Haikyuu sigue sin pertenecerme, y supongo que sí, Futa-chan es un rato capullo y tonto de caer por una cara bonita...


Capítulo 2


No puedo decir que ese fuera mi plan desde el principio, pero después de una semana en el piso que Mai y Aone compartían, comprendí que no podía quedarme más tiempo. El piso era pequeño, y aquello lo sabía desde el primer momento, pero lo que no me planteaba era lo mucho que vulneraba mi propia privacidad, e invadía su intimidad, supongo. No era como si hubiera pensado con detenimiento eso de quedarme allí un año entero, pero tampoco había pensado en buscarme otro sitio.

Llegué a aquella conclusión en viernes por la noche, después de pasar horas mirando folletos de academias y buscando clasificados de profesores privados. Los tenía organizados mentalmente por precio y calidad según opiniones de usuarios en Internet. Me había metido en mi futón, en una esquina de la habitación y separado de Mai y Aone por la mesa. Ellos estaban viendo la televisión y leyendo, nada del otro mundo, pero con mi vista marginal podía ver cómo de tanto en tanto miraban en mi dirección para después mirarse entre ellos dos. Podía leerles la mente y me incomodaba ligeramente mucho.

El piso era una única habitación amplia con tatami, con una estantería que separaba la zona de tatami de la que tenía rachola, en la cocina. La habitación con el váter estaba escondida detrás de la cocina, saliendo a una galería diminuta que también daba con un baño minúsculo privado. Lo cierto era que el piso podría haber sido algo más grande, pero estaba modificado para tener una ducha y váter, de lo contrario se debía usar baños y váteres comunitarios que había en la planta baja del edificio.

Por mucho que cueste de creer, había bastantes "bloques de pisos" de aquel tipo en la zona en la que abundaban los estudiantes. Trataban de venderlos como pisos independientes y baratos, pero eran como residencias de estudiantes pero sin control por parte de una empresa que no quisiera problemas. De todos modos no era lo peor que vería en Tokio, y probablemente había lugares mucho peores que los que visitaría en el futuro.

La cosa es que era difícil que yo durmiera con la cabeza llena de números, y más aún con las constantes miradas de Mai o Aone. Especialmente la de Aone, que era transparente como el agua cristalina y decía "Si tú no estuvieras aquí yo no miraría la tele precisamente". Estaban esperando a que me durmiera, y era incómodo aunque lo fue más cuando creyeron que yo ya estaba dormido. Era como una escena de película en que un matrimonio espera que sus hijos se duerman para follar.

Aone hacía de esposa preocupada porque no quiere que los hijos interrumpan o tengan algún trauma, Mai era el marido abrumado por la mojigatería de la esposa por pensar que los niños se van a traumatizar. Obviamente el papel de niño era mío. Pero no era como si me fuera a traumatizar solo que... Bueno.

No podía verlos, gracias a la mesa del centro de la habitación, pero sí oír cómo susurraban. Después de un buen rato escenificando aquel cliché de película, llegaron a la conclusión de que me había dormido seguro y no iba a despertarme. Mai se levantó del suelo y fue hasta la galería que daba con las dos habitaciones de aseo.

Cando volvió llevaba una fusta y una especie de cuerda con la que creo que ató a Aone a la mesa. Traté de mantenerme en silencio, pensaba que tal vez terminarían rápido porque tendrían sexo mediocre adolescente, como el que sinceramente imaginaba que podría tener cualquier persona de nuestra edad. Fue imposible, oír los gemidos, los golpes de fusta y los insultos que salían de la boca de Mai para el deleite de mi excompañero de equipo era demasiado incómodo. Quiero decir, que el sexo normal no me hubiera traumatizado, pero esto me chocó, eran fetiches de primer nivel para una pareja tan reciente.

Me levanté muy rápido, cogí una sudadera, las llaves y mis deportivas y salí a la calle sin mediar palabra. Me pareció ver que Mai estaba claramente sonrojada o más bien sorprendida, pero lo cierto es que probablemente me lo imaginé. Estaban demasiado extasiados en su mundo particular para recordar a su no hijo que dormía allí al lado.

Me puse la sudadera y las deportivas una vez estaba en el pasillo. Efectivamente, descubrir secretos sobre la vida sexual de mis amigos había sido el detonante de una decisión importante, tenía que tener mi propia casa. Un lugar para dormir y esas cosas personales... Porque quizá yo si quería tener relaciones sexuales convencionales con alguien y no delante de ellos. Quizá me juzgaban por la ausencia de perversiones en mi vida. "Que vainilla eres, Futa-chan" podía oírles en mi cabeza.

Caminé hasta la salida para cruzarme con una de la chicas que vivía en el piso que daba con el de Mai y Aone. Era bonita, aunque tenía un rostro claramente aniñado y no debía tener una edad muy distinta a la nuestra. En toda la semana solo la había visto dos veces, cuando llegué y aquella noche. Estaba acompañada de un hombre que podría haber sido mi padre perfectamente y le reía las bromas mientras él se apoyaba en su hombro. Era complicado ver escenas así en Miyagi, donde a lo sumo oías a la vecina criticar a alguno de los otros vecinos por beber demasiado.

Fuera como fuera, yo estaba centrado en lo mío. 500.000 Yenes eran muy poco dinero para alquilar un piso, pagar una academia y un profesor particular. De hecho esa era la suma que necesitaría para alquilar un lugar simplemente, y de la academia ya podía despedirme por completo.

Caminé por el barrio bajo la luz amarillenta de las farolas, preguntándome dónde podría encontrar un trabajo adecuado. Necesitaba más yenes de los que podía imaginarme, y no era como si llamar a mis padres y contar la verdad fuera una opción.

Pasé por delante de un coffeebay y me imaginé rellenado vasos de café para chicas o chicos guapos, preguntándoles sus nombres y anotándolos. Supongo que la idea de cobrar menos que un trabajador chino de Shichuan no me abrumaba todavía. Perdido en todas aquellas fantasías inútiles que solo llenaban de porquería mi mente llegué a un barrio bastante animado. Ni siquiera sabía cómo iba a volver a casa después, cuando uno de los tipos que me robó la maleta se cruzó delante de mí. Estaba cogido del brazo de una chica y caminaba despacio, con la mirada seria y parecía que desconocía la palabra diversión. No era el guapo, era el otro. A pesar de que lo había visto muy de refilón, estaba seguro de que era él.

Empecé a seguirle desde la distancia, preguntándome si mi PSP seguiría con vida en algún lugar recuperable o si estaría en las manos de algún niño de la escuela media sin fondos para una legal. La chica que iba con él saludaba a todo el mundo, era guapa y a veces se le colgaba del brazo pidiéndole entrar en sitios, pero él seguía impasible a todo. Era como una representación patética de la incomodidad, como si alguien le obligara a ir con una chica guapa del brazo por las calles de Tokyo para dar imagen.

Me escondí detrás de un cartel de un karaoke, y noté como alguien me cogía del brazo. Me giré algo angustiado por aquel contacto indeseado a la vez que oía una voz hablarme.

— ¿Quieres pasar un buen rato, guapo? — dijo la persona que me había cogido del brazo.

Era una mujer que debía rozar los cuarenta, y que llevaba mucho maquillaje. Llevaba el pelo permanentado y rojo, y se veía de lejos que era una peluca. Me separé ligeramente al ver sus manos sobre mí, en especial porque sus dedos eran muy largos, con una manicura exagerada y de punta. Me daba escalofríos el tono en el que me hablaba, entre aniñado, extranjero y juguetón, como si quisiera representar algún tipo de rol.

—Estoy buscando a alguien — dije cortante. Podría haberme disculpado, pero me limité a volverme hacia donde había visto al ladrón de maletas e ignorar a la mujer por completo. Me pregunto aún por qué tomaría del brazo a alguien que ni tan siquiera llevaba pintas de salir de fiesta, pero no es algo a lo que espere una respuesta. Un cliente puede aparecer de traje o de chándal porque no podía dormir, yo qué sé.

— A lo mejor yo soy ese alguien — insistió aquella mujer en un tono más insinuante. Era su trabajo, lo entiendo, pero no tenía sentido. Me imaginé a aquella señora jugando a mi PSP y haciéndome chantajes sexuales para que me la devolviera. Todo muy turbio. Mejor no lo explico.

Había perdido a mi blanco, y no tenía la más mínima idea de dónde me encontraba.

— Lo dudo mucho, señora — dije cuando un cartel de esos en los que puedes arrancar el número de teléfono me llamó la atención.

"Trabajos sencillos para personas con buena presencia, habilidad para el trato con personas y discreción" Era la cosa más ambigua que había podido leer y no sabía si se suponía que llamabas para que te hicieran un trabajo o te dieran un trabajo. Me lo quedé mirando mientras la señora pasaba de insinuante a insultante en su tono y su trato a mi espalda.

Me acerqué y arranqué uno de los papelillos impresos en tinta negra. Tampoco podía perder nada por probar. Era como una especie de ley cósmica extraña, había llegado allí como Alicia al país de las maravillas, solo que mi conejo blanco era un puto ladrón de maletas y seguramente no habría maravillas de las que disfrutar.

— Disculpe, ¿me puede indicar cómo ir a Kichijoji? — le pregunté a la prostituta, porque sin indicaciones no iba a volver al piso. Ella me miró con cierto desdén y me señaló al frente. — Le prometo que pensaré en usted y vendré a buscarla cuando sea un empresario barrigón aburrido de su vida.

Ella arqueó las cejas y acto seguido empezó a reírse antes de que yo empezara a andar hacía el callejón feo que ella había indicado. Seguramente pensaba en seguirme y robarme, pero a esas alturas yo no llevaba nada encima de valor, así que entre mis opciones solo me quedaba creer en ella y poco más. Sí, sí, estaba con una paranoia increíble con queme volvieran a robar.

Empecé a andar y volvió a tomarme del brazo para decirme que tenía como unos diez kilómetros caminando en aquella dirección. No sabía cómo había andado tanto, pero después de mirar el reloj me di cuenta de que llevaba como tres horas fuera de casa. No era como si no hubiera sido considerado con mis amigos.

Me esperaban dos horas y media de caminos hasta el piso, y me horrorizaba pensar en ello un poco, pero ya dormiría en la mañana. Le di las gracias a la mujer, agradecí que fuera tan amable conmigo y me dispuse a volver a casa. Tenía la corazonada de que aquel camino que había hecho merecía la pena y que aquel anuncio tan extraño me traería suerte.

Cuando llegué al piso la pareja de sadomasoquistas exhibicionistas, ya estaban dormidos. Pensé en la situación que se había dado y me sentí un tanto azorado, pero no podía hacer nada para cambiar lo que había pasado, así que me metí en mi futón y dormí. Tan solo tenía un par de horas antes de que Aone y Mai se desertaran y causaran el caos antes de irse a lo que me hacía morirme de envidia por su vida; la universidad.