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12
Azul y rojo
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El celular de Stella, hechizado para levitar y seguirla, grababa el espléndido guardarropa de su dueña, mientras ella hacía un recorrido guiado de su enorme colección de verano. Al otro lado de la línea, en video-llamada, Bloom la escuchaba y veía con interés.
— ¡Y este lo usaré en la gala del sábado!—explicó la rubia, acariciando un amplio vestido magenta — Primero lo hicieron en amarillo, pero ¡puaj! Era el amarillo más horrible de todo Solaria. Así que después de mucho alboroto, elegí este color ¿Lindo, cierto?
Bloom sonrió de forma sincera, asintiendo. Stella llevaba una hora mostrando las piezas nuevas de su guardarropa, pero eso no le molestaba. De hecho, no había notado el tiempo, porque apreciaba poder comunicarse con su mejor amiga después de semanas. Moría de ganas de ponerla al tanto de su verano, pero consideraba prudente y prioritario escuchar a Stella. Después de todo, algo debía estarla molestando, algo más allá de lo que simplemente Layla le había comentado. Sabía que mientras su amiga más evitara el silencio, de manera proporcional algo la lastimaba, así que estaba dispuesta a dedicarle todas las horas que fueran necesarias, aunque sólo charlaran de nimiedades.
Bloom predijo todo de manera asombrosa. Los primeros dos días Stella habló animadamente sobre todas las compras que había hecho, los nuevos zapatos y los accesorios de diseñador; sobre el problema de tener más vestidos que eventos sociales en la corte real y un montón de cosas de índole semejante. Entonces hubo un lapso en el que, habiendo agotado su repertorio superfluo, se sinceró con Bloom y le contó sobre el mal tiempo que sus padres le habían hecho pasar en el congreso de princesas.
— Ojalá hubieras estado ahí, Bloom. No dejaban de molestarme ¡A todas horas me llamaban para intentar convencerme de irme con alguno de ellos! "Querida, te llevaré a esquiar" o "¡Pero, preciosa, eres mi única hija. ¿Le harías eso a tu viejo padre?" ¡Por favor! Estaba cansada de escucharlos a todas horas y, no es que fueran muy divertidas las conferencias, pero eran mucho mejor que eso— Stella tomó aire y suspiró. Rendida, añadió—. Entonces, cuando comenzaron a usarme de intermediaria para discutir, simplemente apagué el teléfono. Ni se diga lo triste que está mi madre, porque regresé con papá. Entenderás por qué no te marqué antes.
— Nada de eso. Lamento que tuvieras que pasar por esta situación ¿Quieres que hablemos sobre ello?
— ¿Qué? Por supuesto que no. ¡Qué aburrido! — Stella estaba mucho más triste y agobiada de lo aparentado, pero respiró calmadamente e hizo su mejor intento por ser recíproca— ¿Y bien? Eres tú la que ha estado callada. ¿Has hecho algo interesante, además de soportar a Griselda todos los días?
Sin embargo, sus buenas intenciones quedaron solo en eso, porque fue imposible concentrarse en la muy detallada explicación sobre ataques, piezas mágicas, especialistas, hadas bobas de segundo año y algo de hechiceras. Distraída, Stella solo retomaba fragmentos de la conversación, para luego desilusionarse. No había algo realmente divertido.
— ¡Ah, te hiciste amiga de las de segundo!—murmuraba molesta — ¿Coqueteaste en la playa?...ah…El chico malo ¿Devon? ¡Ah! Sí, sigue, querida…Ajá. Especialistas…Biblioteca…sí, sí, te escucho.
Su mente estaba muy lejos de ahí.
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Esa noche, cuando Bloom entró al comedor, saludó a las chicas de otros grupos de hadas. Visiblemente enfadada, Georgia rodo los ojos y la ignoró. Bloom respingó, sorprendida, y continuó su camino. Al sentarse junto a las chicas de siempre, Rose le explicó:
—Escuché que está furiosa, porque cree que entre Riven y tú hay algo.
— ¿Qué?
—Sólo ignórala.
Y así lo hizo, pero dado que Bloom nunca negó de forma específica una relación, el rumor de la nueva pareja se esparció entre las hadas. Dos días después, molesta con esa reacción, Georgia se encargó de convencer a las demás de que eso debía de ser un error:
— Musa es amiga de Bloom ¿cierto? Es decir, ¡son las Winx! ¿No? y todos saben que está prohibido fraternizar con los exnovios de tus amigas. Ellos dos no deberían siquiera hablarse.
Entonces, cuando un día más tarde ese comentario llegó hasta los oídos de Bloom, pese a que su reacción inicial fue suspirar en modo de burla, las dudas la atacaron. ¿A Musa le molestaría que Riven y ella fueran amigos? ¿Que se vieran tan seguido? ¿Que la pareciera atractivo?
Le gustaba Riven. Era apuesto y divertido, pero no tenían un romance ni nada por el estilo. Es decir, a Stella le gustaban cientos de chicos y eso no significaba que estuviera enamorada o quisiera mantener una relación con ellos. Además, Riven y ella siempre iban de un lado a otro por cuestiones académicas y la única excepción había consistido en ir a comprar el almuerzo a Magix, en compañía de Spencer y una chica de segundo año.
Lo que sentía por Riven era mera atracción. Era algo incluso platónico. Lejano. Afinidad en un par de cuestiones. Además, no era como que él le correspondiera. Sin embargo, mientras más lo pensaba, peor se sentía, por lo que tras varios días soportando los incómodos comentarios de Georgia en el desayuno y los murmullos cuando salía con Riven, la cuestión comenzó a quemar en su conciencia. No quería estar haciendo algo precisamente malo. Entonces, llamó por vídeo a Stella y en un lapso de silencio en el que su amiga prestaba poca atención al retocarse el esmalte de uñas, tanteó el terreno.
—Stella. Las chicas hoy comenzaron una discusión boba en el desayuno.
—Querida, son de segundo y tercero: ellas son bobas—aclaró la rubia, ligeramente celosa de oír sobre las nuevas amigas con las que Bloom socializaba todos los días.
Percatándose de su molestia, no quiso contrariarla y prosiguió.
—Decían algo así como que una chica jamás debe hacer amistad con los exnovios de sus amigas.
Stella siguió retocando su esmalte
— ¿Sólo amigos?
—Sí. Bueno, el que te parezca atractivo no es nada de otro mundo, pero no es razón para nunca hablarse, ¿cierto?
—Querida, no creo que sea algo de otro mundo. Siempre he pensado que si alguien bota a otro alguien, cualquiera pueda tomarlo. No veo la razón para complicarse la vida. Te conozco y sé que no harías nada inapropiado, hasta que pase el tiempo de luto de tu mejor amiga—aclaró Stella. Hizo una breve pausa y añadió—. Así que supongo que evidentemente no me molesta que te guste Brandon.
—Espera, ¿qué?
— ¡Te gusta Brandon!—explicó la rubia, como si acabara de adivinar algo muy importante. Sonreía con satisfacción por creer saber la respuesta.
— ¿Qué? ¡No! por supuesto que no. De quien te hablo…
—Oh, por favor. No creo que debas avergonzarte, sé que Brandon es muy guapo. Querida, tengo gustos excelentes —presumió, abanicando sus uñas con un movimiento de muñecas —. No puedo culparte por eso.
—Stella, no me gusta Brandon.
—Como tú digas…
— ¡Es tu novio!
Stella se encogió de hombros en un gesto dolido, pero fingiendo indiferencia.
—Quizá alguien consideró que no podía venir a visitarme, porque estuvo dando vueltas entre Fontana Roja y Eraklion, como un vil paje educado, incapaz de romper las reglas.
Bloom guardó un silencio incómodo, viendo el holograma de su amiga acomodar los frascos de esmalte. Detrás de aquella capa de aparente frialdad, supo que Stella estaba mucho peor de lo que aparentaba.
—No sabía…—murmuró finalmente.
—Así que imagino que ese especialista de quinto año que te ha estado entrenando durante todo el verano es Brandon, ¿cierto?
— ¿Qué? Te conté quién era mi cuidador ¿No me escuchaste? Además, no sabía que Brandon estaba aquí.
Entonces recordó la secadora de cabello encendida en el departamento de Riven y la ocasión que a principios de verano habían discutido por algo así. Cierto. Brandon había estado en Fontana Roja todo ese tiempo, pero ni siquiera se lo había topado.
—Bueno, como te he dicho, ha estado por toda la dimensión, menos en Solaria.
—No sabía que habían terminado.
—Bueno, querida, sencillamente dejé de hablarle. Si él no tiene tiempo para mí, yo tampoco para él. Tengo otras cosas de las cuales preocuparme.
Las dos se quedaron callados un rato, hasta que Stella rompió el silencio.
— ¿Entonces, a qué se debió realmente tu pregunta, Bloom querida?
—Mi escolta es Riven, ¿sí?—explicó, rodando los ojos. Ahora comprendía porqué Stella no se había sorprendido ni un poco, en su charla anterior. No lo había captado—Y hay una chica que tiene celos del tiempo que pasamos juntos y dijo que yo ni siquiera debería hablarle, porque salió con Musa.
Stella la miró cómo si estuviera loca.
— ¡Por favor! Eso es ridículo. Si alguien ya no es amigo o novio de otro alguien, cualquiera puede salir con él.
— ¿Eso crees?
— ¡Por supuesto que sí! Lo que esa arpía trata de hacer es que dejes de hablarle, para quedárselo—rodó los ojos, como si fuera lo más obvio.
— ¿Crees que Musa se molestaría porque él y yo pasamos mucho tiempo juntos?
Stella rio un segundo, como si lo que acababa de oír fuera una muy mala broma. Para ella, Brandon estaba haciendo justo lo que Musa había hecho en su momento con Riven: hacerlo a un lado.
—Querida, si mis amigas no pudieran hablar o salir con ninguno de mis exnovios, Nova jamás habría tenido una cita. ¿O te imaginas la cantidad de veces que salí con Sky y Brandon juntos a Magix? No es cómo que me importara que Sky fuera tu exnovio. Es mejor amigo de Brandon y desde un principio fue parte de mis amigos. Es algo tonto lo que te dice esa chica.
Bloom intentó imaginarse a Stella, Brandon y Sky riendo juntos. No le molestaba, incluso si quitaba a Brandon de esa escena.
—Así que sí, "hipotéticamente"—continuó la rubia, haciendo comillas en el aire—, estuvieras interesada en Brandon…
— ¡Stella!
— ¡Debe estar viendo a alguien! — chilló Stella, crispando los puños—. No veo razón para que me ignore. ¿Será un hada más joven que yo?
Aunque Bloom pasó veinte minutos convenciéndola de que no haber visto a Brandon y mucho menos de verlo con otra chica, al terminar la conversación, sintió entonces su conciencia descansar.
Con el consejo de Stella no temía ser lo suficientemente sincera con ella misma para aceptar que le agradaba Riven. Era irónico, porque no habían embonado desde el comienzo de su amistad, pero, simplemente, quizá el verano y las circunstancias les habían dado la pauta para acoplarse y divertirse por ello. Además, no eran los mismos de hacía un par de años.
Cuando estaba con él, sentía que hacía mucho no se relajaba, y que no necesitaba ser aquella pequeña Bloom perfecta. Le gustaba sentir que cada día sincronizaban su humor y que habían aprendido a interpretar el estado anímico del otro, llegando incluso a interactuar sin apenas palabras. Podían hablar o estar en silencio y estaba bien.
Si lo veía de esa manera, sonaba cómo una agradable amistad; sin embargo estaban algunos detalles, cómo la emoción que él despertaba en ella, cuando lo veía bajar de la motocicleta o se acomodaba el cabello de forma vaga. Era en esos momentos cuando no podía evitar pensar en lo atractivo que era. No podía ocultar la adrenalina que sentía al abrazar su cintura, cuando iban en la motocicleta. Se descubría a sí misma reconociendo el aroma de su loción y le gustaba mirarlo cuando lucía centrado en ser un especialista, de la misma manera en que le agradaba cuando no lo era.
La libertad en esos pensamientos atrajo nuevamente la preocupación. Quiso convencerse de que era normal que se sintiera así. Él era atractivo, inteligente y relajado. Tenía un aura de misterio que de forma inconsciente invitaba a descubrir qué ocultaba tras esa fachada y ella sentía que podía verlo, si él bajaba la guardia. Lo había vislumbrado en Fontana Roja, la tarde antes del concierto. Riven era algo más, mucho más profundo y complejo que un desenfadado especialista de humor ácido. A veces, cuando descansaban después del entrenamiento, él simplemente miraba de reojo los bocetos que ella hacía y en ese silencio, sentía que si prolongaba la calma, podría ver el fondo de Riven. Su exterior no era más que agua embravecida, esperando a serenarse. Y era eso lo que había visto en Fontana Roja. El Riven que temía ser débil, pero que cuando más vulnerable parecía sentirse, más impresionante era.
Debía ser natural que se sintiera así junto a él, porque hacía tiempo no se había dado la oportunidad de pasar tiempo con un chico. De conocerlo. Eso debía de ser. ¿Cierto?
Puesto de esa manera y creyendo firmemente que lo que sentía sería pasajero y común, dado su joven naturaleza, al día siguiente, cuando Riven pasó a recogerla para entrenar, se permitió aspirar su aroma, al subir a la motocicleta. Tras ponerse el casco, cerró los ojos y sonrió, al pasar los brazos alrededor de su cintura. No estaba mal sentir nervios y una pizca de adrenalina. Sólo debía de ser eso.
Cuando detuvieron el vehículo a las afueras de Fontana Roja, donde solían entrenar, Riven esperó a que Bloom bajase primero. Cuando fue su turno, él se quitó el caso y acomodó su cabello, distraídamente. Cuando hizo contacto visual con Bloom, ella desvió la mirada por inercia.
—Espero sepas un poco sobre quitar manchas de pintura —le comentó Riven—Si no, esa ropa bonita que has traído, no te servirá de mucho después.
Bloom elevó una ceja, confundida.
—Sí. Hay un hechizo para separar materiales—explicó, mientras lo observaba. Generalmente entrenaban en un espacio libre, entre los árboles; despejaban el área de hojarasca y troncos caídos y luego calentaban los músculos, antes de la sesión, pero en ese momento Riven parecía abstraído en buscar algo en el suelo.
—Bien. Lo del hechizo servirá— murmuró, después de unos momentos en silencio. Había recogido dos ramas caídas de similar grosor y longitud, pero en lugar de hacerlas a un lado, como era lo usual, se detuvo a analizar si eran frágiles o no—. Aunque espero eso no te desmotive y te de razones para perder sin problema.
— ¿A qué te refieres? ¿Qué haremos hoy?
—Digamos que tengo un nuevo juego— explicó, acercándose a su vehículo para abrir el maletero. De ahí sacó dos brochas y dos tubos metálicos de pintura — ¿Rojo o azul?
—Azul—respondió la chica, dubitativa.
Riven asintió, mientras abría el tubo de pintura roja. Valiéndose de la brocha, comenzó a esparcirla en una de las varas de madera.
—No pienso darte una espada, hasta que tengas algunos conceptos básicos de movimiento, así que lucharemos usando las ramas como arma— aclaró, viéndola acercarse a él para tomar su brocha y la vara—. La pintura nos servirá para saber si herimos al otro.
—Bien pensando— interrumpió Bloom, leyendo el contenido del tubo metálico— La pintura de aceite tarda en secar.
—Odio desacreditarme, pero digamos que Helio me dio la idea— centrado en su tarea, Riven continuó —. Cada uno comenzará con 100 puntos y por cada toque que yo logre darte, es decir, una mancha de pintura roja en tu ropa, significa un ataque que has recibido y 10 puntos menos. Puedes considerarlo, como los puntos de salud en un videojuego…
—Eso suena a Timmy
Riven la miró fastidiado.
—Deberías dejar de arruinar mi discurso… y puede que Timmy haya dado ideas.
— ¡Lo siento!— rió Bloom —. Continúa.
—Es cuestión de táctica, más que de fuerza. Quiero que te des cuenta de lo mucho o poco que has mejorado y seas conscientes de tus fortalezas y debilidades. Si Devon usara una espada, las manchas rojas son los ataques que recibirías— Bloom detuvo su proceso de pintado. Lo miró seriamente, pero Riven continuó hablando— También comprobaré la eficacia de tu estrategia, si es que logras pintarme de azul.
— Aguarda. ¿Eres consciente de que en la vida real, un solo toque de espada podría dejarme fuera de juego?
—Solo comprobaremos tu agilidad y tus reflejos. No tienes mucha masa muscular, así que no debería suponer un problema.
—Soy más ágil volando —murmuró Bloom, comenzando a pintar la rama. Riven rodó los ojos.
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Para tener dieciséis años, Alina consideraba un éxito que no le molestara ni la soledad ni ser paciente. La mayoría de los días esperaba durante horas, en esa cabaña húmeda y abandonada a que Devon regresara y, así, juntos ponían manos a la obra sobre un nuevo hechizo.
En ocasiones tenían diferencias, pero durante los últimos meses habían aprendido a trabajar espléndidamente en equipo. Era hermanos y se tenían uno al otro, después de todo. Devon había nacido sin poderes, así que, más que distanciarlos, ese detalle los habían convertido en un gran equipo: Él ideaba y ella ejecutaba. Funcionaba muy bien, o por lo menos así había sido en un principio.
Sólo había una cosa en que disentían y que Alina odiaba: la oscuridad. La atemorizaba cada día más, conforme se expandía, porque presentía que los rodeaba lentamente, como espirales de neblina, envolviendo la luz.
Robar artefactos y hechizo de magia pura, no le molestaba. Robar, en sí, no le infringía pena; pero la magia oscura que Devon había insistido en usar, la hacía dudar. Tras la lucha en la playa, se habían quedado sin una pieza muy importante, compuesta por magia pura. Sin ella, el tiempo dedicado a su obtención se había ido a la basura y, más que frustrado, Devon comenzó a sugerir el uso de magia oscura. De hecho, con ella habían acelerado la recuperación de su hombro.
En verdad deseaba ayudarlo, pero sabía que si potencializaba su magia con práctica, podría comenzar a hacer cosas maravillosas sin necesidad de recurrir a los hechizos prohibidos. Porque era eso último lo que más renuencia le creaba de la oscuridad: que estuvieran vetados. Había escuchado hablar sobre hadas, hechiceras y magos que al intentar usar magia clandestina, creaban caos. No hacia el exterior; sino, en ellos mismos. Personas que utilizaban magia oscura, pero que eran acosados por los espíritus de las tres antiguas hechiceras, deseosas de obtener algo a cambio, por haber sido invocadas.
Era lo que más temía, porque sabía que algo estaba mal; porque cada vez que Devon llegaba con un nuevo hechizo o una pócima, llovía, granizaba, de las nubes salían rayos y el viento soplaba descontrolado. La madre naturaleza sabía lo que ellos hacían e intentaba prevenirlos, pero Devon no podía conectarse con ella. Era muy común que los magos y las hadas de Linphea escucharan voces de los árboles, sus almas, pero Devon era incapaz. Podía hacer hechizos, gracias a los artefactos robados, pero no eran muy variados y eso no lo convertía en un ser con magia.
Puesto de esa manera, su hermano depositaba su confianza en ella, en sus poderes. Le decía que para ser tan joven, tenía talento, pero Alina sentía que cada día quedaba más y más corto. Estudiaba arduamente los libros que él robaba; pero sin un mentor, era difícil reproducir los hechizos.
Una tarde, mientras justamente estudiaba, escuchó la voz de su hermano fuera de la cabaña. Salió a su encuentro y ralentizó su paso, cautelosa, al ver que llevaba a rastras un inmenso saco.
—Ayúdame.
— Tu hombro aún no sana. Debiste llevarme contigo.
—Lo adquirí de improviso — explicó el chico, enjugando el sudor de su frente. Su hermana menor intentó arrastrarlo con mucho esfuerzo físico.
— ¿Qué es?
—Era un unicornio—explicó sin pudor, emocionado e inclinándose para desatar los nudos —. Por supuesto, no pude comprar el cuerno. Costaba una fortuna…
Alina soltó el saco y retrocedió un paso. Cuando su hermano retiró la tela, el cadáver blanco quedó a la intemperie. Sin el cuerno, parecía un potrillo.
Alina palideció, enferma de ver a la criatura. Cada día su hermano traía un artefacto o un hechizo cada vez más extravagante.
— ¡Qué asco! Espero te hayan timado—murmuró preocupada. Matar un ser descendiente de magia pura era una de las nueve prohibiciones básicas que nadie debía transgredir en toda la dimensión mágica. Imaginó a las tres antiguas hechiceras a su espalda y se removió asustada.
—Vas a ayudarme esta noche—le explicó su hermano—. El vendedor me habló de un hechizo muy interesante.
Alina se llevó las manos al rostro. Esa noche llovería, como mínimo. Lo sabía. Las copas de los árboles comenzaron a mecerse. Asesino, gritaban, pero sólo ella podía escucharlos.
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—Pondré cinco minutos en el cronómetro y al finalizar, veremos quién es el perdedor—explicó Riven, ajustando su reloj —No me decepciones. Has sido buena alumna.
Ella descubrió en el tono y la sonrisa de Riven el mismo espíritu competitivo que había visto brillar en sus ojos con anterioridad. Se acomodaron, frente a frente, separados por un par de metros. Hicieron una cuenta regresiva desde el número cinco y sin dudarlo, Riven atacó primero, comenzando a perseguirla por el campo. Antes de alcanzarla, ella giró para encararlo. Sorprendido, frenó el secó para no chocar y Bloom dio su primer toque, golpeando su costado suavemente.
Bloom saltó de emoción.
— ¿Qué te he dicho de no celebrar antes de tiempo?—regañó el especialista, maniobrando con la rama.
Intentando mantenerse salva y equilibrada, Bloom dio un paso atrás, pero una línea roja marcó su brazo izquierdo. Volvió a intentar huir, pero Riven la alcanzó por la espalda. Apresándola por la cintura, la acercó ágilmente hasta él y marcó su mejilla para después tomar distancias, evitando un contraataque.
Comenzaron un rudo entrechocar de ramas. Bloom esquivó un toque a sus hombros, agachándose, pero entonces la rama roja se impactó con fuerza en sus tobillos. Al caer de espaldas sobre el pasto, lanzó un quejido y Riven se detuvo en seco, avergonzando. Quizá había usado fuerza innecesaria.
Bloom parecía soportar el dolor en silencio, con los ojos fuertemente cerrados.
— ¡Perdona! ¿Puedes moverte? — Bloom lanzó otro quejido y le dio la mano para intentar levantarse, pero entonces abrió los ojos y sonrió. Muy tarde el especialista comprendió la trampa y recibió otro toque azul en su traje de especialista. Bloom rodó felizmente por el pasto y se levantó para correr lejos de él. Incrédulo de su ingenuidad, Riven se quedó quieto.
— ¡Jugaste conmigo!—exclamó, molesto.
—Creí que en la guerra y el amor todo valía—gritó Bloom.
—Sí, pero no creo que Devon se preocupe por ti, si caes —acertó Riven. Ella seguía riendo, así que no pudo evitar sonreír. No estaba molesto. Al contrario.
Indecisa sobre qué hacer, Bloom comenzó a correr en círculos alrededor del especialista, manteniendo una distancia de cinco metros. Riven la observó unos segundos y, entonces la interceptó, haciéndola frenar. Comenzaron a chocar las ramas, pero los movimientos de Riven eran muy ofensivos y Bloom comenzó a ceder, caminado hacia atrás lentamente. La lucha de ramas los marcó uno a otro, constantemente. Los movimientos comenzaron a ser más y más rápidos y aunque los reflejos de Bloom no menguaron, su precisión y su fuerza sí.
Riven iba decidido y en un golpe certero contra la rama azulada, Bloom vio con espanto cómo esta salió volando por el campo de entrenamiento. Indefensa, intentó correr tras ella, pero Riven interceptó su camino tendiendo firmemente la rama frente a ella. Bloom retrocedió, cautelosa de todos los movimientos, mientras Riven se acercaba más y más, como un depredador entre la maleza.
Pensando si valía la pena correr e intentar agacharse por su rama, su espalda chocó contra un árbol. Espantada, dio un respingo e intentó escapar por la izquierda de Riven, pero él la detuvo con una mano y la regresó, sonriendo.
— ¿Eres consciente de estar en una de las peores situaciones, si lucharas?
Bloom lo ignoró, concentrada en buscar una vía de escape. Si no la había marcado, eso significaba la posibilidad de que ella tuviera una solución al alcance de su mano.
— ¿Qué harías en este caso?
—Imagino que correr no es la respuesta —Ágil, Bloom intentó mover una de sus piernas, para desequilibrarlo, pero en un gesto contundente, Riven marcó su muslo.
—Si eso fuera una espada muy bien afilada, creo que no tendrías modo de escapar ahora. De hecho, quizá te quedarían entre diez y veinte minutos de vida.
Ella lo miró con desaprobación.
—Hablo en serio, Bloom— expresó el especialista, acercándose a ella, presionándola a idear una forma de escape—. Cualquier cosa. ¿Cómo escaparías?
— ¿Podría besarlo?
Riven procuro mostrarse pétreo, pese a desear reírse.
—No intentes usar mis propios métodos de distracción contra mí. Podría funcionar con Devon, pero no me convence —murmuró, cuidando que no Bloom no lo atacara—. Piensa en algo que haga que Du Four estuviera orgullosa de ti.
Bloom hizo un mohín de desagrado.
— ¿Ofrecerle otra taza de té? — bufó.
Riven sonrió. Sin poder soportarlo más, comenzó a reír. Entonces, rompiendo el juego durante un momento, los dos rieron. Era absurdo. Cuando la risa ceso, se miraron, preguntándose cómo terminar el juego con dignidad y continuar el movimiento de lucha, pero hubo algo que los frenó; la seriedad después de la diversión, cuando la comisura de los labios se relaja y desciende lentamente. Riven lo notó en Bloom y entonces fue muy consciente de la cercanía entre ellos. Intentó seguir sus reglas y verificar con la vista periférica que ella no lo atacara, pero simplemente esa cercanía era desconcertante. Quiso volver a pensar sólo como un especialista, pero no era una idea atractiva.
Bloom se enderezó, preguntándose qué clase de artimaña estaría planeando para distraerla. Habría podido desequilibrarlo, cuando él había reído, así que su oportunidad estaba perdida. Por un segundo intentó explotar al máximo su capacidad de estrategia, pero algo en ella le sugirió que quizá el juego había terminado; que correr arruinaría algo, porque había demasiada quietud y cautela. Había muy poco espacio entre ellos y al notarlo, tuvo miedo de moverse. Rompiendo la principal regla, se miraron a los ojos, expectantes a que el otro rompiera esa extraña tensión entre ellos, ese punto muerto del cual ni sabían ni querían retirarse.
El juego había acabado. Bloom había perdido. En una situación real estaba perdida, si ella no pensaba rápido alguna estrategia. Puesto de esa manera, Riven podía alejarse y ya, pero su curiosidad por comprobar sus reacciones y su debilidad lo mantuvieron ahí.
La alarma comenzó a sonar, marcando el final de la ronda, pero ninguno se movió, escrutando el rostro del otro.
—Debes…—murmuro Riven en un susurro que solo ellos dos pudieran escuchar—, debes evitar quedar acorralada en una lucha. Si quedas así, aléjalo con magia, ¿de acuerdo? Solo para ganar espacio. ¿Pensaste en hacer eso?
—Creí que no debía usar magia en este ejercicio —respondió, desilusionada de no haberlo hecho.
— Creí que en la guerra y en el amor, todo valía— se burló. Cuando la mirada molesta de Bloom se concretó, su sonrisa también-. Pero supongo que: gracias por no atacarme—añadió, alejándose para apagar la alarma de su reloj. —Verifiquemos el marcador final.
Bloom sintió sus mejillas arder. ¿Qué había sucedido ahí? Porque fuera lo que fuera, ahora sentía una especie de malla entre ellos. Quizá se sentía incómodo. ¿Él había notado sus nervios? ¿La timidez paralizante de tenerlo tan cerca?
Se acercó, avergonzada a contar las manchas de Riven. Él hizo lo mismo con ella.
—Tienes siete manchas—sentenció el especialista, sonriendo serenamente.
—Yo te conté ocho.
El orgullo de Riven se desvaneció.
— ¡Genial! Creo que hoy fui lo suficientemente ágil—exclamó Bloom, celebrando; pero la mirada de Riven aún parecía lejana al momento.
—Creo que tuviste suerte. Fui muy compasivo—murmuró por inercia, acostumbrado al comentario.
—No seas mal perdedor—respondió malvada, moviendo sus manos para borrar las manchas de sus ropas. Riven hizo un mohín desganado.
— ¿Otra ronda?
—Sí, ¿por qué no?
Cuando ocuparon sus puestos, Riven respiró profundamente, cerrando los ojos. Debía ser un especialista, porque ese momento así lo requería. Activó el cronómetro y comenzaron una nueva batalla, serios y precisos. Haciendo y recibiendo correcciones. Bloom intentó hacerlo reír, pero él lucía completamente concentrado en hacer su trabajo de manera adecuada.
Fue hasta que, ronda tras ronda, algo se destensó entre ellos nuevamente, porque era difícil permanecer reservados, cuando Bloom lograba atacarlo o cuando él se equivocaba. La adrenalina y el entrechocar de ramas se convirtieron nuevamente en risas y comentarios amigablemente mordaces. Al igual que el cronómetro, el detenerse a verificar las manchas y el hacer un hechizo para quitarlas, fue olvidado. Las batallas de cinco minutos mudaron accidentalmente a un juego infinito.
El área de pasto comenzó a ser pequeño y la actividad se deslizó lentamente a jugar a esconderse entre los árboles, creando estrategias de cómo atacar al otro sin ser notado. Su entrenamiento se distorsionó, al igual que los colores, porque terminaron con manchas moradas, producto de un juego con reglas cada vez más elaborados, donde podían empujar al contrincante y era válido hacerlo con las manos llenas de pintura.
Al final, acalorados y cansados de tanto correr, se sentaron bajo un árbol para beber agua y descansar. Riven se tendió en el pasto, con las manos tras su cabeza y los ojos cerrados. Bloom, sentada a su izquierda, bebía de su propia botella. Pensó en realizar el hechizo para quitarle las manchas del rostro y la ropa, pero al mirarlo se detuvo, porque le gustaba cómo se veían. Combinaban con su cabello magenta y le daban un toque casi artístico a su sudor. Sus dedos se hundieron en el pasto, distraídamente.
Tras un rato en silencio, ella le confesó.
—Siempre creí que no te gustaba trabajar en equipo.
— ¿Te refieres por lo del juego de hoy?
—Sí. El que llamaras a Helio y a Timmy…Planeaste todo y fue muy divertido, pero aprendí bastante. Eres un buen mentor.
—Bueno…—dudó Riven, indeciso de cómo responder a su halago. Había sonado tan sincero, que le costaba trabajo fingir ser un fanfarrón y bromear — ¿Sabes? No es molesto trabajar en equipo, cuando eres consciente de las debilidades y fuerzas de todos los miembros. Por ejemplo, todos en el escuadrón sabemos que Timmy es mejor en cartografía y en estrategia, así que acudimos a él, en esos casos. No está mal. Pero trabajar en equipo, cuando sabes que puedes hacerlo solo, siempre me ha parecido estúpido. Burocratiza el trabajo…
Bloom asintió. Tenía sentido.
—Entonces cada uno de ustedes tiene…
—Una fortaleza y una debilidad — completó Riven, abriendo los ojos—. Creí que de eso habíamos estado hablando las últimas semanas.
—Siempre lo dices, pero nunca lo habías ejemplificado.
Riven meditó un segundo, planeando su respuesta.
— Por ejemplo…Helio tiene una visión bastante holística de las situaciones. Timmy, una lógica; yo, una negativa que, aunque no lo creas, es muy importante en las misiones. Me encargo de ver los desperfectos que nadie más nota.
Genuinamente interesada en la conversación, pero notando una oportunidad para sacar un tema a flote, Bloom añadió.
— ¿Y Sky y Brandon?
— Sky no cuenta—bromeó Riven con satisfacción. Ella contuvo la sonrisa que él no tuvo miedo en expresar abiertamente —, y Brandon es una mezcla entre la fuerza bruta y el corazón.
— ¡Qué romántico!
Riven rodó los ojos, fingiendo fastidio.
—Por cierto—prosiguió ella, cautelosamente — ¿Has sabido algo de Brandon? No lo he visto en todo el verano. Incluso había olvidado que estaba aquí.
El especialista la miró suspicaz, preguntándose qué tramaba.
—Ha estado la mayor parte del tiempo en Eraklion; pero cuando regresa, no suele salir de la escuela.
—Ya veo— Bueno. Parecía evidente que Brandon no había visto a nadie más.
Riven quiso preguntar por qué su curiosidad, pero una pequeña parte interna le sugirió que posiblemente no le agradaría la respuesta. Cruzó los brazos sobre su pecho. No quería hacerla enfadar, hablando de temas delicados y tampoco quería averiguar si en realidad, quizá Bloom ya no tenía ganas de precisamente golpear a Sky. Para su fortuna, ella aclaró.
—No le digas que te dije, pero Stella me contó que discutieron un poco y me han preocupado.
—Ahora comprendo todo— asintió él, relajando el cuerpo.
Fue una tarde apacible. Finalmente se deshicieron de las manchas moradas y conversaron largo rato debajo del árbol; pero al medio día, cuando el cielo se llenó de nubes grises, Riven llevó a Bloom de regreso a Alfea.
Cuando partió, ella siguió con la mirada el recorrido de la motocicleta rumbo a Fontana Roja. Entonces, lejana de los cometarios maliciosos de Georgia, sonrió, permitiendo que el momento acariciara lentamente el cúmulo de emociones bullendo en su interior.
Una gota fría y gruesa de agua cayó en su brazo. Extrañada, miró al cielo en el instante en que miles de gotas comenzaron a precipitarse con violencia y emprendió una carrera veloz al edificio principal, en busca de refugio.
Muy lejos de ahí, Alina salió de la cabaña, mirando con pesar el cielo. No le agradaba tener que trasladarse en medio de la tormenta, pero Devon, quien tomaba una siesta, le perdería la pista de ese modo. Ajustó su impermeable y acomodó en sus hombros la mochila. Salió a la lluvia y el recuerdo del unicornio la estremeció, recordándole lo acertado de su plan.
Comenzó su travesía por el bosque, por el sendero oculto que la llevaría a Magix. Calculaba estar de regreso pronto y, aunque su hermano la recibiera molesto, le gustaba pensar que debía valer la pena. Si todo se salía de control, las viejas hechiceras quizá no harían nada con Devon, pero sí con ella; y los árboles la acosarían por siempre, si no encontraba una solución.
Lo que iba a hacer había comenzado con una pequeña idea, pero se había plantado en su mente hacía semanas y ese día había germinado. Su único escape era recuperar la pieza que Devon había perdido en la playa y juntarla con la otra mitad, guardada en su mochila. Si debía luchar contra Magix, contra Bloom o contra la mismísima Faragonda, no importaba, porque estaría a salvo de algún modo. La oscuridad no tenía lugar ahí, cuando se podía ser poderoso por otros medios.
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Bueno, sé que quedó largo y tenía que recordárselos, disculparme, decirles que espero les haya gustado o algo. Jajaja.
Realmente me hicieron patalear de emoción, cuando leí sus comentarios.
Valoro infinitamente, cuando me escriben sus impresiones de la historia (;
carmenotaku98, ALittlePearl y Hell Laufey
¡Gracias!
Mi meta es terminar Verano Fugaz pronto…
así que creo que vamos por buen camino. Nos estaremos leyendo ;)
Cereza Prohibida
