*Suenan trompetas y Cereza Prohibida baila *
Les dejo este bollito recién salido del horno. Espero el tiempo de espera valga la pena. (:
*Se va emocionada*
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10
Dorado Atardecer
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Desde que las obligaciones de Griselda estaban más relajadas por órdenes de Faragonda, los desayunos en el comedor de Alfea era una de las cosas más ruidosas en aquel verano. Las hadas charlaban y gritaban chismes o cumplidos de un grupo a otro, de una mesa a otra; sin embargo, ese día en la mesa de Bloom, sus amigas, quienes pasarían a quinto año, pasaban las jarras de leche y café de un lado a otro en un inusual silencio.
Lo que al principio Bloom creyó había sido una cortesía de las chicas de no hacer ruido mientras ella tenía una conferencia con Riven, sólo había sido un pretexto para escuchar la conversación.
—Imagino que eso significa que ya no entrenaremos juntos—teorizó Bloom, mirando el holograma de Riven en su celular. Lo había llamado para felicitarlo por su exitosa propuesta de preparar a las hadas y ya habían transcurrido alrededor de cinco minutos charlando, después de eso.
Las chicas a su alrededor comían en silencio y se reían entre ellas. Quienes estaban sentadas junto a Bloom, veían por el rabillo del ojo al especialista.
—Llevas más de un mes de ventaja. Supuse que sería una pérdida de tiempo retroceder y que podríamos continuar con nuestro horario—se sintió incómodo por un momento. Quizá había sido una mala idea y ella prefería entrenar con otras personas. — Pero puedes pedir un cambio, supongo.
— ¡Nada de eso! Me agrada entrenar contigo.
La sonrisa genuina del hada, lo hizo desviar la mirada, indeciso de si creer en su palabra o no.
—Por cierto, tengo muchas cosas de las que ponerte al tanto—añadió rápidamente la pelirroja. De un momento a otro se había sentido insegura, como si Riven esperara que ella prefiriera no entrenar o como si su sonrisa desencajara en aquel momento.
—Te confirmaré en la noche. Es decir, para vernos en la semana. Saladino aun quiere que los de quinto le ayudemos en algunos preparativos y no estoy seguro de a qué hora terminemos.
—Ya comienzo a extrañar los entrenamientos.
El comentario del hada provocó en Riven una sonrisa, totalmente ajeno a que había un grupo de chicas alrededor de Bloom, haciendo muecas de emoción. La pelirroja se reprendió mentalmente por haber dicho eso frente a ellas.
—Dudo que pienses eso, cuando volvamos—advirtió el especialista—. Tengo nuevos planes para ti.
Las muecas y los aplausos silenciosos continuaron.
Cuando cortaron la llamada, la más centrada de todas, Rose, dedicó una mirada inquisidora a las chicas para que no gritaran.
—Gracias, chicas. —dijo sarcásticamente la pelirroja, mientras tomaba el frasco de mermelada.
—No, a ti —murmuró Rose, sin contener su sonrisa—Y pensar que suceden cosas muy interesantes entrenando con especialistas.
— Se van a divertir—les aseguró, en estado neutro.
La chica a su derecha soltó un chillido de emoción. Bloom prefirió fingir que ignoraba sus insinuaciones. Prefirió fingir que estaban sobreexcitadas por que los especialistas las entrenarían.
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Con los tiempos que corrían, Faragonda se sentía cada día un poco más cansada. La taza de té sobre su escritorio la ayudaba a aligerar el dolor de cabeza, mientras revisaba las cartas de hadas que solicitaban la matriculación a Alfea. Era un número pequeño a comparación de años anteriores. Las analizaba muy severamente, con la intención de buscar cualquier excusa que les denegara la entrada, después de todo, con los ataques que había en Magix, ni siquiera sabía si era prudente aceptarlas.
Se sentía acorralada.
Había tramitado un permiso para entrar a la Biblioteca de Historia y Magia, pero el encargado de cultura se lo había denegado, argumentando que la inseguridad que corría en esos tiempos no permitía el acceso a civiles a los documentos privados. Sin ello, las posibilidades de estudiar las investigaciones de Cecile y, por consiguiente, las piezas metálicas y la Cueva cristalina, se habían esfumado, al igual que sus esperanzas de averiguar las intenciones de Devon.
Bebió de la taza, mirando el teléfono, con la esperanza de que el director de cultura cambiara de opinión, pero sabía que era en vano. Las tres escuelas estaban aisladas y no recibirían ayuda.
Dolía saber que de ceder a las exigencias de las autoridades, tendría su apoyo y el permiso. De hecho en días como aquellos, se veía muy tentada, sin embargo, acceder significaba entrar a un juego dudoso. La mitad de las personas con poder político en Magix ni siquiera creía en su testimonio, que inculpaba a Devon, y la otra mitad, que incluía al jefe del Departamento de Policía y Especialistas, intentaban ocultar a la población la gravedad de los ataques, así que no sólo consistía en acceder a que interrogaran a sus alumnas, sino que ellas hicieran declaraciones falsas públicas argumentando que los ataques eran hechizos fuera de control, porque tenían una enemistad con brujas de Torre Nubosa.
Para Faragonda eso no se trataba de intentar mantener a la población tranquila o sobre la imagen que darían las escuelas, o Griffin y ella: se trataba de sus alumnas. Año tras año prometía cuidarlas y por más bienintencionadas que fueran los planes de las autoridades, no iba a arriesgarlas ni a entregarlas a movimientos dudosos. Las cuarenta y ocho fotografías colgadas en su pared, de cada generación graduada de Alfea, le recordaba constantemente su labor.
El director de cultura le había preguntado por qué quería ir a la Biblioteca a revisar los archivos de Cecile, pero tampoco había podido responderle. Griffin, Saladino y ella habían acordado que lo más prudente sería no hablar sobre la pieza que Bloom y Riven habían encontrado en la playa. Quizá Devon no sabía que ellos lo tenían , lo cual representaba un factor sorpresa, además de que posiblemente era lo que estaba conteniendo su ira: de saber que ellos la guardaban, lo más seguro era que atacara las escuelas, como cuando Lord Darkar buscaba el códex.
Puesto de esa manera, una taza de té era lo único que podía animar la desesperanzada situación.
Alguien llamó a la puerta del despacho y le dio permiso de entrar, levantando la mirada de sus papeles. Lenith asomó la cabeza dentro de la oficina.
—Buenas tardes, señorita Faragonda.
— ¡Lenith! ¿A qué debo la visita? ¿Puedo ayudarte en algo?
—No es eso—aclaró cerrando la puerta tras de sí—. Mi abuelo me ha llamado y me comentó sobre la petición que usted había tramitado a la Biblioteca.
—Sí. Me temó que fue denegada.
—Sí, sobre eso quería hablar. Me dijo que estaría dispuesto a recibir a Bloom, durante su turno de velador —ante el silencio de Faragonda, la joven hada continuó—. Dijo que no es necesario el permiso. Él se hará cargo de todo, en cuanto necesiten ir.
Faragonda no pudo expresar en palabras el halo de paz que comenzó a expandirse en su interior.
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Ese día en especial había bastante movimiento en Alfea, entre las chicas organizando juegos y entre algunos especialistas cuidando hadas. Por su parte, Bloom había pasado la tarde leyendo cómodamente bajo uno de los árboles del jardín principal de Alfea.
Nada la había distraído hasta que, al echar un vistazo a las personas, reconoció a Spencer en la entrada acomodando su motocicleta para partir. Una nostálgica mezcla de emoción y alegría impregnó su estado de ánimo, al recordar la tarde que había pasado viéndolo entrenar con Riven. Con un chasquido, desapareció el libro y caminó hasta él.
—Escuché que los de quinto debían ayudar a Saladino. ¿Escapaste o te enviaron a escoltar?
Spencer reconoció al instante la voz de Bloom y giró para encararla. Ambos sonrieron, saludándose.
—Terminamos hace un par de horas, pero cabe destacar que hoy fue mi primer día de niñera.
—No sabía que custodiabas chicas.
— No lo hacía, pero digamos que ver a Riven fue inspirador. Y, no quiero sonar altanero, pero que mi trabajo consista en cuidar hadas guapas, no está mal.
—Ha de ser mejor que una misión convencional.
Spencer asintió, sonriendo y aseguró el compartimento trasero del vehículo.
—Voy de regreso a Fontana Roja, ¿quieres que te lleve?
Bloom se sorprendió ante su propuesta y balbuceó mentalmente una excusa, hasta que aclaró sus ideas.
—Riven me comentó que estaría ocupado y no me gustaría interrumpirlo.
— ¡Qué va! El trabajo acabó hace horas y no creo que esté divirtiéndose. Quizá puedas quitarle el mal humor, ¡vamos!—animó, prestándole un casco desplegable.
— ¿Hablamos del mismo chico?—cuestionó, jugueteando con el objeto— No estoy segura de lograrlo nunca.
— ¿Qué? ¿Quitarle el mal humor? Bueno, quizá no, pero hoy habrá un concierto en la escuela y podrías disfrutarlo, cuando menos.
Al llegar a la escuela de especialistas, ambos tomaron caminos separados. Bloom dio varias vueltas por el interior de Fontana Roja, tratando de recordar cuál ascensor debía tomar para llegar al departamento de sus amigos. Hacía muchos meses que no iba y le sorprendió caer en cuenta de que los pasillos parecían más estrechos de lo que recordaba.
Después de un par de minutos, encontró la puerta deseada. Tocó firmemente, con más fuerza de la normal, puesto que del interior provenía el sonido de una secadora de cabello. Quizá Riven se había tomado un baño y no estaba listo aún. ¿El arreglaba su cabello con una secadora? La imagen no encajó en su cabeza, pero le provocó gracia.
Dudó de volver a llamar. Quizá esa idea improvisada de ir a hablar con él no era precisamente brillante. ¿Cómo se le había ocurrido ir hasta ahí? ¿Tendría que buscar a Spencer para que la regresara a Alfea o volver a llamar a la puerta? Dio otro golpe y justo en ese momento alguien abrió.
El sonido de la secadora continuaba, pero ahí estaba Riven, sorprendido. Llevaba ropa civil y se veía aseado, pero en definitiva no acababa de bañarse. Repentinamente recordó el sueño donde lo besaba. Avergonzada, desvió la mirada.
—Me gustaría hablar contigo— explicó Bloom, que comenzó a buscar en su mente una excusa decorosa para estar ahí sin invitación. Había sido una muy mala idea.
Riven echó un vistazo dentro de su apartamento y salió al pasillo. Mientras él cerraba la puerta, Bloom miró su mejilla perfectamente rasurada. Volvió a desviar la mirada. Era una suerte que no pudiera leer sus pensamientos, sino, él tendría una razón para burlarse toda la semana.
— ¿Vamos a los jardines?
La pelirroja elevó una ceja y aceptó, curiosa de quién estaría en el apartamento con la secadora encendida.
Caminaron por los pasillos hasta llegar al punto más alto de la escuela, donde el auditorio era rodeado por las extensiones de jardín. Había muchos especialistas y brujas sentados en las bancas y en el pasto, conversando.
— ¿Por qué hay tanta gente hoy?
—Las brujas ofrecerán un concierto—explicó el joven, indicando con la cabeza el edificio a su espalda. Era el auditorio.
—Cierto, cierto. Spencer me lo dijo, antes de traerme— explicó, buscando con la mirada un lugar para sentarse. Riven comprendió, entonces, cómo había llegado hasta ahí.
— ¿Es muy importante de lo que quieres hablar?
—Un poco, sí. ¿Sabes? No quise interrumpirte, comienzo a creer que fue una mala idea venir sin avisar y….
Riven se rascó la barbilla, pensativo y pasando de largo las excusas de Bloom. La verdad, no le molestaba en lo absoluto que llegara de improviso; de hecho, había tenido un día bastante aburrido.
—Podemos ir a un lugar con un poco más de privacidad. Sígueme.
Pese a que Bloom imaginó que irían hasta la sala de descanso de los estudiantes o regresarían al departamento, el rodeó el auditorio hasta dar con una puerta sin llave que, a su vez, daba a una habitación vacía. Ni siquiera había una lámpara, pero estaba iluminada por luz natural que provenía de un círculo en el techo. Él se acercó a la fuente de iluminación y miró hacia arriba, animándola a imitarlo. Era un túnel con una escalera fijada a la pared la cual ascendía un par de metros y finalizaba en una puerta de vidrio, que bien podía confundirse con un tragaluz.
—Las damas primero—dijo Riven, a quien Bloom miró con duda. Entonces, aclaró —. Es un lugar privado para charlar.
Ella se detuvo justo debajo del túnel, analizando la situación y la altura.
— ¿Crees que alguien nos vea?
—Quizá te refieres a que no quieres que nos regañen. La salida da hacia un mirador—mintió el chico—, no veo porqué lo harían.
La joven asintió. El primer impulso de Riven fue el pensar en cargarla, para que ella alcanzara la escalera, pero se limitó a ofrecer sus manos entrelazadas para que ella tomara impulso y se colgara de la primera baranda. Una vez hecho, la siguió por detrás y le indicó cómo abrir.
Con una mano, Bloom ejerció presión sobre el vidrio y la puerta cedió. Terminó de escalar y observó el lugar. Era una terraza unida a la cúpula del auditorio, con barandales gruesos de piedra y metal que protegían a cualquiera de una caída accidental. Sin plantas ni bancas. Elevó una ceja, extrañada. No parecía que le dieran uso constante. Sin embargo, una vez el paisaje en el horizonte la sorprendió, no despegó la mirada y comprendió el sentido del lugar. Era hermoso. A esa altura podía observarse el bosque tenebroso iluminado por los rayos naranjas del atardecer, rodeando las otras dos escuelas de Magix y, a lo lejos, las montañas y Roca Luz.
—Siempre me gustó Fontana Roja, tanto la antigua como la nueva. Y estar aquí…ni siquiera me había dado cuenta que la extrañaba. — confesó, viendo las aves volando en bandada, describiendo figuras irregulares en el cielo.
Riven caminó hasta la orilla para sentarse en la cubierta de piedra del barandal, con una pierna a cada lado. Bloom se colocó a un lado suyo, de espalda al paisaje. Todo era tan apacible ahí, aún con el bullicio de los chicos y chicas en el jardín.
— ¿Y bien?
A Bloom le costó un momento entenderlo.
— ¡Cierto! No estoy segura siquiera de por dónde comenzar. He hablado de tantas cosas con Faragonda.
Tomó un momento para ordenar las ideas, pero fue en vano, puesto que todas se agolparon. Hacía mucho tiempo que no conversaba decentemente con Riven.
— Buscando en la biblioteca me encontré con una chica que me contó una leyenda sobre la Cueva Cristalina. Está rodeada de misterios y no hemos encontrado nada, porque no hay un solo documento o estudio que avale oficialmente que alguien haya entrado. Pero si la cueva cristalina fuera la de la leyenda...—suspiró—En realidad no sé por dónde comenzar, pero el abuelo de esa chica trabaja en la biblioteca de Historia y Magia, y Faragonda tramitará un permiso para entrar a leer los documentos de Cecile…
—Espera, espera—la interrumpió Riven— Vayamos con calma. ¿Cuál chica?, ¿Cuál leyenda? ¿Y hablamos de Cecile, la historiadora?
—De acuerdo. Mmm, sí, la historiadora. La chica es Lenith, es de primero y es nieta del velador de la biblioteca de Historia y Magia
—Es muy difícil el acceso. ¿Necesitamos algo de ahí?
—Los documentos de Cecile.
—Ajám—el especialista hizo un ademán, para animarla a que continuara.
—Cecile hablaba sobre la cueva cristalina y la relación directa con la leyenda del hechizo bloqueador.
—Es la leyenda de la que hablabas al principio.
—Sí.
Riven asintió, analizando todo.
— ¿Cuándo iremos?
—Aun no sé. Faragonda piensa que tenemos otras prioridades y aún está tramitando el permiso. Te puedo contar la leyenda. De hecho, creo que es lo principal por lo que venía, pues tengo una teoría sobre eso.
Intrigado, Riven le prestó su completa atención. Bloom le contó la leyenda del hechizo bloqueador con todos los detalles que recordaba y añadió la vinculación que Lenith encontró entre esta y el trabajo de Cecile. Al finalizar, la faz de Riven se había tornado escéptica, pero turbada.
—Y dices que podremos entrar si… ¿perdonamos? ¡Bloom, es un cuento de niños!
— ¡Riven! No se trata de eso. La leyenda nos conduce a los escritos de Cecile y ella podría tener la respuesta para entrar a la cueva, lo cual nos conducirá a la pieza que él tiró en la playa. Es muy poderosa y es la única pista que podría acercarnos a qué quiere o, si tiene la otra mitad. Si la tuviera, estaríamos en graves problemas. Es un artefacto mágico tan poderoso que por eso fue hecha en dos piezas.
La pelirroja respiró profundo y suspiró, nerviosa de lo que quería decir a continuación. Apenas se atrevió a mirarlo a los ojos y se percató que él había cruzado los brazos y la miraba con recelo. Pese a que la joven hada pensaba que Riven no le creía, lo cierto es que él había comenzado a presentir la teoría de Bloom. Lo veía venir desde que, en la leyenda, el padre de la chica no podía entrar por todo el rencor que guardaba. La visible incomodidad de la pelirroja, preparó a Riven. En su cabeza se acumularon en tropel todas las posibles acusaciones y preguntas de Bloom, sobre porqué él no había podido cruzar la cortina de agua, por ejemplo. Sentía como si ella pudiera leer la culpa escrita sobre él.
—El día de la cueva cristalina—comenzó Bloom, lentamente— sucedió algo que no quise tomarle importancia, sino hasta que Lenith me habló sobre esto. Cuando estuve en el agua, dentro de mi cabeza aparecieron tantos recuerdos. Todas mis discusiones son Sky sobre Domino, o también cuando Mitzi me dejó en ridículo frente a la clase, en Gardenia. Me sentí triste y humillada, como si en mi cabeza todo eso se repitiera, de una manera tan real.
Supuso que él no la tomaría en serio y que quizá le diría que estaba siendo dramática. No importaba. Ella estaba segura de lo que había visto. Sin embargo, al alzar su rostro hacia Riven, él ya no tenía los brazos cruzados y su mirada decía mucho. Él creía y esperaba por más.
—Sólo quería saber si a ti te pasó igual—continuó la chica—. Mi teoría es que todos esos recueros son de personas que nos han lastimado, pero también de personas de las que nos hemos alejado. No estoy segura, porque también vi al hechicero…a Devon—explicó.
Riven asintió, dándole a entender que sabía a quién se refería.
Se quedaron quietos, en silencio, uno junto al otro. Bloom bajó la cabeza, dibujando formas en la superficie rugosa de piedra.
— Parece que sólo fui yo quien tuvo esas visiones.
— Tus teorías tienen sentido, incluso para lo que yo vi estando en el agua.
Bloom lo miró, con sus grandes ojos azules muy abiertos y sin alguna otra expresión en el rostro.
—No sé si sentirme feliz por ello, pero algo indica el que no sea la única.
—Sea como sea, la solución de tus teorías apestan a cuentos infantiles.
—Apestan en general—admitió, elevando la comisura de sus labios—Pero son sólo teorías.
—Entonces—tanteó el especialista—, imagino que estás preocupada porque yo no pueda entrar a la cueva.
— ¿Qué? ¡No! Me preocupa que yo no lo pueda hacer—confesó, apenada—. He estado pensando si alguien cómo Flora o Helio podría entrar sin problema alguno.
Riven elevó las cejas, sorprendido.
—Creo que sería la misma historia—teorizó el especialista—. Si otra persona me hubiera dicho todo eso, habría pensado que para ti sería fácil entrar. ¿No crees que sea parecido con ellos? Todos tenemos un lado desagradable y eso significa personas a las que no podemos olvidar.
Bloom le dio la razón, asintiendo. Se sintió excusada de sus culpas, como si él hecho de compartir la misma situación con Riven la tranquilizara.
Las aves que hacía unos minutos sobrevolaban el cielo, se habían alejado y graznaban desde las copas de los árboles. Su canto apenas se escuchaba con el murmullo proveniente de los jardines, pero reconfortaba el silencio entre los dos.
Riven observó a Bloom. Le gustaba lo que veía. Estaba viendo, por primera vez, el lado más humano de su compañera, el que cometía errores. El que aceptaba y vivía su lado oscuro, apenándose de él.
Tan real.
Tan lejana a la versión idealizada de perfección y bondad que creía que Bloom tenía de ella misma.
Si ella no lo había juzgado, él sí.
A Bloom y a él mismo.
—No sé cómo reparar tantas cosas. Flora dice que encause mis sentimientos, pero me cansé de llorar ¿sabes?, de fingir que todo está bien o que Domino no existe. Desde que supe mi verdadera identidad, arraigué y me ilusioné tanto con Domino. Y ahora, cada vez que veo una noticia de la "Nueva Eraklion" me dan ganas de ir a golpear a Sky. ¿Cómo se supone que lo olvide? No a él: lo que sucedió. Mucha gente murió con la esperanza de que sobreviviera el planeta y…ahora, mira. Creí que algún día yo podría ser la esperanza o que encontraría a Marion y a Oritel. Que habría alguna forma de que Daphne regresara.
Exhaló, rendida ante la idea de darle vueltas y más vueltas a la solución. Llevaba días pensando e imaginando cómo podría olvidar todo eso.
Riven dudó qué decir, así que se limitó a escucharla pacientemente, esperando si ella añadiría algo más. Se distrajo viendo el cabello de Bloom. Brillaba. Eran los últimos rayos de ese atardecer, destellando. Ella, al percatarse de la luz, miró hacia el paisaje y apreció lo mismo que Riven en ella. Todo brillaba. La luz se había tornado dorada e iluminaba todo a la merced de su sol lejano, incluyéndolos. Cuidando de no perder el equilibrio, Bloom pasó ambas piernas al otro lado del barandal, para apreciar el paisaje.
— Es un bonito lugar para conversar—elogió Bloom, aprobando finalmente la idea de Riven de haber subido.
Observaron las copas de los árboles del bosque encenderse en tonalidades amarillas y naranjas. Por poco olvidaron de qué habían estado hablando y cuando Bloom quiso retomar la conversación, se quedó callada al percatarse de que, de alguna u otra forma, su mano apoyada en la baranda de piedra, rozaba las yemas de los dedos de Riven. Un toque que había pasado desapercibido hasta el momento. Tuvo miedo de retirar la mano y hacer evidente el contacto, así que la mantuvo ahí.
En realidad, más pronto uno que el otro, fueron conscientes de ese roce, sin embargo ninguno alejó la mano, temiendo que si hacían algún movimiento, sería incómodo. Se quedaron quietos, nerviosos, intentando ignorar el roce de la mano del otro. Fingiendo intentar retener los últimos destellos de ese día.
Cuando se atrevió a verla por el rabillo del ojo, fue la primera vez en muchos años que Riven sintió la curiosidad fugaz de besarla. Como tal, el pensamiento entró y salió corriendo por su mente.
—Antes era mucho más sencillo olvidar todo lo malo—explicó Bloom—. El problema es cuando te hiere lo que amas…o a quien amabas. Por ejemplo, con todo esto de la cueva, recordé a Mitzi. Bueno, ella es una chica de Gardenia. De niñas, éramos amigas, pero entonces—se encogió de hombros— crecimos y dejamos de serlo. Me pregunté en ese entonces si algo andaba mal en mí. Fue algo que creí mucho tiempo. Al final y hasta el momento somos como agua y aceite, pero realmente me lastimó todas aquellas veces que intenté recuperar nuestra amistad. Pareciera que el destino de las personas es cambiar, y aunque sé que la mayoría del tiempo no tenemos la culpa, no puedo hacer que deje de dolerme.
Riven la escuchaba con atención, extrañamente impresionado por la sinceridad que surgía de Bloom con cada palabra. Ella era tan clara, tan cristalina que se preguntó en dónde estaba el defecto que le impidiera entrar a la cueva.
Por otro lado, él se había sentido tan abrumado de pensar en tener que entrar nuevamente. Sus peores recuerdos lo habían asaltado en el agua fría de la cortina, y no era que menospreciara los problemas de Bloom, pero envidiaba en lo más secreto la forma tan perfecta en la que ella parecía capaz de ver todo con serenidad.
Riven tuvo el impulso de agradecerle su sinceridad recíprocamente. Una parte de él pensó en charlar sobre su pasado, pero las palabras se detuvieron en su pecho. ¿Cómo podía hablar de todo ese montón de cosas oxidadas dentro de él? Al igual que Bloom, no parecía encontrar un aliciente al pasado que eximiera a todas aquellas personas que lo habían herido. La huella de esas malas experiencias lo había orillado a tomar muy malas decisiones y, aunque se hubiera perdonado a sí mismo, no borraba ese algo que había calado bajo el agua fría de la cueva o en la soledad más melancólica y triste.
—Nadie debería castigarse por los errores de otros—dijo Bloom.
Riven sintió la frase como un aliciente, como si ella hubiera leído su mente y le hubiera otorgado una respuesta. Era tan simple que pareció tener un raro efecto en él, digno de guardar para después.
—Mike y Vanessa siempre lo dicen, pero me temo que hay veces que soy tan consciente de eso, que me es imposible aplicarlo.
Riven extendió su mano por encima de la de Bloom, acariciándola con su pulgar. La chica miró instantáneamente sus manos y luego a él.
—Gracias—fue lo único que pudo decir Riven. De perfil, su mirada lucía sincera y apagada, pero con un aire de paz que no quiso ella notara. Miraba hacia el bosque.
Cuando él retiró su mano, sin pensarlo Bloom estiró sus dedos para atrapar los de Riven en el aire. Les dio un cariñoso apretón y los soltó.
Ella también se sentía agradecida.
— ¿Hablé demasiado?
Riven negó con la cabeza.
—Lo justo.
La joven le sonrió y ambos volvieron la vista al horizonte, hasta que los colores dorados y naranjas se esfumaron en un degradado de azules y violetas.
— Lockette habría amado ver este atardecer—murmuró la pelirroja —. La extraño tanto.
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Riven fue el primero en bajar del mirador y, mientras esperaba a que descendiera su compañera, escuchó los primeros acordes de las brujas tocar en el auditorio. El público clamaba y aplaudía. Cuando Bloom llegó a los últimos peldaños y él la tomó de la cintura para ayudarla a pisar suelo, habló.
— ¿Quieres ir al concierto? ¿O tiene algo mejor que hacer?
Bloom procesó la petición un segundo.
—Si retocarte las uñas y leer te parecen un buen plan de viernes por la noche, estás invitado—respondió la chica mirando el esmalte descarapelado. Riven tomó una de sus manos para examinarlo de cerca.
—De todos modos, mañana estarán así después de entrenar.
—Me gusta tu elocuencia—admitió Bloom, cómplice. Cuando Riven soltó el agarre, ambos, como un espejo, pasaron una mano por el cabello. Rieron por la coincidencia. Entonces, ella finalmente se decidió —. Vamos al concierto.
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Cuando ideé Verano Fugaz, toda la historia se resumía en la escena del mirador. Era la inspiración, el clímax y nudo, para mí. En mi corazón, esa escena es la esencia de Verano Fugaz, así que me siento muy feliz de, al fin, presentárselas, porque es mi preferida.
Gracias por los lindos reviews:
NagatoYuki-chan y carmenotaku98
y a las lindas personitas que leen. Espero lo hayan disfrutado (:
Les mando besos, amor y recuerden que ¡larga vida al crack pairing!
Cereza Prohibida
