que al menos una vez había conseguido anular su capacidad de reacción. No quería demostrar más debilidad, por lo que prefirió refugiarse en un territorio familiar.
-No me sorprende que un chiquilín tenga amigos chiquilines.
-¿Qué? ¿Qué estás diciendo? –exclamó él, sobresaltado. Se preguntó cómo diablos habían podido saltar con tal facilidad del romanticismo a la ofensa sin sentido.
-Ya me has oído, idiota.
-¡No puedo creer que después de lo que pasó...!
-Lo que pasó fue un error, no tenía que suceder –dijo Rukia sin mirarlo, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad.
Ichigo la sondeó, desconfiado. Tardó algunos instantes en comprender que no le hablaban en broma.
-Pero creí que... –El chico sentía como si le patearan el orgullo y, francamente, no podía entender nada de lo que estaba ocurriendo. En un momento la estaba besando, ella le correspondía, y al minuto siguiente...
-Ichigo, sabes tan bien como yo que procedemos de lugares opuestos, nos movemos entre la vida y la muerte, entre el mundo espiritual y el mundo humano... No somos iguales.
-Maldita sea, Rukia, ¡claro que lo somos! –dijo él con firmeza. Se sentía herido, ofendido, pero logró reacomodar su mente para lidiar con esa nueva situación-. Tú y yo hacemos lo mismo por las mismas razones, y no permitiré que lo niegues. Una de dos: o tienes miedo de lo que pudiera suceder si decidiéramos ir más lejos, o simplemente no sientes por mí lo mismo que yo siento por ti.
Ya estaba, lo había soltado por fin. Rukia lo miró, impactada por semejante confesión. Nunca hubiese predicho que él se animaría a revelar una cosa así.
La llenaba de emoción y de alivio saberse correspondida, entrever que tal vez hubiese estado padeciendo la misma tortura que ella. Tenía ganas de lanzarse a su cuello, abrazarlo, besarlo y terminar con esa estúpida histeria, pero el rostro de su hermano se materializó en su mente, junto con todos los shinigamis del Seireitei. Esa chispa de cordura encendió el final de sus ensoñaciones.
No soportaría ver a Ichigo enfrentarse al Gotei 13 por su causa otra vez, ni lo permitiría, y ella misma se había jurado no infringir ninguna otra ley. No, jamás admitiría que el ciclo se repitiese. Había estado soñando despierta como una boba, ya iba siendo hora de reaccionar.
Con un último esfuerzo, apeló al recurso que él involuntariamente le otorgaba. Sin más contemplaciones, le respondió:
-Lo siento, Ichigo, no puedo corresponderte del mismo modo –murmuró. Su autodominio estuvo a punto de flaquear, pero logró seguir adelante-. La verdad es que no te quiero de esa manera.
Era por su bien. Santo Cielo, ¡era por su propio bien! ¡Tenía que entenderlo! Exponiendo las verdaderas razones él no hubiese cedido y le hubiese importado un comino pelear por ella ante quien fuese, sin comprender cuánto sufriría al verlo en ese trance otra vez. Por favor, que Ichigo lo entienda.
Ichigo la miró. Ella sostuvo esa mirada hasta el segundo final, sin retroceder. Sabía que estaba cavando un foso entre ellos y que no había vuelta atrás. Al fin el joven volvió en sí.
-Perdona si te he ofendido.
Esas palabras, por alguna razón, la hirieron más que cualquier katana que le hayan clavado antes. Él continuó hablando con el rostro ensombrecido:
-Será mejor que regresemos a casa. Tenemos que volver a la forma humana, bañarnos y cambiarnos para la salida de esta noche.
Rukia vaciló. No sabía qué decir.
-Ichigo, yo…
-Anda, vamos. No perdamos más tiempo.
Cuando él se apartó parecía una sombra. Sintiéndose terrible, culpable y frustrada, la shinigami lo siguió sin pronunciar ninguna otra palabra.
…
Ichigo seguía apoyado en la barra sin dejar de mirarla. Habían ensayado esa estúpida discusión a causa de la impertinencia de Kon cuando salían para el pub, pero lo que se rompió entre ellos, se rompió definitivamente.
De todos modos, aunque le dolía en su amor propio el rechazo, sus sentimientos hacia ella se mantenían tan fuertes como antes de recibir tal estocada. Es por eso que, poco a poco, fue formándosele por dentro la convicción de que, de alguna manera, sólo él podría recomponer las cosas. Si un lazo se había roto entre ellos, entonces tendría que crear uno nuevo. El rechazo lo lastimaba, pero se arrepentiría toda la vida si lo aceptaba sin luchar, y luchar era lo mejor que sabía hacer.
Rukia apenas participaba de la conversación de sus amigas, atribulada por lo sucedido esa semana y acongojada por el hecho de estar perdiendo a su mejor amigo. Desde su mesa también lo miraba con insistencia, aunque disimulaba. Al poco rato, un súbito movimiento suyo la despabiló. Ichigo abandonó su vaso y se encaminó hacia ella. El pulso se le aceleró.
Ante los sorprendidos rostros de las chicas, el sustituto llegó hasta la mesa, tomó a Rukia por el brazo y la obligó a levantarse. Sin dar explicaciones, con una atónita e indefensa shinigami que no atinaba a reponerse, se alejó del lugar.
…
La primera en reaccionar fue Orihime. El brusco movimiento de Ichigo no le dio tiempo a preguntar para dónde iban, pero de a poco cayó en la cuenta de que, en definitiva, lo que hiciera esa pareja no era de su incumbencia. Aun así no pudo evitar una punzada de celos en la boca del estómago y su compungido rostro llamó la atención de Tatsuki.
Ella tampoco entendía lo que estaba pasando, se sentía afuera de todo, como otras tantas veces. De lo que no estaba para nada ajena era de los sentimientos que su mejor amiga guardaba por el atolondrado de Ichigo. Por primera vez en su vida, deseó que Chizuru estuviese allí para que la fustigue con uno de sus inapropiados abrazos.
-Orihime...
-Está bien, no me pasa nada –se apresuró a responder ella al advertir la preocupación de su amiga. Apenas logró hacerse entender con la música estridente-. Creo que ya empiezo a cansarme, ¿nos vamos?
-Como quieras.
-Primero iremos a despedirnos.
-No creo que nadie se ofenda si omitimos esa ceremonia. Si estás cansada…
-No, no estoy tan cansada –repuso la joven, sonriente-. Los amigos son motivo de felicidad, nunca de cansancio. ¿No lo crees así, Tatsuki-san?
Las dos se pusieron de pie y fueron a despedirse. Antes de salir del local, una última mirada triste recorrió el lugar, sin hallar lo que buscaba. Mejor así, pensó Tatsuki.
…
Por fin encontró un rincón alejado del barullo general donde no los alcanzarían las indiscretas miradas de los demás (aunque Keigo y Mizuiro, en la otra punta, bailaban con unas chicas que conocieron, y el pobre Chad cuidaba que un extrañamente bebido Ishida no se meta en líos). Estaban a oscuras, pero la música se sentía más baja y podrían hablar. Él tenía muchas cosas que decirle, y por Dios que lo haría.
Rukia se dejó conducir sin chistar y de pronto se vio arrinconada contra una pared, con él de frente impidiendo cualquier intento de fuga. Algo le decía que lo que venía no era bueno y que sería mejor enojarse todo lo posible para disimular la angustia y enfrentarlo.
-Ichigo, ¿eres un idiota o qué? ¿Cómo te atreves a tratarme así, cabeza hueca? –Al menos sus primeras palabras sonaron favorablemente indignadas, o eso le pareció.
-¡Me importa una mierda! –Ichigo también estaba indignado (y un poco bebido), pero por otros motivos-. ¡Estoy harto de este juego y de esas estúpidas miradas!
La shinigami lo observó con estupefacción. Ichigo había empezado a hacer su descargo sin prolegómenos de ninguna clase, ¡y en qué forma!
-Te conozco y luego te roban –continuó él, algo torpe-. Te salvo la vida, pero no regresas conmigo. Tengo que esperar que aparezca un maldito arrancar para volver a verte ¡y todo vuelve a comenzar! Al final, sólo nos miramos como idiotas y nos despedimos en silencio. –Se acercó un paso hacia ella, encarándola-. Ahora necesito más que eso, Rukia. ¿Acaso tú no? Ya no puedo soportarlo.
Ella no podía creer tal determinación en Ichigo, ignoraba cuál sería la mejor manera de manejar la situación. Básicamente sentía lo mismo, pero tenía sus razones para no ceder a esos sentimientos. Y tenerlo allí tan cerca tampoco ayudaba.
Él estaba presionando, exigía. En otro tiempo, se hubiese indignado. ¡La gran Kuchiki Rukia bajo coacción a causa de la testarudez de un simple humano con el pelo naranja! ¡Era insólito! Entonces se le ocurrió que lo mejor que sabía hacer con él era pelear, por lo que optó por esa vía para intentar sofrenarlo.
-Ichigo, estúpido, ¡no creo que este sea el mejor sitio para hablar de eso! ¿Por qué eres tan inoportuno siempre? ¿Qué tan descerebrado puedes llegar a ser?
-Sé lo que estás intentando, enana –replicó él, que la conocía.
-No estoy intentando nada, idiota –farfulló ella, contrariada-. Lo único que quiero es que recuerdes en dónde estamos, pedazo de alcornoque.
-Vinimos para divertirnos –convino Ichigo, adrede.
-Exacto.
-Para distraernos.
-Tú lo has dicho.
-Para pasar un buen momento con nuestros amigos.
-Tal cual. Es muy bueno ver que el cerebro comienza a funcionart…
El impacto de la boca de Ichigo selló sus palabras. Rukia intentó zafarse, luchó, quiso huir de esa ola de sentimientos que le estallaría en la cara. Sin embargo, el beso fue firme, resolutivo, imparable. Gradualmente su ímpetu logró apaciguarla, y el mundo se esfumó.
Primero fue sólo la unión de sus labios, una fusión que bastaba por sí sola para provocar en ella el revuelo de infinitas sensaciones, estremeciéndola con delicia. Pero luego los fuertes brazos del chico la envolvieron y el contacto con su cuerpo la encendió. En ese momento descubrió que pelear no era lo mejor que podía hacer con él.
Ichigo había visto la duda pintada en sus ojos, por eso se decidió a lanzarse sobre su boca, sin importar si estaba bien o estaba mal. El resultado valía la pena, ella le correspondía una vez más abrazándolo por el cuello. El goce se sobrepuso a la breve sensación de triunfo que experimentó al notar la respuesta, y sintió como cada centímetro de su ser revivía. Era puro instinto, puro sentido, puro deseo.
El beso escalaba en apremio y los perceptibles gemidos de su compañera contribuyeron a enloquecerlo y aumentar su necesidad de ella. Sin separarse de sus labios, abrió los suyos un poco más, obligándola a hacer lo mismo, y deslizó su lengua entre ellos. Al principio fue apenas una insinuación, una leve caricia para incitarla. Después sus lenguas sostuvieron una tímida lucha de reconocimiento y el beso se intensificó. Luego, no hubo rincón de la boca de Rukia que no explorara con avidez, imprimiendo su nombre en cada región descubierta. La apretó más contra la pared mientras se hundía en su calidez para siempre.
Rukia ya no pensaba en nada, se dejaba llevar, liberándose por fin del peso de la responsabilidad. Cada fibra de su cuerpo estaba concentrada en descubrir, en experimentar. Los besos de Ichigo le parecían un manjar, y el reconocimiento de su lengua dentro de su propia boca la fascinó. Lo apretaba con fuerza y devolvía la caricia con más intensidad aún, para que él no la olvide. Instintivamente, volvió a dirigir una de sus manos al corazón del chico, y de nuevo se quedó extasiada sintiendo su acelerado latir.
-Es lo que me provocas –murmuró él sobre sus labios. Ese sutil halago la emocionó y retomó el beso con mayor resolución.
Esta vez él cedió el control. Rukia deslizó su lengua en la deliciosa y predispuesta boca de Ichigo para recorrerla por completo, olvidándose del pudor. La tibieza de su aliento la embargaba, sentía que la sangre se agolpaba en su rostro y todavía quería más. No resignó ni un solo centímetro de aquel exquisito territorio.
Ichigo, impulsado por un viejo anhelo, dirigió su mano a la zona que tanto había añorado. Al posarla sobre el pecho de la shinigami, un tenue quejido y el estremecimiento que lo acompañó causaron una breve separación de sus labios. La audacia del chico no disgustó para nada a Rukia, pero igual aprovechó esa abertura entre ellos para, con la poca cordura que le quedaba, balbucear:
-I-Ichigo, n-nos pueden ver. –La voz le salió desafortunadamente débil y agitada, lo cual generó en él más ansias que consideración, aunque aún conservaba un vestigio de lucidez para detener la erótica caricia.
La mano volvió a la cintura, pero en lugar de retomar el beso, se limitó a descansar su frente en la de ella para reponerse de la agitación. Permanecieron así durante unos minutos, abrazados, con los ojos cerrados, apaciguándose. Luego, por iniciativa de ambos, retomaron el embriagador ejercicio.
Habían llegado más lejos de lo que nunca imaginaron, ni siquiera esa misma tarde al besarse por primera vez. ¿Por qué habían mantenido a raya el amor de forma tan obcecada? Pese al posterior rechazo de Rukia, Ichigo se quedó con la sensación de haber vivido un momento único e insuperable, había conocido por fin ese misterio que a todo el mundo hechiza, y jamás lo olvidaría. ¿Con qué fin lo habían reprimido durante tanto tiempo?
Seguramente, en algún momento tendrían que discutirlo. Si ella lo aceptaba, lo harían. Si ella lo aceptaba a él y a esas innegables emociones, se aseguraría de que en el futuro cada instante sea compartido y que todo aflore siguiendo su curso natural.
La joven, por su parte, estaba en el séptimo cielo. Intentaba recordar el motivo por el cual había decidido mantener lejos al chico que la abrazaba y besaba con pasión, pero en vano. Era una pésima Kuchiki, pensaba, una torpe shinigami cuya naturaleza humana había sido sustraída de las más remotas profundidades del olvido por la fuerza de un sentimiento que, justamente, era el más humano de todos. La habían rescatado de la soledad... aunque aún no estuviese completamente segura de dejarse salvar.
No obstante, de repente, aun en medio de la arrobadora bruma que la envolvía, lo recordó. Hubo una razón, claro que la hubo, y ya no dudó. Maldita sea por haber sucumbido de esa manera cuando proclamaba que intentaba protegerlo.
Su abrazo, entonces, se aflojó. Ichigo se apartó para mirarla con interrogación.
-¿Qué sucede? –preguntó, escrutándole el rostro. Poco tardó en advertir los conocidos signos de la vacilación-. Rukia, no pensarás en…
-Tienes razón, Ichigo –logró decir ella, decidida-, estoy pensando justamente en eso. –Se apartó el flequillo con la mano y suspiró con nerviosismo. El otro no lo podía creer-. Vámonos a casa, tenemos que hablar.
