.
8
Jugar con fuego
.
Después del ataque en el bosque y habiendo pasado cinco días de lluvia y esporádico granizo, la mañana que el sol salió, Bloom llamó al celular de Riven. Tenía la esperanza de que accediera al favor que iba a pedirle. Mirta se había acercado a ella en el desayuno para preguntarle si le agradaría salir con ella, Lucy y las otras dos brujas. Al parecer, se sentían muy agradecidas con Bloom por lo ocurrido en el bosque y se preguntaban si querría acompañarlas al cine, al anochecer.
Cuando Riven atendió la llamada y su holograma la miró, ella sonrió hacia él, con una entremezcla de felicidad radiante por el sol, la invitación de Mirta y el verlo después de tanto tiempo.
—Cuando desperté y vi este sol, supuse que me llamarías— comenzó el especialista— Imagino que quieres saber si entrenaremos hoy.
—No me parece mala idea, aunque también quiero pedirte un favor—confesó, con vergüenza—. Quería preguntarte si después del entrenamiento podrías llevarme al cine.
Riven se mordió la lengua para reprimir una sonrisa maligna. Bloom, percatándose de ello, se preocupó. Esperaba que él se molestara, pero lejos de eso , atacó de buen humor.
— Me halagas, pero ¿no estás grande para esas excusas? Si quieres salir conmigo sólo tendrías que pedirlo. Aprecio la modernidad.
Bloom se sonrojó al instante. Cada vez que Riven bromeaba de esa manera parecía que jugaba con fuego, intentando hacerla enojar o avergonzarse. A veces debía escoger sus palabras cuidadosamente, si no quería que el especialista las usara para bromear a su costa, tal como esa ocasión.
—Muy gracioso —se recompuso el hada—; pero te informo que Mirta y otras chicas me han invitado y estarán ahí a las siete.
El holograma de Riven la miró y después de analizar algunas cosas, respondió.
—De acuerdo, pero ni pienses que después del entrenamiento te regresaré a Alfea y luego volveré a recogerte. Tengo entrenamiento con Spencer en la tarde y no daré vueltas.
Bloom rodó los ojos.
—De acuerdo, de acuerdo. En ese caso ¿podría ser una clase teórica? Voy a sonar como Stella, pero no quiero sudar y despeinarme, antes de…—detuvo su explicación, al ver el rostro de Riven en total seriedad.
— No hay problema. De todas formas, creo que deberemos de continuar la teoría por un poco más de tiempo. —explicó él.
— ¿Pasa algo malo?
Riven ladeó la cabeza, como dudando si debía especificar que era algo malo o no.
—Hoy, antes de partir a Magix, Saladino me pidió que pasara a su oficina mañana temprano para charlar sobre tu última pelea en el bosque. Faragonda y Griffin hablaron con él sobre eso y sobre…los entrenamientos.
—Creí que ya había pasado. Digo, ninguno de los directores mencionó nada.
—Han tenido una semana demasiado pesada. Rara vez vi a Saladino. De hecho, Helio me marcó ayer para preguntar si todo andaba bien, pues no ha podido comunicarse con él desde lo ocurrido en el bosque.
Bloom comenzó a sentir un hormigueó de preocupación. También Faragonda estaba muy cansada, atendiendo padres de familia preocupados y autoridades de Magix.
—Lo lamento mucho, Riven. Yo sólo…
—No es tu culpa—la detuvo el especialista, levantando la palma de la mano—Hiciste lo que debías hacer, supongo.
Estaba molesto, pero no con ella. Sentía la presión de volver a estar bajo la mirada severa de Saladino. Por su parte, Bloom no encontró una manera de animarlo ¿Qué debía decirle? ¿Que no se preocupara? Ella misma lo estaba.
—Sólo no intervengas —añadió el joven.
— ¿Eso es algo por lo que deba sentirme indignada?
—No. Sólo esperemos a lo que Saladino diga.
.
.
.
Ese mismo día, al atardecer y después de una hora de hablar sobre lo mal que golpeaba Bloom con el puño y otra hora de comida y descanso, el especialista y el hada caminaron por los pasillos de Fontana Roja, hasta la arena de entrenamiento. Al llegar, vieron a Spencer ajetreado, sentando junto a las armas. Apenas se estaba colocando los guantes y la capa, y tenía las botas de entrenamiento a un lado. Saludó a ambos con un gesto y Riven se adelantó a hablar con él, mientras Bloom se acomodaba en las gradas.
Con la esperanza de que aquella hora pasara rápido, sacó un cuaderno y comenzó a dibujar a las palomas que aleteaban cerca de ella. Intentaba poder capturar un ángulo agradable, pero resultaba imposible mientras se movieran tanto. Pese a que Helio le había enseñado algunos trucos, aun no alcanzaba su agilidad ni de broma. Absorta en sus bocetos, no se percató del repentino silencio al igual que tampoco sintió la presencia de alguien frente de ella. Saltó espantada en su asiento, cuando vio la hoja de una espada pasar rápidamente frente su nariz.
Miró hacia arriba y ahí estaba el especialista de cabellos magentas, inclinado para intentar ver qué hacía ella en su cuaderno.
— ¡Riven! Pudiste haberme hecho daño.
— ¡Por favor! Sabía perfectamente lo que hacía. Codatorta lo hace todo el tiempo
— No soy un especialista, deja de tratarme como uno.
— ¡Pues Riven dice que podrías entrar a Fontana Roja! —intervino Spencer desde la arena, colocándose los guantes.
—Uno muy malo—añadió Riven.
—Eso no fue lo que dijiste en el entrenamiento—defendió la pelirroja, lo suficientemente alto como para que Spencer también escuchara.
— Se le llama motivación. Cosa que Codatorta jamás ha hecho con nosotros.
Bloom lo ignoró y desvió su atención para seguir dibujando, pero las palomas ya habían volado.
— ¡Ey! Deberías sentirte afortunada—exclamó Riven, que echó un vistazo al cuaderno de la chica y luego a las aves alejándose en pleno vuelo. Hizo una pausa, analizándolo, para finalmente comentar— No sabía que dibujabas
—Sí, desde niña; pero Helio me ha estado dando lecciones. —respondió, irguiendo la espalda para que Riven apreciara adecuadamente su obra.
El especialista asintió y con un movimiento ágil tomó el bloc. Las hojas estaban pautadas con fecha en cada esquina. Había bosquejos de flores y aves, pero también retratos de Lockette mientras dormía y de Kiko comiendo; de la pixies mientras jugaban, las Winx estudiando y algunos otros eran de Helio y Flora sentados en el jardín, seguramente ajenos a que Bloom estuviera plasmándolos. Lo abrió en las primeras páginas, notando que la fecha más antigua era de hacía un año. Al ver un dibujo del rostro de Sky, Riven cambió la página, incomodó de quizá estar husmeando en algo muy privado. Helio rara vez permitía que otros vieran sus cuadernos y posiblemente esa era una razón. Después de todo, ver los dibujos de Bloom era adentrarse a una cara muy sentimental e íntima de ella. Esa cara silenciosa que observaba cada detalle de otros.
Recomponiendo el hilo de sus pensamientos, cambió el tema.
— ¿A qué hora debes estar en Magix?
—La función es a la siete.
Riven asintió.
—El entrenamiento dura cuarenta minutos. Tomaré una ducha después, pero creo que estarás a tiempo—murmuró, viendo su reloj. Giró a su espalda y al comprobar que Spencer apenas se estaba colocando las botas, le gritó— ¡Con esa lentitud, me pregunto si estás jugando a las muñecas!
— ¡Aun no, pero cuando comience el entrenamiento, creo que si lo estaré haciendo!
Riven sonrió, con esa sonrisa divertida y maligna a la que el hada ya se había acostumbrado. Lo que Spencer acababa de hacer era retarlo y Bloom pudo ver en sus ojos la llama de su espíritu más competitivo. Él le devolvió el cuaderno con su mejor sonrisa y se alejó caminando orgullosamente por las gradas.
Cuando los chicos estuvieron listos para luchar, Spencer miró a la joven y gritó.
—Deberías hacer otra cosa, Bloom, no quiero que veas como le pateo el trasero a tu novio.
La aludida saltó en su silla, dispuesta a aclarar que ellos no eran pareja, pero el sonido de las espadas chocando la intimidó a elevar la voz.
—No es mi novia, —aclaró Riven, de buen humor— creo que soy su niñero.
Spencer soltó una carcajada y Bloom se relajó, tranquila de saber que ambos bromeaban.
Se dedicó a verlos. Los dos especialistas mantenían las posturas que Riven le decía siempre debía cuidar para no perder el equilibrio. También, mantenían el espacio adecuado para no estorbar sus mutuos movimientos, pero sin alejarse de más. Básicamente seguían con naturalidad todas aquellas reglas que Bloom siempre debía recordar en los entrenamientos.
Hizo a un lado su lápiz y se quedó observándolos. Durante todo el entrenamiento en total hicieron cuatro duelos, donde cada uno ganó dos rondas. Eran peleas reñidas y Bloom disfrutó por primera vez todos y cada uno de sus movimientos, estudiándolos, comprendiendo la exactitud y la belleza escondida en los ataques tan improvisados. Anteriormente, en un par de ocasiones, Riven le había explicado que cada especialista tenía una forma diferente de pelear, por lo tanto, todos contaban con un punto fuerte y una debilidad. Sin embargo, pese a que Bloom no había aprendido lo suficiente como para detectar las de Riven, por primera vez lo observó con detenimiento.
Aunque había estado en varias exhibiciones de Fontana Roja, jamás se había percatado de su particular estilo de pelea. Se movía con tanta fluidez y precisión combinada, que se preguntó por qué nunca se había fijado en lo bueno que era como especialista. Sabía que él y Sky habían tenido una fuerte rivalidad, pero jamás se había detenido a ver a otros que no fueran el príncipe de Eraklion. Porque debía admitirlo: era interesante. La mezcla precisa de flexibilidad para esquivar ataques y la fuerza necesaria para agredir. Jamás había visto de manera tan interesante a dos especialistas combatir, sin embargo, lo que más la divirtió fue el sonido de la risa competitiva de Riven, cada vez que esquivaba un golpe, y los mechones de su cabello bailando por la rapidez con la que se movía. Deseó dibujarlo, así, cómo peleaba y se movía, pero si apenas podía captar a un par de palomas, pensó lo imposible que sería intentarlo en aquella situación.
Comprendió por primera vez, de manera consciente y sin sentir molestia por ello, que Riven era alguien atractivo, sobre todo en ese momento, con su porte seguro, confiado y alegre. Físicamente, entendió con exactitud lo que alguna vez Musa había visto en él.
Como si ese pensamiento invocara al especialista, este volteó a verla, en el intermedio entre una ronda y otra. Le sonrió, victorioso por haber ganado esa partida y desvió la mirada, esperando que Spencer atacara. Las comisuras de los labios de Bloom se elevaron tímidamente. La sonrisa de Riven era tan autentica y libre que se preguntó cada cuánto sonreiría de esa manera, porque apenas recordaba haber visto un gesto así en su rostro.
De hecho, nunca lo había visto así. Mucho menos, de esa manera.
.
.
.
Al terminar la sesión, Riven le hizo una señal a Bloom par indicarle que volvería pronto. Ella comprendió y nuevamente abrió su cuaderno de dibujo.
El par de especialistas entraron a los vestidores, bromeando sobre lo bien o lo mal que lo hacía cada uno, en ciertos aspectos. Para ser tan competitivo, lo cierto era que Riven se divertía bastante con entrenamientos como ese.
Después de tomar una ducha y vestirse, Riven guardó su uniforme en el casillero e hizo un gesto de despedida a su amigo. Spencer lo miró salir por la puerta que iba hacia la arena y estuvo a punto de detenerlo con la clara intención de bromear, pero se detuvo, al pensarlo dos veces. Si hubiera hablado, seguramente nada de lo que ocurriría posteriormente entre Bloom y Riven habría tenido lugar, porque lo más probable era que Riven habría muerto interiormente de vergüenza y se habría detenido dos minutos a analizar lo que hacía, sin embargo nada de eso sucedió.
Nunca Spencer insinuó que debería ofrecerse a cuidar hadas de Alfea en el verano, para salir con chicas atractivas. Riven nuca respondió que cuidarla era una castigo impuesto por Saladino. Spencer se quedó callado, arreglando el interior de su casillero y Riven siguió su camino hacia las gradas y le avisó a Bloom que ya podían retirarse.
Ella bajó rápidamente y siguió al especialista hasta el almacén donde guardaban las motocicletas de Fontana Roja. Cuando lo alcanzó, se detuvo a pocos pasos de él.
—Creo que fue un buen entrenamiento. Me gustó.
—Gracias—respondió él, sin sarcasmos o engreimiento. Los entrenamientos y las duchas eran la clase de cosas que, combinadas, lograban relajarlo.
Le pasó un casco al hada y movió la moto hacia afuera del almacén para cerrarlo.
— ¿Sabes dónde queda el cine de Magix? —cuestionó el hada.
—Sí, claro. ¿Tú no?
Bloom se encogió de hombros
—Nunca he ido. No aquí.
Extrañado, Riven elevó una ceja y ambos empezaron a caminar hacia la salida. Él dirigiendo la motocicleta apagada y Bloom junto a él, sosteniendo el casco entre las manos.
—Imagino que no te gusta.
—No, todo lo contrario. Cuando voy de vacaciones a Gardenia, veo películas todo el tiempo con Mike y Vanessa; pero estando aquí es otra cuestión. Las chicas prefieren ir al centro comercial —explicó
Riven asintió.
—Sí, lo sé. A Musa nunca le gustaba ir al cine y entiendo a lo que te refieres, los especialistas siempre van donde deciden la mayoría de las Winx
— ¡Si! También Sky odiaba ir al cine, no le encontraba sentido.
Ambo sonrieron, dándole la razón al otro y comprendiéndolo, aunque con la extraña sensación de notar cómo cada uno había hablado de sus respectivos exnovios, sin dramas de por medio.
— ¿Y a ti?
—Sí, me gusta. En general, de todo; aunque odio las películas cursis y rosas.
—Entiendo —respondió Bloom, aunque figuró que la clase de películas cursis y rosas que no le gustaban a él, eran del tipo que a ella no le desagradaban y se sentaba a ver con Vanessa, cuando su padre se iba a trabajar.
Se quedaron en silencio un par minutos, con los grillos comenzando a cantar en el pasto. El silencio era cómodo para ambos, pero duró poco.
—Si vuelve a llover y no podemos entrenar, deberíamos ir, para matar el tiempo—propuso Bloom, sin dobles intenciones. Al recordar la burla de Riven de aquella mañana, rápidamente le echó un vistazo, pero él caminaba tranquilo, dirigiendo la moto hacia la salida de Fontana Roja.
—Suena bien.
Al llegar al camino principal hacia Magix, Riven subió a la motocicleta, seguido de Bloom.
— ¿Vamos tarde? —cuestionó, antes de ponerse el casco
—Un poco—respondió la pelirroja, tras comprobar la hora.
—Bueno, tendré que presumirte mis mejores maniobras. —dijo Riven, mirándola por encima de su hombro. — No te sueltes.
Bloom sonrió ampliamente. Se colocó el caso y tomó la cintura de especialista. Cuando este arrancó, sintió su cuerpo inclinarse hacia atrás y, por temor a caer, terminó rodeando la cintura con sus brazos. Él rio maliciosamente al haberla asustado y aceleró aún más, dispuesto a llegar pronto a la ciudad.
Aquel recorrido fue el más emocionante que Bloom recordaba haber tenido, desde hacía tiempo. La carretera estaba despejada y Riven manejaba con una maestría que, añadido a comentarios altaneros, pero humorísticos sobre lo bien que él manejaba, no hacía más que emocionar a Bloom. No se preocupó pensando si chocarían contra un árbol o si se pasarían una señal de tráfico, lo cual nunca sucedió. Disfrutó del paseó y cuando Riven se detuvo afuera del cine, derrapando la motocicleta, Bloom supo que moriría por otro recorrido similar.
Bajó riendo y comprobó la hora.
—Tenías razón. Llegamos a tiempo. Ni siquiera veo a las demás.
—Bueno, hadita. Yo lo puedo todo—murmuró Riven soberbiamente, después de quitarse el casco.
— ¡Por supuesto que no!
Cuando ambos se vieron, soltaron una carcajada. Entonces, se quedaron en silencio unos segundos y desviaron las miradas.
— Y bien, ¿a qué hora debo pasar por ti?
—Oh, no. A ninguna. Faragonda me dio permiso de regresar con las chicas en el autobús de Magix. No debe haber problemas.
Riven asintió, dudoso de la decisión de la directora, aunque satisfecho de poder dormir temprano aquella noche, pues apenas amaneciera, debía estar en la oficina de Saladino.
Cuando pasó un autobús, ambos lo vieron detenerse. De ahí bajaron Mirta, Lucy y otras chicas de Torre Nubosa. Inseguro de qué decir, o si era estúpido y maternal pedir que le avisara cuando estuviera de vuelta en Alfea, Riven sencillamente añadió.
—Llámame si hay problemas.
Bloom asintió y jugueteó distraídamente con la correa de su bolso. No se percató del casco, en la izquierda.
—Gracias por traerme.
Sonrió y esperó ver la misma reacción por parte del especialista, pero este asintió pensativo sin mirarla. La adrenalina parecía haber descendido, dando a paso a una extraña sensación de bochorno. Ambos se quedaron en silencio y, cómo una despedida maltrecha, ella sólo murmuró un "Nos veremos luego". Se despidió con la mano y se alejó hacia donde estaban las chicas. Entonces, fue hasta antes de entrar al edificio, que se percató del casco. Miró hacia donde Riven se había estacionado, pero él ya se había ido.
Lo cierto es que él tampoco se había percatado, simplemente se había colocado su propio casco, para arrancar la motocicleta y conducir hasta Fontana Roja, sin ánimos de ir a exceso de velocidad y sin maniobras.
Hola. ¿Pues qué le digo? En honor (coincidencia) al próximo día de San Valentín, les traigo lo que creo que es el capítulo más Bloom x Riven que ha habido (asdfghjk!) y, espero que le este agradando a sea quien sea que lea esto. (Porque aun en el fondo, tengo la esperanza de que alguien lee este crack pairing)
(¡Larga vida al Crack Pairing!) c:
¡Saludos y besos!
Cereza Prohibida
