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El hechizo bloqueador

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Parecía que nunca encontrarían saber qué era aquella barrera que les impedía la entrada a la cueva. Todos los involucrados en la misión a la cueva Cristalina estaban en blanco. Faragonda y Saladino no lograban dar con alguna pista: apenas podían pensar en una solución con la avalancha de problemas diarios. Si no eran los ataques a alumnos, eran los noticieros y periódicos insinuando información falsa sobre qué estaría sucediendo y qué cosas sabrían los directivos sobre los últimos problemas en Magix.

Riven estaba cansado de ir a buscar información con Bloom, y a su vez ella estaba cansada de tener que convencerlo para ir esas búsquedas inútiles. Pese a que su relación comenzaba a comportarse de una manera cordial y hasta amistosa, no se libraban al cien por ciento de discusiones y el día que llevó a Bloom hasta Lenith, fue producto de una de esas peleas por celular en las que Riven se negó rotundamente a regresar a la biblioteca de Magix.

Molesta, Bloom arrastró los pies hasta la biblioteca de Alfea. No creía tener otra opción y, aunque se sentía como una rata de biblioteca y había adquirido la mala costumbre de cabecear cuando leía, fue decidida para revisar por última ocasión.

Haciendo un análisis de lo poco que sabía de la cueva, había decidido que ese día se concentraría en buscar sobre la geografía del lugar. Su búsqueda parecía exitosa, pero no útil. Leía en murmuro todo lo geográfico que había en la zona, pero no llegaba a ningún lado con eso. Farfullando, recostó la cabeza en la mesa.

Lenith, la chica que siempre estaba leyendo, incluso a la hora del desayuno y a quien había evitado todos los días de búsqueda, caminó hasta ella, como si el ruido la invocara. Ni siquiera habló al hacer contacto visual con la pelirroja, porque su mirada lo decía todo.

—Lo lamento, —se apresuró Bloom— sé que no es excusa, pero no encuentro un libro muy importante.

—Puedes buscarlo por tema, en el podio-respondió Lenith con sequedad.

—No es eso. Lo he hecho, pero no me da información.

—Pues deja de hacer ruido, por favor. Es molesto.-dando el tema por zanjado, dio medio vuelta. Justo un segundo después, Bloom dejó caer de su mesa accidentalmente dos pesados volúmenes.

Lenith suspiró cansina y se volvió para ayudar a Bloom a recoger los libros

— Si dejas de hacer ruido, te ayudo a encontrar tu libro ¿De qué trata?

— Es sobre la cueva Cristalina. Quiero saber cómo o quién hechizó la cortina de agua de la entrada.

Lenith reprimió una risa sarcástica.

— ¿Lectura avanzada, eh?

Bloom arrugó el ceño.

— ¿Disculpa?

—Lo siento— apresuró la chica, recordando que la última ocasión había juzgado mal a Bloom— es que, para serte muy sincera, dudo que encuentres las respuestas aquí.

— ¿Y sabes dónde puedo encontrarlo? ¿Es algo muy secreto?

Lentih sonrió auténticamente a Bloom, por primera vez en todo el verano.

— ¿Qué es exactamente lo que quieres saber?

—Bien…pues…la magia que habita en ella.

La chica se acomodó un mechón de cabello y negó con la cabeza.

-No, dudo que lo encuentres y más aún si buscas en los libros con ese nombre. Es una leyenda para niños.

-¿Cómo?

-Es una leyenda infantil. Se le conoce como la leyenda del hechizo bloqueador o simplemente la leyenda del bloqueador, es lo mismo. Algunos historiadores y estudiosos creen que la cueva de la que habla la historia, podría ser la cueva Cristalina, pero no es algo que se haya comprobado. Como te dije, es un cuento: no es como que vayas a encontrarlo en la biblioteca de Alfea.

Bloom la miró decepcionada.

— ¿Sabes dónde puedo leerla?

— Quizá en una antología de leyendas: prueba en la biblioteca de Magix. Mi abuela me lo contaba a veces, pero nunca me la he topado por escrito.

—Tú... ¿me lo podrías contar?

A Lenith le pareció una petición inusual. La analizó, preguntándose si debía o podía confiar en ella. Muchas estudiantes la buscaban para que encontrara libros que necesitaban de tarea y algunas se habían burlado de ella, cuando había intentado ser amigable y conversar. Miró a Bloom, que desde un comienzo parecía rayar en una nobleza casi ingenua.

—Es muy importante—aseguró la pelirroja.

Lenith decidió arriesgarse una vez más y le indicó con un ademán que la siguiera hasta los sillones de lectura.

Cada una se acomodó en uno y Lenith comenzó a hablar.

— Bien. Lo cierto es que, como te decía, muchos historiadores creen que la cueva cristalina y la cueva de la leyenda del hechizo bloqueador son una misma. Pero son suposiciones. Pocos dicen haber podido entrar a la cueva y ninguno ha sido comprobado o documentado.

La leyenda es bastante sencilla. —prosiguió, Lenith, al comprobar que tenía toda la atención de Bloom, a diferencia de otras chicas— Se dice que hace algunos siglos, vivió un hada muy talentosa, perteneciente a una familia de nobles comerciantes. Parecía tener un futuro muy prometedor, pero se enamoró de un joven hechicero, ni muy apuesto y en lo absoluto rico, pero ambos tenían un corazón puro y amable.

Lenith sonrió para sus adentros, recordando las expresiones de su abuela. Continuó.

Se amaban, pero, como te imaginarás, el padre de la chica no se sentía complacido con el amorío que tenía su hija, así que mandó a buscar al hombre, para encarcelarlo. Ella escapó de su casa para advertirle, pero, pese a encontrarlo antes que sus enemigos, no supieron a donde huir. Ambos se refugiaron en el bosque, pero la ira de su padre, lejos de disminuir, se acrecentó. Juntó a un numeroso grupo de hechiceros y guerreros que le ayudaran a recuperar a su hija y mientras la pareja huía cada vez más lejos de Magix, el ejército parecía pisarle los talones. Estaban a punto de ser encontrados, hasta que llegaron con las ninfas de los bosques y las pixies más antiguas, quienes les enseñaron los más poderosos hechizos.

Se dice que después de eso, encontraron una cueva cuya entrada era una puerta de agua. Ambos la sellaron con un hechizo bloqueador. Era magia tan fuerte que cuando el ejército sitió el lugar e intentaron entrar, nadie pudo traspasar la cortina de agua ni quebrar una sola piedra alrededor. Había una condición para que la magia cediera y era que sólo los que no guardaran rencor serían inmunes al hechizo.

El padre de la chica intentó engañarla, diciéndole que los perdonaba, que aceptaría al joven como a uno de sus hijos y les permitiría casarse, pero la chica lo retaba a cruzar la cortina. El hombre jamás pudo. Terminó dándose por vencido y desarmó al ejército. Fue entonces que la pareja salió y huyó, sin romper la magia para que cualquier persona misericordiosa pudiera protegerse y descansar, al igual que ellos lo habían hecho.

Lenith miró a Bloom, dando a entender que ahí finalizaba la leyenda. La pelirroja bajó la mirada, pensando en su reciente experiencia en la cueva. Creí que era un hechizo repelente lo que tenía el agua, lo cual debía de haber sido una hazaña para quien lo creara, pero cualquiera que lograra un hechizo bloqueador tan potente debía ser todo un prodigio. Interrumpiendo los pensamientos de Bloom, Lenith añadió:

— Alrededor de unos ochenta años o más, murió Cecile. No sé si habrás escuchado de ella. Fue una gran hada e investigadora en sus tiempos, de hecho, la mejor. Incluso se le ofreció el puesto de directora en Alfea, pero lo rechazó. Bien, en algún momento de su carrera, se dice que encontró algunas piezas y artefactos mágicos demasiado importantes y poderosos, pero que los escondió, por temor a sus enemigos. Cecile era una mujer muy enigmática e increíblemente humorística, así que una vez aseguró haber escondido algunas reliquias en la misma cueva de la leyenda del bloqueador. Algunos se preguntaron si era broma, si eso era cierto o si la cueva existía. Unos años más tarde se descubrió la cueva Cristalina, que casualmente coincidía en características idénticas a las de la leyenda. Algunos decían que ella había hechizado la cueva para que se asemejara a la del cuento y otros muchos se burlaron diciendo que seguramente ella tenía un corazón puro y un enamorado. — Lenith, negó con la cabeza, decepcionada— La credibilidad de Cecile se fue al traste cuando dijo que nunca había encontrado algo importante y que había mentido toda su carrera. Se contradijo a si misma de tal manera que nadie sabía si ella quería proteger de malas manos sus descubrimientos o si era una farsante.

Lenith suspiró e hizo una pausa, para acomodar sus ideas. Bloom, la miraba atentamente, esperando saber más.

— Cuando murió, —continuó Lenith— ella cedió en su testamento todas sus investigaciones al gobierno de Magix. Entonces, se descubrió que todo lo que había asegurado descubrir y encontrar era cierto. Lo único que fue imposible corroborar fue todo el asunto de las piezas en la cueva Cristalina, pero se tiene como información oficial, ya que el resto de las reliquias que escondió se encontraron tal como ella dejó por escrito. Básicamente por eso no encontrarás nada oficial que una la cueva con la leyenda del bloqueador. Cecile era fanática de las leyendas, fábulas y mitos, así que se sospecha que ella misma hechizó la cueva, recreando la leyenda, pero no hay forma de saber la verdad— Miró a la pelirroja, y se avergonzó, al darse cuenta de su largo monólogo— Lo siento, hablo demasiado. Quizá ya te aburrí.

—Nada de eso— negó Bloom, maravillada— todo lo que me has dicho es perfecto. Es justo lo que necesitaba.

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Cuando Barbatea les dijo que pronto sería la hora de cenar y que tendría que cerrar el lugar, ambas salieron del edificio, hacia los jardines.

— Creo que es la primera vez que hablo tanto en una biblioteca— confesó Lenith, tímida. — Bien… creo que iré por un libro para la cena.

— ¿Te gustaría acompañarnos? — se apresuró la pelirroja, refriéndose al grupo de hadas que se sentaba en el comedor todos los días.

Lenith bajó la mirada.

— No lo sé. No les agrado a unas cuantas chicas de ahí, ni ellas a mí— se encogió de hombros—. Espero que las chicas de mi generación no sean así y hablen de algo más que de chicos y moda.

Bloom entonces comprendió. Lenith estaba pasando sus vacaciones ahí, antes de entrar a clases.

— Entrarás a tu primer año.

Lenith asintió. Bloom le sonrió.

—Eres muy talentosa para ser tan joven. Estoy segura de que lograrás cosas muy interesantes. Si algún día quieres intentarlo, eres bienvenida a sentarte con nosotras. No nos caería mal que nos hablaras de todo lo que sabes.

Lenith sonrió, apenada por el cumplido y se despidió, dejando a Bloom sola en el jardín. El viento frío sopló y Bloom se abrazó a sí misma. Un mal presentimiento la hizo darse prisa para entrar a Alfea.

Caminó hasta el comedor, abstraída en sus pensamientos. Se sentía satisfecha y fascinada por la información recabada. Era más de lo que pensaba que podría encontrar y ahora parecía tener mucho en qué trabajar. En cuanto tuviera oportunidad, debía conversarlo con Faragonda y Riven. Ante ese pensamiento, su celular vibró y como si lo hubiera invocado, el nombre de su compañero especialista estaba en la pantalla. Tenía un mensaje de él, avisándole que posiblemente llegaría por ella en la mañana media hora después de la acostumbrada, para ir a entrenar. Bloom agradeció el gesto amable de avisarle y le respondió que ella tenía cosas nuevas que contarle sobre la cueva. Sonrió satisfecha al notar lo civilizada que parecía su conversación.

El único detalle en Riven era que mientras menos crueles eran su sarcasmo y su humor, el entrenamiento resultaba más agotador. Bloom ya había pasado por esos días de insomnio, soportando el dolor en sus piernas y brazos. Ahora ya se había acostumbrado a las molestias físicas y tenía más resistencia al correr, pero cada día terminaba más cansada y comenzaba a sospechar que la defensa personal, cuerpo a cuerpo, no era su fuerte. Aunque debía admitirlo, los entrenamientos eran significativamente más cómodos que aquellos silencios vergonzosos y miradas intolerantes que habían compartido a principios de verano.

En el comedor, se sentó a la mesa con sus compañeras. Al comienzo de la cena procuró concentrarse en la charla, pero había una especie de inquietud en su mente. No podía dejar de pensar en todo lo conversado con Lenith, en la leyenda, en Cecile y las reliquias, pero sobre todo, en la cortina de agua. Si la leyenda era cierta o si Cecile había creado un hechizo bloqueador en el agua, significaba que efectivamente no podía pasar nadie que guardara rencor.

La experiencia en la cortina había sido abrumadora, pero no había sentido la confianza suficiente como para contarle a alguien sobre lo que había sentido, ni siquiera a Faragonda, y sus amigas parecían estar más ausentes que en las semanas anteriores. Recordar a su exnovio y las riñas de adolescente que tenía con Mitzi, al estar bajo el agua, le parecía que sonaría tonto a los demás. Pero, sí así era como surtía efecto el conjuro, significaba que Riven también tendría que haber sentido algo similar y que ninguno de ellos podría atravesar la cortinilla, si no arreglaban todo aquel asunto que les causara molestar.

Bloom sentía algunos desperfectos en la solución. Para comenzar, ella ni siquiera recordaba guardar rencor a MItzi o a Sky. Si bien la primera no era de su agrado, no recordaba odiarla y Sky…bueno, él era otro asunto. Intentó imaginar que lo perdonaba, al igual que se imaginó el reino de Eraklion erigido sobre las ruinas de Domino, pero sintió un nudo en el corazón e intentó olvidar ese pensamiento. No deseaba pensar en sus viejos problemas. Domino y Sky estaban muy lejos de ella y de ahí.

Prefirió preguntarse si habría alguien, quizá como Flora o Helio, que pudieran entrar sin más problemas. Alguien cuyo temple rara vez se viera afectado y no guardara ni rencor ni dolor. Antes, quizá le habría resultado sencillo, pero debía admitir que algo parecía haberse fisurado en su interior.

No pudo adaptarse a la conversación, durante toda la cena, pensando en cómo romper o sobrepasar el hechizo bloqueador y preguntándose qué guardaría Riven para, al igual que ella, no poder entrar a la cueva.