Bajamos del autobús justo a mediodía.

El calor es cansino, las personas yendo y viniendo no ayudan mucho para la temperatura, ni mucho menos el hecho de que el transporte en el que llegamos no contaba con un buen sistema de aire acondicionado.

Ino y yo pasamos a buscar nuestras maletas a la parte posterior y en todo el camino intento no escuchar sus bufidos de toro.

―Joder, Sakura, te dije que era mejor llegar en avión ―Refunfuña mirándome. Genial, ya exploto―. ¡Sólo íbamos a tardar un par de minutos!

La miro de soslayo y después la ignoro, acto que logra enfurecerla más, pero es lo mejor, puede resultar un autentico grano en el trasero cuando anda de ese humor.

Esperamos fuera del terminal a un taxi que tarda lo que nos parece un milenio en llegar. Subimos al auto después de dejar el equipaje en el maletero y como mi mejor amiga aún anda sensible, me dedico únicamente a mirar por la ventana.

Quizás tenía razón y lo mejor hubiese sido montarnos en el avión pero nunca he sido muy dada a subirme a ellos, además fueron un par de horas en carretera únicamente.

―Señoritas, ¿a dónde las llevo? ―Pregunta el conductor desde su asiento.

Abro la boca para darle la dirección de mi casa, que no queda muy lejos de la de Ino cuando ésta última se me adelanta y le da la propia.

No, no, no.

―Disculpe señor, pero creo que tendrá que hacer dos paradas ―Indico, captando su atención.

―¿Estás loca? ―Ino me mira con mala cara―. Nos quedaremos en mi casa un rato para comer.

―No quiero ser malagradecida pero prefiero estar en la mía cuanto antes.

―No ―Sentencia―. Ambas sabemos que nadie ha estado allí desde que vinimos en navidad, así que dudo que la comida esté a reventar en la alacena.

―Serás… ―Me guardo el insulto cuando el conductor carraspea incomodo por nuestra disputa.

―Está decidido, a la dirección que le di antes.

El resto del camino no me apetece hablarle, puede ser tan mandona cuando se lo propone. Aprieto mis puños al sentirme minimizada, ¿es qué acaso no puedo decidir por mí misma?

Para cuando llegamos a la casa sigo molesta y con los dientes apretados. No importa, caminaré las cuadras faltantes.

―Después nos vemos ―Digo dándome media vuelta y empezando a caminar. No quiero estar aquí ni un segundo más.

―Hey, Sakura ―Llama Ino sosteniéndome de la muñeca. Me volteo para mirarla y decirle unas cuantas palabras que sé que sonaran mal pero ni me importa―. ¿A dónde vas?

―¡A casa! No soy una puta muñeca para que decidas por mí, ¿lo entiendes? ―Exploto―. Si digo que me quedo allá, me quedo allá ―Me suelto de su agarre sacudiéndome de un lado a otro―. ¡¿Puedes hacerte a la idea?!

Estoy respirando de forma irregular, aturdida y desorientada por mi propio comportamiento. Nunca le había hablado así a Ino, y me basta una mirada a su rostro desconcertado y después doliente para darme cuenta de que la he embarrado.

―Haz lo que quieras, Sakura ―Habla cortante―. Sólo pensé que sería lo mejor porque tienes que alimentarte bien ―Se da media vuelta y a zancadas entra a su casa. Yo me quedo en la acera pensando en lo que ha dicho y no tardo en sentirme fatal, por una parte tiene razón y estoy agradecida de que desde que sabe de mi embarazo esté tan pendiente.

Regreso hasta la puerta de su casa y toco dudosa. Un escalofrío me recorre al hacerlo, no me imaginé tocando esta puerta de nuevo, ni mucho menos tan pronto.

Pero debo hacerlo, no he tenido motivos suficientes como para comportarme de esa manera. Ha pasado por sobre mi voluntad, es verdad, pero escuchando sus razones se me hace imposible enojarme con ella, no como para gritarle en plena calle.

¿Qué está pasando conmigo? Yo no actuo así.

La puerta se abre con fuerza desmedida y me extraña que no golpee contra la pared de la entrada.

Ino me mira con el ceño fruncido y los labios en una fina línea recta y prensada.

La he jodido.

—Ino...

—¿Vas a disculparte? —Me interrumpe tajante.

Desvío mi mirada hacia un punto indefinido, avergonzada, pero después deparo en lo que he hecho y enfoco su rostro. Esta es otra cualidad recientemente adquirida, me noto mucho más insegura que antes y eso apesta.

—¿Vas a aceptarlas?

La rubia esbelta frente a mi cambia su peso de un lado a otro y su rictus se contrae mucho más.

—Sabes que sí —Admite cruzando sus brazos sobre su pecho—, pero igual quiero escucharte. Habla.

«Puerca.»

Un tic nervioso hace acto de presencia en mi ceja derecha y esbozo una leve sonrisa, que de seguro resulta perturbante.

—Lo siento, ¿está bien? —Comienzo—. No debí tratarte así, sé que actuabas en mi beneficio pero entiende que —Inhalo profundamente—, no estoy acostumbrada a ese tipo de trato. Digo, tú más que nadie sabe lo poco que he recibido cariño y preocupación de mis padres los últimos años —Sonrío con tristeza mientras siento la temperatura abandonar mi cuerpo y un intenso frío apoderarse de mis extremidades—. Digamos que es... Falta de costumbre.

Para cuando termino la expresión de Ino se ha relajada y sus ojos ya no despiden ira, sino compresión. Sin esperarlo, me abraza con fuerza y al separarse me muestra su mejor sonrisa. Acto seguido levanta una de sus manos y la deja entre nosotras, en forma de puño y con cada dedo cerrado, excepto el anular.

El alivio me recorre al interpretar este gesto y copiarlo, hasta que nuestros dedos forman un agarre firme y nuestros pulgares se unen. Es la muestra de paz que creamos cuando eramos niños y discutíamos por cosas insignificantes como quién tenía la muñeca más bonita o las mejores notas escolares.

—Estás disculpada, ahora entra. —Nos separamos y con un poco de recelo, le hago caso, dejo mi maleta en la entrada, a un lado de la puerta y voy detrás de ella. Cada paso que doy es como un balde de agua fría, me siento indigna de pisar este hogar, el cual la madre de Ino se encargó de transmitir tanto la calidez como su aura reconfortante, brillante.

Me distingo como una mujer que traicionó su memoria y el remordimiento se abre paso en mi pecho.

Tengo que salir de aquí lo antes posible.

—Ino, sigo pensando que lo mejor será... —Dejo de hablar cuando tira de mi brazo y me sienta en el banco al lado del mesón que predomina en la enorme cocina.

—Puedes irte a penas comas un poco. —Después de varias negativas de mi parte y regaños del suyo, me quedo en el sitio y muevo mis manos, nerviosa, debajo del sólido material, inquieta.

No tengo que estar tan ansiosa, después de todo es viernes y Sasuke no estará aquí hasta el final de la tarde, pues este es el día predilecto para las competencias semanales entre los miembros del club de golf que preside.

Recordarme eso ayuda a disminuir mi estado hasta el punto en que parezco totalmente tranquila.

—¿Necesitas ayuda? —Indago al verla pelearse con un envase de tomates en salsa. Mi amiga no se rinde, ni tampoco me sede el objeto de su frustración hasta que por fin se abre.

—Prepararé un poco de Baked beans —Indica, aunque de sobra sabe que no me negaré. Es uno de mis platos favoritos desde que lo probé por primera vez aquí, en su casa, gracias al grandioso don de cocinar del que su madre era poseedora, no es un plato japonés, pero como ella tampoco lo era, en este hogar es común degustar estos platillos. La mamá de Ino era inglesa, más específicamente de Londres, de ahí las facciones exóticas de mi amiga, sus ojos azules y cabello rubio es muy común en aquel pais pero no aquí, por lo que constantemente mi amiga es tachada como extranjera.

—Te ayudaré. —No doy tiempo a réplicas esta vez pues ya estoy de pie y a su lado. Necesito hacer algo para mantener mi mente ocupada.

Y así, entre bromas y uno que otro percance con la preparación, cocinamos alegremente. Acompañamos todo con un gran vaso de soda que había en el refrigerador.

Casi una hora después, con el estómago lleno y una Ino alegre después de la pequeña discusión, me pongo de pie. Mi mejor amiga hace lo mismo, pero lo único diferente es que me mira de arriba a abajo, estudiandome, cosa que me hace sentir incómoda. Después de su extraña inspección, me mira al rostro con alegría.

—No creas que se me ha olvidado. —Dice.

—¿El qué? —Pregunto confundida.

—Que tienes que ir al doctor, o especialista.

Oh, cierto.

—Sí —Concedo—, pero no será hoy.

—¿Por qué?

—Llegamos hace unas horas, Ino —Recuerdo—. Puede esperar hasta mañana.

La verdad es que muero por ir a mi primera consulta, pero hacerlo también me aterra. Es un miedo latente en mi pecho, muchas incógnitas rondan mi cabeza, aún conocedora de que el momento llegará, más temprano que tarde.

—¿Con seguridad? —Su mirada desconfiada me confunde.

—Sí, ya te he dicho.

Al oírme cierra sus ojos y parecer tomar un respiro. Cuando vuelve a enfocarme, sus ojos brillan emocionados.

—He visto una guía aquí —Parece recordar pero no dar con su ubicación—. De esas amarillas, ya sabes, en las que promocionan todo tipo de servicios.

—¿Quieres empezar por allí?

—Claro, así sabremos desde el principio donde ve el mejor gineco-obstetra y su horario.

Su explicación es muy viable, a la par que eficaz, por lo que accedo de inmediato.

—¿La buscamos ahora?

Ino me mira, vuelve a tornarse pensativa y después asiente. Juntas comenzamos a revisar en la biblioteca, sala de estar y el estudio de su padre. A este último me cuesta entrar, pero ya adentro, puedo percibir el toque de su dueño, los cuadros enmarcados en madera envejecida, el orden impoluto de cada libro de su estantería, la repisa con varios trofeos de diversos campeonatos de golf, todo es indicador de Sasuke. Hasta el olor del lugar, pues puedo percibir claramente el olor de su colonia, tan masculina y atrayente como la de aquella noche, es la misma que uso esa vez.

Aspiro con fuerza sin que mi amiga se dé cuenta, podría tomarme por loca o que se yo, pero no puedo evitarlo. El aroma me invita a hacerlo y me traslada a diversos sucesos del último día del año.

—No lo encuentro. —Musita mi acompañante removiendo varias guías.

Espabilo entonces y comienzo a ojear en otras lugares, sintiéndome en el fondo como una intrusa en este lugar.

No damos con la guia, por lo que pronto regresamos a la sala. Recojo mi maleta de la entrada y voy a abrir la puerta para salir de allí luego de despedirme de Ino.

—¡Espera! —Me interrumpe con un chillido cuando ya tengo un paso en la entrada. Volteo mi rostro para encararla, confundida.

—¿Qué sucede? —Hace un gesto con su mano para que me quede en el sitio y así lo hago.

—Ya regreso, déjame registrar en un último lugar. —Eufórica vuelve a subir las escaleras y me deja allí, en la entrada, con una mueca en el rostro.

Pasan los segundos y ella no regresa, por lo que vuelvo a cerrar la puerta y decido esperarla al final de los escalones. Miro hacia arriba cuando escucho como mueve cosas pesadas y cierra cajones, negando con la cabeza. Es tan animada en algunas ocasiones que el solo verla me cansa, no obstante admiro esa parte de su esencia, su cualidad.

Probablemente si ella no hubiese sido así desde pequeña, yo no sería como soy ahora. Ino se hizo mi mejor amiga en los años de escuela cuando todos los demás se burlaban de mí, haciendo bromas referentes a mi frente o color de cabello. Ella me defendió una tarde y casi hizo llorar a una de las niñas que me molestaba por las cosas que le dijo, esa fue la primera vez que alguien me defendió con tanto ahínco. Una sonrisa se instala en mi rostro gracias a mis recuerdos.

—¿Sakura? —Me nombran desde la puerta. Mi columna toma una postura recta y tensa al hacerlo. No puede ser, él no debía estar aquí.

Miro hacia el sitio de donde proviene la voz y me congelo al ver su imperturbable rostro y sus oscuros ojos observarme con atención.

Se ve tan guapo con su uniforme blanco de camisa y short hasta las rodillas, sí, viene del club, de eso no hay duda, pero, ¿por qué tan pronto?

Esto no era lo que tenía en mente.

—Hola, señor Sasuke. —Saludo por lo bajo, observando como su labio inferior se mueve un poco al escuchar la forma en la que lo nombro.

Justo como la última vez que hablamos, el silencio se abre paso y yo sólo quiero que la tierra me trague y me escupa en cualquier otro lugar, pero lejos de él, de su presencia, de aquella atracción magnética que me impulsa a querer lanzarme a sus brazos y contarle todo. Esto último es lo que más miedo me da.

—¿Dónde está mi hija? —Pregunta, con voz seria.

—Arriba —Respondo temblorosa—, está buscando... Algo.

Siento mi cabeza dar vueltas al saber que casi estuve a punto de meter la pata.

—Entiendo —Después de lo que me parece una eternidad de intercambio de miradas, cierra la puerta, pero sin dejar de verme. En uno de sus hombros está afianzado un bolso con sus palos de golf. Da unos pasos en mi dirección y yo tengo que hacer un enorme esfuerzo por recordar como respirar—. ¿Y... Cómo va todo?

Intenta entablar conversación, contrario a la noche anterior, y saberlo me da un poco de alegría.

—Bien —Respondo, subiendo un poco la mirada hacia las escaleras, indecisa, pues quiero que mi amiga baje y por otra parte, no quiero del todo que lo haga. Él deja su bolso a un lado, muy cerca de mi maleta.

―¿A qué hora llegaron? ―Indaga.

Me toma unos segundos entender lo que está haciendo.

―A mediodía ―Admito―. Pero ya debo irme.

No puedo seguir aquí. Camino hasta mi equipaje pero para hacerlo tengo que pasar a su lado, acto que me dificulta al interponerse en mi camino. Lo miro temblorosa, sintiendo el pulso acelerado de mi corazón en los oídos. Creo que me van a estallar.

―¿Están esperándote? ―Su voz sale baja y sensual. Diablos, no me conviene estar tan cerca de su persona.

―No ―Balbuceo.

Volvemos a mirarnos y en esta ocasión todo se vuelve más real mientras los recuerdos de lo sucedido me invaden y convierte mi sangre en lava ardiente que corre por mis venas cuando lo noto mirar discretamente a mis labios.

―Ya veo.

Ninguno de los dos se aparta de la puerta, sólo nos dedicamos a mirarnos profundamente.

No puede estar pasando, sigo molesta por cómo han resultado las cosas, pero en este preciso instante eso no me importa, lo único que se abre paso en mi mente a cada segundo es lo atractivo que resulta tenerlo así, tan cerca y sin que trate de alejarme… Como la primera mañana del nuevo año, cuando desperté y me lo encontré sentado en el borde de mi cama con las manos en su cabeza y maldiciendo entre murmullos.

Esa última memoria hace que despegue la vista de su ser y dé un paso atrás.

―Debo irme. ―Tomo un poco de fuerza de voluntad y rodeo su cuerpo, embriagándome esporádicamente por el olor a su perfume y olor natural.

Rápidamente su mano se cierra sobre la mía y yo me estremezco al sentir su cálida piel. Lo enfoco contrariada por su acción y después miro nuestras manos unidas, la suya casi del doble de tamaño que la propia y de un color un poco más pálido. Me ha tomado con la que está libre de guantes.

Siento una breve caricia de su parte en mi mano y mis ojos corren hacia su rostro, preguntándome si lo habrá hecho adrede. Al parecer sí, pues él no despega su vista de la unión. Parece pensativo y cuando me enfoca pienso que quiere decirme algo, por lo que aguanto mi respiración.

―Sakura, ¡lo conseguí! ―Grita Ino comenzando a bajar las escaleras, inmediatamente nos soltamos y tomamos una distancia prudente. Siento mi rostro arder.

Mi amiga llega hasta nosotros, pero no se ha dado cuenta de la presencia de su padre, pues viene concentrada rebuscando en la guía de páginas amarillas.

―Ino… ―Llamo su atención, pero ella ni se entera.

―Tranquila, ya di con lo que buscaba ―Pasa varias hojas y después señala con un dedo un párrafo―. ¡Bingo! Aquí está la sección de…

―¡Ino! ―Interrumpo, temerosa de que diga algo comprometedor delante de su padre. Mi llamado la alerta y sube la mirada, notando por primera vez que no estamos solas.

Cierra la guía rápidamente.

―Oh, padre ―Esboza una sonrisa―. No pensé que llegarías tan pronto.

Sasuke la mira con atención, sin pasar por alto lo que trae entre sus manos.

―Ya estoy aquí ―Responde simplonamente―. ¿Para qué necesitas eso? ―Señala la gruesa guía.

Yo palidezco a la par que Ino sonríe nerviosamente. No creo que le cuente la verdad, pero es sabido la astucia de su padre para detectar las mentiras que profesa.

Compartimos una inquieta mirada mientras pienso en qué hacer. La rubia sigue sin pronunciar palabra, así que digo lo primero que viene a mi mente.

—¿Conseguiste el número del odontologo que nos recomendaron? —Al principio no entiende a lo que me refiero, pero cuando lo capta, me sigue la corriente.

—Sí, después de tanto buscar lo encontré.

Se acerca lentamente hasta nosotros y comienza a rebuscar entre el montón de páginas.

—¿Sabes algo, Ino? —La miro con desinterés—. Mejor me lo envías por mensaje, ya debo irme —Doy media vuelta justo cuando mi mejor amiga va a despedirse y el teléfono local suena. Me da un abrazo y susurra que hablaremos más tarde antes de ir a contestar. Sasuke y yo quedamos solos de nuevo y esto no puede sentirse más extraño—. Nos vemos.

Camino aún desconcertada hasta la puerta y la abro, como una ilusión estúpida espero un poco, soñando que me dice algo pero cuando pasan los segundos y nada de lo que quiero sucede, empiezo a cerrar la puerta.

—Sakura —Me detengo en seco al oírlo.

—¿Sí?

Todo parece transcurrir en cámara lenta después de eso, pero yo sigo aquí, en el umbral, estática y sin poder mirarlo. Ansiosa por saber lo que quiere decirme, aunque esto resulte ser lo que menos imagine y resquebraje un poco más mi maltrecho órgano palpitante:

—No olvides la maleta.


Antes que lo mencionen, yo también odie a Sasuke por esto último, pero bueno, tampoco es como que en su relación original, hayan comenzado de la mejor forma.

Simplemente el cierre, pienso, es muy de él.

¿Y bien? ¿Me alegrarán el día con sus comentarios?

Besos.