Disclaimer: Los personajes, en su mayoría, mencionados aquí, son propiedad de Naoko Takeuchi. El uso de ellos en mis historias es con fines de entretención libre de lucro. La autoría de la historia recae en quien les escribe.


*´¨)

(¸.•´ (¸.•` ¤

希望

Esperanza

*´¨)

(¸.•´ (¸.•` ¤

Su cuerpo aún resentía el grave impasse nacido desde aquella profunda y gélida pesadilla, sin embargo nada se comparaba a su dolor más grande, aquel que había marchitado su espíritu, haciendo evidente mella en él, desde que había podido dar con el origen de todos sus males: Génesis.

La soledad y la libre disposición de tiempo terminaron convirtiéndose, más temprano que tarde, en un peligrosa arma de doble filo. Le hería, una vez y otra más, no poder dar con la ansiada epifanía que marcara el punto de quiebre necesario para darle un vuelco a su destino.

¿Qué estaba obviando? ¿Qué la cegaba?

Privadamente, encerrada en su impoluta recámara, intentaba dar con la respuesta.

Ya era un hecho que aquel ente, de alguna forma, perpetuaba su existencia. Nada tan grotesco e inmenso podía desaparecer como si nada. Al menos Serena podía contar con tal seguridad.

Quizás su forma etérea, susurrante, paranoica y devastadora, era todo y nada a la vez. Un sinfín de resquemores y amenazas, un miedo constante y demoledor, podrían ser tal vez la consecuencia de tanto silencio heroicamente egoísta.

Serena había pasado años excusando sus emociones sosteniéndolas en una supuesta debilidad, esa misma que, una vez asumido el trono del nuevo Milenio de Plata, se rehusaba profundamente a volver a asumir. Tras días y noches completas de implacable introspección quiso imaginar que, lo que en un instante consideró absolutamente necesario, hoy podía estar jugándole totalmente en contra. Fue así como decidió dejar su corona de lado al menos un par de horas con tal de volver a ser, con tal de regresar al punto de origen de alguna manera.

Rogaba entonces, en ese permiso hasta ahora negado, poder dar con lo que tanto aspiraba.

Sintió su puerta sonar y supo que la persona a quien deseaba ver ya había llegado. Lenta y pesarosamente irguió su torso tanto como pudo mientras se acomodaba en la cama y también ordenó su larga cabellera, posándola completamente sobre su hombro izquierdo. Respiró hondamente en busca de temple para así apreciar el momento. En cuanto se sintió preparada anunció su disposición para ser vista.

—Adelante.

Modesta y levemente ajena, aquel rostro familiar se asomaba con cierto aire solemne.

—¿Puedo?

Serena sonrió.

—No es necesario preguntarlo —aclaró con suavidad en su hablar—. Entra tranquila.

La sonrisa le fue retribuida.

Fue así como aquella dama ingresó, bastante más segura de sí misma, dispuesta a cumplir con la labor que creía correspondiente.

—Mi Serena…

—Mamá, no sabes cuánto me alegra verte —le dijo ella, viéndola aproximarse—. Por favor siéntate aquí —indicó, golpeteando con delicadeza su cama.

—¿Estás segura? Luces algo adolorida —pronunció Ikuko.

—Nada de eso —negó la Reina—, solo estoy algo adormilada, puede que sea efecto de los medicamentos que Darien me ha dado.

—Pues si ese es el caso…

Dándole velocidad a su andar, Ikuko se acercó de lleno a su primogénita abalanzándose sobre ella para besarla y abrazarla como hace tiempo había querido hacerlo. Había pasado largo tiempo sin poder verle.

Innatamente ambas se tomaron de las manos y se acariciaron en cómplice silencio. La mutua emoción impregnó el ambiente con cierta cuota de nostalgia, pero nada era más poderoso que el amor que fluía entre sus miradas, tan necesario, tan vital...

—Hiciste bien al pedirle a tu esposo que me llamara —comentó la madre, mientras asentía.

—Debí hacerlo hace mucho. Espero que no estés molesta conmigo.

—Claro que no lo estoy —aseveró—, pero sí estaba muy preocupada por ti. Desde hace algún tiempo no te he visto sonreír y eso me entristece muchísimo.

Serena afirmó sus observaciones con una lánguida mueca.

—Han sido meses complicados, mamá —partió por explicar—. Hay tantas cosas en mi mente que ya no puedo seguir sosteniéndolas por mí misma. Me siento abrumada y perdida como nunca antes.

—Me lo imaginaba—apuntó Ikuko—. ¿Y qué es lo que más te preocupa?

—Bueno…

Habló para después callar. Se sorprendió de sí misma.

No era extraño, pero sí al menos curioso, que aquella cálida y maternal mirada hoy le supiera a una especie de infantil inocencia. De algún modo el rol se había invertido, haciendo de Serena la persona que tuviese que hablar sobre temas que estaban fuera del entendimiento de su interlocutora, porque incluso, sabiendo de sobra que su madre intentaría guiarla en cualquier cosa que la aquejase, en lo efectivo no podría dar solución a su mayor martirio.

No era su culpa, ni de ella ni de nadie, y eso era algo que Serena comprendía. Intentó buscar la manera más sencilla para expresar sus ideas con tal de que su madre pudiese comprender lo mejor posible la venidera confesión.

—Digamos que hay cierto mal del cual no he podido librarme —dijo, retomando la palabra—. He tenido más pesadillas que sueños y prácticamente no me han dejado vivir en paz desde entonces.

—¿Y de qué tratan? —preguntó con angustia, Ikuko.

—Eventualmente podría decírtelo pero no es lo prudente —respondió Serena, con sutil severidad—. He tenido que aprender que la luz, inevitablemente, llama a las sombras; que mi gente y yo, con esta responsabilidad milenaria que heredamos, no podemos vivir de la misma manera en que lo hacen los demás y que, lo quiera o no, jamás tendremos la oportunidad para poder decir que todo está completamente bien.

—¿Qué quieres decir concretamente? —pronunció dubitativa, su madre.

—He pensado que mis poderes no son del todo suficientes para poder proteger este planeta y desde que tengo aquella idea en mi mente y corazón, no he hecho otra cosa que no sea vivir aterrada. Nunca había sentido tanto miedo como ahora. Jamás había experimentado semejante pavor —concretó la neo reina, temblorosa en su hablar—. Donde sea que mire, piense o analice, veo el peligro acechando. Temo perder la cordura cualquier día de estos.

—Querida —irrumpió Ikuko, con dulzura y suavidad—, sé que puedo no ser la persona que entienda a la perfección lo que dices y, debo confesarlo, me duele profundamente saber que te sientes de esta manera, sin embargo, esperando que no tomes mi opinión como una trivialidad, interpreto lo que mencionas como parte de la vida de cualquier persona que ya se debe enfrentar a la adultez.

—¿Cómo? —consultó ingenua, su hija.

—Mira —le fue respondido a la vez en que Ikuko sostuvo su mano—. Cuando naciste me di cuenta de muchas cosas, entre ellas, que nunca más estaría totalmente tranquila. Hacerse cargo de una vida es muy distinto a pensar solo en la tuya; temes constantemente, ves el peligro por todas partes y te destruye no poder estar completamente segura de que podrás librar a ese ser indefenso de tal amenaza. Alguien en tu posición tiene todo el derecho para sentir lo mismo y muchísimo más, porque en sí, eres como una madre para toda esta nación, pero así como temes debes saber hallar la fuerza para continuar en quienes proteges, porque son ellos los que te mantienen, son ellos quienes le dan un sentido, un propósito, a esa lucha constante que trata el simple hecho de vivir. Eso pasa cuando tu vida cambia, cuando las responsabilidades llegan y solo queda intentar cumplirlas con lo mejor que puedes ofrecer.

Serena sonrió conmovida.

Asintió respetuosamente mientras le escuchó hablar. Se tomó varios segundos para amplificar el mensaje en su corazón, para entender la importancia de este y su real validez.

Un ejemplo dispar y a la vez idéntico, lo merecía.

—Nunca hubiera imaginado que eso sentiste cuando nací —comentó con cierto ánimo juguetón—. No quiero decir que haya pensado que es fácil ser madre, pero eso de siempre tener una cuota de miedo debido a mi seguridad, a mi porvenir, me resulta extrañamente gratificante.

—¿Creías que no me preocupaba por ti? —cuestionó con simpatía, Ikuko—. Todavía lo hago, aunque sepa que eres adulta sumamente responsable e inteligente —puntualizó con cariño.

—Claro que sé que te preocupas por mí —esclareció sin demora, Serena—, pero me refiero al temor con el cual has tenido que lidiar y lo digo porque jamás me pareció verte así, nunca te vi como alguien que tuviera miedo por algo y eso me brindó muchísima seguridad. ¿Cómo lo hiciste?

—Llenándome de ti por lo que justamente has dicho. Verte feliz, sabiendo que podías sostenerte en mí cuando hiciera falta, me dio fuerzas para confiar y creer en que lo bueno está por sobre lo malo. Cada noche en la cual te hice dormir y te observaba poder hacerlo tranquila, entendía que había hecho un buen trabajo. Mis miedos no eran preocupantes en comparación al ver tu sonrisa cada día. Siempre has tenido esa facilidad sobre mí.

—Mamá, yo…

—Imagínate entonces, Serena —prosiguió Ikuko—, que si yo pude hacer eso, ¿cuánto más puedes tú?

—Si algún día llego a hacer la mitad de lo que tú has hecho, me sentiría orgullosa.

—Entonces deberías estarlo ya —le dijo su madre—. Eres un ser mágico que ha cuidado la vida como concepto primordial de este planeta y todos lo saben. Es tu luz lo que ilumina y, precisamente por eso, no puedes seguir permitiéndote ser ajena a ti misma. Siempre habrá una cuota de miedo, pero eso no puede ser más de lo que tú misma has provocado. Tokio de Cristal es una extensión de tu alma, y si pudieras ver cuánto amor y paz hay en este lugar, comprenderías al fin qué buen trabajo has hecho.

No eran palabras que no hubiese escuchado antes, pero estas tenían una particularidad exquisita para la neo reina. Sabía que ella era motivo de honor para su familia, pero nunca antes se había dado la oportunidad para que su madre, a solas, se lo pudiera decir de la forma en que lo había hecho.

Un golpe de amor y esperanza revoloteó en su espíritu una vez más.

—Gracias —murmuró sincera—. Poder hablar contigo de par a par, pero también pudiendo sentirme pequeña a tu lado, me da un inmenso respiro. Nunca podría cansarme de tu sabiduría y protección, tenga la edad que tenga o cualquiera sea el rol que cumpla, porque saber que me apoyas y alientas de esta manera me reconforta profundamente.

—Siempre me tendrás, Serena —acotó Ikuko, estrechando la cercanía—. Mi mayor deseo es verte feliz y haría lo que esté en mi alcance para lograrlo. Y es por eso que te quiero preguntar si hay algo más de lo que deseas hablar pues siento que queda algo pendiente, que no me lo has dicho todo.

La intuición de madre nunca falla.

—¿Te refieres a mi vida fuera del mandato monárquico de Japón? —inquirió Serena.

—Sinceramente, sí —confesó la madre—. Cuando Darien me recibió pude verlo algo cansado y silencioso. ¿Está todo bien con él?

—Lo está —afirmó Serena—, aunque debo confesar que mi debilitado ánimo sí ha provocado diferencias en nuestra relación. No estamos peleados ni mucho menos, pero sí hemos cambiado y temo que no ha sido del todo para bien. Finalmente mis recelos le han afectado pues ha terminado compartiéndolos como suyos. Gran parte de mi amargura, lo reconozca o no, recae en él de una manera u otra.

—Puede parecer malo quizás, pero lo sería realmente si él no se hiciera parte de tus inquietudes. La indiferencia es lo que separa a las parejas, no así la complicidad, sea en lo bueno o en lo malo —opinó Ikuko, con cautela.

—Ese fue mi primer error —reconoció rápidamente, Serena—. Por largo tiempo quise dejarlo indiferente, que no se inmiscuyera profundamente en mi miedo, ante la sospecha de poder herirlo. Me costó entender que debí dejarlo ser partícipe de todo lo que me estuviera pasando, pero no lo hice con mala intención sino que todo lo contrario.

—Es muy noble no querer preocupar a los demás con lo que pueda ocurrir contigo, pero es valeroso pedir consejo o ayuda cuando es lo oportuno —agregó Ikuko—. Antes que cualquier cosa no olvides que Darien es tu esposo, tu principal aliado de vida; dejarlo fuera de tus emociones podría abrir una distancia que jamás se cerraría y eso, amándolo de la manera en que lo haces, sería un inmenso error.

—Lo sé, créeme que lo sé —resopló Serena, con cierto cansancio—. Jamás permitiría volver a separarme emocionalmente de Darien, pero en este último tiempo… lo que pasó fue… fue…

—Hija, permíteme preguntarte algo —irrumpió Ikuko.

—Claro, dime.

—¿Hace cuánto no eres solo "Serena"?

Quiso responder inmediatamente y sin embargo no pudo. El rostro se le tensó debido al asombro.

Su madre había hecho una muy buena pregunta.

La neo reina, sintiéndose por costumbre completa así, se vio obligada a indagar en lo más profundo de sus memorias. El silencio fue largo pues largo también fue el plazo requerido para dar con la respuesta, la cual, por cierto, fue sumamente reveladora:

Serena no se sentía como tal desde que había ascendido al trono de Tokio de Cristal.

Velozmente se juzgó y excusó a sí misma. Tomar aquel nuevo rol era lo que correspondía según sus cálculos, eso lindaba con lo obvio, pero en su empecinamiento por ser lo que todos esperaban, de manera inconsciente, había abandonado de lo que había sido alguna vez. Serena, aquella genuina y sonriente soñadora, aquella mujer de cristalina mirada, esa persona de impetuoso optimismo y amor por la vida, había quedado desplazada con tal de que una reina adecuada para la nueva era pudiera reclamar su lugar. Aquella nueva faceta no le pareció inadecuada, ni siquiera en este instante, pues en esta ella había conseguido mantener la paz en su nación y solo a veces, en aquello que entendía como ególatra egoísmo, miró hacia atrás con nostalgia para recordar a la niña infantil de su ayer, prohibiéndose serlo otra vez.

Tal vez había llegado a los extremos y era solo en ese instante en que su madre preguntó, donde pudo entenderlo a plenitud.

Serena había pasado largo tiempo juzgándose a sí misma, visualizando solo lo peor de su ayer para obligarse a ser la mejor el día de mañana. El deseo de ser una gran reina la había orillado a pensar así. Estaban todos, cada habitante de Tokio de Cristal, su familia, esposo y amigas, en juego de no serlo. Valía el sacrificio siempre y cuando estuvieran bien, sin embargo, ¿cómo lo estarían realmente a costa de su propia sanidad emocional? Nadie que la amase querría verla sufrir si ese era el precio por pagar pues, precisamente eso, los desmoronaba.

¿Se había generado una suerte de círculo vicioso?

El tan ansiado punto de quiebre a todo se hallaba finalmente en ella misma.

—¿Cómo puedo volver a ser parte de lo que era? —preguntó inquieta, la neo reina—. ¿Cómo crees que podría lograrlo?

—¿Recuerdas cuáles eran tus sueños antes de convertirte en quien actualmente en este segundo?

—Sí —dijo Serena, envuelta en su nostalgia.

—Tómalos y mézclalos con tu presente, lucha por cumplirlos y será ese momento en el cual podrás ser tú, con lo mejor de tu pasado unido a lo más próspero de tu mañana. Esa debe ser la Serena de hoy, la que cumple con creces su alto rango y también la que se permite vivir en su faceta más privada. Tal vez así, hija, podrás alejar finalmente tanta pesadumbre.

—Me encantaría —susurró Serena, soñadora—. Ya no recuerdo cuando hice algo sin estar cansada o preocupada, y menos cuando fue la última vez que tuve alguna ilusión convertida en una meta. Hasta hoy me he sostenido a base de promesas, que si bien realmente quiero cumplirlas, las he visto impedidas y termino por posponerlas creyendo que es lo más sensato, pero si pudiera dar el paso hacia adelante, si pudiera otra vez tener esa feliz ansiedad por verlas realizadas…

—¿Qué es lo que más anhelas, Serena? —investigó Ikuko.

—Quiero ser madre, poder tener al fin a mi pequeña dama, según fue prometida en mi destino —resolvió ella, con infinita ternura.

—¿Darien también lo desea?

—Con toda su alma —respondió la neo reina—. Hace un tiempo atrás lo hablamos y quedamos en que nos dejaríamos sorprender, que ella lo haría, anunciando su llegada cuando así lo quisiera, pero tal vez es momento de presionarla un poco y pedirle que pronto esté con nosotros, eso sería tan…

La inmensidad de emociones convergiendo en su alma la dejaron sin habla, pero a cambio de eso, le dibujó la más grande y resplandeciente sonrisa que había tenido en semanas.

—Sería maravilloso que te sintieras preparada, Serena, lo digo de verdad —acotó Ikuko, tan ilusionada como su primogénita—, sin embargo es mi deber decirte que ningún hijo viene a tapar los problemas que hay en una pareja. Debes asegurarte de que Darien y tú estén en óptimas condiciones para convertirse en padres.

—Quisiera decir que lo estamos, pero claramente debemos estabilizarnos emocionalmente como mencionas. Deseo que mi hija llegue a compartir mis sonrisas y no a soportar mis lágrimas.

—Y para eso, según recuerdo, debes cumplir antes uno de tus primeros deseos.

—¿A qué te refieres? —inquirió Serena, con inocencia.

—Un día a solas con Darien, amándose con simpleza, era lo que anhelabas. ¿Hace cuánto no ves una película con él? ¿Cuándo fue la última vez que tuvieron una cena romántica? ¿Recuerdas cuándo escucharon alguna canción abrazados? ¿En qué mañana se sentaron en esta cama solo a disfrutar un desayuno sin preocuparse de nada más?

—Vaya… hoy sí que traes buenas preguntas —comentó Serena, con aire ligero y bromista.

—La edad trae experiencia, y buenas preguntas —dijo Ikuko, encogiéndose de hombros mientras sonreía.

—Y por lo mismo te haré caso —expresó su hija, con velocidad—. Trataré de pensar menos en lo que me lastima y más en lo que me hace fuerte, esperando así que, aunque sea poco a poco, pueda volver a sentirme más plena conmigo misma. Eso me hará bien, también a Darien, y probablemente generará cambios visibles en un corto plazo. No pierdo nada con intentarlo.

—Así me gusta verte hablar —celebró la madre—. Demos un primer paso, ¿te parece?

—¿Qué propones? —preguntó Serena, con entusiasmo.

—¿Puedes levantarte?

—Claro que sí —afirmó la neo reina—. No estoy en condiciones para correr una maratón pero sí para salir de esta cama que, por cierto, ya me tiene un poco aburrida.

—Entonces con mayor razón. Vístete adecuadamente y salgamos al jardín. Hay un sol radiante y me gustaría compartirlo contigo al aire libre. Sigamos conversando allá y tomémonos un helado o algo por el estilo.

—Me gusta la idea pero… ¿puedo ser caprichosa?

—Depende —jugueteó Ikuko, guiñándole un ojo.

—Dentro de las cosas que no recuerdo está el haber comido un pastel tan delicioso como de los que preparas tú. ¿Me harías uno? Prometo ayudar en lo que pueda.

—¿Mejoraste tus habilidades en la cocina?

—No lo creo, pero al menos por entusiasmo no pierdo.

—Está bien, tú miras y aprendes mientras yo lo preparo, así después podrás hacerle uno a marido y, en el futuro, a tu hija.

Una vez más la ilusión galopeó en el corazón de la neo reina.

—Así será —dijo con renovados y genuinos bríos.

Mientras Serena era asistida por Ikuko para concretar sus planes, Darien, envuelto totalmente con el aura del rey Endymion, se hallaba en su escritorio.

Había dejado entrar el sol en un intento por poder hallar luz y capturarla para sí. Lo necesitaba.

Serena tenía razón: gran parte de sus miedos ahora habitaban en él.

Llevaba días, fueran minutos u horas en cada oportunidad, observando perplejo el vestido que su mujer llevaba en el instante en que recibió el frío ataque de Génesis. La sangre en él ya estaba seca y oscura, tanto como sus propios pensamientos, encerrados sin escapatoria dentro del mundo de la especulación.

En la madera color caoba también estaban los planos de construcción del nuevo palacio real, los resultados de los distintos monitoreos efectuados a la ciudad, su agenda y un sinfín de libros que estaban lejos de ser obras clásicas, no, de eso ya no constaban sus lecturas sino que, como en sus inicios, Darien se encontraba intentando buscar información sobre los eventos sobrenaturales que acontecían en el eje central de su existir. Varios relatos, experiencias y enseñanzas sobre la premonición, clarividencia y más se hallaban ahí; también textos dedicados a la indagación de las teorías físicas del universo, todos los por qué, cómo, cuándo y lo que podría ser. Una lucha constante entre la espiritualidad y lo lógico estaba ahí, frente a sus ojos.

Su cabeza dolía y fue ahí cuando se dio una pausa. Dejó de lado el vestido de su esposa por un instante para poder sacar de su cajón derecho un medicamento apropiado para su dolencia. Bebió de golpe el contenido del vaso que se encontraba cercano a él y tragó con algo de dificultar la píldora. Por un momento tuvo la impresión de que se había quedado atorada en su garganta, pero al sorber más agua terminó por creer que la tensión general había terminado por manifestarse también de otra forma física.

Pensándolo como correcto, le restó importancia.

Masajeó un poco su pecho y cuello antes de continuar observando la prenda ensangrentada. Se había propuesto hacerlo lo más posible hasta conseguir algún tipo de relevación que sirviera como antecedente para poder dar alguna clase de nueva información, pero antes de poder concretarlo escuchó que tocaban su puerta. Demoró antes de permitir visitas pues debió buscar rápidamente un escondite para el vestido, el cual una vez encontrado, lo dejó con libertad para ser visto.

—Pase.

Seria y solemnemente las guardianas del sistema solar interior hacían ingreso. Darien no recordaba haber solicitado su visita, mas no por eso iba a impedirles sostener una conversación.

—Siéntense, por favor.

Poco a poco Mercury, Mars, Jupiter y Venus fueron tomando lugar frente al rey. El silencio se sostuvo por algunos segundos hasta que la guardiana del amor y la belleza lo interrumpió:

—Darien, como te dije hace algunos días, las chicas y yo estaríamos vigilando a los exmiembros del clan Black Moon. Lo hicimos, día y noche, así que estamos en condiciones para contarte qué sucedió con eso.

—Claro, díganme —dijo el rey, prestando toda su atención.

—Aunque fuera peligroso, teníamos la esperanza de obtener alguna pista de Génesis a través de ellos pero no tuvimos suerte —agregó Jupiter.

—¿Nada? —inquirió sorprendido, Darien.

—Absolutamente nada —reafirmó la guerrera de la tormenta.

—Vaya…

—Parece ser que llevan vidas bastante normales como cualquier otro civil dentro de Tokio de Cristal —acotó Mercury—. Los horarios que tienen son bastante esquemáticos de acuerdo a sus deberes. Se les ve salir, acudir a trabajar y llegar a sus hogares con riguroso orden.

—Además no hemos percibido energías negativas provenientes de ellos, sea por los medios de Amy como los intuitivos que me corresponden en lo personal. Todo parece andar bien —sumó Mars.

—Les agradezco el intento. Fue una gran idea estar pendientes de ellos por algún tiempo para ver si seguían teniendo alguna especie de lazo con Génesis, así que, saber que no es el caso, sigue siendo un buen resultado a la hora de querer tener más información.

—Sinceramente hubiera preferido poder contarte que en ellos encontraríamos con alguna pista para dar con el enemigo, quizás de esa forma Serena podría saber por cuál vía protegerse —dijo Venus, con cierto enfado.

—Lo entiendo, pero debemos recordar que la exfamilia Black Moon recibió la sanación de nuestros poderes quedando así libres de la influencia de esa arpía. No se desalienten.

—Fue lo que le dije —irrumpió Jupiter—, pero no pareció levantarle demasiado el ánimo.

—Veo a Serena cada vez más consumida en sus miedos, ¿cómo voy a poder estar feliz sabiendo que continúa de esa forma? De haber podido llegar a Génesis a través de Diamante, Esmeralda o quien fuera, habría tomado a esa bruja por el cuello hasta asfixiarla con mis propias manos.

—Te comprendo a la perfección —respondió Darien, en un resoplo.

—¿Qué más podemos hacer? —consultó la guardiana de Mercurio.

—Ya se nos están agotando las alternativas —acotó Mars, preocupada.

—¿No ha habido cambios en el cristal obscuro? —preguntó Jupiter.

—Nada que yo sepa —dijo entonces el rey—. Después de que ustedes acompañaran a Serena a la Luna, consideró prudente guardar la gema para así poder vigilarla y según me ha contado, no siente el poder de Génesis ahí presente.

—Tal vez Uranus y Neptune han podido dar con alguna pista —pronunció Venus, esperanzada.

—De ser ese el caso hubieran hablando —desestimó velozmente, Mars.

—No necesariamente —quiso corregir Venus—. Ellas ya han estado por su cuenta en el pasado y quizás pasa lo mismo ahora.

—Creo que en esto estoy de acuerdo con Mars —interrumpió Darien—. Sabiendo la gravedad del caso, dudo que se permitieran callar algún tipo de información privilegiada.

—¿Y si lo hicieran por Hotaru? —quiso insistir Venus—. Tenemos claro que tras todo lo que vivió esa niña, Haruka y Michiru desean que no vuelva a despertar como Sailor Saturn. Una batalla inminente, un peligro al acecho, podría obligarla y, no sé, tal vez estén intentando poner algún tipo de resistencia.

—¿Eso no sucedería de todas maneras sea donde sea que ella esté? —preguntó Jupiter, haciendo de su declaración más bien una clara respuesta.

—Ambas pueden querer cierta vida para Hotaru, pero deben tener ya asumido que su despertar como guardiana no es algo que puedan manejar —agregó el rey—. Todos nosotros hemos sido elegidos para velar por la protección del sistema solar y la nueva era del Milenio de Plata. No es casualidad que nos encontráramos en un mismo sitio para esto y aunque nos alejemos, siempre retornaremos al punto de origen, con todo lo que eso significa.

—¿Qué quieres decir? —indagó Mercury.

—No se lo digan a mi esposa pues es una sorpresa, pero Haruka, Michiru y Hotaru volverán a Tokio de Cristal. Hace algunos días me comuniqué con ellas y tras entender lo urgente que resulta que estén aquí, prometieron regresar lo antes posible.

—Esa es una muy buena noticia —dijo la guardiana de Mercurio—. Por un lado me siento alegre pero por el otro, me provoca algo de tristeza que no puedan cumplir con las expectativas que tenían como familia. Estar lejos por un tiempo era algo que realmente deseaban.

—Más lamentaría yo que Génesis vuelva a aparecer y no podamos contar con sus poderes para proteger a la neo reina —agregó tajante, Venus.

—¿No crees que solo entre nosotras podamos cuidar de ella? —cuestionó Jupiter, mostrándose ligeramente ofendida.

—Parece que soy la única que ve realmente el peligro de todo esto.

La última declaración de la líder de las sailors terminó en silencio.

Mercury se sintió algo avergonzada por sus palabras y hundió el mentón sobre su pecho, mientras que Jupiter, aunque probablemente sintiera algo parecido, optó por tener su cabeza en alto con una suerte de altanería en su expresión. Mars, por otro lado, mostró un sentimiento empático para ambas partes y prefirió mirar al rey Endymion, queriendo ver en él la resolución a lo que su compañera había mencionado.

La tensión era palpable.

—Valoro enormemente tu preocupación, Venus, pero ciertamente no eres la única que comprende la gravedad de la situación. Todos estamos alterados por esto y ante ello, distintas reacciones es algo que se puede dar. Mantengamos esta conversación con cierta altura de miras pues lo que menos necesitamos es comenzar a pelear unos con otros.

—No fue esa mi intención y lamento si se entendió de aquella forma—recalcó inmediatamente la guardiana—. Quizás no me expresé bien.

—Es tu oportunidad para hacerlo —dijo entonces, el rey Endymion.

—Lo que quería decir es que, si bien comprendo la noble intención de Haruka y Michiru en lo que concierne al futuro de Hotaru, en las actuales circunstancias, no es lo prioritario. Sí es una lástima que no puedan cumplir con lo que querían, pero es preferible que eso no suceda en vez de que sea la propia neo reina la que caiga pues eso, automáticamente, significa la ruina de todos los demás.

—Estoy de acuerdo —acotó Mars, asintiendo con seriedad—. Creo que todas, finalmente, pensamos igual.

—Y sobre lo que dijo Jupiter, no digo que nosotras seamos incapaces de proteger a Serena, pero en esta ocasión nuestro miedo, nuestro enemigo, es el mal de todos los males que nos han atormentado desde que podamos tener memoria, con la gran diferencia de que ahora finalmente sabemos la verdad y por ello no es lo mismo afrontar al enemigo divididas, no ahora. Necesitamos que todas las guardianas estemos en un mismo lugar en caso de que Génesis vuelva. Es solo cuestión de sensatez.

—Te encuentro razón, pero creo que no has analizado todas las alternativas —comentó Mercury, con decisión en su hablar.

—¿Por qué lo dices? —quiso saber, Jupiter.

—Antiguamente Uranus y Neptune cuidaron al Milenio de Plata desde el exterior y solo cuando fue necesario, junto a Plut, invocaron a Saturn. Ya en nuestro tiempo, Hotaru ha tomado el poder de su planeta regente cuando claramente tuvo que ser así. Tal vez esa niña no tiene que despertar otra vez en esta era sin que realmente sea urgente e incluso, y déjenme pecar de inocente, no lo ha hecho de manera natural porque simplemente no hay un peligro inminente. Por eso me da lástima pensar que deba volver cuando nada indica fehacientemente que deba hacerlo.

—A qué llamas "fehaciente" —emplazó Venus.

—Génesis no estaba en la Luna y nada muestra que esté en la Tierra. Lamentablemente no hemos podido atribuir validez a la pesadilla que tuvo Serena saliendo de ese mismo concepto. No quiero ser irresponsable y dar a entender que crea que el enemigo simplemente se ha esfumado, pero hoy por hoy, nada nos muestra de manera concreta que esté cerca de nosotros.

—Lo entiendo, de verdad que sí, comprendiendo que tu rol es precisamente buscar los hechos teniendo la lógica por base, pero de todas formas me niego a creer que lo que vivió Serena es solo el resultado de un cuadro de estrés. Hemos peleado muchos años a su lado como para saber que ese tipo de cosas no le suceden porque sí y por ello sostengo que es vital que todas las guardianas estén, en un mismo lugar, a su completa disposición, porque incluso suponiendo que solo se trató de un mal sueño, debemos estar alerta —finalizó la líder.

—Chicas, podemos estar la noche entera debatiendo sobre esto pero en última instancia solo el rey y la neo reina decidirán qué debemos hacer —explicó Jupiter, intentando dar otro enfoque a la conversación—. Nosotras hemos jurado lealtad a los mandatarios del nuevo Milenio de Plata y con ello hemos de acatar sus órdenes. Si el rey considera prudente que las outers regresen, solo nos queda aceptarlo y acoplarlas de alguna forma a lo que hoy acontece.

—Aunque ese sea el caso, Jupiter, tanto para mí como para mi esposa es sumamente importante conocer lo que ustedes puedan pensar. Nunca tengan temor de expresar su sentir pues, muy por el contrario, es eso lo que como grupo nos hará cada vez más fuertes. Por el momento, sabiendo también lo que Serena opina, lo mejor es que ellas estén aquí. Quizás en un futuro no sea necesario, pero eso solo lo sabremos con el tiempo.

—Me parece lo más sabio —acotó Venus, tranquilamente satisfecha.

—Y mientras eso ocurre, ¿cuál será nuestro próximo paso a dar? —consultó Mars.

—Como bien dijiste, parece que las alternativas se nos están agotando —recalcó Darien antes de hacer escapar un suspiro—. Cuando sea el momento hablaré en extenso con Haruka y Michiru para saber si alguno de sus talismanes ha podido revelar alguna pista que nosotros desconozcamos, aunque estoy prácticamente seguro de que, de haber alguna señal, nos lo hubieran dicho.

—¿Puedo consultar algo más? —dijo Jupiter.

—Por supuesto —le fue respondido.

—Si tus sospechas son ciertas y ellas no cuentan con más información que nosotros, ¿qué nos quedará por hacer para dar con Génesis?

—Buena pregunta —habló Darien, con una sonrisa que más bien resultó lamento—. Desgraciadamente no tengo una respuesta del todo certera por el momento. No sé si debemos esperar y que eso se traduzca en algún bien o si debemos aguardar a que alguien de nosotros reciba un ataque como el que ella debió soportar para así saber algo más. Por lo pronto lo único que tengo previsto es hablar con las chicas en busca de mayor información. Obviamente, de tenerla, les informaré.

—Por supuesto —acotó entonces, Jupiter.

—Ahora es importante que ustedes sigan ejerciendo sus labores en Tokio de Cristal como así también dentro del palacio real. Consideremos todo lo aquí hablado como información confidencial que no puede filtrarse ante la comunidad, eso solo sembraría pánico y lo que menos necesitamos es que nuestra ciudad se hunda en el descontrol.

—Entendido —dijeron las inners al unísono.

Antes de poder agregar palabra alguna, la puerta fue tocada. Todos guardaron sepulcral silencio hasta que fuera solo el rey quien se atreviera a hacer lo contrario.

—Adelante.

—Con su permiso —dijo Blanca, antes de ingresar parcialmente—. Guardianas, es un gusto poder saludarles.

—Igualmente —respondió Venus, a nombre de todas.

—Venía con solo una invitación, pero nada me hace pensar que sea un error extenderla —comentó con lúdico hablar, Blanca.

—¿A qué te refieres? —quiso saber Darien.

—La neo reina me pidió decirle que lo espera en el jardín para compartir algunas delicias que su madre ha preparado. Se le ve bastante entusiasmada, muy despejada a decir verdad, y podría apostar que compartir también con sus amigas solo hará que su ánimo mejore todavía más. ¿Cuál será su respuesta entonces, rey Endymion?

—Dile que vamos de inmediato.

—Como usted ordene.

Con su acostumbrada solemnidad y discreción, Blanca se retiró sin agregar palabra más.

Automáticamente, entre las chicas y Darien, se generó un cómplice sentimiento de satisfacción, que si bien estaba mezclado con cierto grado de incredulidad, no dejaba de ser una suerte de buen augurio.

—Un signo de buen humor es que a Serena le haya vuelto el apetito —comentó Jupiter, sonriente.

—Hace mucho que ella no salía de su habitación. Esto es definitivamente algo muy positivo —agregó Mercury.

—¿Tal vez la hemos molestado más de la cuenta? Puede ser que algo tan sencillo como estar con mamá Ikuko le confiera paz entre tanto caos que le mencionamos, ¿no? —dijo con algo de reflexiva y culposa pesadumbre, Venus.

—Pongo en duda el primer punto —habló sin demoras, el rey—. Serena sabe traducir nuestras maniobras como lo que son, es decir, buenas intenciones, pero así como necesita de ustedes también requiere la compañía de su madre pues de esa manera puede sentirse equilibrada. Esperé por largo tiempo que se hallara preparada para verla, y que lo haya hecho, me genera buenas expectativas.

—Entonces no esperemos más y vayamos a acompañarlas —pronunció optimista, Mercury.

—Las alcanzo —contestó el rey, pidiendo así implícita privacidad.

Las inners abandonaron la biblioteca con renovado espíritu. Por un instante, por Serena, se permitirían olvidar lo que habían hablado hace cosa de minutos. Nada de eso sería comentado en presencia de su madre hasta que su hija, o bien el marido de esta, dispusieran lo contrario.

Darien despidió momentáneamente a sus aliadas y amigas con una sonrisa, la viesen o no antes de que cerraran la puerta de su espacio personal. Una vez esto ocurrido, ya en imponente silencio y soledad, su expresión facial cambió.

Estaba feliz, sin duda alguna, por esta aparente mejoría del estado anímico de su mujer, y sabiendo que tal vez no le disfrutaría como correspondiera, se permitió tener un gesto simbólico para recibir en óptimas condiciones dicho nuevo acontecer.

Tomó de nueva cuenta aquel vestido que Serena llevó el día en que sufrió el ataque de Génesis. Recordó fugazmente que tras entregárselo a Rei, siendo este posteriormente devuelto a sus manos, la guardiana de Marte anunció que le fue imposible hallar algún rastro de esa mujer en él. Lo único que entonces Darien podía ver era la sangre que ya, para ese minuto, se encontraba fijamente sujeta a las fibras de la tela. La ira regresaba a su corazón cada vez que le veía pues nada podía enloquecerlo más que saber que alguien, o algo, se había sentido con el derecho de herir a la mujer que amaba con semejante eterna devoción.

—Es lo correcto —dijo el mandatario en voz alta, sujetando con desdén aquella prenda.

Así el rey se irguió, arrogante y seguro, en dirección a la chimenea encendida que se encontraba frente a él. No volvió a observar el vestido con miedo ni temor. No haría eso para dar, de esta forma, una lección necesaria.

Lo arrojó a las llamas con indiferencia y le vio arder como si así pudiera ver calcinados sus temores más profundos. Fue así como su furia pareció disminuir a medida en que el fuego se hacía cada vez más imponente ante sus ojos.

No dudó en externar sus pensamientos.

—Nunca más le harás algo así a mi esposa pues no lo permitiremos —pronunció severo—. No eres más que un rebuscado acertijo, uno que la legítima y correcta heredera del Milenio de Plata puede convertir en cenizas con solo una de sus sonrisas. Si me puedes escuchar quiero que lo sepas, pues será la última vez que te concederé el favor de mi completa atención.

El azul de sus ojos se mezcló con el rojo del fuego vivo. Esperó hasta el momento en que la prenda se redujera a su mínima expresión y cuando lo vio de tal manera, fue el mismo rey quien ahogó las llamas de lo que se entendiera como la tumba de sus miedos más atroces.

Sabía plenamente que si el futuro aguardaba una batalla, habría de luchar. Sabía que aún quedaba cierto camino por recorrer para ahuyentar todos los fantasmas. Sabía que los cambios debían efectuarse en pos de un mañana esplendoroso. Sabía eso y mucho más, como así también, que su promesa no sería solo una declaración que quedase encerrada en el espacio de esas cuatro paredes. Sus palabras eran una sentencia inamovible para tal ruin ser que ya ni siquiera quería pronunciar por su nombre conocido. No lo merecía.

El rey disfrutaría a su esposa y alentaría la continuidad de su bienestar. Esa era su más urgente prioridad y no estaba dispuesto a que alguien tomase lugar antes que eso. Desde ese momento el nombre que resonaría con mayor frecuencia en su mente sería el de su mujer y no el de quien intentaba atormentarle. Darien haría hasta lo imposible por no ver caer nuevamente a la dueña de su eterno amor.

Complacido y renovado, el rey se abrió paso para acudir al lado de quien siempre había sido, y será, su pilar fundamental. Batió su capa color lavanda con gracia y poderío, mientras lucía una flamante sonrisa adornándole los labios, para disfrutar plenamente el inicio de, lo que reconocía, como la recuperación tan ansiada de la neo reina Serena.

*´¨)

(¸.•´ (¸.•` ¤

¿Qué les pareció?

Espero que les haya gustado.

Sé de sobra que demoré mucho para entregar este nuevo capítulo y la verdad es que me ha costado mucho continuar este fic, sin embargo la promesa sigue viva, no lo abandonaré ya que ustedes, mis fieles lectores, tampoco lo dejan de seguir. Muchas gracias por eso.

Sobre la historia, según mis cálculos, entraremos a una nueva etapa que ayudará a matizar lo que llevamos hasta el minuto. Sin duda seguirá siendo un fic "más severo" a comparación de los otros que tengo y su estilo narrativo seguirá más o menos por la misma línea que ahora, pero sí se vienen algunos giros que estoy ansiosa por compartir con ustedes. Espero que para ese instante todavía me sigan acompañando.

Un abrazo cálido y especial para los sailor-lectores que dejaron su review en el capítulo pasado:

jessy tu yekito - ChibiChibi-sd - serenity1512 - Mary Yuet - princessqueen - mvz. karla - Taniagatita - dec - FERSERENITY - Clementine Flowers - Seri Tsukino - Jennifer Lopez

Todos sus comentarios, sugerencias o peticiones han sido leídas con mucha atención y cariño. Mil gracias por permitirme conocer sus opiniones y espero de todo corazón que podamos seguir haciéndolo.

Antes de despedirme, no puedo desaprovechar la oportunidad, quiero dedicar este capítulo a quien en mi infancia me enamoró como Darien Chiba y hoy me permite, en mi adultez, seguir amándolo con la particularidad de que ahora escribo sobre el "Rey Endymion". Los dos crecimos, amore mio. ¡Feliz cumpleaños! jajaja n_n

Pues bien, me retiro no son antes volver a agradecerles su tiempo, cariño y paciencia. Recuerden que el sueldo del fanficker es el review así que los estaré esperando con ansias y alegría.

Espero verles pronto por aquí y si ese no es el caso, por favor no olviden la promesa: Eterno resplandor de luna, sea como sea, llegará algún día a su capítulo final.

¡Nunca dejemos de soñar!

¡Nos leemos, sayo!

Usagi Brouillard.-

*´¨)

(¸.•´ (¸.•` ¤