Creando esperanzas

Un rayo de luz se coló entre las cortinas hasta dar con su rostro, apretó sus parpados intentando de forma inútil que la claridad no traspasara más, lentamente giró su cabeza hacia la poca oscuridad que todavía quedaba en la habitación, poco apoco abrió sus ojos aun cargados de sueño y la vio, ahí de pie junto a el sillón donde él dormía, con un vestido corto, seguro perteneciente a la hija de alguna criada y su rostro ligeramente inclinado junto a un par de ojos purpura que lo observaban

— ¿De verdad estás despierto?— dijo la pelimorada con sus bracitos cruzados.

Impresionado, el Wyvern abandonó el sillón e incorporándose levantó sus brazos y se estiró, meneó su cabeza hasta hacer crujir sus huesos y mientras bostezaba observo sonreír a la niña— ¿Desde hace cuando está observándome, señorita Pandora?—dijo al fin

Con la más sincera de las sonrisas, la niña se acercó hasta tomar una de las manos del juez—desde hace rato… y ¿sabías que hablas dormido?

Aquella expresión lo había dejado boquiabierto, sus ojos ambarinos se abrieron como plato y detuvo su respiración, los colores que su rostro iba tomando pasaban del rosa al rojo constantemente, tenso sus brazos y cerró sus ojos frunciendo el ceño más de lo que podía, sintió la mano de la pequeña alejarse de él, aunque no lo admitiera, tenía miedo de preguntarle a la niña que clase de tonterías había dicho, sobre todo porque la noche anterior, había experimentado una montaña rusa de emociones y recuerdos que incluían a la reencarnación de Pandora de doscientos años atrás, de repente la voz de la pequeña lo saco de sus pensamientos.

—Aiacos hizo el desayuno, aunque no lo creas… solo viene a avisarte… realmente me extraño que no te hubieras levantado temprano, como siempre.

La niña dio media vuelta para salir de la habitación, volteó un momento para verlo y sospechosamente estiro una risita traviesa, algo había escuchado y jama se lo contaría. El juez abrió sus ojos para ver perderse la pequeña con su elegante pero aun infantil caminar—No te tardes —chilló antes de desparecer.

Radamanthys negó con su cabeza y comenzó a caminar tras la pequeña, exhalo fuertemente tratando de relajarse lo más que pudiera y olvidar el mal rato de la noche anterior, apuró su paso y rápidamente alcanzo a la niña, adelantándose a ella de una manera caballerosa le abrió la puerta que separaba la sala de la cocina, sintió crispar su cuerpo al escuchar la gloriosa voz de Aiacos expresarse de la forma tan descarada que lo caracterizaba, simplemente suspiro, definitivamente ese era uno de esos días.

Follar, follar y follar, creo que no hay en el mundo mortal, algo más placentero que eso, si no tuviéramos estos cuerpos de casi niños en estos momen…tos…—el sonido rechinante de la puerta y las dos figuras que se adentraban dejaron a Aiacos con las palabras en la boca.

— Imbécil…— la mano del Wyvern se estrelló contra la nuca de Garuda— ¿cuantas veces tengo que recordarte que no vivimos solos?, mídete — Aiacos volteo con fastidio su rostro—eres un estúpido deberías agradecer que el señor Hades no ha despertado lo suficiente para hacer uso de nuestros cos…mos.

— ¿Que es… follar?—interfirió la pequeña causando que los tres muchachos fijaran su vista en ella mientras caminaba y tomaba su lugar en la mesa.

— ¿Como dice señorita?—pregunto Minos.

— ¿Que…que… quieren decir con… follar?—la pequeña recostó sus codos en la mesa y entre cruzo sus dedos para descansar su cabecita sobre ellos—debe ser algo increíble por que Aiacos se escuchaba emocionado mientras hablaba de eso—los ojos de la pequeña viajaban de uno a otro juez.

Maldita sea la esencia de la inocencia que aún vivía en ella, algunas veces se volvía, ingenuamente fastidiosa.

Y no se equivoca señorita— rompió el silencio Aiacos seguido de una gran carcajada.

Radamanthys contaba del uno al cien y viceversa, mientras Minos continuaba con su impávida personalidad, meterse en la ya cercana discusión entre esos dos no era algo que le llamara la atención, aunque a decir verdad, en ese momento si le preocupaba un poco la reacción del Wyvern, desde la revelación de poder de la pequeña el día anterior, Radamanthys había tenido un cambio de personalidad que no había pasado desapercibido para él, así que temiendo lo peor trato de suavizar el ambiente.

—Es una expresión vulgar utilizada en algunos paí…ses.

—Es como bailar…—interrumpió Aiacos.

— ¿Perdón?— Minos con ambas cejas arqueadas y Radamanthys con sus ojos entrecerrados respondieron asombrados al mismo tiempo.

— Como escucharon, follar es como bailar –esa risa sádica y los ojos del Garuda buscaban entre los mechones rubios del Wyvern algo que le encantaba, FASTIDIO, y sin duda lo había conseguido.

—No me provoques pedazo de animal, ¿acaso quieres confundirla?—le grito el rubio.

—Para nada mi querido compañero de armas, simplemente ilustro a la niña— dijo el pelinegro mientras daba un mordisco a la tostada.

—Lejos de ilustrarla, la estas confundiendo…— insistió más calmado Minos.

Con un ademan Radamanthys llamó a los dos jueces a una reunión de emergencia, dejando a la pequeña Pandora sentada en la mesa esperando respuestas, ya juntos los tres idearon un plan.

—No podemos dejar a Pandora con la duda, querrá saber más… — un ya estresado Minos clavaba su mirada en Radamanthys, quien asistió suavemente.

—Pero si ya le dije que es como bailar no creo que…—otro fuerte golpe por parte del Wyvern le cortó su justificación— oye… estas sensible hoy viejo….

—Te dije que no me provoques bastardo del demonio…

—Bueno, bueno en lo que estamos—replico Minos— ¿qué le diremos a la niña?—esa cara de frustración que rara vez se observaba en su rostro, solo podía traer malos augurios, si el perdía el control estaban más que seguros que la inmadurez de Aiacos, unida a la poca paciencia de Radamanthys, solo podía traer problemas y muy grandes.

—Vamos a hacer esto— dijo el Wyvern, colocando una mano en cada hombro de sus compañeros – le diremos que efectivamente es como un tipo de baile en otro país claro, y en otro idioma, y cuando pase los trece años le decimos la verdad—un momento de silencio entre los tres fue suficiente para aprobar la idea.

—Me parece, además de que, aquí a que los cumpla tal vez se dé cuenta por otro lado de la verdad, y no se moleste con nosotros por mentirle de esta forma tan ridícula —añadió Minos, los tres asintieron, y desarmando el pequeño triangulo sospechoso se sentaron en la mesa.

— Señorita Pandora, efectivamente follar es un tipo de baile en otro país —la sonrisa fingida del Grifo trajo un poco de calma a la situación, volteó a sus compañeros y con un ademan de su cabeza les insinuó hablar.

—Si claro y es emocionante—agrego Radamanthys.

—Delicioso, relajante y muy divertido—concluyo Aiacos.

La pequeña sonrió, y se recostó en su asiento, de repente su semblante relajado comenzó a fruncirse, algo no estaba bien.

— ¿Y es difícil?—sabían que esa expresión en la cara de la pequeña significaba que no bastaría con esa respuesta, ella quería algo más.

—A decir verdad no mucho, de hecho en Inglaterra todos lo saben…bailar…– un par de afilados ojos ambarinos lanzaban espadas, bombas y flechas hacia Aiacos— ¿no es así Radamanthys?

—Mira sopla nucas… — la última gota del Wyvern había sido derramada, y justo cuando se ponía de pie dispuesto a quebrarle algo más que los huesos al juez Garuda la pequeña los interrumpió.

—Oh… ¿es enserio Radamanthys?… ¿tu vienes de ahí verdad?

—Ha… si señorita pero…

— ¿Tú sabes follar?

— ¿Qué si sabe?—Exclamo cayéndose de risa Aiacos—si es un experto, anda demuéstrale a la niña— Radamanthys simplemente abrió su boca sin soltar sonido alguno, se sentó de nuevo en su silla, asteado.

— ¿Me enseñarías?— de nuevo la niña con sus enormes orbes purpura miraba al rubio con emoción, Minos podría jurar que ella se había convertido en la única capaz de apaciguar las cóleras que provocaba Aiacos en el Wyvern.

—Señorita—dijo mientras se retiraba— por ahora la esperare en el jardín hay algo más importante que debo mostrarle, así que por favor termine su desayuno— Radamanthys caminó y antes de seguir señalo a Aiacos y acercó su boca a su oído—mira coprófago de segunda, mantén tus estúpidas ocurrencias lejos de mí— Aiacos simplemente subió los hombros ante tal petición, el resto de maldiciones se confundió con murmullos en su lengua materna que aun recordaba, pero que posiblemente ofenderían hasta a el mismo hades. En definitiva ese sería un largo día.

… … … … …

La mañana parecía llegar más rápido de lo que quería, revolviéndose en la angosta cama donde había pasado casi ocho días, Ikki trataba de levantarse, las palabras que aquella niña le había brindado la noche anterior, revoloteaban en su cabeza, logró zafarse de las sábanas que lo mantenían prisionero y se puso de pie, realmente no tenía ganas ni de salir, arrastrando sus pies camino hasta la salida de esa habitación, justo en ese momento entendió que, no importa cuanto lo retrasara el destino no solo tocaba su puerta si no que vivía junto a él. Exhaló un par de veces, pasó ambas manos en su cara y empujando la puerta se decidió a salir.

A decir verdad no conocía la casa, había llegado en un estado crítico y supuso que cargado por su maestro, a quien todavía no conocía, el lugar era acogedor, un pequeño comedor con una mesa de madera y cuatro sillas, un cuarto para la cocina separaba dos grandes ventanas por las cuales se podía observar el imponente Fire Mountain de una y de la otra una isla vecina, se sumaban también tres puertas que guiaban a diferentes habitaciones incluyendo la de él , el pequeño recorrió con su vista cada detalle hasta reparar en la pequeña rubia que preparaba el desayuno.

—Buenos días bello durmiente— el niño contestó con una tímida sonrisa.

Aquellos ojos verdes que lo habían recibido la noche anterior de su largo sueño, lo observaban con un poco de alegría y nostalgia. La niña notó aun la reacción que provocaba en el peliazul y recordó que este la asemejaba a su hermano, decidió pasarlo por alto para no incomodarlo y como si nada coloco tres tasas en la mesa, se apresuró a servir el café en dos de los recipientes mientras observaba de reojo como el niño se arrimaba. Cabizbajo el pequeño terminó por sentarse y meter su cabeza entre el hueco que había hecho con sus brazos.

—Ikki…

— ¿Qué…?— respondió sin levantar su cara

—Mi padre vuelve hoy del santuario…

— ¿Y que con eso ?…

—Y… bueno… detesta que los niños se recuesten en la mesa, dice que solo los ebrios lo hacen y el no entrena ebrios— contestó con un dejo de preocupación, se sentó a su lado y justo cuando iba a acariciar su cabeza, el sonido de la puerta hizo saltar a ambos, era su padre.

El maestro del pequeño era un hombre soberbio de barbilla prominente y cuello corto, su contextura gruesa y atlética de piel bronceada y su cabello blanco hasta los hombros le daban un aire de superioridad, su mirada infundía respeto y temor y un par de afilados ojos grises lo comprobaban, era exageradamente disciplinado, y para él la ley del más fuerte prevalecía ante cualquier cosa, casi siempre llevaba una máscara de la bruja Rangda en su cara y debido a eso los habitantes de las islas vecinas lo apodaban el demonio o el brujo de la muerte, y su joven hija cargaba de la misma forma con ese estigma, muchos se preguntaban como una niña tan pequeña podía sobrevivir junto a ese ser despiadado, definitivamente ella era hija del mismo diablo.

El pequeño levantó su mirada para encontrarse con un par de ojos grises que lo estudiaban, se sentía incómodo y asustado, pero jamás lo demostraría.

— ¿Así que despertaste?…—dijo el hombre mientras se sentaba.

Sin apartar la mirada del mayor el peliazul asintió.

— ¿No me temes niño?— preguntó levantando una ceja y dando un sorbo a su taza de café.

Nuevamente sin reflejar nada de emoción en su rostro Ikki negó con su cabeza—ni siquiera lo conozco— respondió al fin — pero supongo que es mi maestro.

El hombre soltó una carcajada—déjame verte mocoso…—lentamente el hombre rodeó al pequeño hasta perderse de su mirada y colocarse a su espalda, con un rápido movimiento levantó a el menor de su camiseta, lo giro casi en el aire y lo sujetó de su cuello con una sola mano—Lección número uno… jamás le des la espalada a un extraño—el niño luchaba para liberarse del mayor mientras le presionaba su cuello.—lección numero dos – el hombre lanzo a el pequeño contra la pared provocando una herida en su ceja – jamás demuestres miedo— esta vez, Ikki no pudo disimular una seña de terror en su mirada, el hombre se acercó y se agacho hasta tomar el mentón del pequeño con su mano—así comienza nuestro entrenamiento mocoso —el hombre soltó la cara del niño y se levantó, se dirigió hasta su habitación mientras observaba de reojo levantarse al peliazul — definitivamente comienzo a creer que no tienes ninguna posibilidad niño, viniste a el lugar correcto… para morir.

El hombre cerró con fuerza la puerta de la habitación, y la pequeña que había observado con temor todo lo que pasaba, corrió hasta el peliazul para ayudarle a levantarse, se separaron al escuchar la puerta abrirse de nuevo, esta vez el hombre salió con una bolsita de tela llena de bastante dinero y se lo entregó a la niña—hay que comprar provisiones—le dijo — y llévate al alfeñique ese que te ayude con las bolsas y de paso que se compre algo decente para vestir, me siento agotado— y diciendo esto se devolvió sobre sus pasos y se encerró.

—Vamos Ikki— decía la niña mientras jalaba al pequeño—déjame curarte primero.

El pequeño ni siquiera se molestó en contestar, ¿qué todo en su vida tenía que ser así de malo?, luego volteó hacia la niña y recordó la promesa de su hermano, lucharía por conseguir esa armadura y volvería por Shun, nada lo haría retractarse, ni ese hombre que sería aparte de su maestro, su verdugo. El trago amargo paso con unas venditas que esmeralda puso en la herida y un poco de hielo en las marcas rojas del cuello del peliazul.

—Listo—dijo con una sonrisa no correspondida, el pequeño simplemente subió sus hombros, la magnitud de la fuerza de su maestro no pasaba desapercibida en su cuerpo, la pequeña busco su rostro y tomo una de sus manos— recuerda que no estás solo Ikki— el pequeño frunció el ceño—me tienes a mi ahora, prometo que te curare las veces que sea necesario.

El pequeño levanto una ceja y mostro una sonrisa retorcida.

—Wow que excelente, ¿estarás a mi lado cada vez que tu padre intente asesinarme?, wiiii… que suerte— exclamó con tono sarcástico el peli azul.

—Oye…— la rubia golpeó suavemente su hombre—eres un mal agradecido— luego adelantándose a el peliazul le miro de una forma divertida—por lo menos veras algo lindo antes de morir ¿no crees?

—Hey… engreída — dijo sonrojándose

Ambos niños corrieron hasta perderse tras la montaña, si algo era suficiente para recuperarse en ese momento, era la esperanza que aún vivía en él y la compañía de esa niña, que en pocos días había llenado el vacío de su corazón solo con su presencia.

… … … … …

—Thanatos… — la voz de su gemelo lo sorprendió mientras llegaba — ¿me preguntaba dónde estabas metido? Pero… supongo fue importante como parar dejar solo al cuerpo del señor hades.

El pelinegro levantó una ceja, no estaba dispuesto a entrar en discusión con su igual en ese momento, finalmente tomo asiento en una silla de mármol y suspiro—¿no tengo derecho a salir y estirarme un rato?—sonrió— pasar día y noche encerrado es este paraíso se ha convertido en algo tan usual y tan aburrido, además tú estabas aquí también, él no estaba solo.

—Como sea—dijo acercándose al pelinegro— sabes que debemos vigilar a el cuerpo de nuestro señor, recuérdalo, solo debemos salir en caso de extrema urgencia— el rubio tomó asiento delante del dios de la muerte.

Thanatos volteó a su gemelo, levantó su mano y una esfera color púrpura comenzó a formar la silueta de una mujer— ¿acaso… no lo sentiste Hypnos?—preguntó clavando esu mirada en la curiosa forma.

— ¿Sentir que?—preguntó con una ceja arqueada.

—Su cosmos…

— ¿De quién?... explicate, me estás haciendo perder la paciencia.

—Pandora… está despertando…

El rubio ahora lo comprendía, como dioses habían tenido la inmortalidad de su lado, poder, riqueza, todo lo que deseaban, menos amor, en el pasado esa relación enfermiza entre Radamanthys y Pandora habían llenado a su querido gemelo de sentimientos mortales, celos, envidia, se había sentido traicionado, aquella mujer que en algún momento lo idolatro, lo había dejado por un inmundo espectro. Hypnos se levantó mientras su gemelo se mantenía fijo sobre la figura femenina que había trazado con su energía, se agachó lo suficiente como para susurrar en su oído—no importa que hagas, o como la hagas, el amor es algo que ni el mismo Zeus puede manipular, ¿comprendes gemelo?, jamás harás su corazón latir por ti— terminó con una cínica sonrisa.

La esfera de energía desapareció de la mano del pelinegro mientras la cerraba con rabia, su gemelo tenía razón, si quería haberse ganado la admiración de esa mujer, el primer error fue colocarla cerca de esos tres jueces, jamás se entregaría e el por su propia cuenta, de repente, una sonrisa cínica adorno su rostro, él era un dios y tenía algo más fuerte que su corazón en sus manos, su vida—cuando cumpla doce, su cosmos explotara finalmente y el resto de espectros aparecerá a su servicio, no necesitara de esos tres jueces nunca…

—Querrás decir de ese juez—Thanatos volteo sus ojos con fastidio hacia su igual que mantenía su sonrisa intacta.

— Si, Si, Radamanthys… especialmente de él, su lugar está en Caina, y como primer guardián y juez del inframundo, una vez despiertos los espectros, el estará demasiado ocupado con su ejército y tendrá que dejarnos a la niña… además tendré una sorpresa preparada para él.

Una carcajada se dejó escuchar de parte del rubio, escuchar esas ideas tan infantiles del dios de la muerte, era simplemente increíble—espero que entiendas que jamás tendrás… su corazón—extendió su mano para acariciar el rostro del pelinegro pero este la tomo con furia

— Puede ser que jamás tenga su corazón, pero por lo menos tendré su alma y si no puede ser mía no será de nadie más…—dijo soltando la mano de Hypnos — de nadie—susurró.

... … … … …

—¿Qué estaba pagando?— se llegó a preguntar el Wyvern después de tan entretenido desayuno que ni probó, se dejó caer en una de las sillas que ya hacían en el jardín principal, cerro sus ojos y tiró su cabeza hacia atrás, suavemente enredo sus dedos entre su cabello para masajear, de repente se dio cuenta de algo, había calma, mucha calma… demasiada por cierto.

—Aghhhhhhh… lo sentimos señorita… no… quería…mos aggghhhhhh

Una diminuta sonrisa adorno los labios de Radamanthys antes esas voces tan conocidas que se quejaban dentro de la casa, levantó su rostro y volteó hacia la puerta para ver salir a una enojada pandora con sus puños cerrados y ceño fruncido, le hizo gracia verla detenerse para exhalar y rebajar su ira, como nueva emprendió su camino al lado del Wyvern, giro sobre sus talones y tomo asiento en otra silla frente a el juez.

— ¿Qué?...— preguntó indignada

—Nada…— dijo el juez acomodándose.

— Ya sé de qué hablaba Aiacos… degenerados… los tres por mentirme –dijo la pequeña cruzando sus brazos y frunciendo de nuevo el ceño.

—Ah…—El juez entrecerró sus ojos, se recostó en la silla y coloco sus manos en los recuesta brazos.

— ¿Y solo dices ah? , no tienes nada que agregar, no se… ¿lo siento tal vez?—la cara de la pequeña haciendo muecas y ademanes era realmente divertida.

— ¿Lo siento?—preguntó el Wyvern levantando una ceja—pero no tengo nada que lamentar…

—P...Pero—contesto la niña abriendo de par en par sus enormes ojos.

—Nada de peros señorita, hay cosas más importantes que hacer y a partir de hoy trabajaremos más fuerte, ¿comprendido?— se acercó casi intimidante.

La pequeña asintió, si ella era la única en calmar su mal humor, él era el único en hacerla entender.

—No nos queda mucho tiempo, dentro de dos años cumplirá doce y a esa edad su cosmos explotará y por lo tanto necesitamos mejorar cada técnica y manejo para que esté lista, cuando el señor hades despierte, necesitara una Heraldo fuerte a su lado, a mi lado… es decir a nuestro lado, el de los espectros y…y todos—por un momento se sintió acalorado y agradeció al Meikai por no hacer tan evidente su desliz ante la niña— a su lado—pensó con tristeza, eso jamás pasaría, negó con su cabeza regañándose mentalmente por ser tan descuidado al hablar.

La niña con su rostro inclinado lo observaba detenidamente, esos enormes orbes purpura le escudriñaban el alma a través de su mirada ambarina, por un momento la sostuvieron hasta que la niña hablo.

—Ya estoy lista… ¿qué debo aprender?—las palabras de la pequeña lo sacaron de sus pensamientos como usualmente pasaba.

—Su cosmos… hoy comenzaremos a educar su cosmos.

— ¿Es tan importante que lo haga?—dijo sosteniendo su rostro entre sus manos.

—Al educarlo podría localizar la presencia de cualquier espectro o persona, así este al otro lado del mundo, ¿recuerda cuando la llevé a buscar aquellos niños?—la niña asintió un poco incomoda—bueno, una vez que lo perfeccione podrá recorrer el mundo entero, conforme su poder vaya aumentando la vida del inframundo también, por eso debemos ser cautelosos.

— ¿Qué esperamos entonces Wyvern?— dijo la niña suspirando con una sonrisa al saber que muy pronto vería ese par de hermanos una vez mas.

… … … … …

¿Cuánto habían caminado?, no lo sabía, lo que si sabía era que sus pies lo estaban matando y su cabeza ardía con el sol sobre sus espaldas, no entendía como esa niña ni siquiera chistaba, a su lado se sentía tan inútil, pero claro jamás permitiría que una niña le ganara, de repente la playa se abrió camino ante ellos.

— ¡Llegamos!— dijo señalando un pequeño bote— tenemos que remar hasta la isla vecina.

—Wow un momento…— dijo el peliazul con sus brazos cruzados— ¿pretendes que me monte en esa cosa?—la niña asintió—jamás… estás loca—negó con su cabeza.

—Ikki… no seas testarudo, no me obligues a meterte a la fuerza…—dijo la pequeña tomando posición de pelea.

El peliazul chasqueó la lengua, no quería discutir y era evidente que, de no ir tendría que aguantarse a su recién conocido maestro —bueno ya que —replico metiéndose en el pequeño barco— pero que conste que no te tengo miedo.

Esmeralda sonrió con aire ganador, tomo los dos remos y se los entrego.

—Esmeralda… en mi vida he utilizado un par de estas cosas—dijo el pequeño cruzando sus brazos y levantando una ceja.

—Bueno… mi padre suele hacerlo… yo jamás he remado, y además tu eres el hombre— dijo mientras sonreía.

— ¿El hombre?—preguntó arqueando sus cejas—pero si aún soy un…

— ¿Un inútil?—interrumpió la niña

— ¿Cómo dijiste?

—Que eres un Inútil… lo haré yo…—dijo la rubia sentándose en medio.

El niño resopló, arrebató los remos de las manos de la pequeña y comenzaron la travesía, ¿punto débil de Ikki? Su inquebrantable orgullo.

Casi veinte minutos después, ya con sus brazos adoloridos, habían tocado tierras vecinas, en esa isla el ambiente era totalmente diferente, lleno de gente, personas de todas partes del mundo llenaban las calles del lugar, un mercado de los lugareños se extendía casi por toda la costa llenándola de colores, aromas y sonidos embriagadores, a lo largo del muelle barcos de negociantes llamaban la atención de los turistas, todo era casi mágico, a diferencia de la isla de la reina muerte, este lugar recibía a sus visitantes con paisajes verdes y llenos de vida, cerca de unas rocas justo debajo de ese lugar los pequeños dejaron su pequeña nave.

Sin perder mucho tiempo la pequeña lo tomó de la mano y llevo a un lado del bullicioso mercado, de una bolsa que había guardado con cuidado, saco dos capas con capuchas y extendió una al niño—colócate esto, la gente del pueblo es supersticiosa y nos temen a mí y a mi padre, dicen que soy la hija del diablo y que nuestra presencia trae mala suerte a su isla— la niña lo observo de pies a cabeza— además no es por ofender pero, no luces tan presentable que digamos— rio.

El peliazul rodó sus ojos y con disgusto se colocó la capa, sigilosamente siguió a la pequeña hasta los puestos de frutas y granos, con mucha paciencia cargo las bolsas que poco a poco la rubia iba comprando, sus cortos brazos no daban casi abasto mientras la niña seguía pidiendo y pagando, al final una bolsa de tela improvisada por su capa tuvo que ser necesaria.

—Listo—dijo volteando la niña —falta solo tu ropa, y ya sé quién me puede ayudar.

Sin permitirle contestar la pequeña avanzó más rápido hasta perderse entre la gente dejando solo al peliazul con todas las cargas, exhalo y con tranquilidad siguió por donde la había visto desaparecer, de repente unas manos lo jalaron hacia la oscuridad de un callejón, un dedo sobre sus labios y ese par de ojos verdes casi le hacen caer del susto.

— ¡Oye!…— exclamó molesto.

—Shhhh ven conmigo— tomó su brazo y lo llevo hasta una puerta casi escondida— él es el curandero del pueblo se llama Erario, el conoció a mi madre.

Abrió con cuidado la puerta llevando a el peliazul con ella, dentro, la habitación se iluminaba con un delgado hilo de luz que se colaba entre unas cortinas viejas, en lo que parecía una cocina cientos de botellas de diferentes colores y tamaños se repartían por todas las paredes en estantes de madera, en el centro una mesa, y sobre ella varios pergaminos y cuadernos con apuntes se mantenían abiertos, tras de una puerta cubierta con una curiosa cortina de conchitas se adentraba un hombre, pequeño, de tez bronceada y cabellos blancos, cubierto con una túnica blanca amarrada a la cintura con un cordón dorado, graciosamente se balanceaba al andar ayudado de un bastón, se sorprendió al ver los dos niños en su casa.

— ¿Que desean pequeños?—preguntó el hombre en un tono tranquilo.

— ¡Anciano!— chillo la niña mientras se destapaba su cabeza.

— ¡Esmeralda!…—el hombre recibió a la pequeña con un efusivo abrazo— cada vez te pareces más a tu madre—el anciano acaricio con ternura el rostro de la niña mientras la dejaba ir.

La pequeña jaló de nuevo al peliazul que todavía no pronunciaba palabra alguna.

—Este es Ikki, el discípulo de mi padre —el peliazul destapó su rostro a el anciano, el hombre se acercó, suavemente tocó su herida sobre la ceja, luego levanto su mentón y observó las enrojecidas marcas en el cuello del niño, negó con su cabeza y se alejó.

— ¿Ya conociste a tu maestro he?—preguntó el hombre, tomo varias botellas de color azul y mezcló con algunas raíces en un pequeño plato, todavía no me explico cómo se enamoró tu madre de él, ella era un ángel—termino la mezcla y coloco un poco en la ceja del niño y entrego el resto a la pequeña—esto servirá para la ceja,… y las que vengan, cuando necesites más me avisas— la niña sonrió.

—Pero anciano no era ese el favor que necesitaba— la rubia tomó la mano del hombre— el necesita ropa y no puedo revelar mi identidad, ¿recuerdas? – con pesar el hombre afirmo con su cabeza.

—Está bien yo te llevare, solo que tengo un pequeño inconveniente—el hombre abrió una ventana que daba a el pequeño patio de su casa, ahí entre las plantas que cultivaba el anciano una melena castaña saltaba sin descanso— Hellen —llamo el viejo, la pequeña se detuvo y volteo, inmediatamente corrió y salió bajo la misma cortina de conchitas.

—Abuelo, Abuelo—chillaba la niña sin dejar de brincar.

—Mira quien vino de visita…— señaló a la rubia.

—Esmeraldaaa—la rubia alzó a la pequeñita que reclamaba sus brazos, luego metiendo su pequeña cabeza entre el pecho de la rubia señalo a el peliazul.

—ha, él es Ikki, es mi amigo, salúdalo es gentil.

El peliazul le sonrió, y toco su cabecita revolviendo sus rizos castaños, la pequeña le devolvió su sonrisa

—Bueno entonces espéranos acá, yo y el pequeño iremos a comprar algo de ropa, mientras tú me cuidaras a Hellen— el anciano tomo su bastón y llevo a el peliazul de nuevo a el mercado.

No todo era tan malo, tal vez se estaba precipitando, pensó el futuro fénix.

… … … … …

Desde que los niños habían partido, la mansión Kido había quedado sumergida en un silencio abrumador, de vez en cuando la pequeña Saori llenaba por minutos la soledad de la casa, pero hacia unos días su abuelo había caído en cama y los médicos no daban señal de buenas noticias, una enfermedad coronaria consumía la vida del anciano cada día más.

La pequeña Saori pasaba al lado de su abuelo sosteniendo su mano y contando fantasiosas historias, si no tocando una que otra canción en el piano de la sala, jugando con alguna criada en el jardín frente a la habitación de su abuelo o simplemente recostada en las barandas del balcón observando los vacíos jardines, la pequeña caprichosa de cabellos lilas cumpliría siete ese año y una gran fiesta se organizaría a como diera lugar, su abuelo puesto en reposo arreglaba hasta el último de los detalles de su testamento y del cumpleaños de la pequeña, aun sabiendo que por su avanzada edad no había posibilidad alguna de sobrevivir a otro ataque a su corazón, pero aun así el viejo se negaba a dar oscuridad a la vida de su amada nieta.

Ese día en especial no se sentía para nada bien, llamó a su mayordomo a la habitación, y sin esperar segunda orden Tatsumi se hizo presente ante su señor, con un ademan de sus manos despidió el resto de la servidumbre quedando solo él y señor Kido.

—Tatsumi, mi fiel empleado, necesito que me hagas una promesa – el hombre asintió— cuando te contrate, ya tenía a cargo mi hermosa nieta— el hombre tomo una foto con la pequeña en una cuna, la observo y dos lagrimas corrieron por sus arrugadas mejillas.

—Mi señor, no debe tener emociones fuertes…—el anciano le colocó una mano en su hombro y negó con su cabeza.

—Hay algo muy importante que debes saber—Tatsumi asintió , sabía que el hombre no se iba a detener aunque se lo pidiera—hace siete años hice un viaje a la antigua Grecia, y en uno de mis recorridos me topé con tres jóvenes, no pasaban más de los quince años, dos de ellos sostenían a una chiquilla embarazada en malas condiciones y el otro una caja dorada con un centauro labrado— el hombre observo hacia la ventana donde podía ver a Saori jugar—Tatsumi, Saori es la reencarnación de Atena de esta época —el mayordomo se sorprendió ante tal confesión— su madre murió al dar a luz cuando la interné en el hospital a causa del cansancio al que fue expuesta, ante ellos juré protegerla hasta que cumpliera doce años, según ellos a esa edad su cosmos puede explotar sin poner en riesgo su calidad de humana —volteo la mirada hacia su empleado y retiro su mano— le prometí a esos jóvenes que les ayudaría a encontrar a el doceavo caballero de oro, puesto que el verdadero dueño de la armadura estaba bajo la influencia de ares y era incapaz de vestirla, me explicaron también que Hades el dios del inframundo, volvería dentro de trece años y ella necesitaría a sus ochenta y ocho caballeros por eso mandé a esos pequeños a buscar las armaduras de bronce, ellos forman el verdadero ejercito de Palas Athena y deberán proteger a mi niña, esos muchachos revestidos de oro juraron regresar después de ganar la batalla contra Ares y devolver a su diosa a su hogar— el hombre suspiro con pesar—yo he mantenido contacto con uno de ellos, Shion, solo debemos esperar que regresen y la lleven sana y salva hasta un lugar llamado Santuario, lastimosamente a mi nieta le espera una batalla que debe ganar, Tatsumi, sé que los niños jamás la abandonaran—el anciano miro a los ojos de su empleado— pero aun así, deberás jurarme que la protegerás hasta que los niños y los jóvenes de oro regresen.

El hombre asintió— lo juro mi señor, protegeré a la pequeña Saori a costa de mi propia vida—sonriendo el anciano durmió para no despertar jamás. El mayordomo salió de la habitación con el semblante desencajado, camino hasta la niña, y simplemente la abrazo.