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Intenciones

Una secuencia de voces incomodó el sueño de Bloom. Se removió en la cama, ignorando a las personas presentes. Un rechinido propio de la puerta la hizo abrir los ojos, tomando conciencia de la situación. Tardó un par de segundos en asimilar dónde se encontraba. Todo indicaba que era la enfermería y comenzó a recordar el haber llegado casi arrastrándose hasta ahí. Volteó a su izquierda, de donde provenían las voces, viendo que Ofelia, la enfermera, y la señorita Faragonda conversaban, saliendo de la habitación y dejando la puerta a medio cerrar.

Bloom se preguntó qué hora sería. Al ver por la ventana comprendió que apenas iba a amanecer y al mirar a su alrededor, notó que dos camas más eran ocupadas por alumnas que aún dormían. Volvió a cerrar los ojos, dispuesta a imitarlas, pero inminentemente trozos de la conversación efectuada en el pasillo llegaron hasta ella. Interesándose, agudizó el oído.

– Por parte de Anette y Claire fue magia totalmente negativa, pero esto va más allá de mis conocimientos, Faragonda. Creo que la medicina tradicional va a ser lo único que las aliviará. Le tendré que dejar el yeso a Anette, y a Claire le suministraré tres medicinas diferentes: sus defensas están muy bajas.

Al escuchar eso, la pelirroja se sentó en su cama, verificando que sus compañeras eran de quienes se hablaban, pero las sombras no le permitían ver sus rostros. Hubo silencio. Faragonda bajó aún más la voz y Bloom creyó haber sido descubierta. Volvió a acostarse, escuchando únicamente el final de la oración.

–… han sucedido situaciones peores y no puedo arriesgarlas– terminó, moderando la voz nuevamente.

–No todas podrían.

–Por eso debemos mantener la calma.

– ¿Y cuál es el estado de Bloom?

–Faragonda, si usted no me hubiese indicado nada, ayer por la tarde, yo jamás habría pensado que ella estuvo directamente involucrada.

La aludida, desde su cama, abrió los ojos.

–No comprendo su estado– prosiguió la enfermera. La estudiante, por su parte, se levantó de la cama, escondiéndose justo tras la puerta– No tiene sustancias negativas en el cuerpo, pero llegó agotada. No encuentro qué tipo de… hechizo fue el que la dejó así. Lo único que encuentro es un golpe hecho con magia.

– ¿Con qué hechizo?–apresuró la directora.

–Sólo con magia concentrada. Debieron haber estado muy cerca.

El "nos conocimos en el bosque" avergonzó a Bloom. Su inocente coqueteo la había guiado hasta la trampa que efectivamente hacía que el vientre le doliera.

–Si alguna despierta estable, envíala a mi oficina después del desayuno.

La enfermera asintió y esperó unos segundos antes de abrir la puerta, que golpeó algo que obstruía su espacio. Ese algo soltó un chillido. La luz del corredor iluminó a Bloom, tirada en el piso, que se levantó rápidamente ante sorpresa de Ofelia.

–Estoy despierta, ¿puedo ir con la señorita Faragonda? Me siento bien.

– ¡Bloom! ¿Qué cosas dices?– murmuró en voz baja la enfermera, dándole un vistazo a las demás pacientes– Debes ir a dormir.

–Pero ya estoy despierta.

Ofelia le puso una mano en la frente a Bloom.

–Aún tienes fiebre– evadió maternalmente–, te pondré el termómetro e irás cuando vea mejoras.

Bloom se recostó en la cama con el termómetro bajo la lengua y antes de que la enfermera se lo quitara, quedó profundamente dormida. Al abrir los ojos de nuevo, se encontró con la habitación completamente iluminada por el sol y sin termómetro alguno. Sus compañeras, Anette y Claire, desayunaban en bandejas, sobre las camillas. Pestañeó un par de segundos, volviendo a tomar conciencia de lo sucedido. Se irguió y la enfermera la saludo.

–Bloom, es bueno verte despierta. Deberás desayunar y…

– ¿Puedo ir con la señorita Faragonda?–apresuró. El rostro de Ofelia se mostró compasivo y apenado.

–Faragonda realmente deseaba conversar contigo, sin embargo, ha tenido que salir a la ciudad.

Los ánimos del hada decayeron ligeramente. Sentía la inmensa necesidad de salir corriendo y contarle a alguien de confianza todo lo sucedido en la playa.

–Por cierto, ¿te sientes mejor?–preguntó la enfermera, recogiendo una caja del escritorio y tendiéndola a Bloom– Si es así, y te das prisa, podrías alcanzar en el comedor a las demás.

La pelirroja tomó la caja y la abrió. Dentro de ella, todas las cosas personales, incluyendo su ropa, limpia y sin rastros de arena, y su celular, con el brillo intermitente de una llamada perdida.

Al tomarlo, el nombre de Flora, brilló en la pantalla.

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–No puede ser, Bloom ¿Segura que quieres quedarte aún en Alfea?-preguntó la imagen de Flora, iluminada en el aire, por medio de una video-llamada.

Bloom pensó unos momentos la respuesta, mientras se balanceaba sobre la silla de su escritorio.

–Ayer no estaba segura; pero lo he pensando toda la mañana y ¿si esto vinculara a Domino? ¿Recuerdas el primer y el segundo año? Todo me guió hasta lo que ahora se de mis padres.

Flora se mantuvo al borde del silencio incómodo. Hacía tiempo que su amiga no mencionaba al rey y a la reina, mucho menos su planeta natal, y aquel sorpresivo comentario la dejaba dudando si era prudente continuar.

–Ni hablemos de cómo se puso Riven–cambió de tema Bloom.

– ¿Te dijo algo?

–No, no. Ayer no tuvimos tiempo de hablar de esto, pero lo más obvio indica que no será mi cuidador–la pelirroja se encogió de hombros- aunque, de todas formas, no creo volver a salir de Alfea, con el castigo que me pondrá Faragonda. Además, no quiero discutir con Riven… de nuevo.

– ¿Tan mal se ha comportado él?– preguntó una voz inconfundiblemente masculina proveniente del cuarto de Flora. La pelirroja miró interrogativamente a su amiga.

–Arruinaste la sorpresa– rió Flora, volteando a su derecha para halar hasta el cuadro de video- llamada a su novio.

–Hola–musitó Bloom, pasmada, mientras veía la imagen de Helio saludándola sonriente, desde Linphea –Había olvidado que estarían juntos este verano.

La pareja se miraron mutuamente, sonrientes y volvieron hacia Bloom.

–Entonces, ¿Riven no se ha comportado?–insistió Helio, preocupado.

– No exactamente….ayer estuvo verdaderamente malhumorado, antes del incidente con Faragonda y no quiero averiguar cómo tomó el regaño de Saladino.

Helio formó un gesto pensativo y, al cabo de unos momentos dijo:

– Si mi abuelo lo ha regañado, creo que el peor castigo que podría darle sería que continuara trabajando en verano como tu protector ¡No, Bloom, no es ofensa!–se apresuró ante la expresión de ella–…Mi abuelo, definitivamente confió en Riven en este tarea y, ahora que ha fallado, puede que lo tome como una rebeldía para deshacerse de la misión. Evidentemente lo dejará contigo hasta que haga un buen trabajo.

-Pero si Riven hubiese querido que lo quitaran, no le hubiese importado que lo descubrieran-opinó Flora. Helio se encogió de hombros, mirándola. Posteriormente regresó la mirada a Bloom y prosiguió:

–Sólo ten algo en cuenta, Riven ha de sentirse traicionado y puede que en su momento te reclame lo que has hecho, pero me parece que debe ver en qué contexto has revelado la verdad. Intenta explicárselo.

Mientras Bloom y Helia terminaban de afinar detalles respecto a la actitud de Riven, Flora paseaba la vista por su propia habitación. Al detenerse en la fotografía sobre su escritorio, de todas las Winx reunidas, miró hacia el holograma con la video-llamada.

–Oh, Bloom, acabo de recordar algo–interpuso– La semana pasada logré comunicarme con Stella y me dijo que también iría a la convención de Ginselle, junto a Layla. Quizá no pueda responder nuestros mensajes.

- ¿Y Musa?, ¿tienes noticias de ella?- al ver la negativa de Flora, añadió– quizá esté trabajando muy duro con la disquera…

La video-llamada interceptó una cuarta voz ininteligible para Bloom, que solo notó a Flora mirar hacia su derecha y asentir.

–Lo siento, mi madre necesita ayuda en la cocina.

–Por supuesto–sonrió amistosamente– Me alegró hablar con ambos.

Helio se despidió elevando la comisura de sus labios.

– ¿Podría hablar un segundo con Flora?–solicitó la pelirroja, tímidamente.

El especialista sonrió, beso la mejilla de Flora y salió de la habitación.

Ambas amigas se miraron.

–Helio en tu casa–murmuró Bloom, arqueando una ceja.

–Conseguí el permiso–se ruborizó la castaña.

– ¿Y qué han dicho sobre él tus padres?

Flora bajó la mirada y con el dedo parecía hacer figuras sobre su propio escritorio.

-Mi madre lo adora; Mielle no para de acosarlo y mi padre lo ha encontrado… serio. Eso es bueno–aclaró–. No sabes lo feliz que estoy.

–Ya lo creo.-aseguró Bloom, recreando en su mente lo bello de dicha situación.

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La directora Faragonda, bajo un cielo completamente nuboso, apresuró el paso por el jardín, para llegar al edificio principal de Alfea. La única respuesta a un día tan terriblemente agotador como aquel, era esperar que finalizara muy pronto. Había pasado, desde la central de policía hasta con los más altos mandos de Magix. La mayoría de las personas involucradas, por supuesto, le exigían que confiara al gobierno la información que sus alumnas testiguaran; pero para ella y su contrato hacia con los padres de familia resultaba imposible, cosa inentendible para todos aquellos individuos.

Y debía, admitiéndolo, elegir cuidadosamente su estrategia, si no quería resultar afectada, tanto por aquellos altos funcionarios, como por el nuevo enemigo. Sus alumnas, al no poder declarar, quedaban completamente fuera del caso; y convenientemente, para la cuidad de Magix, lo sucedido en la playa no había pasado a una riña entre alumnos.

Riña entre alumnos, pensó irónicamente Faragonda, caminando por los pasillos hacia su oficina.

Ni siquiera las Trix, con su precoz aprendizaje en magia oscura, habían alzando niveles tan altos como para lograr crear criaturas parecidas a las de la playa. Aquello era realmente grave, pero nadie le creería hasta que concediera los derechos de sus alumnas. No iba a hacerlo, y por ende, le reprochaban lo inentendible que era la decisión de no permitir la salida a las hadas de Alfea a la ciudad.

Faragonda llevó su mano hacia el bolsillo, buscando las llaves.

Si las cosas seguían así, hasta el fin del verano, no habría escuela alguna de magia en la cuidad. Por el momento, sólo quedaba luchar lo posible y esperar. Esperar la solución al enigma y esperar el final de día.

Paró en seco al mirar a una alumna sentada en el suelo, afuera de su oficina. Parecía distraída y aburrida.

– ¿Bloom?

La aludida levanto la mirada, saliendo de su ensoñación.

– ¡Por fin la encuentro!–sonrió, levantándose del suelo.

–Creo que soy yo la que te ha encontrado ¿Me necesitabas?

–Creí que debíamos hablar.

La directora asintió, preguntándose si ella sería la última persona del día en pedirle información, o si sería la única que no. La invitó a pasar y cada una tomó su lugar. Faragonda ocupó unos instantes para acomodar sus ideas y fue la primera en hablar:

– ¿Quién es él? ¿Lo habías visto antes?

–Nunca, pero él me dijo que nos habíamos conocido en el bosque. No me cabe duda que él fue quien comenzó todos los ataques.

–Ni a mí, Bloom, ¿Qué sucedió?

–Yo…–titubeó, algo nerviosa– yo me alejé de la biblioteca. Le había prometido a Riven quedarme ahí hasta que él llegara, pero comencé a caminar y, cuando llegué a la playa, ese chico me llamó y al final me atacó. Su magia es tan poderosa y poco común. Idéntica a la del bosque.

Faragonda asintió, abriendo una carpeta y leyéndola.

–Fuiste la única que luchó contra él.

–Así es…

–Y, aunque te atacó, tu cuerpo no registra haber sido atacado con magia, ¿sabías?

Bloom se sorprendió bastante. Más de una vez, algún hechizo la había alcanzado hasta el punto de noquearla.

– ¿Eso es posible?

–No dentro de las leyes naturales de la magia–la directora dejó a un lado la carpeta y sacó de su bolsillo la pieza metálica que Riven había encontrado en la arena– Hoy en la mañana hablé con el director Saladino, en busca de información y sólo hemos encontrado un párrafo acerca de esta pieza. Es la mitad de una muy antigua reliquia, creado a base de magia en estado puro, que suele absorber e inhibir los poderes del adversario.

Bloom estaba anonadada.

–Eso explicaría mi estado...el que me sintiera tan débil, incluso.

Faragonda negó decididamente.

–Esta singular pieza solo nos da una idea de en qué se ha metido este hombre, pero no explica ni resuelve nada. Las extrañas reacciones que has tenido, luchando con él y la evidencia de esta pieza, solo nos indica que él tenía ambas partes en su poder o que debe estar usando magia muy poderosa para causar estos hechizos. Si ambas piezas se juntan, los efectos no son nada positivos para el adversario de quien la porte.

Faragonda giró su silla, hacia la ventana que tenía a su espalda.

–Ve el clima, Bloom. No es normal Esta semana hizo sol y granizó como nunca en Magix. Y no me sorprendería que los cambios bruscos sean reflejo de la madre naturaleza, debido a toda la descomposición de la armonía en la magia.

– ¿Qué cree que podamos hacer?

–Primero, dejar esta reliquia en donde pertenece y asegurarnos al mismo tiempo, si la segunda parte se encuentra ahí. Guardarla solo nos traerá más enfrentamientos, sin mencionar la grave falta que sería.

–No comprendo.

Faragonda retorno la posición de su asiento, para mirar a Bloom. Se inclinó hacia ella, mostrándole con detenimiento la pieza metálica.

–Sólo sabemos que esto fue creado por las primeras portadoras de magia pura. No era buena ni mala. Sólo magia. Por alguna desconocida razón fue guardada y protegida con hechizos, dentro de la Cueva Cristalina. Quedárnoslo, entonces, sería la peor falta que podríamos cometer.

Bloom asintió y una pregunta se removió en su interior.

– ¿Quiénes dejarán la reliquia en la cueva?

Faragonda la miró un segundo, y volvió a acomodar sus carpetas, sin responder absolutamente nada.

–Bueno–continuó Bloom– No...No quise insinuar que yo podría ser, es decir, estoy castigada de por vida, ¿cierto?

–Me parece que no será así–dijo Faragonda, muy poco convencida de lo que decía–Griffin, Saladino y yo hemos acordado continuar con nuestras normas y actividades usuales.

–Entonces…

–Sólo te enviaré a la Cueva Cristalina si tú me lo solicitas, Bloom.

Las comisuras de los labios de la alumna se arquearon de sorpresiva felicidad.

–En todo caso…

–Pero–interrumpió Faragonda, advirtiendo con la dura mirada– Tú y Riven tendrán prohibido volver a intentar lo que sucedió ayer. Ni siquiera te acerques a una batalla, Bloom.

– ¿Riven? ¿Él seguirá cuidándome?

–Decisión de Saladino.

–Sí que lo conoce bien–murmuró la pelirroja, pensando en Helia.

– ¿Disculpa?

– ¿Eh? No, nada, absolutamente nada-respondió Bloom, con la ya extraña sensación de excitación queriendo salir del pecho: Pronto saldría de Alfea a una misión.

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Con el frío aire azotando la escuela, Bloom se escabulló hasta la biblioteca, inhabitada de alumnas. Sin preámbulo, camino presurosa hasta el pódium donde podría solicitar cualquier libro. Hacía años no lo había necesitado, pero aquella tarde, con la noche rozando, era especial y urgente. Quería saber de la reliquia y quería investigar todos los hechizos necesarios para instruirse antes de solicitar formalmente el permiso de Faragonda.

Una misión. La simple idea hacia bullir la sangre dentro de ella. Y apenas podía creerlo.

Subió a la plataforma y frente a ella estaba el buscador. Tal y como en primer año, colocó su mano encima y pidió con voz clara y fuerte los hechizos. Una veintena de Libros volaron hasta ella, deteniéndose abiertos en la página especial, a su alrededor.

Nada es más perfecto, pensó la pelirroja. Entonces recordó a Riven. Debía admitirlo, era lo único negativo de todo aquello. Si las cosas no habían comenzado bien entre ellos aquel verano, no lo serían al final tampoco. Para iniciar, él la había insultado, la primera vez que se habían reencontrado; y para continuar, Bloom no olvidaba que él no le había confesado haber encontrado lo que ella le mandó a buscar a la playa.

– Reliquia–murmuró, obteniendo como respuesta demasiados libros a su alrededor. Se inclinó, observando unos cuantos. No había ni un sólo libro que hablara de la que ella buscaba. Entonces especificó: quería el de la cueva cristalina; pero libros de geografía fue lo que volaron hasta ella.

–Me conformaré con los hechizos por practicar–murmuró, apagada; tomando los primeros volúmenes que habían volado hasta su posición.

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Riven, completamente tenso, ladeó su cabeza hasta que tronara la tensión. Aquella mañana, Saladino lo había vuelta a reprender, no conformado con los regaños anteriores, sobre el mismo tema. Todas aquellas veces y la recién terminada, tenían el mismo fin: cuidar a Bloom.

Cuidarla, cuidarla, cuidarla.

Era desagradable tener que ser una niñera todo un verano. Ella ni siquiera era divertida; atraía los problemas y era la preferida de Faragonda.

No satisfecho con haber descargado la tensión en su cuello, tronó sus nudillos, antes de bajar de la moto y cruzar el umbral de Alfea. Bloom lo esperaba, con gesto aburrido, en las escalinatas de la biblioteca.

Cuando las miradas de ambos se cruzaron, Bloom se levantó, impulsada por una alarma interna. Quedaron frente a frente, con la notable diferencia de estaturas. La pelirroja, no dijo una sola palabra, expectante, y Riven se negó a comenzar. Si lo hacía, iba a ser o muy cortante o muy grosero.

El incomodo silencio se extendió un poco más y Bloom, armándose de valor, abrió la boca.

–Buenos días…

El especialista, puso los ojos en blanco. Tanto para eso.

–Días.

Bloom paseó la mirada, incomoda.

– ¿Quieres sentarte? Sería bueno que habláramos.

–Al grano, Bloom.

El hada arrugó el entrecejo y solo se forzó a bajar la tensión, cuando recordó lo que se había prometido decirle. Se armó de valor y lo observó, aunque él no se dignara a mirarla a los ojos.

–Lo siento mucho, en verdad.

Riven la miró atentamente y ella prosiguió.

–No fue mi intención. Te causé problemas, pero jamás quise que fuera así.

El especialista guardó silencio. Había olvidado lo que debía decirse después de algo similar a lo que Bloom acababa de decir. De hecho, había olvidado la última vez que alguien le había pedido disculpas. Y pensar que Saladino le había dicho que le debía pedir él a ella un perdón. Omitiría esa pequeña petición del director.

Bloom lo presionó con la mirada; sin embargo él se limitó a toser. Por el bien común, ella incluso había decidido omitir que estaba disgustada con él, por no haberle dicho del hallazgo de la reliquia de metal.

– ¿Qué tengo que hacer hoy?–murmuró Riven, bajando la guardia.

El hada suspiró mentalmente. No era precisamente lo que esperaba, ni se ajustaba a sus estándares de reconciliación; empero, había imaginado desde un desplante hasta una discusión y, aquello, era medianamente decente.

–Hay un claro cerca y creo que puedo practicar ahí.

Riven elevó una ceja, completamente extrañado.

– ¿Practicar, para qué?

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–Así que decidiste que jugar a los exploradores acabaría con tu rutina.

Bloom, en su faceta de hada, se detuvo del hechizo que lanzaría a la roca enorme que coronaba el claro; y miró a Riven. Odiaba verlo de esa manera, pero era cierto lo que él decía. La misión que le pediría a Faragonda era algo que teñía de emoción y aventura su verano.

–Discutir contigo también acaba con la rutina y es emocionante, Riven–murmuró con sarcasmo.

–Me sucede lo contrario, lamento infórmate–respondió, él, recostado sobre una de las rocas. Llevaba una hora entera viéndola practicar con sus poderes. ¿Cuándo se iba a cansar y lo dejaría libre a él?

–Sólo tú crees que es buena idea salir de misión. Faragonda podría enviar a alguien más.

– ¿Te refieres a los especialistas de segundo año o a las hadas que han reprobado?

–Brandon se quedó a pasar el verano; podrían enviarlo a él–comentó, fastidiado; luego susurró– O podría él haberte cuidado a ti.

Bloom detuvo una esfera de magia que iba a lanzar hacia una de las rocas. ¿Brandon estaba ahí? Negó con la cabeza y continuó su práctica.

–No hablo con Brandon desde hace mucho, no lo sabía.

Básicamente lo evitaba por ser el mejor amigo de Sky, y más de una vez había discutido eso con Stella.

–Sky quiso que él terminara su preparación en Fontana Rroja; después de todo tiene más escuderos, además de Brandon.

El hada ignoró el tic que su muñeca comenzó a tener: le temblaba ligeramente.

–Eso sí lo sabía.

Sky tiende a dejar en Magix todo lo que supuestamente importa, pensó el hada, con un dejo de mal humor.

– Así que no le hablas al pajecito del príncipe Sky–comentó Riven. Resultaba extraño que así fuera, después de todo, Brandon había pasado la mitad de sus tardes en Alfea visitando a Stella y llevaba el verano extrañándola.

La pelirroja se mordió los labios. No tenía mucho interés en denotarle a Riven que él tampoco les hablaba a las hadas desde su ruptura con Musa.

Distraída, lanzó una enorme masa de energía hacia la roca de práctica, que dibujó una línea de fisura de pies a cabeza. Gimió, agotada y molesta. Ahora ya no servía. Necesitaba algo sólido y firme a la tierra. Miró hacia Riven que alzó una ceja.

–Era simple tema de conversación–aclaró él, demasiado aburrido como para entretenerse con posibles gritos.

– ¡No eso! Necesitaré la roca sobre la que estas.

Riven puso los ojos en blanco y se quedó inmóvil.

– ¡Por favor, Riven! No me has querido ayudar en toda la mañana, ¿sería tan difícil prestarme esa roca?

El especialista la ignoró. Y ella lo llamó, sin embargo, no obtuvo respuesta.

– ¿Es tan difícil? No quisiste ayudarme tú. Aunque sea podrías moverte o mostrar interés en la misión; te dije que no había encontrado información en la biblioteca y me ignoraste. Si no quieres participar en la misión, lo estas dejando muy en claro, Riven: no has hecho absolutamente nada.

–Sí, Bloom, todos sabemos que siempre haces todo tú sola en las misiones.

– ¡No estoy diciendo eso! Lo que trato de decirte es que somos un equipo.

–No lo somos, admítelo–murmuró, Riven, aun recostado viendo el cielo.

–Riven, por lo menos podrías investigar la coordenadas o….

– ¡Basta! No es necesario que le restriegues a la gente todo lo que haces por las misiones. Sabemos que eres engreída y presumida. En segundo lugar, Bloom, no soy tu sirviente, soy tu cuidador… ¿es tan difícil de entender?...Obviamente te has acostumbrado a ordenar y recibir. No es así conmigo, Bloom.

–No estoy siendo engreída ni presumida; solo te pedí que si por favor podías prestarme esa roca. En ningún momento he pensado o te he tratado como a un sirviente y no sé de dónde has sacado esa conclusión.

–Tú fuiste quien me ha metido en una misión–acusó él, sentándose en la roca.

Bloom bufó, en lo que pareció una risa irónica.

–Haces misiones todo el año.

–Nunca con alguien que espera que me comporte como su sirviente.

–Jamás dije eso…dije que éramos un equipo y deberíamos colaborar. Te he pedido interés.

Riven volvió a rodar los ojos. Era fastidioso tener que lidiar con ella.

–Bloom, Sky podía ser tu esclavo y hacer todo lo que le pidieras, pero yo me limito a revisar que no tengas nada roto y alejarte de las batallas, por obligación. Ya deja de pedirles a las personas que sean como Sky lo era, y comienza hacer las cosas por ti misma.

– ¡Deja de mencionar a Sky!–gritó Bloom –Yo tampoco pedí que tú fueras mi cuidador y preferiría mil veces tener que hacerlo todo sola, que tenerte a ti. Desde el día del ataque lo único que has hecho es estar a la defensiva, y no pienso tolerarte más. Voy a ir a esa misión, y si Saladino o Faragonda nos obligan a ir juntos, tenemos que trabajar en equipo por el bien de toda esta situación. Se trata de Magix, no si le hablo a Brandon o extraño a Sky.

Con poco interés, el especialista se levantó y se hizo a un lado.

–Tanto por una roca, Bloom–murmuró burlonamente–.No te basta con quitarme mi último verano. Ahora deseas censurar sobre lo que podemos platicar–Riven paseó la mirada por los árboles–. No es que me interese como te encuentras y menos que vaya a ir con Sky a contarle lo mucho que lo extrañas…

–Yo nunca te he mencionado a Musa– cortó el hada.

Riven giró la cabeza inmediatamente hacia Bloom, que parecía haberse terminado de tallar los ojos. Se estremeció, comprendiendo la delgada línea que había cruzado.

–Es como si no pudieras dejar el pasado atrás–continuó Bloom – Te dije que lo sentía, pero sigues aferrado a tus rencores. Creo que ni siquiera deberíamos ir ya a la misión.

El hada desvió la mirada, sin decir más y Riven, por primera vez, no tuvo una excusa para reprochar.

–Llévame a Alfea.

Y aunque estuviera enojada y no lo hubiera pedido por favor, ni siquiera ahí había sonado como una orden. Bloom se puso el casco, realmente turbada y disgustada y antes de subirse a la motocicleta, Riven ya estaba a su lado, enfadado.

El motor fue el único sonido, durante el viaje de regreso; y ni siquiera Riven se atrevió a pedirle a Bloom que se sostuviera bien, ya que ella se negó a inclinarse, rodeándolo por detrás, y se aferró al asiento con ambas manos.

Cuando el trayecto terminó, frente a la puerta de Alfea, Bloom se quitó el casco.

–Adiós y muchas gracias–murmuró con acritud, bajándose del vehículo.

–Fastidiosa–susurró él, sin ser escuchado.

Riven subió la visera de su propio casco y la miró de reojo caminar hasta la enorme entrada. Cerró los ojos, molesto. Generalmente ignoraba sus propios malestares y huía de la fuente; pero el terror de que Saladino cumpliera su amenaza, en contra de él, ganó a su deseo de acelerar con su vehículo.

–Tam…–titubeó–…tampoco fue mi intención–dijo en voz alta, sintiéndose tonto al romper el silencio. Bloom detuvo sus pasos, tomada por sorpresa–Entrenamos mañana a las ocho.

Riven bajó la visera y aceleró.


¡Vaya! Creo que tengo un poco abandonado mi fanfic, sin embargo no lo he podido olvidar. Hay mucho que queda por escribir. La historia está tomando forma y me muero por escribirla y terminarla un buen día. Los problemas apenas comenzaron para Bloom y Riven. Un par de ataques, algo de sangre y una pelea no son nada aún y, no sé si es bueno, pero como escritora es placentero pensar en esos problemas ajenos que me entretienen, ja, ja, ja. :D

Por último, gracias por leer y a quienes amablemente comentan ;D