Capítulo 3: Petición urgente
El paisaje lo componían islas flotantes que se mantenían en el aire por electromagnetismo. Varias de esas islas se comunicaban entre sí por unas escaleras de peldaños flotantes. El cielo estaba despejado salvo por algunas nubes, pero seguía siendo un tiempo perfecto para ese día.
Subiendo las escaleras, alguien pasó, una persona que se cubría al completo con una capa un capucha de color blanco rosáceo.
- Espero que Tatsumaki haya podido cumplir bien su encargo.
Para su suerte, fue rápidamente capaz de comprobar que lo había hecho. Desde lo más alto de cielo, algo similar a una estrella fugaz bajaba directo a la isla que tenía justo delante. En unos segundos estarían allí, los dos habrían venido con suerte. Por supuesto, se refería al guardián de la familia, así como a su invitado.
Shinku gritaba, no solo del miedo, sino de todo. No mucho después de haber sido secuestrado por un canino avistó una luz en el túnel oscuro y confuso, creyendo ser la salida. Justo cuando llegó a la luz, vio que estaba en lo cierto, pero no se esperaba un hecho: la salida estaba en medio del cielo. Se encontraba a miles de metros sobre lo que parecía ser un sitio natural, rumbo a un paraje de... ¿islas flotantes? Tampoco es que eso le pareciese tan raro (ya había cosas así en su mundo), pero con la conmoción no podía evitar asombrarse por todo al mismo tiempo que le inundaba el pánico. Sin embargo, lo más alarmante era que se iba a estrellar contra una de ellas, y una caída así suele ser dolorosa. Cada vez estaba mas cerca, más cerca de matarse.
Su caída no se interrumpió. Ya estaba apenas a unos metros de caer sobre una estructura de piedra levantada sobre una de las islas. La velocidad iba en aumento y el riesgo de despeñarse hacía lo mismo. En el suelo, enfrente de una losa gigante y flotante, había un círculo pintado donde, según suponía, tendría lugar el final de su vida. Unas criaturas pequeñas y con diversas formas estaban allí; cuando vieron que Shinku, rodeado de una luz rosa en forma de cometa, se precipitaba sobre ellos, corrieron a ponerse a salvo con agudos gritos.
Cayó y todo acabó sin poder hacer nada. Nada más dar con el suelo, un destello rosa inundó todo. Todo llegó a su final.
La persona tapada subió a la isla y a la estructura de piedra, un lugar muy especial desde hacía siglos y que se mantenía igual que el día en que se construyó. No era un mero monumento turístico ni una antigüedad despreciable, era donde el destino de muchos iba a cambiar. El sino estaba ligado a lo que acababa de caer.
Se quitó la capucha. Vio, delante de la losa con grabados antiguos, en el centro del círculo, una flor gigante pero sin abrir y cuya composición era pura luz, la cual se tendría que desvanecer.
La flor se abrió y lo dejó ver, ahí sentado, con la mano izquierda en la cabeza por la caída.
Sorprendentemente, Shinku se vio a sí mismo, no su cuerpo sin vida cómo un fantasma, sino a través de sus mismísimos ojos de mortal, los ojos de un ser vivo, es decir, no estaba muerto. No pudo pensar bien en cómo había sobrevivido, pero después de todo, tampoco se sorprendía; la cabeza, sin embargo, le daba vueltas.
Pronto se le pasó el dolor y pudo ver su alrededor las islas que había observado desde el cielo, que, por algún motivo, tenía un cierto tono morado, sobre todo por el horizonte. Quiso ver qué había delante suya, y en lugar de más islas, vio a una joven con capa y capucha bajada. Era algunos centímetros más baja que él y gastaba ropas realmente preciosas, al menos eso suponía a partir de donde no le cubría la capa: botas marrones, una falda rosa con otra blanca por encima, una especie de faja blanca con líneas rojas y un chaleco también rosa por debajo. También llevaba guantes blancos y, por detrás, dos telas blancas en la cabeza con cintas rojas que le bajaban por atrás. Tenía el pelo rosa también y dos ojos grandes y morados. La cara se había parado en una expresión de curiosidad, pero que seguía dejando ver una persona aparentemente dulce y buena, e inocente al mismo tiempo.
- ¿Una chica? – dijo en tono bajo Shinku, hasta que reparó en que algo se le movía por atrás, agitándose de un lado para otro, y también dos cosas en la cabeza, todo del mismo color que su pelo (aunque lo primero era de punta blanca). Entonces, fijándose bien y saliendo de su estado, descubrió qué – . Un momento, ¿orejas de perro? ¿Una cola?
Ahora ya lo había visto todo, una chica medio perro, eso sí que era nuevo para él. Se había dado un golpe demasiado fuerte en la cabeza.
La chica, ignorando si le pasaba algo, sonrió a la vez que los mechones enfrente de su cara y el largo mechón que le salía de la cabeza se agitaban con el movimiento de la cabeza. Acordándose de sus buenos modales, se dirigió a su invitado.
- Encantada de conoceros – le dijo a Shinku con una voz encantadora, acorde a su apariencia – . Vos debéis de ser el héroe que ha respondido a nuestra llamada.
Shinku no comprendía nada, ni en la forma como se había dirigido ante un alumno corriente y moliente ni en lo de que había respondido a su llamada, aunque si para ella eso último era lo mismo que decir que un perro le tendió una trampa, entonces su respuesta era sí. Con todo, más le interesaba el apelativo que había usado para él.
- ¿Héroe?
- Os he llamado a este país, Héroe. Yo soy la gobernante de esta nación, la República de Biscotti. Soy la Princesa Millhiore Firianno Biscotti.
Por un momento, no supo qué decir. Nunca había escuchado sobre un país llamado así, ni tampoco sobre la compatibilidad de que una república fuese dirigida por una princesa. Pero si, como decía, era una princesa, lo más cortés sería presentarse.
- Yo-yo – titubeó mientras buscaba las palabras – ... yo me llamo Shinku Izumi.
- Sois el Héroe Shinku Izumi. Ya sé mucho de vos.
- ¿En serio?
Eso último lo dejó aturdido, pero antes de poder preguntarle por ello el perro con bufanda aterrizó llevando la mochila en la boca mediante el asa. El cuchillo que había utilizado cayó y se clavó en el suelo a su lado. Dejó con presteza la mochila y, ladrando, corrió hacia la Princesa. Shinku llegó a pensar que era un familiar suyo o su prometido (quién sabe, como era medio canina...). El perro se paró delante de ella y se sentó; Millhiore, por su parte, empezó a frotarle la cabeza con cariño.
- Tatsumaki, has hecho un buen trabajo trayendo al Héroe hasta Fronaldo.
- Esto – dijo Shinku interrumpiendo a la Princesa – ... Perdonad.
La chica dejó a Tatsumaki y caminó hacia el círculo.
- Héroe, muchas gracias por haber respondido a nuestra llamada y venir a Fronaldo.
- ¿Fronaldo?
La Princesa se puso de rodillas para estar a la misma altura. Cuando lo hizo, cambió la sonrisa por una expresión más seria, propia de un asunto más importante.
- Si no os importa, quisiera contaros nuestra historia y los motivos por los que os hemos convocado al mundo de Subcon. Una vez que hayas escuchado nuestra historia, ¿nos prestaríais vuestro poder?
- Yo... estaría encantado de atender a todo lo que me deseéis contar – dijo con nerviosismo.
- Gracias.
La Princesa se aclaró la voz y se dispuso a decirle toda la historia. Antes de que una palabra saliese de sus labios, por atrás, un destello y una explosión irrumpieron la escena. Shinku, que veía lo que ocurría, le pareció que era un cohete que se acaba de lanzar. Otros dos cohetes lo secundaron. La Princesa, de inmediato, giró su cabeza.-
- ¡Oh, no, ya ha empezado!
- ¿El qué ha empezado?
Giró la cabeza otra vez con el fin de explicarle con brevedad el asunto.
- En estos momentos, nuestra nación se halla combatiendo contra el país vecino, el Reino de los Caballeros de Galette.
- ¿Combatiendo? – Shinku se quedó sorprendido ante su declaración – . ¿Es una guerra?
- No podemos quedarnos aquí.
Se levantó y ayudó a Shinku a hacer lo mismo. La Princesa se fue corriendo hacia la escalera de piedra y Shinku, cogiendo su mochila, la siguió. Tatsumaki recogió el cuchillo y se unió a las dos personas.
- Héroe – prosiguió la Princesa – , mientras nos dirigimos al Castillo Firianno, os iré explicando más detalles. Ahora mismo, urge llegar allí cuanto antes. Estoy segura de que las legiones de Galette están asaltando la fortaleza defensiva de Mion al tiempo que nos movemos. Es necesario darse prisa.
- Sí.
Descendieron los escalones flotantes que unían las distintas islas. Mientras bajaban, Shinku contempló cientos de brotes por todo el terreno y, además, creyó ver vasijas del color níveo con rayas zigzagueantes de carmesí por algunas partes. Era un sitio muy raro, nada que ver con el Reino Champiñón.
Cuando llegaron al final del camino de escaleras, se adentraron en camino de tierra que bordeaba una montaña, aún a mucha altura. Delante suya, una ave enorme y de plumas blancas, con un pico grueso y pequeño y ojos azules. Las puntas de las alas parecían acabar en unos dedos muy pequeños y las plumas de la cola eran largas y rosas. Además, alrededor del cuello, llevaba una cinta del mismo color que servía para dirigir el movimiento de la ave a modo de riendas, puesto que se podía montar.
Hasta entonces, la ave había estado comiendo la hierba de los bordes, pero al ver que Millhiore veía se agachó. La joven dama puso una mano de tela sobre su lomo.
- ¿Y esta ave? – quiso saber el Héroe.
- ¿Jamás habéis visto un Cercle?
- Lo siento, pero no tenemos uno de donde yo vengo- dijo él llevándose la mano a la nuca.
La Princesa se subió encima.
- Esta de aquí es mi Cercle; se llama Halla – .La Princesa le tendió la mano para ayudarlo a subirse – . Por favor, subid.
- Como queráis.
Shinku, deseando montar una especie cuya existencia acaba de conocer, aceptó la oferta y se subió. Se aferró a la cintura de la Princesa. Al segundo, Halla comenzó a correr a mayor velocidad que la que él hubiera sido capaz de recorrer. Detrás, Tatsumaki iba siguiéndolos sin cansancio.
- Dejadme explicaros todo.
- Claro, sí, como gustéis.
- Bien. – Tragó saliva a la vez que buscaba cómo esclarecer la situación a un invitado de otro mundo – . Este es nuestro país, la República de Biscotti, la cual comparte fronteras con el Reino de los Caballeros de Galette. Durante incontables generaciones, Biscotti y Galette han tenido guerras cada cierto tiempo. No hace mucho, hemos entrado una vez más en combate, pero hemos perdido una gran cantidad de batallas. Muchas fortalezas y muchos campos de batalla han quedado destruidos ante el fuego de las catapultas y el poderío de las torres de asalto.
"Ahora mismo, como habéis comprobado, se ha iniciado la batalla decisiva. Mientras hablamos, las tropas de Galette van rumbo a la capital, Ciudad Firianno. El campo de batalla a escasos kilómetros . – La Princesa miró a su derecha, hacia los campos de abajo – . Mirad, están ahí mismo, rumbo a la cruzada.
Shinku miró. Lo que vio fue un inmenso tropel. Había cientos de caballeros con armaduras negras, todos sobre Cercles oscuros. Al frente, había tres Cercles que dirigían la marcha.
- ¿Esos son los enemigos?
- Sí, son los caballeros. Supongo que la vanguardia habrá logrado abrir el paso de la fortaleza defensiva si marchan hacia el lago. – Shinku lanzó la mirada hacia delante. Allí, en un paso, se había levantado una fortaleza de madera, en la cual podía ver una gran cantidad de gente que, probablemente, estarían luchando. Por un momento, la idea de estar ahí abajo, luchando a muerte, lo intranquilizó – . A este ritmo llegarán a nuestro castillo – prosiguió ella.
- Entiendo.
- Y, para desgracia de mi pueblo, no tenemos a nadie que sea capaz de estar a la altura de su integrante más fuerte y poderoso, ser León – . Giró la cabeza y miró a Shinku – . Por ese motivo os hemos traído hasta aquí. Héroe, necesitamos vuestra ayuda. Por favor, prestadnos algo de vuestro poder.
- ¿Mi poder? ¿Queréis que me una a la batalla?
- Exacto. Con vuestra ayuda, podremos vencer.
- Pe-pero – balbuceó con horror – ... si solo tengo trece años.
- Eso no es ningún inconveniente, así que no os preocupéis – le dijo para consolarlo, creyendo que temía no poder participar por la edad – . Mi Capitán es solo un año mayor, por lo que no habrá problema alguno. Héroe, solo vos nos podéis salvar.
Sé que necesitáis auxilio inmediato, pero es que no soy un héroe ni nada así; ni siquiera he usado una espada. Solo soy un estudiante de secundaria, y nada más. – Aunque quiso negarse a morir, cuando vio sus profundos ojos morados, no pudo sentirse capaz de negarse. No estaba diciendo una mera excusa para ganarse un guerrero más, le estaba pidiendo que los ayudase, no solo a ella, sino a una nación entera. Su rostro no era capaz de mentirle, y así era realmente. Pero, por otra parte, tampoco iba a poder ayudar mucho. Vale, que había sacado sobresaliente en educación física era innegable, pero tampoco tenía capacidades para vencer a un ejército – . Si hay algo que pueda hacer – continuó – , podría ayudar.
La Princesa sonrió ante su ofrecimiento y sus palabras que lo hacían valer como un héroe.
- Sois muy modesto. Conozco muy bien vuestras habilidades y sé que podríais cambiar nuestro destino.
- Princesa, creo que os habéis confundido de héroe. Tendría que haber llamado a otra persona, como a Mario o alguien por el estilo.
Millhiore se alegró al escuchar esas últimas palabras.
- ¿Conocéis a Mario? ¡Eso es estupendo!
- ¿Lo conocéis aquí?
- Por supuesto, nos ha salvado ya antes. Primero del Gang de los 8-bits, y luego de la Tropa Koopa.
- He oído un rumor de lo primero, aunque jamás supe dónde fue. ¿Fue aquí?
- Sí, Mario y sus tres compañeros vinieron y nos salvaron a todos.
- Pero... ¿la Tropa Koopa?
- Son unos malvados que intentaron adueñarse de este mundo. Los lideraba un monstruo grande y cruel. ¿Cuál era su nombre?
- Bowser.
- ¿Cómo lo sabéis?
- Porque en mi mundo no deja de ocasionar problemas, tanto él como su séquito de esbirros.
- Ya después hablaremos de este asunto. Lo que sí os puedo decir es que no me he equivocado al traeros. Héroe, creo que lo mejor es que veáis la batalla. ¡Halla, detente!
Halla comenzó a frenar y, tras derrapar unos metros y levantar tierra al aire, se detuvo en el borde del camino. Desde ahí, se apreciaba todo. Delante de ellos, un amplio bosque se alzaba hasta donde alcanzaba la vista, pero justo por debajo, dos caminos que se unían se libraban de la cubierta forestal. El camino que partía de ese punto seguía avanzando hasta un gran lago de aguas de cristal para ser sustituido por una enorme escalera pétrea, la cual ascendía hasta una isla flotante sobre el lago, tan alta que las nubes estaban por debajo de ella. Sobre la isla, se había construido una ciudad coronada por un castillo. En el lago, sobre la parte derecha, había unas islas en el agua en la que se veían muchas personas.
Varios fuegos artificiales explotaron en el aire.
Los soldados avanzaron entre los puentes sin intención de detenerse bajo ninguna circunstancia. Si Biscotti quería guerra, guerra iba a tener.
Un pelotón se adentró en un puente de madera con sus espadas, lanzas y hachas blandidas. A la cabeza, un Shy Guy azul con capa y subido a una especie de avestruz rosa con alas blancas, llamada Ostro, daba órdenes.
- ¡Deteneos!
Cuando lo dijo, todos sus soldados hicieron caso y pararon. Los soldados eran hombres y mujeres y vestían igual: botas magenta, pantalones cortos o faldas, camisetas sin mangas azules, chalecos magenta y gorros compuestos de una cinta magenta rodeando la cabeza, otra cruzándola por arriba desde la parte delantera a la trasera y dos especies de orejeras colgando a ambos lados, también del mismo color. Todos tenían el pelo oscuro y, especialmente, orejas y colas de gato.
Miraron al frente y comprobaron que, por el otro extremo, venía una avalancha de guerreros de Biscotti, también hombres y mujeres, todos ellos ataviados con botas, pantalones o faldas y camisetas de color blanco, una especie de delantales de cuero marrón por la barriga y la espalda y una cinta blanca alrededor de la frente. Sus cabellos, en contraste con las tropas de Galette, eran más claros y compartían todos las orejas y colas de perro.
El Shy Guy, con su fina y larga espada de la realeza, señaló a su equipo.
- ¡Que los que estén más atrás retrocedan e intenten llegar a las islas de la izquierda! ¡Superad los obstáculos y avanzad! ¡El resto que se quede aquí conmigo, y los lanceros, adelantaos y poned las lanzas en posición, con las puntas hacia delante! ¡Cuantos más estómagos de los perros agujeréis, mejor!
¡Sí! – gritaron todos.
Los soldados obedecieron y ocuparon sus posiciones. Los de Biscotti, viendo la estrategia, siguieron avanzado sin miedo. Cada vez estaban más cerca, más cerca de las lanzas, y nadie podía decir que no iban a clavárselas, pero alguno lograría pasarlas y avanzar hacia los líderes. Había que intentarlo; todo por el país y todo por la Princesa.
La primera hilera chocó con las lanzas, pero por detrás saltaron y se abalanzaron sobre sus adversarios. Con ello, las armas comenzaron a chocar y los soldados de ambos bandos a caer.
El Shy Guy, sobre su avestruz, gritaba a su pelotón, diciéndoles a sus guerreros palabras de exaltación de la gloria de Galette y alentando al combate.
- ¡No os rindáis, luchad, luchad con todas vuestras fuerzas! ¡Que se quiebren los escudos enemigos bajo nuestro acero! ¡Hoy es el gran día del orgullo de Galette! ¡No permitáis que os derriben! ¡Aniquiladlos, por nuestro reino!
Y así fue hasta que, por detrás, un soldado se subió a su Ostro y, pese a los zarandeos del animal, logró asestar un tajo transversal. El Shy Guy se calló al agua. El Ostro, confuso, hizo lo mismo sin querer y, en el movimiento, provocó la caída del soldado sobre los troncos del puente.
- ¡Han derribado a un capitán! – se oyó por todo el campo desde los cielos –. ¡Eso son cinco puntos para la República de Biscotti!
Las palabras provocaron el clamor de los combatientes de Biscotti, además de la queja de los de Galette; pero ninguno se detuvo en su labor.
Por encima, a muchos metros, había un enorme cubo que o bien era de cristal o bien de una luz cristalina. Fuese lo que fuese, en su interior se veía lo que parecía ser la proyección de un hombre con camisa blanca, chaleco azul. Sus ojos tenían un color verde. Los cabellos eras naranjas, con dos largos mechones por delante y una fina trenza al final del de su izquierda, y largo por detrás en forma de coleta. Por debajo del cuello, en un colgante, tenía una joya azul. De la boca le sobresalía un colmillo gatuno, a juego con sus orejas y su cola gatunas. Delante suya, tenía algo parecido a un teléfono antiguo, con una anillo de alambre a su alrededor pero sin cable. Se trataba de la versión de Fronaldo de un micrófono, aunque parezca mentira.
- ¡Pero eso no será suficiente para acabar con el espíritu de nuestros guerreros!
Lo cierto es que el hombre no estaba en ese cubo, sino que era, como acabo de decir, un proyección. En verdad, estaba al lado, en una cabina de metal con altavoces similares a gramófonos a los lados, techo de acero brillante y que empleaba una maquinaria especial para mantenerse a flote. En la pared frontal había una abertura con un tablero, dándole el aspecto del mostrador de una taquilla pero sin cristal o de la barra de un bar. El hombre, con una sonrisa apasionada, estaba sentado a la izquierda, cerca de dos pantallas que mostraban distintas partes del campo de batalla. Al lado de la cabina, flotando por su cuenta, una barra de metal sujetaba dos pantallas con números, los cuales iban cambiando constantemente, pero siempre a mayor y con uno de ellos teniendo una mayor ventaja.
- ¡Sin lugar a dudas, hoy vamos a tener una batalla la mar de emocionante, como ya es habitual! Para quienes no me conozcan, yo soy Framboise Charles, de la Radio Nacional de Galette, y hoy seré el narrador de este asombroso combate . – Giró la cabeza hacia la derecha, hacia sus dos compañeros invitados – . Hoy me acompañan dos personas importantes del Reino de los Caballeros de Galette, que se han ofrecido para ser los comentaristas.
La imagen del cubo se movió para dejar ver, por un lado, a un hombre alto, de pelo largo y beige y mirada serena y agradable de color castaño. Por detrás, una larga trenza le llegaba hasta el suelo. Vestía una chaqueta negra y gris por arriba, con hombreras doradas y, por debajo, una chaqueta más oscura con varias líneas blancas formando amplios cuadrados. Sus orejas a rayas marrones y su cola
tenía manchas marrones, similar a la cola de un leopardo aunque de colores más pálidos. A su lado, había una mujer de pelo morado, ojos azules y portadora de un chaleco negro con bolsillos en la parte superior al corazón, corbata morada y que usaba una especie de faja en la cintura. Sus orejas y su cola de felino eran del mismo color. Imagino que te acuerdas de ella, ¿a que sí?
- En primer lugar, tenemos al General Bernard.
- Buenas tardes- dijo el hombre de negro a su micrófono.
- Y también nos acompaña la asistente de Su Majestad, Violette.
- Hola a todos - dijo la mujer saludando.
- ¡Vaya, por lo que veo los soldados que dejaron el pelotón se han hecho con un camino libre para avanzar! ¡Y, además, sus compañeros han logrado abrirse paso por el puente y van a reunirse con ellos! ¡Imagino que ahora podrán avanzar!
Los guerreros,en efecto, hicieron lo dicho y siguieron adelante, cruzando los puentes y derrotando a todos los Soldados de Biscotti que salían al encuentro. Siguieron su camino hasta llegar a un óvalo conformado por pequeñas islas comunicadas por vías tortuosas, como troncos rodantes, puentes demasiado estrechos para una persona o barras para cruzarlas agarrándose una a otra. Por un momento, sintieron pánico, pero se desvaneció cuando, por detrás, regresaba el capitán Shy Guy sobre su Ostro, aún empapados, y los alentaba a llegar al otro extremo.
- ¡Por lo que veo, los obstáculos solamente han empezado! Esas islas no parecen fáciles de cruzar.
Y tenía toda la razón. Los hombres y mujeres atravesaban las vías a duras penas y no siempre con mucha suerte. Muchos resbalaban y se caían al agua, otros pisaban en falso y caían al agua, y algunos agarraban mal y se caían al agua.
La única forma de salir del anillo era por las barras y los soldados de Biscotti, muy inteligentes, las habían engrasado para dificultarles el camino. Tal era la situación que ni la mitad lograba pasar, y la mitad era menos de la mitad que cruzaba la mitad del anillo porque la otra mitad caía por un ataque sorpresa de los cañoneros, que cargaban sus cañones con... pelotas de goma.
Sin embargo, no tardaron en apañárselas para llegar al otro lado. Para alcanzar la parte central del campo, solo les quedaba un puente colgante, y ahí estaban, sobre pasarelas a ambos lados, los de Biscotti usando máquinas formadas por un gran depósito y una boca parecida a la de una bocina y accionándolas para disparar bombas de arcilla que tiraban a sus enemigos al agua.
- Nuestras tropas han pasado por gran cantidad de dificultades – le dijo Franboise a los dos comentaristas – , pero Biscotti siempre se las ingenia para sorprendernos, ¿no les parece?
- Bueno – dijo Bernard – , de todos modos no vamos a rendirnos con tanta facilidad. Biscotti está haciendo un admirable esfuerzo, pero lograremos llegar al Castillo Firianno y tomarlo.
Aunque eran palabras alentadoras, los soldados de Galette seguían sin librarse de toda clase de tretas. Ahora habían dirigido los cañones hacia nuevos sitios, como la zona de barras o un conjunto de estacas enormes para ir pisando una sobre otras, y los caídos se contaban ya a montones. Por desgracia para uno de los bandos, más avanzadillas aparecieron en otros puntos del lago y corrieron a por Biscotti. Quienes habían caído al agua se quedaron flotando hasta que llegaban barcas médicas a recogerlos.
- Biscotti está rescatando a los soldados de ambos países que han sido derrotados. Violette, ¿qué opina al respecto?
- Me gustaría que siguieran luchando sin llegar a rendirse, por muchas veces que sean derrotados – opinó ella.
- Su Majestad aún no ha entrado en combate, ¿verdad?
- Aún no – comentó el General – . Ahora mismo se encuentra en la base que acabamos de establecer cerca del lago tras pasar la fortaleza Mion.
- Sin embargo, tengo entendido que luchará hoy, si no me equivoco.
- Claro – señaló Violette –.Quiere observar cómo va avanzando la batalla para, posteriormente,unirse.
- También se dice por ahí que acabará con cualquier guerrero de Biscotti que intente hacerle frente.
- Por supuesto. Ver a la Reina en combate será un gran espectáculo, no cabe ninguna duda – dijo Bernard – .Por lo pronto, ha encomendado al General Godwin dirigir las tropas hasta que se una. En estos momentos, su batallón está ya preparado para reforzar nuestras filas.
La cámara cambió a una puerta de madera sobre el extremo de un camino, donde una gran cantidad de personas con las mismas vestimentas aguardaban órdenes de su superior. Al frente, sobre un Cercle negro, Godwin, con su cuerpo robusto, su armadura negra y dorada, su cabello marrón oscuro y largo, su mirada fiera y sus orejas y cola, tomó las riendas de su Cercle y dio las esperadas órdenes a sus tropas.
- ¡Guerreros, preparaos para avanzar!¡ Reforzad a las tropas en el frente!
¡Sí, señor! – exclamaron todos y cada uno de los guerreros.
El Cercle oscuro se echó a un lado y los demás soldados se precipitaron por la puerta, cruzaron las primeras islas y llegaron al anillo de obstáculos.
-¡Qué mal, qué mal, qué mal! – exclamó la presidenta del Instituto de Investigación mirando con los prismáticos del balcón del Castillo.
- ¿Ocurre algo, presidenta Elmar? Por favor, déjame echar un vistazo.
- Espera un momento, Olfiliti. ¡Esto es una calamidad!
La presidenta dejó los prismáticos libres, pero el vicepresidente ya no quería mirar. Pese a que la presidenta era mucho más joven que él, pues solo tenía trece años, la seguía con fidelidad y se sentía bien bajo su mando. Era una chica muy bajita, tanto que podría haber pasado por más joven. Tenía el pelo naranja, que le llegaba hasta los hombros, y los ojos del mismo color. Vestía una camisa blanca y, por encima, un suéter color trigo sin mangas y con dos botones grandes en la parte baja. Llevaba una capa blanca que sujetaba a la ropa con un lazo rojo a modo de pajarita. Asimismo, usaba una falda corta con dobleces verticales y de color rojo. Como habitante de Biscotti, hacía gala de unas orejas y una cola de perro muy pequeñas, esta última parecida a la de la Princesa, con la punta de pelo blanco, pero el resto era naranja.
Olfiliti la miró y se percató de su cara preocupada.
- ¿Ocurre algo?
- Sí, las tropas de Godwin van a unirse a las demás, y ahora mismo no nos conviene eso para nada.
Junto a los dos miembros del Instituto, estaban los tres sabios. El más alto y de barba más larga estaba mirando por uno de los dos prismáticos del balcón, mientras que lo otros dos miraban por su cuenta. El más bajo, con su largo bastón de madera, se llevó la mano a la frente para escudriñar por el campo de batalla.
- Por lo que veo – dijo el anciano de estatura media, con piel morena, gruesas cejados, espeso bigote y de cabeza calva – , no tardarán en llegar hasta el final del campo.
- Eso me temo – dijo la presidenta volviendo a los prismáticos.
- ¿Dónde estarán los hermanos Martinozzi? – preguntó el sabio más bajo mientras seguía buscando con la mirada.
- ¡Los veo! – señaló el anciano alto desde sus prismáticos – . ¡Están preparándose!
La presidenta giró los suyos a todas direcciones hasta dar con uno de ellos.
-¡Tienes razón! ¡Y Éclair está ahí!
- ¡Los refuerzos del General Godwin se han unido a los batallones del campo y juntos están avanzado a ritmo prodigioso! – anunció Franboise – . ¡Por lo que se ve, Biscotti no va a rendirse ante la fuerza militar de Galette! ¡Es más, Éclair Martinozzi, Capitán Imperial de los Caballeros, no se está echando a atrás y se mantiene firme en su posición, frente al ejército que corre en su dirección!
Los soldados de Galette, con espadas y escudos rectangulares de madera, corrían y gritaban para atacar. Los de Biscotti, con desventaja numérica, siguieron órdenes y retrocedieron a conformar la barrera defensiva. Sin embargo, Éclair se quedó en su sitio, esperando a que llegase el primero. Este intentó darle con su espada, pero Éclair, quien hizo mano de sus dos cuchillos, bloqueó el golpe y, con rapidez, le atacó. Al recibir el golpe, el soldado se rodeó de humo y de ese humo salió... una bola peluda con cara, orejas y cola de gato que maulló y cayó a unos metros de distancia.
Otro guerrero intentó acercarse y acabó igual. Los dos siguientes atacaron a dúo y no le quedó más remedio que bloquear sus ataques con ambos cuchillos en un forcejeo que terminó por echar a Éclair hacia atrás dando un salto mortal. Derrotar a un caballero no era cosa fácil, y Éclair era, después de su superior, una persona situada en lo más alto de los dirigentes de los caballeros de Biscotti; es decir, había pasado sus catorce años de vida aprendiendo las artes de combate y a dominarlas.
Con cien soldados por delante, no sufrir daños iba a ser difícil si planeaba repetir la misma estrategia con todos los cien. Por lo tanto, tocaba hacer una ofensiva más potente, es decir, realizar técnicas de ataque especiales.
Con un cuchillo apuntando a sus contrincantes y otro apuntando hacia atrás, inició el ataque. El suelo bajo sus pies se iluminó con una luz azul y, de pronto, apareció a su espalda la imagen en luz de un escudo gigante, el emblema de los Martinozzi, formado por un escudo compuesto, a su vez, por dos alas a los lados, dos espadas apuntando hacia abajo en los laterales, dos parejas de las mismas a sendos lados y hacia abajo y una más grande que cruzaba el escudo en vertical y hacia abajo por el centro. Dentro del haz azul, el metal de los cuchillos brilló en el mismo color. A continuación, Éclair cortó el aire con ambos y creó dos ondas de luz que se cruzaban formando una equis. La equis, de gran tamaño y de una energía poderosa, avanzó rápidamente y explotó al llegar a los soldados. Todo se inundó de humo y bolas de gatos saltaron por doquier. Lo había hecho bien.
Con todo, algunos lograron esquivar el ataque o estaban lo suficientemente lejos. Fuera como fuera, estaban sanos y salvos y lograron superar la barrera defensiva que había hecho Éclair.
- ¡Ha sido un ataque destructivo, pero unos pocos soldados han evadido a Éclair y están muy cerca de la puerta de Biscotti!
- ¡Maldición!- exclamó Éclair-. ¡Lorrain, te toca a ti! ¡Páralos, hermano!
Por detrás suya, bloqueando una puerta de madera como la de Galette y junto a otros soldados de Biscotti, había un hombre alto, de pelo castaño dispuesto alrededor de la cabeza como una especie de cortina salvo por la cara, de ojos de mar y mirada afable. Su vestimenta consistía en una armadura blanca, protectores desde las botas metálicas hasta las rodillas y desde las manos hasta los codos, dejando al descubierto la ropa marrón por debajo. Tenía una larga capa por detrás y un cinturón. Su cola era muy peluda y las orejas las tenía caída hacia los lados. Su arma no era una espada, en contraste con los demás, sino una lanza con un borde dorado por un extremo y una punta brillante con una cinta azul ondeante al viento en la unión al mango.
Permaneció en su posición, como su hermana menor, con la lanza en ristre, junto a varios soldados detrás, guardando la puerta. Cuando llegaron los soldados de Galette, se preparó para la defensa. El suelo bajo su pies se iluminó en azul e invocó el escudo de los Martinozzi. En ese momento, Lorrain estaba aguardando a cargar su ataque, con la lanza adquiriendo energía. Y cuando llegó el momento oportuno, hizo un corte horizontal en el aire y creó la onda lumínica que arrasó con los enemigos y destrozó el suelo. Todos los soldados que estaban en su camino se convirtieron en bolas de gato. Otro ataque con éxito (sería cosa de familia).
Pero, entonces, de la inmensa nube de polvo levantada, un soldado dio un gran salto. Pisó, al caer, sobre uno de sus compañeros, que maulló, y ganó un impulso extra para ser capaz de sobrepasar al caballero y alcanzar la puerta. Lorrain, ágilmente, lo interceptó con su lanza y logró derrumbarlo. Al chocar el metal contra el suelo, se generó una nueva nube que se disipó para dejar ver a una bola de gato bajo la punta y que, medio inconsciente, logró librarse para, a continuación, desmayarse al completo.
- ¡Gran trabajo, señor!- le felicitaron por detrás.
Lorrain suspiró de alivio. Habían conseguido frenar a un grupo de soldados, pero quién sabe cuántos podrían venir después. Aunque era el superior de Éclair, el mismo que se sentó a su lado la noche anterior, no iba a ser capaz de parar a un tropel entero intentando cruzar. Como iban las cosas, no dudaba de que tarde o temprano lo lograsen.
-¡Por poco cruzan la puerta de Biscotti, pero el hábil Líder de los Caballeros los ha frenado con éxito! – exclamó el narrador – . ¡Pero bueno, no nos desanimemos, que aún quedan muchos soldados en pie, y eso significa muchas más oportunidades!
- Según estipulan las normas – comentó Bernard – , los puntos de bonificación se otorgarán a los seis primeros soldados que logren cruzar la puerta enemiga antes de finalizar la batalla. Sin embargo, yo, personalmente, querría darle al soldado que más cerca estuvo de cruzar la puerta un bono extra.
- ¡Como oyen, se están ofreciendo regalos a los soldados que casi logren pasar la puerta de Biscotti! ¡Adelante y no se lo pierdan!
- Me alegra saber que sus esfuerzos van a ser recompensados – comentó Violette.
Todos los soldados de Galette, al escuchar sus palabras, estallaron en vítores y gritos de júbilo. El soldado que, fallidamente, había pretendido pasar por encima de Lorrain, maulló en alegría mientras lo llevaban en una camilla al escuchar la noticia.
El cubo era muy grande, tanto que podían verlo gente desde lejos, y la capacidad de los altavoces no se quedaba corta. Shinku había estado observando y escuchando todo durante un buen rato. Había contemplado a los soldados cruzando el puente de madera, el anillo de obstáculos, el avance de Godwin y la defensa de los caballeros, y todo eso lo desconcertaba. Para él, era algo demasiado extraño, un concepto que no alcanzaba a dominar: guerra. A menos que lo hubiesen engañado durante años, una guerra no coincidía con eso. Había leído libros de historia y visto películas, y que supiese en una guerra no ocurría eso. Era un mundo muy distorsionado, que se alejaba de la realidad.
Hasta entonces, Shinku y la Princesa habían estado mirando el campo de batalla en silencio, con Tatsumaki y Halla detrás. La curiosidad lo había invadido y quería satisfacer sus dudas dar explicación a lo que le mostraban sus ojos.
- ¿Esto es una guerra? – preguntó.
- Sí. ¿Es la primera vez que veis un campo de batalla?
- Bueno, sí... pero aquí algo falla.
- ¿Perdón? ¿Ocurre algo, Héroe?
- No, solo que... ¿nadie muere ni se hace daño ni nada por el estilo?
Millhiore se sobresaltó con sus palabras, como si le hubieran dicho algo imposible para eventos como ese.
- Por supuesto que no. ¡Eso sería horrible!
- Perdonad si os he molestado.
- Como sois de otro mundo, comprendo que no entendáis nuestras guerras. A mí me ocurriría lo mismo.
La proyección del cubo cambió a la imagen de un caballero con yelmo gris y pelo azul, con las orejas y la cola de perro de Biscotti, liderando, con su espada, a un conjunto de lanceros. Todos avanzaron y se enfrentaron a los enemigos gatunos, y en el enfrentamiento luchadores de los dos bandos se rodeaban de humo y de él saltaban bolas de gato o bolas con cara, orejas y cola de perro.
- Aquí, en Fronaldo – explicó la Princesa – , todas las guerras se hacen siguiendo unas normas específicas que se recogen en el Tratado Intra-Continental, redactadas hace siglos. En la sección de las guerras, viene acordado que las guerras entre países se llevarán a cabo bajo la absoluta responsabilidad de las naciones beligerantes, esto es, tanto Biscotti como Galette son los encargados de asegurar que no se produzcan daños, accidentes o fallecimientos.
- Vaya, es increíble – opinó Shinku al ver cómo lo habían gestionado todo. La Princesa sonrió con humildad.
- Siempre preparamos cuidadosamente los campos para que no haya problemas. Por otra parte, muchas veces las guerras las empleamos para establecer negociaciones, pero son tan atrayentes para la población que la mayoría de las ocasiones estamos muy emocionados.
- ¿Por eso las emitís en ese cubo? ¿Para que la vean quienes estén cerca del campo de batalla como diversión?
- Sí, aunque ese cubo es una televisión de Fronaldo, y la usamos para informar a los espectadores del campo y a los guerreros. Luego, en cada ciudad y pueblo hay más televisiones, o en las propias viviendas.
- Entiendo.
- Como acabáis de señalar, la guerra, o juegos de guerra, son un medio de entretenimiento para el pueblo. Pese a que se concibieron como medio para solucionar las diferencias entre países de una manera pacífica, cierto es que los juegos de guerra también sirven para que el pueblo disfrute del deporte sin riesgo.
Sin duda, la guerra en ese mundo era muy rara, pero ahora se sentía aliviado de que no tuviera que luchar en un combate a muerte.
La Princesa se giró para estar frente a frente y, con sus delicadas manos, cogió la mano derecha de Shinku. La miró y se dio cuenta de que estaba cabizbaja y con una expresión de tristeza.
- Este es el asunto al que queríamos llegar. No hace mucho, comenzamos un torneo de guerra con Galette, y hemos sido derrotado en la mayor parte de las batallas. Por desgracia, hemos caído en la estrategia de Leonmitchelli.
- ¿Estrategia? ¿Cuál?
- Su Majestad se ha dejado vencer en los combates iniciales para aprender nuestras tácticas militares y dejar que nos confiásemos, y luego ha atacado conociendo nuestras técnicas de batalla y con una elevada superioridad militar. Tal es la situación que hemos ganado la mitad de las batallas.
- Pero eso es bueno. – Shinku, no pudiendo soportar ver su estado anímico, quiso consolarla – . Habéis ganado la mitad, será un empate. Empatar es mejor que perder.
- Bueno, era empate hasta hoy, y esas victorias fueron al comienzo. El combate de hoy es el decisivo, y por lo pronto Galette va ganando el marcador. Según hemos averiguado, Galette no se detendrá con esta batalla e intentará llegar al Castillo Firianno, desde donde gobierno Biscotti. Leonmitchelli desea tomarlo ante todo.
- ¿Pero eso se puede hacer?
- Técnicamente sí, pero ningún país suele alargar tanto las guerras como para que se acaben librando cerca de lugares de interés, y en el caso de los castillos, no muchos intentan asaltarlos, porque suelen estar custodiados para impedir una conquista y no quieren arriesgarse a destrozar lugares muy valiosos y antiguos. En el caso de que hubiese algún destrozo, los vencedores tendrían que hacerse cargo de las reparaciones.
- Supongo que es una cuestión de dinero.
- Sí, pero Leonmitchelli no está preocupada por esa cuestión. Su país ha experimentado un notable y asombroso incremento del tesoro nacional, y no le importa sufragar la mano de obra y el material para la restauración. De la misma forma, sabe que todas nuestras fuerzas principales o bien están ausentes o bien en el lago. Era eso o arriesgarnos a perder, pero no he sabido hacerlo bien.
- Princesa...
- Si Galette se hiciera con el castillo, podrá reclamarlo como pago.
- ¿Se quedará el Castillo Firianno para ella?
- Puede que lo use como villa de vacaciones o como nueva embajada, pero sea como sea, ya no sería propiedad de Biscotti
- Eso sería terrible.
- Lo sé.
Shinku miró la isla flotante, con el castillo de piedras grises y tejados rojos coronando la ciudad. Debía de ser un monumento nacional, equiparable al Castillo de Peach, y era posible que ese día fuese el último en que seguía actuando como tal. Las dos pantallas que flotaban al lado de la cabina voladora eran los marcadores, y el de Galette no cesaba de cambiar. Shinku ni veía los números por la distancia ni los habría descifrado, pero estaba claro que iban en aumento y el de Biscotti apenas variaba.
- Con tantos fracasos – prosiguió ella – , los caballeros y el pueblo han perdido el ánimo. Se sienten inferiores y yo sé que no es así. Están muy deprimidos, pero estarán más tristes si perdemos esta batalla y el castillo. Creerán que somos una nación débil si perdemos el orgullo nacional, y eso pasará si nos derrotan una vez más y nos arrebatan el Castillo Firianno.
- Imagino que a ningún país le gustaría algo así. Se sentirían humillados ante los demás.
- Sí, y más después de todo su trabajo. Y aunque dimitiese, no se sentirían mejor, seguirán sintiéndose débiles. No quiero que estén tan deprimidos.
- Depresión.
- Sí, depresión.
Shinku, sin mover la mano de las palmas de la Princesa, meditó la situación. Biscotti requería ayuda urgente, y para eso estaba ahí. Pero era solo un joven de trece años que estaba de vacaciones y por muy atlético que fuese, no podía ponerse a la altura de alguien que, según la chica que estaba delante suya, no había encontrado un rival. Desde luego, no podía combatir, y creía que desengañarla sería lo más correcto, hacerle ver que no iba a servirles de ayuda.
- Princesa... yo...
Pero no fue capaz de proferir un solo fonema más de sus labios. Cuando veía su dulce cara, sus grandes ojos púrpuras y su expresión de tristeza, no era capaz de decirle nada. Seguía pensando la misma idea, pero no se veía disponible para comunicarle nada. Con todo, ¿qué iba a poder hacer él? No obstante, la Princesa confiaba en él, y le había dicho que tenía las aptitudes adecuadas. Ahora no sabía en qué pensar.
Se acordó entonces de Rebeca y equiparó sus novelas de fantasía a su situación: un mundo en peligro, una guerra, un héroe invocado... Sí, todo encajaba, pero la ficción era la ficción y la realidad era la realidad, tan incompatibles como agua y aceite. Aunque... ese mundo no parecía real. Vale, el anterior tampoco, al menos para ti y para mí, pero para Shinku el aire era muy extraño y se sentía muy extraño, casi como en un sueño, no aletargado, sino con capacidades, capacidades que no podía tener en el Reino Champiñón. ¿Era una mera sensación o magia?
Y, de repente, una vocecita le salió del corazón, y le hablaba por dentro. Le quería decir algo: la Princesa le había puesto las cartas sobre la mesa, y ahora él tenía la oportunidad de jugarlas. Y lo mejor, no eran cartas malas, sino muy buenas. Era otro mundo, un mundo casi de fantasía, casi un sueño, y en un sueño no tenía que cumplir la realidad, en un sueño era otra persona, quizá hasta un héroe. Quién sabe, quizá hasta podía vencer a un ejército. Desde luego, era una gran oportunidad que no debía desaprovechar, una oportunidad que el corazón le incitaba a aprovechar. Sus deseos de habían cumplido. Había alcanzado un lugar nuevo, casi onírico, para mostrar sus habilidades y mejorarlas. O aún mejor, para ser lo que tanto anhelaba: un héroe como Mario.
Entonces, le invadió el pensamiento anterior, y se inició otra vez el debate, el combate de sus mentes. Dos bandos en lucha, y solo uno iba a vencer. Y todo acabó, hubo un vencedor. El vencedor tomó el control de su cuerpo. No podía esperar más y le dijo las palabras que, frente a alguien como ella, no todos hubieran sido capaces.
- Princesa.
Millhiore salió de su estupor y alzó la cabeza.
- ¿Sí?
- ¿Seguís vos creyendo que soy vuestro héroe?
- Sí, por supuesto. Tú eres el héroe que devolverá la fe y esperanza a la República deBiscotti.
Shinku fue ahora quien le agarró las manos.
- Princesa, este país necesita a alguien que sea capaz de ayudaros. Yo, Princesa...
- ¿Sí?
- Yo... – El vencedor tenía ahora que hablar – . Princesa, yo, Shinku Izumi, acepto ser el héroe de Biscotti, y haré mi mayor esfuerzo por ayudaros a a ganar esta batalla.
- ¿De verdad? – La Princesa estalló en júbilo; su cola empezó a agitarse con frenesí de un lado a otro – . Héroe, muchas gracias.
- No hay de qué. Estoy a vuestro servicio, así como al de vuestro país.
- En ese caso, tenemos que ir al Castillo Firianno ahora mismo. Tengo el equipamiento y vuestras armas preparadas para que entréis en combate.
Las manos se separaron y la Princesa, sonriente, fue directa hacia Halla.
- ¡Tatsumaki, Halla, nos vamos!
Se paró delante de Halla y extendió el brazo. Sobre su guante, una luz rosada se encendió y adoptó la forma de un escudo.
- Halla, te voy a conceder el don de volar. Por favor, llévanos al Castillo Firianno.
Halla se agachó para desplegar las alas. Seguidamente, todo su cuerpo se envolvió en una luz rosa; al cabo de unos segundos, se desvaneció. Hallan profirió un grito en seña de que estaba lista para el despegue.
- Héroe, por favor, subid otra vez a Halla. Nos llevará volando al castillo.
- Sí.
Se subieron como antes, ahora con el perro delante de la Princesa pero permitiéndole llegar a las riendas. La Cercle batió sin moverse las alas y, tras prepararlas un poco, se lanzó sobre el precipicio y comenzó a volar.
Durante el vuelo, el viento fresco le removía los cabellos dorados a Shinku, Era la primera vez que experimentaba un vuelo como ese, así que la emoción lo embargó mientras pasaba al lado de las nubes y sobre las nubes. Si no fuera porque estaba aferrado a la Princesa, habría extendido un brazo para impregnarlo de gotitas de agua.
- ¡Estoy volando!
- ¡Por supuesto! ¡Halla es una maestra en cuestiones de volar!
Sobrevolaron los bosques y los caminos, algunas islas flotantes y el lago. Cuando recorrían el campo de batalla por el aire, Shinku echó un vistazo a las islas de combate, con sus artilugios, sus puentes, sus troncos y sus fosos atestados de guerreros. Sonrió con gran felicidad, la propia de un sueño materializado.
"Me da igual si estoy soñando o no; voy a sacarle provecho a este sitio. Si me fuera a casa sin haber jugado aquí, habría perdido la mayor oportunidad de mi vida", pensó Shinku.
La presidenta, oyendo graznidos de una ave que bien conocía, cambió la dirección de sus prismáticos. Con ellos, vio cómo Halla, llevando a la Princesa, a Tatsumaki y a alguien sin orejas ni cola que no conocía, iba al castillo. Si había estado triste, la tristeza se fue.
- ¡No puede ser! – exclamó; llamó la atención de sus cuatro compañeros – . ¡La Princesa viene hacia aquí... con el Héroe!
Todos soltaron un sonido de sorpresa agradable en sus horas bajas.
- Si viene un héroe, esto hay que avisarlo – dijo uno de los sabios – . ¡Rápido, tenemos que decírselo a toda la corte y también a los guerreros!
Los ancianos, la presidenta y Olfiliti salieron del balcón a hacer lo dicho. En menos que canta un gallo, la noticia se extendió por todo el edificio. Dentro del Castillo Firianno, todos recorrieron los pasillos, buscaron los comunicadores y se dispusieron a recibir a su gobernante, acompañada de su Cercle, el perro protector de la familia y de un invitado que les traería una nueva esperanza.
Las nuevas no tardaron en llegar a la cabina de los comentaristas. Dentro, los tres presentadores quedaron asombrados al enterarse de ellas. Framboise, con su entregada pasión por su trabajo, se preparó a dar el anuncio al campo de batalla.
-¡Noticia de última hora! ¡Tenemos un acontecimiento insólito no visto en años: la Princesa Millhiore Firianno Biscotti, gobernante de la República de Biscotti, acaba de traer un héroe a este mundo y este va a unirse al combate en sus filas! ¡Es un hecho histórico! ¿Cómo será el héroe de Biscotti? ¿Podrá ponerse a la altura de Galette?
La noticia se oyó por los altavoces en muchos kilómetros a la redonda. Todos los combatientes cesaron de luchar para atender la noticia. En su base, Leonmitchelli , con su espada clavada en el suelo, escuchó a Framboise con semblante serio, sin inmutarse.
- ¿Un héroe va a venir a ayudarnos?- preguntó Lorrain con su lanza en ristre.
- ¿No es una broma?- preguntó Éclair con rostro totalmente sorprendido.
En el salón del trono del castillo, las criadas se juntaron.
- Unidades de limpieza del castillo, ¿están preparadas las armas y la ropa para el Héroe? – preguntó la jefa de las criadas.
¡Sí, señora! – respondieron las otras cinco a la vez.
- Bien... – Alzó el brazo derecho y, de la mano, solo tres dedos – . Cuando lleguen la Princesa y el Héroe, él tiene que estar listo para salir a combatir en un total de treinta segundos.
- ¡Sí, señora! – dijeron otra vez al unísono y llevándose la mano a la frente.
La noticia causó una gran conmoción en todos. En el balcón, los cinco se habían reunido otra vez. La presidenta, que estaba mirando el campo de batalla para ver la reacción de las personas, oyó los pasos de alguien por detrás. Se giró y ahí estaba su amiga, la Princesa Millhiore Firianno Biscotti, ya sin su capa, con el precioso vestido rosa al descubierto. Junto a ella, revoloteaban los cinco Subcons. Cuando la vieron, todos se giraron. La presidenta fue a entregarle su micrófono.
-¡Princesa, lo habéis conseguido!
- ¡Sí, Rico!¡El Héroe nos va ayudar!
- Bienvenida de nuevo!
- ¡Por favor, Princesa, anunciad al pueblo la llegada del Héroe! – le pidió Olfiliti.
- Ahora mismo.
Cogió el micrófono y caminó hacia el borde. Entonces, empezó a hablar con su diligente voz.
- Pueblo de la República de Biscotti, pueblo del Reino de los Caballeros de Galette, muchas gracias por esperar. Últimamente, nuestra nación ha sido derrotado en muchas ocasiones, pero hoy podremos cambiar el destino del país. ¡Porque en el día de hoy ha llegado un héroea nuestra república y combatirá por nosotros! ¡He aquí al Héroe de la República de Biscotti, Shinku Izumi!
La imagen del televisor gigante mostró, sobre una estructura de madera, a un chaval rubio de espalda con botas negras recubiertas de metal, pantalones oscuros y capa blanca por fuera y roja por dentro ondeando al viento y con el cuello de la misma peludo. Alrededor de la cabeza, llevaba una cinta de color azul oscuro cuyos extremos caían sobre la capa. Con la mano derecha, sujetaba una barra de un metal blanco a excepción de la parte central y con los extremos, dorados y negros y acabados en dos joyas brillantes.
- ¡Con todo vuestro potencial, por favor, ayudadnos, amado Héroe! – prosiguió la Princesa.
Varios cohetes explotaron. Lanzó la barra al aire y, con un gran alto mortal, aterrizó de frente en el suelo, delante de la ahora vacía puerta de madera. Alzando la mano, cogió la barra e hizo varios giros con ella. Shinku había tenido un cambio de vestimenta. Además de las botas, los pantalones, la capa y la cinta, ahora llevaba puesto un chaleco rojo con líneas negras y, por encima, una chaqueta blanca y larga con líneas negras y amarillas. En ambos brazos, en las muñecas usaba una cinta roja enrollada y, en el izquierdo, un protector metálico y un guante negro con agujeros en los dedos libres. En la mano derecha, llevaba, además un anillo plateado con una joya en medio.
- ¡El Héroe Shinku ha venido para responder a la llamada de la Princesa!
Todos los soldados lo miraron asombrados.
Ahora había que pasar a la acción.
