Recuerdos que Duelen

Pequeños pasos se podían escuchar acercarse a la habitación, lentamente una de las puertas se habría para darle paso a una pequeña modista de diez años. Ante la mirada asombrada de sus espectros, una cantidad de ropa cayó sobre uno de los sillones de la sala.

— ¡Tengan!—exclamo la pelimorada señalando unos pantalones, camisetas, sacos, zapatos y todo lo que le pareció conveniente para un hombre.

— ¿Qué es esto?—pregunto Minos, sujetando entre su pulgar e índice un pantalón de vestir color café.

—Ropa bobo…—respondió la niña con una pequeña sonrisa, llenando de malicia a sus huéspedes.

Los tres jóvenes se miraron de uno a otro confundidos y un poco intrigados, ellos ya estaban vestidos, no elegantes, pero era lo único que esos dioses gemelos les habían permitido usar antes de profanar sus cuerpos para despertar las dormidas almas de los jueces, ropa que de hecho, tras algunos años de convivir con la niña ya se veía dañada y ridícula, los pantalones ya eran cortos y las camisetas, principalmente la del rubio se veían como una mala imitación de un náufrago, pero consideraban que lo que portaban era más que suficiente, no tenían que exhibirse ni nada por el estilo.

—Desde que tengo memoria— dijo la pequeña mientras entrelazaba sus deditos y los observaba— ustedes siempre han vestidos de la misma forma—continuo repasando en cada uno de ellos— es más, no quiero imaginar que así han bajado al pueblo más cercano a comprar la comida—finalmente entrecerró sus ojitos, cruzo sus brazos y negó con su cabeza en señal de notable desaprobación—mírense, parecen un trio de zombies—exclamó por fin con sus brazos extendidos.

Con una ceja levantada Aiacos observaba las expresiones de sus compañeros, de un lado, Radamanthys simplemente negaba con su cabeza hundido en otro sillón, y Minos de pie con un libro en sus manos, no reflejaba ninguna emoción, aunque por dentro estuviera consternado igual que sus compañeros, ciertamente, al hacer énfasis en la descripción de la pequeña, el juez noto su piel pálida a falta de un buen bronceado, las ojeras de Radamanthys y el semblante desencajado del Grifo, definitivamente eran zombies, jamás habían tomado en cuenta que se veían tan mal, pero ¿compararlos con muertos vivientes?, ¿quería decir entonces que los que desfilaban hacia la colina del Yomotsu, eran completos modelos de etiqueta?.

De mala gana Radamanthys tomo una camisa, ligeramente la sacudió y levantó para probársela.

—Ha ha ha— dijo la pequeña negando con su dedito— ¿que acaso no tomarán un baño?— con su diminuta ceja levantada y rostro ladeado, la pequeña esperaba respuesta de los tres asombrados jueces, en su vida los había visto asearse, o por lo menos darse cuenta de tal práctica.

O sea ya les había llamado zombies, y ahora también les había tirado la indirecta más inocente, que apestaban.

—Déjenme ver—decía la pequeña caminando delante de los tres hombres– si mal no recuerdo, ustedes dos—dijo señalando a Radamanthys y a Aiacos – me obligaban a tomar un baño por higiene personal…—se detuvo dándoles la espalda – debo pensar entonces que ¿Minos es el único que se baña o es a el que menos le importa?

—Señorita Pandora –hablo el Wyvern en nombre de los tres – nosotros siempre nos hemos aseado, es solo…

Pero una mueca en su boca y un ceño ligeramente fruncido de la pelimorado, bastó para comprender que ni esa explicación ni otra, cambiaría en nada su propuesta, el trio de jovencitos tomó su ahora nueva ropa y uno a uno cabizbajos fueron saliendo de la habitación a cumplir con la orden de la pequeña.

— ¡Acá los espero!—resonó la cantarina voz de la niña, lo suficiente molesta para hacer que los tres detuvieran en seco su camino y voltearan los ojos de fastidio.

Bueno pero ¿quién lo diría?, siglos de siglos condenando, juzgando, midiendo almas y ahora, una personita les estaba haciendo vestir ropa casual para dar el visto bueno, no había sido ya suficiente castigo en despertar con esos pubertos cuerpos, pero como deseaban esos hombres la guerra santa, para ponerle fin a la vida de mortales aislados y sometidos que llevaban.

… … … … …

Un día normal como siempre, levantados temprano, desayunados y listos para otra mañana de entrenamientos, los niños de la mansión Kido no se imaginaban que hoy se les daría la gran noticia, hoy cada uno rifaría su suerte para ir en busca de las preciadas armaduras.

—Más fuerte Ikki— decía un entrenador – tienes buen brazo muchacho, si sigues así podrás llegar muy lejos.

Mientras, en el gran rin que se levantaba en medio del gimnasio, un pequeñín peliverde media fuerzas con un pelinegro bastante obstinado.

—Fuerte Shun tu puedes… vamos Nachi –animaba Hyoga.

Casi todos habían dejado a un lado su entrenamiento para observar a aquellos dos, en realidad ver a Shun debatir en una pelea era además de raro, increíble, de repente los brazos del peliverde se comenzaron a cansar del tironeo de Nachi, y este volteándole sus manitas contra la espalda, lo hizo girar tan fuerte que su cabeza reboto contra el suelo, primero un silencio de los espectadores, luego un grito.

—Oh… no—dijo Seiya, pronosticando el huracán que se le aproximaba a Nachi.

— ¡Hermano!… —exclamó el peli azul que había presenciado desde lo lejos el acto, brincando las cuerdas se acercó a su hermano que ya hacía en el suelo sollozando, de repente sus ojos voltearon hacia el causante de los gritos de su hermano menor, y sin pensarlo dos veces lo tomó de las manos he hizo la misma pirueta que este había utilizado con Shun, solo que con más fuerza. La caída fue más estruendosa que la que el mismo Nachi causara al peliverde, inmediatamente levantándose de un brinco se estabilizo, y con una mueca de reproche observo a Ikki.

—Oye Ikki, tu hermano no debería de ser tan nenita ¿sabes?, no siempre estarás ahí para secarle sus lágrimas— soltó con furia Nachi mientras limpiaba un poco de sangre de la comisura de sus labios.

Hyoga y el resto de los niños observaba de Nachi a Ikki una y otra vez, esperando que el peliazul saltara de nuevo y aplicara más fuerza a su ataque.

El pequeño peli azul se congelo, dándole la espalda a los niños, cerro sus puños hasta perder un poco el color de sus manos, eso que había escuchado le había llegado a lo más profundo de su alma, si bien sabía que algún día, no muy lejano, se tendrían que separar para buscar las famosas cosas de bronce, también tenía muy claro que su hermano era el más pequeño y por lo tanto el más frágil, aunque varios meses lo separaban de Seiya para cumplir siete años, este tenía algo que a su hermano le faltaba, seguridad, Shun siempre había dependido de él y había crecido bajo su sombra, tal vez no debió de cuidarle tanto, pensó Ikki .

Una llamada de silbato tomo la atención de todos, la enorme puerta se abrió dándole paso al señor Kido, delante la siempre indomable nieta con su pícara sonrisa y a su lado su preciado mayordomo Tatsumi, quien cargaba una extraña caja de cartón, habiéndola colocado en la mesa, y estando todos los niños al fin reunidos, el anciano tomo la palabra.

—Mis niños, hoy es el gran día, mañana mismo partirán hacia cada uno de los destinos escritos en los papeles de esta caja, que la suerte este con ustedes— y refiriéndose al mayordomo le susurro –comencemos.

Diciendo esto uno a uno los niños fueron pasando, la maquinaria del asunto era fácil, metían su manita, sacaban un papel y el hombre les leía su destino, cada vez más los nervios se apoderaban del pequeño Ikki, mas por su hermano que por el mismo, un labio mordido, un ceño ligeramente fruncido, y una respiración paralizada, era el turno del peliverde.

—Shun, es tu turno, apúrate no nos atrases— decía un, impaciente Tatsumi

El pequeño primero observó a su hermano quien asintió con su cabecita motivándole a seguir, camino hasta la caja y con un poco de ayuda sacó un papel, por la cara que puso el hombre no eran buenas noticias, con el papel en las manos, el mayordomo buscó la mirada del señor Kido, quien levantó una ceja e hizo y un gesto con su cabeza invitándole a hablar, luego el hombre regreso su mirada a Shun, minutos de silencio entre los mayores, mantenían la tensión en los pequeños, principalmente para el peliazul que ya estaba perdiendo la paciencia.

— ¡Pero por todos los cielos, hablen de una vez! —Dijo Ikki haciendo brincar a más de uno de los niños— ¡me están matando los nervios!—cruzó sus brazos y observó a los demás— ¿o que a ustedes no…?— todos asintieron torpemente.

—Tienes razón niño, aunque… lo que tengo en mis manos no es una buena noticia para ti Shun— dijo el hombre mirándoles a los ojos— tu destino es la isla de la reina muerte y a como su nombre lo dice es un lugar digno para un demonio, el calor es insoportable y la única lluvia podría decirse que es de fuego cada vez que el volcán hace erupción, jamás lo soportaras pequeño.

Con cada palabra de aquel hombre, el corazón del peli azul amenazaba con estrujarse hasta desaparecer, iba a decir algo cuando las palabras de su pequeño hermano lo dejaron por un momento asombrado.

—Si es mi destino, lo aceptaré –dijo el pequeño sin titubear.

— ¡No!— grito Ikki saliéndose de su asombro —yo tomare su lugar.

—Eso es imposible—dijo Tatsumi— cada uno debe partir a el lugar asignado no puedes hacer eso.

—Señor Kido — dijo posando su mirada fija en el anciano— usted me prometió, estar siempre con mi hermano, y ambos sabemos que esa promesa ya no es posible, creo que lo menos puede hacer es permitirme cambiar con él, de todas formas necesito unas vacaciones—expreso con aire burlón.

—Pequeño insolente – golpeo Tatsumi al peli azul –vas a pagar tal osadía hacia el señor Mitsumasa…

—Un momento Tatsumi – tomo la palabra el anciano – que así sea Ikki – y volteándose hacia su sirviente lo miro amenazador – basta, te lo dije una vez y te lo repito ahora, estos niños ya han sufrido suficiente como para que los maltrates así, lo que Ikki ha dicho es verdad, fallé a una de mis promesas, por lo tanto deberé de tomar su palabra—y volteando a el pequeño asintió en aprobación.

El hombre observo con odio al pequeño, en su vida se permitiría ser humillado por un mocoso, y menos frente a su señor.

—Esto no se queda así— pensó el indignado mayordomo.

… … … … …

Casi una hora llevaban los tres adolescentes en una de las habitaciones aseándose, luego sacando, metiendo, probando, jalando, hasta que al fin los tres vestidos con las ropas que habían sido traídas por la pequeña heraldo, se dirigieron hasta la sala donde la niña los esperaba ansiosa.

—Esto es ridículo—decía Minos sacudiendo por última vez la chaqueta de gabardina café.

—Humillante—completaba Aiacos acicalando su cabello.

—Veamos el lado bueno soldados…— dijo Radamanthys guiñándoles un ojo – que podría ser peor, tal vez que…

—No, no, y no— interrumpió Aiacos deteniéndoles con sus manos— ni se te ocurra abrir la boca lagartija, si no fuera porque dejas que la pequeña —dijo alargando la palabra – se vaya a divertir quien sabe a dónde, inclusive, después de haberme regañado y casi pegarme por haberla dejado irse la última vez, ahora te ha blandas y en vez de sentarla para que aprenda, mmm no sé...¿leyes del Meikai?, ahora usa esa cabecita suya para ideas menos productivas —finalmente se cruzó de brazos.

—Ya, ya gárgola, no estorbes— de un manotazo Minos lo aparto del camino— entre más rápido terminemos con esto, mejor para los tres.

Siguieron su rumbo hasta ser interrumpidos de nuevo por Aiacos.

—Creo que se cómo se sientes las almas que juzga Lune, deberíamos comprarle un látigo a la niña.

Una gran carcajada compartida por los tres espectros termino por relajarlos para entrar a la habitación, de espaldas, la pequeña Pandora sentada con su pequeño y ya corto vestido de satín, esperaba con sus enormes orbes purpura sus renovados espectros, al escuchar la puerta rápidamente giró, su emoción se dejó ver tras una sonrisa que adornó todo su rostro dejando ver un pequeño hoyuelo en su mejilla, se levantó de la silla y salto hacia los tres muchachos hasta ponérseles al frente, aunque su infantil mirada reparo principalmente en uno de ellos , lentamente examinó cada detalle de los muchachos que fastidiados trataban de no conectar su vista con la niña, se alejó solo para poder verlos mejor.

De pie frente a ella, tres jóvenes mostraban ahora, una apariencia casi aniñada, sus rasgos juveniles se veían resaltados y su varonil expresión era realmente cautivante.

—Wow — exclamó después de un rato — me recuerdan a mis jardineros – coloco sus manitas en la boca y rio.

—Señorita Pandora—interrumpió, un ya estresado Wyvern— ¿está conforme con nuestra apariencia?

La niña suspiro, y renovando su seriedad, los observo de nuevo.

—De hoy en adelante si quieren bajar al pueblo, deberán vestirse de manera apropiada – giro suavemente como si dictara instrucciones militares – no quiero que la gente piense que este castillo está encantado—se quedó de pie frente a la ventana que adornaba la habitación y con un poco de nostalgia suspiró— y mientras no puedan vestir sus saporis—error que no paso por alto para Aiacos, quien codeo suavemente a Minos — creo que no habrá ningún problema en que tomen la ropa de los hombres que habitan… habitaban, mi castillo—continuo con un dejo de tristeza.

—Sapuris —exclamó Radamanthys.

—Como dices Wyvern?

—Se dice Sapuris, señorita Pandora—

Suaves risas se dejaron oír, de nuevo sus dos camaradas burlándose de la mala pronunciación de la pequeña, pero esta vez pasó algo diferente, los ojitos de la niña comenzaron a tomar un color más claro y sus cabellos a levantarse con una suave brisa que lleno la habitación, un aura oscura rodeó el cuerpo de la pequeña, de inmediato los tres jueces callaron y colocaron la rodilla en el piso, agacharon sus cabezas, conocían ese cosmos, el corazón de Radamanthys se agitó y una sonrisa de satisfacción adorno su serio rostro, su señora se estaba manifestando cada día más.

—Perdone nuestra imprudencia— soltó Aiacos sin levantar su rostro.

—Preferiría decir, falta de respeto –agrego Minos.

La niña se acercó más a ellos y con su delicada mano giro el rostro de Radamanthys hasta encontrarse con su mirada, lo que vio el juez vio lo sorprendió, esos ojos que ahora podía observar casi a plenitud le retrocedieron por un instante doscientos años atrás, eran los mismos de aquella mujer que con temple de acero lidero espectros y se atrevió a enfrentar a Alone por sí sola, ¿sería entonces la misma por la cual él se sacrificó para dar una vida de mortal? Recordó entonces que en ese estúpido momento, estar entre sus brazos en plena agonía, había sido lo mejor que en toda su podrida vida de espectro pudo tener, o sentir.

Aun sosteniendo su cara la niña suspiro, y así como vino se fue, esa sensación de poder se había esfumado, soltó el rostro del juez y giro de nuevo a su antiguo lugar, justo en frente de la ventana.

—Espero que tomen con seriedad lo que les he pedido—dijo molesta— ya suficientes rumores de mi familia hay en el pueblo como para que llamen más la atención, si no fuera por el campo de protección que señor hades ha impuesto en mi castillo, tendríamos un montón de curiosos en la puerta en este momento— observo de nuevo a los tres jueces— pueden retirarse, los veré a la hora de la cena, no me busquen, saldré a dar… una vuelta, y si… eso es para ti Radamanthys te lo estoy comunicando—salió rápidamente de la habitación dejando a tres hombres estáticos.

— ¿Lo sentiste?…—susurro Minos.

—Si…—contesto Aiacos.

—La señorita Pandora… cada día se revela más, al igual que el señor hades, el despertar de todo su poder es… — sin terminar su oración el juez Wyvern se levantó ante la mirada confundida de sus camaradas, no permitiría que sus compañeros le viesen en ese momento de debilidad.

Corrió lo más que pudo hasta uno de los jardines, se quitó la chaqueta y desabotono su camisa dejando ver su joven pecho pálido, camino hasta poder recostarse en un árbol cercano, y se dejó caer—Maldición— murmuro mientras masajeaba sus sienes.

Ese mar de sentimientos que lo había sumergido momentos atrás, lo asfixiaba, lo presionaba, ese ardor en el pecho, no entendía porque no podía sentirse bien, de repente todo tomo sentido, algo parecido a una necesidad se estaba apoderando de él, y lo peor de todo es que esa necesidad tenía nombre… Pandora.

... … … … …

Desde la ventana de su habitación podía observar los jardines, lejos de parecer tétricos le daban a la vista, junto con la poca nieve que había caído, algo de misterio mágico, sentada en el pequeño sillón Pandora cepillaba sus cabellos, de repente un movimiento rápido entre los secos arbustos capto su atención, ¿qué hacia Radamanthys ahí?, si mal no recordaba al rubio le incomodaba visitar esos lugares del castillo, siguió con la vista a el juez hasta que lo vio caer, desde donde estaba no podía ver detalladamente que sucedía, pero por los gestos que hacia el hombre por un momento pensó que tal vez estaba ¿llorando? , rápidamente la pequeña corrió salió de su habitación, bajó las gradas hasta dar con la sala, y justo cuando se abría paso a los jardines la figura imponente del juez la hizo caer sentada en suelo, rápidamente se incorporó, el juez le veía como un bicho raro, y sin decir palabra se adentró en el castillo.

—Radamanthys—dijo la niña al verlo caminar —¿te pasa algo?

El rubio negó con su cabeza, incapaz de voltear a verla simplemente se perdió entre las puertas.

La niña lo observo perderse entre las habitaciones del castillo, suspiro, algo andaba mal, pero de nuevo su parte infantil le brindaba esa indiferencia a los problemas, simplemente subió sus hombros y volvió a su cuarto, tenía el plan de visitar a un par de hermanos y nadie se lo iba a impedir.

Las salidas del castillo se habían vuelto una rutina casi semanal, había podido ver a lo lejos y con el cuidado de no ser sorprendida, el progreso del pequeño Shun y el de su querido amigo Ikki, vivía a través de sus momentos, y aunque ella no podía estar presente a su lado, el solo hecho de poder observarles le brindaba un placer sobrenatural, había dejado para eso algunos fines de semana, ratos donde los niños tenían el derecho de hacer y deshacer literalmente lo que ellos quisieran, la alegría que ellos emanaban al estar juntos la envolvía en esperanza.

Pero ese día en especial había algo, no sabía que era pero no todo saldría como siempre, un mal presentimiento emanaba de su corazón, rápidamente termino de arreglarse y después de revisar el aun sueño de su señor, desapareció.

… … … … …

Detrás de las paredes de la mansión un par de niños se despedían, los ojos del mayor reflejaban aparte de tristeza, un rastro de desilusión al saber que no podía mantener firme la promesa que alguna vez había hecho a su hermano— estar juntos— martillaba su corazón, con el rostro oculto bajo sus rizos verdes, el pequeño Shun trataba inútilmente de ocultar las lágrimas que ya rodaban por sus pálidas mejillas.

—Seis años no son nada hermano—decía Ikki sosteniéndole de los hombros—ya verás que rápido pasa el tiempo y estaremos juntos de nuevo, como ahora.

— Pero hermano…

—Nada de peros Shun, prométeme que lucharas y serás valiente, volverás con esa estúpida cosa de bronce y serás un gran guerrero— el mayor no pudo sostener más sus lágrimas, y con todo el amor que poseía a su hermano lo abrazo—desearía que fuera diferente hermano.

—Lo hare…

— ¿Cómo dices Shun?—dijo el peliazul soltando a su hermano.

—Volveré con la estúpida cosa de bronce, y te buscare – una sonrisa apaciguo las lágrimas en ambos niños.

Un hombre vestido de negro que se mantenía lejos, interrumpió la conversación de los más chicos –es hora pequeño—la mano del hombre tomo la pequeña del peliverde.

Todo pasaba tan rápido, hace unas horas les habían comunicado que los viajes se habían adelantado, ya no partirían mañana, a excepción de Ichi e Ikki los demás tendrían que partir ese mismo día en la noche.

¿Seis años?, ¿valiente? ¿Regresar? La pequeña pelimorada no entendía que sucedía, hasta que vio el hombre llevarse a su hermano y entonces lo unió todo, una despedida, Ikki estaba dejando que ese hombre se llevara a su hermano y ella no podía hacer nada, no podía revelarse así y pedirle a ese hombre que no se llevara a Shun a ningún lugar, justo en el momento en que sus emociones le jugaban una mala pasada, el pequeño peli azul despertó de la farsa de hermano fuerte.

—No se lo lleven—grito colgándose del hombre—Por favor.

—Tranquilo hijo—decía el hombre zafándose del agarre del niño mayor para tomar su mano, un Shun con sus enormes ojos verdes llenos de agua se le unió.

—Suelte a mi hermano—gritaba el peliverde mientras forcejeaban.

Ambos zafaron sus agarres y se abrazaron nuevamente.

—Perdóname— le susurró al oído el peli azul.

Al instante llegaron dos hombres más incluyendo a Tatsumi quienes sujetaron a Ikki, que a pesar de sus nueve años tenía una fuerza increíble, Shun al observar lo que pasaba simplemente se rindió y se dejó llevar por el tipo que lo retenía, esperanzado que con su actitud su hermano mayor dejara de luchar y evitara ser herido, se desapareció ante la mirada del peliazul de la mano de aquel tipo, este simplemente agacho su cabeza, comprendió y dejo de forcejear.

Mordiendo sus labios, ahora Pandora presenciaba el espectáculo del cual casi formo parte, sin poder meter sus manos en el asunto, había demasiados espectadores y ella había evitado a toda costa manifestarse, su señor Hades la necesitaba, justo cuando sus emociones le estaban pasando una mala jugada y se había decidido entrometerse en la discusión esta vez para para liberar a Ikki, algo o mejor dicho alguien la asusto.

— ¡Hola!

Pandora dio un salto, y al girar se topó con dos enormes orbes grises casi cubiertos por una pava lila que la miraban curiosa

— ¿Que quieres mocosa?—preguntó con repulsión la pelimorada al sentirse descubierta.

— ¿Eres mi nueva sirvienta?— cuestionó la pequeña, una sonrisa curiosa adorno su boca.

La pequeña heraldo se observó de pies a cabeza, realmente su apariencia era la de una sirvienta, sonrió y recordó como había obligado a aquellos espectros que se jactaban de ser la elite del infierno, a cambiar su apariencia mientras ella lucia como una niña sucia y abandonada, aunque a decir verdad lo era, con el coraje subido a el rostro, pensó que cuando llegara al castillo se cuidaría un poco más, luego observo a la pelilila que aun sonreía.

—Pero como te atreves estúpida niña te…

—Eres grosera, no me gustas, le diré a mi abuelo que te…

—Me importa un pepino lo que tú y tu estúpido abuelo opinen de mi— una sonrisa le adorno su rostro—mira mocosa vete por donde viniste yo…

— ¡Saori ¡— una mujer joven vestida con un trajecito negro y delantal blanco llamó a la niña haciéndola voltear—señorita Saori, su abuelo la busca.

La pequeña giró el rostro de nuevo, pero la otra niña grosera ya se había esfumado, sin tomarle importancia y realmente ofendida por el comentario hacia su abuelito, la pequeña volteo hacia la sirvienta otra vez y corrió, un tronar de sus dedos y Tatsumi echaría a patadas a la ofensiva pequeña que la había tratado mal.

Como un fantasma, Pandora regreso a el lugar de donde había partido, pero al llegar a su escondite la frustración de no saber qué había pasado con los niños turbio su vista, habían desaparecido y ella no se había dado cuenta de donde estaban, todo por discutir con esa mocosa, ingresaría en ese mismo instante a la mansión si era necesario para buscar a Ikki y preguntarle de su hermano, pero la conversación de unos hombres sobre el paradero del niño la tranquilizo, o por lo menos le brindo la información necesaria.

—Dicen que el mayor ira a la isla de la reina muerte— comentaba un tipo encendiendo un cigarrillo.

—No creo que sobreviva—le contestaba el otro mientras sacaba un par de fósforos para igualar a su compañero— no después de la paliza que Tatsumi le va a brindar, te aseguro que quedara más muerto que vivo.

Una carcajada compartida lleno el lugar, cada palabra pronunciada por esos hombres le hacía un hueco a Pandora en su corazón, sin más que pudiera hacer simplemente agacho su cabeza y como la brisa que en ese momento recorría por el jardín desapareció.

En una bodega no muy lejos de allí el pequeño peliazul se retorcía de dolor, con sus manos aun atadas y magulladuras en sus brazos y espalda fue colocado en la parte trasera de un auto, aun consiente de todo giro su rostro hacia el mayordomo que le había brindado la paliza—me vengare— exclamo dejándose caer inconsciente.

Un barco y un tipo de mala fama pagado exclusivamente para entregar lo que quedaba de Ikki, partió hacia la isla de la reina muerte.

… … … …

Consternada por lo sucedido, la pequeña Pandora llego rápidamente a su castillo, necesitaba sacar esa imagen de Ikki de su cabeza, luego de asegurarse de que su señor no había sido perturbado en aquella habitación durante su ausencia, comenzó a limpiarse para ponerse un camisón que había tomado de la ropa de su madre, se sentó frente a el enorme espejo que tenía en su recamara , SIRVIENTA, resonó en sus pensamientos, sonrió y sacudió un poco su cabeza, observó con detenimiento cada rasgo de su cara, algo había cambiado, sus mejillas ya no eran tan regordetas y sus labios carnosos y rosados le daban un toque de chica grande, bajo la mirada por su cuello hasta llegar a su pecho, levanto una ceja, dos pequeñas protuberancias luchaban con mostrarse bajo su camisón, continuo hacia sus pies, descalzos pero finos, luego sus manitas adornadas con unas uñas delicadas, sin querer estaba dejando de ser la pequeña nena, para convertirse en una señorita en todo el sentido de la palabra, recordó a su madre, siempre elegante, y dos lagrimas escaparon para ser borradas de manera tosca de su rostro, su cabello ya pasaba sus hombros y su cuerpo comenzaba a tomar una curiosa forma, diez años es mucho tiempo en una niña pensó, sonrió y se levantó para refugiarse en la seguridad de su cama.

Se acostó entre sus edredones calientes y posó su vista en la mesa de noche, sobre esta se mostraba en un portarretrato antiguo y en el una foto de ella con su perro Adolf, se levantó un poco, frunció su ceño y llevo las manos alrededor del mueble hasta encontrarse con una pequeña gaveta secreta, ¿como lo había olvidado?, era su tesoro, sacó del escondite varias fotos de ella y sus padres, esperanzada rebusco algún recuerdo de la madre de aquellos hermanos que normalmente venía de visita, mientras las pasaba una en particular llamo su atención, se podía observar una mujer joven y hermosa de cabellos castaños que sonreía, era su madre, a su lado un hombre de cabellos morados y ojos celestes la abrazaba, se veían felices, por el abultado vientre de la castaña se podía ver que esperaban un hijo, tras la foto una leyenda con puño y letra de su padre le hizo brotar pequeñas lagrimas sobre sus mejillas, "las razones de mi felicidad, las amo", con sus deditos acaricio el rostro de su padre, como si este fuera a sentir donde quiera que estuviera, el cariño de su pequeña hija.

—Te extraño… a ambos—cerró los ojos abrazada a la imagen y recordó con nostalgia, como había amenazado con desposar a aquel malhumorado peliazul, el único beso que estaba segura que daría y ni siquiera lo había disfrutado, volvió de nuevo sus pensamientos al retrato esperando que, al ser lo último que viera pudiera por lo menos tener un sueño con ellos.

… … … … …

Una conocida tonada de piano la despertó.

— ¿Papá?...— rápidamente se levantó, observo la imagen que había estrujado antes de dormir, parpadeo un par de veces y afino el oído, una pequeña sonrisa adornó su rostro y el eco de sus pasos al salir de su cuarto resonó por el pasadizo, Aiacos que también disfrutaba del improvisado recital, salió de su habitación y se unió a la niña con sigilo para no ser descubierto.

Corrió, corrió como nunca por los pasillos, bajó las gradas con una emoción que no sentía desde hacía años atrás, atravesó el comedor hasta encontrar el camino que llevaba al piano de su padre, jamás le había parecido tan largo, después de mucho andar y sin darse cuenta dos enormes puertas de caoba se presentaron frente a ella , coloco sus manitas sobre las delicadas manijas que la mantenían cerrada, suspiró y poco a poco giró con cautela como para no hacer ruido y espantar el fantasma de su progenitor, entró a la habitación, la luz de la luna llena brillaba sobre la nieve que caía en el patio, su reflejo sumado a las luces de la vela sobre el piano daban un aire fantasmal al intruso.

—Radamanthys…— susurró.

—Señorita Pandora, lamento haberla despertado—dijo parando de tocar.

El muchacho volteó su rostro hacia la pequeña figura que se mantenía estática, para luego encontrarse entre el juego de luces con su mirada fija en él, una traicionera lágrima escapo sobre la mejilla de la niña.

—Si gusta…—dijo Wyvern señalando a su lado—me honraría su presencia.

La pequeña tomó asiento al lado del juez, suavemente acaricio cada tecla del instrumento llevando juguetones sus deditos hasta chocar con los de él, sintió sus ojos fijos en ella, ambos dieron un brinco ante el contacto pero aun así el ambiente en vez de tensarse, se suavizo, volteo su inocente mirada para verse casi refleja en el amarillo de las pupilas del Wyvern , aquella mirada tan atemorizante era ahora suave y abrazadora, no supo si la luz de las velas le estaba jugando una mala pasada, pero podría jurar que de repente vio a el juez , sonrojarse.

Con una sonrisa él comenzó a tocar la misma tonada, primero suave para permitir a la pequeña tomar el ritmo, luego un poco más rápido, por ultimo juntos, el juez sonreía con cada mueca de la pequeña al equivocarse, y se sorprendía la velocidad de corrección para seguir el hilo de la tonada, poco a poco los errores se hacían cada vez más evidentes, hasta que al sentir la cabeza de la pequeña reposar en su brazo, dedujo que se había dormido mientras tocaba, paró un poco para colocar con ternura la cabeza en sus piernas, y con la delicadeza de un hermano amoroso la tomo entre sus brazos y la cargo a su habitación.

Aiacos se había mantenido distante del espectáculo, y ver al Wyvern sonreír y sonrojarse, era el verdadero show del cual había sido espectador.

… … … … …

Mientras caminaba hasta la habitación de la niña, las mismas ideas que lo agobiaron horas atrás lo envolvieron nuevamente, algo pasaba con él, no era el mismo, desde el día anterior cuando la pequeña le miro a los ojos llena de ese cosmos tan ajeno a su inocencia, dolorosos recuerdos pasaron por su cabeza, sentía la respiración de la niña en su nuca y sus bracitos aferrarse a su cuello, simplemente disfruto de esa sensación que lo relajaba para luego y con delicadeza recostarla en su cama, cubrió con cuidado el cuerpo de la pequeña y se sentó en el sillón que estaba justo frente a la cama, poso su mirada sobre las fotos regadas y por ultimo reparo en la imagen de los padres, ambos sonreían, jamás imaginaron que perderían esa felicidad en un parpadeo, recordó entonces su despertar, los dioses gemelos les habían traído de la muerte, para cuidar del señor hades y educar a pandora, pero lo que él jamás se imaginó era ser recibido por una mocosa que no pasaba los cuatro años, tampoco se había visto siendo testigo de sus primeros dientes de leche, o sus pesadillas nocturnas, en tiempos de la primera guerra santa doscientos años atrás, esa mujer había sido intimidante aun siendo muy pequeña, y en aquel momento no lo reconoció pero su lealtad ciega era para el señor Hades, y su oscuro corazón era para la señora Pandora, aunque él nunca se lo diría.

Dentro de dos años más finalmente la llevaría a Giudecca y por fin explotaría su verdadero poder, le entregaría el tridente que había sido guardado en los aposentos de Hades, y su arpa, ese instrumento endemoniado que así como producía una sensación de paz, así mismo arrastraba muerte y desesperación.

Giro su cabeza hacia atrás observando el techo, los angelitos que estaban pintados de una formar casi sobrenatural parecían moverse, de hecho estaban bailando, el juez frunció el ceño y estudio con más detenimiento las imágenes.

—Radamanthys de Wyvern, juez del inframundo —habló una ronca voz.

—Thanato...s—respondió el juez apretando los dientes.

—¿Pero por qué tanta hostilidad?—preguntó el dios.

—¿A qué se debe su repentina presencia… mi señor?—pregunto el chico incorporándose de su asiento, rápidamente volteo hacia la niña que dormía, el dios estaba a su lado, sin permitir soltar alguna expresión que mostrara el temor que lo invadía, sonrió.

—Es una belleza—susurro el dios apartando unos cuantos mechones del rostro de la pequeña, luego mirando al juez levanto una ceja— y eso que aún no ha despertado… del todo.

— ¿Vino desde los campos elíseos para ver dormir a una niña, dios de la muerte?— pregunto casi desafiante.

El dios rápidamente busco la mirada del juez y soltó una cínica risa.

—Radamanthys… Radamanthys… si no fuera por tu reputación de lealtad hacia el señor Hades…. Podría decir que estas… celoso.

—Rápidamente el joven juez aparto la vista, no se sometería a un escrutinio de parte de ese dios, de todas formas sabía que tenía razón hasta cierto punto, y ya se estaba incomodando de la forma como Thanatos observaba dormir a la pequeña, así que entre menos palabras cruzase con el más rápido se iría.

De repente y aprovechándose de su distracción, el dios de la muerte se apareció detrás de él, podía sentir el vapor de su respiración en su nuca.

—Te estaré vigilando… a ambos —susurro en su oído, para luego desaparecer.

El juez se quedó quieto, suspiro con rabia , ese dios no estaba ahí para ver dormía a una niña, jamás, ni mucho menos para recordarle sus obligaciones con ella, de eso estaba más que seguro y la última expresión se lo había afirmado, ese ser tenía planes y esos los incluían a la pequeña y a él, se refugió en el sillón donde había estado y apretó con fuerza sus sienes ¿sería que él también había sido testigo del drama que escondía su pasado junto al de la señora Pandora? y si fuera así ¿por qué tendría que intervenir?... de tanto pensar y fastidiarse con auto respuestas que no lo llevaban a ningún lado, los pesados parpados anunciaron el arribo del sueño y sin poder poner resistencia se durmió.

… … … … …

El ardor en su cuerpo lo obligo a despertar, con fuerza tomo la mano de aquel que le provocaba ese dolor, siguió el camino del misterioso brazo hasta encontrarse con dos orbes verdes que le miraban asustados.

— ¿Shun...?— balbuceo

—Despertaste al fin…—Una suave risita se dejó escuchar—me llamo Esmeralda niño, y si no me sueltas, creo que voy a tener que golpearte…— dijo frunciendo su ceño y levantando su mano fuertemente sujeta.

Todavía confundido y con un fuerte dolor de cabeza, el pequeño peliazul soltó la mano de la niña y trato de levantarse.

—No deberías, te vas a…

Sin dejarla terminar de hablar Ikki cayó de rodillas cerca de la cama, ante la mirada de reproche de la niña.

—Te lo dije niño, eres terco sabes…—sostuvo con paciencia los brazos del peliazul para ayudarlo a estabilizarse y poder recostarlo en la cama.

—Me llamo Ikki, y… ¿dónde estoy? –el pequeño se recostó en el respaldar de la cama mientras veía ir y venir a la niña con gasas y un poco de alcohol, al parecer era de su misma edad o tal vez más joven, una larga cabellera rubia cubría hasta la mitad de su espalda y su delgada figura era delineada por un vestido floreado que le llegaba un poco más arriba de las rodillas.

—Estas en la isla de la reina muerte, Ikki—dijo la niña sentándose a su lado para continuar curándole – viniste muy mal herido, mi padre estaba molesto, pensó que era una broma pesada del santuario…

— ¿Santuario?—interrumpió el peliazul.

—Si…, mi padre es un maestro, el entrena niños como tú— dijo la rubia sonriendo— pero viniste en un estado que…, él pensó por un momento que ibas a morir sabes… llevas una semana inconsciente.

— ¿Una Semana?...

—Si… oye ¿no hablas mi idioma o qué?, deja de repetir la últimas palabras que digo ¿sí?— la niña lo observo por un momento pero él no le estaba prestando atención.

Ikki no salía del asombro, llevaba una semana de estar en el lugar destinado para su armadura y una niña le cuidaba, tenía un desconocido maestro que venía de un tal santuario, y por poco se muere, eran bastantes cosas, un poco confusas pero… su hermano, tal vez ella sabría algo.

—Oye… Esmeralda… ¿Qué sabes de mi hermano?

La niña bajo su rostro y paro de curarlo — creo que hablas de Shun ¿verdad?—los ojos de Ikki estaban abiertos como platos, ¿sería que ella lo conocía?

—¿L o conoces?—pregunto el niño buscando su mirada.

—En la isla Andrómeda— contestó la pequeña— escuche a mi padre hablar con el dueño del bote y él le explico que cambiaron el destino de ustedes para castigarte—la pequeña clavo sus verdes ojos en Ikki— no sé lo que habrás hecho pero, por el estado en que venias debió ser algo muy malo—la niña sonrió— aunque cuando me ves, tus ojos están llenos de ternura.

Esto último sonrojo a el futuro fénix, ¿tierno él? Había pasado su corta vida tratando de cultivar valor y fortaleza en su mirada, incluso temor, pero al ver a la niña comprendió, su parecido físico era enorme con el de su hermano menor y estaba seguro que si a alguien el observaba con ternura, era al pequeño Shun, por lo tanto la mirada que él le brindaba a la niña era exactamente la misma.

—Tú me lo recuerdas— dijo apartando su cara.

—Mmmmm… lo supuse—dijo la niña reanudando su labor de curación— muchas veces me confundiste cuando despertabas por ratitos— la niña entristeció su semblante— ¿puede preguntarte algo?—el niño asintió, la pequeña coloco una mano sobre su hombro y le busco su mirada— ¿Por qué le pedias perdón?

El semblante de Ikki, se desencajo por completo y una lagrima resbalo por su mejilla, la pequeña se sintió tan mal por haber removido los recuerdos del niño, quito su mano y recogió con rapidez lo que había traído para curarle y partió, justo cuando iba saliendo de la habitación, la ronca voz de Ikki la detuvo.

—Por abandonarlo…—dijo el pequeño apretando sus dientes.

— ¿Cómo?..– dijo la rubia retrocediendo unos pasos

—Como escuchaste, lo abandone, le prometí que estaría a su lado y permití que nos separaran y ahora si no consigo esa estúpida armadura no lo poder ver jamás yo…

—Entonces ¿que esperas?

—¿Perdón?

— Sí que esperas para levantarte de esa cama— la niña le sonrió y en su rostro vio a su hermano una vez más— no te des por vencido, creo que Shun estaría orgulloso de ti si lo usas como tu inspiración,…si te sirve de algo, yo creo en ti Ikki –y diciendo esto se alejó sin darse cuenta que había sembrado la semilla de la esperanza en el pecho de su nuevo amigo— que descanses— exclamo al cerrar la puerta.

No sabía exactamente como pero esa niña rubia había colocado una pequeña sonrisa en su rostro.