Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola, gracias por entrar aquí n.n

El capítulo de hoy viene con un poco de acción, aunque dista mucho de la calidad de las batallas de la serie original. Es apenas un anticlímax XD

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


V

Tres amigos, el odio y el amor


El domingo siguiente, Ichigo y Rukia se levantaron tarde después de haber transitado por aquella intensa jornada de peleas, besos, baile, más besos, reconciliación y felicidad, con la mesa de la cocina como único testigo. Lógicamente, delante de los demás representaron a la perfección la comedia de "los mejores amigos", mientras se prodigaban subrepticias caricias cuando nadie los veía.

De todas formas, la familia Kurosaki se dio cuenta de todo. Era demasiado revelador el sonrojo en las mejillas de ambos cada vez que se miraban. Además, los aparatosos guiños cómplices que Isshin le hacía a su abochornado hijo dejaron más que expuesta la verdad ante las pequeñas, que de tontas no tenían nada. Pero, por ubicación, decidieron respetar a su hermano y abstenerse de proferir inoportunas alusiones. Karin incluso llegó a propinarle una contundente patada en el rostro a su extrovertido padre, para que terminara de hacer esas inapropiadas morisquetas.

Así transcurrió la jornada cuando, al anochecer, con una excusa cualquiera, los jóvenes enamorados dejaron la casa para dar un paseo y tener un poco de intimidad. Al llegar a la esquina, un cosquilleo los impulsó a mirar hacia atrás. Con resignado cansancio, alcanzaron a ver como tres ruborizadas cabezas desaparecían velozmente por la ventana.

Caminaron por las tranquilas calles sin hablar ni tocarse, mirando despreocupados hacia el estrellado cielo nocturno con una soñadora sonrisa en el rostro. Estaban disfrutando del momento y se tomaron todo el tiempo del mundo para reanudar las caricias. Apenas se tocaron la punta de los dedos de las manos, familiarizándose de a poco con el calor del otro, y se entretuvieron jugueteando de esa manera durante un buen rato, ya que nada los perturbaba. Querían acostumbrarse a esa nueva forma de relación.

Cuando detuvieron la marcha observaron en derredor para ubicarse, aunque demoraron en comprender hasta dónde los habían guiado sus pasos. Pero tampoco les importó. Tomados de las manos se colocaron frente a frente para estudiarse el rostro, como si lo reconocieran por primera vez. El día anterior había sido tan arrollador que ahora necesitaban redescubrir sus afectos con calma y transmitírselos sin prisas. El silencio siempre fue el más efectivo canal comunicativo con el que contaban.

Una vez que el mensaje fue captado y archivado para siempre en sus almas, Ichigo inició el trayecto para sellar el mutuo acuerdo. Inclinó la cabeza con lentitud, primero mirándola a los ojos, luego posándose en su boca. Un roce leve, el aliento cálido, el pulso acelerándose. Se quedaron completamente quietos, gozando de ese íntimo contacto, y luego comenzaron a morderse los labios.

Iban a abrazarse cuando, en un súbito rapto de lucidez, ambos tuvieron la certeza de que alguien los estaba observando. Cortaron abruptamente el beso y giraron sus cabezas hacia la misma dirección. A unos pocos metros de distancia, parado en silencio, reconocieron al teniente del sexto escuadrón.

La pareja se ruborizó hasta las raíces del cabello, como si los hubiesen pillado in fraganti, aunque el "como si" sobraba. Durante unos instantes que parecieron siglos, ninguno de los tres atinó a emitir un simple vocablo. Rukia e Ichigo se sentían en falta, expuestos, pero los sentimientos de Renji vagaban por otros rumbos.

El primero que pudo hablar fue Ichigo. Sin soltar del todo a Rukia tartamudeó una frase de saludo.

-R-Renji, ¡tanto tiempo sin verte! R-Rukia y yo... –Trató de ordenar sus pensamientos al advertir que no podría contar con ella para superar el trance, sin mucho éxito. La joven se había paralizado, su mano estaba helada-. B-Bueno, nos sorprendiste, no te esperábamos... –Al pobre su determinación le alcanzó hasta ahí y luego lo abandonó.

Renji estaba de piedra. Apenas llegado al mundo humano, partió de la tienda de Urahara para buscarlos en la casa de Ichigo, pero de pronto sintió sus reiatsus en otra dirección y hacia allí se encaminó. Jamás imaginó la sorpresa que le esperaba... ¿Jamás? ¿Realmente lo sorprendía lo que acababa de ver? ¿Por qué estaba ahí parado como un idiota esperando una estúpida explicación? ¿Acaso no sospechaba, mejor dicho, no sabía que esos dos...?

Intentó tragar saliva, pellizcarse, hablar, cualquier cosa que reiniciara su sistema y lo trajera de vuelta a la realidad. ¡Idiota! ¡Menudo teniente estás hecho! Serías capaz de enfrentarte a un ejército de arrancar, pero te taras a la primera decepción amorosa. Como si ignorases que así sería.

Mira los ojos de tu amiga, mira lo que le haces con tu silencio. La pobre debe sentir que está frente a todos los escuadrones de protección, juzgándola y dictando sentencia. Maldición, ella... los dos, ¡son tus amigos! Pero sobre todo ella.

Renji pudo ver el ruego en la mirada de Rukia, la necesidad de que hable, que le otorgue alguna clase de absolución. Sin embargo, al conseguir hacer a un lado su propio dolor, el teniente descubrió que podía ofrecerle algo mucho mejor, porque en verdad la quería: su incondicionalidad. Ancló en la súplica de sus grandes ojos, tragó saliva (no hubo necesidad de pellizcarse), y volvió a la vida, aunque un poco más triste.

-Ichigo, Rukia –saludó con la voz algo rasposa. Luego les sonrió, tratando de llevarles tranquilidad-. Lo siento, no quise interrumpir a los enamorados.

-Renji –atinó a decir Rukia, conmovida, agradecida, aunque no supo cómo seguir la frase. Casi colapsa cuando vio a su amigo de toda la vida observándolos de esa manera. Sabía que la cosa no sería fácil, pero nunca imaginó que los descubrirían tan pronto y de esa forma, y menos que fuese él. Hubiera querido contárselo todo en persona, porque se lo merecía, pero eso ya no podría ser. El corazón se le encogió.

Sin embargo, algo en el tono de voz de su nakama de alguna manera logró tranquilizarla. Tendría que confiar un poco más en él, pensó. Después le devolvió la sonrisa, vacilante.

-Bah, bah, dejemos las cursilerías para después –siguió diciendo el teniente, obligándose a recuperar la compostura habitual-. No vine de visita.

-¿De qué se trata esta vez? –indagó Ichigo, más repuesto.

-Debo llevarlos de vuelta a la Sociedad de Almas.

-¿Qué? –exclamaron los dos al mismo tiempo.

-No me hagan repetir las cosas –farfulló Renji con pereza, emulando en parte la muletilla de su superior.

Ahora la pareja recuperó el habla. Acosaron a su amigo con toda clase de preguntas, hasta que pudieron sacar en limpio el motivo de su reclutamiento.

-¿Ves? –exclamó Ichigo, triunfante. Luego, apuntó a Rukia con un dedo-. ¿Qué te dije, enana, el otro día, cuando volvíamos de la escuela? ¿No te lo dije? ¿No te dije que podía ser una invasión de Menos? ¿Acaso no dije eso? Y tú respondiste –aquí imitó burlonamente su forma de hablar-: "No hagas conjeturas si no sabes, bobo". ¡Ja! ¿Qué me dices ahora, eh?

Rukia y Renji lo miraron con gesto de cansancio, limitándose a soportar ese abrupto rapto de puerilidad en silencio. Cuando por fin se calmó y recuperó la seriedad, decidieron reencontrarse más tarde en la tienda de Urahara, para volver al otro mundo.

Según lo pactado, los tres amigos, junto a Urahara, Tessai, Jinta, Ururu y la recién llegada Yoruichi (en su forma humana), se reunieron en la parte posterior de la tienda, ultimando los detalles de la partida. El trío de viajeros escuchó con atención las novedades de la ex capitana en modo espiritual, listos para partir.

-Parece que esta vez no sólo serán gillians sino también algunos arrancars creados por Aizen –explicó Yoruichi-. Por lo que sabemos, el poder que obtuvieron estas criaturas no lo satisfizo, entonces los apartó de sus proyectos y los desterró de su fortaleza, por lo que decidieron agruparse y convertirse en exiliados vagabundos.

-Sin embargo –prosiguió Urahara-, parece que nunca pudieron olvidar la ofensa infligida por Aizen, y ese gran resentimiento acumulado los determinó a planear esta invasión a la Sociedad de Almas, a la que ven como la responsable de su existencia.

-¿Quieres decir que se trata de un mero ajuste de cuentas? –preguntó Ichigo.

-Kurosaki-san, aún para el más sabio shinigami siempre será un misterio lo que guarda el corazón de un hollow en sus profundidades… si es que tienen algo como eso. –Urahara se acomodó el sombrero-. Parece una revancha, aunque no descartaría posibles motivos ocultos. El asunto es que, si estos individuos llegan a tener éxito, el mundo humano será su siguiente objetivo.

El silencio que siguió fue más que elocuente. Todos los presentes entendían la gravedad de la situación.

-¿No vendrán los otros también? –inquirió el sustituto, refiriéndose a Chad y los demás.

-Sería muy peligroso para ellos. Los enviaré si llegase el momento –respondió el tendero.

De pronto, Urahara alzó la vista y miró a dos de los shinigamis inquisitivamente. Nada se le escapaba al astuto sujeto, que procedió a exteriorizar de la forma más "sutil" que pudo su creciente satisfacción.

-¿Qué pasa, Kurosaki-san, Rukia-san, que se miran de esa manera? –indagó, mientras posaba su abanico en el rostro para ocultar su cada vez más evidente sonrisa.

Los aludidos enrojecieron y lo miraron con amenaza, pero no dijeron nada. Yoruichi captó lo que sucedía, por lo que ahogó una exclamación de sorpresa y tuvo que contenerse para no exteriorizar su regocijo. Tessai también llegó a comprender, y un leve rubor coloreó sus mejillas, aunque se mantuvo impasible. Renji miró para otro lado. Los más pequeños no entendieron nada, pero Jinta pensó que todos parecían unos idiotas mirándose de ese modo y carraspeando como bobos.

Cuando llegó la hora, la puerta senkai apareció, se abrió y tres mariposas negras se asomaron revoloteando. Sin agregar nada más, los tres amigos desaparecieron tras ella.

Las primeras señales de la batalla no se hicieron esperar. En determinado momento, el por lo general claro cielo de la Sociedad de Almas se vio herido por una súbita grieta, a través de la cual asomaron sus cadavéricas cabezas un gran número de gillians, que de inmediato invadieron el Seireitei. Tras ellos, un grupo de siete arrancars de diverso aspecto y variado armamento irrumpieron con la sed de sangre pintada en el rostro.

Apenas si los escuadrones llegaron a tiempo para organizarse. Con un Gotei incompleto resultó muy duro sostener la batalla, incluso con el shinigami sustituto Kurosaki Ichigo de su parte. Y éste, ni bien llegó al mundo espiritual, pudo sentir, al igual que los demás, una amenazadora sombra cerniéndose sobre ellos. Ni siquiera contó con un día para ponerse al tanto de los planes.

-Ya no hay tiempo –le dijo a Renji en medio de una improvisaba sesión-. Los puedo sentir sobre nosotros.

-Ichigo tiene razón, capitán –le murmuró por lo bajo éste a Byakuya.

-Todos podemos sentirlo –se limitó a responder él.

-¿Qué haremos, entonces?

-Lo que sabemos hacer –acotó Kenpachi, que lo había escuchado-. Lo que sabemos hacer, muchacho. –Y luego le sonrió diabólicamente.

-Ya vienen –intervino el Comandante Yamamoto con autoridad-. Olviden los planes, hagan lo mejor que puedan.

Nada más pudieron hacer para prepararse, sólo disponerse a enfrentar al enemigo. Los capitanes se dispersaron seguidos de sus hombres y procedieron a apostarse en los puntos más estratégicos para iniciar la defensa.

En medio del caótico vaivén del combate, Ichigo casi no pudo divisar a Rukia. Confiaba en ella, pero ahora las cosas eran diferentes y le preocupaba no tenerla a la vista. Si ella hubiese conocido esos pensamientos, de seguro le hubiera propinado un par de bofetadas, o quizás un codazo en el estómago. Pero poco le importaba su reacción. La cuestión era que peleaban por separado, y eso no le gustaba.

Algunas horas después de iniciada la contienda, los Menos empezaron a disminuir, pero las bajas entre los shinigamis se hicieron sentir. El cuarto escuadrón comenzó a saturarse de heridos, por lo que aquellos de sus integrantes que fueron destinados a la batalla tuvieron que retirarse para ayudar en la tarea de curación. Durante un buen rato, la situación estuvo realmente complicada.

Sin embargo, en algún punto lograron alcanzar la fase final. Los gillians habían sido eliminados casi en su totalidad, aunque aún quedaban los arrancars. Éstos, la mayoría del tiempo, se mantuvieron a un lado para observar el desempeño del bando contrario y planear una estrategia. Confiaban en que el ya limitado número de shinigamis les permitiría obtener la victoria con facilidad, acariciaban la proximidad de la venganza tan ardientemente buscada después de sufrir el desprecio de Aizen. Tenían la convicción de que, para que no volviera a existir un sujeto semejante, la Sociedad de Almas debía ser destruida.

Sin embargo, no contaban con que los capitanes permanecían ocultos, dejando la tarea de eliminar gillians a sus subordinados reservándose para el enfrentamiento final. Se trataba de Kuchiki, Hitsugaya, Kyoraku, Zaraki y Kurotsuchi. También estaban el Comandante, quien no pelearía, y Unohana, quien tenía otras funciones.

Cuando sólo quedaban los arrancars, Ichigo se unió a ellos.

-Deja algo para los demás, Ichigo –rezongó Kenpachi.

-Como si tuviera tiempo de pensar en ello –respondió él, que temía que el capitán quisiera pelear otra vez.

-Algún día ajustaremos cuentas –repuso el otro, leyéndole la mente-, y lo de hoy también lo apuntaré.

Ichigo sudó frío.

-No estoy interesado en más batallas.

-¡Me importa un comino si lo estás o no lo estás! No quiero discutir, ¡sólo pelear!

-Pe-pero…

-¿Te has vuelto un cobarde o qué? –se enojó el otro.

-Ya es hora, vámonos –indicó Byakuya, cortando la conversación. Hitsugaya no pudo reprimir un suspiro de alivio por esa bienhechora interrupción.

Zaraki se salía del cuerpo de las ganas que tenía de pelear, los demás se prepararon con sus correspondientes zanpakutous desenvainadas. El único que no quiso participar fue el capitán Kurotsuchi, que prefirió dirigir a su teniente en la recolección de diversas muestras para sus posteriores investigaciones. Evidentemente, con el único refuerzo que podían contar era con el del sustituto, aunque Zaraki insistió en que esa precaución estaba de más, porque "con él solo bastaba para liquidar a esos malditos bastardos."

Sin embargo, el enfrentamiento resultó muy duro. Los arrancars estaban decididos, eran persistentes, les costó mucho a los capitanes llegar a hacerles al menos una herida, aunque pronto notaron que algunos sobresalían en fuerza y pudieron distribuirse estratégicamente el trabajo. Eran siete contra cinco, por lo cual Zaraki, feliz de la vida, se encargaría de dos a la vez, lo mismo que Kyoraku (no tan feliz como su compañero). Los tres que quedaban parecían ser los más poderosos, y de ellos se encargarían Ichigo, Toshiro y Byakuya.

Por alguna razón, al pobre de Ichigo siempre le tocaba el más fuerte, lo notó poco después de comenzar su pelea. El arrancar decía llamarse Shun, y su aspecto era más el de una bestia que el de un hombre. Aún tenía vestigios de la máscara en su rubicundo rostro, y hacia allí lanzó Ichigo su primer ataque, sin mucho éxito. Después de otros intentos, igual de frustrados, no tuvo más remedio que recurrir a su bankai.

Más seguro de sí mismo y de su fuerza, sostuvo un combate difícil y extenso, incluso más que el de los otros capitanes. Al percatarse de ello, pese a su maltrecho estado, no dejó que nadie intervenga para ayudarlo, convencido de que podría derrotarlo por sí mismo.

Por lo tanto, como en otras tantas ocasiones, el único que daba el espectáculo del combate final fue el shinigami del bankai negro. Rukia llegó a tiempo para verlo. A ella también le había tocado sostener largos y complicados enfrentamientos, pero si bien sentía una gran extenuación, no sufrió heridas de gravedad y quiso quedarse a ver la pelea de Ichigo antes de ser asistida. Él la pudo ver de lejos, sana y salva, y al fin consiguió sacudirse esa piedra del zapato.

-Parece que finalmente pelearás con seriedad –comentó el arrancar.

-Lo siento, no es que no me interese pelear contigo –repuso Ichigo.

-Pues bienvenido a la batalla –ironizó el otro, blandiendo el arma para asestársela-. ¡Qué pena que no durará!

Ichigo evadió el golpe por los pelos.

-No me subestimes –gruñó.

Shun resultó ser, sin duda, el más fuerte de los siete arrancars. No tenía una zanpakutou, pero el arma que blandía era aterradora: un nunchaku de su mismo tamaño. En el momento en que Ichigo creyó encontrar una abertura, lanzó una resuelta estocada de Zangetsu, pero al hacerlo descuidó su espalda, recibiendo un terrible golpe del arma enemiga.

-¡Ichigo! –gritó Rukia con desesperación al notar la potencia del ataque.

El muchacho casi se desmaya, pero logró mantenerse conciente para volver a intentarlo. Esta vez tuvo más suerte y, después de embestirlo varias veces, por fin pudo sentir cómo el otro se partía bajo el tremendo corte de Zangetsu. La mirada que llegó a lanzarle el arrancar le heló la sangre, pues expresaba todo el odio y el resentimiento acumulado. Casi sintió pena por él, una víctima más de las maléficas ambiciones de Aizen.

Pero hasta ahí le alcanzaron las fuerzas. Después de asegurarse de que los restos de esa mirada se disolvían, perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, el expectante rostro de Rukia fue lo primero que vio. El alivio y la alegría los embargaron, ya todo había terminado.

Fue acomodado en las instalaciones del cuarto escuadrón, después de unas cuantas horas en proceso de curación. Algunas de sus heridas eran graves, pero se repondría. El Seireitei estaba parcialmente destruido, al igual que el Rukongai, pero ya habían iniciado las tareas de reconstrucción. Los también victoriosos capitanes, por su parte, se habían retirado a sus respectivas oficinas para realizar sus informes y, poco a poco, todo fue recomponiéndose.

A Ichigo no le importaba nada de eso. Observó con disgusto las heridas que había sufrido la chica y pensó en lo diferente que se sentía ahora al verla de esa manera. Ya le resultaba terriblemente angustioso antes de que tomara conciencia de sus verdaderos sentimientos, y ahora le parecía que una parte de él se desgarraba al verla lastimada. Ahogó una maldición. Rukia se dio cuenta en el acto de lo que pasaba.

-No seas tonto, Ichigo. ¡Ni pienses que dejaré de pelear sólo porque a ti te aflija verme herida! –lo amonestó.

-Maldita sea.

-Quéjate para tus adentros.

-Me quejaré todo lo que quiera, ¡diablos!

-Pues pareces una ancianita cuando lo haces, ¡idiota!

Luego, de algún lugar, Rukia extrajo un Chappy de peluche con un cartelito que decía "RECUPÉRATE PRONTO" y lo colocó en la mesita próxima a la cama del convaleciente, desafiante. Sin embargo, Ichigo no reaccionó de la manera acostumbrada ante la visión del detestado muñeco, sino que lo pasó por alto para mirarla directamente a los ojos.

-Te amo, enana.