NUEVAS ESPERANZAS, VIEJOS REENCUENTROS
Sus planes no habían salido como lo esperaba, su señor Radamanthys la había catalogado como cobarde al querer que Pandora atacara a la diosa antes de que esta despertara totalmente su cosmos. En la oscuridad de Cocytos la joven chipriota entrenaba, en silencio lloraba, se sentía mal consigo misma y por más que tratase de quedar bien con el Juez todo se iba a la basura, unos pasos a su espalda la hicieron detenerse.
—Juez Aiacos— susurró el espectro.
—Valentine… ¿por qué lloras?— pregunto el nepalés acariciando sus blancos rizos.
—Eso es algo que a usted no le importa señor Garuda—contesto golpeando la mano del juez
El pelinegro la sujeto de sus brazos y la besó, a cambio recibió un golpe bajo de la chipriota.
— ¡Eres una estúpida!… — le grito el juez dándole una bofetada—jamás recibirás lo que buscas del Wyvern, te entregas a él aun sabiendo que él tiene ojos solo para Pandora.
—Le dije que a usted no le importa, váyase de aquí, no quiero verlo—Valentine dio la espalda al juez, trago grueso, el despreciable del juez Aiacos tenía razón, cuantas noches escuchaba a el inglés llamar a esa mocosa entrometida que decía llamarse heraldo de hades, maldijo mil y una vez al haberse dejado convertir en el juguete del rubio y acumulaba ese odio contra la joven Pandora.
—Algún día te aburrirás de ser el paño de lágrimas del Wyvern…— dijo en su oído el pelinegro— pero descuida te estaré esperando – dijo en tono socarrón, luego se alejó para dejarla sumergida en el doloroso silencio de la verdad.
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Abría lentamente sus ojos para encontrarse con el nebuloso paisaje del Meikai, pereceo entre sus sabanas y se giró lentamente, algo había en su cama que le detuvo, se levantó rápidamente y lo observo, era una caja de colores oscuros adornada con lazos negros, en un sillón de su habitación una figura conocida la veía despertar.
— ¿Radamanthys?... ¿hace cuánto estas ahí?—pregunto frotándose sus ojos.
—Hace rato… y ¿sabe qué?— la niña negó—habla dormida…— el rubio se levantó de su asiento y camino hasta sentarse al lado de la jovencita con una singular sonrisa, tomó la caja negra y se la entregó— feliz cumpleaños Señorita Pandora – la niña sonrió.
—Te acordaste…—dijo dándole un abrazo al inglés—gracias…
—Hey no todos los méritos son de esa lagartija – interrumpió Minos, que traía una bandeja con el desayuno de la jovencita —¿Cuántos cumple señorita?
—Catorce… creo—tomó la caja y la abrió, en su interior había un anillo, era una serpiente que al parecer se extendía por todo el índice, se lo colocó y maravillosamente calzaba a la perfección, levanto su mano y la giro, la joya era en realidad hermosa, oscura pero fascinante.
—Perteneció a su anterior reencarnación señorita, es poderoso, puede cambiar de apariencia mientras lo porta – conto Minos.
—Debe tener cuidado…— replico el Wyvern.
De repente la puerta de la habitación se abrió para darle paso al joven Garuda—Yo también tengo un presente para usted señorita – dijo sentándose en la cama, de su bolsa saco dos piedras preciosas que coloco en la mano de la jovencita – son zarcillos—eran hermosos, una pequeña figura de una gárgola negra que brillaba a contra luz.
Rieron y festejaron, la guerra les pisaba los talones y no había derecho a perder el tiempo, momentos como esos quedarían en el recuerdo de los cuatro.
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Una suave brisa que se convirtió en viento fuerte lleno la habitación, dos figuras conocidas se aproximaron. Los dioses gemelos, habían llegado
—Felicidades niña Pandora — dijo Thanatos dándole una mirada de reproche a Radamanthys.
—Gracias— contesto la pelimorado con una sonrisa retorcida.
—Nosotros también le hemos traído un regalo – de la mano de Hypnos un tenue resplandor fue tomando forma hasta convertirse en una hermosa arpa.
La niña bajo de la cama y se colocó a un lado del dios, Minos y Aiacos volteaban a ver de reojo al Wyvern, que hasta ahora se mantenía distante desde la llegada de los dioses gemelos, al sentirse observado el rubio entrecerró sus ojos haciendo que sus compañeros de armas respingaran para dejarlo de ver.
—¿Puedo?—pregunto con timidez la jovencita.
—Pero claro, es tuya pequeña adelante— contesto Hypnos haciéndose a un lado.
La jovencita se colocó frente al instrumento y deslizo sus finos dedos entre las cuerdas, el sonido fue casi mágico.
Thanatos se colocó detrás de ella, puso sus manos sobre los juveniles hombros de Pandora y suavemente la giro, sin pensarlo beso las mejillas de la heraldo, y se retiró acariciando su rostro, su gemelo solo negaba.
Los ojos ambarinos del Wyvern se tornaban casi naranja, sigilosamente Minos se acercó y lo tomo del ante brazo— tranquilo…— susurro, el rubio quito con rabia el agarre de su compañero y salió de la habitación, giro sobre sus talones y se despidió de la joven.
—Me retiro señorita Pandora…— dijo el juez.
La niña asintió, lo observo alejarse con su elegante caminar, las alas de su sapuri se movían al ritmo de sus pisadas haciendo que se agitaran suavemente, le gustaba verlo, le gustaba estar cerca de él, se sentía protegida a su lado.
Volvió de nuevo al instrumento y como si supiera donde estaban las notas comenzó a tocar, los cuatro hombres que aún estaban en la habitación se deleitaban con el sonido armonioso del arpa.
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Acostados sobre la arena el peliazul y la rubia contaban las estrellas mientras estas se iban desapareciendo, ya se habían acostumbrado a salir antes del amanecer y esperar el sol en la playa, mientras el silencio los rodeaba la chica se sentó y abrazo sus piernas contra su pecho, su mirada se perdida en el anochecer que poco a poco desaparecía para dar paso al inclemente sol, Ikki la observaba de reojo acostado con su cabeza sobre sus brazos.
— ¿Ikki… volverás a Japón cuando tengas la armadura del fénix verdad? ¿Eso será el otro año?—preguntó, en su voz un dejo de tristeza se dejaba escuchar.
—Así es… — contesto sin titubear el peliazul, se sentó y la acerco hasta abrazarla contra su pecho – pero volveré por ti – dijo besando sus rizos amarillos.
—¿Me lo prometes?— pregunto la chica sosteniendo la cara del joven fénix
—Te doy mi palabra—el peliazul fijo sus zafiros en los verdes de la chica, tomo sus delgadas manos y las puso sobre su pecho desnudo— esmeralda yo… yo te…
—¿Hellen?—dijo frunciendo el ceño la rubia.
—No… eso no es, déjame terminar —espeto el peliazul.
—No bobo… es Hellen mira…—giro la cara del joven fénix y señalo a la orilla de la playa donde venía caminando la pequeña castaña, sostenía en sus manos unas bolsas.
El anciano solía remar hasta la isla y llevarles a los jóvenes las cremas que preparaba de origen natural para curar las heridas del peliazul, y mandaba a la pequeña Hellen a dejarlas cuando el viejo demonio no estaba, la niña se había ganado la simpatía de Ikki y desde tiempo atrás el cariño de Esmeralda.
Con un falso cansancio la niña dejo en el suelo la bolsa y se tiró al lado de los jóvenes, los observo de reojo y rio.
—¿Qué es tan graciosos enana? –exclamo la rubia.
—Los interrumpí… eso es gracioso – rio de nuevo ganándose una revuelta de sus cabellos por parte de los adolescentes, para luego salir corriendo hasta el bote de su abuelo, antes de desaparecer les saco la lengua, ambos chicos sonrieron viéndola alejarse.
—¿Qué me querías decir?—pregunto la rubia girando hacia Ikki.
—Que eres una lenta – le contesto empujándola suavemente— si llegas de ultima lavas todos los platos del desayuno – grito con enorme ventaja.
La rubia sonrió, algo muy dentro de su corazón le estaba dando miedo, ¿pero miedo de que? ¿Un mal presentimiento acaso? Sacudió su cabeza y emprendió la carrera hasta su casa.
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En su habitación la pequeña Saori terminaba sus deberes, recortaba con paciencia las figuras geométricas de su tarea de matemáticas, unos golpes en la puerta y sus nervios le traicionaron el pulso dejando dos pares de triángulos en donde había un cuadrado.
Giro en su silla, grito permitiendo el paso a alguno de sus empleados con lo que suponía la merienda de la tarde, pero en vez de la criada que le llevaba los aperitivos la calva cabeza de Tatsumi se dejó ver, se acercó a la niña que lo miraba con ternura, se sentó en la esquina de la cama quedando lo suficiente cerca de la pequeña y tomo una de sus pequeñas manos.
—Feliz cumpleaños señorita… no se cuales hayan sido las razones por las que quiso celebrarlo en el instituto, pero yo le compre un pastel y la servidumbre quiere cantarle la clásica canción—sonrió el calvo.
La niña rio, una carcajada limpia y sonora como hacía años no escuchaba, se levantó de su silla y con sutileza abrazo a su mayordomo.
—¿Que esperamos?— dijo aun sonriendo.
Camino de la mano del hombre hasta la cocina donde los sirvientes aplaudían a la pelilila.
Ese fecha era especial, hacía apenas tres días había cumplido doce años, el hombre sabía que no tardarían en venir por ella, y cumpliría al pie de la letra las ordenes de su anciano jefe, pero el cariño que le tenía a la niña era inmenso, lo suficiente para no estar seguro de dejarla ir.
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Fuera de la mansión tres hombres, esperaban el momento ideal para acercarse a la enrome mansión.
—Entonces esperaremos que terminen de cantar la famosa canción y entraremos ¿no es así?—preguntaba ya un estresado peliazul.
—Si Milo… esperaremos como gente decente y tocaremos la puerta, ¿comprendes? No vamos a entrar y secuestrar a la niña…— contestaba un castaño
—Si Aioros no soy imbécil…
—Pues algunas veces…— decía el pelilila.
—Tu cállate carnero…— sentencio el joven escorpio.
De nuevo los tres caballeros en una misión, pero esta vez habían regresado por su joven deidad para llevarla al santuario.
Termino la bulla dentro de la casa y con suavidad se acercaron. Tocaron la enorme puerta, y una joven les atendió haciéndolos pasar.
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En la entrada tres jóvenes esperaban ser atendidos, la mujer les había hecho esperar a Tatsumi en una enorme sala, unos minutos más tarde un calvo malhumorado se presentó ante ellos, al verlos se sorprendió, en realidad no sabía quiénes era exactamente, pero su señor Mitsumasa había sido claro que cuando la niña cumpliera doce años seria llevada a otro lugar custodiada por sus caballeros dorados, y esa fecha había llegado tres días atrás cuando la niña cumpliese la edad necesaria.
Estirando su mano el mayor de los muchachos se presentó—mi nombre es Aioros señor, caballero dorado de Atena— los otros dos muchachos se pusieron de pie e igualaron al mayor.
—Mu de Aries señor—dijo con suavidad el pelilila.
—Milo de escorpio – termino el joven griego.
El hombre calvo los observo con desconfianza, analizo cada rasgo de los jóvenes que tenía en frente, el castaño saco la carta recibida por Mitsumasa años atrás cuando la pequeña cumplía su primer año, el hombre suspiró, sin duda eran ellos.
—Así que se la vienen a llevar…—musito el viejo.
—Así es ¿Dónde está la princesa?— cuestiono el castaño
—En la cocina, enseguida la llamare…
El hombre salió rápidamente hacia el lugar donde todavía estaba la joven pelilila y la observo, reía, comía de su pastel saboreando cada pedazo que llevaba a su boca, de repente sus miradas de cruzaron, y un sentimiento más de temor que tristeza lo embarco.
La niña se bajó de la silla donde estaba y se acercó al mayordomo sujetando su mano.
— ¿Paso algo Tatsumi?—pregunto frunciendo el ceño.
El hombre bajo hasta la altura de la niña, esto sería un poco difícil, coloco su mano sobre el hombro de Saori y le sonrió—hay unas personas que quieren conocerla Señorita, son amigos de su abuelo.
La niña asintió un poco confundida, en los ojos de aquel hombre se reflejaba algo que jamás había visto, una profunda tristeza, sin contradecir siguió el mayordomo hasta la sala.
Durante el camino el viejo estrujaba con suavidad la mano de la pequeña hasta llegar frente a la puerta de la sala, con lentitud la abrió.
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Tras de la figura del viejo criado una delgada silueta se comenzó a dibujar, sus cabellos lilas caían sobre sus hombros y sus enormes orbes grises estudiaban a los jóvenes que tenía al frente, sin pensarlo dos veces los caballeros colocaron su rodilla en el suelo y bajaron sus cabezas ante la joven diosa.
Sin soltar la mano del mayor la joven deidad se acercó un poco temerosa hasta los muchachos que estaban de rodillas, sonrió y fijo su mirada en cada uno, entrecerró sus ojos y finalmente soltó el agarre para aproximarse hasta el castaño, con delicadeza tomo el rostro del joven en sus manos.
—Los conozco…—susurro— ustedes me visitaron en mi escuela ¿no es verdad?—los tres asintieron.
El viejo levanto su ceja, jalo un cordoncito que colgaba del techo y al instante dos hombres se presentaron haciendo una sencilla reverencia.
—Traigan la caja dorada que guardamos en aquella habitación – ordeno el viejo, la niña respingo y abrió sus ojos sorprendida, los hombres salieron rápidamente — creo que debemos alistarnos para el largo viaje señorita – toco el hombro de la niña que no lo dejaba de ver y la guio hasta la puerta – esta jovencita no irá sin mí—dijo observando a los hombres.
Los tres se pusieron de pie, Milo negó con su cabeza pero Aioros sostuvo su brazo, lo observo fijamente y asintió.
—Pero…— exclamo el joven peliazul.
—Pero nada Milo…— dijo el castaño – claro señor.
El calvo salió de la habitación con la niña, dejando a los jóvenes solos, Milo se sentó de brazos cruzados en el sillón al lado de Mu, el castaño lo observo aun de pie sonriendo.
—No le veo la gracia arquero…— espeto enojado el peliazul.
—Yo tampoco, pero ese hombre a cuidado a la joven diosa y por lo visto ha sido una niña feliz.
—Lo menos que podemos hacer es llevarlo con nosotros, estoy seguro que el maestro no se opondrá – término el pelilila.
—No sé por qué, pero ustedes dos siempre están de acuerdo con todo – el escorpio observó de reojo al pelilila – lambiscón – dijo mientras golpeaba suavemente el hombro de su compañero.
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— ¿Por qué debo de ir? – cuestionaba Saori a su mayordomo
—Su abuelo así lo dispuso antes de morir mi niña—contesto el hombre mientras terminaba de alistar a la jovencita— no debe temer, yo estaré a su lado, nadie le hará daño— la niña asintió con una enorme sonrisa.
Aunque no tenía idea de lo que su fiel empleado hablaba si él estaba a su lado nada la intimidaría.
Con un pequeño chal sobre sus hombros y los miles de abrazos y buenos deseos de parte de sus más cercanos sirvientes la niña salió escoltado por tres jóvenes caballeros y el viejo hasta la entrada de la mansión. Se extrañó al no ver ningún auto esperando por ellos, ni indicios por parte de aquellos jóvenes de algún tipo de transporte, suavemente sintió la mano del pelilila sujetar la suya, el muchacho bajo un poco hasta sostener su mirada, sus enormes ojos verdes transmitían tranquilidad, confianza, acaricio las mechas lilas de la jovencita.
—Princesa, pase lo que pase, no habrá sus ojos ni suelte mi mano hasta que le diga ¿está bien?—la niña asintió – usted también señor por favor—dijo sosteniendo al calvo mayordomo. Una luz dorada los cubrió hasta desaparecer frente a la casa.
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Sentada en su trono la joven pandora observaba su anillo, con sus otros dedos acariciaba la joya y cariñosamente la giraba sobre el índice, entrecerró sus ojos y camino hasta la entrada de Giudecca, tal vez caminar un poco le haría bien, con su tridente en la mano se dirigió hasta el suelo del Meikai, sobre una colina podía ver a lo largo Caina, el viento que soplaba en el inframundo batía con delicadeza sus mechas moradas, el fino vestido que usaba se pegaba a su figura que poco a poco se llenaba de curvas, se sentó sobre unas rocas mientras veía pasar frente a ella puñados de almas en pena que se repartían alas diferentes prisiones.
De repente y sin proponérselo pensó el joven peliazul, que sería de él, cerró sus ojos, sabía que tendría que ir por Shun, pero ¿cómo localizarlo?, hacía muchos años había perdido su rastro, recién dominaba por completo su poder ¿estaría lista para viajar entre las dimensiones en busca de su hermano? Hades necesitaba con urgencia su cuerpo y ella ya no podía retrasarlo más
—¿Mi señora esta aburrida?— la voz del espectro de Frog la hizo respingar, giro para toparse con la figura divertida de su guardaespaldas.
—Solo pienso… — contesto la joven
— ¿En alguien especial?
Pandora lo observó, sus delgados labios dibujaron una mueca de fastidio, se levantó jalando su vestido y se dirigió a Guidecca de nuevo, giro casi atropellando a Zeros que le seguía paso a paso.
—Saldré, si alguien me busca en especial el juez Wyvern, dile que volveré en unas horas— el espectro hizo una reverencia—cuida a Hades en mi ausencia—elevando su cosmos se perdió en las dimensiones del inframundo.
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—Más fuerte—gritaba el viejo Guilty al peliazul.
El joven respiraba con dificultad, su boca seca y una herida en su frente eran signo de los arduos entrenamientos que su maestro le propinaba.
Bajo el sol de la tarde el joven mantenía un combate cuerpo a cuerpo con el viejo, de lejos la rubia mordía su labio en completa desesperación al observar el espectáculo, de vez en cuando el chico dirigía la mirada cansada a su amada brindándole una sonrisa retorcida en señal de que estaba bien y no se daría por vencido, pero esas ocasiones eran aprovechadas por el viejo para golpear sin previo aviso al joven solo para devolverlo a su concentración.
—Maldita sea Esmeralda, lárgate de aquí – grito el viejo, luego creo una esfera naranja y sin pensarlo dos veces la lanzo a la chica que se mantenía impávida ante la reacción de su padre.
Aun cansado el joven observo con terror la bola de energía que se dirigía a la rubia, rápidamente se lanzó cruzando sus brazos sobre su pecho deteniendo la esfera – ¡CORRE! – grito, mientras sentía que la energía quemaba sus ante brazos descubiertos, elevo su cosmos rodeándose de un aura amarilla y devolvió con cierto poder el ataque a su maestro, este lo esquivo con dificultad y sonrió, el punto débil de su alumno era su hija.
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La chica corrió lo más rápido que pudo hasta tropezar rodando en las arenas blancas de la isla, cayó justo a los pies de una joven que se encontraba sentada en suelo con su ropa rasgada y sus cabellos mojados, se levantó casi de inmediato y sacudió sus vestidos.
— ¿Quién eres?— pregunto la rubia, si bien existía una isla vecina, desde que ella era una niña nadie, así fuera vecino o extranjero se atrevería a pisar ese maldito lugar
La joven castaña sonrió, bajo su mirada hacia su tobillo que se veía rojo y lastimado.
—Me llamo… Angie…— contesto la castaña – y mi barco se hundió—dijo señalando la lejanía del mar— tuve que remar hasta acá, fui la única sobreviviente—dos lagrimas se dejaron resbalar por sus mejillas.
Esmeralda se aproximó a la chica y se arrodillo a su lado, tomo con delicadeza su tobillo y rasgo un poco de su vestido para vendarlo.
—¿De dónde eres?—pregunto mientras tallaba la improvisada venda.
La chica se quedó callada, pensó bien cada respuesta que daría.
—Vengo de las islas Gilbert – contesto sin titubear.
—Eso queda cerca de acá… seguro tus padres deben estar preocupa…
—Murieron… —interrumpió la castaña dejando escapar de nuevo un par de lágrimas.
—Ya veo…listo—susurro con una sonrisa—mira… no te puedes quedar acá, te llevaré con el anciano de la isla vecina ellos te pueden ayudar ¿de acuerdo?— la castaña asintió.
—¿Pero tú vives sola en este lugar?— pregunto levantándose torpemente.
—No, vivo con mi padre y mí... mí… y el chico que entrena— contesto con una simpática sonrisa.
La castaña sonrió, termino por levantarse con ayuda de la rubia y juntas llegaron hasta el bote que las llevaría a la isla vecina.
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—Puede abrirlos princesa—una dulce voz casi como un ronroneo se escuchó en su oído.
Lentamente abrió sus pesados parpados, ante ella una enorme estatua de mármol de la deidad de la sabiduría se levantaba imponente, sosteniendo en una mano la alada Nike y en la otra un escudo.
Giro dejando la imagen a sus espadas y ante ella las doce casas se mostraban a lo largo de unas escalinatas, cada una iluminada desde el interior, al otro lado un frondoso bosque donde apenas algunos techos de los aposentos de los caballeros plateados se asomaban y el otro extremo el recinto de las amazonas, corrió hasta donde estaba sentado en viejo descansando del extraño viaje que le había provocado una pequeña jaqueca y tironeo de sus manos.
—Mira—dijo con emoción señalando el hermoso paisaje.
Los caballeros sonreían de la impresión que se había llevado su joven diosa, distraídos observando el tierno espectáculo no sintieron la presencia de su patriarca.
—Bienvenidos de nuevo caballeros—los tres jóvenes inmediatamente hicieron una reverencia mientras habrían le habrían paso, la niña volteo hacia su espalda topándose con la enorme figura del patriarca, retrocedió un par de pasos hasta chocar sus espaldas con el viejo mayordomo, aun a sus doce años la joven deidad era dulcemente pequeña casi frágil, se asombró más cuando el extraño hombre se arrodillo frente a ella como anteriormente los jóvenes lo hicieran.
Se retiró el casco y luego las mascara dorada de su rostro, dejando ver su juvenil cara y su melena verde, la niña volteo a ver a Mu.
—¿Eres su hermano?—pregunto observando sin ningún disimulo los puntos en la frente del joven Shion, este sonrió y negó con su cabeza.
—Soy como su padre, o mejor dicho su maestro— contesto con suavidad— mi nombre es Shion, antiguo caballero de Aries y patriarca del santuario de Atena— dijo poniéndose de pie— sea bienvenida princesa.
La niña observo con detenimiento cada movimiento del patriarca, sintió entonces la mano del peliverde y observo a Tatsumi, el simplemente asintió y la jovencita se dejó guiar hasta un enorme salón con catorce asientos, de repente soltó la mano de su patriarca y paro su caminar.
— ¿Por qué estoy aquí?—pregunto un poco confundida—¿cómo conocen a mi abuelo?
Shion se colocó a su altura, la observo fijamente y le transmito un poco de tranquilidad.
—Por eso está aquí conmigo princesa, es hora de que sepa toda la verdad, pero primero debemos estar seguros que todo saldrá bien ¿de acuerdo?—la pequeña asintió.
La jovencita esparció su mirada por todo el salón, luego en el hombre peliverde, de las manos del patriarca salió una luz dorada que comenzó a esparcirse por toda la sala, acompañada de una suave brisa, como una especie de polvo de estrellas comenzó a envolver a la pequeña diosa,sin sentir temor alguno la pequeña se dejó llevar por la tranquila energía, escuchó una voz que sentía salir de ella misma, de su cabeza, cerro sus ojos y extendió sus brazos.
—En su interior su cosmos princesa Atena, debe dejarlo salir, ser uno solo con el— escuchaba las palabras del peliverde como susurros en su interior— recuerde quien es, despierte— las manos del joven patriarca se posaron sobre la cabeza de la pequeña quien frunció el ceño con muestra de dolor.
Suavemente se alejó de la niña y la observo, sonrió con nerviosismo, era el momento, bajo la fuerza de su cosmos hasta apagar la luz que había emanado de sus manos y se acercó, acarició el rostro de la joven y esta abrió sus enormes orbes grises.
Aun con el señor fruncido observo todo a su alrededor, luego dirigió su mirada al peliverde.
— ¿Entonces soy Atena?..— cuestiono la pelilila, el peliverde asintió.
Llamo dos jóvenes doncellas que corrieron hasta la niña, le sonrieron y le tomaron de las manos.
—Vaya con ellas princesa, necesita cambiarse y descansar hoy le espera un largo día, su despertar estará listo al anochecer y debe estar preparada, yo la buscare para explicarle.
— ¿Y Tatsumi?...
—Es su mayordomo ¿cierto?— la niña asintió – el llegara a su habitación princesa por mientras descanse por favor—el joven patriarca salió del gran salón y llamo a sus jóvenes caballeros—Aioros que el señor sea puesto en alguna habitación, es muy preciado para la princesa— luego dirigió su vista a los otros dos—llamen a los demás al anochecer los quiero a todos en el salón con sus armaduras, que kanon venga también— los tres rápidamente se dirigieron a lo encomendado, antes de que el hombre partiera con el arquero, el peliverde se acercó al viejo calvo y extendió su mano—muchas gracias por cuidar a la niña – el mayordomo apretó con firmeza la mano del patriarca—sea bienvenido señor Tatsumi, esta también será su casa— el calvo sonrió con tranquilidad. El patriarca fijo los ojos en el firmamento aun azulado y suspiró—la princesa ha vuelto Dohko…— susurro.
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En los cinco picos el anciano maestro recobraba poco a poco su juventud, los docientos cuarenta y dos años habían pasado y la guerra santa se aproximaba, era hora de volver al santuario.
Cerró sus ojos y ante la mirada asombrada de Shiryu y su nieta cambio de apariencia, al igual que Shion observo el firmamento.
—Estoy listo Shion— musito
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Antenora estaba silenciosa, los pasos metálicos que producía su sapuri producían un eco divertido, caminaba de acá para allá, disfrutando de manera infantil el extraño sonido.
—Pero que divertido…— aplaudía Valentine— me sorprende Garuda, ¿de verdad no tiene mejores cosas que hacer?
—Pero miren quien vino de visita...— contesto con sorna el nepalés, cruzando sus brazos— ¿que no querías ni verme?
—Cambie de opinión… tal vez sea interesante después de todo…— dijo la chipriota acercándose de forma casi felina hasta el juez, coloco una mano en su pecho y la deslizo con suavidad rodeando el cuerpo del pelinegro, lo sintió estremecer.
El juez tomo con rudeza la mano del espectro y la tironeo hasta colocarla delante de el con su rostro a escasos centímetros de su boca, la presiono aún más hasta besarla con suavidad, la chipriota permito que su lengua recorriera cada centímetro de su boca y luego lo empujo con suavidad para recuperar el aire que escaseaba.
—Que deseas Valentine, ¿dime que buscas?— dijo el juez observándola mientras relamía sus labios.
—Tiene razón – dijo la mujer – Radamanthys jamás será mío, seré su espectro de confianza pero, hasta ahí – bajo su mirada y observo al Garuda de reojo— usted es diferente Aiacos, me busca, lo he visto mirarme mientras entreno y hoy terminó de quitar mis dudas al llegarme a buscar y tomarme a la fuerza.
El juez entrecerró sus ojos lo que tenía en frente no era más el valeroso Valentine, era ahora una mujer hermosa de curvas prominentes y una hermosa cabellera blanca que caía hasta el comienzo de su cadera, sus ojos dorados y sus labios gruesos le daban un aspecto exótico, se sostenía de uno de los pilares con sus delicados brazos, casi podría sentir que lo incitaba cada vez más, incapaz de resistir los instintos carnales de su cuerpo, el juez la rodeo con sus brazos depositando un suave beso en su cuello.
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El juego comenzó, alzándola la llevo hasta sus privados, cerrando la puerta de golpe la soltó en su cama, de un movimiento se desprendió de su sapuri y gateo hasta colocarse encima de la chipriota, ella le sonrió besando cada parte de su forjado pecho y soltando con fiereza las prendas que se interponían entre ambos, rodeo con delicadeza las caderas del nepalés con sus piernas y lo abrazo con fuerza mientras lo sentía dentro de ella dejando escapar dos lagrimas silenciosas.
Requería de ese hombre, lo necesitaba, el había compartido la vida en la tierra junto a Radamanthys, Minos y la niña, si quería saber más tendría que investigar y sabía que el Wyvern jamás le contaría nada.
Aiacos era presa fácil de los vicios y el deseo carnal, y muchas veces le había costado caro la osadía por alguna mujer al dejar a la luz secretos que no debían de ser revelados, el sabia del cariño que el rubio profesaba a la niña, y se había vuelto mucho más que una simple lealtad, había sido testigo de la noche en la que el juez de Caina había cargado a pandora hasta su habitación y luego cuando Thanatos le colocó el collar, también de las sospechas del Wyvern sobre el dios de la muerte y otras cosas más, incluyendo el paradero del cuerpo de hades, todos esos secretos bailaban en la mente del joven Garuda y Valentine estaba dispuesta a sacarlos a flote, pero primero debía ganarse a ese animal, aunque fuera contra su propio juicio.
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Llegaron a la isla vecina y dejaron el bote amarrado en el pequeño muelle, con ayuda de la rubia la joven salió cojeando hasta la arena, con torpeza se acercaron hasta la casa del anciano, toco varias veces hasta que la pequeña Hellen abrió, entraron y esmeralda dejo a la castaña en una pequeña silla al lado de la mesa, busco al anciano hasta verlo entre sus botellas de colores.
— ¡Anciano!—exclamo la rubia brindándole un abrazo.
—Esmeralda… ¿sucede algo?— el viejo se extrañó al ver a la rubia, jamás saldría de la isla de no ser por algo muy grave, y aparte de eso andaba sola, no había rastro del joven fénix con ella—¿le paso algo a Ikki?—pregunto sosteniendo la rubia por sus hombros.
La joven dejo escapar una lágrima que limpio con tosquedad.
— ¡No pasa nada con el!…— exclamo soltándose del agarre del viejo—está entrenando con mi padre, lo sabes bien— la rubia se alejó y observo por la ventana—pero no venía por eso, apareció una chica rara en la isla y dice que es de Gilbert, no puede quedarse con nosotros pero tal vez le puedas buscar un lugar donde pasar la noche—replico en un tosco tono de voz.
El anciano asintió con pesar, en la voz de la joven se podía sentir tristeza y algo de desespero, siguió a la chica hasta la sala de su casa donde se encontró con los zafiros de la extraña castaña.
—Hola jovencita –dijo el anciano con una enorme sonrisa— así que vienes de Gilbert ¿he? – Ella asintió— bueno te puedes quedar a dormir en una de las cabañas que están a la par de mi casa, las suelo alquilar para los turistas pero puedes quedarte hasta que puedas volver a tu hogar ¿tienes padres?— la joven negó.
Esmeralda fijo su mirada en la ventana, pensaba en su querido Ikki y que por su culpa el viejo la habría dado una buena reprenda, ya se aproximaba anochecer y tenía un poco de miedo por volver, luego reparo en Hellen que había aparecido y ahora estaba a su lado, la niña jalo con sutileza su vestido y la rubia se agacho.
—No me simpatiza…— dijo con molestia, ganándose una revuelta de su cabello.
—Pobre chica, está sola enana se buena con ella ¿si?—la niña levanto sus hombros y rápidamente salió de la habitación.
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Se acercaba la noche y esmeralda aun no regresaba, el peliazul estaba lavándose las manos y las heridas de esa tarde cerca del mar, cuando vio que faltaba una de las pequeñas embarcaciones, ¿Por qué esmeralda está en la isla vecina? ¿Será que siempre resulto herida? Se preguntó asustado, paro inmediatamente sus labores de curación, tomo el bote que quedaba y comenzó a remar hasta el otro lugar, aunque con cada movimiento sintiera que sus costillas se iban a partir, no estaría tranquilo hasta verla sana y salva, el entrenamiento se había agravado después de la ida de esmeralda y temía por su seguridad con respecto a su maestro.
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Unos golpes en la puerta del viejo la hicieron respingar, la puerta se abrió y el joven peliazul se apareció ante todos, la rubia al verlo lleno sus esmeraldas de agua.
—Joven Ikki—dijo el anciano sirviendo una infusión a la castaña, esta el escuchar el nombre abrió sus ojos como platos, volteo su rostro hacia la puerta y lo vio, frente a ella un joven alto de cabellos y ojos azulados estaba de pie, sonrió pero casi de inmediato borro la mueca de su cara, del otro lado de la habitación la rubia corrió a los brazos del joven depositando un suave beso en los lastimados labios del chico, quien sonrió haciendo una mueca de dolor.
— ¿Porque estas acá? ¿Te hiciste daño?— le pregunto mientras abrazaba a la rubia, ella negó.
El anciano los observaba con ternura, frente a él eran libres de expresar el cariño que sentían el uno por el otro.
La castaña que era espectadora silenciosa se levantó de la silla y se dirigió al anciano.
—Disculpe ¿podría mostrarme donde me puedo quedar?—pregunto casi en un susurro, no quería interrumpir tan dulce escena.
El anciano la tomo de la mano y la dirigió hasta la puerta, se disponía a salir pero la mano de Esmeralda que se había separado del peliazul la detuvo.
—Angie… él es Ikki el alumno de mi padre.
Sus zafiros se clavaron en los del chico, el tendió su mano amablemente, mientras que ella no paraba de observarlo, la sujeto con firmeza y suavemente la presiono, por un segundo se paralizó todo a su alrededor, el joven entrecerró sus ojos.
—Me recuerdas a alguien— dijo el joven peliazul.
La chica soltó la mano rápidamente un poco nerviosa y sonrió, Esmeralda ladeo su cabeza divertida, mientras entrelazaba sus dedos en los del peliazul.
—Me retiro, mucho gusto… Ikki…— susurro.
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Entro a la cabaña dándole las gracias al anciano, cerró la puerta y se dejó caer en el suelo, sus cabellos antes castaños ahora tomaban un color morado casi negro, y sus ojos antes azules brillaban ahora de un purpura oscuro, su cuerpo se cubrió del sensual vestido negro y el tridente relució en su mano, recostó su cabeza contra la puerta y lloró, lloró como hacía años atrás no lo hacía, sentía que había tardado demasiado en acercarse a Ikki, lo había perdido, aun así debía acercarse a él, para saber de su hermano, una vez más y sin pensarlo abrió un portal hacia el inframundo.
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Ya era tarde, algunas estrellas salían en el firmamento y brillaban como si quisieran hablarle, no hacía mucho que el joven patriarca le había explicado todo lo que sucedería y aunque al principio se negó de continuar, con ayuda de Tatsumi el peliverde logro hacerle entender la importancia de su presencia en el santuario y la pronta guerra contra hades, no había marcha atrás, con un hermoso vestido banco la joven diosa se terminaba de arreglar, salió de su habitación con su mayordomo y las dos doncellas que abrieron las puertas del salón para darle paso, el viejo acaricio su cabeza para infundirle un poco de valor.
En su interior catorce hombres acomodados en dos filas incluyendo al ahora joven Dohko y kanon posaron su vista sobre ella, no se sintió atemorizada, se sintió bienvenida, a paso firme camino en medio de ambas filas sin bajar su cabeza, se aproximó al patriarca y por instinto tomo su mano, el solo sonrió, acomodo a la niña en el trono de oro que se levantaba en el medio del salón, coloco el báculo de Nike en sus pequeñas manos y se dirigió a sus muchachos.
—Caballeros dorados, ante ustedes nuestra diosa… Atena
Todos colocaron su rodilla en el piso produciendo un ruido metálico que hizo respingar a la pequeña en su trono.
—Ya viste maestro se asustó la pequeña— dijo el escorpión, provocando unas cuantas risas y luego ser callado por un codazo del caballero de leo.
Ella rio, dejo escapar por primera vez desde su llegada una risita tímida, había tres rostros conocidos y una armadura que le traía malos recuerdos, pero estar ahí, entre esos jóvenes la hacían sentir en casa.
—¿Lista?—pregunto el patriarca – ella asintió, suavemente la llevo al centro del salón, los jóvenes caballeros se colocaron en círculo alrededor de la pequeña, levantaron sus manos y con los ojos cerrados sus armaduras comenzaron a tintinear, elevando su cosmos al límite produjeron una luz parecida al sol, en medio la joven diosa respiraba nerviosa.
—Tranquila…— escucho en su cabeza – todo saldrá bien solo déjate llevar, el cosmos hará lo necesario.
Después de las palabras del patriarca en sus pensamientos, Saori cerro sus ojos, sostuvo con fuerza el báculo y lentamente abrió sus brazos, su cabello lila se agitaba con suavidad mientras de sus manos salían rayos de luz dorada que bañaban a sus caballeros, en un momento no existió la diferencia entre la energía de cada uno, todas se habían convertido en una sola, su cuerpo se elevó en el aire rodeado de luz dorada.
La joven sonrió, sentía cada palpitar de sus guardianes como propio, abrió sus ojos que centelleaban un poder lleno de paz para encontrarse con las más sinceras sonrisas de los caballeros, su cuerpo aun en el aire resplandecía al mismo tiempo que cada una de las armaduras, bajo con suavidad y cuando tuvo sus pequeños pies en suelo exhalo, el patriarca la observaba complacido, su joven deidad era una niña decida, no poseía temor, era sin duda la reencarnación perfecta.
Camino con tranquilidad hasta el trono y se sentó, irradiaba aun esa energía suave, llamo al patriarca quien corrió a su lado y pidió que fueran presentados uno a uno sus caballeros.
Esa sería una larga noche para la despierta Atena y sus dorados, con hades majándoles los talones la espera era mínima y cada día era atesorado.
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—¿Te vas tan rápido Dohko?— pregunto el peliverde.
—Así es mi querido amigo y patriarca – sonrió el chino – tengo un alumno que muy pronto volverá con la armadura del dragón.
—¿Y los espectros?— pregunto uniendo sus puntos en la frente.
—Ya han sido liberados pero no se han manifestado, creo que habrán sentido el despertar de la diosa, así que a partir de hoy podemos reforzar la seguridad del santuario— el chino coloco la mano en el hombro de Shion—Tranquilo estos muchachos son fuertes.
El patriarca asintió, tal vez se estaba preocupando demasiado, pero algo mantenía en alerta sus pensamientos, tal vez aquel sueño tan extraño.
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— ¿Sentiste eso?— pregunto un hombre pelinegro.
—Al fin ha despertado… Atena, espero que estés preparada para morir—termino el rubio mientras bebía de su copa.
Continuaraaaa…
