REGALOS ESPECIALES
Una fuerte lluvia y un frio increíble azotaban las montañas alemanas, por los grandes ventanales de la torre que sobresalía del castillo Heinstein , resbalaban hilos de agua formando curiosas figuras, caras, ojos, cuerpos, a veces terroríficas, a veces divertidas, Pandora lo había autonombrado su lugar especial, ya que ahí pasaba horas de horas escondida entre libros y recuerdos, era un lugar mágico, confeccionado como un mirador para su madre, tenía una vista impresionante de la ciudad de Mittenwald, desde ahí, las luces de las casas parecían pequeñas estrellas y algunas veces el viento traía consigo los ruidos de sus habitantes, en época navideña el gran árbol colocado en medio del parque, brindaba aún más un entorno mágico al pequeño pueblo y las notas de los violines y cellos llenaban de nostalgia todo el bosque, ahí, bajo una frazada caliente y una chimenea apenas iluminada, la niña tatareaba mientras rellenaba un extraño rompecabezas.
Detuvo por un momento su canción y entrecerró sus ojos, lentamente volteo hacia la puerta, se sentía vigilada, un fuerte rayo la hizo respingarse y colocar la mano en su pecho, la luz que emanaba de las centellas de electricidad lleno toda la habitació ó sus ojos y suspiró, un cosquilleo en su cuello la hizo abrirlos rápidamente encontrándose ante ella con un colgante que flotaba alrededor de su nuca, rápidamente intentó girar pero dos enormes brazos la sostuvieron.
—Tranquila…pequeña Pandora…— el sonido de esa ronca voz cerca de su oído y el cosmos que emanaba de ese extraño ser la hizo temblar, se sentía asustada, vulnerable, como nunca.
— ¡Radaman!…— intento gritar la niña, pero su voz no salió más.
Aquellos brazos que la sostenían, suavemente la giraron— ¿no me reconoces?—pregunto el Dios de la muerte atrapando su mirada—que desilusión, debo de sentirme ofendido entonces… cuanto a pasado ¿dos, tres, siete años desde que abriste el cofre y nos liberaste?—le pregunto con sorna.
La niña lo observo fijamente, frunció el ceño y se relajó, el dios percibió la calma y libero la voz de la pequeña.
—Se quién eres, el dios de la muerte…Thanatos — dijo Pandora—mi señor aún no ha despertado, ¿Qué necesitas?
—Vaya… pero ese Wyvern te tiene bien educada niña… —soltándola con una de sus manos, le coloco un dedo en la punta de su diminuta nariz—que bueno, pero déjame decirte que estas enorme y… preciosa…— se alejó de ella y antes de seguir caminando tomó el colgante que aun flotaba— este es un regalo de mi parte pequeña— bajó frente a ella el collar que rápidamente se ubicó en su cuello—tómalo como un adelanto de nuestro acuerdo de vida eterna, ¿lo recuerdas verdad?—preguntó con una sonrisa en su boca— con el puesto considérate … casi inmortal
La niña se mantenía inmóvil, con su respiración agitada sujetó el colgante que ya hacía en su cuello y lo observó, una curiosa cadena con pequeñas perlas y afilados dientes de marfil adornaban el objeto, podía sentir su poder aunque no lo comprendiera en su totalidad, se distrajo por un momento en la oscura magnificencia de su regalo.
Mientras, Thanatos la observaba pérdida en él objeto—al fin te tengo mi niña—pensó para sí mismo y con una cínica sonrisa en su rostro se desvaneció tan rápido como había llegado.
Un fuerte trueno despertó de su letargo a la niña haciéndola tropezarse con uno de los almohadones, se levantó rápidamente y corrió hacia su habitación, estaba por primera vez muy asustada.
… … … … …
Los entrenamientos en la isla subían de intensidad conforme pasaban los meses, llegando casi a convertirse en una tortura para el peliazul, su maestro había llegado inclusive a colgarlo de cabeza en una de las fumarolas del volcán para hacer flexiones, también lo había puesto a practicar bajo el inclemente sol las primeras patadas de defensa, por lo tanto ningún día se escapaba de las ideas macabras de su maestro Guilty, ya comenzaba a creer que en verdad lo quería muerto, pero él jamás se daría por vencido.
Al volver a la casa, la pequeña Esmeralda los esperaba con alguna comida preparada y en el cuarto de Ikki mientras su padre no estaba llevaba gasas, un poco de alcohol y el ungüento que el anciano preparaba todos los meses desde la primera vez que los había visto en la isla, una vez terminada la cena, la niña a escondidas ingresaba a su habitación y se empeñaba en curar al peliazul, cosa que le permita sanar las heridas del día en menor tiempo y mantenerse al nivel que su maestro exigía, así habían cultivado una hermosa amistad en medio de tanta adversidad.
Pero estos días habían estado más relajados, claro que con una que otra grosería por parte de Guilty al perder la paciencia con el peliazul, pero esa semana el hombre había intentado por primera vez encender el cosmos del pequeño, ese día en especial habían pasado toda la mañana frente a frente hasta el anochecer, tanto maestro como alumno arrodajados sobre la arena frente a la cabaña , el poder de su maestro se reflejaba en una aura anaranjada que rodeaba su cuerpo mientras mantenía sus ojos cerrados y su respiración lenta, luego en una de sus manos una esfera más parecida a una llama comenzaba a formarse, Ikki la observaba asombrado y trataba de concentrarse, pero él jamás había escuchado sobre el cosmos, él era un niño casi normal, ese tipo de cosas se adelantaban a su conocimiento. El pequeño fruncía su ceño, y apretaba sus labios, pero nada, no pasaba nada.
—Que fastidio contigo mocoso— decía el mayor levantándose— llevamos casi seis meses entrenando, por lo menos deberías poder encender tu cosmos a lo mínimo, no puedes ni crear una minúscula esfera— el hombre observo al niño y bufo, le dio la espalda y se adentró en la casa—vamos, es todo por hoy.
Eso era raro, sin heridas, sin palabras extremadamente groseras, ese era un día para celebrar, Ikki sonrió disimuladamente y se incorporó, rápidamente siguió a su maestro.
Al entrar él ya estaba sentado en la mesa degustando un enorme pescado, hizo señas al niño de lavarse para comer, cosa que no espero segunda orden, una vez los tres cenando en silencio el hombre se percató de algo, tanto su hija como su discípulo no perdían ni un solo detalle de sus movimientos, cosa que le hizo gracia, soltó una carcajada de repente que hizo que ambos niños respingaran en su asiento.
— ¿Qué pasa?—preguntó—no me digas que te hace falta que te deje medio muerto zoquete—el peliazul negó con su cabeza y se refugió en su plato de igual forma la niña, mientras él se burlaba del miedo que les infundía—Esta noche hay una fiesta en la isla vecina, así que quiero que se duerman temprano no regresare rápido, quiero distraerme—terminando de hablar, el mayor se levantó de la mesa y se dirigió a su habitación, ambos niños se miraron con duda y levantaron sus hombros.
Como todas las noches los pequeños lavaron platos, secaron, limpiaron, sacudieron y se prepararon para dormir, el peliazul se adentró en su habitación, cambio su ropa y aunque era aún un poco temprano, recuperar horas de sueño nunca estaba de más, se terminó de arreglar y se recostó, rápidamente los brazos de Morfeo lo recibieron.
… … … … …
Sumido como en un sueño profundo, el cuerpo de hades reposaba en los campos elíseos, a su lado un rubio con una estrella en la frente le cuidaba, el cielo azul que cubría el celestial recinto comenzó a oscurecerse.
—Vaya… como que se te está haciendo costumbre desaparecer sin avisar mi querido gemelo—dijo el rubio en tono burlón.
El dios de la muerte simplemente lo ignoro
— ¿Se lo diste?— pregunto con duda el rubio pero una sonrisa fue su única respuesta—Supongo que estas feliz o ¿me equivoco?— Hypnos continuaba su monologo sin obtener respuesta en la voz de Thanatos—bueno si no quieres hablar del asunto…— el rubio se levantó de su asiento y comenzó a caminar.
—Claro que estoy feliz… — Hypnos se detuvo sin voltear la cara— todo salió a la perfección, la niña usa el collar y eso me da más oportunidad de controlarla— el dios de la muerte sonrió para sí.
—Lo que sea que haga ese collar espero que funcione… no quiero reírme en tu cara— contesto el rubio con sorna—ya sabes lo que dicen por ahí el amor y la muerte caminan de la mano… pero en tu caso, no llevan el mismo rumbo.
El dios de la muerte se levantó molesto, el cinismo de su hermano le producía dolor de cabeza, pasó a su lado sin darle la cara, sabía que una sádica sonrisa adornaba su rostro en ese momento, lleno de rabia golpeo uno de los pilares del templo donde se encontraban haciendo retumbar el lugar.
—Cuidado con lo que haces Thanatos, no vaya a ser que provoques una guerra antes de tiempo, el Wyvern puede ser muy leal, pero sobreprotegerá a la niña a costa de su vida si es necesario y lo sabes— Hypnos camino hasta el pelinegro y coloco la mano en su hombro—¿qué explicación le darás al señor hades cuando despierte y vea que el primer juez está muerto? y no exactamente por una causa que valga la pena si no por uno de tus berrinches.
— Gracias por los ánimos Hypnos, no esperaba menos de ti— contesto entre dientes – con ese collar ella entenderá que a mi lado será poderosa, le hare comprender que yo soy capaz de hacerla indestructible, inmortal.
— Hermano, Hermano, como me gustaría darte toda la razón del mundo, pero no creo que cupido tenga ganas de ayudarte con semejante idea.
— No necesito ayuda de ningún estúpido arquero, conmigo me basta.
— Como digas, me retirare un rato, comienzo a sentir el aire pesado a tu lado, no quiero asfixiarme con tus ridículos suspiros.
Thanatos lo observo marcharse, bufo mientras se sentaba al lado del cuerpo que dormía, de repente una pequeña duda se creaba en su cabeza, ¿sería que fracasaría?, no, un dios jamás fracasa en lo que se propone.
… … … … …
—Ikki… Ikki—su nombre lo hizo abrir los ojos, suavemente giro sobre su cuerpo hasta quedar al otro lado de la cama, tomo un pequeño reloj y observo la hora, diez minutos más y marcarían las once de la noche, buscando en la oscuridad trato de ubicar la dueña de esa voz, detrás de la puerta una conocida figurita asomaba medio cuerpo.
—Esmeralda… ¿qué quieres?... vete a dormir—dijo arropándose de nuevo.
La niña entro a al dormitorio del pequeño y de puntitas se subió a su cama.
—Anda, levántate —decía mientras mecía el cuerpo del peliazul.
— Mas te vale que sea muy importante, porque realmente tengo demasiado sueño— reclamó el futuro fénix mientras se sentaba en su cama.
— Ikki vamos a la otra isla…
El pequeño no podía creerlo, él sabía que ella era una niña inquieta y que acostumbraba llevarlo a cometer alguna que otra travesura. ¿Pero navegar en un bote?, ¿en medio de la oscuridad?, ¿hasta la otra isla?, ¿dónde de seguro estaba su querido maestro?, no… Eso no estaba bien, era como ir a una muerte segura, jamás lo haría.
— Nooo… ¿estás loca?… jamás… me niego a cometer esa estupidez — el peliazul se cruzó de brazos y enrollo sus piernas sobre la cama
—Ohhh vamos Ikki jamás he visto esa fiesta…—la niña le rogaba jalando su brazo –por favooorr –casi suplicaba.
De reojo el pequeño la observaba, sus enormes ojos verdes casi cristalinos y un pequeño puchero estuvieron a punto de hacerlo cometer la locura de su vida, pero cerrando sus ojos recordaba las dolorosas practicas con su maestro y solo imaginaba la reacción de este al encontrarlo a él con su hija en medio de la noche en un bote, definitivamente eso sería la muerte.
Viéndose derrotada la rubia salió de la habitación, cabizbaja arrastro los pies hasta la puerta y al salir la tiró con tanta fuerza que hizo respingar al peliazul, sintiéndose liberado se recostó de nuevo, cerro sus ojos dispuesto a recuperar el sueño interrumpido, pero un conocido ruido no le permitía conciliar el sueño una vez más, en la habitación de al lado podía escuchar a esmeralda sollozar, se incorporó nuevamente tomo con desgana una camisa y se encamino hacia la otra habitación—Maldición…— murmuro, Esmeralda había ganado otra vez.
Llego hasta la puerta dela habitación de su maestro y toco, al no recibir respuesta se adentró, lentamente se abrió paso hasta la cama donde la pequeña lloraba lastimosamente boca abajo
— ¿Esmeralda?...—suavemente acaricio el cabello de la niña— oye… no podemos ir a la otra isla… ¿lo sabes verdad?, si tu padre nos ve nos matara, bueno me matara primero —la pequeña asintió— pero entrenando con el descubrí que hay un lugar en la montaña donde podemos ver y escuchar de largo lo que hagan en la otra playa ¿te parece?—la rubia lentamente se giró hasta sentarse en la cama, limpio sus actuadas lágrimas y sonrió.
— Vamos… ¿que esperamos?— dijo la rubia ahora con una sonrisa.
Boquiabierto Ikki se dio cuenta del gran engaño de la niña, simplemente sonrió negando con su cabeza, no había duda que esa niña había aprendido a manipularlo.
Se colocaron las capuchas que utilizaban en la isla vecina para ir de compras, Ikki rogando por su alma, que sentía se le salía con cada paso que daba fuera de la casa y Esmeralda realmente emocionada por ver a la lejanía la isla en tiempos de fiesta.
Ya lejos se adentraron entre las rocas hasta encontrar un camino oculto que los llevaría hasta la cima de la montaña, una vez arriba la vista era majestuosa, Ikki tenía razón, toda la playa brillaba a lo lejos con la luz de la luna llena y algunas antorchas , el viento, un poco calmo esa noche, traía consigo ritmos de tambores y canticos isleños, la enorme fogata en medio de la arena hacia ver a las personas como diminutas hormiguitas, se sentaron a la par, el peliazul veía de reojo a la niña, esta cerraba sus ojos y se dejaba impregnar por el suave vaivén de la música sumada al susurro de las olas, sonrió mientras devolvía su mirada a la isla, cerró sus ojos igual que esmeralda esperando que la magia también surtiera efecto en él.
— ¿Sabes que celebran?—pregunto la niña interrumpiendo al peliazul, el simplemente negó con su cabeza — la erupción de Fire Mountain hace más de veinte años, mi padre dice que fue devastador, casi todos murieron, y el resto huyo a la isla vecina.
El pequeño abrió sus ojos, la observo y miro con recelo el enorme volcán que se elevaba a sus espaldas, luego devolvió la vista hacia la costa y observo como un hombre se aproximaba a la gran hoguera y encendía dos tubos largos que brillaban cada vez más.
—Fuegos… artificiales…— murmuro con una retorcida sonrisa
—¿Cómo dices?—pregunto la pequeña, pero no necesito saberlo del peliazul, pues una explosión que lleno el cielo de colores la hizo casi caerle encima a su amigo.
El pequeño rio y recibió un merecido golpe en su pecho por parte de la rubia.
—Son fuegos artificiales boba—dijo sobando su pecho— en Japón hacían actividades llenas de eso, en la mansión donde vivíamos casi todos los fines de semana los contrataban, mi hermano… los detestaba— dijo borrando su sonrisa.
Iba a reclamar que ella ya conocía eso y que la explosión simplemente la había tomado por sorpresa, pero lo observó con nostalgia borrar la sonrisa, odiaba verlo así, de repente una idea hizo que mordiera su labio inferior con picardía.
—Esta fiesta se celebra cada cinco años—le dijo la rubia—así el demonio de Fire Mountain no despertara más— la niña escondió su cabeza entre sus rodillas de nuevo, de repente y como impulsada por un rayo se puso de pie frente a el peliazul —¿sabes que es tradición regalar algo especial antes de la media noche?—pregunto la niña
—No… ¿Regalar?, pero no tengo nada que darte—contesto clavando sus azules ojos en ella.
Lentamente la pequeña le tendió la mano al peliazul y lo jalo para obligarle a levantarse.
—Yo si…pero debes cerrar tus ojos—dijo seriamente.
El pequeño levanto una ceja, de menos que fuera tan pequeño como una cucaracha, o que antes de salir hubiese ocultado algo en su ropa dudaba que la niña hablara con la verdad, pero nada tenía que perder así que obedeció.
La pequeña por su lado se acercó, le tomo el rostro entre sus manos y cerro sus ojos, lentamente depósito un tierno beso en sus labios, un beso que el futuro fénix no rechazo, uno sencillo e inocente, el tiempo, el viento, el sonido, todo se detuvo por un momento hasta que suavemente separaron sus pequeñas bocas, el peliazul mantenía aun así sus ojos cerrados.
— ¿Ikki?... ya puedes abrir los ojos, ese era mi regalo—un tinte rosado se dejaba ver en dos pares de mejillas, el pequeño abrió lentamente sus ojos, los rizos rubios de la niña bailoteaban en su frente y sus enormes orbes verdes parecían brillar bajo la luna, por primera vez la veía con otros ojos y estaba… hermosa, bajó su mirada apenado y se sentó de nuevo en el suelo, la niña le hizo segunda, volvieron la vista a la playa vecina donde la hoguera se quemaba cada vez más.
En completo silencio la niña volvió a su posición inicial con sus rodillas pegadas a su pecho y sus bracitos rodeándola, la quietud con que estaba el peliazul la acongojaba, pensó por un momento que había sido mala idea, levanto su cara para comentar algo pero la mano de su amigo se deslizo sobre sus hombros atrayéndolo hacia él, esta vez las palabras sobraban, la niña sonrió y descanso su cabeza en el hombro del futuro fénix, el simplemente la observo de reojo y suspiro, mientras depositaba un beso en su cabeza.
… … … … …
De puntas caminó por todo el castillo, la tormenta la mantenía nerviosa, cada resplandor era un salto, antes de seguir hasta su habitación, decidió correr a través de los pasillos en busca de ese ser que le brindaba seguridad, recorrió lo más que pudo tratando de ubicar con su mirada aquel objetivo hasta llegar a la sala donde ardía una enorme chimenea, ahí sentado en uno de los sillones el joven Radamanthys de pierna cruzada sostenía un libro viejo de los hermanos Grimm y en la otra un vaso con hielo y delicioso whisky, no era amante de la lectura, pero en noches como esa adoraba el sonido de los rayos y el calor del licor lo calentaba, además luego de su despertar era la primera vez que lo probaba de nuevo y la experiencia era realmente hermosa, la pequeña se detuvo de repente , camino frente a él, suspiró, lo había encontrado, lentamente se acercó hasta el juez, sintiendo su presencia el Wyvern bajó su libro y le sonrió, con eso basto para que la pequeña se abalanzara a sus brazos, sorprendido por el gesto solo atinó por acariciar el cabello de la niña.
— ¿Qué pasa?—preguntó susurrando.
—Estoy asustada…—contestó la pequeña mientras se refugiaba un más en su pecho.
Radamanthys no sabía por qué, pero la necesidad de estrujarla con cariño de repente recorrió cada rincón de su cuerpo, dejo a un lado el libro y el vaso para lentamente jalarla y acunarla entre sus brazos, aquellos capaces de arrancarle la cabeza a cualquier dorado, guerrero o espectro sobre la tierra poco a poco se convertían en refugio para la pequeña niña, mientras ella se tomaba la libertad de rodear el cuello de su espectro con sus pequeños brazos. No le habló, simplemente permitió que la niña se recostara en su pecho mientras él le acariciaba su cabellera, suavemente la separo para buscar su mirada, el un joven de diecisiete años y ella una pre adolecente de menos de doce.
—Sabe que puede confiar en mi ¿verdad?—la niña asintió— entonces ¿Qué paso?, usted no se asusta con nada señorita, desde que era una niña aún más pequeña no le he conocido mie…do.
Las palabras del juez fueron frenadas por lo que ahora le colgaba del cuello a la niña, ese adorno él ya lo había visto hace doscientos años en la misma pandora, era un recordatorio que su deber estaba ligado al ejercito de hades y que su afinidad era el dar a su portador la libertad de movilizarse entre las prisiones, inclusive los campos elíseos, y eso solo podía significar algo, un tributo que solo un dios que jugase con la vida podría brindar.
—Thanatos…— dijo ella volviendo de nuevo a sumergirse en el pecho del joven juez.
— Él no le hará daño, yo estoy acá para protegerla, jamás la dejare sola—relajo un poco sus brazos y volteo a la pequeña que se mantenía aferrada a él, una lagrima recorría su pequeña mejilla, con delicadeza la aparto igual que un par de mechas que tapaban su rostro, suspiró y permitió a la niña acomodarse en sus regazos, los espasmos que recorrían su pequeño cuerpo comenzaron a desaparecer, de igual manera sus sollozos, con delicadeza tomó el rostro de la pequeña, la vio dormida y se dispuso a cargarla hasta su habitación, esa noche al igual que muchas no la dejaría sola.
A lo lejos detrás de una ventana la sombra de Hypnos sonreía, tal como él pensaba su gemelo estaba lanzando a pandora una vez más a los brazos del Wyvern, negó en su cabeza, permitiría que su gemelo se diera cuenta por el mismo, que su grandioso plan no funcionaria— creo que me reiré en tu cara mi querido dios de la muerte—dijo mientras desaparecía.
Llego a su cuarto y suavemente la deposito en su cama, libero su cuello del agarre de la niña, pero para su sorpresa se vio atrapado de nuevo, retiro con suavidad los bracitos de la pequeña, al alejarse dos orbes purpura lo miraban frustrados.
— No te vayas…—le pidió la niña sujetando su mano.
—Está bien solo me acomodare en el silla
—No… Es decir, quédate conmigo… aquí… en mi cama…a mi lado
El rubio suspiro, se pasó una mano por sus cabellos, apretó su labio y su desvió la mirada de la niña
— ¿Por favor?... solo por hoy…
Resignado corrió a la pequeña a un lado y recostó su espalda a la pared, no había terminado de acomodarse cuando la cabeza de la pequeña se acomodó en su pierna.
—Cuéntame una historia…— dijo abriendo sus enormes ojos.
— ¿Una historia?—preguntó con su ceño fruncido.
—Si alguna leyenda de tu lugar de nacimiento… para dormir.
Sonrió, frunció su boca para recordar algún detalle de su vida pasada en Inglaterra.
— Está bien… esta es de un viejo gordo y espantoso que tenía dos perros ovejeros… ¿Qué?— se detuvo al escuchar la fresca risa de Pandora.
— ¿Cómo Minos?…— preguntó sonriendo—puedes continuar prometo que no interrumpiré…—le dijo mientras sujetaba fuertemente su pierna— ¿tu crees que algun dia besaré a alguien?—interrumpo de nuevo con su semblante serio.
—Lo mas probable es que... si—titubeó el joven juez.
—Si fuera así... quiero que seas tu—dijo mientras cerraba sus ojos para escuchar la historia—sigue quiero escuchar la historia del juez de grifo—rió.
Tras de la puerta sin perder ningún detalle, un par de ojos dorados se giraban de fastidio al ser comparado con unos perros, por el espejo de la cómoda de la niña podía observar con detenimiento cada ademan de Radamanthys y la curiosa química que tenía con la pequeña, de lejos, Aiacos subía por las gradas cargando una botella de licor y un paquete de cartas, Minos le hizo un ademán con sus manos y lo invito a observar, al toparse con la imagen el pelinegro negó con su cabeza sonriendo.
— ¿Licor?— dijo Minos colocando una mano en el hombre del Garuda.
— ¿Qué…?— pregunto en tono burlón.
— Idiota… ¿olvidas que aún no pasamos los dieciocho? …— preguntó indignado.
—Pero si el Wyvern estaba bebiendo whisky hoy en la tarde…
El juez de Grifo lo pensó por un momento, sonrió y lo jalo del brazo.
—Bien… bajemos esa botella—soltó mientras arrastraba a su compañero hasta las gradas.
… … … … …
Sentado frente a una de las ventanas de su ahora nueva recamara, el pequeño peliverde observaba con nostalgia la luna llena, era el primer cumpleaños lejos de su hermano mayor y del resto de los niños, deseaba ver a sus amigos principalmente a Hyoga quien había sido como su segundo hermano en todos esos años en la mansión Kido, sostenía con pereza su rostro mientras delineaba en el polvo de los vidrios figuras graciosas, una roca golpeo ligeramente el cristal, abajo una rubia enmascarada le hacía señas de seguirlo, el niño levanto una ceja, se sonrió, bajó rápidamente de su cama pero unos murmullos tras de la puerta le llamaron la atención, un par de hombres discutían, entre ellos podía diferenciar la voz de su maestro, de repente un peculiar acento le llamo la atención.
— ¿Hyoga?... no puede ser…— susurro, bajo de la cama, no sin antes asomarse de nuevo por la ventana para ver si todavía la niña seguía afuera, le diría que no podía salir todavía, pero ya se había esfumado, regreso sobre sus pasos en silencio y abrió un poco la puerta, aunque no podía ver por lo menos escucharía.
— Maestro Albiore, de nuevo lamento presentarme así de repente, sé que no es correcto pero no tengo con quien dejar a Hyoga e Isaac en Siberia, y usted es de mi entera confianza— decía un joven revestido de oro.
— Es un placer joven Camus, Hyoga e Isaac pueden quedarse acá a entrenar mientras usted regresa
—Por favor no me trate de usted caballero de Cefeo, tengo apenas dieciséis años, y no se preocupe, será apenas esta noche, mañana temprano los pasare a recoger.
El solo escuchar nombrar a su amigo, lo hizo ponerse nervioso y caer delante de todos los presente, ganándose una mirada amenazante por parte de ambos maestros, el rubio chillo de emoción y se abalanzo a su amigo aun en el piso, bajo la confusa mirada del francés y Albiore, se abrazaron como nunca, tantos meses de no saber nada el uno del otro y ahora el destino los reencontraba de la forma más curiosa.
— ¿Lo conoces Hyoga?—pregunto el peliturquesa.
—Si maestro, es mi hermano Shun, vivíamos en la mansión Kido— ambos niños sonreían.
— Bueno, pórtense bien ¿sí? – dijo colocando una mano en el hombro de ambos pequeños —esta vez no está Milo para alcahuetearlos, están en una casa ajena, no quiero quejas ¿Isaac, Hyoga?— pregunto con su serio semblante.
—Si señor…— contestaron al mismo tiempo.
—Tranquilo joven acuario, los mantendré vigilados—dijo Albiore mientras les guiñaba el ojo.
—De nuevo que pena, el santuario necesita mi presencia, hay buenas noticias sobre la princesa y tenemos que estar todos—una pequeña sonrisa adorno por unos segundos su rostro— cada vez más se acerca el día de su despertar y debemos estar preparados, los chicos deben pelear por la armadura del Cisne y estar listos para cualquier eventualidad, de verdad muchas gracias Albiore de Cefeo—Camus hizo una reverencia con su cabeza, que fue inmediatamente correspondida por el maestro de Andrómeda y abandono la isla en un pequeño barco rumbo a el santuario.
Albiore salió a observar cómo se perdía la figura del joven acuario, en silencio unos brazos rodearon su cuerpo.
—Júnele, me asustaste— dijo depositando un suave beso en su boca.
— ¿Ese era el joven Camus?
— Así es mi vida—Albiore la tomo de su cintura y la acerco para besarla nuevamente —buenas noticias sobre la princesa, hay que celebrar — agrego con un tono socarrón, mientras depositaba un suave beso en su cuello.
Su esposa era una mujer joven, la ex-amazona de camaleón, esbelta, con cabello rubio ensortijado y unos profundos ojos violeta, había renunciado a su lugar en el santuario para ser feliz al lado del caballero de plata de cefeo, no sin antes dar la promesa que buscaría una aprendiz para heredar su armadura y quien mejor que su hija June.
—¿Los niños?—pregunto zafándose suavemente.
—Con Shun… deben estar poniéndose al día, son viejos conocidos ¿no te parece divertido? Le cayó del cielo en su cumpleaños— ella sonrió
—¿June lo sabe?
— Sabes que, espérame en la cama—dijo acariciando el rostro de su esposa – olvidaba que esa señorita tiene un serio problema en este momento.
… … … … …
La pequeña rubia regresaba resignada al no poder escaparse de su casa esa noche para ver la luna, pensaba sorprenderlo con un regalo preparado con todo el cariño del mundo, pero se había sentido ignorada por su amigo e iba decidida a exigirle una buena explicación, entro de nuevo a su casa tropezando con su padre que ya la esperaba.
—Señorita…parece que había quedado claro que nada de salidas nocturnas— replico el hombre con ceño fruncido.
—P…Pero padre yo…
—Nada de peros June, a tu habitación, mañana recibirás un castigo por esto— dijo dándole una palmada en su trasero.
La pequeña frunció el ceño y bufo molesta, todo porque el bobo de Shun no había sido lo suficiente rápido para salir, esperó con brazos cruzados que su padre se retirara a su cuarto, rápidamente camino hacia la habitación del peliverde y tocó, colocó su oído en la puerta, y escucho dos voces más, no le dio tiempo de correrse y cayó frente a los tres niños cuando Hyoga le abrió.
—¡June!— exclamo el peliverde— que bueno que estas acá ¿quieres conocerlos?, mira él es Isaac y mi hermano Hyoga… mi regalo de cumpleaños— dijo, los tres rieron.
Se levantó torpemente y saludo con su mano, realmente se sentía abochornada e incómoda frente a ellos, les dio la espalda y corrió hasta su cuarto, solo escucharon el fuerte portazo de su habitación, todo lo que tenía planeado para reclamarle a su amigo se esfumo de su cabeza, se recostó en la puerta y se deslizo hasta el suelo, se regañó, su madre estaría decepcionada de ella, esa no era la actitud de una amazona, debía de ser fuerte y no dejarse intimidar, pero en ese momento había actuado como una niña boba y asustadiza, guardo el regalo que había fabricado y se prometió no dárselo nunca, de todas formas ese adorno no igualaba la felicidad que había traído ese otro niño rubio, quito la pequeña máscara que cubría su rostro y se hundió entre sus rodillas, lloro sin saber el que el verdadero motivo de su llanto, eran celos.
— ¿Es tu novia Shun?—pregunto el rubio sonriendo.
—No Hyoga, ella es la hija de mi maestro Albiore, es mi mejor amiga – contesto molesto el peliverde, viendo luego hacia la puerta donde había desparecido su amiga— usualmente es simpática, ella también entrena con nosotros pero por la armadura de camaleón de su madre, bueno no importa, díganme ¿porque están acá?
— Mi maestro Camus, recibió una carta sellada con un símbolo dorado, no nos comentó nada simplemente nos pidió alistar algo de ropa y acompañarlo hasta acá.
— ¿Y quién es ese Milo del que les hablo antes de irse? ¿Otro maestro?—pregunto Shun.
— No, es otro caballero dorado, es amigo del maestro Camus pero es muy divertido— dijo el ruso, ambos niños rieron—Nos deja comer dulces y nos fabricó un par de trineos.
—El maestro dice que perdemos el tiempo cuando él llega—dijo Isaac que se había mantenido callado.
—Pero no es verdad ¿cierto Isaac? — el niño asintió.
Los tres niños compartieron carcajadas.
—Acá en la isla solo June es mi amiga, el maestro me deja dormir acá porque soy el más chico de todos, los demás duermen en unos cuartos cerca de la casa, vigilados por los aprendices mayores.
La charla continuó hasta que el sueño los dominó, uno a uno cayeron de cansancio, dos felices de verse de nuevo y uno por haberse hecho de otro amigo, ninguno sintió ni vio cuando a través de la ventana un rayo de luz daba al colgante del peliverde, ligeramente se levantó de su pecho y una oscura aura lo rodeo, el pequeño solo se removió en su cama, "tu…yo…por…siem…pre…" repitió mientras el dije volvía a su lugar….
… … … … …
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero la escasa claridad que traspasaba los cristales anunciaba ya la entrada de la mañana, hoy sería un día especial, el hombre que amaba sobre todas las cosas había planeado antes de su partida la fiesta de cumpleaños, se retiró de la cama donde noche tras noche el insomnio la llegaba a acompañar y se sentó el sillón de su habitación, esos meses habían sido duros de llevar, personas que en su vida jamás había conocido ahora llenaban su casa, tomo uno de sus peluches y lo abrazo, aun olía a él, su abuelo se había marchado para nunca más volver y Saori lo sabía. A pesar de su corta edad la pequeña era de admirar, seguía su vida con luto pero sin permitirse derramar más lágrimas de las necesarias.
Salió de su habitación, se cercioró que todavía no hubiera nadie despierto, camino hasta la habitación de su abuelo, tomo las manijas pero nunca las giro, entrecerró sus ojos y giro hacia las gradas, algo la llamaba, no por su nombre pero la voz era hipnotizante , camino rápido hasta detenerse frente a ellas.
—Atena…
Volteo hasta donde le parecía escuchar salir ese susurro, ¿una pared?, colocó sus manitas sobre el alto muro y comenzó a deslizarlas suavemente, de repente algo la detuvo, un abultamiento, apartó las gruesas cortinas que cubrían un par de puertas y se encontró con un enorme candado que las mantenía unidas, ligeramente pasó sus dedos sobre la abertura de la llave y esta se abrió, un escalofrió recorrió toda su espalda. Giro las manijas liberadas y lo que vio la deslumbro.
En un pedestal de marfil estaba una caja de oro, centauros armados con arcos la decoraban, caminó lentamente hasta situarse delante de ella, levantó su mano y acarició los elaborados adornos, terminando de pasar su mano, un brillo cegador inundo la habitación empujándola a un lado, la caja se había abierto, de ella salió una armadura de oro enorme asemejando a un centauro apuntando hacia el cielo, de improviso la punta de su flecha se giró hasta apuntar a su corazón, en el suelo la pequeña pelilila no cabía en su asombro, ¿por qué escondían eso en su casa? se preguntaba ¿sería acaso un regalo para ella departe de su difunto abuelo?, suavemente se levantó y sin temor alguno se acercó hasta tocar con su índice izquierdo la punta de la saeta, al sentir el contacto de su prematura diosa la armadura comenzó a tintinear en armonía con ella, su cabello se agitaba suavemente, sus orbes grises comenzaron a brillar de manera sobrenatural mientras en su mano derecha una luz dorada se extendía, dos lagrimas rodaron sobre sus mejillas.
—Saoriiii —fue lo último que escucho antes de caer inconsciente.
Todo se había acabado, suavemente la normalidad se apodero de la habitación, en el suelo la pelilla inconsciente era atendida por los enfermeros que se mantenían en la mansión, mientras Tatsumi se regañaba mentalmente por haberse descuidado de la niña.
—¿Cómo está?—preguntó ofuscado a uno de los hombres que atendía a la pequeña.
—Solo tiene una pequeña quemadura en su dedo índice, y también en la mano derecha, pero nada de gravedad, el resto está bien— respondió el muchacho mientras le limpiaba la mano— esta exhausta… pareciera como si hubiese corrido todo un día.
—Llévenla hasta su habitación, la fiesta se suspende hasta nuevo aviso— dictó el mayordomo— lo siento princesa, todavía no está lista para esto, no me permitiré otro descuido más —acarició suavemente la frente de la pequeña que pasaba a su lado en una camilla— que esta puerta sea sellada— dijo ante todos— nadie debe ingresar a este lugar a partir de hoy.
… … … … …
continuaraaaa
