Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola, gracias por entrar aquí n.n

Última entrega de este fic re-editado. Agradezco a los nuevos lectores que se han sumado, hayan dejado o no sus comentarios, y a los que la habían leído en su versión original.

No tengo mucho más para decir, salvo desearles a todos unas muy felices fiestas y un mejor año nuevo. Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


Epílogo


En una tienda de una pacífica calle de la ciudad de Karakura, dos hombres se reunían ante una pequeña mesa con el té servido, frente a frente. De brazos cruzados, con el ceño concentrado, guardaron silencio durante un rato como si estuvieran meditando. De pronto, el sujeto del sombrero levantó la vista y observó con cierta preocupación a su compañero.

-Sé que no te agrada meterte en estos asuntos, has procurado mantenerte al margen de los últimos acontecimientos, pero ahora...

-Ahora lo necesitan, sí, te escuché bien –dijo el invitado, sin cambiar de postura-. Pero no es una decisión que recaiga sobre mí, Urahara. Ya ha pasado más de un año y créeme que desconozco por completo sus actuales sentimientos.

-Lo sé. En realidad, en la Sociedad de Almas ni siquiera se ha mencionado aún esa posibilidad, pero Yoruichi-san, el clan Shiba e incluso varios oficiales están seguros de que, tarde o temprano, no les quedará más remedio que convocarlo.

-¿Tan grave es? –preguntó el otro, alzando la vista por fin.

Urahara, a su vez, lo miró con seriedad.

-No puedo darte aún los detalles, no tengo toda la información –repuso-. Lo que sé es que estamos transitando una era en la que la energía espiritual se haya en constante movimiento produciendo graves fisuras en ambos planos, poniendo en riesgo el equilibrio de nuestra existencia. Ojalá pudiera decirte otra cosa, pero creo que al muchacho le tocó... bueno, creo que él está destinado a ejercer un rol fundamental en la protección de ese equilibrio.

-Irónico, ¿no? –se limitó a comentar el visitante, sonriente, aunque más bien parecía una mueca. Después de meditarlo un poco más, tomó una decisión-. Esto es lo que haré, Urahara: les pediré que me hagan un favor y los enviaré en esta dirección. Si tienes suerte, tal vez te escuchen.

El tendero pareció experimentar cierto alivio, aunque su preocupación no se disipó.

-En verdad te lo agradezco, Isshin-san.

El beso se profundizó tanto que tuvieron que buscar el apoyo de la pared para no caer. Estaban en el dormitorio de Ichigo, aprovechando el breve lapso que les permitía la salida de los otros habitantes de la casa, en el estrecho rincón entre la puerta y el armario. Él se apretó contra su cuerpo, haciéndole notar la rigidez que cierta parte de su anatomía estaba adquiriendo, mientras que las manos de ambos revolvían las prendas ajenas por aquí y por allá para acceder a un poco más de piel.

Durante el año transcurrido no habían logrado sustraerse de la intensa atracción que los dominaba. Muchas veces Ichigo se preguntó si esa enceguecedora pasión por Rukia no iría a disminuir en algún momento de su vida, pero cuando la chica en cuestión se aparecía en su campo visual no podía menos que maldecir y admitir que no, que al menos por ese día su ardor se mantendría intacto. Luego, cuando la poseía, tenía que reconocer que, lejos de mermar, la pasión se había incrementado. Y así, con el amor y el deseo en franca evolución, pasaban sus días insultándose por cualquier tontería y durante la noche retozaban lo más silenciosamente posible.

En general se sentían felices como cualquier joven pareja, aunque tenían sus altibajos. A veces, después de hacer el amor, permanecían pensativos y silenciosos durante un largo rato, mirando a través de la ventana el cielo estrellado. Ya no hablaban mucho de ello, pero cada uno sabía lo que anidaba en el corazón del otro.

Si bien decidieron mantenerse al margen de toda novedad con respecto al otro mundo, no podían evitar esa vieja pena que de vez en cuando los pinchaba, como un alfiler olvidado en una prenda de vestir. A veces, incluso, añoraban tanto a sus respectivas zanpakutous que se sentían como mutilados, como si padecieran el mal del "miembro fantasma". Luego, para olvidarlo, meneaban la cabeza pensando en lo absurdo de esas tribulaciones.

Sin embargo, en algunas ocasiones, Rukia percibía una ligera brisa estando en un lugar cerrado, o notaba un anormal parpadeo de luces, como si alguien, una presencia, estuviese cerca de sí. Cuando creía entender el porqué, le agradecía en voz alta a Renji y, en su corazón, a su Ni-sama, convencida de que se habían convertido en sus nuevos protectores. El que no pudiera verlos no modificaba en nada sus sentimientos hacia ellos.

Sus amigos humanos continuaban yendo esporádicamente a la Sociedad de Almas. Más de una vez Orihime y Chad fueron convocados para ayudar en diversas misiones, y desaparecían de la escuela durante una buena temporada. Al principio se mostraron reticentes, pues no querían herir susceptibilidades, pero la misma Rukia les espetó un par de insultos para despabilarlos y hacer que consideren un honor el ser los reclutados.

Ishida, en cambio, se negó de plano a hacerles favores a los shinigamis bajo el poco convincente argumento de ser sus enemigos declarados, cuando todos sabían que en el fondo también lamentaba lo sucedido con la pareja, aunque jamás lo reconociera en voz alta. De todas formas, siempre se las arreglaba para aparecer cuando los otros estaban en un apuro, lanzando ofendidísimos flechazos.

Por lo demás, Ichigo y Rukia no podían dejarse en paz cada vez que la ocasión se los permitía, y esta no sería la excepción. Por suerte la chica vestía una simple minifalda, lo cual facilitó mucho la tarea del ansioso adolescente. Se la levantó sin preámbulos y, abrazándola por la cintura, la alzó, permitiéndole a ella rodearlo con sus piernas. Este movimiento favoreció la intimidad del contacto y los enardeció aún más, mientras se besaban con vehemencia.

Era tan milagroso hallarse solos en la casa que apenas podían contener la excitación. Pero tan maravillosa oportunidad no podía durar. Cuando él alcanzó un extremo de la mínima ropa interior femenina e iba a tirar hacia abajo para quitársela, casi perecen incrustados contra la pared a causa de la fuerza con la que Isshin abrió intempestivamente la puerta.

-¡Pervertido hijo mío, qué orgulloso estoy de ti! –gritó con el rostro enrojecido y llorando a mares, señalando a la desmembrada pareja acorralada entre la puerta y la pared-. ¡Qué maravilla, parece que por fin tu perezoso cerebro comprendió que se puede ser feliz tanto de día como de noche! ¡Y tú, Rukia-chan, haces tan bien en entregarle al idiota de mi hijo tu...!

Una certera patada en la quijada del inoportuno sujeto cortó en seco sus inapropiadas observaciones, una vez que Ichigo pudo liberar a su novia y a sí mismo del momentáneo y doloroso aprisionamiento provocado por su intrusión. Con una titilante vena en la sien, se dirigió a su padre en tono amenazador:

-¿Qué demonios quieres, papá? –Su autodominio a Rukia le pareció admirable.

-Muchos nietos, ¡desde luego! –respondió él en forma atolondrada- ¡Creeré que eres un auténtico idiota si no le haces al menos una docena de hijos a Rukia-chan! –Y, tomándose del mentón, entrecerrando especulativamente los ojos, agregó-: Aunque, si calculamos la cantidad de veces por noche que te escucho aullar como un lobo cuando le haces el a...

Un indignadísimo cross a la mandíbula acabó con sus comentarios. Rukia suspiró. Desde hacía rato se había puesto a leer una de sus eternas historietas, esperando que concluya la tradicional representación fraternal de sus pequeñas desavenencias.

-Papá… –masculló Ichigo en son de advertencia.

-Me enorgullece el hecho de que te esfuerces tanto por asegurar nuestra descendencia, hijo mío. Mi bella Masaki siempre soñó con tener una gran cantidad de nietos de pelo naranja correteando por aquí y por allá –sollozó el interpelado, masajeándose la zona afectada.

Ichigo, furioso y avergonzado por esa innecesaria revelación de inquietudes parentales, volvió a preguntarle a los gritos qué demonios quería. Acto seguido, Isshin desplegó de la nada una gigantesca sábana con una extensa lista de elementos de diversa índole y calidad que necesitaba para la clínica, y que no podía comprar él mismo por tener la sala de espera atestada de pacientes.

Su disgustado (y muy frustrado) hijo tomó con impaciencia la lista-sábana, el dinero y la dirección de la distribuidora. Luego, echando humos, despidió al todavía emocionado y orgulloso médico con un preciso portazo en la cara.

-Me lleva el diablo –masculló.

-Es tu padre –comento Rukia con filosofía.

-No me lo recuerdes.

Esa tarde, mientras regresaban de cumplir con el encargo, Rukia recordó la cara de Ichigo durante la pueril discusión y, por una vez en la vida, alcanzó a comprender en parte lo que debía significar –e implicar- ser el hijo de un sujeto como Kurosaki Isshin. Con un padre así, ¿quién podía pretender, además, criar hijos propios?

-Vaya, hay que ver cómo se retrasa tu padre a la hora de reponer los insumos de la clínica –comentó amargamente. Cargaba un pesado paquete, pues tuvieron que volver caminando porque el dinero no les alcanzó para ningún tipo de transporte-. Me pregunto cómo puede un médico ser tan irresponsable.

-Qué interesante observación, enana –ironizó Ichigo-. Al menos tú cargas sólo con ese estúpido paquete que, además, es el más pequeño de todos. Maldición, ¡yo ni siquiera puedo ver por dónde voy!

-¿A quién llamas enana, cabeza hueca?

-¡A ti, sanguijuela!

-¡Idiota!

-¿Podrías al menos ahorrarme tus estúpidos comentarios?

-¡Anoche no decías lo mismo, imbécil!

Ichigo bufó pero no retrucó, ya que comenzaba a sentirse más fatigado a causa de la pila de envoltorios que sostenía con sus brazos y que se alzaba por encima de su frente. En esas circunstancias odió a su padre más que nunca, no sólo por haberle endilgado semejante tarea, sino también por haberlo interrumpido (¿por qué siempre los interceptaban en lo mejor?) y dejarlo con las malditas ganas. Al menos hubiera tenido la deferencia de dejarle comenzar el día con entusiasmo.

Mascullando maldiciones, y agotado hasta lo indecible, decidió que ya era suficiente. Descargó sobre el suelo la pesada carga para poder descansar un poco. Al verlo, Rukia iba a dispararle una reprimenda por perder el tiempo de esa manera, pero la peligrosa mueca de fastidio que asomó en el rostro de su novio la contuvo. Procedió a depositar su paquete junto a los otros y esperó a que Ichigo se repusiera.

La tarde se presentaba calurosa, aunque soplaba una bienaventurada brisa que les proporcionó algún alivio. Durante unos instantes permanecieron de pie ofreciéndole el rostro a esa vivificante frescura, en silencio y sin que nada los perturbase.

Poco tiempo después presintieron una conocida proximidad, y ambos dirigieron sus interrogadoras miradas hacia la misma dirección. Vieron a un hombre parado a cierta distancia, oculto el rostro tras el sombrero que sostenía con una de sus manos, mientras que con la otra se apoyaba sobre su singular "bastón". Los amplios pliegues de su chaqueta revolotearon con la brisa. Los chicos lo reconocieron de inmediato y se quedaron pasmados, intentando comprender aquella sorpresiva jugarreta del destino.

Antes, mientras se encaminaban a la distribuidora, tanto Ichigo como Rukia se percataron de la cercanía de la tienda de Urahara, lugar al que jamás regresaron desde que fueron sellados en sus respectivos cuerpos. Sin embargo, no tenían que pasar necesariamente por allí, por lo que no se preocuparon ni sospecharon nada en particular. Que el mismísimo ex-capitán estuviese en el otro extremo de la calle esperándolos les pareció lo más inusitado e incomprensible que les haya ocurrido en el último tiempo.

Estaban demasiado perplejos como para reaccionar. Urahara era una persona querida y respetada para ambos, pero les traía inevitables remembranzas de una época de sus vidas que, a esas alturas, se parecía más a un sueño que a la realidad. Ante lo irreversible de la pérdida de contacto con el ámbito de lo sobrenatural, se acomodaron forzosamente al plano de lo real, por lo que al verlo se sintieron bastante incómodos y descolocados.

Durante un largo rato permanecieron en silencio sin moverse un ápice de sus lugares, ellos mirándolo con extrañado gesto, él con el rostro oculto bajo su sombrero. Hasta que Urahara se decidió y elevó la vista.

-Tanto tiempo sin vernos, Kurosaki-san, Rukia-san –saludó.

Como los susodichos, impávidos, no atinaron a contestar, se vio obligado a iniciar la caminata para acercárseles. Cuando estuvieron frente a frente, los tres pudieron corroborar que, pese a todo, ninguno había cambiado demasiado. Urahara, sonriente, descansó sus manos sobre la empuñadura de su zanpakutou.

-Vamos, vamos, ¿tan extraño les resulta encontrarse con un viejo amigo? –inquirió con su juguetona entonación característica-. A mí me alegra mucho volver a verlos por estos lares, verlos sanos y enteros.

-No nos malinterpretes, Urahara-san –repuso Ichigo cuando por fin recuperó el habla-. No es que no nos alegremos de ver a un viejo amigo, como tú dices, pero este encuentro... Me parece muy sospechoso verte aquí, justo ahora.

-Pudimos habernos cruzado en muchas otras ocasiones con anterioridad –acotó Rukia-. Sabemos que eres tú el que envía por los chicos cuando se los necesita, sin embargo mantuviste la distancia. El hecho que te presentes directamente ante nosotros sólo puede significar una cosa.

La expresión del tendero se ensombreció. Era inútil dar vueltas tratándose de esos dos, que de shinigamis ya no tendrían nada, pero de tontos, mucho menos. Se decidió a hablarles sin más rodeos.

-Sigues razonando como una shinigami, Rukia-san –dijo con satisfacción-. Es verdad, no se trata de una mera casualidad, estoy aquí para comunicarles ciertas… novedades. Se ha detectado una alteración de gran escala en la energía espiritual, cuyo epicentro se localiza, sin posibilidad de error, en las fronteras de Hueco Mundo.

-¿Qué? –exclamaron los jóvenes al mismo tiempo.

Urahara no pudo evitar sentir cierto grado de alivio al notar el interés que repentinamente se había generado en ellos. Más allá del asombro inicial terminaron por reaccionar como de costumbre, casi como si su relación jamás se hubiese cortado, y eso lo reconfortó.

Allí estaban, reunidos de tal modo que parecía que el tiempo no hubiese transcurrido. Y Urahara notó algo más: los chicos no habían permanecido tan indiferentes a su pasado como pretendían demostrar, por lo cual los escuadrones, aunque tal vez no lo merecieran, todavía tenían chances de recuperarlos.

-Aún no es seguro, pero lo más probable es que la Sociedad de Almas vuelva a necesitar de sus habilidades –explicó el tendero. Los otros lo miraron sin podérselo creer-. Lo que sí puedo confirmarles es que hay muchos shinigamis gestionando para que esa posibilidad se concrete pronto.

En realidad, lo que más lo inquietaba era el orgullo de los muchachos. ¿Aceptarían sin más el "ser perdonados", habiendo tenido que soportar tan ridículo apartamiento de parte esencial de su ser espiritual? Siempre consideró excesiva la medida que los aisló de la Sociedad de Almas, pero lo que más lo mortificó fue la privación de sus poderes. Todavía hoy no comprendía cómo habían podido tomar una resolución que menguaba de tal modo sus fuerzas, teniendo en cuenta quién era Kurosaki Ichigo.

Fue una insensatez, el peor error que hayan cometido. Ninguna regla compensaba esa pérdida y ahora volvían a depender del sustituto.

-Lo imaginé –comentó Rukia por lo bajo, tratando de contener el cúmulo de emociones que empezaba a agitarse en su interior.

-Si eso llega a pasar, si de verdad nos convocan… supongo que no serán tan idiotas como para suponer que aceptaremos brincando de alegría –repuso Ichigo con cierta carga de resentimiento en la voz-. Aunque sería una buena oportunidad para patear algunos malditos traseros –añadió entre dientes.

Urahara suspiró con resignación. ¿Quién podría culparlos por resentirse o por negarse? Sus corazones siempre fueron en extremo generosos cada vez que hubo una causa que defender, ¿quién se atrevería a juzgarlos si ahora preferían mantenerse al margen, después de haber pasado por tanto infortunio?

Aun así, sin importar qué, debía intentar persuadirlos de desechar esa postura. No sólo se trataba de la Sociedad de Almas, sino de la supervivencia del conjunto. Si ellos eran incapaces de entenderlo, muy poco se podría hacer para remediarlo.

Apoyándose más en su katana, se confió a todos los dioses existentes para poder encontrar las palabras que convenzan al muchacho y a su novia de olvidar el pasado y regresar. Maldita Yoruichi-san, por dejarlo solo con esto.

La única estrategia con la que contaba era intentar convencer al menos a uno. Si lograba hacer que uno solo de los dos accediese, el otro seguramente también cedería. Juntó aire, abrió la boca para hablar y...

-¿Cuándo abrirás la senkai para que nos vayamos? –inquirió Rukia con firmeza.

Urahara se quedó cortado.

-Si Mayuri-san va a tardar tanto como la última vez en componer esa estúpida máquina, será mejor que nos alistemos lo más pronto posible –repuso Ichigo, con la misma férrea convicción de su novia y con la resuelta mirada que tantas veces había admirado al tendero. Quizá porque le recordaba mucho a la de Isshin, su padre, en otros tiempos.

El ex-capitán sonrió. Debía haberse imaginado que dos espíritus como esos jamás podrían ser doblegados por nada ni por nadie. Dos jóvenes tan luchadores, resueltos y optimistas jamás serían vencidos por las disposiciones de un reglamento, de una sociedad o de un universo sobrenatural, por más acorralados que se sintieran.

Dos corazones en extremo generosos… Qué poco duraba el resentimiento en ellos, y cuánta esperanza podían transmitir. Ni siquiera tenían que quejarse, protestar o rebelarse, pues sólo con la fuerza de su férrea voluntad les bastaba para reponerse de todas las dificultades.

Agradecido con el cielo por el renovado brillo en los ojos de sus shinigamis predilectos, lleno de renovado aliento y haciendo una profunda reverencia, Urahara profirió:

-En verdad les agradezco mucho, Kurosaki-san, Rukia-san. Gracias por aceptar volver.