Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Hola, gracias por entrar aquí n.n
Penúltima entrega de este fic, cerrando por fin su proceso de edición. Les agradezco la paciencia para con el argumento, ya bastante desfasado con respecto a la historia original.
Recuerden: este sería el capi final, pero todavía queda el Epílogo -que de alguna manera sería un final sobre el final... digamos, un final reloaded XD
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
IX
En el mundo humano
Ichigo y Rukia, prolijamente sellados, se reincorporaron al trajín de la vida humana con más entusiasmo del que se habían creído capaces. Es que todos sus amigos los recibieron con una felicidad tal, incluso la ahora más sonriente Orihime, que no pudieron menos que dejar de lamentarse por lo que ya no tenía remedio.
Los integrantes de la familia Kurosaki cobijaron a Rukia con los brazos abiertos, sin preguntas ni cuestionamientos, porque siempre la sintieron parte de su hogar. Además, Karin y Yuzu se entusiasmaron mucho ante la perspectiva de contar con una nueva mujer entre sus filas, y así se lo expresaron. Ella, por su parte, se los agradeció conmovida.
En cuanto a Isshin, los recibió con toda la alharaca y la algarabía acostumbrada, además de las incómodas observaciones que sólo él creía necesarias.
-¡Qué felicidad, todos mis hijos juntos! –exclamó, llorando a raudales-. Rukia-chan, ¿ya me han encargado un nieto?
-No molestes –le advirtió Ichigo, incrustándole los nudillos en el medio de la cara.
Las hermanas Kurosaki, sin embargo, notaron a su hermano algo alicaído. Su típico ceño fruncido parecía más pronunciado de lo habitual.
-Ichi-ni, ¿por qué tienes esa cara? –preguntó Yuzu con preocupación.
-¿Eh? ¡Ah! Nada... –respondió con torpeza el muchacho, mientras intercambiaba una indescifrable mirada con Rukia-. Debe ser cansancio.
-Más bien pareces triste –comentó Karin, desconfiando-. ¿Ocurre algo?
-Nada que les incumba, pequeñas metiches.
-Ya dejen a su hermano mayor en paz –las reconvino Isshin fingiendo seriedad.
-Y tú deja de presumir de padre preocupado –contraatacó Karin.
-¡Si soy el mejor padre del mundo!
-Ni tú te lo crees –murmuró ella, aunque todos la escucharon.
A continuación, la cotidiana disputa acerca de quién detentaba la responsabilidad filial de la familia se desarrolló sin mayores variaciones. Ichigo puso los ojos en blanco, hastiado, mientras Rukia se divertía con las bochornosas ocurrencias de los Kurosaki. Bien por ella, pensó con rencor infantil.
Superada esa primera tarde, con el correr de los días la pareja fue recuperándose poco a poco de los sinsabores. Al fin y al cabo, eran demasiado jóvenes como para dejarse vencer por la melancolía. Con el tiempo, nuevos intereses ocuparon sus mentes, en parte para llenar esa especie de vacío que se les había formado adentro a causa de la ausencia de sus katanas, y en parte para dejar lo malo atrás de forma definitiva.
Por su parte, sus amigos de la tienda estaban al corriente de lo ocurrido pero, como ellos, creyeron que lo mejor era guardar prudente distancia, para no tentar al destino. De todas formas los chicos prefirieron ni enterarse de las batallas que se estarían llevando a cabo delante de sus ojos, aunque en un plano invisible.
Nada cambiaba mucho en el mundo humano. No obstante, lejos de generarles fastidio, esa serena monotonía contribuyó a sosegar sus tribulaciones espirituales. Fue así que, con el transcurrir de las rutinarias jornadas escolares, no sin cierta extrañeza, la vida fue tornándose impensadamente normal.
…
Una noche, Ichigo y Rukia se habían quedado solos en la casa. Estaban en la habitación del chico, él haciendo las tareas y ella leyendo sus historietas, para variar.
Su noviazgo había progresado, pero el tiempo que necesitaron para adaptarse a la nueva realidad, más la constante cantidad de gente molesta que los felicitaba y distraía con preguntas indiscretas, habían obstaculizado el ejercicio de su intimidad. Para ser sinceros, no se habían vuelto a tocar desde aquella alucinante primera vez. Tan sólo alcanzaron a prodigarse besos furtivos en rincones oscuros, y cuando podían.
El primero en notarlo fue Ichigo. Levantó la cabeza de sus tareas para hacerle una pregunta, pero al verla recostada sobre su cama leyendo muy concentrada, con un mínimo pijama color blanco, de inmediato cambió de objetivo.
Se acercó hasta la cama con sigilo y, sin previo aviso, le arrebató la revista. Rukia, fastidiada, exclamó un "¡Ey!" y se levantó para intentar recuperarla, pero Ichigo estiró su brazo dejándola fuera de su alcance. Le encantaba hacer ese juego con ella, que terminaba dando infructuosos saltos a su alrededor.
-¡Devuélvemela, Ichigo, idiota! –reclamó Rukia, un poco colorada por la agitación.
-Quítamela si puedes –la desafió él.
-¡Devuélvemela ahora mismo!
-¿Por qué debería? Parece interesante –comentó su novio con fingido interés, hojeándola.
Ella aprovechó el cambio de postura para arremeter otra vez, pero fue en vano.
-Basta, Ichigo, ¡deja de ser tan infantil!
-Mira quién lo dice –se mofó él.
-¡Devuélvemela!
-Si la quieres, tendrás que pagar –le respondió el joven con voz repentinamente sugestiva-. ¿Qué ofreces, enana sin sostén?
-¿Cómo sabes...? –Escandalizada y ruborizada, Rukia vio que Ichigo apuntaba hacia su pecho. Ella se había duchado recientemente y le dio pereza ponérselo, pero que el diablo se la lleve si pensaba ofrecerle explicaciones al respecto-. ¡Deja de hacer eso, idiota! –le reprochó, manoteando su dedo para que deje de señalarla-. ¡No es asunto tuyo!
-Si la quieres, tendrás que pagar –insistió él, más seductor que antes.
Rukia se cruzó de brazos, resoplando. Ichigo pensó que se veía hermosa así, ceñuda, colorada, con ese short blanco y esa delatora prenda con breteles que conformaban su ropa de dormir. Se le hubiera lanzado encima así sin más, pero quería que esta otra primera vez en el mundo humano fuese tan increíble como la anterior.
La chica, exasperada, salió de la habitación. Al rato regresó ante el incrédulo Ichigo, tendiéndole su pequeño monedero-Chappy.
-Es todo lo que tengo, imbécil. ¡Si lo que querías era dinero sólo tenías que pedirlo!
El joven suspiró con cansancio, pero decidió que su inexperiencia no lo iba a desalentar. La reacción de Rukia delataba que él tampoco se manejaba con mucha habilidad cuando de seducción se trataba.
-No es dinero lo que busco de ti precisamente, ingenua –le dijo, mirándola fijo a los ojos. Su dedo índice recorrió por encima de la prenda uno de sus senos.
Ese simple y estremecedor contacto le bastó a la muchacha para comprender el mensaje. El tipo no andaba carente de efectivo, sino de otras cosas... Trató de seguirle el juego.
-Lo que tengo es lo que ves –replicó, ruborizándose ante lo sugestivo de su propia frase.
Ichigo la observó detenidamente. Dejó la revista a un lado y comenzó a tocarla en zonas al azar, con la vista clavada en sus ojos.
-No sé, creo que no podré elegir. Tal vez quiera un poco de esto... –Posó sus manos abiertas sobre los senos de la chica, reiniciando el subyugante rito que los había obligado a dejar todo lo demás atrás, pero que valía la pena. Los primeros suspiros provocados por el posesivo masaje no se hicieron esperar.
-Quizá también quiera un poco de esto... –señaló Ichigo con voz aterciopelada, mientras deslizaba las dos manos hacia su trasero y continuaba allí sus atenciones. Esta maniobra había acortado la distancia entre ambos, por lo que la boca de la pareja fue una tentación demasiado grande para ignorarla.
Empezaron con un insinuante reconocimiento de sus lenguas, rozándose apenas, para luego invadir por completo las sedientas bocas. El beso fue escandaloso, terriblemente sensual después de una extensa jornada de abstinencia. Ambos se deleitaron con el húmedo contrapunto, readueñándose de cada blando rincón. Hacía tiempo que las dudas se habían evaporado y ahora hacían lo que deseaban amparados en la mutua confianza que se tenían.
Mientras la besaba con ardor, Ichigo no cesaba de masajear sus glúteos. Entonces ella comenzó a deslizar las manos por sus musculosos brazos, por su espalda, por su ancho pecho. Este contacto, más la desesperada unión de sus labios, incrementaron el deseo de manera tal que tuvieron que buscar la cama como apoyo.
Ichigo recostó a Rukia en forma transversal mientras se inclinaba sobre ella, y deslizó sus dedos a lo largo de su cuerpo, primero sobre la fina tela del pijama, luego por debajo, estremeciéndola. Un solo encuentro sexual había bastado para comprender la importancia de esa ceremonia previa, y haría que ella lo disfrutara. Después, retiró sin preámbulos la prenda que le impedía apropiarse adecuadamente de sus senos.
La boca de Ichigo lamió con avidez cada centímetro de esos dóciles y bellos montículos, haciendo que la piel de Rukia se erice, agradecida por la calidad de su gigai. Fuego era lo que él le prodigaba con cada roce, y fuego era lo que ella sentía correr por las venas. Sintió también -y vio- su pezón apresado por los labios del joven, que lo mordisqueaba con fervor, y ese contacto le generó una voluptuosidad que la encendió todavía más.
La joven, impaciente, de un empujón lo recostó a su lado y se dio a la tarea de recorrer la línea central de su atlético torso con la boca, con la lengua, con las manos, sacándole al mismo tiempo las prendas que le obstaculizaban el placer de saborearlo mejor. Con algo de timidez, pero también con resolución, Rukia lo atendió de la misma forma que él lo había hecho consigo. Él se entregó con los ojos cerrados, estremeciéndose de gozo al sentir su cálida lengua sobre las tetillas.
Urgido por esas sensaciones, Ichigo necesitó volver a tomar el control. La acomodó en la posición anterior y se dirigió hacia su vientre, donde aplicó pequeños e incitantes besos, bajando de a poco al centro de su deseo, allí donde sólo él tenía franqueada la entrada. Primero fue un roce de sus labios sobre la tela, a modo de advertencia, luego la desnudó por completo para poder saborearla a su gusto. Deslizó la lengua entre los sensibles pliegues del sexo de Rukia una y otra vez, satisfecho al oír los guturales sonidos que comenzaban a escapar de su boca.
A ella esa intimidad la seguía perturbando, el deleite la hacía retorcerse sobre sí misma, la obligaba a abrirle las piernas, a ejercer presión sobre la cabeza del joven para exigirle más. Él comprendió lo que necesitaba y buscó con la lengua el sitio más sensible. Cuando lo encontró lo lamió sin piedad, acompasando esa ocupación con esporádicas caricias en su vientre y en sus muslos.
Los gemidos de Rukia eran incontenibles, al igual que su creciente placer, hasta que, de pronto, sintió en el cuerpo una explosión que la hizo jadear más fuerte, llevándola al borde del abismo. Sólo en ese punto Ichigo la dejó en paz. Debilitada a causa del éxtasis, aunque decidida, hizo que él se retirara de ella para darse un poco de sosiego y retribuir.
Terminó de sacarle las últimas prendas, incluyendo los boxers. La visión del sexo de Ichigo la embelesó, conciente de que ella era la causante de tal excitación.
-Mira lo que me haces, Rukia –le dijo con voz apagada él, mientras ella lo observaba lujuriosamente y lo envolvía con una mano.
Esta vez no sólo lo acarició, sino que alternó cada persistente movimiento de su mano con osados y ardientes roces de su lengua, lo cual lo llevó a tal estado de embriaguez que poco le faltó para concluir allí mismo, superado por la nueva y deliciosa sensación. Su mano subía y bajaba, presionando levemente por momentos, y lamía cuanto quería todo a lo largo de su miembro, como si fuera un dulce. Ahora el que jadeaba y demandaba era él, y eso a ella le encantaba.
Aunque le costó mucho deshacerse de semejante fuente de placer, Ichigo consideró que ya era suficiente y acomodó a su chica debajo de él. A causa de la intensa estimulación anterior se sentía a punto de explotar, pero aún le quedaba algo de lucidez como para acercarse a su mesa de luz y extraer de un cajón una envoltura que a Rukia le llamó la atención. Al cruzarse con su interrogadora mirada, él la besó y le dijo:
-En el mundo espiritual puede que no sea necesario, pero en el mundo humano hay que protegerse cuando haces el amor, incluso si es con la persona que más amas. –Le mordió el labio inferior y le susurró-: O precisamente porque lo haces con ella.
-¿Insinúas que me amas, cabeza hueca? –le preguntó Rukia con un tono de voz que a Ichigo casi le hace arrojar todas sus precauciones por la borda, aunque se controló.
-Te amo, cabeza de canica.
-Entonces tal vez yo también te ame –le dijo ella con fingida inocencia.
-Más te vale –replicó él, y volvió a besarla con mayor vehemencia.
La visión de Ichigo colocándose el preservativo la erotizó aún más, lo mismo que sus palabras. Realizó la acción todo el tiempo arrodillado entre sus piernas, dejándola ver y haciéndola desear, excitándose con ello. Cuando estuvo listo se extendió sobre su cuerpo, besándola nuevamente, y dirigió su rígido y palpitante miembro hacia su sexo.
Esta vez no hubo necesidad de tener cuidado, el acceso fue directo gracias a la humedad que él mismo había generado hacía unos instantes. El roce fue maravilloso y la danza que continuó arrasó con cualquier recato. Empezó despacio, entrando y saliendo de ella con suma facilidad, incrementando paulatinamente la velocidad y la fuerza de sus embestidas, tomándola de sus glúteos e instalando su cara en el hueco de su cuello, hasta alcanzar un frenético ritmo que lo encegueció de placer.
Rukia lo sentía dentro de sí quemándola, produciéndole gozosos y electrizantes chispazos en la medida en que el frenesí de la penetración aumentaba. Resultó mucho más placentero que la vez anterior, sin duda. Experimentaba la fuerza de su virilidad poseyéndola, dejando un ardiente rastro de fuego en su interior, despertando una sed que sólo él podría saciar. Se abrazó a su espalda con posesividad, nombrándolo en cada gemido.
Ichigo le estaba proporcionando todo el deleite que necesitaba para vivir, le obsequiaba una razón para existir y ella lo aceptaba sin vacilaciones de ninguna clase. Lo amaba por sobre todas las cosas, no se arrepentía de nada y nada más necesitaba. Le mordió el lóbulo de la oreja, le dijo con pasión todo lo que sentía y le pidió más. Fue como haber presionado un simple botón.
El arrebatado adolescente la embistió con brusquedad, gozando del ardoroso y ceñido contacto, haciéndole sentir que le correspondía de la misma manera. Sus caderas se movían de forma salvaje, producían un ruido que los estimulaba aún más, logrando que su miembro asalte febrilmente el sensible sexo femenino, hasta sumirlos en la inconciencia.
Ya cercano a su límite, Ichigo aumentó la violencia de la fricción para hacerla llegar primero y funcionó. Con una profunda estocada, un súbito estallido de placer la sacudió y la llevó de nuevo al éxtasis, que Rukia manifestó con una serie de resonantes chillidos. Fue un orgasmo increíble, pleno, exquisitamente doloroso.
Entonces él empujó algunas veces más hasta sentir cómo su esencia, incontenible, se derramaba en ese cálido interior, una extraordinaria culminación que le provocó un agudo e inenarrable placer. Durante unos intensos instantes, sólo tuvieron sentidos para gratificarse redescubriéndose así de unidos, así de vivos. Eso jamás cambiaría, eso lo tendrían para siempre.
Después, todavía abrazado a ella, Ichigo se desplomó sobre su cuerpo, agotado, satisfecho y feliz.
…
La madrugaba avanzaba y aún no conseguían dormirse, aunque se hallaran extenuados después de haber repetido el ejercicio anterior. Recostados frente contra frente (como aquella tarde lejana cuando sus subconscientes les jugaron una mala pasada mientras dormían), se miraban a los ojos en silencio.
Esos apasionados momentos compartidos les habían salido caro, y lo sabían. Por más que se esforzaran por actuar con normalidad, no dejaban de evocar sus últimos instantes en la Sociedad de Almas, entre los amigos que quizá nunca más volverían a ver. Lo lamentaban, pero seguían sin encontrar una hipotética solución alternativa a la que les habían dado, y tuvieron que admitirlo.
Tal vez todavía necesitaban más tiempo para superarlo, o al menos para aprender a vivir con ello. De lo que sí estaban seguros era que tarde o temprano tendrían que hablarlo, o el corazón les estallaría. Las palabras entre ellos nunca hacían falta, pero de todas formas esa noche Ichigo no pudo evitar expresar en voz alta lo que le aguijoneaba en el interior.
-Ya lo verás, enana, algún día volveremos y les patearemos el trasero, por idiotas.
Rukia sonrió ante esa salida de su novio.
-¿Y por quién empezarás? ¿Por el capitán Kurotsuchi? ¿Por el Comandante?
Ichigo hizo una mueca de disgusto.
-Por el primero que se atraviese en mi camino, maldita sea.
-Pues lamento ser yo la que te dé las malas noticias –se burló ella-: sin tus poderes, no tendrás ninguna oportunidad contra ellos.
El otro resopló, fastidiado.
-Me importa un comino –aseveró. Después, más calmado, añadió-: De verdad, creo que algún día será nuestra revancha, enana, me resisto a pensar que este sea el único final para nosotros. ¿Acaso no he tenido razón otras veces?
Rukia suspiró fingiendo indiferencia.
-No lo recuerdo –se burló.
-Enana maldita.
-Deja de llamarme enana o te congelaré.
-¿Y se puede saber cómo lo harás?
-Encontraré la manera. -Y como esta vez fue Ichigo quien la miró con una ceja levantada, se cruzó de brazos y resopló-. Ya verás, idiota, sólo necesito tiempo para pensarlo –aseveró, mientras los párpados se le caían por el cansancio.
-Pues quiero ver que lo intentes, pequeña testaruda –replicó él, que con sólo notarla somnolienta comenzó a bostezar.
-Ni enana ni pequeña.
-Como sea.
-Imbécil.
-Descarada.
-Torpe.
-Desconfiada.
Las voces fueron apagándose poco a poco, empezaron a llenarse de sopor. Ichigo volvió a bostezar, pero antes de dormirse todavía pudo insistir con la determinación de costumbre, con la convicción inalterable.
-Ya lo verás.
Rukia profirió un último suspiro, hundiéndose en ese estado de duermevela que últimamente le generaba la confusa sensación de hallarse en otro cuarto, en otra casa y en otro mundo. Lo único real, siempre, era la tranquilizadora presencia de Ichigo, y lo agradecía con todo su corazón.
-Tonto –musitó, dejándose ganar por el sueño.
