ESTO ES ¿COSMOS?
Recostada sobre su cama observaba los graciosos angelitos pintados en su techo, suavemente giro sobre su cuerpo y se incorporó, camino hasta su cómoda y tomo el viejo cepillo, lo deslizo suavemente sobre sus cabellos mientras cerraba sus ojos para memorizar cada sensación que le otorgara aquel objeto, recordaba como apenas unos meses atrás el gran Wyvern le había ayudado a educar esa energía, su mejor arma a partir de ese momento, ese día conocería frente a frente lo que en tanta teoría los espectros habían tratado de incorporar en su vida, el cosmos, detuvo el cepillo cuando unos golpes sacudieron su puerta.
—Ya es hora…— Sonrió Minos.
La pequeña asintió con su cabeza y se levantó, observo con detenimiento cada detalle de la habitación que la había reguardado por casi trece años, se acercó a la cuna y tomo el cuerpo inerte que albergaba la esencia de Hades, suspiro, ya no habría marcha atrás, el día para el que había sido preparada con tanto esmero por el Wyvern había llegado, no había tiempo para arrepentimientos, ni para miedos, solo quedaba caminar y afrontar su destino.
Salió de su habitación para encontrarse con tres espectros que la esperaban ansiosos, una mano en su hombro y un par de sonrisas anunciaron el comienzo del largo descenso hacia el inframundo. Caminaron por el pasillo más largo del castillo, justo entrando al invernadero una tenue luz indicaba la ruta secreta, frente a ella, dos enormes puertas de cristal se abrían suavemente, paró, por un momento quiso huir de esa sensación que la abordaba y apretó el bulto que cargaba en sus regazos, de repente unos enormes brazos la rodearon.
—Tranquila…
Esa ronca voz cerca de su oído, era como un arrullo, sonrió, giro suavemente para aferrarse por última vez de la mano del rubio, quien no dudó un instante en estrujarla con suavidad, poco a poco bajaron por las enormes gradas, Aiakos adelante, junto a ella Radamanthys y detrás Minos, tal vez jamás lo admitirían pero la emoción era demasiada, a veces era la parte buena de ser un espectro, expresar las emociones no estaban en el contrato de trabajo para ellos, lo que hacía a veces más fácil lidiar con los miedos de la pequeña, que en ese momento estaba a punto de perder todo lo que humanamente había conocido, la vida que dormía en el tártaro al fin despertaría de la mano de la infanta Pandora.
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La oscuridad dominaba el camino, un pequeño brillo al final de las escalinatas señalaba la salida, o en este caso la entrada al infierno, guiados por el cosmos de la niña, los cuatro llegaron frente al edificio central del inframundo.
— Y esto pequeña Pandora… Es Giudecca – decía Aiakos dejándola pasar.
— Vamos, dentro hay algo que le pertenece – continuo Minos.
La niña sonrió, a pesar de ser oscuro y fantasmagórico el lugar tenía su encanto, delante de ella se levantaba un templo majestuoso, grandes gradas guiaban hasta su entrada, dos columnas de marfil dividían un amplio corredor y en medio de ellas una puerta labrada era custodiada por figuras semejantes a gárgolas, Minos y Radamanthys se adelantaron para abrirlas.
La pequeña desencajo su rostro, la vista era mágica, un largo pasillo con una alfombra bastante vieja se extendía hasta un trono de dos sillas, en una de estas, un tridente de oro semejante al de Poseidón estaba recostado. Camino despacio hasta llegar al objeto, este comenzó a tintinear al sentir la presencia de su dueña, la pequeña suspiro, comenzaba a sentirse en su hogar.
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Tras el trono, dos habitaciones bien arregladas se disponían a recibirla, camino hasta la primera colocando el bulto de hades en medio de la cama, se dispuso entonces a curiosear la otra recamara, un poco más pequeña, pero igualmente cómoda, la cama era enorme y un gigantesco ventanal daba una vista casi panorámica del lugar, muebles antiguos decoraban la habitación, una mesa con su silla y un ropero enorme que abarcaba casi toda la pared, delineo cada figura tallada hasta encontrar las manijas, su sorpresa fue más cuando al abrirlo encontró varios vestidos decorados con delicadeza, claro siempre cumpliendo con la característica negra del lugar, bastante exóticos y provocativos para su gusto por cierto, debajo, en una caja de madera tallado con letra de preescolar estaba su nombre, rápidamente saco la pequeña urna y la deposito en la cama, en su interior había un vestido parecido a los que colgaban pero de menor tamaño. Sonrió, cerró la puerta y se cambió, se sentía un poco incomoda al verse frente al espejo pues el escote en v en su espalda era muy provocativo para una niña, definitivamente la pandora de hace doscientos años no conocía la palabra pudor, pero ya se acostumbraría pensó.
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—Mujeres… no importa la edad tardan una eternidad en alistarse– decía Aiakos, mientras tronaba sus dedos.
Los otros jueces rieron sentados en las escalinatas, de repente sus risas fueron calladas, lentamente se pusieron de pie, Aiakos giro su rostro guiado por la mirada de sus compañeros y simplemente sonrió, la vista era encantadora, frente a ellos una pequeña marcaba bajo un vestido la delgada línea entre la niñez y la pubertad, con su cabello sujeto de una prensa plateada y un vestido negro largo que mostraba una pálida espalda parecía mayor para su edad, su delegada pero ya torneada figura era delineada por el ajustado traje, con sus finas manos recogió lo que aún le sobraba de la falda y camino hacia los jueces.
—Lista…— les sonrió.
Los tres jueces asintieron con su cabeza, Minos tomo el tridente y se lo colocó en sus manos.
— Todo suyo, señorita Pandora – la niña lo sujetó y devolvió una reverencia con su cabeza.
—Suerte…— Susurro Aiakos acariciándole sus cabellos.
— Recuerde todo lo que le enseñe, solo debe cerrar sus ojos y dejar que fluya en su interior – le dijo el Wyvern sosteniéndola por sus hombros.
Abrió su boca pero nada salió, tal vez mas adelante les daría las gracias por todo, simplemente suspiro y asintió.
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Se sentía lista, observo por última vez los tres ahora casi hombres que tenía al frente, desde ese día dejarían de ser aquellos tres que la cuidaron, para convertirse en los espectros élite de hades, retrocedió un par de pasos, se colocó justo en medio del lugar y cerro sus ojos.
Lentamente subió sus brazos, en una de sus manos el tridente brillaba, suavemente la energía comenzó a fluir, primero como delicados rayos de luz tenue, luego como llamas purpura que envolvían el cuerpo de la pequeña haciéndola levitar, un resplandor cegó por completo los tres jueces que se mantenían a la expectativa que algo saliera mal, cuando la vista regreso a sus pupilas el lugar era increíble, mientras la niña se mantenía suspendida en el aire, de todo su cuerpo salían como rayos corrientes de energía que cubrían todo el lugar llenándolo de vida, su vestido y cabellos se agitaban de manera fuerte pero al mismo tiempo delicada, desde los tronos hasta el edificio entero cobraba vida, las figuras poco a poco familiares se despertaban de un largo sueño con movimientos torpes y sin coordinación, dos lagrimas corrieron por las mejillas de la niña que era sacudida por imágenes del pasado de Hades y sus séquitos, tiro su cabeza hacia atrás dejando escapar un grito ahogado, lentamente fue bajando hasta quedar de pie en el suelo sostenida en ambas manos en su tridente con su respiración agitada y aun envuelta en el enigmático brillo, ahí, bajo el escrutinio de 105 espectros ya hacia al fin despierta la heraldo que los guiaría en la nueva guerra santa.
—Esta lista—musito Radamanthys—al fin ha despertado.
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De repente tres sapuris bajaron frente a los jueces, Grifo, Wyvern y Garuda, las tres tintineaban ante sus dueños en un afán de ser vestidas, con solo el roce de los dedos de sus portadores las armaduras se desarmaron, podría decirse que con la misma emoción que una mujer se despoja de su ropa frente a su amante, junto a esa sensación de poder fueron finalmente vestidas, como un abrazo cada una de las partes se acopló a cada musculo de los espectros que las esperaban ansiosos, produciendo ante la mirada de la niña un hermoso espectáculo.
Ya revestidos el Wyvern caminó hasta la niña junto a Minos y Aiakos, imponentes con sus sapuris, sabían que producían ese efecto aun ante sus espectros, llegaron hasta Pandora que ya recuperada mantenía un temple indoblegable, sin previo aviso Radamanthys coloco una rodilla en el piso y su mano en el pecho, de igual forma los otros dos jueces doblegaron sus cuerpos, ante la mirada de Pandora uno a uno los espectros menores fueron colocando su rodilla igualando a los tres Kyotos.
La pequeña se acercó a los hombres y coloco una mano sobre los dedos de Radamanthys, justo como la primera vez que la encontrase siendo casi una bebe de menos de cuatro años, pero esta vez hubo algo diferente, la mano no se detuvo ahí, continuo subiendo a través de su cuello ante la mirada extrañada del Garuda y El Grifo.
—Fiera…— musito la niña
El rubio levanto su mirada, asombrado que la niña recorriera cada línea de su rostro y le nombrara como su estrella, luego se acercó a Minos y le tomo el mentón
– Noble – sonrió, volteo a Aiakos y acaricio su cabello –Valiente –susurro, regreso al lugar de donde había partido y coloco su mirada en el Wyvern, este sentía que lo observaba como si fuese la primera vez que se cruzaran sus miradas, un poco nervioso, si se podría llamar así, se levantó de su sitio y giro sobre sus talones.
— Sean bienvenidos de su sueño, espectros – exclamó el rubio – la señorita Pandora querrá recordar sus sus nombres y sapuris, cuando se presenten a ella inmediatamente nos buscaran, la guerra santa se aproxima y no podemos perder más el tiempo— giro hacia la niña e hizo una reverencia con su cabeza, la niña la respondió.
En silencio, la jovencita se dirigió hasta su lugar en el segundo trono, ocultaba de forma magnifica su pesar al sentirse abandonada por sus jueces, pero su destino al fin había sido expuesto y de ahora en adelante nada sería igual.
Los observo hasta que se perdieron detrás de las enormes puertas, esperando que su espectro predilecto por lo menos tirara una mirada hacia atrás, solo para asegurarse que todo estaría bien, pero nada, suspiro y observo el lugar, uno a uno los guerreros se presentaron ante su señora.
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Sin siquiera voltear los otros dos jueces le siguieron el paso al Wyvern saliendo del lugar, en la entrada los tres estrecharon manos y se dirigieron a cada una de sus prisiones, el trabajo apenas comenzaba.
El último en partir fue el juez de Caina, estaba dispuesto a regresar por la misma puerta cuando una presencia conocida lo detuvo
—Mi señor Radamanthys…— exclamo una voz desde las sombras. Una retorcida sonrisa adorno el rostro del rubio
—Zeros…— mascullo – tanto tiempo – exclamó con sorna el juez.
—Mi señor se ve… retraído… ¿mucho tiempo en tierra firme?— sonrió el espectro.
— Eso no te importa renacuajo, vete, cuida bien de la niña Pandora, no la dejes ni un momento… sola— susurro con pesar.
El espectro levanto una ceja, su señor Radamanthys aún conservaba ese temple indomable, pero muy dentro había algo diferente, lo observo desaparecer entre las penumbras del averno, con su paso lento pero magnifico, tras de él la fina figura de Valentine le perseguía.
—Así será mi señor… Así será…—mascullo el espectro de Frog.
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En la recamara donde reposaba hades, un leve brillo adorno las paredes, en vez del bulto que ya hacia sobre la cama, el cuerpo de un joven de mágica belleza reposaba, casi transparente, el alma del rey del inframundo hacia cuenta regresiva para encontrarse con su futuro cuerpo.
Primero un suave parpadeo, luego un movimiento para sentirse parcialmente vivo, todo a su alrededor era conocido, como una brisa se incorporó hasta recostar su espalda en el respaldar de la cama, giro su rostro hasta toparse con algunos cuadros viejos pintados por Alone, eran bellos, no había duda, pero también le recordaban como ese niño había jugado con su poder, esta vez tendría más cuidado, un rápido movimiento hizo voltear su cabeza hacia la ventana, sonrió.
—Thanatos… Hypnos
—Mi señor…— contestaron al unísono.
— ¿Mi cuerpo? – pregunto
—En los campos elíseos…— explico el dios de la muerte
—Descansando…— continúo Hypnos
—Pierda Cuidado… mi señor…— Dijo Thanatos en una reverencia— todo marcha en absoluta normalidad.
— Así debe ser… no me dejen solo— sonrió Hades— retírense
Ambos dioses se alejaron del lugar inclinando su cabeza dejando a un rey del inframundo sumergido en un sueño otra vez.
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Una semana de extraña precipitación, un huracán azotaba la costa, aun así su maestro no daba descanso a él joven fénix, extenuado por la reciente practica con su cosmos que comenzaba a resurgir de su interior, el peliazul ya contaba con una costilla bastante lastimada, el cansancio era severo y se veía reflejado en sus pálidos labios y sus ojeras, sin embargo la voluntad inquebrantable de Ikki era fortalecida por los mimos de la rubia a escondidas de su padre.
Atrincherado en su habitación el peliazul se negaba a salir, sin siquiera poder ir a desayunar, el dolor en su costado lo mantenía refugiado entre las sabanas, aun así podía escuchar en la cocina los platos y cucharones movidos por Esmeralda, que preparaba el almuerzo con la esperanza que su amigo probara aunque fuera un bocado.
El silencio se hizo presente, atento a todo movimiento el niño se sentó en su cama, con suavidad la puerta de su cuarto se habría para dar paso a la pequeña cocinera con una bandeja en sus manos.
—Te traje algo de comer fénix—sonrió la niña.
—No tengo hambre… gracias—dijo volteando la cara hacia la ventana.
La pequeña frunció sus labios, realmente le preocupaba que su amigo no probara bocado alguno, bajó la bandeja al suelo y lo observo mientras él se perdía en los hilos de agua que bajaban por la ventana, suavemente tomo su rostro entre sus manos y la obligo a verla por unos momentos.
—Me haces el favor y quitas esa cara de mártir que tienes… levántate, te mostrare un lugar especial — dijo soltándolo.
—Esmeralda no quiero salir, no me siento bien me duelen las… auchh— chillo el peliazul mientras la niña lo empujaba para revisar sus costados.
—Nada… el anciano me dijo que estarías bien para el sábado y hoy es sábado…Así que levántate si no quieres que yo sea la que te las lastime de nuevo— una sonrisa adorno el rostro del joven.
Sin ella su vida sería oscura y aburrida, casi estaba seguro que no hubiese vivido mucho sin su apoyo en ese lugar. Con toda la pereza del mundo se levantó tomo su camisa y se dispuso a salir, de repente paro y observo por la ventana.
—Pero está lloviendo – susurro frotándose los brazos.
—No te vas a derretir fénix… apúrate… te espero fuera – dijo la rubia, el peliazul soltó un suspiro fuerte y sonoro, negó con su cabeza y salió de la habitación.
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Fuera de la casa la niña la niña le entregaba una capa para cubrirse, listos los dos comenzaron la travesía, esta vez la pequeña llevaba la delantera como una experimentada guía, con fiereza sostenía su mano como si este se le fuera a escapar.
Bajando por las laderas de la montaña un extraño camino se ocultaba detrás de algunos matones, parecía una cueva, sin miedo alguno la niña entro en el lugar jalando a su asombrado amigo, el calor era insoportable, pero la niña parecía inmune al vapor, no paso mucho hasta encontrar una salida, dejando atrás la cueva existía una planicie corta, no había más camino que lanzarse al vacío a una cascada o devolverse a través de la ahogante cueva, la combinación de tan exótica belleza era realmente mágica.
De repente no sabía por qué pero una sensación de inquietud se apoderaba de él, avanzo hacia la orilla del precipicio y observo la larga caída hacia una poza, la fuerza que la corriente emitía provocaba un viento que hacia bailar sus rizos azules en la frente, hacia abajo la oscuridad le decía que aquella laguna poseía una enorme profundidad.
—Muy lindo… ¿podemos irnos ya?— el pequeño tomo la mano de la rubia, quien le miraba divertida.
—Oye…Pero este no es el lugar del que te hablaba bobo…— dijo zafándose del niño.
Sabía que esa sensación no era buena señal, paso sus manos en su cara limpiando las gotas que escurrían desde su frente, cruzo sus brazos para darse postura de valentía y con su semblante serio la observo, delante a él con brazos colgando a cada lado de su cuerpo la niña sonreía de manera maliciosa.
No sabía por qué pero sus ojos viajaron del rostro de la niña al abismo que se presentaba ante ellos.
—Jamás…— susurro el pequeño desencajando su rostro.
— ¿Apostamos?—exclamo la pequeña.
Sin previo aviso la niña retrocedió un par de pasos, giro y corrió haciendo que el peliazul trataba de sujetarla, más rápida que ligera la niña abrió sus brazos y se lanzó al vacío ante la mirada incrédula de su amigo.
—Por Dios… estás loca — grito viendo perderse la melena amarilla entre la corriente.
Retrocedió un poco sintiéndose torpemente obligado de seguir a su demente amiga, en ese momento no sintió dolor o molestia alguna, se acercó a la orilla abrió sus brazos, suspiro, cerro sus ojos y se dejó caer, la velocidad aumentaba significativamente mientras las gotas de agua producían un pequeño ardor en su cara, apretó aún más sus ojos al sentir el golpe de la corriente, casi acaricio el fondo de la laguna y a como pudo se impulsó con sus piernas pero la fuerza con la que el agua se manejaba le impedía salir a tomar aire, de repente un fuerte agarre le sujeto de sus brazos hasta unas rocas.
—Te salve – esos enormes ojos verdes le observaban con una mueca de burla en su boca.
Bufo, se incorporó sobre las enormes piedras y sacudió el exceso de agua en su cabello, observo con enojo a la niña, quien simplemente se colgó de su cuello.
—Vamos… no te puedes quejar…— el peliazul siguió sin contestar, sintió la niña alejarse para tomar su mano y el simplemente la siguió, llegaron hasta una estrecha entrada tras la cortina de agua, dentro un lugar oscuro los esperaba.
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El famoso lugar no era más que una cueva oscura sin salida alguna.
—¿Este es tu lugar especial esmeralda?—pregunto con sorna el peliazul.
—Ja… que gracioso Ikki…—la niña se cruzaba de brazos, y aunque la visibilidad era casi nula el chico se imaginaba a la rubia con sus muchas muecas de molestia que acostumbraba.
—Bueno no te molestes… es solo que hay millones de cuevas en esta isla y…
— ¿Puede encender esas llamas raras que haces con mi padre?
—Cosmos Esmeralda… se llama cosmos
—Bueno cosmos ¿puedes encenderlo?
—Creo que si… apenas estoy aprendiendo ¿pero para qué?... si se puede saber
—Una vez, antes de que vinieras, me encontré con este lugar, traje una antorcha pero la humedad es demasiada así que al ponerla el suelo la llama se apagó— la rubia se acercó al chico y enrollo sus manos en su antebrazo – cuando la luz entra a este lugar se convierte en magia, tienes que verlo por ti mismo es impresionante.
No podía ver su cara pero su tono de voz realmente entre suplica y asombro le parecía de lo más adorable, retirando suavemente las manos de la pequeña trato de ubicarse con ayuda de sus piernas en un lugar considerando que era el centro de la cueva, cerro sus ojos y se concentró.
Un calor comenzó a recorrer cada parte de su cuerpo seguido de un aire que poco a poco comenzaba a llenar el lugar, de sus manos dos enormes esferas de fuego fueron tomando forma, pero no solo se quedaban en sus manos si no que comenzaban a recorrer su cuerpo, su cabello azulado se agitaba violentamente de igual forma el de la niña que se mantenía asombrada por la fuerza de la energía.
Retrocedió un par de pasos, obligada por el calor del cosmos hasta caer sentada entre algunas rocas.
—Ikki…— grito – no puede ser—musito—… abre tus ojos
El peliazul lentamente abrió sus ojos y la vio, delante de él la armadura del fénix se levantaba imponente, orgullosa, giro su rostro para observar todo el lugar, de verdad mágico, algunas piedras de cuarzo incrustadas en lugares estratégicos de la cueva proyectaban hacia la armadura rayos de colores, en las paredes dibujos de arte casi primitivo contaban la historia de la armadura de bronce, fabricada según los antiguos con el fuego de Fire Mountain hace más de trecientos años, mucho antes que el furioso volcán borrara el antiguo pueblo llevándose al olvido el secreto de su armadura.
Aun iluminado se acercó hasta le figura del pájaro de fuego, al sentir los pequeños dedos de su posible portador la armadura tintineo guiada por su cosmos, de repente el niño se paralizo, sus ojos abiertos como platos se tornaron de un color ambarino.
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La niña sonreía, se acercó hasta la pared donde un dibujo de un guerrero vistiendo el ropaje bronceado hacia un ataque muy parecido a los de su padre, luego observo al peliazul y una mueca de temor se apodero de su rostro.
Algo no estaba bien y la niña lo sabía, logro ver el rostro desencajado de su amigo frente a la armadura inmóvil, sus ojos no eran los mismos, esos orbes azules habían tomado otro color, y reflejaban poder, soberbia, pero aun más fuerte, miedo, trato de gritar pero nada era suficiente, se acercó suavemente a su lado y aunque el calor que emitía el joven fénix era casi insoportable intento tocarlo, el fuego que rodeaba al peliazul enrojecía sus manos pero eso no la detuvo, con fuerza lo empujo hasta alejarlo del ropaje bronceado mientras sostenía con dolor sus extremidades.
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Sentía que su cuerpo le quemaba pero no podía detenerse, el breve empujón de esmeralda lo había sacado del trance puesto por su futura armadura, cerró con fuerza sus ojos y calmo esa energía que lo rodeaba, con suavidad la luz se fue apagando hasta volver a la oscuridad.
Sentados entre las sombras sintió como la niña busco el refugio en él, quien no dudo un momento para estrujarla entre sus brazos, ambas palpitaciones eran lo único que escuchaban entre el silencio y el susurro de la corriente que caía desde arriba, con lentitud zafaron el abrazo y se levantaron, salieron sin cruzar palabra alguna, aquello había sido impresionante y a la vez realmente peligroso.
— Así que… ese es el cosmos… ¿ha?— murmuro la rubia, el simplemente asintió, volteo hacia la rubia y la observo.
—Te hice daño…—miro con tristeza las manos enrojecidas de la chica – prométeme que te mantendrás lejos cada vez que entrene con mi energía…—tomo el pequeño mentón con su mano y deposito un tierno beso en sus labios— jamás me perdonaría herirte, otra vez—dijo con pesar.
La rubia sonrió, mordió con delicadeza su labio y asintió con pesar, prometería alejarse pero jamás abandonarlo, ella sabía que él nunca lo entendería así que callo su secreto y simplemente lo abrazo.
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Caina estaba como siempre, callada, solitaria, elegante, acaricio los enormes pilares que adornaban la amplia entrada de su recinto, caminó hasta encontrarse en su dormitorio, sonrió al ver su enorme cama arreglada, todo estaba en perfecto orden, la poca ropa que estaba en el gigantesco ropero, mostraba la elegancia y clase que lo rodeaba desde épocas remotas.
Retiro su sapuri con lentitud hasta quedar en solo su pantalón y camisa, zafo sus botas y quito el resto de prendas que sentía le estorbaban quedando solo en ropa interior.
A gatas camino en su cama y se dejó caer boca arriba observando el techo viejo pero hermoso, cerró sus ojos para tratar de llamar un poco el sueño, unos minutos de descanso antes de que llegaran el resto de espectros no estaría mal.
—Mi señor Radamanthys—escuchó que le llamaban, pero esa delicada voz, no era su señora Pandora, ¿qué hacia una mujer ahí en su casa?
— ¿Quién eres demonio?, muéstrate o lárgate, no quiero que me fastidien—exclamo el rubio.
Una risita picara invadió el silencio del lugar, poco a poco unos cabellos blancos y alborotados se dejaron ver, resaltando el dorado penetrante de sus ojos.
— ¿Valentine?—preguntó el joven— pero como rayos… ¿Qué te paso?
—No lo sé…— contesto enrollando uno de sus dedos en el cabello— pero para mí es lo mejor que pudo haberme pasado—se despojó de su ropa masculina, y quedo frente a él una joven hermosa de cabellos blancos y cuerpo esbelto, con movimientos casi felinos se acercó hasta su cama, el juez se recostó en sus codos aun extrañado de tal manifestación, pero la mujer no se detuvo ahí, suavemente subió a la cama y gateo hasta colocarse arriba del juez que ni siquiera se movió, con un movimiento rápido pero seguro rozo los labios del Wyvern, quien la lanzo a un lado levantándose de la cama.
— ¿Que significa esa estupidez Valentine?— pregunto limpiándose toscamente su boca—no sé qué tienes en tu cabeza pero para mí siempre serás Valentine de arpía, con o sin pechos, no eres más que mi espectro de confianza.
La ahora joven mujer bajo su rostro—usted no lo entiende…— dijo sollozando— toda mi vida lo he admirado, venerado, idolatrado, más que al señor Hades, lo he amado… deseado— se levantó de la cama aun sin vestir su ropa buscando el abrazo de su señor— siendo hombre jamás pude expresarle con libertad lo que sentía — con sigilo se acercó a el juez que se mantenía paralizado, confundido, rodeo su cuello con sus ahora delgados brazos y deposito un beso nuevamente en los labios del Wyvern, un beso que esta vez su juez no le negó.
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Con fiereza el rubio tomo su cuello y apretó con deseo el cuerpo de Valentine, de repente su lengua se abrió paso a la boca de la arpía, mientras ella le acariciaba, sin previo aviso el juez se apartó del espectro, sus miradas ambarinas se encontraron unas ardiendo de deseo y otras confundidas, estas últimas eran las del juez, limpio el rastro de saliva que había quedado cerca de su boca y bufo, ¿qué pasaba? por qué el destino le jugaba tan sucio de nuevo, Valentine su espectro casi favorito, ese joven que nunca le cuestiono orden alguna, que se mantuvo cerca de él, ahora era una mujer enamorada de su superior, pero un amor que jamás iba a corresponder o tal vez …
Sin saber cómo ni cuándo, el rubio se acercó a su espectro, la tomo con rudeza entre sus musculosos brazos, no sabía y por el momento no le importaba porque lo hacía, simplemente se dejó llevar, cerró sus ojos e imagino cada caricia con un nombre, Pandora, ese día Valentine se daría gusto con su cuerpo, le permitiría desahogar cada uno de los sentimientos que mantenía estrujados, pero jamás entraría en su corazón, el rubio sabía que le hacía daño a ese ser pero la misericordia era un privilegio reservado.
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Se levantó realmente agotado, ladeo su cabeza haciendo crujir sus huesos, se sentó en su cama y observo el cuerpo de la arpía, esta aun dormitaba, se acercó y paso sus dedos en su pálida espalda, esta se removió entre las sabanas, el espectro giro hasta encontrar su mirada ambarina llena de indiferencia.
—Levántate– le ordenó.
Valentine se sentó dejando caer con sensualidad las sabanas sobre su cuerpo.
—Ponte algo decente— el juez camino y se dirigió al baño—aquí no ha pasado nada, cuando salga espero que te hayas marchado— dirigió una última mirada a la arpía.
Se sostuvo las sienes, le dolía la cabeza, había cometido un grave error, sintió las manos de la arpía en su espalda, le escucho susurrar su nombre.
—Lárgate…— musito
—Sabes que no podrás liberarte de mí… mi señor – susurro en su oído.
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Valentine camino rumbo a Giudecca, buscaría a alguien que le ayudara a solucionar su problemas de género, primero tenía una idea, ganarse la admiración de su señor a como diera lugar y tal vez así ganarse un lugar en su corazón, así tuviera que apartar a la misma Pandora, o mejor aún ganarse su confianza. Una sonrisa siniestra adorno su rostro.
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Más que un sueño una pesadilla lo acongojaba, unos ojos purpura se abrían lentamente mientras su nombre era susurrado, se encontraba desnudo cubierto de sangre que no era de él, mientras unas manos le sujetaban con fuerza sus brazos y piernas, de frente se levantaba el proceder del líquido que lo bañaba, en los brazos de su diosa yacía un niño peliverde de mirada dulce y triste que lloraba, la sangre emanaba de sus ojos en cantidades exageradas y su señora no podía hacer nada, de repente los papeles cambiaban siendo una joven de cabellos morados quien sostenía al infante, ayúdame, balbuceaba el menor, pero todo intento era en vano,—Shion… — un grito de su deidad lo despertaba de la tortura que tenía, con su respiración agitada poco a poco se incorporó en su cama, una fina capa de sudor cubría su rejuvenecido cuerpo, un pacto de lealtad sellado con sangre de la anterior reencarnación de su diosa le había devuelto su juventud días atrás, preparándolo así para la nueva lucha contra hades, en su habitación pergaminos amarillos se extendían por todo el piso casi tapizándolo, abrió la ventana que lo llevaba a su balcón, de ahí las estrellas parecían gritarle—No entiendo quien peligra… ¿eres tu mi diosa? ¿Acaso peligras aunque te hallamos alejado de este lugar?— musito.
La guerra contra Ares había terminado, habían recuperado la vida del caballero de sagitario y todo parecía marchar en orden desde entonces, noticas alentadoras sobre la joven diosa lo habían regocijado meses atrás, pero ese sueño que anunciaba mal presagio lo había puesto de nuevo intranquilo, llamo de inmediato a la mayoría de la orden a reunión en el salón papal.
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Algunos con pocas ganas, otros atentos y despabilados ante cualquier orden, así fueron llegando uno a uno los caballeros que estaban es ese momento en las doce casas, envuelto en una túnica blanca su patriarca hacia aparición.
—Muchachos, un sueño a puesto en alerta mis premoniciones – dijo – la llegada de Hades está cerca y por lo visto la amenaza está más ceca de lo que imaginamos.
—Maestro – tomo la palabra el joven Mu – pero la señorita Atena está bien..., su abuelo luego de morir dejó estrictas ordenes sobre su cuidado, tal y como se lo pedimos.
—Además— agrego Shura—no podemos poner en riesgo su ubicación, los espectros ya deben de estarse reuniendo y buscarla a estas alturas sería un peligro para ella.
Todos asentían, el patriarca los observaba detenidamente, sus rostros juveniles ocultaba su maduro razonamiento.
—Lo se hijos míos, buscarla en este momento sería un error—camino suavemente alrededor de la mesa donde estaban reunidos—pero considerando la gravedad de mi sueño, dar un vistazo no estaría mal pero ¿Cómo?
—Tengo una idea—exclamo Milo— sé que suena descabellado pero… tal vez podríamos esconder nuestro cosmos y… viajar en avión hasta Japón como personas normales y simplemente cerciorarnos que todo está bien… y ¿ qué dicen?.
Todos se miraban de uno a otro levantando hombros y frunciendo ceños, Shaka negaba con su cabeza mientras Mu y Aioros asentían, el patriarca sostuvo su barbilla por unos momentos, giro hacia la mesa y coloco ambas manos sobre el mueble.
— Me parece una idea, descabellada sí, pero tiene sentido – sonrió – que dentro de unas horas tres caballeros viajen hasta Tokio y no vuelvan hasta que estén seguros que todo está en orden, lleven dinero y ropa normal, y por favor discreción— dirigió una mirada amenazadora al escorpión quien solo sonrió.
De nuevo compartían miradas confundidas y comentarios en bajo.
—Ha… Maestro quienes irán…
—Milo, Mu y Aioros, sean cuidadosos, si algo sale mal – dijo señalando al pelilila— Tú los traerás a todos, y eso incluye a la princesa, de vuelta al santuario.
—Ammm… ¿maestro?— pregunto Milo—¿Como la reconoceremos, solo conocimos a su madre?
—Lo harán… ya veras, tienen la dirección de su escuela, y una foto de ella cumpliendo un año, además no hay muchos con el apellido Kido en Japón aparte de unos niños todos varones, así que será fácil ubicarle
Camino hasta la puerta y despidió a todos los demás, el día apenas comenzaba a aclararse y la misión estaba en rumbo a ser cumplida, suspiro – que Nike los cubra hijos – se adentró en sus aposentos y se hundió en sus pergaminos una vez más.
A los jóvenes caballeros les esperaba un largo viaje de más de cinco horas, así que partirían lo más rápido posible.
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Una aburrida clase de artes provocaba bostezos en la pequeña pelilila, con su cabeza recostada esperaba el recreo de las 2 y 45, hoy era uno de esos días de taller donde las cinco en punto marcaba su retorno a casa, a su lado sus mejores amigas jugueteaban con la arcilla, en un papel la pequeña Saori dibujaba, primero comenzó con un circulo, luego una media luna más parecida a un ángel, trazo unas líneas de colores y dibujo una princesa, el timbre puso fin a las clases de arte y anuncio el esperado descanso.
Bajo un hermoso árbol de sakura las tres niñas degustaban sus almuerzos, conversaban de los más diversos temas que podían, de repente la pelilila volteo su rostro hacia las mallas de la escuela, tres hombres les observaban, entrecerró sus ojos y volvió a su almuerzo.
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—Nos vio…— susurro Aioros.
Los tres caballeros giraron hacia lados opuestos, lo primero que se les había pedido, discreción, pero que contento estaría Shion de saber qué fue lo primero que olvidaron. Lentamente caminaron hacia el otro extremo de la calle.
— ¿Cómo sabes que es ella Aioros?— pregunto Milo.
— Intuición Masculina – sonrió.
— Milo…—rio Mu— es la escuela que nos dijo el anciano Kido… y esta es la foto de ella cuando cumplió un año— señalo.
Milo giro hacia el caballero de sagitario y golpeo el brazo.
— Que gracioso Aioros, casi me la creo – dijo con sorna, los otros simplemente rieron
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Había algo peculiar en esos tipos, algo que ella no sabía bien pero presentía de alguna u otra forma que la buscaban , se acercó a la malla y entrelazo sus deditos en el alambre, los observaba discutir y reírse con unos papeles, pero que raros que eran de verdad, ¿Qué harían ahí?, si algo era imposible para ella era su incontrolable curiosidad, la misma que le había costado semanas de recuperación desde el altercado con la armadura dorada de sagitario, ladeo su cabeza, volteo a ver a sus amigas que se mantenían ocupadas decidiendo quien compraría el vestida más lindo de la tienda, giro de nuevo hacia los tres hombres pero ya se habían desaparecido, chasqueo su lengua con fastidio y volvió a su lugar, otra vez será pensó.
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Los tres caballeros se mantenían ocultos tras unos arbustos, al sentirse observados habían esperado un descuido de la niña para esconderse.
—Genial…ya sabe que la buscamos— exclamo Mu
—Pero nuestra misión es saber que todo está bien ¿no?—pregunto el joven escorpio.
—Si pero Shion dijo discreción…— exclamó Aioros.
—Si... Lo sé pero piénsenlo bien, ¿Cómo sabremos si está bien si no nos acercamos y le preguntamos?...— sonrió
Los tres fruncieron su ceño, y asintieron lentamente.
—Está bien… ¿cuál es el plan?, digo… no nos acercaremos así no más ¿verdad?, luego pensara que somos pedófilos— de nuevo tres ceños fruncidos.
—Le hablaremos por la malla y le diremos que somos amigos de su abuelo…luego le preguntaremos como esta y listo… vamos—el sagitario coloco ambas manos en cada hombre de sus jovenes compañeros.
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No camino mucho para escuchar unos murmullos a su espalda, volteo rápidamente para encontrarse con tres pares de ojos que la miraban curiosos, lentamente se devolvió y se acercó sin el más mínimo temor a los tres hombres.
—Hola…— su cantarina voz, los hizo sonreír.
—"Habla japonés" — dijo mediante su cosmos mu
—"utilicen su cosmos para entender"— les contesto Aioros, Al ser el mayor de los tres tenía un poco más de conocimiento –"como cuando hablan con Shura o Camus"— los otros asintieron.
—Hola— respondió Mu— ¿Eres Saori verdad?
La niña mostro una enorme sonrisa y asintió, luego dirigió su mirada a Aioros, se acercó a través de la malla y coloco su manita abierta, dulcemente el caballero de sagitario hizo lo mismo, un suave destello de luz dorada, casi como una chispa salió ante el contacto, asustada la pequeña retiro su mano y la observó, esa misma sensación la había rodeado cuando su curiosidad la llevase ante la armadura dorada que guardaban en su mansión, luego miro de uno a otro caballero, se alejó con el ceño fruncido y corrió al lado de sus amigas.
—Excelente… la asustaste arquero…—reprocho Milo. Pero Aioros se mantenía inmóvil tras el contacto.
—No hay duda… es nuestra Diosa— murmuro—Creo que debemos irnos, todo está bien…
—Pero como lo sabes, la espantaste al primer contacto y…
— No lo sé… simplemente me lo dio a entender…— contesto al escorpio.
Mu solo rio, jalo a Milo y emprendieron su regreso con un poco más de tranquilidad, el carnero dorado entendía el idioma de las armaduras y sabía que en la mansión de la niña se encontraba guardad la armadura del centauro, las noticias no eran tan malas después de todo aunque deberían de guardar el secreto del contacto entre el sagitario y su joven diosa.
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Más allá de la calle entre penumbras dos sombras se ocultaban, una delgada y fémina y otra tosca y masculina
—Creo que le encontramos…el señor Radamanthys y la señora Pandora estarán orgulloso de nosotros
Unos ojos dorados se entrecerraron, seguidos por una risa ambos espectros desaparecieron sin dejar rastro…
continuaraaaaa
