Escribo sin fines de lucro con los personajes de Tolkien. Sólo la trama y el ¿semi? OC es mío.


Rosemary and honey

Capítulo Tres

El frío era más bien tenue, y lo sería por todo el primer mes, las temperaturas descendiendo más pronunciadamente al final. No les molestaría por el momento, así que ninguno prestó mucha atención a ello mientras se dirigían al norte, a las Colinas Verdes, con una ligera capa alrededor de sus hombros.

El viaje fue apacible, sin sobresaltos, lleno de largas conversaciones e incluso algunas discusiones. Como sobre la mejor hierba de pipa, por ejemplo, que terminó en ambos pensando que el otro tenía el peor gusto que se habían encontrado.

La distancia no tardó en recorrerse, gracias al cielo, y pronto Bilbo lo estaba guiando por los caminos a un enorme smial. (Thorin intentó no pensar en que los hobbits no contaban con la imaginación más alta a la hora de nombrar casas y lugares. El lugar se llamaba "Gran Smial", después de todo).

— Buenas tardes, tío—Bilbo sonrió ampliamente en dirección a un hobbit que había salido del agujero— espero que no hayamos llegado tarde para el té.

De casi igual estatura que su sobrino, Isembard era dueño de una prolija cabellera ya añejada por el tiempo y un rostro redondo, con rasgos fuertes que exhibían la voluntad de ser respetado y obedecido. Su postura era firme, sus ojos verdes calculadores mientras lo observaba.

— Como un Bolsón, has tenido el tiempo de tu lado, Bilbo—comentó, una curvatura muy leve en sus labios— Pasen adentro, por favor. Verbena nos espera en el salón principal—con un gesto de su mano, otro hobbit se deslizó hacia ellos y tomó sus ponys, llevándoselos.

Los tres caminaron por un pasillo con varios cuadros familiares colgados en las paredes. El enano notó a su compañero contemplar especialmente uno, donde una mujer de pelo carbón y familiar mirada verde sostenía la mano de otras dos, sus hermanas al juzgar el parecido.

— La del medio era mi madre—explicó Bilbo, en voz baja, al sentir su cuestionamiento.

No supo muy bien que contestar a eso pero se salvó al ingresar a una amplia habitación, donde una hobbit hembra de largos rizos estaba sentada cómodamente frente a la chimenea. Ella se iluminó al verlos, o mejor dicho al ver al hobbit.

— ¡Querido Birdi! Han pasado varios años desde la última vez que te vimos. Ven y déjame ver cuánto has crecido, niño—sonrió, exuberante, una taza de té en sus manos.

Ignorando el brillo burlón del enano, se acercó a ella con una cándida expresión— De hecho, fue cuando me convertí en un adulto, tía Verbena.

— Mmm. Varios años de echo… Mira esos rizos revoltosos, tal como tu padre. Oh, pero esos ojos…—tomó su barbilla— son iguales a los de mi esposo, puro Tuk—soltándolo, ladeó la cabeza hacia la entrada, tomando nota del otro hombre— Oh, hola, tú debes ser el amigo de mi pajarito, el herrero, ¿verdad? No seas tímido, querido, toma asiento. ¿Cómo te llamas?

Dando un leve asentimiento, se acomodó al lado de un avergonzado Bilbo. En su interior, cacareó. Si seguía así, tendría mucho material para molestar a su anfitrión. Con un sentido premonitorio, su hobbit se encogió ligeramente.

— Mi nombre es Thorin Escudo de Roble—se presentó, educadamente.

Isembard también tomó asiento, a un lado de su esposa y frente Thorin— Mi sobrino te tiene en alta estima, Maestro Escudo de Roble. ¿Por qué no nos cuentas un poco sobre tus habilidades?—sugirió, mientras su esposa servía el té en dos taza más y se las ofrecía.

Aclarándose la garganta y con una postura más recto, expuso— Me especializo principalmente en la elaboración de armas en la fragua, pero no tengo ningún inconveniente en moldear el metal en otras formas.

— Ah, muy bien—señora Verbena sonrió, contenta— entonces no te será difícil este trabajo. Verás, la última tormenta fue muy fuerte. El viento acabó lanzando diferentes elementos contra la estructura y causó daños tanto en el techo como en la parte inferior—un suspiro escapó de sus labios— es una pena.

— Maestro Escudo de Roble, si usted está dispuesto a arreglarlo ofrezco un pago de…—mencionó un número que logró que el enano ampliase ligeramente los ojos— ¿sería eso suficiente por su servicio?

— Es, de hecho, demasiado generoso, señor Tuk—tragó un poco de la bebida cálida y relajante— No es necesario tanta amabilidad, no podría aceptarlo…—la cantidad era tres veces lo que alguna vez le habían dado para forjar una espada para el hijo de un hombre muy adinerado. ¿Por qué habrían de considerar incluso un estimado de ese tamaño para un desconocido?

Que fuese recomendado por su sobrino podría haber ayudado pero aun así… no pudo evitar sentirse entre abrumado y un poco sospechoso.

Sorpresivamente, el matrimonio se rió— Oh, tonterías, muchacho—replicó la mujer, sonriendo verdaderamente por primera vez— es una retribución más que justa—le aseguró, antes de chasquear la lengua— Ahora, tal vez sería mejor que te muestre la galería. Puedes comenzar a trabajar mañana. Ambos deben estar cansados por su viaje.

Asintiendo en apoyo a su declaración, el hobbit mayor se incorporó— Después de eso, Bilbo puede mostrarte donde las habitaciones más importantes están. Yo ya estoy viejo y estos pies no son lo mismo de antes, por desgracia.

— Y tenemos que seguir con los detalles de la fiesta—su esposa le recordó— ve a dormir un rato, cielo, después te iré a buscar para solucionar eso—avisó, sonriendo ante la débil mueca que apareció en su rostro.

— Claro, querida—murmuró, suavemente— Bilbo, Maestro Escudo de Roble—inclinó la cabeza en su dirección antes de abandonar el salón.

— Bueno, entonces, acabemos de tomar el té, queridos. Oh, y me gustaría mucho saber cómo se conocieron ustedes dos…

Thorin pensó que estaba perdiéndose de algún detalle importante de la conversación.


Galería de los Tuk se hallaba en la parte trasera del smials, en el amplio patio. Era forma redonda, con el hierro pintado de blanco y montones de flores a su alrededor, en esencia, un lugar para tomar el té y comer pastelitos dulces.

— ¿Cuánto tiempo crees que te costará?—inquirió, Bilbo, porque sabía que podría hacerlo y no veía la razón para preguntas tontas.

Escudriñando los daños, Thorin respondió— Menos de una semana, probablemente. Pensé que estaría en peores condiciones…—musitó, perdido en sus pensamientos.

A su lado, la mujer hobbit exhaló con alivio— Me alegra mucho escuchar eso, querido—ella miró hacia arriba un momento y les sonrió— Bueno, ya que el Maestro Escudo de Roble conoce el lugar de trabajo, ¿por qué no le enseñas el resto? Estoy segura que recuerdas dónde están la fragua y lo demás—con un guiño de sus ojos, los dejó solos.

No escuchó los pasos de Bilbo ni se percató de su cercanía hasta que su voz se oyó a pocos centímetros de él— Felicitaciones, por cierto—le sonrió ante su expresión de desconcierto, que en su caso se delataba con una ceja alzada— pasaste la prueba hace rato. El tío no confía mucho en los extraños…—miró hacia abajo— hobbits son cerrados en su mayoría. Como somos un pueblo pacífico, nos resulta atemorizante la perspectiva de que algún extranjero entre en nuestras tierras y se le ocurra la idea de apropiárselas o algo así. Pero tú le demostraste que eres alguien con honor—su rostro se iluminó en la última parte, como una vela en medio de un cuarto a oscuras.

Thorin lo observó en silencio, finalmente confesando— Dudé sobre eso. Era. Es… demasiado— volvió su vista hacia la galería— incluso ahora mientras lo veo. No lo entiendo, no es ni siquiera…— no había el brillo del oro o las gemas sino flores, tampoco un moldeado impresionante. Era sencillo.

—… ¿hermoso? ¿Sorprendente? —Bilbo se echó a reír, negando lentamente, más se tornó serio al explicar— Thorin, hobbits no valoran joyas o tesoros. Amamos nuestra familia, nuestros recuerdos, nuestro hogar. Galería de la tía no es importante porque sea bonita sino porque fue un regalo de su persona más querida. También se celebró su boda allí. Es especial porque está lleno de momentos hermosos, y cada vez que la mira puede sentir el amor y la alegría de ellos.

El enano se mantuvo en silencio, reflexivo. Cuando habló, lo hizo en apenas un susurro, pero estaba cargado de pensamientos— Ya veo. Si el mundo tuviera más personas así…—alzó su mano y la apoyó sobre los rizos oscuros— sería mucho más feliz. Mucho más.

Y sonrió. Una pequeña, agridulce curvatura de sus labios que mostró más que nunca la vulnerabilidad y la fortaleza. Bilbo apretó su mano en señal de confort— A veces sólo tienes que aprender, ¿no es así?


Isembard encontró la relación de su sobrino con el enano bastante peculiar. Desde niño, Bilbo ya había mostrado su disposición a buscar a otros, perdiéndose entre los árboles para hallar elfos. Él había pensado que con la madurez llegada y la pérdida de sus padres, el chico había acabado de sepultar ese lado tan Tuk -lo reconocía- y abrazado su lado Bolsón.

Estaba completamente seguro que en algún lado, Bella estaba riéndose de su ingenuidad.

En vez de un hobbit acomodado y amable pero retraído, un médico sin temor había florecido. Conocía bien las historias y chismes repartidos por toda la Comarca acerca del joven, de cómo constantemente estaba de viaje, de que iba a visitar a los Rangers, de sus habilidades. Ya estaba acostumbrado a todo eso.

Como alguien que probablemente conocía a todos en la Comarca, Isembard creyó que sería prudente preguntar a su sobrino acerca de alguien lo suficientemente bueno para reparar su tan querida galería. Decir que estaba sorprendido por su respuesta sería un solo un eufemismo.

Él le había recomendado un enano. Uno de esos bélicos personajes de pelo largo y trenzas que amaban sus joyas por encima de todo lo demás. Pero Bilbo Bolsón era un hobbit cabezota y de alguna forma no solamente se había encontrado uno, sino que se había encargado de él.

Claro, claro, entendía el asunto. Ningún hobbit responsable dejaría a la deriva a hombre, enano o elfo en esas condiciones (orcos y duendes eran obviamente una excepción), menos un Bolsón y bla, bla, bla. ¿Dónde entraba el asunto de conseguirle trabajo y dejarlo quedar en su casa?

Vamos. El enano estaba sano, se veía bien y más gordo que su sobrino, en realidad. Más su tonto, pequeño corazón amable se negaba a dejarlo así como así, acobijándolo como un niño propio. Tonto, tonto Bilbo. ¿Cómo no podía darse cuenta del peligro que corría? ¿Y si ese hombre no se quedaba satisfecho y le hacía algo? ¿O si se iba y traía unos cientos de sus amigos?

La única razón por la que había aceptado la propuesta era para ver mejor como realmente era y si había alguna forma de alejarlo de su sobrino. Ya era un médico y casi un viajero, ¿qué más podría seguir? Temía que si había alguien a su lado que le diese alas a sus ideas acabaría por hacer alguna tontería, como ir en alguna loca aventura con ese mago entrometido a rescatar tesoros de alguna criatura malvada, como un dragón, o algo así.

Al conocerlo en persona, no iba a negarlo, lo había hallado intimidante. Sólido como una roca y un buen par de centímetros más alto, con un aura que sabía estaba en aquellos con responsabilidades y aptitudes para mandar. También era deprimente lo cansado que se veían sus ojos, como si el mundo había decido quitarle lo que más quería y tuviese que seguir adelante de todas formas.

Era un enano amargado, coincidió. Un enano amargado que se veía un poco más amable y suave solamente cuando miraba a su sobrino, como quien observa a un niño jugar o una flor bonita. El tipo de candor que se celebra por las pocas cosas puras.

Y estaba la gratitud, la admiración. Todo escondido bajo capas de pesimismo y dureza. Era un suerte que él había pasado su vida como un juez de carácter, o habría pensado que era una amenaza para su familia.

No resulto ser tan mal, admitió. Podría haber aceptado de buenas su propuesta, después de todo, con el brillo codicioso que francamente había supuesto aparecería. Más su expresión había sido como la de alguien que no lo comprende y que espera la explicación de la broma en cualquier momento. En un punto, lo había enervado, pero luego simplemente lo había pasado como alguien que no conoce la gratitud o la amabilidad.

Eso explicaría porque estaba tras su sobrino como un ciego que ha descubierto el sol.

De todos modos, se dijo, sólo voy a darle una oportunidad. Y si de alguna forma lástima a mi familia voy a mostrarle que los hobbit no son alguien con quien debes meterte.

Dudaba que con toda su fuerza o ferocidad pudiese contra alguien como, por ejemplo, su dulce esposa. Verbena podría fácilmente espantar un ejército de orcos en un momento malo, Yevanna sabía que eso no era más que otra de las cosas que amaba de ella.

Al menos la galería estará arreglada pronto. Todos saben que un enano es tan bueno con los metales como un hobbit con la jardinería.


Verbena sonrió, sorbiendo gentilmente su café. Era una lástima que la costumbre dictase que el té era la bebida principal, siendo demasiado dulce y poco fuerte para su gusto. Ladeando la cabeza, contempló desde el interior de la sala como Bilbo hablaba con Thorin Escudo de Roble.

Es una cosa tan pequeña y dulce mi querido, pensó, el atisbo de una sonrisa en sus labios. Se acordaba de la primera vez que había sostenido a sus hijos, y también del paquete lloroso y rojizo que había sido su sobrino, con sus ojos abiertos y tan verdes como la hierba de primavera.

Quién podría decir que ese mismo bebe podría haber llegado a ser ese hobbit tan respetable. ¡Un médico! Oh, Bella estaría tan orgullosa de su hombrecito. Pero Bungo tendría un ataque, reflexionó, a sabiendas de lo que todo Bolsón decía acerca de la comodidad de su hogar y el buen nombre ante todo.

Un bufido poco femenino escapó de sus labios. ¿Y qué dirías, ahora, Bungo? ¿Qué podrías decirle al hobbit que criaste para una vida cómoda que soporta tempestades y fríos para ayudar? ¿A quién trae a su casa un desconocido y lo cuida como un familiar?

Volvió a sonreír. Personas que no la conociesen la tacharían de superficial. Cometerían el error de pensar que el único del que debían de cuidarse era de su esposo. Pero una no llega a casarse con un Tuk por tener una cara bonita y unos estupendos pasos de baile. (Qué por cierto lo hacía)

En realidad, era fácil para ella notar cuando alguien no era sincero y cuando sí. Si el Maestro Enano quería creer que no había visto nada en la tensión de su postura, su desconfianza y su inclinación hacia cosas pequeñas, dulces como su sobrino era cosa suya.

A Verbena no le importaba si era un enano, un elfo un duende (no, espera, sí en este último caso, eran bichos tan feos), lo único que le interesaba era exactamente que representaba para su familia. Como Matriarca Tuk, le correspondía velar por cada uno de sus familiares, y Bilbo Bolsón no estaba fuera de eso.

Había sido un momento muy esclarecedor oír acerca de cómo se habían encontrado. Cosa divina, de hecho. Poquísimos habrían pasado por ese camino, y de no haberlo hecho su sobrino, bueno, diría que era improbable contar con la presencia del herrero en ese mundo.

El enano no era un peligro. Parecía tener honor y un obvio calor a Bilbo así que no lo escribiría en su libro negro. De hecho, él parecía… roto, triste, como si un gran peso estuviese en sus hombros. Le gustaba creer que Bilbo podría ayudarlo, a su manera de hobbit.

Después de todo, mientras elfos eran fuente de conocimiento, enanos de pasión, orcos de brutalidad y duendes de salvajismo… hobbits traían tibieza. Esperaba que su sobrino podría enseñarle lo que realmente debía de apreciarse, aquello sin lo que no podemos vivir: la comida, el calor… y el amor.

Con una sonrisa misteriosa, volvió a su labor de escribir las cartas de invitación. La fiesta de verano no sería en varios meses, como recién empezaba el invierno, sin embargo, uno debía prevenir. Y siendo tan importante, bueno, digamos que no había margen de error.

Ella acabaría arrastrando a su marido en eso. La miseria amaba la compañía y todo eso.


Tal como lo creía, le resultó fácil maniobrar las barras de hierro y ensamblar otras nuevas. Más que crear una espada o una joya, de verdad. Si seguía a ese paso lo acabaría más rápido de lo esperado, lo que venía bien en su calendario.

Debía de regresar a Ered Luin, después de todo. Su familia y sus amigos contaban con eso. Pensó en sus sobrinos, como a menudo lo hacía, imaginando su reacción ante lo que podría llevarles. Al fin tendrían una comida decente. Con postre incluido.

Mmm. La idea de llevarse a su hobbit cruzó por su mente, causando una sonrisa interna. No. Bilbo no sobreviviría en las Montañas Azules. Era demasiado blando, suave y cómodo con su doméstico agujero (smial, en realidad, smial), nada como los enanos toscos que vivían entre piedras y mantas, sufriendo por el frío y el hambre.

Solo porque tú no eres lo suficientemente bueno para darles un verdadero hogar, algo le susurró maliciosamente, apuñalando sus intestinos. Tan mal como tu abuelo. Al menos él tenía la piedra y el reino, no como un miserable enano que acarreó a su gente por llanuras, sin techo y comida

— Thorin— voz preocupada de Bilbo interrumpió los pensamientos oscuros. Él le miraba de esa forma de nuevo, como si tuviese todo escrito en su cara y él solamente estuviese guardándoselo por respeto. Había veces que detestaba ese hobbit… o al menos lo que le causaba.

Como si realmente supiese del sufrimiento y dolor de su gente, del de él.

Una mano pequeña en su frente lo estabilizó inesperadamente. Parpadeó, sin comprender.

— ¿Estás bien?—alejándose, le frunció el ceño. No había ningún signo de calor o fiebre— parecías a punto de morderme en este momento. ¿Hubo algo que hice que no te gustó?—inquirió.

Sacudiendo su tren de pensamientos a distancia, negó suavemente— Estoy bien—aseguró— ¿qué es lo que quieres?—en su interior, se recriminó lo grosero que eso sonaba.

Bilbo permaneció inmune— Es hora de la segunda merienda. He venido a buscarte…—algo parpadeó en su rostro pero velozmente se desvaneció. Había llegado a darse cuenta de que el hobbit era bueno manejando sus emociones, más no era perfecto.

— Bilbo—advirtió, utilizando el tono con el que se dirigía a sus sobrinos cuando sabía que habían hecho algo y estaba esperando ser iluminado.

El hobbit le sonrió un poco, encogiéndose de hombros con simpleza— Vamos, vamos a merendar—repitió su pedido, dándose la vuelta y abandonándolo rápidamente.

Tonto mediano, se quejó a medias en su mente con un ligero toque de cariño, colocando las herramientas a un lado y apoyando la parte terminada a un costado de ellas. Con tranquilidad se dirigió hacia donde estaba la familia reunida, preguntándose acerca de que escondería esta vez.

No puede ser malo, razonó. Teniendo en cuenta de que la última vez había sido la sorpresa de un viaje hasta allí y un trabajo bien pagado… bueno, él no sentía razón para desconfiar. No tanto. Aún no le había fallado, después de todo.


Uf. Bueno creo que está mejor. Si ven alguna discordia entre palabras por favor háganmelo saber. Suelo ser distraída y seguro que me como alguna s o la doy de más ;P

¡Saludos!