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Duelo en la playa

Un trueno retumbó por los cielos, aún cuando el Sol brillaba. El olor salino de la arena hizo encoger algo significativo en el pecho de Bloom. Era la incertidumbre, que en la soledad de aquel pasillo comenzaba a concebirla de una manera terriblemente dolorosa.

Sin pensarlo y arrastrando los pies, caminó hasta su destino mecánicamente. ¿Por qué había tenido qué alejarse? ¿Y ahora qué? Faragonda y Riven estaban enfadados con ella. Seguramente nunca más podría salir de Alfea. Posiblemente alguien la atacaría pasados unos días. ¿Y porqué justo ahora? No comprendía la rapidez de los hechos y parecía estar en un mal sueño. ¿Dónde estaban sus amigas? ¿Y Lockette? Cuánto necesitaba un abrazo de ellas o, cuando menos, el haber enfrentando ese día a su lado. Por primera vez en su vida temía por lo venidero, dado que una mezcla de miedo y frustración censuraba su coraje.

Es el cansancio, sugirió como causante una parte suya.

Las gotas de lluvia comenzaron a estrellarse con furia contra el edificio y aún cuando las ventanas estuvieran abiertas, no tuvo ni conciencia ni fuerza para cerrarlas. El camino parecía tan largo.

Con pesar, como si cada escalón se retorciera y agrandara, dificultando su camino, continuó hasta la puerta destino, olvidando lo dicho al entrar a la blanca habitación. Alguien la recostó en una cama que no era la suya y no recordó ni cómo ni cuándo: sencillamente se dejó vencer, meciéndose en el limbo existente entre la realidad y los sueños, entre "Tienes fiebre", "Nos conocimos en el bosque" y "No debí alejarme".

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–Sólo quería ir a Magix por una investigación – Excusó Bloom cuando, por segunda vez consecutiva aquella mañana, Griselda la había atrapado intentando fugarse de Alfea.

–Sin escolta-añadió la directora con seriedad–. Lo dije la última vez que nos vimos.

–Pensé que en la ciudad no habría problemas.

–Bloom, no puedo encerrar a mis alumnas en el colegio, del mismo modo que no les concederé libre albedrío. No sabemos quién o qué causa estos ataques.

Ataques que, con el trascurso de los días se intensificaban. Bastaba el menor acercamiento al bosque y alguna distracción para que un alumno o alumna solitarios resultaran heridos. Ante esto, las tres escuelas de Magix habían reforzado sus normas y horarios, intentando ser precavidos.

– Pero…– se detuvo antes de reclamar– Griselda dice que no puedo salir en grupos grandes de hadas.

Faragonda miró fijamente los ojos de su alumna, la cual terminó cohibiéndose.

–Me parece que tú y yo sabemos o suponemos lo que les sucede a esos grupos.

Se disolvían, tomando cada una de las integrantes su propio rumbo en la ciudad.

–Ahora– prosiguió la directora–, ¿por qué crees que he solicitado a Saladino especialistas voluntarios?

Bloom abrió y cerró la boca. Tenía sentido. Aunque sea, así las chicas se mantendrían juntas a un lado de ellos. "Ellos" parecía ser la palabra clave. Las de quinto, con quienes solía desayunar, cuando menos, sí lo harían.

– ¿Yo tendré toda una escolta?

Faragonda rió.

– No, Bloom. Uno.

Eso aminoraba su intranquilidad. Empero, no claudicaba la última cuestión: "¿Por qué?"No sólo sus amigas del desayuno le preguntarían la enigmática causa, si no que ella llevaba un par de noches meditándolo hasta caer en sueño.

–Debo admitir que aún no encuentro la razón.

–Son sospechas. Temo que el enemigo te busque como en primer y segundo año. Que seas la primera víctima de una serie de ataques, me alarma.

–No he hecho nada malo.

"Para merecer esto" parecía ser la continuación de la frase, la cual no afloró. Intuyéndolo, la directora se limitó a sonreír maternalmente. Para una mujer tan madura como ella, Bloom parecía una niña enfadada de un juego cansado.

– Resulta curioso, pero es bueno que lo sepas antes de que los años te lo enseñen. Existen dos tipos de enemigos: los que te querrán hacer daño por venganza y los que te odiarán por tener o hacer algo bueno. Los segundos son de quienes más cuidado hay que tener– hizo una pausa al ver cómo Bloom bajaba la mirada, reflexionando–. Son inflexibles, vanidosos y envidiosos. Pero debes saber, que posees un gran poder, además de un unido grupo de amigas, que te respaldará siempre– creó una pausa y cambió ligeramente el tema–.Son sospechas, Bloom, aún no hay nada que lo confirme; podría ser una alumna que cree que esto es divertido o algún hechizo se ha salido de control. Visto de ese modo, prefiero que tengas buena compañía, al igual que todas mis alumnas. ¿Entendido?

La pelirroja asintió.

– ¿Aún piensas ir a Magix?

–Realmente sí. Debo terminar un trabajo para la señorita Du Four.

–Ya veo. En ese caso, llamaré al profesor Saladino para que envíe a tu acompañante– sonrió gentilmente–. Espéralo en la entrada y no quiero que intentes escapar nuevamente.

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Cuando menos puedo salir, pensó Bloom, aliviada. Intentar escapar de Alfea dos veces y salir victoriosa sin un fuerte regaño, parecía darle esperanzas de que aquel sería un buen día. Ilusionada con la breve dosis de libertad, asió con fuerza su bolso lleno de cuadernos y, al salir al jardín, esperó pacientemente tras el portón, leyendo un libro que Palladium les había encargado a estudiar.

Sólo cuando el ruidoso motor de una motocicleta voladora atrajo su atención, guardó el libro y se incorporó. Mientras el vehículo, con su especialista uniformado encima, frenaba estrepitosamente elevando el polvo, Bloom miró a Griselda, parada de espaldas a ella en el jardín y salió sin problema alguno.

–Ojala hubiera sido así de sencillo hace una hora–murmuró decepcionada de su suerte.

Con las manos al frente, tomando el bolso, saludó con un perdido "Hola" a su escolta. No lo miraba a él: miraba la motocicleta. En algún lugar de sus pensamientos recordaba haber visto una así. La de los especialistas, aunque parecidas, cada una tenía su propio toque y justamente esa le provocaba un sabor antiguo: sus primeros años en Alfea, que instantáneamente proyectaban a Sky en su mente. No puede ser él, recapacitó. Sky estaba en Eraklion…o en Domino. Por un momento, tuvo la esperanza y el miedo de que si levantaba la mirada, vería un cabello rubio y unos ojos azul rey. Seducida por la idea, figuro en su mente una sorpresa en que Faragonda se hacía cómplice de Sky para que volvieran a estar juntos y que, al principio, ella misma se enojaría por tenerlo ahí, pero volvería Sky a ganar su afecto y le prometía dejar Domino. Una auténtica voz masculina la regresó bruscamente a la realidad.

–Así que tengo que cuidarte.

Miro al especialista que acababa de quitarse el casco. No era Sky y una punzada de desilusión le avergonzó, pero no aminoró su asombro. Verdaderamente no lo esperaba.

Era Riven en la faceta más adulta que jamás había observado en los rasgos de él. Era en efecto, un especialista que acababa de pasar a quinto año. Resultaba tan extraño tenerlo al frente. Si hacía cuentas, desde la partida de Sky, había aminorado el contacto con sus amigos de FontanaRroja; sin embargo, se añadía que con Riven no charlaba desde su ruptura con Musa

– ¿Reprobaste? –Preguntó él–Creí que eras más inteligente.

El hada arqueó las cejas.

–No. ¿Tú me cuidarás?

–Creo que es evidente.

– Oh, vamos… ¿Te levantaste con el pie izquierdo? Es verano, deberías estar feliz –dijo ella sonriendo, que, aún teniendo la amargura de Riven al frente, no podía desecharse de su inicial ilusión de ir a la ciudad.

Riven la ignoró y se limitó a sacar de subolsillo un diminuto cubo metálico que con la presión del botón de seguridad, desplegó mecánicamente en un tendió hacia Bloom y cuando ella lo tomó, se encargo de mirarla a los ojos con el franco fastidio asomándose.

– ¿Esto te parece un verano?

Y si tan sólo la pregunta hubiera sido un poco más amable, ella la habría respondido. Riven, en silencio, subió a la moto, mientras Bloom giraba el casco entre sus manos y no subió la cabeza aún cuando tuviera la mirada de él clavada en su cabello rojo.

La verdad, parecía inútil fingir que no sucedía nada. Ya no eran amigos. Hacía meses no salían a una misión en equipo. Hacía meses que no hablaban. Era obvio, Bloom se había despegado de los especialistas, a la partida de Sky. Riven había evitado a las hadas, después de su ruptura con Musa. La situación era incómoda y las pasadas misiones donde todos eran amigos no pesaban, ni para ella, lo suficiente como para querer pasar juntos un verano. Parecía ser que el costo de actuar como si Sky no existiera comenzara a cobrar factura.

Y no. Aquello no era un verano. No uno normal con todos los ataques que iban hasta la fecha. Era tiempo de incertidumbre.

–Mira, comprendo que no quieras perder tu verano en esto…yo tampoco. –Vacilante, miró por encima de su hombro cerciorando que Griselda estuviera lo suficientemente lejos para no escuchar – ¿Qué te parece si me llevas a Magix? Podríamos separarnos y, cuando termine, regresamos juntos.

Hubo un silencio, en el cual Bloom meditó perfectamente el erróneo comentario que acababa de decir. El miedo de ser perseguida en el bosque retornó, pero miró a Riven mirándola como si ella fuera una loca y supo que ese era el precio de alivianar el verano hasta volver a estar con sus amigas. La risa de Riven salió abruptamente después del silencio.

–Me parece que estas enloqueciendo ¿Por fin te llegó la etapa de la rebeldía, Bloom, o te cansaste de ser el perro faldero de Faragonda?

El especialista la miró, temerario, esperando un regaño, una bofetada, incluso el más grosero contraataque. Esperaba que le gritara, que metiera a su ex novia en la pelea y que luego dijera que ya no quería ir a la ciudad. Esperaba que Saladino lo reprendiera y le asignaran cuidar otra hada. Pero Bloom sólo lo miró agriamente.

–Sabemos que es absurdo que me cuides. Magix siempre tiene gente y policías.

Riven, aún sorprendido, negó la cabeza, lacónicamente.

–Puedes ir con la directora y decirle eso. Yo tengo estrictas órdenes de ser tu niñera. Y por más tentadora que sea tu idea, desgraciadamente es mi obligación cuidarte.

Bloom finalmente se sintió ofendida, no porque la trataran como a una niña a la cual debían cuidar, si no por la desagradable sensación de tener que pasar tiempo con alguien quien sufría por su compañía. Lo miró fijamente, más él no retiró su comentario. Riven sucumbió a la guerra visual, colocándose el casco y encendiendo el motor.

-¿Puedes subirte? No tengo todo el día– dijo Riven.

–No si continúas siendo grosero.

–Tú eres la que quieres ir a Magix, no yo.

–Eso no te da el derecho.

–Puedes ir con Faragonda y quejarte.

Bloom apretó los puños, enfadada, sin saber si él estaba rectificando su anterior insulto, al llamarle perro faldero. No caería en su juego y él no le arruinaría las vacaciones, estando o no a su lado.

–Sólo quiero ir a Magix.

Cuando menos aquel día, ella no movería su posición. Riven suspiró cansinamente y apretó con fuerza las manijas de la moto, asintiendo con levedad.

– ¿A dónde quieres ir?– murmuró con la mandíbula tensa.

–A la biblioteca.

Riven giró la cabeza hacia ella, más Bloom no pudo observar a través de la visera del casco la expresión en su rostro.

–Podemos ir entonces–bajó considerablemente el nivel de voz, dudoso si tentar o no en las reglas de Bloom – Y puedo recogerte al final. Sólo no te alejes de ahí.

Bloom, satisfecha, sonrió.

–Si dejas de ser grosero, sí. Y no le diré a Faragonda.

El especialista volvió a asentir, sin saber si el acusarlo o no con Faragonda era amenaza o un informe.

El hada, victoriosa, subió al vehículo, el cual rugió con estruendo y se elevó de la tierra para volar como impetuosamente sobre el sendero que daba a Magix.

La máxima velocidad parecía ser el único anti estresante de Riven, que se fastidió al reducir considerablemente el impulso de la motocicleta al llegar a la ciudad, atestada de gente y con tráfico pesado. Definitivamente, nadie ajeno a la ciudad hubiese creído que hacía tres días la ciudad estaba casi vacía por la inexplicable lluvia de granizo y, que la mañana anterior el cielo estaba gris para darle bienvenida, y hasta el momento, a un esplendoroso Sol veraniego que quemaba todo cuanto estuviera a su merced. El clima y el atractivo turístico llevaban semanas desequilibrados, por supuesto.

Alrededor de media hora bajo el inclemente sol, pasó para que la monumental biblioteca, con las nueve ninfas de la ciudad esculpidas en el tímpano–donde Daphne, La Ninfa estaba – se alzara. La moto subió a la banqueta y frenó. Bloom, al pisar el suelo, se preguntó a sí misma desde hacía cuánto tiempo había montado una motocicleta por última ocasión. Sus piernas entorpecidas temblaban por la desacostumbre.

–Gracias.

El especialista guardó el casco ahora sobrante y subió la visera del suyo.

– ¿Si una chica te pregunta si vienes sola…?

–No te preocupes, no creo que nadie de Alfea esté aquí– señaló el edificio a su espalda, pero recordó a Amaryl echándole de cabeza con Griselda antes del desayuno y se preocupó–. Te llamaré cuando salga– metió la mano en su bolsillo y tecleó su celular al sacarlo–. Cambiaste de número, ¿cierto? ¿Cuál es el nuevo?

–No– respondió Riven, extrañado. Se inclinó un poco hacia ella para mirar la pantalla, verificando los dígitos–. Es ese, el de siempre.

Bloom miró la pantalla en silencio. Era el número que tenía almacenado desde segundo año, pero su mente se remontó a principios de tercer año, cuando Musa había partido de la escuela. Llevaba semanas sin pisar Alfea, debido al trabajo en una disquera de Melody interesada en su talento. Una tarde había sido casi un milagro verla entrar por la puerta del apartamento.

– ¡Musa!– exclamó Flora, cuando susodicha entraba con un cargamento de maletas flotantes tras ella. Todas las Winx habiendo escuchado la bienvenida, salieron y le recibieron. A su partida con indefinido retorno, se habían inquietado con la idea de no volverla a ver nunca más por los pasillos de la escuela, y se lo dijeron en ese instante.

Musa soltó una risa, aclarando fatigada y sonriente:

–La disquera y mi papá no quieren interferir mucho con la escuela y Faragonda me dio permiso de regresar–se encogió de hombros–… pero tendré que presentar exámenes toda esta semana y ver a Avallon por las tardes.

Stella, que aún no la soltaba de su efusivo abrazo y tenía a Tecna esperando detrás, soltó una risita.

–Lo que importa es que te permitieron quedarte–dijo Layla– ¿Cuándo volverás a Melody?

– ¡No le preguntes eso! Acaba de llegar –bufó Stella.

– ¡Qué considerada!– exclamó Tecna impaciente. Musa soltó a su rubia amiga y pasó una mano por el hombro de la otra.

– ¿Iban a salir?–preguntó al notar que todas sus amigas se encontraban a la mitad del proceso de embellecimiento especial para salir en viernes.

– ¡Sí! Con los especialistas. Debes venir. Llama a Riven y dile que regresaste.

–La verdad es que estoy cansada…quizá luego.

– ¡No!, debes llamarlo. –insistió Stella.

–No, estoy cansada y me dijeron que Tune estaba en el jardín. Quiero verla.

– ¿Estás segura? A los chicos les alegrará saber que volviste. –añadió Bloom.

–Sobre todo a Riven –terció Layla con tono insinuante. Todas menos Musa rieron.

–No puedo llamarlo. Él cambió de celular…supongo–se encogió de hombros.

–Puedo llamarle a Sky para que le diga.

Musa abrió la boca para protestar ante Bloom, sin embargo Layla interrumpió desde el sillón:

– ¿Supones?

El hada de coletas tardó dos segundos en entender la cuestión. Se refería al celular de Riven.

–Ah, cuando marco, dice que es un número inexistente– caminó hasta su cuarto y las maletas le siguieron–. Se supone que eso pasa cuando cambias de celular ¿no? Tardan unos días en verificar el número a tu nuevo celular.

– ¿En dónde?-preguntó Stella burlonamente– ¿En un planeta pobre?

– ¡No, en Melody! –Le recriminó ferozmente– ¿Aquí no?

– En Magix el servicio es demasiado rápido. La transferencia se realiza bajo tarjetas chip de aparato a aparato. – explicó Tecna.

–Quizá sólo cambió de número, entonces–murmuró Musa, mirando con enfado a Stella.

–Seguro es eso. Sabes, en Andros es igual que en Melody… – dijo Layla, intentando calmar las cosas entre Musa y Stella; pero antes de que terminara el comentario, el hada de la música ya había entrado a su habitación con las maletas por detrás y había cerrado de un portazo.

Todas miraron fijamente a Stella, que, desprendida de la situación, se dedicaba a verificar el estado de su esmalte de uñas. Con total naturalidad murmuró.

–También cuando te bloquean. Fue la única manera que uno de mis ex novios supo que ya no lo quería ver –Se rió. En menos de un instante cambió su cara y se alarmó– ¿Alguien sabe algo de esos dos?

– Stella, ya basta. No es bueno hacer suposiciones– le corrigió Flora–, podrías hacer sentir mal a Musa.

-¿Más?-murmuró Tecna, fastidiada.

–Riven claramente pudo haber cambiado de número por cualquier razón– apoyó Layla, levantándose del sillón.

Y Bloom, aquella noche no había hecho más que regañar a Stella y disfrutar con Sky una de las últimas salidas juntos en armonía. Nunca le había dado tanta connotación a la otra situación, porque se había quedado marcado, como si hubiera sido un hecho, lo dicho por Layla. Riven había cambiado de número, por cualquier razón ajena a Musa.

La bloqueó, pensó pasmada e incómoda. O quizá no, le advirtió su conciencia antes de enjuiciarlo. No pudo evitar sentir cierto dolor por su amiga, pues, aunque tanto ella como las Winx sabían de sus problemas con Riven, nunca había tenido idea desde cuán temprano había comenzando estos. ¿Desde el primer viaje de Musa? Apenas comenzado el tercer año.

Musa nunca había querido hablar de la razón de sus discusiones con Riven y nunca la duda le había causado tanta curiosidad, como en ese momento.

-Oh, creí que lo habrías cambiado…

Levantó el rostro y miró a Riven que, por la expresión intrigada de su cara, dedujo que la suya misma debía ser la viva imagen de la consternación. Intento recomponerla, pero aún podía sentir como si estiraran su rostro, haciéndola abrir los ojos.

–Nos veremos–dijo la pelirroja, componiendo una sonrisa amable.

–Bien. Nos vemos.

Al entrar a la biblioteca, el hecho de tener que ir investigar sobre la tarea de la señorita Du Four, le recordó más a Musa; sentía que su historia se asimilaba. Después de todo, ella había reñido con Sky y ya no se…

Bueno, acordó mentalmente, ya no le hablo. Negó con la cabeza, para ahuyentarlo de sus pensamientos antes de enojarse. ¿Cómo había llegado a pensar que él y Faragonda organizarían un reencuentro? El hecho de saber que ella había imaginado aquello, le avergonzaba, como si debiera rendir cuentas a alguien sobre sus pensamientos.

Paseó por los pasillos, añadiendo a su investigación libros que le servirían para otras materias y algunos otros que le interesaban. Pensó que podía ser bueno darse prisa, pero repentinamente olvidó el porqué. Realmente le agradaba estar en la biblioteca y pasar tiempo fuera de la solitaria Alfea.

Mientras trazaba los mapas de Historia de la Magia, Helio–él único especialista que continuaba viendo– se apareció en su mente. Él seguía siendo la única persona conocida por Bloom, en Magix, que optara por hacer cosas como dibujar o escribir todo manualmente; el ejemplo más claro el hermoso cuadro que él había pintado para Flora y que reposaba sobre la cabecera de la cama de susodicha.

–Esto será largo–murmuró, escrudiñando su dibujo, pero sin referirse a él. Era el verano atestado de recuerdos.

El apartamento era enorme sin ellas; la escuela, totalmente aburrida sin las cientos de chicas; y sus días se volvían cada vez más pesados. Aunque aquello último, desde mucho tiempo atrás. Las Winx influían positivamente, claro; pero en días poco ajetreados, ideales para pensar mucho, sentía el peso de la ausencia de emoción. Sus días no eran malos, pero distaban mucho de llenarla.

–No te deprimas por eso– se intentó convencer a sí misma.

Vería a las Winx en cuanto acabara el verano y de ahí, seguiría todo un semestre con ellas; por otro lado, estaría con Mike y Vanessa para las vacaciones de invierno. Aquel verano era temporal; aburrido, sí, pero algún día debía terminar. Guardó todas sus pertenencias en el bolso, harta de darle vueltas al mismo asunto.

Al salir, la poderosa onda de calor la estremeció. Sacó su celular para llamar a Riven y, cómo él le indicó, le esperó sentada en las escaleras externas de la biblioteca. Sin embargo, su paciencia se fue agotando conforme los minutos transcurrían en su reloj, y el aburrimiento la invitó deambular sin destino, entre el río de gente, hasta quedarse parada en medio de la calle, apreciando que al otro lado de la avenida y un poco más allá, estaba el muelle en la playa.

Sonrió, atraída por la frescura del mar. Riven no importaba; si él llegaba a la biblioteca, le llamaría al celular y ella lo alcanzaría.

Contrastando de la arena seca y caliente, había un espacio donde la sombra del muelle caía y la arena se humedecía por las olas del mar; le agradó y se quedó sentada ahí, sin importarle el ensuciarse la ropa y mirando el centelleante mar. Había extraños a su alrededor, a la vez que unas cuantas chicas de Alfea. También– y se percató de ello minutos después–un chico se acercó un poco, apoyándose en las columnas del muelle. Podía sentir su mirada clavada en ella, haciéndole sentir incómoda, pero halagada. Lo observó de reojo y sonrió cuando éste lo hizo. Desvió la mirada, pero él aún la observaba.

– ¡Pelirroja!

Bloom, nada contenta con el llamado, lo miró arqueando una ceja.

–Te he visto antes – le informó el desconocido.

– ¿En serio? ¿Vas a FontanaRroja?

–No, nos conocimos en el bosque. Te vi ahí.

Bloom se acercó. Él tenía una sonrisa amistosa en el rostro, que hacía ignorar las marcadas ojeras bajo sus ojos negros.

– ¿Enserio?

"¿Cuándo?" era la pregunta. No lo recordaba y en sus expediciones escolares del ciclo escolar anterior no recordaba que hubiese chicos. ¿Gardenia? ¡No! Imposible; además, acababa de decirle que en el bosque.

– ¿No te acuerdas?–dijo el desconocido, un tanto desconcertado.

–Es que…– hizo una pausa, reflexiva–Estás bromeando– murmuró Bloom, sorprendiéndose de lo ingenua que podía llegar a ser.

– ¡No! Sí nos encontramos. – la miró fijamente, como quien intenta ver que hay más allá de un vidrio.

Sin tiempo de responder y sin señal previa un hechizo sobre su vientre, acababa de lanzarla sobre la arena. El chico camino hasta ella y se agachó.

– ¿Te hice daño?

Consternada, Bloom intentó levantarse. El tipo acababa de atacarle y tenía el descaro de preguntar por su estado con la mejor cara de preocupación, ¿qué clase de persona era esa? Bloom intentó retroceder, pero él la detuvo con un una mano bajo las clavículas, sonriendo con un dejo tan aparentemente amistoso. Muy por el contrario a lo aparente, el hada tenía la estremecedora sensación de ser succionada desde el centro de su tórax dificultándole la respiración.

–No te muevas o llamarás mucho la atención– susurró él, acariciando un mechón naranja con la mano libre.

Los ojos se le aguaron al hada al no poder respirar. Desesperada, en su mano procuró hacer la llama más grande que su magia le posibilitara en aquel momento y a penas al tocarlo, él cayó al suelo, similar a como ella hacía unos instantes. Bloom jadeó, sintiendo como sus pulmones se llenaban plenamente de aire. Se puso en pie para correr y sólo detenerse para verificar a su atacante. No había hecho falta el meditarlo cuando en un segundo podía sentir las alas de hada moviéndose en su espalda, listas para huir volando si era necesario.

Él se mordió los labios, indeciso, mirando a la gente turbada y lejana detrás de Bloom.

– ¿Quién eres?–le preguntó la chica.

Él se levantó del suelo con facilidad, volvió a ver a la gente e intentó acercarse nuevamente a ella con cautela, con normalidad, sonriendo, aparentando ser un buen amigo, pero Bloom le ordenó alejarse y retrocedió un paso, mientras con la mano procuraba hacer un campo de protección. Miró hacia donde él volvía a mirar: hacia la multitud. Habían captado la atención de unos cuantos curiosos que llamaban a otros.

"Yo lo vi, él la atacó"

"Pero ella se convirtió en hada…"

"¿Qué hacen?"

"¡Bloom!"

"¡Chicas, Bloom está en problemas!"

"Pero yo vi que la pelirroja lanzó una llamarada"

"¡Bryan, no te acerques!"

Como si de un ángel se tratase, la presencia amistosa de Mirta llegó hasta donde Bloom. Ella llevaba toda la mañana en la playa, junto a un pequeño grupo de chicas de segundo que la había convencido de que las sacara a hurtadillas y finalmente, estaba ahí, a un lado de Bloom.

– ¿Quién es él?– le dijo Mirta al llegar a su lado, causando una conmoción en los extraños que siguiendo el ejemplo, parecían querer ayudar a la pobre chica.

–No tengo ni la menor idea.

Bloom miró al hombre con una mirada victoriosa, elevando la comisura derecha de su labio. Él parecía contar al público y al mirar a Bloom una esfera se estampó en su hombro, lanzándolo lejos. El responsable era una mujer de mediana edad, al parecer, antigua alumna de hechicería.

El joven se levantó del suelo, mirando a la multitud que había tomado cuenta de que su número podría contra él. Un señor, pasando al frente le dijo seriamente.

–Muchacho no te dejaremos ir hasta que des una explicación y le pidas perdón a esta señorita. Como oficial, puedo arrestarte y llamar a tus padres, de ser necesario.

El ruidoso círculo de personas, gritaba, abucheaba y más gente comenzaba a cercarse, intentando saber que ocurría. Las madres gritaban a sus hijos pequeños que no se acercaran y los jóvenes empujaban gente para poder ver mejor.

El joven, sonrió, como si todo aquello fuera una broma y elevó sus manos, hacia el mar. El gentío no comprendió, y pasados un par de segundos el piso comenzó a temblar y la multitud se alarmó. Las aguas del océano comenzaron a danzar peligrosamente, lamiendo la arena con olas violentas. Del mar, emergieron criaturas negras como el alquitrán, de deformados rostros y de altitud incalculable que comenzaron a rugir y a pisar todo a su paso, en la playa. Los civiles comenzaron a huir mientras los alumnos y ex alumnos comenzaron a convertirse en hada y usar sus poderes de hechicería.

De un minuto a otro, la playa se había inundado de madres gritando por sus hijos y del sonido atronador de hechizos volando por los aires y estampándose contras las figuras humanoides aparentemente indestructibles: absorbían los ataques y volvían rugir, cundiendo más el pánico y desconcentrando a los que luchaban. Las aguas no cesaban de mecerse y tocar la playa, arrastrando todo a su merced.

–Ve a ayudar a los demás, Mirta– le rogó Bloom.

Ella y el desconocido decidieron, sin acordarlo verbalmente, mantener su propia batalla. No hablaron, no era necesario. Desafiantes, se lanzaron llamaradas y rayos respectivamente, empero, en destiempo, el hada comenzó a sentir fatiga. Aún con los efectos del primer ataque, apenas lograba esquivar los nuevos y a la menor oportunidad él hacía aparecer otra figura que emergía del mar y corría hacia la multitud.

Era hábil y las únicas ocasiones en que se distraía era para guardar nuevamente dentro de su camisa el medallón de cobre colgado a su cuello, que salía a la vista cuando el realizada una pirueta, evitando los ataques. Ante uno de aquellos descuidos Bloom proyectó un hechizo que rebotó en el metal y la hizo arrojarse en la arena para esquivar su propia magia. Rodó para impedir que un contraataque le alcanzara y ágilmente se levantó mientras creaba un campo de protección. Lo sostuvo con una mano y con otra, comenzó a formular energía de la más pura llama del dragón, revitalizando su cuerpo desde la punta de sus dedos hasta los pies. Dada la nueva condición, ojeó rápidamente hacia la playa y miró cómo sus compañeras de colegio comenzaban a hacer convergencia.

–Layla me sería tan útil –murmuró, evocando el morfix. Deshizo la barrera y lanzó con toda la fuerza que acababa de obtener, su Golpe de Dragón. El mago intentó apartarse y el hechizo chocó contra su hombro izquierdo, haciéndolo caer adolorido. Victoriosa, Bloom dio media vuelta para ver su entorno antes de proseguir, pero al regresar la vista, una masa negra le cortó el paso. Más sorprendida que asustada, sobrevoló a la criatura, apuntándole a los pies, pero corroboró que absolutamente ningún hechizo era capaz de destruirlo.

Absorbían la magia. ¿De qué otra manera podía atacar?

La repuesta, como traída del paraíso, apareció corriendo en su campo visual con espada en mano. De un ágil movimiento un tercero había cortado por la pierna a la criatura que comenzó a deformarse convirtiéndose en un engrudo parecido al alquitrán. El responsable era un especialista que apenas y conocía de vista. Le sonrió, aliviada y asintiéndole con la cabeza, en gesto de agradecimiento, voló de nuevo hacia el mago; mientras el estudiante de Fontana Roja corría en socorro de más personas.

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El sonsonete de cláxones y el calor bajo ese uniforme de especialista, tenía a Riven en una dicotomía entre rebasar autos y pasar el semáforo ó llegar tarde por Bloom. No podía soportar un minuto más ahí, esperando a la quinta luz verde. Riven sacó del bolsillo de su uniforme el celular y al verificar la hora levantó una ceja, extrañado de que Bloom no presionara. Después de todo, él llevaba más de media hora retrasado.

–No sabía de mujeres pacientes–murmuró para sí mismo, mientras los conductores comenzaron a sonar sus cláxones, que callaron cuando una sacudida llamó la atención, dando rienda suelta al temblor de la tierra. Algunos conductores salieron de sus autos, para percibir que era real lo que terminó siendo los últimos fragmentos de una onda.

El semáforo les cedió el paso, pero nadie se movió y ninguna bocina repiqueteó en el asombro de conductores y transeúntes, cuando detonaciones llegaron hasta sus oídos y la falta de sonido permitió que unos vestigios de voraces rugidos llegaran hasta ellos. Todo aquello parecía provenir de su derecha, donde el mar podía apreciarse, más no la playa aún. Lo más perceptible eran decenas de rayos multicolores que eran prueba lógica para todos de magia.

Las personas, asustadas subieron a sus coches, intentado arrancar en lo que aún el semáforo les permitiría. Riven se colocó el casco, pero la señora que le había encajonado a un lado le detuvo a gritos, llamándole "niño de la moto"

Riven se giró y se limitó a mirarla, esperando a que hablara.

– ¡Deberías estar allá!– le gritó, bajándose del auto y señalando la playa– Para eso sirven, ¿no? ¡Deberías estar viendo qué hay allá!

Riven comprendió que le exigían servicio a la comunidad, pero una de las cosas que odiaba era que alguien que no fuera Codatorta le gritara órdenes. Mentalmente le recriminó de manera grosera el que ella le hubiera encajonado.

–El semáforo ya paró y no puedo moverme entre los carros, señora.

Susodicha, enfadada por razonar que ella tenía que hacer todo, entró al automóvil y maniobró entre su reducido espacio dejando el hueco suficiente para que el especialista saliera, subiéndose al camellón y de ahí hasta la playa.

Riven se quedó quieto un par de segundos. No quería ir a la playa, debía estar con Bloom antes de que cualquiera notara que no la había cuidado, sin embargo volvió la cabeza a la conductora enfurecida y arrancó dispuesto a solo echar un vistazo. Realmente no le interesaba: lo más probable era que las alumnas de Torre Nubosa y Alfea habían causado la revuelta y el temblor. Pero al acercarse a la playa, donde los gritos y estallidos se sobreponían a los del motor, cambió de idea. Ante sus ojos se llevaba cabo un terrible espectáculo que cómo protagonistas tenía a unos cuantos seres de rostros y de gran altitud.

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Su enemigo sonrió al verla aproximarse.

– ¿Cansada, pelirroja?

Sin tiempo perdido, ella creó en su mano una enorme esfera de llamas doradas y la aventó con fuerza, entrecerrando los ojos debido a la luz. Su enemigo se arriesgó a tomar la esfera con la mano de su brazo sano y la redujo lentamente, absorbiéndola. Él lanzó un rayo hacia los pies del hada, que mientras saltaba evadiéndolo, otro la noqueó tan repentinamente que apenas y notó la arena bajo su cuerpo. Cerró los ojos, aturdida y paralizada. Los gritos de la gente disminuyeron notoriamente para darle paso al de la sirena de emergencias.

¡No usen magia! Gritó un hombre a lo lejos. Alguien más que ella y el especialista se había dado cuenta de eso. La orden se corrió como pólvora.

Se sentía tan derrotada físicamente. Intentó encontrar en sí misma algo que la hiciera levantar, dado que su mayor miedo era que el desconocido la volviera a atacar, pero una voz familiar susurró en su mente, deteniéndola.

No, Bloom.

Intentó abrir los ojos de la impresión: la voz era tan cercana a ella. Pero al abrirlos únicamente percibió puntos de colores y una punzada en el cráneo. El golpe parecía haber reprimido su fuerza, su magia y en cualquier momento algún hechizo le caería. Debía apresurarse.

No, Bloom.

Temía que fuera realmente su hermana la que estuviera ahí. No se sentía muerta como para tenerla a un lado. Entonces dudó de la cordura que tendría después del golpe. Procuró ignorar lo que creía un juego de su mente, pues sabía que existía una chispa del fuego del dragón, capaz de recuperarla y, si lograba concentrarse, podría llegar a ella y continuar luchando.

No, Bloom

Podía sentir la chispa, flotando dentro de su ser.

Aún no, le aconsejó con suavidad la misma voz.

Tenía la oportunidad de avivarla, sólo debía concentrarse más. Pensar en la fuerza de sus poderes, tal como le había enseñado Avallon. El poder de la llama era ilimitada y debía encontrar el punto exacto para renovarse.

Bloom, ahora no.

Entonces reprimió sus instintos de supervivencia.

No hagas magia por ahora, sintió el susurro de Daphne por última vez. Confía en mí.

Algo cayó cerca de su cara, más no abrió los ojos. Muchos pensamientos acerca de qué sería, pasaron por su mente; creyó que un hechizo, pero nada le hizo más daño.

– ¡No te muevas!– alcanzó a escuchar la orden. ¿Quién era? Al menos alguien más le decía que parara.

Los gritos disminuyeron y las sirenas de patrullas crecían. Los hechizos habían cesado. En breve, sus sentidos se apagaron y la chispa de la llama del dragón siguió ahí, dentro de su esencia, solitaria.

.

.

.

Riven corrió, con la espada en mano, entre la multitud de niños desconsolados que buscaban a sus madres. Ya un par se habían estrellado contra él, pero no importaba. Tampoco importaba empujar un par de civiles, porque, por más que corría, la distancia entre él y Bloom parecía eterna. Ella había caído y el atacante era el hombre joven que buscaba desesperado algo entre la arena. Lo sabía, al haberlos visto luchar.

Haciendo un sobreesfuerzo, continuó corriendo, pero los charcos de alquitrán que los monstruos rebanados habían dejado, le atascaba las piernas.

Al pararse, cerca del muelle, Riven blandió la punta de la espada afilada sobre el hombro izquierdo del enemigo, ocasionándole una abertura en la tela, que comenzó a teñirse de rojo.

– ¡No te muevas!– le ordenó Riven a el hombre estático con la mano derecha sobre la herida.

La mano se deslizó lentamente por el brazo hasta dejarla caer en el suelo y en un segundo, una ráfaga de luz se proyecto hacia Riven, tirándolo a la arena.

El mago corrió, desesperado, localizando por fin su medallón que había volado cuando el hechizo de Bloom había rebotado contra este. Miró hacia el cuerpo del hada, preocupado por la delgada bolsa de tela que había salido volando de su bolsillo. Sus ojos viraron hasta el especialista irguiéndose. Debía huir de ahí, antes que nada. Desesperado, colgó a su cuello el medallón, invocando el hechizo de regreso a casa y cuando sentía sus moléculas cambiar de destino, un cuerpo se abalanzó contra su espalda, deteniendo la transportación

El hechicero ahogó un gemido, sintiendo una nueva fina abertura en su brazo derecho. Enmudecido de dolor, miró al especialista. Ambos hombres comenzaron un forcejeo que deslizó la espada fuera de ellos. Comenzaba a resultar terriblemente doloroso para los brazos del mago, sin embargo, más que nada, deseaba deshacerse del especialista para ir por su objetivo, si sobraba tiempo. En medio de la confrontación, con su mano diestra comenzó a mover la arena con ondas de magia: los granos rocosos, en forma de olas bajas se arrastraron hasta el cuerpo de Bloom, ocultando su otra pertenencia.

El especialista apretó con sus manos, la herida del mago, que con un espasmo, paró. Apretando los dientes, murmuró.

–Quítate.

Exhalo lentamente y sus labios se movieron conjurando un hechizo, dejando a Riven maquilando en su mente un plan que como especialista no arrasara con sus límites, empero, cuando los labios del mago se cerraron, su cuerpo y el de él, como imanes del mismo polo, se repelieron y Riven voló unos metros lejos. Tardó en sobre esforzarse para reanimar su cuerpo, pero al elevar la vista hacia su enemigo, este parecía esfumarse por completo cuando una horda de gente corría para intentar acabar el trabajo.

Fue hasta ese entonces que Riven fue consciente nuevamente del barullo a su alrededor. Las mujeres gritaban, impresionadas, acerca de la sangre en la arena y sobre él. Exageraban diciendo que estaba envuelto en sangre, más no quiso averiguarlo mirándose directamente. Con el simple hecho de pasar su mano por la mejilla, donde una gota de sudor lo acarició, se percató de la sangre ajena en sus manos. La boca se le secó. Años como especialista y jamás había tenido que atacar a un humano de manera tan primitiva. Restregó las manos en su uniforme ya nada resplandeciente.

A su espalda, miró a un grupo de civiles ayudando a los caídos, mientras otros trataban de rescatar a Bloom. La mayoría de los involucrados eran transportados a las ambulancias, y otros eran retenidos por oficiales para cuestionarles sobre lo ocurrido. Un oficial se acercó a Riven colocando una mano sobre su hombro.

– ¿Eres estudiante mayor de edad?

–S-sí, señor.

–Bien. Acompáñame, chico, necesitamos información.

Riven echó un vistazo nervioso por su hombro, donde Bloom, aun inconsciente, era socorrida por un grupo de personas. Si Saladino se llegaba a enterar que había dejado sola a la alumna preferida de Faragonda, se imaginaba que este se encargaría de su expulsión.

–Mi… amiga está ahí–excusó. Mientras más se alejara de ella, mas posible era la teoría que su mente maquilaba.

–Tranquilo– sonrió amistosamente el oficial–, sólo son unas preguntas.

–Lo siento, pero soy alumno de FontanaRroja y no puedo dar información a menos que…–intentó no parecer nervioso. Mentía, deliberadamente, después de todo–... a menos que mi superior lo apruebe.

Realmente lo único prohibido para los especialistas era hablar sobre los secretos de FontanaRroja. La sonrisa del policía se desvaneció lentamente, mientras lo escrudiñaba. Riven sostuvo la mirada.

–Especialistas–murmuró mal humorado. Prosiguió– Entonces, a la próxima, chico, no intervengas.

Cuando el mayor se alejó, Riven volvió a buscar a Bloom entre el gentío. Ya no estaba donde la había visto hacía unos segundos. Alguien se colgó de su brazo, sacándolo de su escudriñamiento. Era un hada joven con un par de toallas colgadas en el antebrazo.

–Déjame ayudarte, Riven.

La miró al rostro para confirmar que nunca la había visto en su vida. Su sonrisa entusiasmada le extrañó, pero antes de poder escapar, mientras ella secaba las sangre de sus manos, vio a Mirta preguntar entre la muchedumbre por Bloom. Pensó si sería bueno llamarla. Dudosamente ella lo recordaría y él mismo se llevó una sorpresa al notar que habían pasado cuatro años de cuando, en una salida con las Trix, ellas le criticaron frente a él. Sopesó un poco más la idea de llamarle; entonces echó un vistazo a la chica que, a su lado, movía los hombros coquetamente y parecía no estar dispuesta a soltar su brazo.

– ¡Mirta!

La vociferada volteó y abrió los ojos horrorizada.

– ¡Riven! ¿Qué te hicieron?

Vaya. Ella lo recordaba.

–Nada importante…

– ¿Has visto a Bloom?–se adelantó ella.

–Justamente vine con ella y no le encuentro.

Testigos falsos, necesitaba testigos falsos antes de que Saladino supiera algo malo, como que nunca cuidó al hada favorita de Faragonda. Entonces una idea tenebrosa cruzó por su cabeza: ¡Maldita sea! Seguro Bloom había huido de él por haberla llamado perro faldero. Sin duda, aquello era un oscuro plan de venganza.

–La vi cerca del muelle–prosiguió–; la iban a atender, pero la movieron.

La chica junto a Riven tosió, llamando la atención, y miró inquisitivamente a Mirta, hablando entre dientes.

–Mirta…estoy atendiendo a Riven.

Este las miró simultáneamente sin comprender. Agradeciendo, se zafó del hada menor y pasó entre ellas para localizar a Bloom.

Mirta corrió tras él, hasta igualarle el paso.

La playa estaba abarrotada de gente, y fue cuando su acompañante lo jaló del brazo que miró hacia donde ella, donde identificó al hada pelirroja sentada en la cajuela de una camioneta, siendo atendida por un par de señoras que a su vez discutían con un oficial.

Mirta se adelantó, corriendo.

–Algo mareada…pero me recuperaré pronto– Escuchó Riven decir a Bloom, cuando llegó hasta ellas. Se veía pálida y agotada – ¿Y ustedes? ¿Cómo terminó todo?

–Por suerte, no me dañaron. Ayudé a unos niños a refugiarse – respondió Mirta.

Bloom asintió, recordando fragmentos de lo último acontecido antes de caer. Se hizo silencio entre ellos, en lo cual el especialista interpretó como que ellas esperaban su respuesta, pero los tres se distrajeron para mirar a una de las señoras, al parecer la dueña de la camioneta, discutir con el oficial, dejándole muy en claro que una hada menor de edad no podía rendir declaraciones sin el consentimiento previo de la directora. La pelirroja sonrió entre apenada y halagada, para después mirar el muelle, dejando al par frente a ella creer que observaba el rastro de sangre.

Cuando el caos disminuyó ligeramente, el oficial se marchó y Mirta se despidió para buscar al grupo de chicas con las que había salido; fue entonces cuando Bloom le indicó a Riven, en tono confidente, que se acercara a ella.

–Mientras luchaba–susurró–, vi el medallón que él llevaba puesto. Cuando caí, algo rodó hasta mí y pensé en eso –comentó, señalando el punto exacto –. Pienso que podría ser importante, se veía tan interesado en guardarlo.

– El llevaba un medallón de tele-transportación cuando luchamos.

Bloom bajó la mirada, pensando.

–Debió tratarse de un hechizo– añadió el especialista.

–No…no puede ser. Por un instante pensé en eso, pero no suelen detener su ruta.

Ambos se quedaron en silencio, observando a los oficiales y paramédicos hacer su labor en el área. El par de señoras que le habían atendido se ocupaban en ese momento en revisar a otras chicas.

– ¿Quién era él?

–No lo sé– admitió preocupada –. Pero algo me dice que está involucrado en los ataques que han ocurrido en…

Entonces el hada comprendió. "Nos conocimos en el bosque"

– ¡Fue él! Él ocasionó todos los ataques del Bosque Prohibido.

La exclamación quedó suspendida en al aire, separando a especialista y hada.

–Es imposible.

– ¡No lo es!

– ¿Porqué alguien que lleva semanas actuando entre sombras mostraría su identidad en público? Bloom, su obra está regada en la playa; lo encontrarán de algún modo u otro. No es lógico, ¿qué propósito tendría?

Bloom no quiso mirarlo.

–Por favor, ve allá. –Señaló el lugar de la pelea– Quiero saber qué fue.

El especialista, poco convencido, obedeció, limitándose a fingir observar mientras los policías buscaban pistas por el área de arena ensangrentada. Se dirigió a otra parte, donde el enemigo se había empecinado en tapar a Bloom con arena. De haber querido matar a Bloom, pensó, lo habría hecho desde un principio. Enterrarla no era una manera eficaz y rápida de hacerlo. Y en ese instante, creyó en la afirmación del hada.

Con su bota, dispersó la montaña de arena, hasta notar una figura sobresaliente. Cuando los uniformados caminaron cerca de él, colocó su pie encima. Y hasta asegurarse de haber salido de su enfoque visual, Riven levantó la bota para quitar la fina capa de arena que cubría el objeto de su interés. Era una bolsa de tela tan pequeña que cabía en su puño, y de peso nada significativo. Se apresuró a tirar de los cordones que la cerraban y, al abrirlo, el fragmento de una figura plateada se asomó. Antes de ser descubierto la cerró y escondió en su bolsillo.

–No vi ningún medallón– dijo al regresar donde Bloom, que se limitó a asentir.

– ¿Podemos regresar? No me siento bien.

Riven la miró durante unos segundos, pensando si sería buena idea pedirle una explicación acerca de su protagónico en la playa. Lo pospuso al ver a policías revolotear a su alrededor. Una mentira para salvarlo de declarar ya significaba bastante peligro y no quería volver a hacerlo. La tomó en brazos y la subió a la motocicleta, para emprender el muy lento retorno hasta Alfea.

Al llegar, el rumor de un ataque en la playa se había corrido como pólvora y las alumnas se congregaban en el jardín para comentar los detalles. Griselda, calmándolas, sólo dejó su puesto al ver, impresionada, a una de sus alumnas entrar demacrada y desaliñada junto a su escolta en peores condiciones. El estar en la oficina de la directora fue como un parpadear y al apenas abrir la puerta, la misma se percató de lo sucedido.

– ¡Pero por Dios! ¡Estuvieron en la batalla!

–Un chico me atacó– explicó Bloom en un quejido.

Riven la ayudó a sentarse en una silla frente al escritorio, quedándose tras ella.

– ¿Qué fue lo que sucedió?

La pelirroja pegó la barbilla a su pecho, mareada, y Riven no se atrevió a contestar nada. Su mente apenas comenzaba a asimilar las cosas pausadamente.

–Bloom, me dijiste que estarías en la biblioteca ¿Te metiste a la batalla?

–No– murmuró pesadamente–. Yo estaba en la biblioteca, esperando a que Riven llegara, pero fui a la playa y un chico me habló...y me atacó. – cerró los ojos, llevándose una mano a la cabeza. Y al abrirlos y elevar la cabeza sobre su hombro para incitar a Riven a que continuase, la forma fría y odiosa con la que la miró, la dejó perpleja.

El especialista, sumamente serio, añadió el combate cuerpo a cuerpo; también que los seres parecían inmunes a la magia, pero indefensos ante el combate físico y, al final, de su bolsillo extrajo la pequeña bolsa de tela, tendiéndola sobre el escritorio.

– No me dijiste que lo habías encontrado–replicó Bloom. Riven la pasó por alto, explicando a Faragonda la situación referente al descubrimiento.

La directora se limitó a mirar la bolsa sobre su escritorio. Pasados unos momentos, habló.

–Vallan a la enfermería.

Mientras el hada se levantaba, temblando, de su silla; el especialista reverenció con cabeza, como despedida a Faragonda y caminó hasta la puerta. Antes de tocar la manija, la directora lo detuvo.

–Riven. Lo que me intriga es porqué Bloom esperaba en la biblioteca. ¿Dónde estabas?

Bloom sintió cómo el alivio de estar en Alfea se deslizaba hasta sus pies. Había olvidado el trato entre ella y Riven, al comentar estar sola.

–Lo siento–murmuró Bloom agachando la cabeza, por una parte para Faragonda y otra para Riven. Se dejó caer en la silla. Riven, antes de mirar a la directora, cerró los ojos fuertemente, pensando en que las disculpas de Bloom no servían para ocultar con otra mentira la verdad. La verdad que le acarrearía problemas. Abrió lo boca, pero la cerró cuando Faragonda se anticipó.

–Estoy decepcionada de ustedes. Confíe en ti, Bloom: prometiste no meterte en problemas y sabías que era peligroso, precisamente para ti, estar sola.

Bloom miró hacia otra parte que no fuera el dedo acusador de su profesora.

– Por tu parte– miró severamente a Riven–… hablaré con tu director acerca de esto.

Para Riven, la falta de sermón lo alertó, porque este terminaría cayendo irremediablemente en manos de Saladino.

Faragonda miró a Bloom.

– Mañana hablaremos.

Apretando la mandíbula con fuerza, Riven abrió mecánicamente la puerta y la cerró, haciendo un sobreesfuerzo para no azotarla. Bloom se quedó un momento más sentada. Parecía querer terminar con ello; alguna forma de suavizar las consecuencias hacia Riven.

–No volverás a salir sin permiso mío, previamente analizado.

–Señorita Faragonda, realmente lo siento. No quise meter a nadie en problemas y fue mi idea la de separarnos

– ¡Te expusiste, Bloom! Y mis ideas de que tú eras un blanco, se confirmaron hoy, a costa del peligro que corrieron niños y civiles.

Bloom se hundió en la silla, pensando si podría hacer algo más para salvarse y salvar a su compañero. Repitió lo único que creyó reblandecería la situación.

–Yo me alejé.

– ¿Huiste de Riven?

–No exactamente.

El teléfono encima del escritorio sonó y cuando la directora contestó, Bloom volvió a inspirar profundo, cerrando los ojos. Podía quedarse dormida, ahí mismo. La voz de la directora la sacó de transe.

– Ve a la enfermería. Mañana tú y yo hablaremos.

Muy lentamente, esperando no marearse otra vez, Bloom salió, estremeciéndose con la idea de que Riven pudiera estar esperándola en el corredor para reclamarle. ¿Qué le iba a decir? No tenía fuerzas ni ideas para objetar o discutir. Sin embargo, para su fortuna y desconcierto, el pasillo estaba vacío. De pronto, un trueno retumbó por los cielos aún cuando el Sol brillaba.


¡Si que tardé en actualizar!
Mis sinceras disculpas, pero realmente no me conformaba con este capítulo y tuve que corregirlo muchas veces. Al final, por fin obtuve algo decente y espero les haya agradado.

También mis sinceras gracias a los que se toman un rato para leer y también a los que me dejan sus siempre bien recibidos comentarios. Me sacaron una sonrisa (:
.mUziEK., eterea-chan, .MelodyHeart10.,PelusitaBlack93 y pame.

Con cariño, Cereza Prohibida