Nota de Autora: Long time no see. No sé organizar mi minúsculo tiempo libre *llora* … ¡KENYAKO!

Este capítulo transcurre un día antes que el Cap 1. Los sucesos presentados se desarrollan luego del Cap 2 y Cap 3, el mismo día.

Basado vagamente en el Doujinshi Rainy Blue por KyujitsusyukkinChikaya de la saga Kagerou Project. Aunque este capítulo no tiene NADA que ver con el doujin al no enfocarme en la pareja principal.

Recomendación de la autora: ¡Vayan a leer "Respuesta" por Kasumi Mist AHORA! Es uno de los Daikaris más lindos que he leído. *y tiene su pequeña dosis de Kenyako, ujuju*


Capítulo 4: Después de la Lluvia


Ella yacía en espera de su príncipe. Soñadora, llena de anhelos y deseos mientras entrelazaba sus dedos con el papel junto a aquella pajilla. Sentir aquellos dobleces estremecía su piel, ignorando la fría ventisca que ingresaba a través de la única ventana. Aquella sucia cortina danzaba ante la lluvia que reinaba en los cielos. Por más gris que se encontrara sus alrededores, aquél frágil pensamiento no dejaba que dicha oscuridad ingresara a su corazón. La chica proseguía con su trabajo, ensimismada en aquella manualidad que iba confeccionando. La madera que la rodeaba incrementaba la comezón en su nariz, preguntándose la razón por la cual las casas de árbol siempre tienen que ser de madera. Podrían ser de piedra, como un castillo. O de ladrillos. Pero luego pensó que los ladrillos harían que el árbol cediera, arrebatándole su vida. Sus ojos ambarinos se abrieron en realización de un pequeño detalle, tan pequeño como el papel que sostenía. Una casa del árbol es parte de un árbol. Si no es de madera, el árbol jamás lo aceptaría.

Suspiró, para juntar ambas manos. Con una leve sonrisa, asemejada a una cálida chimenea en Navidad, decide proseguir con su pasatiempo. Cada hoja de papel que se hallaba en una canasta de paja era dirigida hacia sus dedos para ser transformadas. Con gentileza, dibuja trazos imaginarios en la superficie, para luego escuchar con dedicación como chocaban al doblarse entre sí. Era dulce música para sus oídos. Formaba una pequeña vida con aquellas pálidas manos, mientras su aspereza carcomía su soledad. En tiempos que tan solo se dedicaba a soñar despierta con príncipes bañados en índigo y bondad, se dejaba llevar por su amor y pureza con pasión para así formar estas coronas. En eso, tan absorta en sus fantasías, no midió su fuerza y acabó con el dedo índice atravesando su ingrediente principal. Infló sus mejillas, dispuesta a entrar en una rabieta por algo tan pequeño.

Miyako se dedicaba a hacer coronas de flores de papel maché. Y su sensibilidad la atormentaba.

—¡Urgh! Estoy cansada que esto siempre pase—se quejó en voz alta, rompiendo la silenciosa imagen de princesa encantada que transmitía—Tan solo quiero que esta temporada de lluvias se acabe para ir y hacer reales.

Repentinamente, una ligera comezón se apoderó de su nariz. Sus gafas se opacaron abriendo paso al polvo que se esparcía en su especial casa del árbol. Todo lo que la rodeaba eran detalles, cosas de poco valor pero con grandes recuerdos atesorados para ella. Aquél lugar era su segundo hogar. Optó por levantarse, tras haber estado arrodillada por unas horas, para tambalearse mientras se hacía camino hacia un muñeco de felpa que atesoraba con todo su corazón. Se trataba de un ave asemejada a un halcón, con una delicada pluma que le recordaba a las tribus de los Estados Unidos, al igual que encantarle aquél color escarlata que lo caracterizaba. Lo abrazó con fuerza, como si se tratara de un buen amigo que ocupa un espacio lugar en su corazón. La comezón regresó, y el misticismo llegó a su fin, cuando aquél travieso estornudo salió a explorar el mundo real. Y como si fuera poco, sus piernas flaquearon al venirle un repentino calambre.

—¡Lo que faltaba!—con vehemencia sus pulmones se abren parar querer soltar un llanto que jamás vino—Sería por las puras. Solo les estaría dando el gusto a mis hermanos.

Miyako Inoue escapaba de casa constantemente, siendo esta casita del árbol su segundo hogar.

—Haciendo estas coronas de flores me siento en paz conmigo misma, no sé cómo explicarlo. Siento como si estuviera atando todas las facetas que nacen cada día conmigo. Que formo pequeñas vidas, atándolas una con la otra. Como una cadena. Como los lazos que unen a amigos… como los lazos que unen a una familia—sacudió el rostro, para luego hundirlo en el peluche del halcón—Sé que no va con mi personalidad. Soy muy extrovertida, inesperada… muchas veces tienen que decirme que me calle al hablar hasta con las piedras. Pero me gusta. Me siento como una princesa de un cuento de hadas, esperando a un príncipe.

Acomodándose, mientras coloca a su compañero inanimado a su costado, junta sus rodillas al percatarse que el calambre había cesado. Hundiéndose en el cantar de la lluvia, llega a la conclusión que no podrá regresar hasta tarde a casa. Su resfriado había empeorado y no deseaba faltar a clases un día más. Aquél lavanda que la caracteriza se esparció en el frío suelo, para que unos mechones rebeldes cayeran lateralmente en su rostro. Hace poco, había decidido en dejarse crecer un poco el flequillo, para que ahora fuese sujetado en un extremo por un prendedor. Aquél regalo se le había sido otorgado por alguien muy especial para ella.

—Quisiera llevarme mejor con mis hermanos. Momoe tan solo se dedica a criticar mis errores en la tienda al ser la mayor. Mantarou pasa el día entero viendo las cuentas y me echa la culpa si falta algún yen… y Chizuru no es que ayude mucho al solo dedicarse en pensar en chicos—viró su vista ambarina hacia la única rústica ventana, rodeada por enredaderas y macetas con flores de lavanda—Me pregunto cómo estarán Hikari, Daisuke y Takeru.

Una ligera sonrisa se formó en sus labios, para sostener de una de sus alas al muñeco de felpa.

—Si no fuera por él, no los conocería. Hikari no se hubiera vuelto en una de mis grandes amigas. Tampoco discutiría tan seguido con alguien como Daisuke y menos entablaría conversaciones con alguien tranquilamente, tal y como hago con Takeru. ¿Tú qué opinas, Hawk?

Por algún motivo, le imaginó una voz extrovertida, pero reflejando masculinidad, al regalo que esa persona especial le otorgó.

«¡Claro que sí, Miyako! Son tus amigos y es así como pasan el tiempo juntos»

—¡Bingo! Tienes razón, Hawk—levantándose intempestivamente, llena de energías, no se permite caer en la melancolía.

Sus ánimos duraron poco, ya que se escuchó un fuerte ruido provenir del exterior. Abrazando a Hawk, se pone en una posición defensiva, lista para moler a golpes a algún agresor. Los papeles se encontraban esparcidos a su alrededor, la corona que hacía momentos atrás todavía incompleta ante sus pies. Cuando la silueta emergió por la puerta, la lluvia dejó de resonar en su mente. El sonido fue reemplazado por silencio y las gotas cesaron su asimétrico llanto.

—Hola, Miyako. ¿Te sientes mejor? Traje algo de comida.

Aquél cabello que se asemejaba al caer de la noche, un índigo intenso que relucía en la gris atmósfera, provocó que su corazón volviese a latir. El hecho que lo tuviera sujeto con una delicada, pero pequeña, cola de caballo tras su cuello no ayudaba a apaciguar el creciente delicado rubor que crecía a lo largo de su rostro. Volviendo a la realidad, observó el paquete que cargaba el muchacho, para que su estómago acabara gruñendo. Tras escuchar la amable risa de él, aquél sonrojo se transformó en uno de vergüenza y enojo.

No obstante, antes de que pudiese decir algo en su defensa, sus piernas cedieron ante un nuevo calambre. Desplomada de faldas en el suelo, deseaba maldecir. Tras observar aquella mano durazno que le ofrecía ayuda, como siempre lo ha hecho, opta por cubrir su rostro con la capucha de su chal, tan solo dejando relucir el prendedor que él le había regalado por su cumpleaños, ahora encargado de mantener aquél flequillo en orden, al igual que la vida que la rodea.

xXx

—Te he dicho en repetidas ocasiones que no escapes de casa, en especial cuando estás con un resfrío.

Ken se hallaba a su lado, comiendo con tranquilidad los fideos instantáneos que había traído para compartir. El vapor quemaba su rostro, mientras inhalaba el aroma que los caracterizaba. Aquél no se podía comparar al de Miyako, el cual todavía podía sentirlo pegado a su cuerpo. Sus ojos violetas dieron con el prendedor que ahora la caracterizaba. Tenía una forma inusual, que le costaba darle una descripción exacta pero, lo primero que se le venía a la mente era que presentía que representaba la bondad que anhela transmitirle todos los días. Tras tener su mirada perdida en ella, se percata que andaba comiendo a gran velocidad, sorbiendo los fideos. El ruido que formaba la hacía romper toda aura de princesa que ella creía haber formado. Sin soportarlo más, Ken no logró aguantar sus ganas y le propició una ligera golpiza sobre la capucha que todavía no se retiraba.

—¡Au, eso dolió! ¡¿Qué te pasa?!—mordiendo sus labios, deja la comida a un lado—Así no se le trata a una dama.

—Uno, me ignoraste por completo. Siempre te he dicho que cuando te llame la atención debes reflexionar en tus errores, Miyako. Segundo, haces mucho ruido al comer… te he dicho que es de mala educación. Tercero… tan solo porque así tomas noción que te estoy reprendiendo.

—¡Hay maneras más amables! Además, ¡soy un año mayor que tú! ¡Soy yo la que merece algo de respeto, muchacho insolente!—por su ímpetu, sus gafas se nublaron, para al final acabar de pie, señalándolo.

Conteniendo una risa, el chico empieza a reír por lo bajo, para al final acabar en carcajadas. Miyako no comprendía del todo la situación, causando que volviera a perder la paciencia. Con los brazos cruzados, le da la espalda mientras abraza a Hawk. Los papeles y la corona de flores ahora se encontraban sobre un pequeño escritorio que él la había ayudado a construir hace unos años atrás. En el florero se encontraban lavandas recién cortadas.

—Eres muy graciosa, Miyako—intentando calmarse, se percata de la posición de la chica—Vamos, no es para que lo tomes tan en serio. Jamás podría molestarme por un tiempo prolongado contigo.

—¡Pero siempre me dices lo mismo!—afinando su garganta, decide tomar luego un largo respiro para empezar a imitar con una voz grave y delicada, a Ken Ichijouji—«Miyako, tienes que actuar como alguien de tu edad. Miyako, presta atención cuando te hablo. Miyako, cuida tus modales». ¡Dios, cuando tengas hijos pobres de ellos!

Ken tan solo la siguió observando, parpadeando un poco por la actuación que acababa de presenciar. Como respuesta, tan solo dibujó una sonrisa en su rostro. Miyako ladeo su cara en confusión, su largo pelo lavanda meciéndose. El viento ingresó por la ventana, indicando que la lluvia seguía afuera. Sus cabellos empezaron a danzar, el índigo y lavanda creando un nuevo color en sus vidas. Sin aguantarlo más, Ken tuvo que morderse el labio inferior, aguantando una nueva risa.

—¿Ahora qué? ¡¿De qué te ríes?!—juntando su mano en sus caderas, la ya no delicada princesa de un cuento de hadas exigía una explicación.

—No… no es nada…—evadió su mirada, para luego cubrir su boca con la palma de su mano—Es solo que… tu imitación de mi voz fue muy mala.

—¡Te las vas a ver conmigo!

Pero antes de poder hacer algo, el dichoso calambre volvió a apoderarse de sus piernas. Tragándose su orgullo, tuvo que aceptar la ayuda de su amigo para poder sentarse apropiadamente. Cuando lo logró, alejaron los contenedores de los fideos instantáneos en la misma bolsa que Ken trajo. Cuando se fuera, se la llevaría consigo para botarla. El tul bañado en un silencio agridulce los rodeaba. El muchacho de cabello fino atado en una diminuta cola de caballo deseaba atesorarlo por siempre, mas a la vez era incapaz de agarrarlo con ambas manos al ser inefable. Por él, lo guardaría en una concha marina, para poder escucharlo al acercar su oído, al igual que como hace uno para escuchar las olas del mar.

—Hoy también discutimos.

La delicada voz de Miyako irrumpió su tesoro, mascullando bajo su chal. Se encontraba con ambas rodillas levantadas, apoyando su mentón en ellas, mientras sus brazos rodeaban aquellas largas piernas. Se retiró las gafas, para sobarse ambos cristales que luchaba por contener. Él la observó como una niña indefensa, que lucha por comprender el mundo. Él vio su reflejo en ella por un breve instante, un fragmento que desgarró su pecho. Por esa misma razón, optó por acercársele más, todavía sentado.

—Tuvo que ver con la tienda, como siempre—escapando de la oscuridad, lo mira hacia los ojos, dibujando una falsa sonrisa de tristeza disfrazada—Chizuru llegó de clases temprano. Lo primero que hizo fue desplomarse en el sofá, sin brindarle ayuda a Momoe. Ella andaba con varios clientes en mano y necesitaba una mano extra. Mantarou andaba revisando una fuga de agua en el sótano. Entonces, Momoe pidió por mi ayuda.

Ken frunció el ceño, preparándose para lo que sabía que vendría a continuación.

—Chizuru se entrometió, diciendo que cómo iba a dejar que hiciera algo. Todo lo que hago sale mal, traigo desgracia. Desde que nuestros padres murieron todos piensan que si están conmigo les voy a traer desdicha. La tienda se anda cayendo a pedazos por mi familia… no, mejor dicho… la tienda se anda cayendo a pedazos por mi culpa.

Efectivamente, el muchacho sabía lo que tenía que hacer. Una vez más, junto sus dedos para darle un ligero golpe vertical en la cabeza. Miyako no refutó, tampoco empezó pelea alguna. Ken admiraba su perfil, rodeado de blanco y negro. Los labios cereza de la niña que transmite pureza y cuenta con gran amor para dar, se abren una vez más.

—Pero aún así, siento que hay alegría en mi vida. Estoy feliz de haberte conocido, Ken. Si ese día, años atrás, no te hubieras perdido en este bosque cercano, jamás hubiera pensado de esta manera. Lo siento, esto debe sonar raro viniendo de mi, ¿no es así?—una risa nerviosa escapó de ella. Con rapidez, opta por sujetar unos papeles del bolso escolar del muchacho—Gracias por la comida y las notas de la escuela. No tenías por qué traerlas. Soy un año mayor y siento que no cumplo un buen rol de superiora al ser tú quien me trae las tareas cuando suceden estas cosas.

—La superiora Tokino me lo pidió esta mañana—contestó, recordando cómo fue secuestrado repentinamente en el pasillo. Optó por no retomar el tema, al ver a Miyako tratando de animarse por cuenta propia.

—Ah, ya veo—empezó a jugar con sus manos, sin saber qué más decir. Luego recorrió su frente, recordando que ahora tenía un flequillo acomodado por aquél prendedor.

—Quizás no quiere que te pase lo mismo que a ella.

—Atrasarse varios años por cuestiones de salud—levantó el rostro hacia el techo de la casita del árbol, para dar con flores de papel colgantes—Qué terrible.

—Por eso cuídate. No vayas a ser como Hikari de pequeña ahora—suspirando, acabó recordando como esa pequeña niña los desvelaba por su alta fiebre, en especial a su querida hermana mayor Mimi Tachikawa.

—Lo mío es solo por la temporada de lluvia y mi imprudencia de querer ir por flores para seguir haciendo coronas—replicó, para al final cubrirse la cabeza temiendo otro golpe. Al no ver que recibió alguno, abrió un ojo con curiosidad.

—No tienes remedio—finalmente, quitándole la capucha de encima, le revolvió sus cabellos, evitando removerle el prendedor.

—Hablando de las coronas…—Miyako se había emocionado al ver la actitud de su amigo, tanto que fue corriendo hacia el escritorio para recuperar los papeles y la corona que andaba haciendo unas horas atrás—¡Mira! La estaba haciendo hoy. Quiero mejorar mucho para que, cuando acabe la lluvia, pueda hacerlas mucho más bonitas con flores reales.

—Lo estás haciendo muy bien, Miyako. Estoy orgulloso de ti—volvió a sobarle el cabello, esta vez ella feliz de su hazaña. Si fuera un perrito, andaría moviendo la cola por la inmensa felicidad que sentía en dicho momento—Cierto, hablando de cosas que sucedieron hoy…

—¿Ocurrió algo?—parpadeó ella, sujetando la corona con ambas manos.

—Verás… Daisuke espió a Hikari mientras tomaba una ducha.

—¡¿Qué cosa?!—por su furia, casi rompe la corona que pasó la mitad de la tarde haciendo. Ken logró apaciguar su malhumor momentáneamente, salvando a las flores de papel—¡Es el enemigo de todas las mujeres!

—Por supuesto, Hikari no se quedó callada. Obtuvo su merecido a la hora del almuerzo. Como me retiré temprano no sé qué más haya sucedido.

—Hmmm… me imagino que recibió una fuerte paliza—agregó un suspiro la chica—Lástima que me lo haya perdido.

—Las cosas andan algo turbias entre ellos.

—Te refieres a Hikari, Daisuke y…

—Takeru.

El silencio retornó, mientras que la niña que sueña con su príncipe volvió a jugar con el papel maché. Ken observaba con detenimiento el movimiento de sus manos ir de arriba hacia abajo, aquella determinación en unir algo que a pocos minutos se desboronará al ser frágil. Igual, esforzadamente daba lo mejor de sí para mantenerlo. Ella luchaba todos los días para mantener una unión familiar. Por más que las piezas del rompecabezas no encajaran, ella seguiría buscando la pieza entre millones de ellas. Eso es algo que Ken admira de ella.

Pero a la misma vez lo odia y siente envidia, al no poder hacer lo mismo con su vida.

—Miyako, ¿te parece si empezamos a hacer alguno de los deberes?

—¿Hm?—su atención volvió a la realidad. Colocando sobre su cabeza la corona de flores incompleta. Su resplandor lo hizo olvidar que una terrible lluvia se llevaba a cabo en el exterior. El mundo de Ken tomó color, olvidando aquél sentimiento negativo y oscuro hacia ella. Su gran y pura sonrisa le hizo olvidar todos sus problemas—¡Claro, empecemos!

Por un instante, Ken vio la princesa que ella sueña ser ante sus propios ojos.

xXx

La lluvia seguía sonando en el exterior, podían jurar que sería eterna, provocando que aquél momento que compartían durara por siempre. El aura que los rodeaba era especial, tanto que a ambos les costaba describirla. Por dicha razón, no suelen prestarle mucha atención cuando aparece. De esa manera, pueden continuar viviendo ambos, como amigos, en paz. No deseaban por nada del mundo romperla.

—No parece detenerse pronto… y tienes que volver a casa, se está haciendo tarde. No puedes pasar la noche aquí, tu resfrío empeoraría—guardando su parte de los deberes, Ken se acomoda en el suelo. Ambos habían estado sentados la gran mayoría de la tarde.

—Tú también. Mimi se va a preocupar—contestó, dejando su tarea de lado para finalmente empezar a terminar la corona de flores que dejó a la mitad.

—Tu familia se va a preocupar—dijo con rapidez, tratando de darle fin a la conversación.

Ella bajó la mirada, su nuevo flequillo ofuscando su rostro.

—No me importan.

—¡Miyako!

Si esta fuera una tormenta, la lluvia se encontraría golpeando con fuerza la casa del árbol. Un trueno se abriría paso entre ambos, iluminando el semblante de Ken Ichijouji que Miyako detesta ver. Al ser tan solo una larga lluvia pasajera, el dramatismo no era lo suficientemente extremo. No obstante, ella tan solo dejó salir un gemido de temor al ver a aquella persona que aprecia enfadarse al tratarse de temas de dicho calibre. Al notar su error, el muchacho de cabello azabache junta sus manos en puños, para al final volver a sentarse, deseando retroceder el tiempo y evitar dicha actitud. La chica de cabello lavanda se le acerca con lentitud.

—Lo siento…—murmurando, colocó su débilmano sobre la de él, obteniendo una mirada de confusión por parte de él—Este tema es muy sensible para ti y yo… no tomé eso en consideración. Lo siento, Ken.

—Discúlpame a mí… no debí haberme puesto así—distanció su mirada, hacia un punto en blanco.

Si no conociera tanto a Ken, le tendría miedo cuando pone una mirada fría y deprimente al enfadarse. Si este fuera otro mundo, siento que podría caer víctima de esos oscuros sentimientos que carga y volverse en alguien sin bondad en su corazón. Si fuese así, si este fuese tal mundo, trataría de ser su amiga. Sería su amiga por más oscuro que sea estar a su lado y quizás… también ser capaz de salvarlo.

—Ante la oscuridad, que reine el amor…—se dijo en casi un suspiro a sí misma.

—¿Dijiste algo?—aquellas palabras imperceptibles atrajeron su atención.

—Nada importante—apretó más su mano con la de él—Es solo que siento que deberíamos llenar el mundo de amor en vez que el odio o la desesperanza.

—Conque… llenar el mundo de amor, ¿no?—con melancolía, Ken adapta la pose que Miyako tuvo horas antes. Juntó sus rodillas para apoyar su rostro, salvo que tan solo apoyó su brazo izquierdo, al su mano derecha estar siendo sujeta por la de ella.

—El amor es una de las fuerzas motoras de este mundo, al igual que la felicidad—suelta con alegría, intentando transmitirle ánimos.

—Me pregunto si el amor realmente es una poderosa fuerza motora. Ellos tres se están viendo divididos. Su amistad se está viendo dividida.

—¡Claro que lo es! Esos son… ligeros… imperfectos. Es porque esos tres son unos tontos a veces. ¡Pero no dudes que es una fuerza motora. El mundo se mueve en base al amor!

—Pero también y el odio y la oscuridad.

—¿Eh?—el entusiasmo de Miyako decreció tras sus palabras.

—El odio y la oscuridad también son dos fuerzas que mueven a este mundo. Todo lado positivo tiene su contra. Tiene una sombra. La luz siempre crea una sombra. Cuando hay una sombra debe haber luz. Es el balance que tiene este mundo. Me pregunto, si este fuese otro mundo… ¿en qué lado caería yo?

Decidida, fue el turno de Miyako de recurrir a la violencia innecesaria. A diferencia de los ligeros golpes de Ken en su cabeza, ella recurrió a una cachetada en su mejilla, tomándolo desprevenido. Él la observo con recelo, pero a la misma vez asombrado por su comportamiento. Se había puesto de pie, sus puños temblando por la impotencia que recorría su frágil cuerpo.

—¡Entonces trazaremos un mapa hacia un mañana lleno de luz!—exclamó cerrando sus ojos, temerosa por la respuesta que podría obtener.

—¿Estás segura que eso… se puede lograr?—su flequillo cubrió su rostro, cediendo ante la tristeza que carga como una pesada cruz.

—¡Claro que sí!—como una flor, su falda descendió primero ante el suelo, para darle un ligero abrazo. La cabeza del muchacho que lo único que anhela es transmitir la poca bondad que tiene, se encontraba apoyada en el pecho de Miyako. Con cariño, ella acomodó aquella diminuta cola de caballo que indicaba que el cabello de Ken necesitaba un corte urgente.

La lluvia siguió cayendo mientras que ambos corazones intentaban unirse en uno solo.

—Tu hermana Mimi es el inicio del mapa. Tu vida cambió, ¿cierto? Me lo contaste. Tú volviste por mí como lo prometiste años atrás, cuando nos conocimos aquí mismo tras perderte en el bosque. Mencionaste, al regresar tiempo después, que estabas viviendo con una familia maravillosa. En ese entonces, estuviste en mis peores momentos. Si estuviste a mi lado en ese tiempo, también estaré en los tuyos. Si te sumerges en la oscuridad por el temor, te sacaré a la fuerza. Sea con palabras o a golpes. La muerte de tu hermano no fue culpa tuya. ¡Lo sabes!

—¿Entonces a quién le echo la culpa…? ¿A los que me molestaban por ser huérfano?—levantó su rostro, alejándose de la calidez de Miyako. Ella logró observar que aquellos ojos estaban cayendo en la depravación. Asustada, contuvo un gesto de sorpresa.

—¡A nadie!—exclamó con fuerza, sorprendiéndose a sí misma. Al notar que el semblante de su amigo cambió ligeramente, optó por seguir. No obstante, se había quedado sin palabras, así que recurrió a lo que mejor le sale, decir lo primero que se le venía a la mente—Bueno… puedo odiarlos por ti pero, ¡nadie tiene la culpa! Deja de cargar eso tu solo. ¡Estoy aquí para cargarla contigo! Si tú cargas mis quejas, lo menos que puedo hacer es estar a tu lado.

—Miyako…—ambos retornaron al abrazo, ella, finalmente areglando la cola de caballo.

—Punto aparte, deberías cortarte el cabello.

—Pero si tú fuiste quien me recomendó dejarlo crecer—ella logró sentir una ligera risa provenir encima de su chal.

—Las modas cambian.

Al no dar más con sus respuestas instantáneas, Ken retorna a su estado original, avergonzado de haber mostrado un lado tan débil frente a ella. Él había venido a visitarla y cuidarla un rato, no para acabar en una situación con esta, mostrando aquello que tanto guarda y teme. El pasado que sus dos hermanos adoptivos, Hikari y Daisuke, junto a Mimi, saben. Pero la primera persona que lo supo todo se encontraba frente a él.

Miyako.

Con cuidado, le vuelve a colocar la corona de flores de papel maché incompleta en la cabeza. Le arregló el cabello, procurando con cuidado acomodar el prendedor que le obsequió.

—Pareces un hada salida de un bosque.

—¿En verdad?—su rostro se iluminó, difuminando la oscura atmósfera que los rodeaba. Sonrió con vitalidad, él olvidando momentáneamente que se encontraba con un resfriado—¡Qué alegría!

—Miyako—soltó un ruido de confusión al escuchar su nombre ser dicho con seriedad—Trata de hacerte entender con tus hermanos… no vaya a ser que un día… por querer cargar tus cosas en soledad los alejes y en verdad no regresen.

—Tienes razón. Lo haré por ti—Miyako no tuvo necesidad de pensar la respuesta, ya que siempre la tuvo clara en su mente—No estoy sola. Te tengo a ti, Ken. Y tú tampoco estás solo. Tienes a Mimi, a Hikari, a Daisuke… a mí. Por eso, no caigas en la oscuridad de tu corazón. Me da miedo pensar en qué sucedería si te dejas llevar por esas emociones.

—Para eso estás tú, Miyako. Eres quien guía mi vida.

En cuestión de segundos, la sostuvo de sus manos, transmitiéndole seguridad. Miyako podía jurar que veía mariposas revolotear alrededor de ellos, iluminadas en una blanca luz. Sus alrededores volaban, sacándola de la realidad.

—Ken…

La menor de la familia Inoue, por fin, recordó. Recordó con claridad aquella conversación que tuvo cuando conoció a aquél chico. Cuando Ken Ichijouji ingresó a su casa, como el día de hoy, diez años atrás. Ella se encontraba llorando. Su padre había fallecido años atrás al salvarla de casi ahogarse. Ahora su madre había pasado al lado de su esposo, tras un accidente automovilístico con ella al volante. Sus hermanos la trataban como un amuleto de la muerte, que traería desgracia y desdicha ante ellos.

Fue por eso que, cuando ingresó, esas fueron sus palabras.

«No te me acerques, soy la Muerte»

Creyó que se retractaría pero, no fue así.

«Hace mucho tiempo me dijeron lo mismo. Que también soy la Muerte pero, ¿acaso no sería mejor volverse en la misma Vida?»

A partir de esas palabras, de ese encuentro predestinado en un mundo de color que cree en las casualidades, platicaron sobre sus problemas como los niños que eran. Ken fue adoptado, prometiendo regresar pronto. Él lo cumplió. Cumplió su palabra. Si ella no está sola, él tampoco estará solo.

Tras acabarse la incomprensible magia que Miyako presenció, pudo jurar que la silueta de una persona se manifestó entre las mariposas que abandonaban su refugio. Una tibia sonrisa inundó su cuerpo. Luego se volvieron en dos. Una se colocó detrás de Ken, para luego acariciarle la cabeza a Miyako.

«Cuida de mi hermano como siempre lo has hecho. Muchas gracias.»

Ambos acabaron arrodillados en el suelo, Ken sin percatarse de lo que había sucedido. Miyako parpadeó, incapaz de analizar con su raciocinio lo sucedido. La seriedad que los rodeaba era agobiadora, pero ambos la disfrutaban. Había algo en el aire, algo diferente entre ellos. Se habían abierto como nunca lo habían hecho hasta ahora. Dos amigos que habían mostrado ambos lados de sí. Con lentitud, sus rostros se colocan mucho más cerca. Se estiran con gentileza, sin saber las razones por la cual lo hacían. Sus labios estaban a pocos centímetros del otro. Juntos, apoyan su frente contra la del otro, para acabar sonriendo.

Frente con frente, ambos amigos se observan a profundidad.

Colocan sus manos en el rostro contrario, explorándolo. Con ambas palmas, sujetan sus mejillas, acariciándolas. El amor que invertían en sus acciones no tenía explicación pero, para Miyako, menos explicación tenía el fenómeno innatural que sucedió a sus alrededores instantes atrás. Al percatarse de tal inusual actitud, acaban sonriendo, irradiando luz a cada uno de sus corazones.

La lavanda fue la primera en romper el silencio.

—Estaremos juntos por siempre, ¿no?

La estrellada noche le contesto a la pequeña flor.

—Por siempre.

Juntos, unidos, hablaron como una sola voz.

—Porque ya no estamos solos.

Los rayos de sol ingresaron por la ventana, indicando el final de la lluvia. Luego de esta, viene la luz. Si uno deja de vivir al dejar de hacer las cosas que le gusta hacer, el mundo a tu alrededor deja de brillar. Aquello se iguala a la muerte. Ambos se encontraban muertos, por más que lo negaran. Al encontrar la fortaleza de apoyarse, al no rendirse, por más que aquella lluvia haya sido su impedimento, tendrán una vida llena de resplandor. Ambos se sostienen de las manos, dejando de explorar sus rostros, y fríen con la felicidad de estar vivos una vez más.

Espero que Hikari, Daisuke y Takeru entiendan que el amor une a las personas. Que no debe de usarse en forma negativa. Debe ser un sentimiento puro y no impuro. ¿Lo comprenderán algún día? Yo creo que sí lo he entendido ya que…

Miyako toma noción en que Ken la observa con profundidad, causando que rompa sus pensamientos por breves momentos.

—¿Vamos a buscar flores? Quiero hacer una corona de verdad—sonrió con fortaleza.

—Solo por un momento—él cumplió el capricho de aquella princesa de cuento de hadas.

—¡Yay!—saltando de alegría hacia él, deciden dejar la casa del árbol atrás.

Sí, definitivamente lo he entendido. Creó felicidad en mi corazón. Una felicidad creada con bondad y amor.


Lamento si hay algún error ortográfico. ¡Lo chequeo mañana! Los quiero a todos. Viva el OTP más tierno del universo. En el siguiente continuaré con los tres chicos que adoramos.