Disclaimer |©Shingeki no Kyojin/進撃の巨人, sus personajes y trama son propiedad de su autor, Hajime Isayama. La trama de este Fic pertenece a©Coorp. CharlyLand. Creación sin fines de lucro sólo recreativos.
Advertencia | AU. BL. Riren. Creppy. Shota inverso. Hurt/Comfort.
Al Fic.
Ratones de ojos saltones
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Grisha es solo un hombre, un cuerpo doblegado por el paso del tiempo, un corazón marchito que nunca supo amar y un alma repleta de pecados viejos, aterradores. Tuvo una esposa que olvidó, un hijo que siempre le vio con desdén y un amor que huyó de su lado. Ese amor que es la razón por lo cual ahora tiene una descomunal aversión hacia un gesto que alguna vez adoró.
Grisha odia las sonrisas.
Las sonrisas de girasol.
Esas curvaturas grandes, bonitas y brillantes, de color melocotón. Esos remedos de expresión repugnantes que se caen en las comisuras tratando de esconder los monstros —recuerdos añejados— que se filtran en los ojos vacíos, de muerto. Esas sonrisas que quebraron su cordura, dejaron sus manos ensangrentadas y lo hundieron en una pesadilla sin fin. Pesadillas que habitan en el gesto anhelado por aquel que se diluyó entre sus dedos, en los brazos de su carne y su sangre.
Como todas las noches Grisha se hace un ovillo bajo las sábanas de aquella inmensa cama, cierra los ojos tratando de encontrar un breve descanso a su mente torturada, un refugio en el mundo de los sueños. Ellos jamás llegan. Ya nunca más lo harán.
La habitación está en penumbras y el silencio es absoluto. Tan profundo que puede escuchar, sin esforzarse, el sonido de su respiración mezclándose con el repiqueteo cadencioso de su corazón y el crujir de las ramas azotadas por el viento caluroso de verano que presagia tormenta. Hace calor, tiene la piel transpirada y su holgada camisa se pega a ella, pero de sus labios entreabiertos, el aliento escapa en un vaho templado. Grisha sabe que es por el vacío que inunda la casa, su vida y su ser. El vacío que dejó ella.
«Hace apenas unos meses» grita su corazón, «Hace mucho tiempo» cientos de voces en su cabeza parecen gritar martirizándolo.
Aprieta los puños y se encoge más sobre sí mismo. Los sentimientos revolviéndose en su interior. A veces quisiera que todo acabase, pero sabe que no podría, no lo permitiría porque ella aún existe y él solo está ahí por ella. Lo ha estado desde el primer instante en que sus ojos se obnubilaron en sus ojos preciosos, sus ojos de ratón.
«Mi ratón» el pensamiento cizañoso aguijonea su mente trayendo consigo recuerdos añejos. Recuerdos frustrados de una juventud amarga, lejana a su amor, vacía. Igual que lo está ahora.
El tic-tac lento de las manecillas del reloj colgado en algún rincón se desliza lentamente, avanzando, avanzando. Le arden los ojos y sus extremidades están agarrotadas, el tiempo sigue escurriéndose. El silencio se hace más espeso y el calor más abundante, cargado de humedad. Hay una sensación opresiva flotando el aire. Una gravedad extraña que aplasta sus entrañas.
Crack
Crack
Crack
El sonido es molesto, goteante, filtrándose por todas partes, casi como si estuviera tratando de meterse en su cráneo, martilleando el interior, royendo para poder penetrar más allá de su pensamiento.
Se descobija suavecito, sus ojos tratan de enfocar en las penumbras. Nada. El viento silba más fuerte y él niega lentamente. El torrencial seguramente está ya por caer. Con la vista fija en el oscuro techo se queda de espaldas al colchón, las cobijas olvidadas a su lado son un estorbo necesario. Se vuelve a enrollar, siente frio pero su cuerpo está pegajoso por el bochorno. Cierra los ojos un segundo, buscando olvidar aquellas sensaciones, pero hay algo navegando en su mente tejiendo imágenes en color sepia, antiguas…macabras. Vuelve abrir los ojos y de repente siente que ya no está tan oscuro allí adentro, que hay sombras que reptan en una danza sin final. Sombras que le recuerdancosas. Cosas como ella. Maldice por lo bajo y se lleva las manos al rostro. Tan solo son imaginaciones suyas, se repite un millón de veces. «Alucinaciones». Sí, las mismas de todas las noches, las mismas de los rincones oscuros de aquella casa, la misma de aquellas sonrisas que borró por un tiempo a golpes y soledad.
El silencio vuelve por un interminable minuto. Hasta que el sonido molesto vuelve. Un estremecimiento recorre su cuerpo, porque se da cuenta de algo, no es el viento de la tormenta venidera lo que produce aquello. Hay una voz detrás de cada golpeteo. Una voz casi suplicante filtrándose entre las rendijas del cristal de la ventana.
«Grisha»
«Grisha»
Sus ojos se abren como platos y se levanta de golpe, enredándose en las telas de azul profundo, caminando a trompicones hasta la ventana y la abre con violencia. Un sentimiento de euforia lo embarga. Alegría infinita.
Había vuelto.
Por su propio pie, había vuelto. Había regresado por él.
Está oscuro afuera y sus ojos apenas pueden ver. Se esfuerza en hacerlo. Pero…nada. No hay nada afuera.
Su corazón se contrae en un doloroso palpitar dentro de su pecho.
Un relámpago estalla en el cielo iluminando el amplio patio de cara a su ventana. La sonrisa enloquecida brota de sus labios en un segundo, arrasando con su expresión demacrada, envejecida.
Porque ahí, en medio de la sombras de los árboles, una figura se vislumbra. Un bulto de ojos grandes y brillantes en un verde corrupto por un ocre sucio.
—¿Carla?—susurra, con las palabras atragantadas y temblorosas.
La figura mueve la cabeza en afirmación, despacio, casi imperceptible.
—Sal aquí. Tengo algo que decirte—la voz es queda, pausada.
—No Carla. Ven. Entra a la casa. Lloverá. Ven aquí mi amor. Te abriré la puerta.
La figura baja la cabeza, niega una, dos veces.
— Ven—le llama y retrocede dos pasos, ocultándose entre los árboles.
—¡Carla! —se desespera, su amor se está marchando. No lo permitirá está vez—. ¡Espera, Carla! ¡Espera, por favor!
Apenas y se da cuenta de que ha salido a volandas de la habitación cuando ya ha bajado a la primera planta, los pasillos se le hacen interminable y corre más rápido. Su corazón y su respiración se vuelven erráticas, cargadas de desesperación. La puerta chirria al salir de ahí y sus pies recienten el contacto con el pasto verde y bañado de gotitas que caen como una llovizna desde el cielo.
—¡Carla! ¡Carla! ¿Carla, dónde estás? —un sollozo que pugna por salir le traba la voz—. ¡Carla, por favor!
«Grisha»
La voz proviene de su espalda y gira en redondo, con los labios temblorosos, presas de una sonrisa que baila en ellos, pero que muere antes de nacer.
—Car-la—el tartamudeo es inevitable, al tenerle tan cerca. Había vuelto. Estaba ahí—. Mi Carla. Sabía que volverías—se abraza a la figura que se queda inmóvil ante su contacto durante un largo segundo hasta que le corresponde, su cabeza se apoya en el hueco de su hombro.
Grisha tiembla, aprieta aquel cuerpo contra sí. Llora y una marejada de sentimientos arrasa con su sistema. Algo en su interior grita y él lo caya. Los recuerdos afloran unos tras otras, como una película y su llanto se vuelven más angustioso al acariciar con más premura aquella figura que no se mueve en ningún instante.
No es ella.
No es su Carla.
No es el bonito ratón que destrozó después de robarlas de otras manos. Unas manos pálidas, dudativas que se tropezaban en la oscuridad.
—Eren—murmura.
—No—la voz se desliza desde atrás de la figura en sus brazos. Una voz chillona, chirriante—. Carla.
El rostro de Grisha es apresado por las manos que antes descansaban en su espalda, correspondiendo su abrazo.
—Si Grisha, hemos vuelto.
Ojos amarillos se completan con una sonrisa ancha, grande…siniestra.
—Hemos vuelto—repite la otra voz que nace de unos labios delgados, enrojecidos que se elevan regalándole una expresión a los ojos muertos de la figura, pequeña, pálida, de brazos colgantes y cabeza ladeada a la que pertenecen—. Mi ratón y yo volvimos por ti.
Los dedos fríos se hunden en su carne obligándolo a arrodillarse, reduciéndolo a un manojo de temblores incontrolables, palabras balbuceantes que suplican piedad. Una piedad que no llegará, porque estaba condenando desde aquel lejano instante en que el deseo insano por su amor nació. Y lo último que Grisha ve son dos bocas que se ciernen sobre él, hambrientas, inmisericordes.
El grito estrangulado se pierde en las penumbras de la noche fría.
Desde el otro lado de la calle, en las sombras creadas por el arco de las luminarias públicas, una sonrisa cruel se desdibuja.
Notas finales:
Próximo capítulo: Zeke
Con amor
Charly*
