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La cortina de agua

Después de su discusión más fuerte, los días de entrenamiento entre Riven y Bloom fueron un extraño puente de trabajo en equipo para poder ir a la misión de la cueva Cristalina. Sin hablar y después de haber meditado cada uno en su soledad sobre la discusión en el claro, habían acordado que nadie mencionaría temas espinosos, a Sky o a Musa, y pelearían menos de lo necesario.

Se veían todos los días después del desayuno y durante ese tiempo habían procurado, si alguno era sarcástico, morderse la lengua y, si otro necesitaba una roca para entrenar, un mapa o un libro, el otro le ayudaba a conseguirlo sin protestar más de lo necesario. Acordaron que todo sería en pos de la misión. Eran conscientes de la línea que habían cruzado al principio y no querían volver a repetir. Cada uno, a su manera, se había equivocado y a su vez se habían disculpado. Puesto así, los entrenamientos no eran amenos del todo, pero parecían mejorar.

Un ejemplo de ello fue la mañana que Riven le propuso correr cuesta arriba en una región boscosa, aledaña a Fontana Roja.

— ¿Cuál es el propósito de correr? —protestó la pelirroja— Mis alas son más rápidas.

—Si hablas, no resistirás la hora entera. Sólo sígueme el paso.

Bloom tomó aire y, resignada, comenzó la carrera. Era todo un desafió esquivar las ramas y raíces de los árboles, pero después de veinte minutos el único desafío se convirtió en seguir a Riven, quien pasó de estar a su lado a adelantarse por unos cuantos metros.

Cuando decidieron retornar cuesta abajo, ella apenas podía respirar, pero no se quejaba. Percatándose de que llevar el cabello suelto no mejoraba la situación y este se pegaba a su rostro, lo apartó con ambas manos, perdiendo de vista una raíz que no logró esquivar. Intentado detener la inevitable caída, antepuso sus manos y el impulso la arrastró sobre la hojarasca y piedras. Riven detuvo su camino, al escuchar el golpe.

El hada se sentó a observar sus heridas. Tenía las palmas de las manos llenas de raspones y desde su rodilla a la espinilla se extendía un corte que comenzaba a sangrar. El especialista caminó hasta ella, para ayudarla, sin embargo Bloom ya se había levantado y sacudía las hojas secas y la tierra de sus piernas.

—Está bien, podemos parar. —Comentó, Riven

Bloom negó con la cabeza.

—Continuemos. Mientras más pronto regresemos, podré curarme las heridas. — aseguró la pelirroja que, aunque por fuera parecía mirar las copas de los árboles con aparente fortaleza, lo cierto era que había alejado la mirada de sus heridas, buscando ignorar el dolor. Continuó— ¿Entrenaremos después de la hora de comer? No tengo nada por hacer

—Si aún puedes, sí. — respondió Riven, levantando una ceja.

—Claro… si me detengo ahora, no podré resistir en la batalla.

El especialista admitió ante sí mismo que eso le extrañaba: en su mente no encajaba esa valentía tan espontánea, puesto que había visto hadas y brujas llorar y cancelar una misión por mucho menos que eso.

Cuando una idea cruzó por su cabeza, sonrió con malicia

—Saladino debería pensar en reclutar mujeres. Con esa actitud, si fracasas como hada, podrías ser la primer especialista, Bloom.

La aludida se rio con sarcasmo y, antes de reanudar la carrera cuesta abajo, exclamó:

— ¡No creo, Riven, podría opacarte!

Él sonrió y la siguió. Cuando ambos llegaron hasta donde habían dejado la motocicleta y sus pertenencias, detrás de Fontana Roja, él sacó un maletín de primeros auxilios y se lo entregó.

—Creí que me ayudarías—murmuró fingiéndose ofendida y sin pensarlo, mientras se sentaba en el pasto para buscar vendas y alcohol en el contenido de la maleta.

—Aumentó mi respeto por ti, allá arriba, no te trataré como a una tonta hada.

Bloom, esquivó su mirada, avergonzada. Ella debía reconocer ante sí misma que no comprendía porqué había creído, muy en el fondo, que Riven le ayudaría a curarse. Si lo analizaba detenidamente, sonaba ridículo. Sonrojada, continuó analizando la situación hasta que recordó que siempre había visto a sus amigos especialistas ayudar a las hadas, como todas las veces que alguna Winx salía lastimada y Helia revisaba sus heridas.

— Entonces… ¿el entrenamiento era para tenerme respeto?

—No digas tonterías…— el especialista arrugó el ceño, tomó su mochila y sacó una botella de agua. Bebió y percatándose del silencio añadió. —Quería probar tu resistencia física, porque tengo una teoría. Eso es todo.

— ¿Y de qué trata?

—Veamos. En la playa, muchas hadas y brujas salieron lastimadas por las criaturas negras. Todas ellas fueron atacadas con una magia que las debilitaba y las criaturas absorbían los ataques. ¿Cierto?—Bloom asintió, y el especialista continuó— Únicamente pudimos derrotarlas usando la fuerza, incluyendo al mago. Por eso mismo, creo que las hadas deberían aprender a usar algo más que sus poderes, si van a adentrarse a la lucha.

Mientras Bloom asentía, Riven continuó su explicación.

—Has entrenado una semana disparándole a rocas y sólo practicas convergencia con Mirta. Deberías aprender algo más, si no, nuestros entrenamientos no serán más que juegos. Creo que lo que necesitan ustedes es disciplina; pero como sólo te tengo a ti, te propongo acondicionarte físicamente y quizá te enseñe a usar el sable.

Bloom lo miró con los ojos brillantes.

—Me gusta tu idea. Deberías decírsela a Saladino, así muchas hadas podrían aprender algo.

—No creo que me escuche—murmuró Riven, mirando hacia Fontana Roja—Sigue molesto conmigo.

El hada bajó la cabeza, apenada. Terminó de curarse las heridas y le entregó el botiquín a Riven.

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El día que Bloom despertó temprano para ir a la misión, sintió que el par de semanas de entrenamiento habían valido la pena. Después de desayunar, guardar algunas cosas en la mochila y tomar en brazos a Kiko, salió al jardín, creyendo que no podría tener la paciencia suficiente para esperar a Riven, sin embargo, él llevaba bastante tiempo en el jardín, verificando algunos detalles en la nave.

Ni siquiera discutieron sobre la mala sincronización de sus relojes ni se quejaron por madrugar. Al partir, el sol ni siquiera se asomaba detrás de las montañas, pero ese día parecía prometer ser emocionante. Con varias horas de viaje, se las arreglaron para matar el tiempo. Bloom jugaba con Kiko y conversaba animadamente con Riven sobre trivialidades, cómo las materias que tendrían el año siguiente y toda clase de anécdotas sobre el curso pasado.

Faltando poco para aterrizar, el sol era un círculo brillante en el cielo despejado. Observando la luz teñir el paisaje de tonalidades doradas, Bloom no pudo evitar pensar en Stella, solo que a diferencia de la melancolía que la había inundado a principios de aquel verano, se llenó de alegría, preguntándose si el sol brillaría de esa manera tan espectacular en el planeta de su mejor amiga.

Al abrir las puertas de la nave, ambos descendieron de ella lentamente, a la expectativa de un enemigo. Bloom, habiéndose trasformado en hada y Riven, dispuesto a desenvainar la espada en cualquier momento, echaron un vistazo a los alrededores, pero no había pista de nadie. Las aguas de la cascada en el lago y el trinar de los pájaros era el silencio en ese valle.

La Cueva Cristalina era una enorme formación rocosa, cuya entrada se encontraba cubierta por una cortina de agua: una cascada de poco impacto, encargada de alimentar el lago, cuyas aguas eran tan limpias que brillaban a la luz del sol e incluso podían observarse con facilidad las rocas en las áreas más profundas. De ahí, dedujo Bloom, debía provenir el nombre de la cueva.

—Tendremos que entrar rápido—indicó Riven. A juzgar por los tiempos que corrían, no veía con ningún tipo de confianza la falta de problemas en todo lo que iba del día. Se adentró al agua y caminó sin dificultad por el área no profunda, donde apenas se mojaban sus talones.

—Yo voy primero. — dijo Bloom, hincada en el suelo, intentado quitarse a Kiko para dejarlo en tierra. El especialista la miró burlonamente — ¿Serás un caballero y me salvaguardarás, Riven?—preguntó la pelirroja, cruzándose de brazos.

— ¿Salvaguardarte? No manejé durante cinco horas para que te lleves toda la diversión. Yo entraré y si necesito una ayudante, te llamaré.

— ¿Ayudante?

Con Kiko aun aferrándose a su ropa, Bloom siguió presurosamente a Riven por entre las corrientes que nadaban en dirección contraria a la cueva. La cascada, pese a no tener un gran impacto, los salpicaba. El especialista y el hada se detuvieron frente a la cortina de agua.

—Posiblemente haya trampas dentro de la cueva, necesito que, en cuanto estemos dentro, crees un escudo con tu llama.

La pelirroja se sorprendió al comprender que lo dicho por Riven connotaba que entrarían los dos. Él echó un vistazo a su alrededor, cuidando el área, mientras el hada se entretenía en meter a Kiko dentro de su mochila, advirtiéndole que no fuera a salirse. Una vez hecho, se colgó la mochila a un hombro.

El especialista desvainó su espada y colocó la hoja metálica sobre el chorro de agua, esperando comprobar la intensidad de la cascada, pero no hubo ni el menor cambio en la espada, que era atravesada por el agua.

— ¡Tiene magia!— exclamó Bloom

Riven sacó la espada y el hada acercó su mano esperando ver el mismo efecto, pero la retiró al instante.

— ¡Está helada!

—No lo pienses y entra. Por eso dije que iría yo primero —la regañó Riven, alejándose unos pasos, para tomar impulso —. Mira al experto.

Las botas de Riven corrieron entre el agua, chapoteando, y en el momento en que estuvo bajo la cascada, no pudo avanzar ni un paso más, sintiendo que el agua pesaba sobre sus hombros como si fuera hierro; impidiéndole tomar aire y quemándolo con un frío doloroso. Dentro de su cabeza giró un remolino de recuerdos y se retorció como si una corriente eléctrica atravesara su cuerpo con una lentitud insoportable. Parecido a la repulsión de imanes del mismo polo, salió disparado hacia el exterior, cayendo sobre las aguas.

Bloom corrió hasta él para ayudarlo a levantarse.

— ¡Aléjate! No necesito tu ayuda—le gruñó Riven rechazando con una ademán la mano que Bloom extendía hacia él. Sentándose se quitó los guantes de especialista para ver su piel que imaginaba estaría lastimada, pero esta se veía intacta. Se incorporó, sacudiéndose el cabello. Volvió a tomar impulso y corrió hacia la cortina, pero obtuvo el mismo efecto y salió disparado hacia el lago, un par de metros lejos. El suelo rocoso del río golpeó su cuerpo y su cabeza.

— ¿Qué le sucede a esa maldita cosa?—gritó Riven

, exasperado, comprobando con una mano en la cabeza no estar sangrando.

— ¡Riven! ¡Tranquilo! Debe tener un hechizo para que no entre cualquiera.

Bloom creó una esfera con la llama del dragón en su mano y la acerco lentamente a la cortina, llevándose una sorpresa al ver cómo el agua atravesaba el fuego, sin consumirlo o apagarlo. Volvió a acercar su mano desnuda, pero la retiró al instante.

—Quizá si no corrieras… Intenta entrar tranquilamente.

— ¡Inténtalo tú! Eras la que quería ir primero. Haz lo que quieras porque es tú misión.

Bloom respiró profundamente y se metió bajo el chorro, como quien espera el agua helada de la regadera, pero aquella experiencia le deparaba algo peor. Al sentir el agua sobre ella, el frío y la incapacidad de respirar se apoderaron de su mente, hasta que una serie de recuerdos terribles aparecieron: las humillaciones que Mitzi le había hecho cuando tenían doce años; la tristeza, la impotencia y el dolor que había sentido el día que Sky le explicó que su padre, el rey de Eraklion había comenzado una conquista en Domino, y el atisbo de vergüenza que había sentido al luchar en la playa con aquel extraño mago. Intentó escapar de todos, de esos pensamientos, pero sintió como sus fuerzas se iban, como el paso del agua caí sobre ella y sintiendo nauseas, cayó en el lago, siendo arrojada a igual que Riven apenas unos momentos antes.

Bloom tomó una bocanada de aire, impactada, como si una cubeta de agua helada le hubiera sido arrojada mientras dormía. Empapada, se quitó la mochila y la abrió

— ¡Kiko, Kiko!

Dentro de la mochila, el conejo la miró confundido y seco. Incluso los cuadernos y la manzana estaban intactos.

Bloom abrazó su mochila. Sentía tanto dolor dentro de sí, que tuvo que hacer un gran esfuerzo por contener las ganas de llorar. Había recordado a Sky con tanta nitidez que algo muy dentro de ella se había vuelto a romper.

Aturdidos, Riven y Bloom fueron a sentarse a las orillas del lago, mojados y con frío, mirando como la cortina de agua continuaba cayendo. Se quedaron en silencio, meditando la abrumadora experiencia de querer entrar a la cueva. Era tan dolorosa, de una manera tan extraña, que Bloom se sorprendió a sí misma, retirándose las lágrimas de las mejillas.

Riven, por otro lado, apretaba el mango de su espada hasta que sus nudillos se tornaron blancos y sintió que perdía las pocas fuerzas que tenía, pero prefería el dolor físico a la rabia que amenazaba con volver a bullir dentro de él.

— ¿Y si metemos a Kiko a la cueva?—murmuró Riven, después de unos minutos.

— ¡Por supuesto que no!—exclamó Bloom, aferrándose a su mochila.

Riven rodó los ojos.

—No conduje la nave hasta aquí para nada.

Sin poder resistirlo un segundo más, Bloom se llevó las manos al rostro, para cubrir sus lágrimas.

—No lo soporto más, vámonos, Riven.

El especialista, turbado, la miró y sintió una especie de empatía por ella. El enojo dentro de sí, disminuyó. En el fondo, él también deseaba irse a toda costa. Su interior le decía que huyera, al igual que siempre huía de sus recuerdos más tristes y verla así le hacía preguntarse si ella había sentido lo mismo que él, al intentar cruzar la cortina de agua.

—Bloom…ehm…tranquila-comentó el chico, estando a punto de ponerle una mano en el hombro. Detuvo la trayectoria, un segundo antes y la retiró. Odiaba que lo consolaran como si fuera un niño ¿por qué habría de hacerlo a Bloom?—Sé que es una tontería partir sin saber nada, pero…

—Pero no tenemos nada. Vinimos sin saber absolutamente nada de este lugar. Es inútil. Necesitaremos más información.

—Vámonos—murmuró el especialista. Bloom intento ponerse de pie, pero cayó al suelo y lo volvió a intentar sin éxito.

Temiendo que rechazara su ayuda, Riven le extendió una mano sin mirarla. Ella la tomó y él la impulsó para que pudiera levantarse.

—Creí que me tenías respeto— murmuró Bloom, con apenas un dejo de humor y con la esperanza de que él comprendiera a qué se refería.

—Los especialistas no nos cruzamos de brazos con las debilidades de otro.

Bloom apenas elevó la comisura de sus labios, en una especie de sonrisa apagada e intentó crear un hechizo para secarlos, pero se sentía tan agotada que el hechizo no resultó. Ambos caminaron, empapados hasta la nave y emprendieron el vuelo, sin charlar. Pronto Bloom, sentada y hecha ovillo en el asiento del copiloto, con una manta que habían encontrado en la nave, cerró los ojos para dormir. No quería pensar en Mitzi o en el enemigo y, mucho menos, en Sky.

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Estoy muy emocionada por subir otro capítulo, aún después de tanto tiempo.

Les quiero agradecer especialmente a todo aquellos que me enviaron algún MP o un review. Durante este tiempo, realmente he andado ocupada, pero cuando veía todas las cosas lindas que me escribían, me daban ánimos para continuar. En realidad, me emocionaban mucho. ¡Gracias! Les dedico este capítulo c: