DISCLAIMER: Ninguna de las cosas mencionadas son mías, todo es de George R. R. Martin.


CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO


II

AEGON FREY/CASCABEL

SONRISAS

Cascabeles y risas, cascabeles y risas. Todo es alegre, es un día de gozo para todos. En esos momentos, Aegon se sentía más dichoso que nunca. Le habían permitido asistir a la ceremonia para animar a los presentes con sus cascabeles y sus sonrisas. Su máxima meta, lo que más quería en el mundo, hacer feliz a la gente. Hacer feliz a su familia. Hacer feliz a su padre. Su padre... A veces a Aegon se le olvidaba que él ya no estaba, que no iba a regresar jamás. Eso le habían dicho, eso le seguían diciendo, cuando él, en su remota inocencia, en su esperanzada mente, seguía preguntando. Pero siempre lo olvidaba, y tenía que preguntarlo nuevamente. Seguía recordando las miradas de su padre. Seguía pensando en sus ojos oscuros, aquellos ojos a los que, sin saber por qué, jamás había podido hacer brillar de alegría como lo hacía con muchísimas otras personas. Aegon seguía pensando que alguna vez, Stevron volvería, y entonces seguiría haciendo sonar los cascabeles, seguiría arrancando las risas de todos, siempre esperando ver aquel brillo en los ojos de su padre.

La noche seguía avanzando, la música seguía sonando, Cascabel seguía haciendo sus cabriolas, siempre ojo avizor, siempre esperando verle a él. Pero no lo veía. Una música suave comenzó a sonar. El sonido tenue se mezcló con el sonido del acero al ser desenvainado. Aegon no entendía nada, la gente corría, gritaba. La sangre corría, salpicaba el suelo, le salpicaba la cara, como oleada caliente. Caliente, caliente, caliente como el verano. Agradable. Cascabel empezó a reír, esperando poder animar a la gente en el suelo con sus sonrisas. Pero estos no se movían. En un instante, sintió que alguien le cogía, y al siguiente, tenía el acero bajo el cuello. Era una mujer. Aegon se quedó completamente quieto. Lo último que vio, su abuelo, aquel abuelo tan distante. Los ojos se le quedaron en blanco, no entendía qué pasaba. Pero vio correr más sangre, salía de su propio cuello. Aquello era increíble, ¡jamás había visto algo como aquello! Y Aegon Frey rió y rió, en una carcajada muda.