Capitulo 3
El sol que despeja
Ayame entró con la cabeza en alto y los puños apretados. La habitación estaba silenciosa y vacía, salvo por la figura de su padre al fondo. Tsubasa admiraba un papel viejo y arrugado que sostenía con suavidad. Ayame lo había visto en varias ocasiones mirar ese papel y en cuanto se sentía observado se lo guardaba con rabia. Nunca había tenido la oportunidad de contemplar el contenido. Ni ella ni nadie. Aquel papel que su padre atesoraba, era el único objeto sobre la faz de la tierra, que podía hacer que la mirada de aquel se suavice. Nadie había conocido a Tsubasa sin su típica mirada espeluznante, nadie lo había visto sonreír o que dejara de hacer esa horrible mueca con la boca. Pero ese simple y misterioso papel, hacía que sus arrugas desaparecieran y sus labios se aflojaran, como si estuviera en paz. Aunque a ella varias veces le pareció que era algo más que paz, era como si lo rodease un aire melancólico. Al verlo así, ella abandonó su pose arrogante y altiva. Así siempre se comportaba con él.
Como veía que el hombre ignoraba su presencia, carraspeó. Él se giró bruscamente y volvió a la normalidad, doblando su viejo papel con prisa, pero con cuidado.
-Hasta que decidiste venir.
Ayame volvió a cerrar los puños. ¿Alguna vez hubo entre ellos un lazo afectivo, por más mínimo que sea? No. Desde el momento en nacer él y todos la habían rechazado. Salvo por unos pocos que la habían criado, que pertenecían a la rama secundaria. Pero hasta ellos habían tomado distancia al crecer.
-¿Por qué me has llamado?
Tsubasa jamás le dirigía la palabra a su hija, a menos que sea para regañarla u ordenarle que desaparezca un rato. La segunda opción había dejado de escucharse entre ellos, ya que ella había aprendido a hacer casi invisible. Si había una cena entre líderes, una reunión sobre la guerra o similares, ella podría pasearse por ahí sin ser notada. Por ello, cuando le dijeron que su padre la llamaba se le había helado la sangre. ¿Y si ha descubierto lo de Ren? ¿Y si se entera de que fui incapaz de defenderme? La niña estaba un poco pálida, pero mantenía la mirada firme al igual que su padre. Él le habló como si se lo dijera al perro.
-Te llamé porque debes hacer un trabajo. Me he opuesto a esto rotundamente, pero varios estuvieron de acuerdo, así que no pude hacer oído sordo. Aunque quisiera. Gracias a tu reciente espectáculo con el Uchiha asesinado.- Se tomó su tiempo para mirarla con sospecha.- Una mayoría te ha elegido para que hagas un trabajo.
-Ve al grano.- dijo exasperada. Tsubasa casi le da una bofetada.
-No seas impertinente. El punto es que debes de llevar un mensaje a los Uzumaki.
Ayame parecía ver la nada.
-¿Qué? –dijo perpleja.
-¿Estas sorda? Debes ir con los Uzumaki. Debes llevar un pergamino, un tratado de paz, para que nuestros clanes no se peleen por el territorio y al momento de verse no tomar medidas hostiles.
Tsubasa extrajo de su kimono el pergamino y se lo estampó en el pecho de su hija con fuerza y desagrado. Ella tardó en agarrarlo.
-Esto… es importante…- balbuceó Ayame. Aún no caía. Jamás, jamás, JAMÁS, le daban misiones, porque claro estaba, nunca habían confiado en ella. Aquello era otra cosa, con ese pergamino en las manos podía salvar vidas de su clan. Esto es demasiado raro. Demasiado. Debe ser alguna trampa. Quiere deshacerse de mí mandándome a kilómetros de aquí… aunque es algo retorcido. Pero no es mala idea. Tampoco es que me quiera quedar.
-Sí… importante. ¿Entiendes por qué no quiero cederte esto? Un error Ayame, un solo y mísero error y no te alcanzará la vida para enmendarlo ni salvarte de las consecuencias.
Su padre expulsó su aliento en el rostro de la niña mientras la amenazaba. Esta arrugó la nariz, aunque no oliera mal. Aprendió a aborrecer su presencia tanto como a él le molestaba la suya. Ayame apretó con fuerza el pergamino sobre su pecho. Si bien era algo raro, parecía que podía rechazar la oferta, pero… ¿Salir por dos o tres días lejos de su clan? ¿Poder estar sin la eterna vigilancia de los ancianos de allí? Ayame sentía la libertad en la mano que sostenía el pergamino. Decirle no, significaría seguir con sus aburridos días de invisibilidad; decir sí, significaría libertad momentánea aún con el riesgo de fallar y, este último era muy grande.
-Acepto. Pero deben de acompañarme.
Tsubasa se rió con todas las ganas, sin perder el aire sarcástico.
-¿Creíste que ibas a ir tú completamente sola? Sobre mi cadáver. La única razón porque la que acepté esta pantomima, es porque la condición era que ibas a ser acompañada.
-¿Por quienes?- dijo la niña mientras hacía una mueca de desagrado.
Su padre resopló y dio media vuelta.
-No sé. Tú los eliges.- dijo arrastrando las palabras.- Para hoy en la tarde tu equipo debe estar listo. Retírate
Ayame se quedó unos segundos viendo la espalda de su padre debatiéndose si debía agradecerle o no. Finalmente, se retiró en silencio con el tratado en la mano.
-¿Sabes? En mi bolsa tenía tres pollos alucinantes, tan grandes como tu ego. Al lado de lo que estamos comiendo, pareciera que cazaste una paloma desnutrida.
-¿Algún día dejarás de joder con tu estúpida bolsa?
Soun y Tetsu se reñían con la mirada uno al lado del otro, ambos con una pata de alguna pobre ave de origen desconocido. Los tres niños estaban en torno a una fogata en la parte trasera del templo. Ren había ordenado a Soun cazar de ahora en más la comida para ellos, por haber estropeado las provisiones que anteriormente estaban en la bolsa. Tetsu desde el momento en que se lo ordenó, no había parado de sonreír. Soun, por su parte, no tuvo otro remedio que hacerlo, ya que de los tres era el que más apetito tenía. Había buscado una hora un condenado pollo o aguilucho que se le cruzase y si no fuera por su creciente hambre, lo habría envenenado y dado a su sonriente compañero Tetsu. Pero un equipo es un equipo.
-No, no lo dejaré. Es como si hubieras saboteado al grupo.
-¿Joderte a ti, es joder a grupo? A este paso deberán echarme porque seré el villano número uno del grupo.
-Sí, porque somos tres personas, Soun. Probablemente Ren te sacará del grupo si sigues así.- Tetsu elevó la cabeza con testarudez. Soun deseó que se ahogara con el puto pollo-¿No es así Ren?
El nombrado, miraba el fuego absorto en sus pensamientos. Ni siquiera había tocado su comida en toda la cena. Estaba ajeno de lo que lo rodeaba desde que habían llegado al templo.
-Eh, Ren.- Dijo Soun sin elevar mucha la voz.
-¡Ren! – gritó Tetsu con todos sus pulmones.
El aludido le arrojó el pollo directo en la cara. Elevó un poco los ojos del fuego y los miró con fastidio.
-¿Qué?
Soun seguía riéndose de su compañero que se limpiaba la grasa de la cara, con asco. El niño de la mirada fría los siguió mirando durante unos minutos más, en los que la risa del otro Uchiha disminuía.
-¿En qué piensas?- Dijo Soun sosteniéndose el estómago y con una mueca de dolor y gracia a la vez.
Ren suspiró.
-¿No se han preguntado quien creó este templo? ¿Quién vivió aquí? Además hay tantas cosas, tanto lugar qué… encontré una…- Sus ojos negros se posó en sus compañeros.- ¿Qué han encontrado ustedes?
Los otros dos lo miraron extrañados. Ren no solía trabarse al hablar. Parecía que quería decir mil cosas a la vez, pero no sabía cómo hacerlo. Parecía que algo grande crecía dentro de él.
-Yo encontré varias armas, entre ellas una espada tan imponente y filosa, que te cortarías solo con verla.- Dijo Soun con una sonrisa.- Es hermosa.- extrajo de su espalda una katana, extremadamente larga y fina, de color negro. La luz del fuego le daba un aspecto malvado al reflejarse en su metal.-¿Debería nombrarla, no creen?
-Va con tu personalidad. Oscura y agresiva a plena vista.- Dijo Tetsu.
-Por eso dije que es hermosa.
-Está bien. Basta los dos, me van a volver loco.- dijo Ren con aspecto agobiado. Luego miró al de la espada.- Luego me llevas a ese lugar, ¿Entendido?
-Sí.
-Yo encontré algo muy interesante también. En una habitación no muy grande, a la derecha de todo, hay miles y miles de pergaminos. Creo que son mapas, no sólo del templo y sus alrededores, sino de todos lados, desde los Uchiha del Sur, hasta los Hyuuga del Norte.
Ren que miraba el suelo mientras Tetsu hablaba, no puedo evitar clavarle los ojos, en cuanto este último nombró a los Hyuuga.
-Y no sólo eso. En un rincón había una gran pila de mini-pergaminos, ya sabes, de esos que miden como la palma de tu mano, pero todos estaban en blanco. Además, creo que hay datos de varios clanes. No tuve tiempo de leerlos, pero empezaré de a poco.
-Eso nos podría ser de ayuda.- dijo Ren levantándose.
Ayame no había tenido tiempo de pensar en ella. No, realmente no había querido pensar en ella. Lo único que deseaba era que siguiera con vida. No podía, ni debía, extrañar a alguien con quien quizás nunca se volvería a cruzar. Ren miró la oscuridad de la noche. Ahora había asuntos más importantes.
-¿Servirnos para qué?- objetó Soun.
-Es simple.- Dijo Ren calmado.- Por ejemplo sabemos que el clan Hyuuga tiene kekkei genkai, como el Byakugan, pero existen muchos clanes con los que no nos topamos aún- Ren suspiró, arrojando su mirada al suelo.- En el mundo ninja la información es vital, quien tenga los conocimientos es el que posee más poder.
El silencio hacia rogar a Ren que los otros dos hubiesen entendido sus palabras ya que, si había algo que le molestaba era decir lo obvio o repetir lo dicho.
-¿Por qué vinieron conmigo?
-Porque te apareciste en mi tienda comiéndote mi comida.
-Porque me has mandado un ave mensajera.
- ¿Les costaría mucho ser más explícitos?
Soun bufó
-Bien. Te seguí, Ren, porque desde hace tiempo soñaba con irme de mi clan. La guerra, el entrenamiento, absolutamente todo era monótono. Te seguí porque era mi mejor opción.
El niño de la mirada fría asintió y luego dirigió su mirada a Tetsu.
-Yo… yo no nací en un clan, ni nada así. Te seguí porque… porque quiero hacerme más fuerte. Seguirlos era fortaleza. Quiero ser un gran ninja. Todo lo que aprendí hasta ahora fue a puro golpe y error. Y aún así siento que es poco y nada. Quiero ser fuerte, Ren y seguirte era mi oportunidad.
El niño de la mirada fría volvió a sumergirse en sus pensamientos observando la fogata. Se tomó unos minutos antes de continuar.
-Quiero formar algo nuevo. No un clan. Un "grupo", como dice Tetsu, donde puedan estar varios clanes a la vez. Quiero demostrar que las cosas pueden reinventarse para bien. Solo se necesita esperanzas. No todo tiene que ser blanco y negro, no hay que obedecer líderes absolutos. En este momento, no pertenecer a ningún clan es sinónimo de enemigo. Realmente es bárbaro, asesinar a quien no es de tu propia familia. Es momento de ayudar.
Ren se giró hacia ellos con la máscara en la mano y se las mostró. Aquella máscara roja y blanca, simulaba el rostro de un zorro. La mirada del niño era muy intensa.
-Detengamos la lucha entre clanes. He encontrado estas máscaras, nueve en total. Todas tienen el carácter del zorro y detalles rojos. Aunque cada una tiene sus distintivos. Estas máscaras son nuestra oportunidad, todo el templo es una oportunidad. Una oportunidad de hacer algo, para detener este eterno derramamiento de sangre.
Aguardó unos segundos, mientras respiraba lentamente por la emoción. A los otros dos les pareció una pausa dramática.
-Deseo que al ver nuestras máscaras, pierdan los ánimos de luchar sin sentido, de asesinar sin siquiera pestañear. Hagamos que los esposos y esposas vuelvan a casa. Hagamos que los hijos sigan teniendo padres. Seamos luz entre tanta obscuridad.
Ren sonrió ante el aspecto anonadado de Tetsu y Soun.
-Tengo todo planeado. Estoy seguro de que este lugar, no es un templo común o un santuario. Es un lugar creado para entrenamiento… me asusta pensar quién o quienes vivían aquí. Pero por ahora… hay que aprovechar este regalo.
Ren esperó la respuesta de los otros dos en absoluta calma. Ellos parecían analizar toda la información y especular sobre este camino nuevo. Al cabo de unos minutos Tetsu, habló primero.
-¿Las máscaras… la podemos elegir nosotros?
-¡Ayame!
Yuuki venía corriendo, gritando y buscando a su compañera, todo a la vez. La Hyuuga de la rama principal, estaba en lo alto de un árbol mirando la nada. Tenía el pergamino sobre el regazo y lo acariciaba como si fuera un pequeño animal. Ni bien había salido de la reunión con su padre, le dijo a Yuuki que debía acompañarla. Ella muy animada, le prometió encargarse del organizar el grupo con el que irían. Y desde que se despidieron hasta entonces, tres horas después, Ayame no había abandonado la rama del árbol absorta en sus pensamientos. Tenía miedo. Mucho miedo. Pero no quería echarse atrás, ya que también sentía ese nerviosismo mezclado con excitación al pensar que podía alejarse de allí.
La Hyuuga escuchó los llamados de la otra y descendió en silencio, hasta posarse detrás de su espalda.
-¿Si?
Yuuki gritó a pleno pulmón con el rostro impávido. Al instante se recuperó.
-¡No me asustes así! Oh, eres un fantasma. De verdad me has hecho pegar un infarto.
-¿Se supone que somos ninjas…no? Debemos ser silenciosos, Yuuki.
La otra le sacó la lengua, un acto completamente característico de ella. Ayame sonrió.
-Ya tengo nuestro grupo.- La niña de pelo corto sonrió también.- ¡Es grandioso! Qué digo, ¡Son grandiosos!
Yuuki abrazó, o más bien apretujó, a su compañera con todas sus fuerzas soltando pequeñas risillas. Sí, también eso era característico de ella. Ayame, que no estaba muy acostumbrada a los afectos la empujó un poco, sin ser ruda.
-¡Eh, muchachos!
La Hyuuga de la rama principal hizo una mueca ni bien Yuuki dijo "Muchachos". Aunque también lo hubiera hecho si hubiera dicho "Chicas". Sinceramente, ella no se sentía cómoda con la compañía de los demás, sean del sexo que sean. Salvo su irritante compañera, claro estaba.
Acto seguido aparecieron tres niños frente a sus ojos. Dos de los Hyuuga eran completamente iguales, desde la altura hasta su aspecto facial. La única diferencia entre ellos era el corte de cabello y que uno tenía una cicatriz cerca del ojo derecho. El niño de la izquierda, llevaba la raya al medio y un liso pelo negro que le llegaba a la altura de los hombros. Él era el que tenía la cicatriz en el ojo. El otro niño, el de la derecha, llevaba el pelo atado en una cola de caballo, no muy alta. Sin embargo, tenía la raya al medio al igual que el otro.
-Ellos son Ichihiro y Kenji.
El de la cicatriz asintió cuando Yuuki dijo Ichihiro. Kenji hizo lo mismo al escuchar su nombre.
-Y él es Junsei.- siguió la Hyuuga de pelo corto. Junsei era el más alto de los cinco. Tenía el pelo prolijamente hacia atrás, atado en una cola de caballo. Parecía mucho mayor que todos los demás. Los tres varones eran pálidos y con el pelo tan negro como el carbón. El chico sonrió amablemente. Ayame notó que Yuuki se sonrojó al instante.
-Soy Ayame.
-Lo sabemos.- dijeron los gemelos al unísono.
-Un placer.-dijo Junsei con una voz grave. Le tomó la mano y la estrechó con fuerza, sonriendo encantadoramente. La niña sintió como su compañera se quedaba sin aire. Ayame le hizo una especie de sonrisa, más parecida a una mueca que otra cosa. Se sentía cohibida ante esa repentina ola de saludos cordiales. Definitivamente socializar no era lo suyo. El chico le seguía sosteniendo la mano, más de lo normal, para su gusto y ella no era la única que se había percatado. Yuuki pinchó el momento, separando sus manos y poniéndose frente a su compañera. Eso había sido demasiado extraño para ella… e incómodo. Muy incómodo. Junsei, arrugó ligeramente la frente ante la reacción de la otra Hyuuga, pero no le dio mucha importancia.
Yuuki, estaba roja como un tomate por su reacción, pero no había perdido su facción seria y tranquila.
-Esto… tu padre te ordena que vistas esto.- dijo sin convicción. Le entregó a Ayame unas prendas oscuras.
-¿Qué es? O mejor dicho, ¿para qué?
- Son nuestros kimonos. Los de la rama secundaria. Ya sabes, si vas por ahí con tu bonito vestido de la rama principal serías el blanco perfecto. Es sólo para proteger el Byakugan.
-Ah.- La niña había detectado un poco de rencor en la voz de la otra, al pronunciar lo de las ramas.
-Cámbiate y partiremos enseguida.
La Hyuuga asintió. La adrenalina volvió a recorrer sus venas.
Ren, Soun y Tetsu, se encontraban frente a una gran puerta de caoba. El niño de la mirada fría los había guiado hasta ahí, para practicar. Era la sala de entrenamientos que había encontrado hace unas horas, antes de la fogata. Estaba muy orgulloso de su encuentro con aquella habitación y de haber salida con vida de allí. Ahora los tres se habían levantado con el alba, para empezar a entrenar. Sus otros dos compañeros estaban tan ansiosos que casi se llevaban a Ren puesto, de lo desesperados que estaban por abrir la puerta. Pero una mirada fría bastó para mantenerlos a raya detrás de él.
-Este lugar no es común. Prepárense para lo que sea.- advirtió Ren. No sabían por qué, pero se imaginaban que aparecerían nuevamente los clones o una amenaza mayor. Tetsu puso la mano cual soldado y asintió solemnemente. Soun resopló.
Los tres abrieron la puerta, con cautela. Era inmenso al igual que la entrada, pero el lugar estaba completamente vacío a excepción de unos pilares. El techo era alto en algunas zonas y bajo en otras. Ni siquiera constaba de algún maniquí de práctica, como los que tenían en sus clanes. Qué decepción pensó Tetsu, poniendo una cara tan lastimera, que Soun rió para sus adentros. Los tres seguían parados en el umbral, buscando algo interesante en aquella sala vacía.
-Entren.-ordenó Ren serio, como siempre.
-Esperaba algo más…
-Entren.-Lo interrumpió Ren a Tetsu. Este hizo un gesto raro con la boca y entró sin chistar. Soun lo siguió lentamente por detrás a una distancia prudente, mirando desconfiado al niño de la mirada fría. El joven Uchiha que miraba fijo a sus dos compañeros desvió la mirada entre los pilares y el techo, donde unos engranajes comenzaron a moverse lentamente ni bien Tetsu pisó el suelo. Cuando ingresaron a la sala unos pocos metros, los engranajes comenzaron a girar frenéticamente provocando unos pequeños ruidos, que lograron llamar la atención de los otros dos muchachos.
-¿Qué…?- Soun no pudo acabar la frase porque el piso comenzó a abrirse por ciertas zonas estrepitosamente. Los tres sintieron debajo de sus pies toda una maquinaria cobrando vida que ronroneaba como un gato. Donde el suelo se había abierto, nacieron unos palos circulares del tamaño de ellos, que le salían varios pinches de madera, pero no se veían afilados. Los palos comenzaron a girar y dirigirse hacia ellos pegados al suelo.
-¡Mierda!- gritó Tetsu sorprendido. El palo se puso a su altura y comenzó a golpearlo con sus infinitos pinches. Estaba tan anonadado que no supo cómo actuar, ni atacar. Esquivaba los múltiples ataques sin salir con ningún rasguño, pero el artefacto lo empujaba cada vez más atrás. Sacó su Kunai y comenzó a cortar varias zonas, pero al no ser un ser viviente, no sabía con exactitud que debía cortar. De repente un pinche le dio en la cara, haciéndolo salir de la habitación, tirándolo de espaldas al suelo.
-Te venció un maniquí, Tetsu. Eso no habla bien de ti. –Dijo el niño de la mirada fría. Ren estaba apoyado en la puerta con los brazos cruzados, mirando a Tetsu desde arriba. El otro niño frunció el ceño aún extendido en el suelo. Saltó y se paró en posición de ataque, pero el palo ya se había vuelto a su lugar.
-No salen de la habitación. –Dijo Ren con obviedad. El otro niño lo volvió a fulminar con la mirada. Abrió la boca para defenderse, pero un ruido cortó sus palabras. El ruido de la risa de Soun. El otro Uchiha había cortado varios palos a la mitad y había dejado varios pedazos de madera desparramados por el suelo. Saltó por encima de uno y lo dividió en dos perfectamente.
-¡No los destruyas idiota!- gritó Ren enfadado. Soun lo miró y perdió la risa. Un palo se le acercó por detrás y el Uchiha lo pateó con fuerza empujándolo desde donde se había movido inicialmente. El palo dejó de moverse. Soun lo miró aburrido.
-Eso es lo que debías hacer.- dijo Ren frunciéndole el ceño. Había acabo con casi la mitad de los artefactos. Tetsu corrió rápidamente y con velocidad venció al resto de los palos. Cuando detuvo el último sonrió enormemente, con su dignidad restaurada.
-¿De qué te reías?- le preguntó a Soun.
-De lo afilada que es ankoku.
-¿Qué cosa?
-La espada.- Mostró su arma con orgullo.
-Aún no ha acabado.-dijo Ren desde el umbral señalando las paredes. Los engranajes volvieron a sonar ruidosamente. Las paredes comenzaron a deslizarse pesadamente, como si fueran un telón, dejando al descubierto varios círculos de diferentes tamaños.
-Genial.- Dijo Soun con los ojos brillantes.
En medio de todos aquellos huecos había una válvula mediana. Los otros dos enseguida supieron que ése era el objetivo. Los engranajes dejaron de sonar, avisando que ya podía empezar el juego. Tetsu corrió primero en dirección a la válvula. De los huecos salieron varias kunai y flechas. Él las esquivó con maestría pero perdía el tiempo, para poder llegar a su objetivo. Cuando volvió a correr de los huecos medianos salieron varias lanzas, al igual que los laterales. Tetsu los esquivaba por poco ya que estos eran más certeros. Tomo una lanza y golpeaba las otras que se dirigían peligrosamente a él. Sin embargo varias lograron hacerle heridas en las piernas y los brazos. Al niño no le importó tanto y siguió avanzando con la lanza en mano aún, pero las heridas comenzaron a molestarle a medida que avanzaba. De repente los círculos de arriba, que eran más grandes, escupieron fuego todos al unísono. Tetsu no tuvo tiempo de protegerse, ya que una mano lo empujó varios metros hacia atrás, topándose con Soun. Éste último lo ayudó a erguirse con una mano. Ren se encontraba entre medio de las llamaradas que los traspasaban sin quemarlo siquiera. Sus ojos tenían el Mangekyo sharingan activado. Cuando él lo activaba su rostro cobraba una mirada terrorífica, coincidieron Soun y Tetsu con el pensamiento. Se acercó hacia sus compañeros, mientras las lanzas, las flechas y las kunai esparcidas y clavadas por el piso lo traspasaban. Se detuvo frente a Tetsu y desactivó el Mangekyo, cobrando su tonalidad negra nuevamente. Miró con desaprobación a su compañero que casi moría calcinado.
-Soun. Es tu turno.- Dijo sin apartar la vista de Tetsu.
El otro Uchiha se acerco lentamente y guardó su espada. Miró con seriedad su objetivo. Sus ojos se volvieron rojos con dos aspas en torno a la pupila. Sonrió levemente.
-Tiene el sharingan.- susurró Tetsu. Ren asintió en dirección a su compañero.
Soun corrió hacia la válvula. Las kunai y las flechas comenzaron a salir con velocidad nuevamente, pero él las esquivaba sin dificultad alguna. No se detuvo en ningún momento hasta que se activaron las lanzas. Sostuvo varias lanzas y las clavó una por una, en el suelo unos metros más adelante y en la pared de los círculos. Obstruyó algunos, a lo que Ren volvió a objetar que no debía descomponer todo lo que poseían para practicar. Como respuesta Soun gruñó. Volvió a correr decidido y en cuanto los huecos empezaron a tomar un color cálido, listos para disparar el fuego, el Uchiha gritó incitando a la pared a que lo atacase. Los círculos escupieron fuego, todos a la vez, pero Soun saltó, pisando la punta de las lanzas que había clavado en el suelo, en hilera. El fuego consumía las lanzas pero no llegaba tan alto como para quemar al muchacho. Cuando ya solo quedaban tres lanzas las llamaradas cesaron. El niño descendió al suelo nuevamente, sin dejar de correr. Miraba hacia todos los lados, ansioso por lo que lo atacaría ahora. Quedaba muy poco para llegar a la válvula.
Los círculos inferiores, empezaron a pitar. Soun se detuvo sorprendido. De repente, de aquellos círculos, salió un gas de color violeta que inundó la zona alrededor de la válvula. Comenzó a acercarse lentamente hacia el Uchiha, pero este seguía sin moverse, ya que no sabía bien de que se trataba.
-¡Es gas venenoso, no respires!- Gritó Tetsu.
Soun lo miró un instante, en modo de agradecimiento y se tapó la nariz y la boca con la tela de su manga. Se internó en la densidad de la nube violeta, corriendo con mayor ímpetu. Al cabo de un rato comenzó a toser sin poder evitarlo. La tela no filtraba del todo bien el aire. Soun ya estaba enfrente de la válvula. Cuando la tocó, los círculos de alrededor escupieron nuevamente una neblina violeta, que le dio directo en la cara. Soun comenzó a girar la válvula con fuerza, tosiendo compulsivamente, intentando no inhalar. Para cuando terminó de girarla por completo, ya estaba viendo doble. Los huecos succionaron toda la neblina en unos segundos y los engranajes volvieron a sonar ruidosamente. Las paredes se deslizaron otra vez sellando los círculos. Soun se arrodilló y respiró agitadamente, mientras tosía. Ren y Tetsu se acercaron a él. Tetsu lo ayudó a levantarse.
-Sé el remedio para el veneno, no te preocupes.
Soun seguía jadeando.
-¿Dices…que…ya habías...e...cho…ESTO?- Dijo intentando respirar entre cada palabra, dirigiéndose a Ren.-¿Cómo…no te…es…?
-Es una sala aprueba de sonidos. Por eso no escucharon todos los estruendosos mecanismos.-Miró a Tetsu.- Ayudalo a recomponerse y luego vuelve. Debes practicar.
Tetsu asintió e intentó deslizar el brazo de Soun por encima de los hombros. Pero este lo quitó rápido.
-Puedo…solo.- Dijo sin convencer a nadie.
Ren los miró retirarse lentamente. Se volvió para mirar la sala y sonrió. Ése ere el lugar de entrenamiento digno de Kitsune.
Ayame se sentía muy incómoda con lo que tenía puesto. La tela le picaba y le quedaba algo grande. Pero lo que más le molestaba era la banda en la cabeza. Todos llevaban una, para que Ayame no se diferenciara de ellos por no tener el sello maldito de los Hyuuga. La picazón que le daba la tela en su frente era insoportable, pero no se había quejado en ningún momento para no empezar un pleito. Durante el viaje cometió el error de mencionar algunas cosas de la rama principal y los otros cuatro habían reaccionado poniendo cara o mirando para otro lado. Había sido un momento con tanta tensión, que procuró no volver a cometer el error de quejarse sobre nada. Yuuki se la pasó todo el viaje parloteando alrededor de Junsei. Cada tanto fingía una pequeña herida o una caída para que él la socorriese. Él era el médico del grupo más bien un aprendiz, ya que aprendía de su padre. Pero a esa altura del viaje estaban todos hartos de ella, inclusive el mismo Junsei que parecía obviar todas las cosas que la niña hacía para llamar su atención.
Los gemelos eran tranquilos. No hablaban en ningún momento a menos que sea algo importante. Constantemente se miraban ambos, como si se comunicaran con la mirada, en especial cuando Yuuki actuaba. Se ponían caras raras y se reían de ellos mismos en silencio. Ayame le gustaría entrar en su mundo de miradas y silencios, pero para su desgracia, cuando Yuuki no molestaba a Junsei, la agarraba a ella por el brazo y empezaba a hablar sobre el Hyuuga mayor o sobre cómo deseaba que la misión no terminara nunca. En la última hora la Hyuuga de la rama principal le pidió que guardase un poco de silencio, lo más delicadamente que pudo. Yuuki se había ofendido de tal manera que se pegó nuevamente a Junsei y le hacía caras cada vez que ella volteaba.
Junsei era de pocas palabras cuado se tratase de Yuuki, pero con los demás hablaba fluidamente. En especial con Ayame, todo el tiempo trataba de sacarle más de una oración, pero ella intentaba ser lo menos habladora posible. Primero porque Yuuki la miraba endemoniadamente cada vez que el Hyuuga le hablaba y segundo, porque ya se sentía hostigada ante tanta tensión. Detestaba como trataba de acercarse o le clavaba los ojos en la espalda. Huía de su presencia todo lo que podía, pero el muchacho no se cansaba. Por suerte los gemelos o Yuuki intervenían.
Ayame dirigía la marcha por los árboles. Kenji e Ichihiro la secundaban y detrás de ellos Junsei y Yuuki, cuidaban sus espaldas. Esta última debía tener el Byakugan activado, ya que se iban turnando, debido a lo cansador que era tenerlo todo el tiempo. Sin embargo, ella se había cansado hace rato y lo desactivó sin decir nada. Era el turno de Ayame, pero se negaba a dirigirle la palabra. Siguió parloteándole a Junsei, pero ni siquiera la miraba. Sentía que cada vez se frustraba más y más.
-…Y por eso creo que los de la rama principal, no tienen derecho a subordinarnos. Además creo que no siempre fue así ¿No crees? Todos som…
-Yuuki.
La niña ignoró a su compañera y siguió hablando. Ayame avanzaba cada vez más lento, mirando para todos lados.
-…y no, no es justo ni un poco. Creo que hay miles de clanes que no tienen este tipo de reglas tan denigrantes como la nuest…
-Yuuki.
La susodicha frunció el ceño y siguió hablando aún más fuerte. Ayame se detuvo. Todos se paralizaron en las ramas de los árboles a diferentes niveles de altura. Sus compañeros miraban a la Hyuuga que detuvo la marcha. Esto no hizo que la otra niña dejara de hablar. Ayame miraba la espesura del bosque, dándoles la espalda a los demás.
-…además nuestros trajes son mucho más lindos que los suyos, por el simple hecho de que son completamente…
-Cállate.
Yuuki se tornó roja y miró la espalda de la otra con indignación.
-¡¿Quién te crees que ere…?!
-¡Cállate!
Ayame se dio la vuelta y la miró con un enojo genuino. Abrió la boca para discutirle, con el ceño fruncido. Pero su rastro se tornó en sorpresa cuando contempló la cara de su compañera.- El Byakugan…
Un puño salió de la oscuridad y golpeó directo en la cabeza a Ayame, derribándola de la rama. Se desplomó en el piso, golpeándose el hombro derecho con una roca. Contuvo una exclamación al igual que sus otros compañeros. Los demás activaron el Byakugan de inmediato. Todos detectaron enseguida la presencia de otras cinco personas que los rodeaban. Los atacantes se movieron con velocidad y se pusieron atrás de cada Hyuuga. El que había golpeado a la niña descendió de la rama y se colocó frente a Ayame. Esta se paró como pudo y activó su kekkei genkai. El hombre llevaba el pelo recogido con dos coletas y vestía un kimono de opacos colores. Poseía dos puntos rojos por encima de las cejas y su rostro era el más espeluznante que había visto nunca, incluso superaba los ojos rojos del Uchiha que casi la había matado. El hombre sonrió y sacó una espada, apuntándola a ella. Profirió un grito gutural y se acercó corriendo a su pálido cuerpo.
Ayame lo sintió todo en cámara lenta. Mientras el hombre se acercaba, escuchaba el ruido de los metales chocar, a un cuerpo estampándose con el suelo, una vulgar risa que podría clasificarse como demoníaca. Vio esos ojos negros acercarse y tuvo miedo. De repente, su mente imaginó la figura de un niño Uchiha, interponiéndose entre ella y el demencial hombre, con su espada en alto y sus ojos negros como el carbón.
"Discúlpalo… debía morir" recordó la voz del niño. Ren pronunció su nombre mentalmente. Él no estaba allí, no iba a rescatarla, no la defendería, no lo volvería a ver. El hombre se encontraba a unos pasos. No aparecería de las sombras, no le hablaría de nuevo, ni siquiera sabía si seguía vivo. El hombre levantó la espada por encima de la cabeza de la niña. Nadie la rescataría ahora, si quería seguir viviendo estaba en sus manos, ya no estaba Ren para salvarla. El hombre bajó la espada directo a la cabeza de la niña. Ayame se movió con velocidad bajo el brazo de su atacante y con los dedos aplicó pequeños golpes en todos los nervios del brazo que tenía el arma.
-Agh.- dijo sosteniéndose el hombro y soltando la espada.-¡¿Qué me has hecho?!- gritó con una voz tan gruesa y filosa que si ella hubiera tenido varios años menos, se hubiera echado a llorar. Su brazo le colgaba inerte al lado de su cuerpo. Él retrocedió varios pasos con el rostro enrojecido y se decidió a atacar con el resto de su cuerpo. El corazón le latía con velocidad y las manos le sudaban, pero eso no la detuvo ni siquiera un segundo. Esquivaba todas las patadas y los golpes del brazo izquierdo que profería el otro. Cuando veía una oportunidad clavaba los dedos en los nervios, hasta que el hombre finalmente quedó tirado en el suelo sin poder moverse. Gritaba tratando de liberarse de la prisión de su propio cuerpo.
Ayame se dio vuelta y observó las demás luchas. Eran otros cuatro varones que poseían las mismas características físicas que con el que ella había combatido. Todos se veían salvajes y espeluznantes. Los gemelos trabajaban muy sincronizados y reducían con facilidad a sus atacantes. Junsei apareció al lado de ella y se arrodilló junto al hombre. Tenía las prendas rasgadas.-¿Quiénes son? ¿Qué quieren?
El hombre lo miraba gruñendo sin decir palabra alguna. El Hyuuga juntó dos de sus dedos, el índice y el dedo medio y apuntó a la cabeza del hombre.- Un golpe en lado derecho y te despides de tu memoria. Un golpe izquierdo y te despides de tu vida. Pero… si golpeo en la corona… te despides de la movilidad de tus piernas y brazos. Tú decides… ¿Quiénes son y qué quieren?
Ayame lo miró nerviosa, no estaba muy segura de si la amenaza era completamente cierta. El hombre lo miró haciendo unas muecas espantosas pero luego de un rato habló con una voz gutural y siniestra.
-Somos del clan kaguya, los más feroces entre todos los clanes. Nos enteramos de su asqueroso tratado de paz y venimos a impedirlo. Obviamente no saben luchar… la debilidad es clara cuando piden paz.-rió casi ahogándose.- íbamos a entregar otro tratado en el que le declaraban la guerra… Uzumaki contra Hyuuga, muy divertido. Pero nadie les gana a los Kaguya. Nuestro clan, ¡es invencible!
Junsei clavó sus dedos bajo la mandíbula del Kaguya y este paró la risa en seco y cerró los ojos, dormido. Sentía repulsión por las palabras del hombre, más por el hecho de básicamente las escupía. Dio media vuelta y miró a Ayame unos segundos. El resto de los Kaguya estaban esparcidos por el piso. Sus compañeros se recomponían, mientras se acercaban a ellos. Yuuki estaba pálida, casi escondida tras la espalda de uno de los gemelos. Kenji se adelantó a los demás y se puso frente a frente a Ayame. Ella esperó que dijera algo, pero el niño levantó una shuriken, enseñándosela, y rápidamente la lanzó por encima del hombro de la niña, clavándosela al hombre tendido en el suelo justo en la garganta. Escuchó como el otro lentamente se ahogaba con su propia sangre, mientras se miraba las manos, hasta que dejó de respirar. Vio que sus manos se movían compulsivamente y se dio cuenta de que estaba temblando.
-Creo que debes hablar con una persona.- Dijo Kenji haciéndose a un lado, dejando ver a la otra Hyuuga, que miraba el suelo.
- Luego hablamos. Sólo espero que sepas que tu comportamiento infantil casi nos cuesta la vida a nosotros y a todo tu clan. Creo que es algo que debes pensar. No estamos en una excursión, sino una misión, Yuuki. No hay lugar para ser niños aquí.- dijo fríamente, mientras trataba de controlar su temblor. Observó como de la cabeza gacha de la otra Hyuuga, salían algunas lágrimas. Sintió pena, pero no se arrepintió de lo dicho. Yuuki representaba todo lo que ella había sido, antes de conocer a Ren. Desde que se conocieron algo había cambiado en ella. Pareciera que se hubiera estampado con la realidad.
-Vámonos.- ordenó. También eso había cambiado. Por primera vez ella era la líder. Los demás la siguieron en silencio.
El acuerdo había salido perfectamente. Había durado varias horas pero finalmente el líder había aceptado el tratado de paz y también, había agradecido la advertencia de los niños con respecto al clan Kaguya y sus deseos de guerra. En cuanto habían entrado al lugar se sintieron asombrados. El clan Uzumaki parecía un imperio, ya que, se habían asentado en un lugar y construido majestuosas casas. Además había una muralla que rodeaba el lugar. Desde que entraron, Ayame notó que una anciana le clavaba los ojos y no la perdía de vista, al punto de sentirse cohibida. Y ahora que estaban saliendo de aquella especie de aldea, volvía a sentirse observada. Los demás dirigían la marcha, mientras ella caminaba atrás rezagada. Evitaba pensar el hecho de que la miraban y analizaba lentamente todo lo que había vivido esos pocos días. Extenuante pero vivaz, concluyó. Alguien tiró de su manga. Ayame se dio vuelta y se encontró frente a la anciana de ojos celestes. La mujer tenía infinitas arrugas y la miraba con una leve sonrisa. Ella no sabía muy bien que decir, así que esperó a que la señora dijera algo.
-Te me haces conocida…- dijo finalmente. La Hyuuga se quedó unos segundos en blanco. No sabía muy bien cómo responder.
-¿Qué?- dijo con un hilo de voz. La mujer le sonrió y se dio media vuelta, alejándose lentamente. Ayame observó unos minutos la espalda de ella.- ¡Espere!- gritó a punto de perseguirla.
-¡Ayame!- la llamó Ichihiro desde la entrada al clan. Parecía apurarla con la mirada. Ella se debatía en volver con los suyos o hablar con la extraña señora. Giró el rostro buscando a la mujer, pero ya no estaba.- ¡Ayame, vamos!- siguió insistiendo su compañero. Observó un segundo más el gentío buscándola y finalmente corrió junto a Ichihiro. Él la miró con curiosidad.
-¿Con quién hablabas?
-Con nadie.- Intentó sonreírle. Hizo acopio de todas sus fuerzas para no mirar hacia atrás. Era hora de volver con su clan.
