Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola, gracias por entrar aquí n.n

Bueno, llegamos a uno de los momentos más esperados de esta historia. Recuerden que sólo me he dedicado a editar desde el punto de vista estilístico (expresivo, textual), sin modificar para nada el contenido. Aun así me cuesta reconciliarme con el fic, en aquel entonces sólo tenía cabeza para estas cosas u_uU

Sepan que me he reivindicado en otros ichirukis... o al menos lo intenté. De todas formas, en ocasiones disfruto de este tipo de lectura, si el fic lo vale. He encontrado varios relatos lemmonosos realmente buenos y originales, sólo es cuestión de buscar. Lo mío es apenas un lemmon elemental, sepan disculpar mi limitada creatividad de hace tres años.

Y disculpen también por los posibles fallos que puedan encontrar. Como serán diez capítulos en total, de aquí en más intentaré actualizar una vez por semana para finalizarlo antes de que termine el año. Gracias por leer :D


VII

En una cabaña abandonada


Varios días les tomó a la shinigami y al sustituto poder reencontrarse después de la orden de guardar distancia. Los rumores se habían aplacado (mitad porque todo el mundo ya sabía lo que pasaba entre ellos), pero las miradas cómplices, los guiños, los pulgares arriba y los "fraternales" codazos fueron constantes a lo largo de sus respectivas jornadas.

De todas formas Rukia salía poco, ya que su hermano la vigilaba de cerca. En cambio, la visitaban con frecuencia las exultantes tenientes de los escuadrones, quienes le ofrecieron su compañía y una sentida disculpa por divulgar la noticia sin miramiento alguno. La joven no guardaba ningún tipo de rencor, por el contrario, creía que a la larga le habían hecho un gran favor, y procuraba hacérselos saber.

Sin embargo, las jóvenes shinigamis insistieron en hacer algo para compensarla, sobre todo Isane y Matsumoto, las más entusiastas con la nueva pareja. Fue así que una mañana, reunidas en el cuarto de Rukia, planearon una diligente estrategia para poder reunirla con Ichigo, aunque tuviese que ser a escondidas. Ella al principio vaciló, llena de culpa ante la sola perspectiva de desobedecer a su hermano, pero la nostalgia la estaba matando y al final se entregó sin ambages al plan elaborado por la pervertida mente de Rangiku.

Por su parte, irritado hasta el cansancio, Ichigo se salía del cuerpo a causa de la ansiedad que tenía de verla, y maldecía a cada paso que daba. La extrañaba tanto que dolía, y se encontraba en una situación tan confusa que no sabía cómo actuar. No quería perjudicar a Rukia (le habían comunicado la orden de Byakuya) ni quería involucrar a Renji, por lo que se halló completamente solo para lidiar con el problema.

De este modo, dividía su tiempo entre las instalaciones del onceavo escuadrón, donde lo hospedaban y chasqueaban a más no poder, y las intrincadas calles del Seireitei, donde tenía la ilusión de verla y donde era víctima de las continuas chanzas del resto de la gente. Hasta que una tarde se cruzó con la teniente Matsumoto.

-¡Ey, Ichigo! ¿Cómo estás? –lo saludó ella, sonriente, tendiéndole la mano según el estilo de saludo occidental.

-Rangiku-san... –le correspondió él, y se cortó, porque notó que, al darle la mano, ella le entregaba un papel plegado.

-No tengo mucho tiempo para hablar contigo, ¡mi capitán me espera con una hermosa pila de papeles para clasificar! –le dijo la voluptuosa mujer, guiñándole un ojo.

-Pero…

-¡Nos vemos! –se despidió ella, alejándose veloz y alegremente.

Ichigo la observó marchar, contrariado. Después, más repuesto de tan inusual intercambio, y sospechando el contenido de la nota, se apresuró a encontrar un lugar apropiado para poder leerla sin que nadie lo viera.

Ese mismo día, pasada la medianoche, en una zona aislada y deshabitada del Rukongai, ocultas por una elevada vegetación, dos sombras furtivas se fundían en un beso para luego dirigirse hacia una pequeña cabaña vacía. Una vez allí, el joven encendió un acogedor fuego y ambos pudieron observarse mejor.

Ya sin vendajes, gozaron del maravilloso paisaje de la fisonomía del otro. Arrodillados sobre unas mantas que llevaron para la ocasión, alumbrados por la tenue luz de las llamas, Ichigo y Rukia renovaron su amorosa promesa.

-Te amo, Rukia –dijo simplemente él, mirándola a los ojos-. Si fuera por mí, te raptaría ahora mismo. Permanecer en este lugar sin poder verte es absurdo, no entiendo por qué es tan estricto el presuntuoso de tu hermano.

-No hables así de él, ¡cabeza hueca! –lo regañó ella-, ya es bastante bueno que acepte nuestra relación sin interferir. Después de todo, creo que Ni-sama lo sospechaba, incluso antes de que volviera a Karakura. Me pregunto si habrá sido él quien propuso la idea de ser reincorporada a ese puesto, si habría notado lo que me pasaba.

-¿Que me extrañabas? –inquirió él, sintiendo expandirse su amor propio.

-No tanto como supones –le respondió ella sacándole la lengua.

-La cuestión es que Byakuya descubrió lo que sentías antes que tú misma.

-Es verdad.

-Por lo tanto, tuve la razón. Te lo dije aquella noche en mi cocina, no sé si lo recuerdas –comentó Ichigo, fingiendo desinterés-. Supuse que Byakuya lo sabía, ¿te lo dije o no? -Y ya estaba tomando aire y apuntándola con el dedo para empezar con su cantaleta triunfal, cuando la amenazadora mirada de ella lo frenó. Tuvo que soltar el aire cual globo de cumpleaños desinflándose-. Entonces sólo queda el Anciano.

-Me temo que sí –suspiró Rukia, preocupada.

-Lo enfrentaremos, enana, como lo hemos hecho siempre.

-Seguramente… pero será mejor no pensar en eso ahora.

-Sí, mejor no pensar –repuso él.

Se miraron a los ojos. Si el mundo seguía girando, ya no lo registraban. Si la vida seguía su curso más allá de la abandonada cabaña donde se encontraban, eso ya no los modificaba, porque a partir de ese segundo sólo tuvieron sentidos para reconocer la presencia del otro. Con espontaneidad, aproximaron sus rostros hasta encontrarse en un beso arrobador.

Al principio los labios reconocieron su textura, se dieron con entusiasmo la bienvenida. Luego se besaron plenamente, sin recelos, con generosidad, intentando compensar todo el tiempo que fueron distanciados. Él se deslizó dentro de su boca como si quisiera apropiarse de su alma, acariciando cada blando rincón con veneración, y ella hacía lo mismo en la boca de él, embriagándose con la calidez de su aliento. Se aproximaron más para poder abrazarse con fuerza, hasta percibir el acelerado latir de sus corazones.

-Te amo, Rukia –insistió él con la voz apagada por la pasión.

-Ichigo –logró decir ella, extasiada-, yo también te amo.

Él la miró a los ojos, algo perplejo por su declaración. En realidad, era la primera vez que se lo decía con todas las letras.

-¿De verdad? –preguntó, alzando una ceja. Estaba demasiado habituado a los insultos, a las recriminaciones y a las rabietas, por lo que las palabras bonitas, viniendo de alguien como Rukia, casi le daban escalofríos.

-¿Eres idiota o qué? –replicó ella.

-Es que sonó… sonó raro –confesó él.

-¿Lo intento de nuevo?

Ichigo sonrió.

-Inténtalo.

Entonces Rukia se tomó unos segundos, fingiendo preparativos internos.

-Bien, ahí va: te amo, idiota. Creo que con el insulto sonará más convincente.

-Creíste bien –susurró él, satisfecho, y luego se inclinó para besarla apasionadamente.

Cuando ya no pudieron sostenerse, se dejaron caer sobre las mantas. Él se colocó encima y Rukia pensó, en un último rapto de lucidez, que si algún estúpido llegaba a interrumpirlos nuevamente, lo atravesaría sin piedad con su zanpakutou.

Ichigo empezó a acariciarle el cuerpo, y su tacto la enloquecía. Deslizó su mano a través del kimono para atrapar un seno, sobre el que presionó y masajeó, hasta cerrar los dedos en su pezón, haciéndola gemir. Después extendió la caricia hasta su vientre y tiró de la cinta (los dos vestían el uniforme), para desnudarle el pecho, y esa sola visión lo hechizó. Esta vez fue su boca la que atrapó esos bellos atributos expuestos para saborearlos, haciendo que ella se enarcara de gozo.

Mientras lamía y mordía sin piedad la blanda piel, sus manos siguieron recorriéndola con posesividad hasta detenerse en su trasero. Sobre sus glúteos trazó voluptuosos círculos presionando por momentos, al compás de los guturales gemidos que ella no podía contener. Porque cada una de las sensaciones que Ichigo le hacía experimentar le encendía la sangre con un calor abrasador, llevándola al borde del abismo.

Después Rukia, impositiva, lo obligó a cambiar de posición. Él, recostado, la observó maniobrar encima suyo mientras deshacía el lazo que sujetaba su kimono, descubriendo su masculino pecho, el cual acarició con sus manos, con su boca y finalmente con su lengua. Ichigo cerró los ojos y jadeó anhelante cuando una mano de la joven, deslizándose por debajo de la prenda, llegó a su ya erecta virilidad para atraparla entre sus dedos, que iniciaron su tortuosa labor.

No pudo contener un gruñido de satisfacción al sentir ese contacto directo sobre la piel y abrió los ojos para mirar esa mano que subía y bajaba por su miembro, masturbándolo con inusitada habilidad. Que Rukia tuviera tan buen instinto le impresionó. Sin embargo, al notar su mirada, ella pareció titubear. Entonces él la besó en los labios para que supiera cuánto le gustaba lo que le hacía, y porque de todos modos necesitaba desesperadamente volver a tomar el control.

La recostó de nuevo, se inclinó sobre ella y su mano fue directa a posarse sobre sus senos, de allí a su vientre y de allí a su sexo, por debajo de la ropa interior. Observando su rostro, atento a cada una de sus reacciones, acarició suavemente su intimidad para incitarla, para prepararla. Rukia separó las piernas y con los ojos cerrados se entregó sin resistencia al enceguecedor goce, sintiendo que la conciencia se le escapaba sin poderlo evitar.

Se volvieron a besar con renovada pasión, si es que eso fuese posible. De pronto, Ichigo suspendió la caricia para quitarle la hakama, dejándola únicamente con sus bragas. Ella se ruborizó al verse tan expuesta, pero la lujuriosa mirada de su amante la sobrecogió de tal forma que terminó por olvidar el pudor. Se abandonó una vez más a sus requerimientos, a sus atenciones. Ichigo rozó con los labios uno de sus muslos y, sin perder más tiempo, le quitó la última prenda para posar la boca en su sexo.

Rukia se estremeció. Esa intimidad era demasiado.

-Ichigo... –profirió, nerviosa, pero él la apaciguó con más besos, con palabras de amor susurradas sobre la piel, con fascinadoras pruebas de placer. Cuando ella se rindió retomó esa erótica actividad con mayor resolución aún, acariciando perentoriamente con la lengua, obligándola a abrirle más las piernas. La shinigami gemía y se retorcía sobre las mantas, entregándose sin más a esa nueva oleada de electrizantes sensaciones.

Excitado por esa sensual visión de Rukia, enloquecido por la respuesta ante cada uno de sus avances, él mismo terminó de sacarse sus prendas, mientras ella lo observaba y lo aguardaba, anhelante. Cuando se desnudó, enseguida volvió a acomodarse sobre ella, entre sus piernas, instintivamente flexionadas por la joven. Por fin sus sexos se rozaron, erguido y dispuesto el de él, húmedo y tibio el de ella, para luego empezar a unirse.

Ichigo la penetró de a poco, despacio, atento a las reacciones de su compañera, gozando de su propio placer. Siguió hundiéndose en ella hasta que advirtió las primeras señales de malestar, entonces se contuvo.

Rukia sintió una punzada de dolor, pero en ningún momento pensó en pedirle que se detuviera. La sensación de tener a Ichigo dentro de sí era sublime, era el único hombre con el que hubiera querido estar de esa manera. Mientras él la besaba para aplacar la molestia, ella se abrazó a su espalda con decisión, deslizó sus manos hasta abajo y presionó sobre su trasero, para que siguiera pese a todo. No quería que fuese amable, quería que fuese suyo.

Sin embargo, inesperadamente, él le habló, mirándola a los ojos con ardor.

-Si lo quieres dímelo, pídemelo, Rukia, hazme feliz –ordenó.

Ella captó lo que él pretendía, pero en medio de semejante voluptuosidad las palabras se le enredaron en la mente.

-Ichigo… -balbuceó, insegura.

-Dímelo, Rukia, pídemelo de una vez –gruñó él, agitado. Y para incitarla, se hundió un poco más en ella, a punto de perder el control.

Junto con el dolor se insinuaba el placer, por lo que el discernimiento de Rukia también sucumbía cada vez más, despojándose de cualquier noción racional. Sólo había una forma de que el sustituto continuara, de obtener lo que el cuerpo le demandaba, y ella se moría por que lo hiciera.

-Ichigo… házmelo, házmelo ya –rogó, excitada-, hazme el amor...

Entonces fue él el que ya no resistió. Se aferró a las mantas y concluyó con ímpetu la fusión, hundiéndose por completo en ella. Rukia casi gritó al sentirlo. Sin embargo, el dolor era soportable en comparación al inmenso goce de sentirse una mujer por fin, con su verdadero dueño dentro de sí. Simplemente se entregó a la felicidad.

Para Ichigo, estar dentro de la mujer que amaba superó cualquier deleite que pudiera reservarle el mundo. Se quedó quieto unos segundos, refugiado en el cuello de ella, y luego comenzó a moverse despacio, entrando y saliendo con cuidado, para que se acostumbrara a él. Los gestos de dolor fueron menguando y entonces aceleró el ritmo de la penetración, porque su propia embriaguez se lo demandaba.

Cuando vio que lo recibía plenamente ya no se contuvo, se entregó a la incandescente sensación de friccionarse contra su sexo, perdiéndose en la inconciencia. Rukia se aferró a su espalda, maravillándose con el persistente y arrebatador contacto de su miembro dentro de sí, reconociéndose en el placer.

Piel contra piel, susurrándose esporádicamente amorosas palabras, sintiendo la sangre fluir en forma abrasadora por sus reinaugurados cuerpos, fueron un hombre y una mujer completos por primera vez.

Ichigo arremetía con intensidad, arrancándole continuos jadeos. Se ponía más urgente cuando ella lo nombraba, porque le encantaba que lo hiciera con los sentidos colmados por el placer que él mismo le proporcionaba. Cuando sintió que ya estaba en su límite también la nombró, con la voz apagada a causa del creciente goce.

Se movía dentro de ella con un apremio tal que la obligó a alcanzar el ansiado éxtasis, y el posterior y prolongado gemido de Rukia lo habilitó para poder arribar al suyo. Ambos se abrazaron con fuerza al estallar él dentro de ella, febriles, mientras el orgasmo obtenido anulaba cualquier otra percepción. El placer más exquisito que se pueda experimentar. Luego continuaron moviéndose y tocándose por inercia, jadeantes por la intensidad que adquirió el acto, subyugados por los vestigios de la increíble sensación.

Minutos después, con él derrumbado sobre su cuerpo, Rukia, todavía un poco agitada, preguntó con ironía:

-¿No era que merecíamos un lugar más digno?

El otro apenas se removió.

-Cállate, enana endiablada –gruñó con desgano, abrazándola por la cintura y sintiéndose el sujeto más feliz del mundo.

-¡Dámelo, Ichigo, cabeza hueca!

-¡Nunca, enana chiflada! ¡Sabía que no podía fiarme de ti!

Caminaban de regreso, aunque a paso lento y entrecortado debido al empecinado forcejeo que sostenían. Rukia le saltaba alrededor, pero infructuosamente. Jamás podría vencerlo en "el juego de las alturas", porque además de sacarle casi medio cuerpo de ventaja, el chico era muy hábil. Y, por si fuera poco, tratándose de Chappy...

-¡Era sólo una broma, idiota! ¿Es que no te gustan las bromas o qué? –insistió ella, cada vez más irritada-. ¡Devuélvemelo o empezaré a patearte el culo!

-¡Inténtalo!

Ichigo mantenía el brazo en alto, sujetando una pegatina del conejo favorito de la joven. Previendo lo que sucedería entre ellos, Rukia había llevado una muestra de una serie de pegatinas que hacía tiempo había encargado, con la leyenda "PROPIEDAD DE KUCHIKI RUKIA", y había intentado pegársela en la frente mientras dormía. Pero él, al despertar, se dio cuenta enseguida de lo que la otra se proponía, por lo que la primera mañana de amantes declarados transcurrió entre un sin fin de insultos y golpes de puño que sembraron una serie de colorados chichones en la testaruda cabeza del sustituto. Pero la apestosa pegatina no se la devolvería, ¡eso jamás!

Amanecía en la Sociedad de Almas, aunque había suficiente luz como para exponerlos a la indiscreta mirada de cualquiera que pasara por allí. Se levantaron temprano para volver al Seireitei mientras estuviese a oscuras, pero ese constante tire y afloje los había demorado y distraído, ni que hablar del rato que dedicaron a revivir algunos de los exquisitos pasajes de la noche anterior.

Tan ocupados estaban, él tratando de romper el maldito papel y ella tratando de salvarlo, que no advirtieron el peligro que corrían. Hasta que fue demasiado tarde.

Antes siquiera de haber arribado a las primeras casas del Rukongai, una docena de subrepticios shinigamis salidos de la nada los rodearon, impidiéndoles avanzar. Luego se materializó ante ellos la severa figura de la capitana Soi Fong, que los escudriñó con el ceño fruncido. Ichigo supo al verla que no podía tratarse de nada bueno.

-Kurosaki Ichigo, Kuchiki Rukia –espetó la capitana, recién llegada de la misión que mantuvo a su escuadrón alejado de los últimos acontecimientos-, tengo órdenes de llevarlos inmediatamente ante el Comandante Yamamoto. Será mejor que no se resistan.

El estupor de ambos jóvenes era tal que ninguno atinó a hacer algo más que aceptar lo que les pedían. Sin embargo, luego de unos instantes Ichigo logró reaccionar, y encaró a la capitana con irritación.

-Maldita sea, Soi Fong, ¿toda esta escena era necesaria? ¡Ni que fuésemos dos criminales! –exclamó, disgustado por no haberse percatado de la trampa. Evidentemente, los célebres escuadrones de protección habían estado hablando de más sobre su telenovela preferida. ¿Es que no tenían mejores cosas que hacer, o temas más interesantes sobre los que discutir?

-Esas son las órdenes, Kurosaki. ¡En marcha!

-Pero…

-Ya lo has oído, Ichigo –intervino Rukia, frenándolo-. Será mejor que vayamos con ellos.

Cualquier otra observación hubiese recibido la misma respuesta, tampoco les serviría de nada ensayar alguna maniobra evasiva. Ichigo tuvo que tragarse su enojo, en parte porque Rukia se lo suplicó con la mirada, y controló el reflejo de recurrir a Zangetsu. Con desgano, ambos comenzaron a andar detrás de la capitana, resignados a lo inevitable.