Llegar a casa supuso que John se quitara el abrigo, y cerrara la puerta del departamento B para evitar intrusiones indeseadas por parte de la Señora Hudson. Sherlock había corrido las cortinas del salón para evitar miradas curiosas, pero observaba el blanco plumaje de John, plegado a su alrededor, por el reflejo en los cristales y en el espejo de la chimenea. Descubrir que su compañero tenía dos apéndices tan extraordinarios e inusuales como aquellos había despertado su curiosidad a niveles insospechados. Y también su asombro. Cuando le vio sosteniéndole, mientras caía, pensó que había entrado en pánico previo a la muerte, y veía visiones. No era biológica ni científicamente posible que los humanos tuvieran alas. Que John tuviera alas no era viable de manera natural, y por ello le pareció lógico pensar que quizá había sido algún tipo de horrible experimento militar... lo que también habría explicado por qué nunca se lo había mencionado. Se quedó inexplicablemente más tranquilo cuando John confirmó que eran de nacimiento, y no implantadas, como temió en primera instancia.
Aún después de el beso que habían compartido en la azotea, John seguía estando tenso junto a Sherlock. No era solo que supiera su secreto, lo que le hacía estar en ese estado, sino también el enfado. La decepción de haber estado a punto de presenciar como su mejor amigo se suicidaba delante de él. Y ni siquiera le había pedido perdón. Ni una sola vez. John estaba dolido por eso, y no quería hablar de ello por miedo a explotar y hacer algo más de lo que tener que arrepentirse más tarde. Ya era bastante malo haberse expuesto de ese modo, no digamos sentirse rechazado por la persona a la que consideraba su compañera.
John se dirigió directo a la cocina, pensando todavía en todo lo que había pasado ese día... ¡era de locos! Le dolía la cabeza y le ponía de muy mal humor el pensar en que, para esos instantes, y de no ser lo que era, en lugar de estar preparando un té en la cocina de su casa, estaría preparando un funeral. La sola idea le hacía estremecer.
Encendió el fuego y llenó una tetera, sintiéndose completamente observado. Cerró las manos en puños sobre la encimera, con los ojos cerrados, respirando agitadamente. Se había puesto una de sus viejas camisetas de los Cuervos, de las que tenían abertura para las alas. No tenía mucho sentido esconderlas en casa ahora que Sherlock sabía la verdad, y a él le resultaba infinitamente más comfortable que llevarlas enroscadas alrededor del cuerpo. Así que se las había plegado a la espalda, con mucho cuidado de no abrirlas, pues era consciente de que tenían un tamaño mayor de lo que la cocina podía soportar.
— ¿No tienes nada que decir?
John ni siquiera se giró. Estaba demasiado alterado como para mirar a Sherlock a la cara y ver que ni siquiera le despeinaba el hecho de haber estado a punto de morir. La vida poco le importaba a Sherlock Holmes, y John lo sabía de sobras. Vivía por y para el trabajo, y moriría por él también. El silencio a continuación fue duro y denso, tan palpable que la tensión podría haberse cortado con un cuchillo de mantequilla.
— ¿Qué se supone que debería decir?
John tomó una profunda respiración, y agitó la cabeza, con una mueca resignada.
—Eres increíble.
Sacó la tetera del fuego y se sirvió un poco de agua caliente, antes de meter la bolsita de Earl Grey dentro.
Cuando se giró, Sherlock le estaba mirando con el ceño fruncido. Se había arremangado la camisa y le miraba, con los brazos cruzados desde el salón. Parecía, por primera vez, no tener ni la más mínima idea de lo que John estaba pensando... y eso molestó al doctor. Siempre había esperado con deseo el momento en el que Sherlock Holmes no pudiera deducirle, pero ese momento no era el adecuado. John no era un hombre de muchas palabras. No le gustaba hablar de sus sentimientos, no le gustaba hablar de lo que pensaba. Le costaba encontrar las palabras y lograr sacarlas de sus labios era todo un ejercicio de guerra. Quizá por eso se había sentido cómodo con Sherlock. Porque sabía justo lo que quería decir sin necesidad del horrible intermedio. Y ahora que lo necesitaba más que nunca, que sentía que se atragantaba, Sherlock no colaboraba.
El momento en la azotea había sido una pequeña burbuja en medio de todo. De la horrible situación que suponía estar a punto de ver a tu mejor amigo saltar de una azotea de vete tú a saber cuántos pisos hasta su propia muerte. John no quería ni imaginar cómo habría sido si no hubiera podido volar. Cómo hubiera sido todo si no hubiera llegado a tiempo a Bart's. Allí solo había habido alivio por su supervivencia. El enfado vino luego, durante la bajada de la azotea, y el trayecto en taxi. Y ahora le cubría como un velo rojo que amenazaba con nublar su visión y su juicio.
Negar que quería partirle la cara sería mentir como un cosaco. Quería partirle la cara. Quería comprobar la hipótesis de si a base de golpes, una persona podía entender un concepto.
—Ni siquiera tienes... una maldita disculpa —cojo la taza humeante, y le miro, con los labios apretados y los ojos entrecerrados. Siento extraño el poder moverme con tanta libertad por el piso, con las alas a la espalda. Pero eso era un segundo plano. No era ni siquiera un poquito relevante —. Me dejaste verte saltar... de un edificio... ¡Por el amor de Dios, Sherlock!
El aludido no hizo más que apretar los labios y apoyarse en el respaldo del sofá de John, previendo que aquella iba a ser una larga conversación. John acababa de hacerse un té, y se había puesto una de sus camisetas militares. Con ese aspecto no iba a salir a la calle, así que a menos que algo extraño sucediera en los siguientes diez minutos, John no pensaba dejar el piso para ir "a tomar el aire". Pensaba quedarse en Baker tanto tiempo como fuera posible.
—Sabes que lo hice por ti.
—¡Por mí! ¡Lo hiciste por mí!
John dejó la taza caliente sobre la mesa de la cocina, junto a un par de prometas que Sherlock tenía en exposición. El detective se tensó, preparado para la tormenta que iba a desatarse sobre él.
— ¡No digas que lo hiciste por mí! No lo digas. Saltaste de una azotea. Me enviaste a la otra punta de Londres. Me dejaste tirado lejos de ti... ¡mientras te jugabas la vida dejándote caer de un edificio! ¿En qué demonios estabas pensando, Sherlock? ¡¿En qué?!
Guardo silencio. Podía notar el dolor en la voz de John, el sentimiento de abandono que había en él. Y eso le estaba haciendo daño a él de una manera que no podía explicar. De una manera profunda e intangible. Ni siquiera intentó defenderse. No había nada que pudiera decir. Nada en absoluto. Supo que John no le perdonaría tan fácilmente por lo que hizo. Lo supo antes de dejarse caer, y lo supo mientras caía. Así como también lo supo cuando de encontró vivo y a salvo en la otra azotea. Porque John no se tomaba aquello, no solo como un fracaso en su autoimpuesta labor de protegerle a cualquier coste, sino como la confirmación de que era un completo inútil y por eso no había logrado apartar al genio de la locura. Que no importaba, porque Sherlock consideraba que suicidarse era la mejor alternativa.
—Sé que había un francotirador apuntándome. Lo vi. Como también vi al asesino ruso que estaba con la Señora Hudson en casa, y le invité a marcharse. Estabas con él, ¿verdad? Moriarty estaba allí arriba contigo. ¿Te llamó él a ti, o tú a él? Apuesto lo que quieras a que fue emocionante no tenerme a mí pululando por allí, molestando con mi estupidez.
Aquello fue el culmen del silencio de Sherlock.
—Eso no es...
La mano alzada de John le detuvo.
—¿Sabes qué? No quiero saberlo. No me importa.
Cogió la taza de té, y se dirigió hacia el sofá verde, buscando el mando a distancia del televisor. Tenía grandes expectativas respecto a la nueva serie que daban en la BBC One. No esperaba verla entera ni enterarse mucho de que iba, porque en su estado actual, su mente seguía el ejemplo de la pescadilla que se muerde la cola como si fuera el padrenuestro, y seguía dándole vueltas al tema de Sherlock y la azotea en silencio. No se le pasaría tan fácilmente. No era tan sencillo que John controlara tan bien su temperamento como para olvidar algo así en tan poco tiempo. Estaba herido, y sabía que tardaría en pasársele. Si hubiera recibido algún tipo de disculpa por parte de Sherlock, quizá hubiera sido distinto. Quizá hubiera sido todo muy diferente Quizá John se hubiera enfadado un poco, y luego todo habría sido como antes. Pero lo peor de todo, era que Sherlock no había dicho nada, durante la discusión. Ni siquiera le había negado lo que había insinuado de que Moriarty le parecía más interesante que él.
Movió las alas para acomodarlas, hasta que decidió envolverse en ellas como si fueran una manta, para protegerse del frío, dando ocasionales sorbos de su taza. Por su vista periférica, puso ver como Sherlock se movía hasta tomar su bata de una de las sillas de la cocina, y escabullirse a su habitación, dando un ligero portazo cuando cerró la puerta tras de sí. John, para ese entonces, debería estar sintiéndose mal. Culpable por haber herido a Sherlock. No lo estaba. De alguna manera, quería que se sintiera tan mal como se sentía él. Quería que fuera capaz de sentir el miedo, la preocupación y el dolor que sentía él por dentro, la angustia que le apretaba el corazón.
El tiempo pasó, y el capítulo piloto de la nueva serie de piratas terminaría después de la pausa para los anuncios que habían hecho. John le veía futuro. No era su tema favorito, pero no estaba mal. Y parecía estar muy bien documentada, así que parecía ser interesante. Aunque el criterio de John de poco valía. Solo vio dos capítulos de In The Flesh antes de enterarse de que no renovarían temporada. Y él había pensado que duraría bastante más.
El olor y el sabor del té caliente le fueron relajando el cuerpo, así como el calor que generaba. Por un momento, apartó los ojos del televisor, y se pinzó el puente de la nariz, con un gruñido cansado. Le irritaba discutir, y más si era con Sherlock. Parecía que hablaba con un niño pequeño cuando lo hacía, y eso agotaba sus nervios.
Vale, podía reconsiderar la postura. Podía comportarse como un adulto y no verlo todo blanco o negro, sino en tonos de gris. Podía intentar entender por qué Sherlock hizo lo que hizo, pero era difícil meterse en la mente de un genio. Si fuera él el que hubiera estado en su situación, allá arriba con Moriarty (porque estaba muy seguro de que había quedado con él de algún modo allá arriba), no habría dudado en apretar el gatillo nada más verle. Tal era el odio que le tenía al criminal consultor. Y sin embargo, no entendía por qué habría saltado Sherlock, si dijo que lo hizo por él. Nada podía estar ligando semejantes acontecimientos. Nada que tuviera sentido en la cabeza de John, por lo menos. Una parte de él sabía que el francotirador tenía algo que ver con todo aquello, igual que también estaba relacionado el asesino de la Señora Hudson.
Piensa, Watson. Piensa. ¿Qué se te está escapando?
"Sabes que lo hice por ti".
Normalmente, Sherlock estaría ya a esas alturas trabajando en algún experimento en la cocina, o enredado en su palacio mental en su sofá, pero ninguna de las opciones parecía estar sucediendo. Con el ceño fruncido, se levantó para echar un vistazo en la cocina. Seguía sin ver clara la conexión entre todo lo que estaba pasando, así que prefería moverse y hacer algo útil, en lugar de romperse la cabeza intentando ser como Sherlock, o entender siquiera por qué hacía lo que hacía.
Al no encontrarle por ninguna parte, y ver el abrigo aún colgando de la entrada, John decidió acercarse a la puerta de su habitación. Su enfado había disminuido a niveles sociables ahora que ya lo había soltado todo, y necesitaba aclarar las cosas con Sherlock. Hablar un poco sobre lo que había pasado... con más tranquilidad y diplomacia.
Después de dudar, delante de la puerta cerrada del dormitorio, John golpeó la madera con los nudillos un par de veces. Esperó y, al no obtener respuesta, volvió a intentarlo, con algo más de fuerza.
— ¿Sherlock? Me gustaría hablar contigo... y pedirte disculpas.
Calló y esperó a recibir una contestación, pero nada de eso sucedió, sino que el silencio permaneció. Carraspeó, sin saber muy bien qué hacer, hasta que su mano se encontró con la manija. La movió para abrir, y su sorpresa fue mayúscula cuando se dio cuenta de que no estaba puesto el pestillo. Con sumo cuidado, y para evitar hacer ruido y ser descubierto irrumpiendo en cuarto ajeno, accedió a la misteriosa habitación de Sherlock. Todo estaba oscuro, incluso la persiana estaba cerrada. la única luz del cuarto entraba por la puerta que estaba siendo abierta para John, difuminando los contornos oscuros del mobiliario interior, creando sombras en movimiento.
John vio un bulto sobre la cama, con su visión periférica, y se encontró con un Sherlock acostado de lado, en posición fetal, que le miraba desde allí. Se estaba abrazando las piernas con un brazo, y sus ojos brillaban en la oscuridad como los de un gato. John casi sufrió un ataque al corazón cuando se fijó en dichos destellos.
—No creo haberte dado permiso para que entraras, John.
John se detuvo en seco, la mano todavía en el pomo de la puerta, delatando su culpabilidad.
La habitación de Sherlock olía a ropa limpia, a bolitas de naftalina y a colonia de hombre que tenía pinta de ser muy cara. Y estaba limpia. John creía que su entrenamiento militar era peor que tener a alguien con TOC, pero resultaba ser que ambos Holmes parecían sufrir de dicha enfermedad, solo que en diferentes estadios. Mientras Mycroft era pulcro y pulido en todo lo que hacía, Sherlock era dos partes de un todo. El pulido y ordenado cuarto donde dormía donde todo estaba ordenado en un riguroso sistema, y el desorden cosmológico que era el resto de la casa en el que siempre parecía saber donde encontrar todo. Quizá sí que era cierto que creaba un orden a partir de un caos, pero no era lógico.
Aunque en cuanto a Holmes se refería, la lógica poco podía hacer en lo que respectaba a sus comportamientos.
—Lo sé, pero no contestaste.
—Eso era porque obviamente no deseaba que entraras ¿Tenía que haber dicho específicamente que no? Porque creí que con un simple silencio incluso tú podrías comprender.
Las alas de John se tensaron a su espalda, y sintió la imperante sensación de enroscarlas alrededor de su cuerpo, como una medida de protección extra al sentirse amenazado.
—Tenemos que hablar.
Sherlock soltó una risita entre dientes que sonó en medio de la oscuridad. Incluso sin ver su rostro, John sabía que era una risa de desprecio.
— Tenemos, ¿eh? ¿Así que ahora voy a tener turno de palabra, también? ¿O vas a continuar gritándome y echándome en cara cosas que ya sé?
John se cruzó de brazos en la entrada, soltando por fin el pomo. Sherlock no se había movido ni un milímetro de su posición original en la cama. No parecía pensar en moverse, la verdad. John no podía creer, por otro lado, que fueran a tener esa conversación. Cuando, en sus pesadillas, había imaginado que Sherlock descubría la verdad a cerca de sus alas, nunca imaginó que sería de ese modo, y mucho menos que acabarían discutiendo acerca de un intento casi fructífero de suicidio por parte de Sherlock, en lugar de e su deformidad. Pero nunca nada es como te lo imaginas, ya sea para bien o para mal.
—Por favor, Sherlock. No hagas esto más difícil.
—Oh, es verdad. Para mí fue muy fácil saltar de ese tejado, ¿verdad, John? ¿No es eso lo que piensas? Por eso es tan difícil. Porque soy un sociópata que no tiene sentimientos, y tú te empeñas en que los tenga. Debe de resultar agotador y frustrante. Como darse contra un muro.
John suspiró y tomó una profunda respiración. Estaba claro que en algún momento había herido a Sherlock, o no estarían teniendo aquella conversación.
—Claro que tienes sentimientos, idiota. Como el resto del mundo.
Oyó la cama crujir cuando Sherlock se giró para darle la espalda. Cuando lo hizo, los destellos de sus ojos desaparecieron en la oscuridad.
—John, haznos un favor a los dos, y déjame en paz. Yo no quiero hablar, y tu realmente no quieres oír lo que sea que tuviera que decir. Así que, si no es demasiada molestia, vuele a cerrar la puerta y vete por donde has venido —dijo, y por un instante, su voz sonó cansada. John pensó en un anciano, exhausto tras explicar una de sus batallas. Apretó los labios, se tragó su orgullo, y volvió a coger el pomo de la puerta, una parte de él diciéndole que debía quedarse allí que debían arreglar aquello por el bien de los dos. Sentía como si ambos estuvieran en una tabla de equilibrios, a punto de caer al abismo, y el suelo hubiera empezado a temblar bajo ellos, amenazando con tirarles al vacío —. Y si es mucha molestia, hazlo igualmente. Déjame solo, John.
Se oyó un suspiro proveniente del soldado, y finalmente se retiró, cerrando la puerta. Necesitaba despejarse. Necesitaba dar una vuelta.
Cerró a puerta del cuarto de Sherlock, subió a su propia habitación, y enroscó las alas a su alrededor antes de ponerse uno de sus jerséis. Bajó de nuevo las escaleras, y con la cartera y el móvil en el bolsillo de los pantalones, abandonó el 221 de Baker Street en dirección aleatoria, buscando simplemente caminar ya aclararse las ideas. Necesitaba pensar en qué estaba pasando y cómo arreglarlo.
Al fin y al cabo, no todos eran genios.
Aquí la continuación de Wings... no es especialmente largo, pero mis exámenes están a la vuelta de la esquina, y quería subir algo porque me apetecía escribir más de este fabuloso winglock.
Sé que es un poco denso y aburrido, pero la mayoría de los capítulos de transición lo son, así que no me linchéis, vale? :*
Gracias por leer, y animaros a dejar un review. Amo conocer vuestra opinión :)
MH
