Gracias a los que leéis esta historia, otra cosa y es que molaría mil algún comentario.. del plan pues oye es una mierda la personalidad que le ponéis a Futa-chan... no me ha impresionado saber según qué de Mai y Aone... no sé, a lo mejor si lo hacemos bien, mal... si vais a seguir leyendo... un feedback para que me motive sentarme con mi hermano a escribir. La familia es guay pero a veces no tanto y esas cosas...


Capítulo 3


Los sucesos que sucedieron al día siguiente fueron un poco distintos, aunque tan fortuitos como afortunados para mí persona. Me confié a creer que estaba teniendo un pequeño respiro a mi mala suerte del tiempo anterior, pero después del tiempo tampoco sé si se trata de una broma cósmica para hacerme madurar.

Aone insistió en que podíamos comer juntos en la cafetería de su facultad. La verdad es que no lo cuestioné porque era barato, aunque si llego a saber que trataba de hablarme del tema de la noche anterior sin que lo supiera Mai, hubiera comido un sándwich de supermercado o de máquina expendedora.

Me pasé la mayor parte de la mañana muerto de sueño, de agencia inmobiliaria a agencia inmobiliaria. Era demasiado joven para entender cómo funcionaba sistema, pero pronto me di cuenta de que yo era una bolsa de dinero, y agentes y propietarios eran pozos sin fondo que querían aprovecharse de mí. La mayoría de los agentes eran muy amables y estaban dispuestos a hacer casi cualquier cosa por mi dinero, pero los pisos requerían de pagos distintos que no sabía si podía permitirme.

La ley fundamental para encontrar un piso en Tokio es alejarte de los agentes y propietarios que hablan del reikin. El reikin es un pastizal que esa gente se embolsa sin más, y nunca lo vuelves a ver. Es legal, claro que lo es, pero resultaba absurdo desembolsar ese dinero extra solo para agradarles a los agentes y a los dueños del piso porque dicen "¡Oh! Mira que buen chico" al recibir ese dinero, cuando en realidad piensan " Es un pringado que paga hasta cuando no es necesario".

Habiendo acordado con un agente que no podía permitirme un reikin y que buscaría lugares que no lo requisieran, me marché a la facultad en que estudiaba Aone. El agente tendría que llamarme con ofertas y visitas al día siguiente, por el momento yo podía dedicarme de nuevo a la búsqueda de empleo.

Aone estudiaba en una universidad privada. Había conseguido una beca de deportes y se había esforzado muchísimo para llegar a un mínimo en las notas, porque también le pedían esa parte.

Era un lugar simplista, con colores gris básico. Lleno de personas que se conocían desde la escuela primaria y que continuaban en el mismo lugar. Recuerdo que me llamó mucho la atención como los grupillos se formaban en corros a lo largo de los pasillos, casi como si Aone siguiera en un instituto. Quizá me llamó más la atención porque entre aquellos grupos disgregados apareció el tipo más capullo que me hubiera imaginado. Iba saltando de persona en persona, con su pose indiferente y chulesca, con el pelo teñido de amarillo pollo que me recordó vagamente a Koganegawa.

Cuando nos sentamos en la cafetería, aquel tipo se sentó junto a Aone. Observé como le golpeaba levemente con el codo y tendió la mano mostrando una bolsa de hierba seca.

—Son 5.000 Yenes — dijo guiñándonos el ojo y guardando la bolsa dentro de la manga de su camiseta. Aunque me hubiera interesado lo más mínimo comprar marihuana, que no, ¿por qué querría una bolsa que ha pasado siglos en su manga o a saber en qué otros sitios? Nunca entenderé esa gente a la que no le da asco que algo que van a consumir haya pasado tiempo en el intestino de otra persona...

—¿Te das cuenta de lo mucho que molestas? — dije con tono de una superioridad que en realidad no tengo, pero que me salió de dentro. A veces ser un tipo corriente es muy duro. Los parámetros que marcan la diferencia entre ser normal o no te lleva a ser un poco rarito tú mismo. Quiero decir que en realidad hubiera sido tan fácil como decir que no, pero mi ego inflado de chico corriente y bueno, e ideal de película, hacían que me comportarade aquel modo. Ahora me avergüenza un poco haber sido tan borde. Después de todo la normalidad es un concepto abstracto e inexistente.

En aquel momento el tipo con pelo de pollo se encogió de hombros, sonrió y se levantó despacio con un movimiento casi de baile.

—No habéis visto nada, no sabéis nada — volvió a giñar el ojo y desapareció. Realmente aquel tipo me dio muchos escalofríos y no tenía sentido.

Aone sonrió vagamente para después encogerse de hombros. Me sorprendía descubrir todas aquellas cosas, como que no le molestara que un tipo tratara de venderle droga en la cafetería de la universidad o bueno, que le interesara lo sado. A veces no conoces a las personas hasta que de golpe lo haces y...

— Sobre lo de ayer — empezó a decirme algo ruborizado.

— No pasa nada, no te preocupes — le corté. Creo que me sentía algo más incómodo yo de lo que él jamás lo estaría, pero tal vez solo esté siendo egocéntrico, como de costumbre me dice Kamasaki cada vez que nos vemos —. Es incómodo para mí y para vosotros, y ya estoy tratando de conseguir un trabajo y un piso para mí. No tienes que preocuparte, tengo muy buenas vibraciones con una oferta a la que aún tengo que llamar.

—¿De qué es? — en su mente debía aparecer el típico trabajo en un café. No sé qué tenía yo en mente.

—Ni idea, solo piden por alguien guapo — "Y yo no estoy tan mal" pensaba en aquel momento. No hice la puñetera reflexión de "¿Qué mierdas puede ser? ¿Tendré que bailar poole dancing? ¿Será para vender droga?". Lo peor era que sí, tal como se ofertaba podía ser perfectamente algo ilegal. Aone me miró con sus ojos preocupados y yo no le presté atención. Para qué, si siempre tengo el mismo carácter que no me deja escuchar a los demás hasta que no me la pego. — De hecho voy a llamar ahora mismo.

Saqué mi teléfono móvil y aquel papelillo doblado de mi bolsillo, para marcar el número de forma impulsiva. Tenía una muy buena vibración, y ni tan siquiera Aone siendo realista podía hacerme bajar de mi nube.

— Habla con la secretaria del señor Yazawa, él ahora mismo no se encuentra disponible ¿En qué puedo ayudarle? — dijo una voz femenina realmente dulce al otro lado del teléfono. Tal vez esa mujer fuera mi ángel de la guardia o no sé.

— Hola, llamaba por lo del empleo — dije despreocupado y tranquilo —. Vi el cartel hace poco...

— Pásate por el restaurante mañana a las doce — dijo la mujer justo antes de darme la dirección del lugar al que se refería. Lo cierto es que no me dio ningún nombre y eso era confuso y preocupante a la vez, pero mi halo de ignorancia no me permitía ver lo extraño que era. Supongo que la cara de Aone podría haberme dado una pista, pero con sinceridad, no le miraba siquiera.

Después de la llamada telefónica, me sentí como si hubiera vuelto al instituto en primer año. Yo le hablaba a Aone de mis cosas y él se limitaba a escuchar y contestar con monosílabos. No era que no le interesara, solo que nuestra relación siempre había sido un poco sosa. Tal vez solo me gustaba escucharme a mí mismo, pero me molestó en el colegio cuando Mai empezó a venir con nosotros porque también hablaba bastante. A pesar del trauma del sadomaso de la noche anterior creo que la eché un poco de menos en la cafetería. Ella hubiera sido capaz de ponerme en mi sitio cuando contaba lo del empleo misterioso.

Pasé el resto del día con Aone conociendo a sus compañeros de universidad y relajado al pensar que con el agente y la entrevista al día siguiente estaba teniendo mucha suerte. Mai se alegró bastante al saber que les dejaría, y es que sin hablar del tema era obvia la situación.

A la mañana siguiente me vestí a conciencia, pensando en la entrevista en el restaurante que adiviné que se llamaba "la casa de la Gamba". Servían marisco y pescados de calidad media, pero los ratings de Trip Advisor eran más bien tirando a bajos. Había alguna que otra insinuación de intoxicación del marisco, pero yo no iba allí a comer, solo a poner a prueba la fortuna que me había caído después de mi sesión voauyer de sadomaso.

Si el cartel de neones rosas y azules ya de por sí daba un aspecto un poco así, así, al entrar no me sorprendí demasiado. El entorno estaba pobremente decorado, era como una especie de parque infantil mezclado con un salón americano de los años setenta, pero que había intentado reformarse a finales de los ochenta con mala suerte. Las mesas eran redondas, decoradas con centros de mesa con motivos marítimos, tales como anclas, estrellas de plástico y conchas de mar. Todo bastante hortera, la verdad. Me acerqué a la maître y le comenté que venía por una entrevista de trabajo. No sabía que más decir, no tenía ninguna información más.

Sin contestar nada de nada, el tipo se adentró hacía el establecimiento haciéndome dudar de si me habría huido o solo pensaba que yo tenía algún tipo de sarpullido horrible. Ciertamente no, me había arreglado a consciencia antes de salir de casa, porque pedían a alguien muy guapo. Me quedé allí mirando los cortinajes de terciopelo que no pegaban ni con la cola más suprema y esperé a que viniera alguien más.

En aquel tiempo de espera me llamó el agente inmobiliario. Fue agradable porque era realmente tedioso estar esperando tanto rato, pero fue desagradable también porque me puso en tensión y me impacienté aún más si es que era posible.

—Futakuchi-san, ¿le llamo en un mal momento? — dijo el agente exactamente. Lo que se podía leer como "jovenbolsadedinero-chan te llamo ahora porque ha acabado mi descanso de la comida y necesito el dinero ya"

— Si, no — contesté trabándome un poco —. Estoy en una entrevista de trabajo y...

— Genial porque he encontrado un piso ideal, poco dinero, buenas vistas y un servicio increíble — me cortó el muy imbécil. Y seguía hablando y hablando y hablando.

— Perfecto le llamaré en cuanto tenga un momento libre— dije. Llegué a oír su "pero a lo mejor ese piso ya no está libre para cuando..." y yo colgué igual. Porque eso es lo que había aprendido de los tokiotas. La gente de por aquí hablaba sola, en sus monólogos personales les daba igual si les escuchabas o no. Solo hablaban.

Después de aquello apareció de nuevo el maître, que me miró con cara de palo y me señaló una mesa en la que se sentaba una familia. Me sentí un poco intimidado, pensado que tenía que ir para allá yo solo y sentarme como si les conociera de algo, pero el maître al ver mi duda me empujó mientras negaba con la cabeza. Me acerqué cohibido y un hombre gordo abrió las palmas de sus manos mientras me miraba.

—Siéntate, hijo, siéntate — tengo en mente su voz como la de Vito Corleone. No era así, pero con el tiempo la he ido transformando en mi memoria de ese modo por las diferentes cosas que aprendí de él. — Soy Yazawa y esta es mi familia, así que relájate.

Eché un ojo a todos los que estaban allí sentados. Primero el señor Yazawa que parecía el típico japonés gordo vestido de traje, su esposa con kimono de seda y el pelo recogido perfectamente en un moño, y al otro lado de la mesa las dos mujeres icónicas que hicieron de aquella entrevista un momento aún más estrambótico.

De un lado estaba aquella chica que yo había visto paseando con el tipo que me robó la maleta. Pelo liso y largo, uñas perfectas y mirando el teléfono móvil. Al otro una niña con un vestido rosa de volantes, el pelo con tirabuzones completamente antinaturales y unos lazos que podían descoyuntarla por el peso.

— No me gusta este chico — dijo la niña con voz de pito cuando me senté ligeramente incómodo en aquella mesa de cuatro—. Yo quiero que sea Yahaba quien me cuide.

— ¡Oh, por dios, cállate Midori! — dijo la otra chica sin levantar la vista de su teléfono móvil —. A nadie le importa que te guste Yahaba, él ya tiene su trabajo y además es mi novio.

La chica levantó la mirada de la pantalla y me miró de soslayo dibujando una mueca extraña.

—Parece que no has pasado la entrevista — dijo el señor Yazawa ante mi estupefacción de los hechos.

Me iba a levantar y entonces la mujer más mayor levantó su brazo y agarró por la barbilla. Mi acto reflejo fue apartarme, pero la señora me agarró con sus zarpas con fuerza.

—Pero de verdad es guapo — dijo aquella mujer fijando sus ojos oscuros en mí. No, la verdad es que no debía tener cara de estar guapo, más bien de estar profundamente asustado. Aquella gente eran unos frikis de cuidado.

—Sí, podrías ponerlo como barman en el bar nuevo — apuntó la chica joven.

—¡No! ¡No vale para nada! ¡Es un inútil! — gritó la niña tocándome ya las pelotas con sus tonterías.

—¡Oye, niña! — le grité yo a ella y me di cuenta enseguida de que aquello era una cagada si quería un trabajo.

El señor Yazawa entonces miró con reprobación a la señorita Yazawa Midori y seguidamente me miró a mí. Se hizo el silencio y la señora dejó de sostener mi cara para volver a su estado de maquina en reposo perfectamente sentada sin hacer nada.

—¿Sabes hacer cocktails? — me preguntó con voz muy serena.

¿Vacilé? No lo sé, pero en mi recuerdo dije "SI" firme y seguro antes de que la verdad apareciera en mi mente. No tenía ni idea de hacer cócteles. No sabía ni a que sabe un daiquiri o si el Martini seco es algo más que martini y oliva o si es agua sucia.

Después de llamar a la secretaria del señor Yazawa, y que me diera toda la información necesaria, salí en busca de un libro de recetas de cócteles. Tenía trabajo, tenía exactamente una semana para aprender a hacer todos los cócteles básicos que se suponía que servían en el "Blue Hawaii".