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Recuerdos de agua fría

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En pleno concierto, Spencer rodeó la multitud con una botella en cada mano. Le entregó una a Riven y confidentemente una a Bloom.

—Gracias ¿qué es?

—Nada legal por lo que puedas preguntar—aseguró Riven, tomando de su botella

Con la poca luz que provenía del escenario, Bloom leyó la etiqueta de la suya.

— ¿Contrabandearon cerveza?—preguntó en un exclamo.

— ¡Claro que no!—apresuró Spencer fingiendo estar ofendido. Continuó en tono irónico, mirando hacia los lados, comprobando que nadie más escuchara—. Somos especialistas responsables que acaban de pesar a quinto, confinados a la escuela todo el verano. Jamás haríamos algo similar.

El ceño fruncido de Bloom se transformó en una sonrisa. Spencer tenía encanto.

—Sabes a lo que me refiero—guiño un ojo el chico.

—Pero no— apresuró Bloom, dándole la botella —. Gracias, pero no tomo.

Spencer asintió y se encogió de hombros, amigablemente. Cuando Riven giró para ver a Bloom, su compañero ya se había ido a otro lugar.

—No sabía que los especialistas podían tomar—confesó la pelirroja al especialista.

Riven pensó en un gesto dubitativo.

—No está prohibida y Spencer no consiguió tantas botellas, así que no creo que haya problema. La verdad es que, no son tan ilegales, siempre y cuando no tomen los de primero y segundo.

Las brujas en el escenario llamaron su atención cuando comenzaron los acordes de una nueva melodía.

— ¿Entonces, aun así no tomas?—preguntó Riven.

—Nunca la he probado

—Ser el perro faldero de Faragonda requiere disciplina—sentenció Riven con solemnidad

Bloom lo miró severamente con una risa pausada y molesta.

—Para tu información quizá sí he tenido curiosidad, pero… no sé.

Ambos se quedaron callados, viendo a las brujas en el escenario.

—Supongo que tus padres son bastante estrictos.

— ¿Mike y Vanessa? No, nada de eso. Bueno, cuando vine a Magix, Mike solía decirme que no debería tomar hasta que cumpliera un par de años más.

— ¿Y entonces?—inquirió Riven. El par de años más ya habían pasado.

—La única vez que tuve curiosidad fue en la fiesta de celebración por lo de Lord Darkar, ¿recuerdas?

Riven asintió. Brandon se las había arreglado para llevar hasta la mesa cerveza importada de Eraklion.

— Cuando tomé una, Sky me quitó la botella y dijo "Bloom, creo que no te gustará; permíteme que te traiga ponche".

Riven soltó una carcajada, imaginándose al idiota de Sky con una frase tan paternal. Sonaba ridículo. Bloom podía ser una chica responsable, pero no era una niña.

— ¿Es en serio? Lo de tu padre lo entiendo, supongo que tendrías ¿quince, dieciséis? ¿Pero Sky?

Riven elevó una ceja e inclinó ligeramente su botella hacia Bloom, quien contuvo una sonrisa tímida. Ambos se miraron confidentes. Sus manos se rozaron cuando pasaron la botella de una mano a otra. Bloom tomó un trago y su cara se trasformó en una mueca de desagrado, desatando una carcajada del especialista, quien tomó de vuelta la cerveza.

—No puedo creer que les guste eso. Creo que lo más fuerte que tomo es café con leche.

Riven volvió a reír.

—Bueno, pero ahora sabes que no te gusta y nadie más te lo ha dicho.

—Sí, bueno. Tienes razón—cedió, mirando el escenario. Pese a que era lo peor que había llegado a probar, se veía radiantemente feliz. De hecho, así se sentía.

El resto del concierto, se dedicó a platicar con Riven y con algunos de sus amigos, quienes a su vez llevaban a sus chicas: algunas brujas de Torre Nubosa y un par de hadas.

Bailó como hacía mucho tiempo no lo hacía. Primero, Spencer la había tomado de las manos y la había acercado a donde el resto bailaba; después, entre vueltas y risas, terminó junto a Riven. No bailaron, pero más tarde esa noche, al irse a la cama, aceptaría que le hubiera gustado que eso sucediera.

Cuando el concierto terminó, uno de los especialistas de quinto llevó a las hadas y a la brujas a sus respectivas escuelas en una nave. Bloom sonrió hacía Riven y se despidió con un gesto de mano, para escabullirse entre las personas y regresar a Alfea.

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Pese a que era tarde, la mente de Riven no parecía tener deseos de dormir. El especialista dio vueltas en la cama durante una hora, distrayéndose con el celular o intentando leer algo. No podía conciliar el sueño con tanta adrenalina aun recorriendo su cuerpo y con tantas cosas rondando por su cabeza. Ese día había sucedido tanto, que incluso sonaba lejano pensar que esa misma tarde, antes del concierto, había estado con Bloom en el mirador — el cual realmente no lo era y en el cuál, de haberlos visto algún profesor, los habrían regañado—.

Pensó en Bloom como una mezcla de cabellos pelirrojos y unos grandes ojos azules. Sonrió sin reparar en ello. Era muy agradable, después de todo. Era justo lo que aparentaba ser y le agradaba comprobar que la confianza que ella irradiaba era auténtica. El silencio de la noche y el hilo de sus pensamientos hubieran podido seguir el rumbo en su compañera, sin embargo, lo asaltó la parte seria el día: cuando conversaron sobre la Cueva Cristalina. Su ánimo se ensombreció, vaciando la euforia poco a poco, entre recuerdos y el temor de no ser lo suficientemente bueno. ¿Para qué? Para lo que fuera, para entrar o para ser, simplemente.

Bloom debía estar loca si pretendía que esos cuentos infantiles de amor y perdón iban a resultar o, peor aún, si él podría creerlos. Hablar con ella le había infundido ánimo, era cierto, pero temía no dar el ancho. Entonces recordó que los miedos de Bloom iban por el mismo camino y que ella no lo había juzgado.

Suspiró, acomodándose en la cama. Deseó dormir pronto, pero recordó el primer rostro que había venido a su mente en las aguas frías de la cueva: el de su madre. Se llevó las manos al rostro, cansado tan solo de pensar en la posibilidad de que las teorías fueran ciertas. Francamente, apenas soportaba pensar en ella sin sentirse molesto, ¿cómo pretender pasar por alto las equivocaciones de esa mujer? Porque además, hablar de su madre era hablar de todo su pasado. No había estado presente en casi toda su vida, pero era difícil sacarla de su mente, una vez la recordaba, y le había tomado muchos años aprender a desligarse de ella.

No sabía quién era su padre, así que sus primeros cuatro años había vivido con su madre; idéntico a él, con el cabello púrpura y los ojos amatista. No tenía muchos recuerdos de ella y los pocos no eran felices. Ni siquiera recordaba que alguna vez ella lo abrazara o lo escuchara. Había sido una mujer preocupada por trabajar de día y por salir con hombres importantes de noche: una infinidad de novios y pretendientes que apenas lo habían conocido a él.

Sus pocos recuerdos de ella consistían en obsérvala sentada frente a su tocador, maquillándose para salir de fiesta; prohibiéndole tocar los pocos objetos valiosos de la casa, quejándose del dinero, ignorándolo, gritándole, quejándose de él y mandándolo a otra habitación. La recordaba abandonándolo una y otra vez, todas las noches; dejándolo a solas sin despedirse. Imaginaba que había sido demasiada responsabilidad para alguien tan joven como ella y seguramente se había ido con alguno de sus hombres ricos, porque simplemente una noche lo abandonó. El resto de su infancia lo pasó en un orfanato y esa entremezcla de abandono colectivo y falta de cariño pasaron a ser los cimientos de su forma de ser.

Durante años lo interpretó como el destino a una vida fría y solitaria.

En verdad lo creyó, aun cuando con el tiempo la situación mejoró. Tenía un tutor (lo más parecido a un padre) y tenía un techo al cual llamar hogar; pero durante años, en su adolescencia, creció creyendo que la vida era mejor en solitario, que había que marcarles un límite muy agresivo a las personas y que las mujeres, aunque deseables y soportables, eran por regla egoístas y malvadas.

Entonces, en el agua también había aparecido Darcy.

Se sintió estúpido de sólo recordarla, porque ella sí que lo había deslumbrando con sus encantos. Lo fastidiaba saberse tan ingenuo, pero debía admitir que la veía como una especie de cambio en su forma de ser. Si alguna vez había pensado que las mujeres eran tontas, con ella había descartado completamente esa posibilidad. Las mujeres podían ser muy astutas y sobre todo profundas, pero ello no significaba que amables y, mucho menos, leales.

Rodó en la cama, intentando conciliar una posición agradable para dormir. Fue en vano.

En los recuerdos de la cueva había estado Musa. Bueno, debía admitirlo, entre ellos todo había sido una maraña de errores mutuos y culpa compartida. Le debía mucha felicidad, pero también mucha confusión. En su corta relación, el principio había parecido fantástico. Después de derrotar a Lord Darkar, había habido algo, un no-se-qué entre ellos casi utópico, mezcla de euforia y amor juvenil; sin embargo algo había hecho mal él, porque cada pequeño error que cometía, ella lo reprendía; y por cada vez que él expresaba su frustración, Musa se alejaba.

Quizá había sido la forma en que sus caracteres chocaban de forma pasional, lo que los había orillado a crearse una rutina llena de altas y bajas. El problema era que esa rutina se había visto interrumpida. Musa había obtenido un trabajo en una importante disquera de Melody, y entonces, el círculo vicioso se rompió, desestabilizándolos.

Riven comenzó a ver como el mundo de Musa se hacía cada vez más grande hasta que apenas le quedaba tiempo para ellos dos juntos. Después de haber aprendido tanto de ella y de haber cambiado tanto, culpa de toda esa confianza y esperanza recuperadas en las mujeres y en el amor, de pronto se había sentido tan ajeno al mundo de Musa, que sus caminos se dividieron. La relación acabó a los pocos meses de haberla formalizado y le dolió más que cualquiera anterior. Realmente la había amado y habría hecho cualquier cosa por Musa, pero ella había sido bastante contundente al decirle que seguramente no estaban hechos el uno para el otro y que tenían caminos distintos.

Entonces cortó toda comunicación con ella. Porque había estado despechado, lo admitía, pero eso no había sido más que la sombra de todo el dolor y la decepción sobre sí mismo y sus errores.

Los recuerdos de la cueva cristalina apañaron su sueño. No sólo habían sido todas sus pésimas interacciones con las personas anteriormente descritas, sino que había estado cargado de sentimientos muy oscuros, como lo pequeño que solía sentirse cuando no era tomado en cuenta para liderar una misión, a pesar de todos sus esfuerzos; lo mucho que solía costarle hacer amigos; las ocasiones que había llegado a creer que estaba solo y que nadie volvería a confiar en él; y todas las veces que decepcionó a su tutor.

Se sintió miserable.

Su tutor era quien había pasado muchos dolores de cabeza y noches despierto por todas las equivocaciones de Riven en la adolescencia. Era un buen hombre que odiaba verlo castigarse por todos los errores de los adultos que no habían sabido cuidarlo y amarlo, y era eso a lo que había apuntado Bloom con sus palabras en el mirador: durante muchos años había tomado pésimas decisiones, saboteando una especie de felicidad que consideraba no encajaba con él.

De eso ya había pasado tiempo. No creía ser el monstruo que había llegado a ser, pero en noches como esa y con sentimientos tan removidos como aquellos, deseaba no haber basado su carácter, estereotipos y decisiones en todo el rencor hacia su madre y le habría gustado no ser tan tonto. ¿Si no hubiera sido tan inseguro, por lo menos sería capaz de mantener una relación seria? ¿De ser un buen hombre? ¿De mostrarse agradecido con su tutor?

Reprodujo en su cabeza la conversación en el mirador. Si era muy franco consigo mismo, toda esa cursilería poética de perdonar a otros por el simple hecho de perdonar, siempre le había parecido bastante utópica. Había aprendido a perdonar para ceder y para hacer amigos, para demostrar que amaba a alguien; pero no por la bondad de hacerlo.

Se distrajo con Bloom en su pensamiento. Había sido tan sincera con él, que en realidad había deseado responderle de la misma manera, pero hablar de sus miedos y de los recuerdos de la cueva no era tan sencillo para él, como lo parecía en ella. Quiso agradecerle—o agradarle. No se detuvo a definirlo— y repasó lo poco o mucho que sabía de Bloom y volvió a darle vueltas a la conversación en el mirador, sin poder evitar detenerse en el apretón de manos, en el momento en que la ayudó a bajar de la escalerilla, sus ademanes cuando hablaba y su cabello cuando no lo recogía. Porque, aunque no profundizó en ello, no tenía pudor en admitir ante sí mismo, y tras ese día tan interesante, lo mucho que Bloom le atraía.

Entonces tuvo la idea que despidió sus posibilidades de dormir pronto. Su mente divagó más tiempo, pensando en los detalles o si no era algo tonto; pero sintiéndose seguro de sí mismo, sospechaba que Bloom se alegraría; quizá incluso le diera ánimos para ir nuevamente a la Cueva o simplemente pasaría un buen momento, lejos de todo ese problema con Devon y los entrenamientos. No podía llevarla a golpear a Sky a Eraklion, cómo ella había expresado en sus deseos, y no podía asegurarle que Domino algún día sería libre, pero sí podía llevarla a la Aldea de las pixies para ver a Lockette.


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Creo que lloro de felicidad al ver concluido este capítulo :D

Muchísismas gracias por sus reviews a:
carmenotaku98 y FenixFATA23
Me hace increíblemente feliz ver que les agrada la pareja!

Por otro lado, si leíste el cap y quieres asegurarte de que patalee de emoción en mi cama, como una fangirl loca, puedes dejarme un review, contándome qué te pareció el cap y te aseguro que haré eso, luego gritaré de emoción y te amaré (o algo así jajaja) c:

¡Nos leeremos pronto!
Cereza Prohibida