DISCLAIMER: Todo es de George Martin.


CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO


III

AENAR TARGARYEN

EL EXILIADO

Las carcajadas, las miradas de desprecio, la altivez, y la superioridad, todas parecían ser vistas, incluso allí, tan lejos como estaban de Valyria. Valyria. Su hogar, su verdadero hogar. Aenar suspiró y miró otra vez el gris cielo, donde Balerion, que empezaba a crecer fuerte y fiero, volaba en libertad junto al pequeño Vhagar. Meraxes aún era una cría recién salida del huevo. La pareja de dragones más ancianos se encontraban encadenados en el patio de la fortaleza, pertenecían a él mismo y a su esposa favorita. Las reliquias más grandes que habían podido conservar, después de su exilio. Había días en los que empezaba a cuestionarse si de verdad había sido una buena idea. Pero confiaba en Daenys, su pequeña y dulce Daenys, que había soñado la caída de su hogar. Habían transcurrido ya casi doce años que aquel fatídico sueño, y aún, el resplandor de Valyria podía verse desde allí, y los murmullos parecían gritos en sus oídos. Exiliado, exiliado, exiliado. A sus espaldas, de frente, de todas las maneras. Había días en los que de verdad ansiaba regresar a su hogar, y mandar azotar a Daenys por haberlo dejado en ridículo. Pero su Gaemon, tan fiero como Balerion, jamás permitiría eso. ¿Qué padre es el que se deja dominar por sus hijos? pensó miserablemente Aenar. Estaba a punto de retirarse de la ventana para volver al lecho, cuando muy a lo lejos, se divisaron llamas. Los jóvenes dragones volvieron volando rápidamente al patio de Rocadragón, y Aenar contempló perplejo desde la distancia, el horror, la muerte, y el fuego. Después de ese día, no volvió a escuchar más carcajadas huecas de Exiliado.