III
John hacía a penas medio hora que había estado fuera de casa, y ya se sentía culpable. Fuera, en la calle, hacía un día de perros. Llovía, como cualquier otro día en Londres, y el Támesis no olía precisamente bien. Con el agua revuelta por la tormenta, y las aguas que bajaban cargadas y fuertes, estaba más turbio que ningún otro día que recordara. El aire estaba cargado con la estática de los rayos que estaban por caer, la atmósfera se hacía pesada por la presión cargada que ejercían los negros nubarrones de tormenta que se cernían sobre la ciudad, convirtiendo el día en noche, tragándose el sol con sus oscuras fauces necesitadas de liberar algo de su preciada carga. El olor a humedad era cada vez más intenso.
A John le gustaba la lluvia, pero le incomodaba.
En la guerra, con el hollín sobre las alas, y durante una misión, la lluvia era peligrosa. No solo porque una tormenta (especialmente una con rayos) dificultara el vuelo, sino porque el agua mojaba las alas. Las hacía pesadas, menos dinámicas, resbaladizas, y sobre todo, las limpiaba. Aquellos alados que tenían plumajes llamativos, como John, debían quedarse en tierra cuando eso pasaba, dando apoyo desde el suelo, o realizando otras operaciones en distintos lugares. Siendo John un miembro de los médicos, nunca estaba ocioso cuando eso pasaba. Mientras que algunos compañeros se quedaban en tierra jugando a cartas o aprovechando la tormenta para escribirle a sus familias, John iba de un lado a otro atendiendo heridos, remendando heridas, desinfectando balazos, extrayendo metralla o, en el peor de los casos, firmando actas de defunción.
Ahora, de vuelta en casa, la lluvia solo era un factor más del que únicamente dependía el tipo de zapato que te ponías. La vida seguía aunque lloviera, indistintamente. Eso hacía que los días se volvieran algo más impersonales, en cierto modo.
John estaba huyendo de sus problemas.
Sabía que dejar el apartamento había sido un acto impulsivo e infantil. Ahora que podía pensar con claridad se daba cuenta. Tenía que haberse quedado. Podría simplemente no haber insistido. No hubiera hecho falta. Si simplemente se hubiera quedado en el salón, Sherlock habría salido de su cuarto, y habrían sido capaces de hablar como las personas adultas que se suponía que eran. Pero el gran John Watson tenía demasiado orgullo de macho alfa que debía contener para que eso sucediera. De modo que pensó que tomar el aire le sentaría bien.
Se equivocó al acertar.
Volvió sobre sus pasos, dispuesto a disculparse, a dejarlo pasar. Él lo habría hecho de otra manera, estaba convencido. Pero tenía que ponerse en la situación de Sherlock. Sabía que era una reina del drama, pero desde que se conocían, nunca había hecho nada que pudiera perjudicarle seriamente, nunca le había hecho daño. ¿Por qué ahora iba a ser distinto? Se podía permitir estar enfadado, podía no entender por completo el funcionamiento de la mente de Sherlock, pero no por eso tenía derecho a juzgar sus actos. No cuando lo había hecho por hacer lo correcto. No cuando sabía que él habría hecho lo mismo de no haber tenido otra opción, d haber estado en el lugar de Sherlock, en lo alto de la azotea. Con la minúscula diferencia que él sí se hubiera suicidado, mientras que estaba seguro de que Sherlock tenía un plan. Porque lo tendría. Era así de genial.
Aún no entendía cual ni cómo, pero había un plan pensado para ese salto. De alguna manera, Sherlock lo había considerado así.
Lo único que John quería, era que entendiera que era un soldado cualificado, no un niño. No necesitaba ser protegido. No quería ser dejado de lado por ser considerado insuficiente, poca cosa. No después de haber pasado por una guerra.
Abrió la puerta del 221 B, entrando en el salón, sacándose la chaqueta empapada. Iba a dirigirse al baño a coger una toalla con la que secarse, cuando se encontró con Mycroft Holmes, sentado en su sillón. Mirándole como un halcón miraría el ratón que se iba a comer, antes de abalanzarse sobre él. Claro está, si el ratón en cuestión estuviera armada con un arma reglamentaria del ejército, y tuviera un humor de perros por haberse mojado hasta los huesos cuando la lluvia le atrapó dos manzanas más abajo de Baker Street, sin ningún taxi que le recogiera.
Quizá el halcón se lo pensaría dos veces antes de probar su comida.
—Así que es cierto —dijo, observándole. John ciñó las alas a su alrededor, helado y consciente de lo que Mycroft estaba viendo. Sus alas envueltas a su alrededor, por fuera de la camisa de los cuervos. La próxima vez miraría antes de sacarse la chaqueta —. Para serte franco, pensé que mis hombres me tomaban por estúpido cuando me dijeron que un ángel había recogido a mi hermano en plena caída.
—Pues ya ves que no. Ahora, si no te importa, tengo asuntos pendientes con Sherlock, y estoy helado, así que...
Mycroft se apoyó en su paraguas, chasqueando la lengua, ignorando deliberadamente la invitación poco cortés de John a abandonar el apartamento. John, que sabía elegir las batallas, y sabía que aquella estaba perdida desde que entró por la puerta de abajo, relajó las alas y las plegó a su espalda, estirando los músculos. No había punto alguno en ocultar algo que ya había dejado de ser un secreto.
—Es interesante, su condición. Y me temo que le he subestimado. Guardar un secreto de semejante magnitud ante nosotros, los Holmes... debió suponer todo un reto, imagino.
—Uno se acaba acostumbrando —contestó John, ácido. Por algún motivo, la presencia de Mycroft le resultaba irritante. Quizá porque lo había visto, o quizá porque de alguna manera, había sabido que estaba en el ajo, y eso le dolió. Además, seguía resentido con él por venderle secretos a Moriarty sobre Sherlock, pero a la luz de los nuevos acontecimientos, estaba seguro de que eso también había formado parte del plan. O eso quería pensar, porque de otro modo, saltaría sobre el cuello de ese bastardo fraticida y lo estrangularía con sus manos desnudas —. Cuando se sabe de qué pie cojeáis, es relativamente fácil.
Mycroft enarcó una ceja.
—¿Qué pie es ese, Doctor Watson? Solo por curiosidad.
John encendió el fuego y llenó una tetera con agua, sintiendo el calor de la llama de gas calentarle las manos. Podía notar los ojos fríos de Mycroft sobre él, pero estaba dispuesto a ignorarle todo el tiempo que fuera necesario, hasta que se fuera.
—Que solo creéis en la ciencia. Por eso sabía que era improbable que lo descubrierais si me limitaba a no mostrarlo. Un hombre con alas no es algo que la gente esperaría, y mucho menos algo que un Holmes supondría. Supongo que con cualquier otro, con alguien cualquiera de la calla, habría resultado mucho más tedioso y complicado.
El hombre de hielo hizo una mueca de aprobación, como sorprendido por el razonamiento de John, lo que hizo que éste forzara una sonrisa. Sabía que los Holmes eran pretenciosos, pero una cosa era creerse superior, y otra muy distinta tratar a John de idiota. John era listo. No era un maldito genio, pero no era estúpido. John era competente. Era un soldado. Estuvo en una guerra. No consentiría que le tacharan de imbécil así de fácilmente.
—Me sorprendes cada día más, John. Estoy francamente impresionado.
John sacó la tetera del fuego con cuidado, se sirvió una taza de té, y miró a Mycroft, dando un sorbo.
—Me alegro de ser de tu interés. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer.
Mycroft se lo quedó mirando un buen rato, estudiándole, hasta que al final se levantó, y abandonó el piso en silencio. No fue hasta que John escuchó el sonido del motor alejándose , que sacó otra taza, y vertió algo de té en ella. Con ambas tazas en la mano, se dirigió hacia la habitación de Sherlock. Haciendo malabares, tomó ambos tés en una sola mano, llamando a la puerta.
—¿Sherlock?
Escuchó un bufido al otro lado, pero ninguna respuesta verbal. Si su compañero seguía allí encerrado, aquello sería más difícil de arreglar de lo que había pensado que sería. Bueno, él lo rompía, él lo pagaba. Viendo que se iba a tirar el agua caliente del té encima, acabó llamando con un ala a la puerta.
—Por favor, sé que estás enfadado conmigo, pero déjame entrar. Tenemos que hablar. Los dos. Seriamente.
Esa vez no hubo respuesta. John dejó los tés en el suelo, junto a la puerta, y se deslizó por la pared hasta quedar sentado frente a ella. Sabía que eso era algo muy poco común, que era raro estar sentado frente a la puerta del cuarto de tu mejor amigo (o algo más), pero en ese momento, le pareció una idea de lo más lógica.
Sacó su teléfono móvil, y decidió optar por otro tipo de comunicación.
Lo siento -JW
Escuchó el tintineo del mensaje al otro lado de la puerta, pero no el movimiento de un cuerpo moviéndose por la cama para cogerlo. Suspiró, decidido a esperar, cuando el aparato vibró en su mano.
Eso me lo imaginaba. Remordimiento. ¿Por qué? -SH
¿Por qué que? -JW
Escuchó el bufido al otro lado de la puerta, y sonrió. Al menos era algo.
Por qué debería dejarte entrar -SH
No sonrías -SH
Capullo -JW
Esa no es una muy buena manera de pedir disculpas -SH
Y YO no soy el capullo -SH
Un poco sí ;) -JW
¿Otra vez las caritas? -SH
He hecho té -JW
Lo huelo. Ceylon -SH
Gracias -SH
Entonces, ¿me dejas entrar? -JW
No has respondido a mi pregunta -SH
Quiero que hablemos -JW
LOS DOS -JW
Después de ese mensaje, se sucedió un tiempo de silencio, en el que John se dedicó a montar un pequeño discurso personal. Las palabras no se le daban muy bien, era más ducho con las demostraciones, pero si tenía que ser, que fuera. Quería, esta vez, que Sherlock le contara su versión. Estaba harto de hacer suposiciones y equivocarse, o hacer suposiciones y acabar enfadado por algo que quizá ni siquiera había pasado, y que solo estaba en su cabeza.
El móvil vibró en su mano segundos después.
Te escucho -SH
John respiró hondo, y se aclaró la garganta. De pronto, la parrafada que tenía preparada parecía poco en comparación con todo lo que quería decir y no podía. Boqueó un poco, buscando las palabras apropiadas, hasta que se dio una bofetada mental, y se centró. Sherlock estaba esperando por aquello que John había insistido en darle durante por lo menos un cuarto de hora. Así que iba a hacerlo. Iban a hablar de ello.
—Creo entender por qué lo hiciste. Estoy... estoy enfadado, ¿vale? Pero estoy enfadado porque me asustaste. Dios, nunca había tenido tanto miedo antes. La idea de que podías haber muerto por mi culpa es... es algo que me aterroriza —admitió, y respiró hondo, como si decir aquello hubiera consumido todo el oxígeno en sus pulmones. Bueno,ya había saltado del precipicio. Ahora la caída tenía que ser más fácil, ¿no? Solo era dejarse llevar por la gravedad —. Vi el tirador en la ventana. Me estaba apuntando. Supongo que Moriarty estaba contigo en esa azotea. Que hizo algún extraño y retorcido trato contigo. Que intentaste salvar mi vida del único modo en que podías. Y no estoy enfadado por eso, porque yo habría hecho lo mismo por ti. Sin pensarlo ni un minuto. Así que lo siento. Antes me excedí. Seguía asustado. Aún lo estoy. Se me pasará, pero aún así no es excusa. Perdóname, Sherlock.
El apartamento quedó de nuevo sumido en el silencio. John podía oír desde allí la televisión de la Señora Hudson, que veía como cada día laborable La ruleta de la Fortuna. El presentador chillaba más de a lo que John le gustaría que un presentador gritara al micro, pero también era cierto que sus elecciones televisivas dejaban mucho que desear. Empezaba a pensar que había metido la pata más todavía, cuando oyó ruido de un cuerpo moviéndose sobre una cama al otro lado de la puerta, pero no el rechinar de los muelles típico de cuando alguien se levanta. Golpeó la cabeza contra la pared, apretando los dientes, enfadado consigo mismo por hacerlo todo tan difícil, cuando un nuevo mensaje le llegó.
Entra. La puerta está abierta. Trae el té -SH
Con una pequeña sonrisa, se alzó, cogiendo las dos tazas, y abrió la puerta con cuidado, girando el picaporte.
La habitación estaba en penumbras, y estuvo a punto de encender una luz, pero un gruñido procedente de delante de él le detuvo. Sus ojos se adaptaron rápidamente a la oscuridad, ofreciéndole la visión de la habitación de Sherlock en una oscura gama de tonos de gris. La zona blanca, más brillante, era la que estaba iluminada por la luz que entraba por la persiana medio bajada de la ventana. Las motas de polvo flotaban en el aire delante de sus ojos como pequeños puntos blancos, parecidos a la nieve. Dejó su taza en la mesilla, y tomó la mano de Sherlock para guiarla en la oscuridad hacia el asa de la suya.
—Cuidado, está caliente.
Vio a Sherlock asentir, tomarla, y dejarla en el otro mueble a su lado.
Sherlock estaba encogido en posición fetal, con los brazos rodeándole las piernas, tal y como John lo había visto cundo se fue. Su pelo estaba revuelto, y si la visión de John fuera un poco mejor en distancias cortas, y en la oscuridad cerrada de una habitación, habría jurado que los ojos de Sherlock estaban hinchados, pero eso no era de su incumbencia. El detective palmeó la cama a su lado, y John se sentó en ella. Había algo intimo en estar con otra persona en una cama. Con Sherlock era distinto. Era intimo, pero no en ese sentido. Era íntimo de otra manera.
—Ves en la oscuridad.
John asintió, pero cuando recordó que Sherlock probablemente no le veía, carraspeó.
—Sí.
—¿En blanco y negro?
—Ajá. Pero solo ahora. No soy un perro, veo los colores cuando hay luz.
Vio el ceño de Sherlock fruncirse, su cerebro maquinando algo. No le importaba cambiar de tema si eso significaba que volvían a hablarse. Poco a poco, se llega al fondo. Solo debía ser paciente. La semilla ya había sido plantada.
—¿Cuánto pesas?
John rió.
—Cuarenta kilos.
—¿Sólo? Un hombre de tu constitución y altura debería pesar por lo menos sesenta para estar sano.
John se golpeó un brazo con los nudillos.
—Huesos huecos. Si no, no podíamos volar. Pesaríamos demasiado, aún con las alas siendo tan grandes como son.
—Te cuesta ver de cerca. No ves las teclas del ordenador correctamente. Frunces el ceño cuando las miras.
Se rió a carcajadas. Claro que él se había fijado en eso. Cómo no.
—Estoy operado de la vista. Tenemos hipermetropía de nacimiento. Estamos diseñados para ver a grandes distancias, no de cerca. Ya sabes, caza y eso.
—¿Y la respiración?
John entendió. Hizo una mueca. La respiración era un tema que resultaba peliagudo en los suyos incluso para los médicos experimentados. Muchos de los alados presentaban un sistema respiratorio común en los humanos: tráquea y pulmones, nada más. Es, por supuesto, representaba un problema durante el vuelo, de modo que en vuelos largos donde no pudieran contener la respiración, debían ponerse una mascarilla que permitía que el aire entrara de manera natural a sus pulmones, sin la velocidad del vuelo. Era muy raro, tenía forma de pico de pájaro, y así fue como se llamó. Pero entre los suyos también existían los que tenían el sistema respiratorio propio de las aves, y no necesitaban de la máscara. Las mutaciones que habían sufrido para ser lo que eran parecían no ser simétricas en todos los especímenes, si bien todos presentaban un patrón muy similar. La teoría de los investigadores era que la naturaleza todavía no había acabado de establecer los criterios de adaptación de la nueva especie, y se estaba probando. lo que temían era que por el uso de los Picos de Ave, estuvieran propiciando la existencia de variantes, limitando el efecto de selección de especies, alterando la evolución por medios artificiales.
—Necesito mascarilla. Pero no todos lo hacen.
John se tumbó de car a Sherlock para estar más cómodo, estirando las alas a su espalda, dejándolas caer hasta el suelo. Cuando Sherlock estiró una mano, a tientas, John alzó su ala derecha, y fue a su encuentro. los dedos de Sherlock rozaron las plumas primarias, y se hundieron en el resto, acariciando con cuidado de no ir a contrapelo y hacerle daño, maravillándose de la suavidad que percibía en la oscuridad. John intentaba controlarse. Las alas eran un punto muy sensible para él, pues las trataba poco, y que la gente se las tocara era... bueno, algo incómodo en según qué situaciones.
—Sé que no eres idiota. Y que no necesitas protección. Pero tenía que hacerlo. Tú lo habrías hecho también, en mi lugar. Y te habría llevado conmigo, si no hubiera sabido que aquella era la única forma de salvarnos a los dos —explicó, sus dedos aun entre las plumas de John —.Tenía un plan, pero lo frustraste. Ahora tendremos que ser rápidos, o habrá mucha gente en peligro.
John asintió, y frunció el ceño.
—Moriarty estaba allí.
—Sí.
John apretó los labios, sin saber si sentirse bien por haber acertado, o algo traicionado.
—¿Dónde está ahora?
Sherlock buscó su mirada en la oscuridad.
—Muerto. Se disparó en la cabeza.
—¿Qué?
Sherlock se medio incorporó. Tenía el pelo chafado por el lado donde su cabeza había estado pegada a la almohada.
—Lo que oyes. Está muerto, y ahora su red es más peligrosa que nunca. Mycroft ha empezado a cortar cuerdas, pero debemos detenerles, o quién sabe qué podría pasar. Nadie estará a salvo hasta que desaparezca.
John cubrió a Sherlock con su ala cuando un rayo iluminó la habitación, y un trueno hizo retumbar la casa. Sherlock se asombró de la calidez de las plumas, de su suavidad, una vez le cubrieron, y de lo grandes que eran. Así, tumbado, únicamente las puntas de los dedos de sus pies quedaban al descubierto. ¿Cómo podía haber pasado eso por alto tanto tiempo?
—¿Significa esto que me perdonas? —preguntó John, finalmente.
—¿Estaría hablando contigo si no?
John rió entre dientes en respuesta, plagando el ala de nuevo a como estaba antes, mientras Sherlock la tocaba.
—No, supongo que no ¿No quieres saber si yo te he perdonado?
—Es obvio que lo has hecho o no habrías vuelto.
—Capullo pretencioso —bromeó John, asombrado de nuevo por el genio que tenía delante, encogido como un niño en su cama, en la oscuridad.
—Creía que ya habíamos aclarado ese punto, John —bromeó, empujando su ala de vuelta hacia él, con una pequeña sonrisa en sus labios.
Ninguno de los dos se movió de sus sitio mientras la tormenta se descargaba sobre Londres, los rayos y los truenos cayendo del cielo y, en la oscuridad, John Watson estudiando a Sherlock Holmes, que a su vez daba vueltas al enigma que era su compañero, intentando entender su condición.
Poco a poco, el silencio se fue haciendo cómodo, y el frío hizo que se fueran acercando, hasta que Sherlock estaba prácticamente pegado a John, y éste lo envolvía con su ala, dándole calor corporal. Medio dormido por el calor que desprendía el cuerpo de John, y el cansancio de un día lleno de tensión y adrenalina que ya hacía rato que se había esfumado de sus sistema, Sherlock murmuró:
—Gracias por el té.
—No es problema.
Lo he dicho ya en otro fic, pero por si acaso, aviso:
voy a estar desconectada de FF y AO3 durante el mes de Agosto, porque me voy de viaje y no voy a tener internet con el que actualizar, así que es probable que no actualice fics (a menos que tenga tiempo y encuentre un sitio con Wi-fi gratis), pero en Septiembre volveré con un par de actualizaciones seguidas, así que la paciencia se verá recompensada. Es solo un hiatus temporal por vacaciones.
Después, hijos míos, volveré. Como las golondrinas de Bécquer.
Dicho esto, espero que os haya gustado el capítulo, en mi opinión un poco corto, pero qué se le va a hacer.
Gracias por leer y dejar review!
MH
