Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Hola, gracias por entrar aquí n.n
Jajaja! Me da risa el capi de hoy, quedó tan anacrónico a la luz de los hechos actuales...
Tal y como les prometí, espero poder publicar estos últimos tres capis a razón de uno por semana. Debo aclarar -antes de que me olvide otra vez- que el último es en realidad un Epílogo, por lo que el final de la historia será en la siguiente entrega.
Saludo al review anónimo de "Guest", me alegra que disfrutes de esta historia, en estas últimas entregas resolverás tus dudas. Los capis son algo cortos porque en el fic original así lo eran -en realidad eran más cortitos aún, fue una de las razones por las que decidí editarlo y resubirlo-, aunque he logrado alargarlos un poco uniendo capis y expandiendo el texto en la medida de lo posible. Gracias por leer y comentar n.n
También saludo a "Rukia36", he aquí la continuación. No pude responderte por PM, tienes esta opción deshabilitada. Gracias por leer y comentar n.n
Y gracias a todos los que siguen leyendo. Disculpen por los posibles fallos :D
VIII
La rueda de la fortuna
Una vez más, Ichigo y Rukia se transformaron en la comidilla del Seireitei, aunque en esta ocasión no hubo lugar para las bromas. Se sabía que los tenían retenidos en las instalaciones del segundo escuadrón, esperando el momento en que el Comandante tomase las disposiciones del caso, aunque nadie pudo verlos. La incertidumbre y la preocupación reinaban entre los shinigamis en general, pero sobre todo en los más cercanos a la pareja.
Renji, en particular, se afanaba de un lado a otro tratando de averiguar qué harían con ellos, pero los oficiales de las Fuerzas Especiales se mantenían en imperturbable silencio. Fastidiado, caminaba apresuradamente hacia las oficinas del sexto escuadrón con la firme resolución de encararse con su capitán, cuando en el camino se tropezó con Matsumoto, Ikkaku y Yumichika.
-Renji, te ves muy pálido –comentó Matsumoto, preocupada.
-¿Saben algo de Rukia e Ichigo? –preguntó él pasando por alto la observación.
-Pues lo mismo que todos –respondió Ikkaku-: que están retenidos, aislados y a la espera de la decisión del Comandante. –El shinigami se cruzó de brazos, circunspecto- Esta vez Ichigo la ha hecho en grande.
-¡Deja de decir estupideces, Ikkaku! –lo reprendió Matsumoto-. Esos dos se conocen desde hace tiempo, es natural que se hayan sentido atraídos. Y nadie puede condenar a nadie por haberse enamorado, sea humano o espíritu.
-A veces no sé si eres tonta o ingenua, Matsumoto –repuso Yumichika con delicadeza. Y después, resignado, añadió-: De todas formas tienes un punto.
-¡Por supuesto que lo tengo! –exclamó ella, ofendida por la observación inicial-. Además, no creo que exista ninguna regla que contemple esta clase de asuntos.
-Si la buscas, seguro que la encuentras –comentó Ikkaku.
-Pensemos -suspiró Yumihcika, componiendo un gesto de concentración. Rangiku puso los ojos en blanco-. No, en este momento no puedo recordar una norma que regule la posible relación amorosa entre un ser vivo y un shinigami.
-Deja de alardear –gruñó ella.
-A diferencia de ti, jovencita, soy bastante responsable cuando se trata de estudiar las leyes –repuso él, acomodando su cabello.
-¡Pues yo creo que no es momento para discutir tonterías!
-En eso te apoyo, Matsumoto –dijo Ikkaku.
-¡Por supuesto! Renji necesita nuestra colaboración, al igual que Rukia e Ichigo, que son nuestros amigos. Con o sin leyes, deberíamos hacer algo por ellos. ¿No es verdad, Ren...?
Cuando Matsumoto se dirigió al teniente del sexto escuadrón, por fin notó que había desaparecido. Los tres giraron la cabeza hacia atrás para caer en la cuenta de que Renji iba ya a cien metros de distancia.
…
En las oficinas del sexto escuadrón se percibía cierta tensión en el ambiente. Kuchiki Byakuya permanecía detrás de su escritorio, inescrutable. Abarai Renji, en cambio, estaba de pie apoyándose con sus manos en el mueble, observando ceñudamente a su inalterable y poco accesible superior.
-Capitán, ¡es la misma historia otra vez! ¿Acaso no puede...?
-No, eres tú el que no puede pedirme nada –repuso con calma el interpelado.
-¡Se trata de su hermana!
-Ella eligió.
-¡Lleva su mismo apellido!
-No discutiré eso contigo. –Byakuya se levantó de la silla y se dirigió a la ventana, donde se detuvo a contemplar el paisaje que se ofrecía-. Y te equivocas, no es la misma situación.
Renji lo miró sin comprender.
-No se trata de los manejos de Aizen –explicó el capitán-, nadie los obligó a entrelazar sus destinos de esta forma. Rukia es muy conciente de las consecuencias que semejante conducta puede traerles, han transgredido leyes irrevocables.
-¿Qué tipo de leyes?
-Las que mantienen en equilibrio nuestra existencia.
-¡Pero son nuestros amigos! ¡No estoy dispuesto a sentarme a observar el espectáculo de su ejecución! –exclamó el joven mientras se encaminaba a la puerta.
-Tú no harás nada, Renji –ordenó Byakuya elevando la voz. Imprimió tal intención en sus palabras que el teniente se detuvo a medio camino y se giró para verlo, sorprendido.
-Capitán, yo...
-Tú no harás nada –insistió él sin moverse de la ventana-. Si tú o alguien más interviene, no sólo Ichigo y Rukia serán los castigados.
La advertencia fue sutil, pero clara. Renji sintió una gran impotencia. Gotas de sudor perlaron su rostro y sus manos a causa de la angustia y el conflicto que, una vez más, se sacudían en su interior.
Agachó la vista y recordó lo que había ocurrido con Rukia, con su capitán, con Ichigo y con él mismo, antes de rescatar a la shinigami en el Sokyoku. Parecía una maldita jugarreta de la fortuna, que giraba y giraba en forma vertiginosa, enredándolos en la sensación de una repetición incesante. Todo volvía a ocurrir y él reaccionaba de la misma manera que antes, debatiéndose, sin saber qué hacer ni hacia dónde ir.
-Te sentarás y observarás –continuó Byakuya, implacable- y no harás nada para interferir. –Se dio la vuelta y lo miró a los ojos-. Yo mismo me encargaré de controlar que así sea.
Se sostuvieron la mirada durante un largo rato, imperturbable uno, lleno de sentimientos encontrados el otro. Sin embargo, Renji comprendía a la perfección que esta vez la cosa iba muy en serio.
Pensó en Rukia, su amiga de toda la vida, la mitad de su corazón. Pensó en Ichigo, a quien cortaría con Zabimaru nuevamente en cuanto se le presente la oportunidad. Pensó en ellos y concluyó, con despecho, que lo mejor que podía hacer era mantenerse al margen, al menos por ahora. Si sostenía esa beligerante actitud podría llegar a ser contraproducente para todos, sobre todo para sus amigos, y complicar las cosas era lo último que deseaba.
Su capitán, inconmovible, esperaba una confirmación. Renji, con más firmeza que de costumbre, se la ofreció, aunque por dentro todo su ser se sublevara.
-Entendido –se limitó a responder. Dio media vuelta y cruzó la puerta del despacho, sin exteriorizar ninguna otra emoción.
…
El Comandante era un hombre de pocas palabras que, por lo general, delegaba en sus capitanes la responsabilidad de cuidar de los asuntos del Gotei 13, aunque en los últimos tiempos había tenido que intervenir más de lo que su investidura en verdad le exigía. Habiendo perdido la Cámara de los 46 y a varios de sus mejores subordinados, sin poder encontrar aún a los adecuados sucesores, tuvo que resolver muchos problemas en persona. Sin embargo, el de ahora no era para nada un tema menor.
-Infringir las reglas que constituyen nuestra existencia es de por sí un grave delito en la Sociedad de Almas –dijo con su ronca e imponente voz frente a un ya completo Gotei, su propio teniente y los dos shinigamis a ser juzgados-, pero que los responsables sean las personas en las que más confiamos es algo que nos conmociona profundamente como institución y que merece recibir una condena ejemplar.
Ichigo no resistió semejantes palabras.
-Anciano, creo que debería... –Rukia le tocó el hombro y lo miró significativamente, para que desistiera. Quizá por segunda vez desde que la conocía, irritado, la obedeció.
-Tenemos a una shinigami reincidente, Kuchiki Rukia, y a un shinigami sustituto al que se le han abierto las puertas de este lugar con generosidad, Kurosaki Ichigo. Un espíritu y un humano que han unido sus existencias por medio de un lazo de naturaleza sentimental, quebrando aquello que debe permanecer inalterable a lo largo de las edades: el equilibrio entre los mundos. Sin él, la vida humana iría de forma irremediable hacia su fin, llevándose consigo todo lo que somos.
A Ichigo le costaba entender el significado del discurso del Comandante, pero tampoco quiso intentarlo. En su mente, que él y Rukia estén enamorados no rompía ningún estúpido equilibrio, al contrario, establecía el principio de la vida. Así intentó decírselo una vez más al viejo, pero nuevamente la suplicante mirada de Rukia lo detuvo.
-Sé muy bien que en tus oídos humanos estas palabras no tienen mayor sentido, nunca has sido un verdadero shinigami como para comprenderlo. Sólo por eso, y en consideración a tu activa participación en las batallas que han salvado de la desaparición a ambos mundos, es que decidimos descartar tu ejecución.
Rukia no pudo evitar exhalar un profundo suspiro de alivio al escucharlo. En cambio, a Ichigo poco le importó, porque en realidad le molestaba que hablen de él en esos términos. Era como si lo hubiesen criminalizado.
-Sin embargo –prosiguió el Comandante-, deberás someterte al proceso que elimine de tu ser espiritual la totalidad del poder que has obtenido hasta ahora. Una vez hecho esto, se te regresará escoltado a tu mundo para sellar tu alma en tu cuerpo humano, para no volver a ser un shinigami nunca más, ni regresar a la Sociedad de Almas.
-¿Qué dices? –Ichigo no pudo menos que escandalizarse al oír semejante disparate. ¿Es que era posible hacer una cosa así? Y si se podía, ¿por qué se le retribuía con tan absurda condena todo el esfuerzo realizado para superarse y para colaborar con ellos? Además, ¡obligarlo a separarse de Rukia! Eso jamás lo permitiría-. ¿Con qué derecho tomas una decisión así? ¿Quién te crees que eres?
Esta vez Rukia no llegó a contenerlo a tiempo. Contempló con horror ese arrebato nacido de la frustración, un exabrupto que podía hacer que el Comandante reconsidere su decisión. Tenía que callar a Ichigo como diera lugar, o se verían en serios problemas. Sin embargo, su intervención no fue necesaria.
-Cuidado, Kurosaki –le advirtió la capitana Soi Fong, que lo custodiaba de cerca.
-¡Ichigo! –lo amonestó Zaraki con simpleza, pero también con desacostumbrada seriedad.
-Por favor, Ichigo –le susurró Rukia-, ¡contrólate!
Ella se sentía tan impotente como él, pero por nada del mundo permitiría que embarrara aún más la situación. Le aguardaba un destino injusto, es cierto, pero al menos podría regresar a su vida humana. Mientras eso fuera posible, Ichigo tendría una oportunidad.
-Kuchiki Rukia –continuó el Comandante, ignorándolo-, más allá de los atenuantes que en la pasada ocasión te llevaron a infringir una de nuestras reglas más importantes, has reincidido en algo peor al iniciar una relación sentimental con un humano, alguien que está completamente fuera de tu alcance. Tú sí que eres una verdadera shinigami y conoces las leyes, por lo que tu castigo será severo.
Ichigo estuvo a punto de acudir a Zangetsu para terminar con aquella ridícula payasada, pero una vez más Rukia lo frenó.
-Sin embargo, también has demostrado ser leal en la guerra y haber llevado tu espada con honor, por lo cual se te perdonará la ejecución.
Rukia lo miró con estupefacción, sin podérselo creer. Era lo último que esperaba oír. Por su parte, Ichigo hizo una mueca de disgusto. ¡Lo único que faltaba! La perdonaban como si se tratase de una criminal, como si hubiese matado a alguien. Ya no sabía si lo que sucedía era real, o si formaba parte de una desatinada pesadilla.
-Kuchiki Rukia, la pena de muerte se conmuta, pero tendrás que elegir entre dos caminos –prosiguió el Comandante-: la primera opción consiste en sacrificar tus poderes.
-¿Sigues con eso? –explotó Ichigo, a quien Soi Fong debió contener con ayuda de sus hombres y de su propio shikai, apuntando directamente al rostro del inestable muchacho.- Maldita sea, Soi Fong, ¡suéltame!
-Podrás permanecer en la Sociedad de Almas –continuó Yamamoto, imperturbable-, pero te mantendrás ajena de por vida a las que fueron tus obligaciones, sin poder volver a pisar el Seireitei jamás. La segunda opción, en cambio, consiste en sellar tu alma en un gigai para que puedas vivir en el mundo humano, exiliada.
Al escuchar eso, Ichigo dejó de forcejear, estupefacto. Rukia, por su parte, sintió que el corazón se le encogía. Ya lo del chico le había caído como una piedra de cien toneladas, ahora esto era demasiado.
No era que fuesen a ejecutarlos sin más, tal y como tantas veces se había imaginado, pero tampoco bendecirían su relación. En realidad, el Comandante estaba siendo, dentro de toda su severidad, ciertamente generoso, ofreciéndoles la opción de seguir con sus vidas fuera de la Sociedad de Almas, donde su unión no tendría razón de ser. Era duro, pero en el fondo se sentía agradecida, ya que el Anciano había logrado resolver el problema con sabiduría.
Sea como fuere, con cualquiera de esas opciones debería dejar atrás todo lo que era, para siempre. Si iba al mundo humano su vida se acortaría, pero si se quedaba en la Sociedad de Almas se convertiría, quizás, en la vergüenza de la familia Kuchiki, en la ignominia de su escuadrón y en una carga para sus amigos, que se preocuparían por ella. Además, ya no volvería a ver a Ichigo...
El joven en cuestión no era el único que se salía de las casillas. El capitán Ukitake se moría por hablar, pero Kioraku trataba de mantenerlo a raya. Byakuya miraba hacia ningún punto en particular, como de costumbre, aunque Rukia sabía muy bien lo que él pensaba. Los demás atendían a la situación, expectantes, pero se cuidaron muy bien de intervenir. Mientras los chicos tuviesen una oportunidad, estarían bien. Al menos así se consolaron aquellos que los apreciaban.
Por fin Ichigo logró serenarse un poco y observó a Rukia. Le importaba un comino lo que ocurriera con él, pero algo se le desgarraba pensando en la contienda que se estaría librando en el corazón de la muchacha. ¿Qué podría hacer ella en el mundo humano? Él podría volver a su vida normal de estudiante, con su familia y con sus amigos, incluso podría retomar sus antiguos proyectos, ¿pero ella?
Para peor, su tiempo de vida se acortaría en comparación con el que aún podría tener allí, aunque perdiese sus poderes. Era injusto, era terriblemente injusto que la pusieran ante semejante disyuntiva. Estaba demasiado indignado como para entender que les ofrecían una alternativa, aunque no sea la más feliz.
-Shinigamis y humanos jamás pueden unirse de la forma que ustedes necesitan, Kurosaki –le dijo quedamente Soi Fong, quien dejó de apuntarle cuando lo notó en sus cabales. Él se extrañó ante las inesperadas palabras de la por lo general reticente capitana, y la miró con aprensión. Ella prosiguió-. Sin embargo, aún les queda una oportunidad.
Ichigo se mostró reacio a dejarse consolar. No obstante, poco a poco, su mente se despejó y comenzó a entender lo que se le ofrecía, aunque le costase aceptarlo. Pues hasta un joven tan testarudo como él tenía que comprenderlo, aunque se sintiese abatido. Ahora, su futuro dependía de la decisión que tomase Rukia.
Sea cual sea su elección, rezó para que ella no lo odiara por ser la causa del vertiginoso giro que daría su vida. En este mundo o en el otro, ya no podría seguir siendo la shinigami que con tanto esfuerzo llegó a ser, y por primera vez desde que tuvo conciencia de lo que sentía por ella experimentó cierta dosis de culpa.
La observó en silencio. Su rostro, contraído en un gesto meditabundo, se parecía mucho al de su hermano mayor. Se acercó y posó una mano indecisa sobre su hombro, sacándola de su ensimismamiento. Ella lo reconoció.
-Ey, enana... –susurró, y se le cortó la voz. No sabía qué decir.
Rukia le sonrió, salvándolo de su zozobra.
-No seas tonto, Ichigo. ¡Nunca serás bueno para el romanticismo! Igual me gustas así, con el pelo naranja y todo.
Esas simples palabras le dieron a entender lo que había decidido.
-Enana endiablada –musitó él, sintiendo como si lo liberaran de tener que cargar con el Titanic hasta la costa.
-Más vale que a partir de ahora me compres todas las historietas que pida –lo amenazó ella, ceñuda.
Ichigo tragó saliva con dificultad. Trató de estar a la altura de su resolución, y anheló que la sonrisa que lograse componer fuese lo suficientemente sincera y reconfortante.
-Ni lo sueñes –gruñó.
…
El único que podía entusiasmarse con la perspectiva de extraer el poder de un shinigami era el capitán Kurotsuchi, quien demoró un día entero en desempolvar el arcaico artefacto que se encargaría de ello. Hacía muchos siglos que no era utilizado, por lo que tuvieron que pasar varias horas con Nemu acondicionándolo y probando los controles. A él le brillaban los ojos ante cada mecanismo recuperado, en cambio a ella no se le movía un pelo.
Cuando llegó el momento, los dos jóvenes se sometieron al proceso que cambiaría sus vidas para siempre. Entregaron sus zanpakutous con tristeza, aferrándose a la convicción de que era el único modo de seguir juntos, aunque con el gran pesar de tener que desprenderse de aquella parte de sus almas. Las observaron largamente mientras se las llevaban.
Renji hubiera querido destrozar el lugar, pero Byakuya, tal y como le había advertido, lo controlaba de cerca. Lo mismo hacían los otros capitanes con sus inquietos subordinados, tratando de hacerles entender que era mejor esto que el Sokyoku. Pero en lugar de agradecer la condonación otorgada, los shinigamis adoptaron una actitud de duelo que les duraría por varios días.
Luego de concluido el penoso procedimiento, la joven pareja apenas podía mantenerse en pie, eximidos ya de sus poderes. Tuvieron que apresurarse en regresar al otro mundo para ser sellados, la condición actual de sus presencias problematizaba la conservación adecuada de su integridad en aquel lugar. Así, llegó el momento de la despedida.
Alejarse de sus amigos era lo más difícil, en especial de Renji, que estaba particularmente dolido por la situación. Incluso intentó cortar a Ichigo con Zabimaru por el mismo motivo que al inicio de sus aventuras: no le perdonaba el daño que Rukia sufriría por su causa. Sin embargo, tuvo que tragarse su enojo cuando su mejor amiga le agradeció la intención y le pidió que la postergara para más adelante, por si el idiota no la hacía feliz. Él aceptó a regañadientes, aunque aún no lo perdonaría.
Byakuya se mostró tan impasible como de costumbre, o como si supiera de tiempo atrás que esto sucedería. No obstante, se dignó a dirigirle unas escasas palabras de despedida a su hermana menor mientras le obsequiaba su preciada y tradicional bufanda blanca. Estaban delante de la puerta senkai, con Ichigo a su lado y los shinigamis que los sellarían.
-Has sabido llevar con honor el apellido Kuchiki –dijo él.
-Lamento haberte decepcionado, Ni-sama –repuso Rukia, emocionada.
-He dicho que lo has hecho bien.
-Pero…
-Olvida, Rukia, has hecho lo que has podido. Hay personas que estarían orgullosas.
La muchacha lo miró conteniendo las lágrimas. Si se trataba de indicaciones, Byakuya se dirigía con claridad y precisión, pero cuando se trataba de sus sentimientos –en escasísimas ocasiones-, lo hacía con vaguedad y elusiones, con palabras sobre las que Rukia se permitía reflexionar.
¿Hablaría más por él que por "esas personas"? Tal vez... Ojalá. Ella le había demostrado que, a fin de cuentas, supo asumir las consecuencias de sus elecciones, y que sobrevivió para contarlo. Quizá todavía podía ganarse una párrafo en la historia de esa familia.
-Gracias, Ni-sama –logró decir-. Adiós.
Las mariposas negras revolotearon en torno a los viajeros. Una última mirada entre los hermanos fue el saludo final. Si bien los ojos del hombre no cambiaron, permanecieron fijos en la joven mientras la veían partir para siempre.
