Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola, gracias por entrar aquí n.n

Este es un capítulo meloso, de a poquito vamos creando el clima. Pero también tiene su parte emotiva, así que sean pacientes o cambien al modo "cursi" XD

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


VI

Expresando el deseo


Mientras sus revoltosas manos iban y venían sin detenerse en ninguna zona en particular, sus ansiosas bocas intentaban recuperar el tiempo que habían perdido peleando contra los villanos. Ya era entrada la noche en la Sociedad de Almas y todos dormían, agotados de la feroz contienda, excepto los jóvenes que acababan de declararse abiertamente su amor.

Esa tarde, Rukia casi no pudo atinar a nada luego de que Ichigo le revelara la magnitud de sus sentimientos. Cuando volvió en sí después de la amorosa confesión, se mordió el labio inferior, emocionada, y tuvo que contenerse para no saltar a la cama.

En ese momento, un shinigami entró para cambiarle las vendas. Luego empezó un desfile interminable de compañeros y capitanes que venían a agradecerle a Ichigo por su generosa colaboración, y hasta el mismo Byakuya le ofreció su casa para instalarse allí en cuanto le dieran el alta. Tuvieron que armarse de paciencia para soportar con educación ese continuo entrar y salir de gente, postergando para una mejor ocasión la plática iniciada.

Rukia le pidió permiso a su hermano para cuidar de Ichigo durante la noche, ante lo cual el capitán reaccionó con cierta reticencia. Sin embargo, finalmente accedió. La joven se sorprendió bastante al obtener el permiso sin haber tenido que insistir demasiado, pero se encogió de hombros y no pensó más en ello.

Ya entrada la noche el último en irse fue Renji, quien les dirigió una resignada mirada desde la puerta, sin que ellos lo advirtieran. Más allá de los celos, esperaba que sus amigos fueran felices… y que no hiciesen nada que pudiera torcer la buena predisposición de los capitanes para con el shinigami sustituto.

Una vez solos, Rukia se acercó a Ichigo, que ya se había sentado en la cama para recibirla en sus brazos. Mientras se besaban, ella se arrellanó en ellos e Ichigo la recostó sobre su regazo. Se estremecieron al contacto de sus lenguas, después de tanto tiempo de espera, y fue así como terminaron con las manos revoltosas.

-Dímelo otra vez –ordenó ella, agitada.

-Te amo, enana –repitió él, y envolvió la boca de la feliz joven con sus ardientes labios.

Luego se olvidaron de todo, excepto de sí mismos. Él se acomodó mejor, apartándose un poco la recostó en la cama y se estiró a su lado, medio cuerpo encima del de ella, para poder acariciarla a su placer. ¿Qué mejor tratamiento que ése para que sanen sus heridas?

-Deberías saber lo bien que me haces –murmuró él.

-Eso creí –respondió juguetonamente Rukia.

-Engreída.

-Descuidado.

Ichigo entendió la indirecta. Sin demorarse más, su boca inició un húmedo trayecto de besos que dejó a Rukia extasiada. Primero le mordió el mentón y luego se deslizó por su cuello. Allí no sólo depositó besos incitantes, sino también ardientes caricias de su lengua que la hicieron gemir. Cuando se sintió satisfecho, apartó un poco la cabeza para observar con deseo el escote de la shinigami. Decidido, entreabrió la prenda para acceder a la piel.

Rukia vestía un bonito kimono color violeta que en la penumbra del cuarto destacaba la reluciente blancura de sus rasgos. A Ichigo le encantó verla así. Con espontaneidad, su mano se deslizó por esa tentadora tersura hasta posarse sobre su seno desnudo, disfrutando de la maravillosa sensación. Posó los labios en su nacimiento y, con pequeños besos, descendió hasta encontrar el sitio deseado, cerrando su boca sobre él.

Para Rukia ese contacto fue superior a todo lo que antes había experimentado. Si bien Ichigo ya había acariciado hasta el agotamiento ese atributo, nunca hasta ese momento la había besado. Fue sublime, electrizante. Para demostrarle su aceptación, colocó las manos sobre la cabeza del joven y presionó levemente, arqueándose un poco para darle lo que quería. Ese gesto, sumado a los constantes suspiros que percibía, lo impulsaron a succionar y lamer cada centímetro de su blandura.

Ya no tuvo ningún reparo en terminar de desnudarle el pecho, y lo que no podía llegar a hacer con su boca lo hacía con sus manos y sus dedos, acariciando y presionando. Cuando Rukia ya no soportó semejante voluptuosidad, lo atrajo para reiniciar los olvidados besos, el único modo que halló para controlar la creciente ansiedad que la acometía. Entonces, con la dulce boca de Ichigo sobre la suya, se animó a desabrocharle los botones de la camisa de dormir, para luego quitársela.

Ichigo emitió un murmullo de satisfacción al sentir las manos de ella en su torso desnudo, aún sobre las zonas vendadas. Lo volvía loco el cosquilleo de sus delgados dedos yendo y viniendo hasta llegar a la posesiva presión de las manos sobre el pecho, maravillándose por la naturalidad con la que lo tocaba. El mismo subyugante sondeo prosiguió por su espalda, y él se dejó.

¿Habrá alguna clase de frontera entre el amor y el deseo? ¿A qué distancia se traza la línea entre uno y otro? ¿O acaso dicha división no existe sino que, tal como el mar y la arena se confunden en su incesante movimiento, así el amor y el deseo interactúan en el corazón de una pareja enamorada? Esa noche ninguno de los dos podría ser capaz de definirlo, les resultaba imposible distinguir dónde terminaba uno y dónde comenzaba el otro. Todo resultaba ser el mismo fenómeno, la única dicha, y los embriagaba.

Sus inquietas manos se exploraban, al tiempo que sus bocas completamente abiertas y rendidas a la voluntad del amante dejaban que sus lenguas protagonizaran su propia batalla. Fue tal el apremio de su encendido deseo, que las caricias se les escaparon y ninguno podía detenerlas. Ichigo se deslizó hasta su vientre acariciando con vehemencia, y luego, con su boca en el cuello de ella, bajó un poco más hasta que pudo posar sus largos dedos sobre el cálido sexo femenino.

Al sentirlo de forma tan íntima Rukia no pudo menos que escandalizarse pero, al mismo tiempo, la nueva ola de excitantes sensaciones que comenzó a invadirla la dejó desarmada, neutralizó cualquier tentativa de rechazo. En cambio, lo que no pudo reprimir fue la repentina necesidad de abrir más las piernas (lo que su ajustado kimono le permitió), para que el increíble examen que realizaba la mano de Ichigo fuese un poco más completo.

Él la acarició a través de la prenda interior, y esos tortuosos movimientos se acompasaron con los de la lengua en la piel de su cuello, incrementando el nivel de excitación. Ella gemía y se retorcía, apenas lúcida, a punto de perder el control sobre sus sentidos. Rukia sólo tuvo un resto de aplomo para intentar corresponderle, deslizando tímidamente la mano hasta el sexo de Ichigo.

Al tocar, sintió cierta impresión por la sorprendente y cálida firmeza con que se encontró, diferente de cualquier idea que su inexperta cabeza se hubiese figurado al respecto. Por un momento su voluntad flaqueó y desistió, pero la mano de él abandonó su erótica ocupación para sujetar la de ella y retenerla, todavía muy cerca de su masculinidad. Entonces Ichigo volvió a mirarla a los ojos. Ella pudo verle toda la pasión contenida, el anhelo, esperando su tiempo para derramarse. Él, sin dejar de mirarla, dirigió su mano al centro de su deseo, y Rukia no se lo impidió.

La condujo a través de su palpitante miembro, una simple caricia por encima del pijama, para arrancarle gemidos que fue necesario sellar con un renovado ciclo de besos. Cuando la notó segura, con esfuerzo, pues el placer lo enloquecía, la dejó proseguir por sí misma para poder retomar la caricia anterior. En esa vehemente actividad permanecieron durante unos intensos instantes, eclipsados, ajenos para el mundo, descubriendo un goce que ni en sus más ardientes fantasías habían soñado con experimentar.

Acompañando ese embriagador contacto con el juego de las lenguas sobre los labios del otro, ya no supieron cómo detenerse.

Ni la cocina, ni la sala de estar, ni siquiera una habitación en las dependencias del cuarto escuadrón serían el escenario donde Kurosaki Ichigo y Kuchiki Rukia pudiesen concretar lo que tanto tiempo y batallas les había llevado descubrir y aceptar. La teniente Kotetsu Isane, de guardia, efectuaba la correspondiente ronda nocturna supervisando el apropiado reposo de los pacientes. Al oír en medio del silencio que reinaba en los pasillos unos apagados murmullos provenientes del cuarto del sustituto, se dirigió hasta allí con solícita premura sin sospechar nada raro.

Cuando llegó ante la puerta cerrada se dispuso a entrar, pero de pronto su "sexto sentido" le indicó que era mejor no hacerlo. Sólo acercó su oreja para escuchar, y lo que oyó fue revelador. Enrojeció hasta las raíces del cabello al entender lo que ocurría allí dentro. Tuvo que ahogar una exclamación de sorpresa y una risita nerviosa, hasta que atinó a alejarse todo lo disimuladamente que pudo para proseguir con su tarea. ¡Cuando lo sepan en la Asociación de Mujeres!, pensó.

Adentro, la pareja llegó a escuchar el ruido de los veloces pasos de una persona que se alejaba, y ese ramalazo de realidad les devolvió de un golpe la cordura. Dejaron de tocarse de inmediato y se sentaron, agitados, colorados y medio desnudos. Se miraron asustados al darse cuenta de que alguien más los había descubierto, aunque no pudiesen saber quién. ¿Alguno de los enfermeros? ¿Algún conocido de ellos? Con la preocupación pintada en el rostro, decidieron que era mejor cubrirse de nuevo con sus revueltas prendas.

Rukia estaba realmente alterada. No paraba de hacer dramáticas conjeturas sobre lo que podría ocurrir si la novedad se expandía, cosa que daba por sentada.

-¡Nos van a ejecutar a los dos! ¡Ni siquiera Ni-sama podrá ayudarnos! –exclamó nerviosa, al tiempo que se materializaba en su angustiada mente la imagen de un gigantesco pájaro de fuego atravesando el corazón de Ichigo.

-¿Quieres calmarte un poco, enana paranoica? –repuso él. Estaban sentados en la cama mirándose con desconcierto, aunque él se sentía más seguro que la desolada shinigami-. Si algo pasa, nos enfrentaremos a ello juntos. Ya sabíamos que esto no sería un secreto para siempre y nunca creímos que fuese a resultar fácil.

-Esos pasos alejándose no fueron suposiciones, Ichigo, ¡fue la realidad!

-Lo sé, Rukia, pero diablos… Mira, te prometo que, pase lo que pase, te protegeré, no dejaría que nada te suceda.

-¡No se trata de eso, tonto! –exclamó ella con consternación-. ¡Ojalá sólo se tratara de mí! Pero ahora tú también…

Ichigo entendió cuál era el verdadero temor de Rukia y no pudo evitar emocionarse. Fueron amigos durante tanto tiempo reprimiendo cualquier inquietud amorosa dentro de sí, que el conocimiento de ser amado aún lo cautivaba. Mirándola a los ojos, con firmeza, volvió a prometer.

-Confía en mí, Rukia, no dejaré que nada nos pase.

Ya era mediodía en la Sociedad de Almas. Las tareas de reconstrucción promediaban y un singular (aunque para nada sorprendente) rumor corría de aquí para allá a través de invisibles redes femeninas al principio, aunque luego, al alcanzarlas, las redes masculinas hicieron lo propio, tanto o más eficazmente que las otras.

Las reacciones eran diversas, pero puede decirse que, en general, las mujeres shinigamis enrojecían entusiasmadas y emitían disimuladas sonrisitas, mientras que los hombres se cruzaban de brazos con un gruñido en señal de aprobación. Pero no todos los oídos fueron tan amigables.

En el jardín de la mansión Kuchiki, una pequeña de pelo rosado correteaba alegremente entre los cuidados arbustos hasta chocar sin querer con el dueño de la casa. Éste, sin moverse un ápice de su sitio, la miró con gesto impasible.

-¡Buenos días, Bya-kun! ¿Por qué pones esa cara tan fea en un día tan hermoso y alegre? –preguntó Yachiru con descaro.

-No entiendo cuán hermoso y alegre puede resultar el día después de una feroz batalla –fue la educada respuesta de Byakuya-. Tampoco entiendo por qué motivo estás siempre en mi jardín cuando tienes tus propias instalaciones.

-¡No seas tan mezquino, Bya-kun! Ahora que se agranda la familia debes comportarte de forma más abierta y generosa. ¡O terminarás dándole la razón a Ken-chan cuando dice que ni eso haría que se te quite la cara de póquer!

-No comprendo nada de lo que dices –contestó el capitán, aunque observó con mayor atención a la niña.

-¡Lo de Ichi y Ruki! ¡Que están noviando! No se habla de otra cosa en el Seireitei, incluso ya dejó atrás la noticia de la invasión. Parece que el cabeza de zanahoria al fin se le declaró a tu hermanita. Aaah, ¡es tan romántico!

La inexpresiva mirada de Byakuya abandonó a Yachiru para posarse en el vacío, y cualquiera que lo hubiese visto en ese trance hubiera experimentado un frío presentimiento en las entrañas. La pequeña teniente, en cambio, se alejó correteando sin percatarse de la reacción, dejándolo solo.

Rukia despertó. Se hallaba en su cuarto y los rayos solares que se filtraban por la ventana le indicaron que el día estaba avanzado. Avergonzada, se vistió a toda velocidad.

Había llegado a la casa durante la madrugada, pero por lo visto necesitó de varias horas para reponerse del trajín del día anterior. Con horror, descubrió que casi se pasaba del mediodía, por lo que se dispuso a buscar a su hermano para disculparse de inmediato. Al abrir la puerta, se topó de lleno con su severa figura.

Estaba parado allí desde hacía unos minutos, esperando que fuese ella quien saliera. Rukia se paralizó. La forma como la miraba, el prolongado silencio y cierta variación en su actitud le indicaron que su presencia no correspondía a ningún acto de cordialidad.

Supo lo que en realidad ocurría sin necesidad de pronunciar palabra, aunque su rubor la delató con mayor contundencia que cualquier confesión. Bajó la vista como una niña que acaba de cometer una falta grave y que espera con resignación el castigo. Recién entonces Byakuya rompió el silencio.

-El clan Kuchiki es uno de los principales linajes nobles de la Sociedad de Almas, de antiquísima tradición e intachable reputación. Sólo a unos pocos elegidos se les ha permitido portar nuestro apellido y pertenecer a nuestra familia, aunque no hayan nacido en su seno. ¿Comprendes que tú eres una de esas escasísimas personas?

Rukia palideció. Sentía que el aire se le atoraba en la garganta, por lo que tuvo que hacer un gran esfuerzo sólo para responder con una simple afirmación. Byakuya escuchó más un suspiro que otra cosa, pero continuó.

-Prácticamente no hubo jefe de familia que no haya ocupado el puesto de capitán en el Gotei 13, y cada uno desempeñó con honor ese cargo, cumpliendo y haciendo cumplir las normas que constituyen nuestra existencia.

Aquí Rukia palideció más, si es que eso fuera posible. Sintió que se le iban las fuerzas y que sólo se sostenía sobre sus pies por respeto a su hermano mayor. A pesar de su empeño, necesitó a Ichigo más que nunca en su vida.

-Entiendo, Ni-sama –murmuró.

-Creo que no hay nada más patético que los chismes, pero peor aún es que nuestro apellido circule de boca en boca a causa de las ligerezas de uno de sus mismos portadores.

-Ni-sama, por favor...

-No me importa en absoluto lo que hagas o dejes de hacer con tus amigos humanos –la cortó él-, pero no pienso permitir que seamos la comidilla del Seireitei.

Rukia tan sólo atinó a asentir con la cabeza.

-Nuestro apellido no debe asociarse jamás a una conducta inapropiada –prosiguió el otro, inconmovible-, mucho menos ser objeto de burla. Mientras permanezcan aquí, mantendrán la distancia hasta que los rumores se aplaquen. Y olvídate de hospedarlo en esta casa.

Rukia lo miró con perplejidad. ¿Eso fue todo?

El capitán no la castigó, no se enfadó –aunque en realidad nunca se enfadaba-, no le puso reparos a su relación ni la obligó a terminarla por respeto a las leyes, aunque Ichigo fuese un "simple humano" y le disgustase. Más allá de recordarle las formas, su posición y de reconvenirla por ser la causa de las murmuraciones, él... ¡él lo aceptaba! No podía ser posible, apenas cabía en sí del asombro. ¡Byakuya lo aceptó!

Aunque, a decir verdad, no debería sorprenderle tanto. Conocía a su hermano mejor que muchos y, desde hacía algún tiempo, se creía perfectamente capaz de percibir a través de sus palabras sus verdaderos sentimientos. Una vez más vislumbró la auténtica nobleza que habitaba en él.

El corazón se le oprimió. Rukia no sabía qué decir ni cómo agradecer.

-Perdóname, Ni-sama –logró articular haciendo una profunda reverencia. Después de unos instantes se incorporó, sonriéndole conmovida-. Gracias.

Con su habitual solemnidad, el capitán dio media vuelta y se dispuso a retirarse, pero antes de hacerlo, de espaldas a la joven, agregó:

-Al Comandante no le gustará enterarse de esta manera de sus relaciones, tendrán que prepararse para ese momento y para las consecuencias. Debes saber, además, que todos los capitanes acataremos lo que él disponga.

De esa forma, a Rukia le quedó muy en claro que Byakuya se mantendría al margen si tenía problemas. Llegado el caso, deberían hacerse cargo ellos mismos de las elecciones tomadas. Pero esa postura no la decepcionó, porque él ya le había demostrado su apoyo y su afecto de la manera que más necesitaba.

Mientras lo veía alejarse por el corredor, experimentó una nueva ola de gratitud hacia él.