Disclaimer: Lo usual, nada me pertenece. Todo al profesor J.R.R. Tolkien.
Este fic ha sido escrito en respuesta al desafío de Beledien en el foro "El poney Pisador".
3
Irreversible.
Las cosas cambiaron rápido. Un pestañeo, dos. Ya era otra cosa. Muchas veces ni lo notó. Se deslizó en un vórtice de permutaciones largamente vaticinadas, y aun así, insólitas cuando por fin florecieron en su piel y enraizaron en su mente. Una nueva perspectiva por aquí, un cambio físico por allá. No tuvo tiempo de retenerlo todo, de convertirlo en un conocimiento más o menos concreto.
Findaráto se perdió el momento exacto en que cedió. Sencillamente, había sucedido. Tampoco era que él quisiera remediarlo, pero en días como éste, le acometía una cierta curiosidad al respecto. Inquietud casi, por conocer los detalles que lo habían llevado a tal estado.
Definir impresiones exactas, estar al tanto de asuntos que a los ojos de otros eran superfluos devenires de la mente. Costumbres de Amarië que habían pasado a formar parte de él, como muchas otras cosas a lo largo de los años de conocerla.
Un día sucedió, ahora era irreversible. En ocasiones como ésta, la curiosidad despuntaba junto a su sorpresa.
El gran espejo de cuerpo completo le devolvía una imagen de ellos dos que de repente se le antojó totalmente extraña. Findaráto consiguió ser consciente del paso de los años, y comprendió que la repentina sensación de desconcierto en todo cuanto se refería a su amistad con la doncella elfa a su lado, correspondía indiscutiblemente a la nueva manera en que la veía.
— Te ves tan apuesto, Ingoldo —Amarië le sonrió a través del espejo, respondiendo a los pensamientos que cruzaban por su mente.
Findaráto se dedicó a observarla, mientras le ofrecía una sonrisa de vuelta. La doncella no llevaba su acostumbrado cabello suelto en sedosos risos desordenados. No tenía enredadas en la cabellera hojas de los árboles que escalaba ni las plumas de algún ave. No tenía la piel ligeramente empolvada y la punta de su nariz estaba limpia de barro. En cambio, usaba un recogido prolijo y un elegantísimo vestido azul que acentuaba la belleza de sus ojos. Ya no era ninguna niña y había hecho falta la invitación a la boda de Turukáno para que él lo aceptara por fin.
Y si había llegado el momento de aceptar verdades, él ya no era el chiquillo que se sentía muy maduro y juzgaba la rareza de Amarië como un desequilibrio peligroso. De hecho, en momentos como éste, se avergonzaba de haberlo hecho así en el pasado. Porque a pesar de que Amarië era muy bonita físicamente, su verdadera hermosura residía en su colorida peculiaridad, en su visión del mundo, porque donde otros veían solo un lado de las cosas, Amarië se esforzaba y percibía el todo, y a veces, incluso Findaráto la envidiaba.
Todos estos años, y aun no desentrañaba aquél secreto. Cayó en cuenta: encantado invertiría toda la vida en descubrirlo.
Findaráto pasó su brazo derecho sobre los delgados hombros de Amarië, y la estrechó contra sí.
—Y tú eres la criatura más hermosa que haya visto jamás, Amarië—.
Este no me gustó mucho, pero a mí las escenas de un amor tan puro como el de estos dos se me dificultan si no están acompañadas de una buena dosis de angst.
Espero fuera un poco digno de todos modos.
Besos.
Luna.
