Capítulo 2: Una invitación

El sol se alzaba en el este y un nuevo día nacía en Ciudad Champiñón. Con las luces matinales ya inundando el mundo, la mayoría de la población comenzó a prepararse para sus quehaceres. Las tiendas abrieron sus puertas, el pescado se sirvió en las entradas de los comercios, los políticos se dirigían trabajar por el bien del país, los telediarios de primera hora empezaban a dar las primeras noticias del día. Era, claro está, un día normal.

A una pequeña casa, en una calle que hacía desnivel, se acercó una muchacha en bicicleta. Tenía una expresión muy alegre, natural en ese día, el día que comenzaban las vacaciones de primavera. Llevaba un uniforme escolar, consistente en una chaqueta fucsia que ocultaba una camisa blanca, una corbata azul y una falda negra. Tenía los ojos verdes y el pelo castaño como la crema. A ambos lados de su cabeza, había dos coletas, mantenidas gracias a unas cintas negras.

Se detuvo en la carretera en la cual desembocaba la calle y se bajó. No estaba ahí, una vez más. Echó una ojeada a su reloj para comprobar la hora. Era tarde y aún no estaba en la puerta. Como no se apresurase, los dos iban a retrasarse más de la cuenta.

- ¿Otra vez se ha quedado dormido? – Miró hacia el balcón de la casa, donde estaba la habitación de él –. ¡Shinku! Shinku, ¿estás ahí?¿Estás despierto?

Desde la habitación, su voz se oía a la perfección. Más le valía apresurarse y no hacerla enfadar.

Miró por todas partes en busca de la camisa. Se estaba poniendo nervioso hasta que la encontró, justo encima de la mesa. Desde luego, tenía que hacer una limpieza a fondo. Aunque la habitación fuera, para su gusto, muy grande, con todas las cosas que había por el suelo le era harto difícil moverse. Pero bueno, era su habitación, y como el hogar en ningún sitio, ¿no?

Todas las paredes estaban cubiertas por pósteres que mostraban de todo: hombres forzudos levantando mancuernas, anuncios de circos y, sobre todo, uno de una competición de atletismo con toda la pinta de ser un evento solo para tipos duros y el cual rezaba IRON ATHLETICS. Además de los pósteres, había unas estanterías con libros, una mesita baja y, evidentemente, una cama. El suelo estaba abarrotado de revistas deportivas y de pesas de mano. La verdad es que no era de extrañar que tardase tanto en salir, como para encontrar algo.

Se puso la camisa y cuando se abrochaba los botones,volvió a oír cómo lo llamaban.

-¡Shinku! ¿Estás ya despierto o qué?

Ya más nervioso, le dirigió una respuesta.

- ¡Sí, estoy despierto!

- ¡Entonces sal de una vez!

- ¡Ya voy, no te preocupes!

- ¡Es el último día y no quisiera tener un retraso! ¡Como veo que no sales, me voy y así te tendrás que ir solo al instituto, a ver si la próxima vez te espabilas más!

- ¡Espera!

Se ajustó el cuello y se levantó de la cama. Cogió su mochila (cilíndrica y azul, con un asa para llevarla al hombro) y se encaminó al balcón, no sin antes coger unas cosas: su teléfono móvil, un lápiz que dejaba al lado del despertador digital y la foto de sus padres y él cuando joven y, sobre todo, un reloj de bolsillo plateado, un objeto muy valioso para él. No podía dejar su casa sin su gran tesoro.

Abrió la puerta del balcón y la cerró. Era una mañana fenomenal, con un fresco viento que lo acariciaba en la cara. Sin duda, la casa estaba emplazada en un buen lugar y Shinku Izumi jamás se había arrepentido de ello.

Shinku era un joven de trece años. Su pelo era rubio y bastante desordenado; tenía unos ojos azules y un semblante que mostraba siempre la parte positiva de su persona. Sus aficiones lo mantenían delgado y también presumía de algo de músculo (no mucho, pero bueno, algo es algo). Se había ataviado con una camisa blanca y unos pantalones negros, tal y como acostumbraban a hacer los alumnos del instituto, y, para que viesen cuáles eran sus aficiones, llevaba una muñequera en el brazo izquierdo.

Desde el balcón, podía verla, y ella a él. Era hora de marcharse, así que se puso los zapatos, que, como siempre, dejaba en el balcón para aligerar la marcha. Justo cuando se abrochaba los cordones , le echó un vistazo con su habitual sonrisa.

- Buenos días, Becky.

- Buenos días, Shinku – le contestó Becky desde abajo, aguardando junto a su bici. No se llamaba así, sino que su nombre era Rebeca, Rebeca Anderson, pero consentía que su amigo de la infancia la llamara con ese mote.

Una vez efectuado los saludos, Shinku se puso nuevamente en pie. Cogió la mochila; de pronto, la lanzó al aire a gran altura, fuera del balcón. Inmediatamente, se subió a toda velocidad a la barandilla y dio un gran salto. Estuvo un rato en el aire y pudo dar una vuelta sobre sí mismo hasta que empezó a descender. En una situación normal, cualquiera creería que estaba loco, pero él lo tenía bien controlado y Rebeca le había visto hacer eso millones y millones de veces antes. Finalmente, Shinku aterrizó de pie delante suya de una forma magnífica y, al cabo de un par de segundos, la mochila llegó a él y la agarró. Otro salto espectacular y bien ejecutado.

- Buen salto, Shinku – le felicitó Rebeca, sonriente.

Su amigo, por su parte, respondió con la misma sonrisa.

Ya juntos, se embarcaron en su rumbo al instituto. Rebeca, para seguirle el ritmo, hizo el camino bajada y llevando la bicicleta al lado suya. La suerte de esa zona era la tranquilidad; apenas pasaban coches y no había mucho ruido, de modo que caminar, con ese vientecillo primaveral, era una maravillosa delicia. Por si fuera poco, las vistas tenían una gran sublimidad inimitable. En ese instante, caminaban por la acera de una carretera que descendía, y al lado se veía de maravilla la ciudad. Shinku nunca se resistía a contemplar el paisaje, la inmensidad de Ciudad Champiñón y las colinas verdes que los rodeaban a lo lejos, así como el imponente Océano Blooper y sus barcos llegando y saliendo de los puertos.

- Nunca me voy a cansar de estas vista, Becky. ¡Todo parece precioso desde este sitio!

- Nuestros padres han hecho muy bien viviendo aquí, ¿verdad?

- Sí, por supuesto. – Shinku, entonces, reparó en el más bello de los edificios, ya en la otra punta de la ciudad – . El Castillo de Peach se ve también genial.

Tanto Shinku como Rebeca adoraban ese castillo. Tras la muralla, rodeado de jardines y de un foso, estaba ahí, un precioso palacio con una alta torre en el centro. La Princesa Peach sabía dónde vivir.

- Ese castillo es la joya de todo el Reino Champiñón, no cabe duda- le contó Rebeca-. ¡Lo que daría por entrar dentro!

- Yo una vez estuve allí, cuando era muy pequeño.

- Es verdad, ya me lo dijiste. Tuvo que ser una experiencia inolvidable.

- Y lo fue, querida Becky. ¡Si hubieses estado allí...! Lujo como ese no lo ves en todas partes.

- Yo, personalmente, daría todo por conocer a la Princesa. ¡La admiro mucho! ¿La conociste?

- Sí, pero no hablé con ella...

- Cuando chico, eras más tímido que un Shy Guy. Ahora no hay quien sea capaz de reconocerte.

Ambos rieron ante la broma. Claramente, era una pequeña conversación amistosa entre buenos amigos.

- Pero sí te digo que todos fueron muy serviciales y amables. La Princesa, el Maestro Kinopio, Toad y todos fueron bastante gentiles.

Rebeca, de inmediato, se acordó de algo que quería decirle desde hacía rato, de modo que era momento de hacerlo antes de que se le volviese a ir de la mente.

- Shinku, por cierto, ya que mañana es el primer día libre de las vacaciones, ¿tenías planeado hacer algo estos días? ¿Vas a ir a algún sitio o te vas a quedar aquí?

Shinku contempló el cielo y vio un avión que acaba de despegar del aeropuerto.

- Bueno, mis padres aún están fuera de casa por asuntos del trabajo y no volverán hasta dentro de dos semanas.

- Qué lástima.

- Bueno, uno ya termina por coger la costumbre. – De pronto, dio un salto y se subió al guardarraíles, por donde se puso a caminar con toda la facilidad de mundo – . Por ello, voy a regresar a mi ciudad natal estas vacaciones.

Rebeca se sobresaltó momentáneamente.

- Entonces, ¿vas a volver al Reino Judía?

- Sí, a Lili Champiñón. – Shinku se dio la vuelta y empezó a caminar de espaldas–. No muy lejos están las Ruinas Risotada y por allí seguro que hay muchos lugares buenos para practicar.

- Aquí también los hay, no hace falta irse tan lejos.

- Ya, pero es que la Llanura Champiñón me la conozco como la palma de mi mano.

Subiendo por la acera, pasó un señor. Se trataba del jefe Buck, un miembro de la policía, un Buckethead. Tenía, como todos los Buckethead, una cuerpo en forma de huevo alargado cubierto al completo de un uniforme policial azul, con varios botones y una placa en forma de estrella. Su cabeza estaba cubierta por algo similar a un casco, de forma que dejaba ver solo un bigote marrón y una abertura rectangular en la cual brillaban unos ojos amarillos con gruesas cejas marrones. Lo más destacado era la sirena sobre su cabeza, roja en otros agentes, azul para denotar su mayor rango. El jefe pasó al lado de la pareja y los miró.

- Buenos días, Rebeca y Shinku.

- Buenos días, jefe – saludaron ambos con coordinación.

Buck miró a Shinku y lo examinó sobre la estructura de seguridad.

- Si fuera otra persona, le diría que se bajase del quitamiedos– señaló el jefe–, pero como sé que eres tú no lo veo requerido. Aun así, ten cuidado, no te vayas a hacer daño.

- Sí, señor– dijo Shinku con ímpetu y haciendo en broma un saludo militar.

- Pasad bien estas vacaciones. Os dejo en paz, que voy a tomarme un merecido café mañanero. ¡Hasta otra!

- ¡Hasta luego!– exclamaron los dos.

El jefe de policía subió por la calle mientras que los jóvenes continuaron descendiendo. Por la otra acera, dos estudiantes corrían apresurados, tanto que no repararon en Shinku y Rebeca. Aunque parecieran humanos, no era así en verdad. Eran mucho más bajos, con piernas tan cortas que parecían inexistentes. Sus cuerpos tenían una forma similar a la del jefe, cubiertos por unos pantalones que más que parecer pantalones parecían pañales y una camisa del mismo color que Shinku. Además de eso, llevaban zapatos marrones. Sus cabezas eran redondas, sin una nariz aparente, dos pequeños ojos negros y, lo más destacado, algo parecido a una pelota gigante sobre la cabeza (si era un sombrero o parte del cuerpo no lo sé, pero todos los miembros de esa especie tenían eso), de color blanco y cuatro círculos, uno delante, uno atrás, uno a la izquierda y otro a la derecha. Mientras que para uno eran rojos, para el otro eran azules. Si quieres saber qué eran, te diré que los conocen como Toads. Los dos Toads, a su bola, siguieron corriendo, creyendo que no llegaban al instituto. Cuando Shinku los veía correr, no era jamás capaz de impedir una risita, y lo mismo le pasaba a su amiga.

Rebeca, queriendo retomar la conversación anterior al policía, se dispuso a hacer un comentario.

- Te gusta mucho el atletismo,¿no?

- Pues claro. – Shinku notó cómo el talón chocaba con un piquete e hizo un salto mortal para seguir su camino – . Me encanta, porque es divertido. Por eso quiero entrenar, para estar bien preparado. Después de todo, en julio y septiembre hay dos torneos.

- Claro, los Iron Athlectics, si no me equivoco.

- Exacto. Bueno, en verdad lo que se celebra en julio son las preliminares, mientras que en septiembre es la competición definitiva. ¡Este año voy a quedar en primer lugar, lo aseguro!

- Eso espero. El año pasado quedaste en segundo puesto, muy cerca. Fue una pena que no alcanzases el primer lugar. Estuviste tan cerca...

- Sí, fue una lástima. Después de que estuvieseis allí para animarme tú y mis padres...

- Pero, de todos modos, la segunda posición tampoco es moco de pavo.

Shinku alzó la mano con el puño cerrado y puso un semblante de ánimo, una evidente actitud de que no iba a darse aún por vencido.

- Ya, pero este año voy a darlo todo por ganar. ¡Haré el doble de esfuerzo!

- Eso mismo dijiste el año pasado.

- ¡Pues haré el triple, o el cuádruple! ¡ Y con todo lo que voy a ejercitar mi cuerpo estos catorce días no puedo fallar! ¡Por Dios que voy a entrenar y entrenar hasta desfallecer!

Rebeca no pudo evitar ruborizarse por su comportamiento; Shinku se había dejado llevar por la emoción y se puso a dar vueltas de alegría a la pata coja. No era la primera vez que algo así ocurría y corregir eso era más difícil que juntar de una vez las yemas de los dedos (para mí es imposible), por lo cual no le quedó más remedio que dejarlo ir. Pese a ello, admitía que le hacía gracia sus momentos de felicidad. Por todo ello, solo podía seguirle el juego y desearle lo mejor.

- Eso, eso, esfuérzate como nadie se ha esforzado.

Siguieron el camino en calma hasta que llegaron al Instituto Internacional de Ciudad Champiñón, un centro de enseñanza al que acudía gente no solo del Reino Champiñón, sino también de diversas partes del mundo. El recinto estaba a una orilla de la calle, un poco más elevado que la misma, con unas escaleras que daban a la puerta. Cuando Shinku y Rebeca llegaron, decenas de estudiantes estaban allí, algunos entrando, otros dejando las bicicletas en el patio y otros simplemente charlando.

Rebeca dejó su bici, cogió la mochila de la cesta y se fue con Shinku al bloque principal junto a otros millares de alumnos, chicas vestidas igual que ella y chicos con chaquetas azules y corbatas o solo con camisas blancas como él. Algo característico del sitio era su enorme diversidad, puesto que no todos los asistentes eran humanos. Muchos de los presentes eran de otras razas abundantes en el Reino Champiñón o de otros países. Pasaron muchos Toads con los detalles de la cabeza que te he descrito rojos, azules, amarillos, morados o verdes, además de otras criaturas, tantas que sería largo de describir. Solo te digo que se veían pingüinos de plumas azules, monos, calamares fuera del agua, topos, tortugas y hasta champiñones andantes con colmillos. Por suerte, no había casos de problemas de convivencia entre diversas especies.

Shinku y Rebeca no eran distintos dentro de la multitud y no llamaban la atención. Iban por su cuenta, caminando despacio y hablando sin presión alguna, aunque sabían que iba a ser la última vez que se vieran ese viernes y hasta dentro de un par de semanas. Al fin y al cabo, había que disfrutar el momento.

- No, Shinku, te digo yo que el primer grupo es hidrógeno, litio, sodio, potasio, rubidio, cesio y francio. El xenón está en el grupo VIII A, no en el IA.

- Eso explicaría por qué nombré mal el compuesto en el examen.

- Pero eso es imposible, el xenón no pudo haberte caído formando un compuesto.

- Ah, por cierto, había algo que quería decirte- dijo Shinku cambiando de tema.

- ¿El qué?

- Los tres últimos días de las vacaciones... ¿estaréis tus padres y tú libres?

- Pues... no sé. ¿Por qué?

- Mis padres habrán vuelto para esos días y quieren ir a nuestra casa en Praderas Solana, así que si queréis venir seréis bien recibido.

Al enterarse, Rebeca se ilusionó. Iba a ser la primera vez en mucho tiempo que estaría en su dulce cabaña, saboreando manjares de la naturaleza, bañándose en arroyos u oliendo las preciosas flores con el viento arrastrando las nubes sobre ella.

- ¿De verdad?

Nanami estará también allí.

- Me encantaría, te lo aseguro. Y si tu prima va a estar, mejor.

- Lo sé, lo vamos a pasar genial. Si por un casual no pudieran ir tus padres, puedes ir sola si te apetece.

- Ya veo. Pero, si te digo la verdad, seguro que me sentiré sola cuando te pongas con Nanami a entrenar y a competir en las barras.

Shinku no respondió. Rebeca, extrañada, giró la cabeza para ver qué le pasaba. Al verlo así, sintió otra vez vergüenza, porque ahora Shinku tenía los dos puños medio alzados y una cara en la que le relucían los ojos azules, un expresión muy parecida a la de un niño alegre.

- ¡No te preocupes, Becky! ¡Voy a entrenar tanto que cuando vuelva no voy a tener ganas de hacer más ejercicio!

Estaba así de alegre porque le habían dado un motivo más, casi una necesidad, de trabajar su cuerpo a fondo durante las vacaciones de primavera. Por suerte, nadie le hizo caso.

- Tampoco hace falta que te esfuerces más de la cuenta...- dijo con voz avergonzada la joven.

Sonó la campana y todos los que estaban fuera entraron al edificio principal por la puerta del porche. Shinku, sabiendo quién iba a darle clases y su actitud ante quienes se retrasan, se precipitó a la puerta dejando a Rebeca atrás. Despidiéndose con la mano, le dijo unas últimas palabras.

- ¡Adiós, Becky! ¡Si estás libre avísame! ¡Revisa tu horario!

- ¡Sí, te mandaré un correo cuando esté en casa y te lo diré!

Dicho esto, se encaminó hacia la entrada para ir a su aula.

El patio se quedó vacío cuando el último estudiante entró en el edificio. Todo daba la señal de que iba a ser un día normal.

Cuando ya todo estaba en calma, desde detrás de lo setos, un perro asomó la cabeza, un perro de pelaje marrón claro salvo en la boca y el hocico, las orejas y las puntas de las patas, donde era oscuro. Además, llevaba una bufanda naranja y, más importante, un cuchillo en la boca.

Dejando de lado esto, lo que tuvo lugar las horas siguientes no es de interés. Tras las tres primeras clases, todos los alumnos fueron llevados al salón del acto para el discurso del director antes de las vacaciones. Shinku, por supuesto, estaba ahí. Escudriñó con la mirada los asientos de delante, de atrás, de la derecha y de la izquierda en busca de su amiga, pero no la veía. Era una lástima que no estuviera a su lado para despedirse como Dios manda, pero no iba a poder ser posible. Miró el reloj de una de las paredes y comprobó que era demasiado tarde. Por mucho que le pesase, tenía que irse ya.

Se levantó y se fue a la puerta del salón. Rebeca, que realmente solo estaba un asiento por delante de él, miró. Solo fue capaz de verle la espalda momentáneamente antes de dejar la habitación.

- Pásalo bien, Shinku- dijo en voz baja y algo triste-. Si sigues así, seguro que vas a ser capaz de imitar a Mario, tal y como querrías.

Shinku cruzó corriendo el pasillo hasta llegar al que unía el bloque del salón del acto con el principal. Mientras lo atravesaba, un profesor iba a escuchar al discurso. Vio al alumno correr apresuradamente y quiso saber el porqué de tantas prisas.

- Izumi, ¿qué te pasa? ¿Ya te vas?

- Sí – le dijo Shinku sin detenerse – . Tengo que coger un avión.

- Ya veo. Ten cuidado.

- Sí – le dijo antes de entrar en el edificio.

Subió las escaleras hasta llegar a su clase. Dentro, sobre su mesa, recogió la mochila azul. Ya estaba preparado para marcharse.

Anduvo hacia la ventana y la abrió. Como desde la calle de su casa, se tenían buenas vistas en su clase.

- El Reino Champiñón es un país hermoso, no cabe duda. Y Ciudad Champiñón es idónea para vivir con sosiego y sin prisas – . A lo lejos, contemplaba las colinas cilíndricas de diversos colores y decoradas con rayas zigzagueantes o con amplios lunares, los pequeños bosques que formaban los árboles, algunos arroyos cruzados por puentes de madera y algún que otro molino de viento. Más cerca, apreciaba las casas, las calles con bonitos adoquines, los vehículos circular por las carreteras, algunos bloques de pisos alzándose sobre la costa, muchos barcos de carga y cruceros cerca del puerto... Ciudad Champiñón se correspondía con estas expresiones: sosiego, sin prisas . Aunque, la verdad, resulta un poco aburrido llevar una existencia así de austera, sin aventuras. Lo que daría por tener un buen lugar para vivir una, un lugar nuevo para ejercitar mi cuerpo. Lo que daría por ser como Mario. – Dicho esto, Shinku se subió a la ó a la cornisa que había debajo. Una vez ahí, caminó una vez más con toda la facilidad del universo. Fue bajando, de cornisa en cornisa, hasta estar encima del porche de la entrada – . Desearía conocer un lugar donde sea capaz de dar todo mi potencial en el atletismo.

Desde allí, dirigió los ojos al entorno y comprobó que no había nadie por los alrededores, incluyendo el suelo precedente a la entrada. Seguidamente, repitió los mismos pasos que en el balcón de su casa: lanzó al aire la mochila y dio un gran salto mortal para caer en el suelo. Caería en cuestión de segundos en el suelo, listo para ir al aeropuerto.

Un día normal como cualquier otro, sin asuntos fuera de lugar.

De repente, aún en el aire, Shinku vio a un perro que salía de la parte trasera de los setos circundantes al campo de fútbol, pero no le hizo mucho caso... al menos un ratito. El perro le empezó a preocupar cuando se fue justo al lugar donde iba a aterrizar. Así, le embargó el miedo a pisarlo, el cual se tornaría pronto en otro miedo al comprobar que llevaba un cuchillo en la boca y que lo dirigía hacia arriba. Por un instante, pensó que el animal se lo iba a clavar. Se asustó, pero todo cambió cuando lo clavó en el suelo como si fuese de mantquilla.

Y ahí comenzó lo realmente raro. Nada más hacerlo, un haz de luz rosada apareció y se dirigió hacia la cúspide celestial; a su alrededor, extrañas circunferencias con el mismo color aparecía formando una columna hasta que todas se hicieron más pequeñas y bajaron al suelo en una explosión rosada. Ahora, donde estaba el haz, que se había desvanecido, apareció un círculo extraño con marcas extrañas y letras aún más extrañas las cuales no sabía descifrar. En el centro del círculo, un agujero se abrió; parecía que se adentraba en la tierra, dejando ver un mundo de colores oscuros y confusos.

Shinku se quedó sin palabras ante el espectáculo, pero todavía más al darse cuenta de que iba directo al agujero. Fue entonces cuando lamentó que nadie estuviese ahí para socorrerlo.

Su caída, para su desgracia, no se detuvo ni se desvió. Sin nada para poder evitarlo, Shinku, seguido de su mochila, entró en el agujero. El can lo siguió.

Detrás de él, todo lo extraño se esfumó. Todo era normal, un día normal en Ciudad Champiñón.