No dejo de admirar la primera ecografía de mi bebé. Es imposible no hacerlo cuando tengo la prueba de su crecimiento en mis manos. Se ha vuelto mi fotografía favorita, pese a no calificar como una en sí.

Me tumbo bocarriba en mi cama y sonrío.

Han transcurrido cinco días desde mi primera consulta, sumatoria de horas en las que he estado adaptándome a la idea de ser madre como nunca imaginé. La doctora Mei me recetó múltiples medicamentos y jarabes que deberé de tomar de manera intermitente a lo largo de mi embarazo. Han sido muchos, pero me he acoplado a la idea de hacerlo, por mi pequeño o pequeña.

Acaricio mi vientre suavemente, aún sin borrar la expresión de alegría de mi rostro. Todavía no sé cuanto afectara mi futuro el ser madre a esta edad, después de todo planeaba tener mi primer hijo a los 29 o 30 años, la veía como la edad indicada. Quiero decir, ya estaría graduada, contaría con una carrera, una estabilidad económica infaltable para estos casos, pues aunque no es lo primordial, quisiera darle lo mejor a mi bebé. Eso es en lo que siempre piensan las madres, ¿no?

Pero sé que a diferencia de mis planes, nada ha ocurrido como esperaba. La vida no siempre depara lo que uno se imagina, por eso enseña tantas cosas. A tan poco tiempo de tener mi título, sin un trabajo, planes con bajas probabilidades de cumplir, ni un padre para brindar el apoyo necesario en estas circunstancias, todo resulta difícil y hasta cierto punto desesperanzador. Acaricio con más ahincó mi abdomen bajo y cierro los ojos, erradicando cualquier tipo de expresión en mi rostro, dedicándome únicamente a meditar y analizar con más profundidad todo lo que se avecina. No seré la primera madre soltera que salga adelante, pero sí una más que surja y luche por un buen futuro para el ser que crece en su vientre.

Tendré que comenzar a pensar mejor las cosas, debo priorizar mis proyectos futuros de manera que nos beneficien a ambos. Recuerdo la cuenta con los ahorros que han ido quedando de cada depósito que mi padre me ha hecho, sumando alrededor de la mitad de cada una de sus transacciones en los últimos casi cinco años me da una cantidad moderada que servirá para los gastos de mis próximos meses. No obstante, debo valerme de otra fuente de ingresos, ya es hora.

Necesito ahorrar y armar un plan de vida fidedigna y accesible para mi actual situación, pero ni ser consciente de todo lo que la misma implica puedo dejar en segundo plano mi felicidad, la que mi pequeña criatura ha estado creando en mí. Nunca me visualicé como una madre excesivamente cariñosa, aunque debo admitir que por el camino que voy, quizás y hasta salga sobreprotectora.

La alarma de mi teléfono móvil comienza a sonar, anunciando que ya llegó la hora de que tome el acido fólico. Me incorporo, apago el celular y bajo para hacer lo que el momento indica. Aprovecho que estoy en la cocina para tomar un vaso con agua y comer una porción de fresas. Sentada nuevamente en mi cama, enciendo la laptop y empiezo a navegar por internet para entretenerme mientras escucho Microphone en mis audífonos.

Al día siguiente me levanto con una profunda arcada sacudiendo mi esófago, donde mis residuos estomacales están haciendo acto de presencia. Corro rápidamente hasta el baño que queda en mi habitación y me acuclillo frente al retrete para devolver lo que comí la noche anterior. A esa primera acción le siguen unas cuantas más como reacción, esto se siente horrible. Es la primera vez que tengo las llamadas nauseas matutinas, aunque más que eso parece que una bestia pulsara por salir de mi interior por todo lo que expido.

Cuando ya he vaciado todo lo que tenía para dar, bajo la manilla y me siento a un lado, extendiendo brazos y piernas, intentando que me entre algo de aire. Me siento fatal. Sólo quiero… Que alguien cuidara de mí en este instante, entonces es allí cuando aquella terrible y desagradable sensación regresa para recordarme una vez más lo sola que estoy.

Sin un padre que me tienda un vaso de agua…

Ni una madre que agarre mi cabello mientras devuelvo todo…

Así como tampoco un futuro padre que le dé palmaditas a mi espada, susurrando suavemente que pronto mejoraré…

No, nada de eso es para mí.

Un sollozo irrumpe en el recién instaurado silencio y puedo apreciar el eco de mi propio derrumbe. No quiero llorar, no me apetece sentirme mal ahora, pero es lo que hay. Sin más.

Se siente tan jodidamente mal estar sola en una mañana como esta. Sé que tengo a Ino y que con solo llamarla la tendré en la puerta preocupándose, pero más importante, ocupándose de mí, como la hermana que siempre he visto en ella.

Paso la mano por mi rostro cuando recuerdo ese último detalle, sintiéndome mal, como lo he venido haciendo cada vez que recuerdo lo que ocurrió aquella noche.

¿Qué clase de persona soy? ¿En quién me convertí?

Lloro a todo pulmón entonces, nadie me escucha o mejor aún, a nadie le importa. Lloro por todo lo ocurrido, por mi manera de actuar, por lo vil que ante mis ojos se vislumbra esta situación ―excluyendo a mi bebé, que es lo único bueno de todo esto―, por la traición cometida, y porque perderé a mi mejor amiga de toda la vida cuando se entere.

Aún recuerdo como tuve que interrumpir a la doctora el día de la cita cuando estaba por dar un estimado de tiempo de gestación hasta el día, no podía arriesgarme, Ino lo notaría y las cosas se precipitarían.

Llevo las manos a mis sienes y las acuno, sintiéndome repentinamente desesperada y miro al techo, como si en éste apareciera la solución a todo de un momento a otro. Aunque obviamente no lo hace. Comienzo a respirar profundamente para intentar calmarme y estabilizarme. Necesito un poco de aire.

Sosteniéndome de la pared para estabilizarme mejor, me levanto poco a poco. Todo me da vueltas. Llevo una de mis manos a los ojos y espero a que el mareo pase, me urge un poco de aire fresco. Como puedo, a pasos lentos, vuelvo a la habitación y busco lo primero que consigo, me visto con un jean con aberturas en las rodillas y una camisa larga y roja, me pongo unos botines cómodos y recojo mi cabello. Tomo las llaves de casa y antes de salir tomo un vaso de jugo con uno de los medicamentes que me toca al despertar y salgo.

Tan solo cerrar la puerta de entrada y escucho el ruido de una moto acercarse, no le presto atención, por lo menos no hasta que se detiene cerca y claman mi nombre.

Me volteo para darme cuenta que ha estacionado en la casa de al lado y una sospecha surca mi mente. Una muy poco probable, debo decir.

―Sakura ―Escucho al hombre antes de que se quite el casco. Lo deja en uno de los laterales de la moto después de bajarse y camina hacia mí. No puedo hacer más que quedarme estupefacta ante su presencia, no es sino hasta que ya lo tengo en frente que me permito parpadear y darme cuente de la situación―. Tierra llamando a Sakura ―Bromea.

Le sonrío al escucharlo y como ya tiene sus brazos extendidos en mi dirección no lo pienso mucho y me lanzo a sus brazos. Se siente tan bien estar entre estos, fuertes, cálidos, reconfortantes.

―¿Cuándo regresaste? ―Pregunto al separarme.

Sasori me da una de sus sonrisas arrebatadoras, o como yo le decía antes, derrite-bragas.

―Anoche, pensé en saludar pero las luces estaban apagadas ―Explica.

―Tienes razón, anoche dormí temprano.

―Lo noté, así que no quise molestar.

―¿Sabías que estaba allí? ―Indago.

Se balancea levemente sobre sus pies y mete las manos a sus bolsillos.

―Le pregunté a mis padres.

Vaya.

―Eso es… Lindo. ―Admito, con una nueva sonrisa que él no tarda en responder de igual forma. Le doy un breve repaso con mi mirada y me doy cuenta cuanto ha crecido en comparación a cuando se fue de casa por cosas de los estudios, ahora es y se ve como todo un hombre.

―Bueno, ¿terminaste con la inspección?

Me coloreo al instante que lo miro de nuevo a los ojos.

―Lo siento, es que… ―Balbuceo, provocando una sonora risa.

Sakura tonta.

―No hay problema ―Serena―, tampoco es como si yo no haya hecho lo mismo hace un rato.

Vuelvo a colorearme por lo sensual que le ha salido ese susurro. Sasori siempre ha sido coqueto, incluso cuando éramos novios se armaban pequeñas discusiones entre nosotros por lo mismo.

Sonrío al recordar aquellos tiempos, teníamos tan solo 16 años y nos caracterizaba la inmadurez. Sin embargo, debo admitir que tengo buenos recuerdos de aquellos meses en los que compartimos una relación afectiva.

―Y… ¿A dónde ibas? ―Indaga.

―A dar una vuelta, despejar la mente, ya sabes.

―¿Te gustaría que te acompañara?

No estaba en mis planes tener compañía, pero pensándolo bien, no me caería mal y mucho menos después de mi anterior desplome.

―Por supuesto, así conversamos de lo que ha ocurrido en este tiempo.

―Bien, ¿vamos en mi moto?

Palidezco al instante y niego repetidamente.

―Ni loca, me dan pánico.

Su rostro es teñido por la diversión que le causa mi manera de expresarme. No puedo hacer nada contra esto, siempre les he tenido miedo a las motocicletas y en mi actual estado no lo considero la mejor opción, son muy peligrosas.

―Bien, espérame y la guardo ―Accede. Lo acompaño hasta la entrada de la casa de mis vecinos de toda la vida, sus padres y él guarda su transporte en el porche. Regresa a mi lado y me hace un gesto para que comencemos a caminar.

Así lo hacemos, andamos juntos, charlando y riendo de todo lo que nos ha ocurrido en este último tiempo, casi me ahogo de la risa cuando me cuenta sobre como en las practicas de la policía le tocó acudir gracias a la llamada de uno de los vecinos del vecindario, a una casa de la que habían llamado para reportar un robo, para que al final, resultará ser que la pareja de casados que vivía en el lugar tuviese cierta preferencia a variar el modo en el que se llevaban sus encuentros. Pequeñas lagrimas resbalaron de mis mejillas por reír tanto, aunque a diferencia de las de la mañana, estás no me hacían sentir mal. Cuando me detalló la forma en la que su compañero había arrestado al "ladrón" semidesnudo, quien trataba una y otra vez de explicar la realidad de la situación mientras su esposa gritaba como loca, tuve que hacer un alto para poder tomar un poco de aire ya que tantas carcajadas me lo habían quitado.

Nos sentamos en una de las bancas de la pequeña plaza cerca de donde vivimos y nos deleitamos con la brisa fresca y la buena compañía, hasta ahora me doy cuenta de la falta que me hizo falta el pelirrojo en mi vida, pues tanto antes como después de tener algo, gozábamos de una excelente amistad. No tanto como la que mantengo con Ino, pero muy cerca de serlo. Reencontrarme con un viejo amigo en semejante situación, resultó ser un respiro para mi alma.

Para cuando decidimos regresar a casa, yo aún mantengo la sonrisa en mi rostro.

Mi teléfono comienza a sonar desde el bolsillo delantero de mi pantalón y lo tomo para contestar la llamada.

―Hola ―Saluda.

―Hola, frente. ¿Qué tal amaneces?

―Bien, ¿y tú?

Ino lanza un chillido de emoción, lo cual me da a entender que su día comenzó mucho mejor que el mío.

―Excelente. Adivina quién me ha llamado… ―Canturrea.

―Sai ―No hay que ser muy listos para saber que el único hombre sobre la faz de la tierra que pone a mi mejor amiga así, es él.

―¡Qué inteligente! ―Bromea―. Sí, ha sido Sai. Me ha pedido vernos.

―¿Y cómo harás? ¿Viajarás de regreso a la ciudad antes de lo planeado? ―Cuestiono.

―No, frente. Por eso es que estoy tan emocionada, no tendré que hacerlo.

―¿Cómo se verán entonces? ―Unas chicas vienen en nuestra dirección por la misma acera y se quedan viendo a un lado de mí, casi olvidaba lo atrayente que puede resultar Sasori para la mayoría de las mujeres. Cuando las hemos pasado le codeo el costado a modo de broma y le guiño un ojo, divertida, a lo que responde con una risa masculina y negación de cabeza.

―Fácil, frete. ¡Sai está aquí, en la ciudad!

―Vaya, eso no lo esperaba ―Admito.

―Ni yo ―Repone―, el caso es que va a quedarse este fin de semana en la casa de un amigo y me ha invitado a salir, a que le muestre el lugar, ya sabes.

―Me parece una buena idea.

―A mí igual, como sabrás, le he dicho que sí.

―¿A qué precisamente? ―Bromeo.

Ino estalla en carcajadas.

―Todavía no hemos llegado a ese punto, frentona, y lo sabes.

―Sí, lo sé, continua ―Insto.

Toma una ruidosa bocanada de aire, así que me preparo para lo que va a decir, que desde ya, sé que me incluye a mí como alcahueta.

―Deberás cubrirme apoyando la idea de que estaré en tu casa todo el día y parte de la noche, o quizás toda… ―El final lo susurra pícaramente.

Coloco mis dedos índice y pulgar alrededor de mi tabique y lo presiono levemente.

―No creo que sea necesario, Ino, tampoco es que tu padre te pide explicaciones para todo.

―No lo hace, Sakura, pero igual nota todo lo que hago. ¿Debo recordarte lo de la fiesta de navidad?

Y entonces siento como si un balde de agua fría se desploma sobre mí. Claro que lo recuerdo. Sé que Ino se refiere a su ausencia del último día del año y la reprimenda a medias que se llevó cuando por fin pudo llegar a su casa. Por lo que me dijo, su padre parecía estar de muy mal humor aquel día por lo que solo le dio a saber que estaba al tanto de su mentira y que no lo volviera a hacer, para finalmente encerrarse en su cuarto por el resto del día.

Mi mejor amiga pensaba que el acto irresponsable lo había enojado como nunca, pero yo era consciente de la verdad, Sasuke no se encerró por estar molesto, al menos no con Ino, sino con él mismo y conmigo.

De pronto toda la alegría adquirida al lado de Sasori se va por el caño…


Hola, gente:3

Por aquí estoy de nuevo con una actualización que espero les agrade.

Ansío leer sus opiniones, siempre me ayudan. Unas un poco más que otras y con esto quiero aclarar que dicha historia no será un cuento rosa, tendrá sus altas y bajas, como todo en la vida.

Besos.