Disclaimer |©Shingeki no Kyojin/進撃の巨人, sus personajes y trama son propiedad de su autor, Hajime Isayama. La trama de este Fic pertenece a ©Coorp. CharlyLand. Creación sin fines de lucro sólo recreativos.
Advertencia | AU. BL. Riren. Creppy. Shota inverso. Tragedy.
Notas| Hola mis bebesinas. He aquí su Carlangas nuevamente. Este el capitulo Zeke. Espero lo disfruten y las cosas queden más claras para usted.
Debo decir también, que este último capítulo está dedicado a ElisaM2331. Mi Gea del alma.
A Luna de Acero, acá está el cameo de nuestro muñeco malvado adorado.
&Palabras: 1700
Al Fic.
Ratones de ojos saltones
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Zeke es solo alguien, un cuerpo con la apariencia de treinta años, brazos de piel pálida, fuertes, opresivos y gastados de tanto abrazar, unos ojos dorados sin brillo producto de una inocencia desmigajada en una infancia de recuerdos borrosos, detenidos entre capturas sin secuencia. Siempre quiso tener una familia, pero lo único que llegó a tener de esta le fue arrebatado. Sin embargo, en su corazón no existe odio ni rencor contra la vida. Tal vez porque nunca aprendió a odiar, pues aquello fue eclipsado por el miedo. Pero el miedo a veces puede ser más peligroso.
Una prueba de ello, es el hecho de como su vida había llegado hasta ese punto. Morirá. Tal vez no de una manera buena y tranquila, pero la forma en que sucederá le brinda cierta dicha, algo así como cuando sientes que has encontrado el camino correcto, ese camino que siempre buscamos. Y mientras piensa en eso, su mente sigue perdiéndose, diluyéndose entre recuerdos difusos y añejos de una historia que encerró su vida en dos décadas de miseria, que acabarían en aquel lugar.
En ese diminuto lugar en el que hace frio, hay oscuridad y un silencio abrumador tan grande que puede escuchar el latido rítmico y ahogado de su corazón, aquel sonido se le asemeja a una respiración pausada, expectante, entre intervalos sopesados. Una respiración tan parecida a la del mounstro sombra. Su mente se sumerge en aquellos distorsionados momentos. Ahora puede conectarlos correctamente, enlazarlos del tal manera que pueden distinguirse como forman claramente una película en tonos que van desde el sepia al gris.
Los recuerdos que se mantuvieron suspendidos, bloqueados durante muchos años hasta que la tragedia lo alcanzó. Como siempre debió hacerlo, como terminó haciéndolo.
Desde que tuvo memoria recuerda haber vivido junto a su madre en un pequeño vecindario de los suburbios que colindaba con una enorme arboleda, había adorado vivir ahí, pues tenía un patio muy grande para jugar con la bicicleta que sus abuelos le regalaron en navidad a la edad de seis años. Nunca pudo hacer carreras con otros chicos, pues jamás había sido bueno para hacer migas, así que se pasaba tardes enteras jugando a ser un explorador espacial en un planeta remoto en donde solo existían árboles muy, muy grandes y verdes, siempre verdes, que hablaban de cosas misteriosas y tesoros escondidos más allá de sus límites. Zeke tenía una imaginación muy volátil, así que recrear todo esos escenarios que sofocaban su soledad infantil, había sido realmente fácil. Hubo ocasiones en que pensó en que hubiese sido hermoso quedar encerrado en aquella lejana fantasía. Pues el mundo real es sencillamente cruel. No recuerda exactamente como sucedió, posiblemente su imaginación había empezado a llegar muy lejos, tanto que pudo haberse metido en sus sueños y convertirlos en pesadillas, así pues una madrugada despertó con la sensación de que algo lo observaba desde algún rincón de su habitación. Era una presencia abrumadora, pero él no podía distinguirla entre las sombras que se creaban a través de la escaza luz que se filtraba desde las ventanas.
Él le llamó a aquella presencia el mounstro sombra. Tenía cerca de nueve años cuando el mounstro sombra empezó a atormentarlo.
El mounstro sombra venía del bosque, era como un borrón, un borrón muy grande que casi parecía llegar al techo, su tacto era frio y su voz era como miel goteante. Casi musical. Una tonada que recitaba cosas malas, cosas feas.
Zeke odiaba despertarse por las ganas de orinar, pues sabía que el mounstro sombra lo acechaba desde algún rincón oscuro de su habitación y siempre que lo encontraba despierto le murmuraba. Y esos sonidos se le quedaban pegados entre escalofríos. Porque el mounstro sombra decía en sus murmullos que quería comérselo. Comérselo como deseaba hacerlo con ratón. El mounstro sombra le dijo una vez que ratón y él tenían los mismos ojos.
Cuando cumplió los diez años, el mounstro sombra desapareció.
En aquel entonces su mente infantil a modo de escudo debió ocultar esos recuerdos, pues desde la última noche en que el mounstro sombra se fue diciendo que había capturado a ratón, no volvió a pensar en él hasta la calurosa tarde del verano de sus trece años cuando buscaba fotografías de su infancia en los albúmenes olvidados en el desván para un trabajo escolar. Encontró mucho material en un cajón polvoriento, algunas eran muy chistosas, otras vergonzosas, aunque le pareció extraño que las más viejas —de cuando era un bebé— fueron tomadas en un lugar que él no conocía. Le preguntó a su madre sobre aquello, ella permaneció en silencio durante un largo minuto hasta que al final hizo una mueca extraña y le respondió que aquel lugar fue su primer hogar, la casa de su padre, y le señaló con el dedo esquinas y bordes de varias fotografías, en ellas siempre había un hombre de anteojos que apenas podía distinguirse pues en cada una de las instantáneas aparecía bastante alejado que a veces parecían un manchón distorsionado. Aquel hombre era su padre. Ella dijo que había muerto cuando él tenía tres años y que había sido tanta su tristeza que por eso se cambiaron de casa.
Cuatro años más tarde, en el invierno en que cumplió diecisiete habría de descubrir que su madre había mentido y el mounstro sombra no había sido producto de su imaginación. Lo supo cuando conoció a la chica del último cuarto en el pasillo 10-4 del sanatorio mental de Trost. El lugar en que había quedado encerrado luego de que lo encontraran llorando abrazado a un tanque de basura pública, en donde su madre había quedado reducida a trozos en tres bolsas negras.
Ahora sabe que el mounstro sombra fue el culpable.
La chica del último cuarto se llamaba Kuchel Ackerman. Era ciega y el personal y los demás habitantes de aquel lugar le tenían un miedo irracional. Decían que era una bruja, que podía verte a pesar de que sus ojos estuviesen vaciados por el glaucoma.
Kuchel fue su única amiga. Y secretamente él la amó.
El tiempo que compartió con ella es como una maraña de palabras e imágenes manchadas de un color tan negro como las plumas de un cuervo, Zeke solía compararlo también con un agujero negro. Misterioso, inentendible. Tal vez lo único nítido de aquellos años, era la repetición de que ella conocía al mounstro sombra, pues el mounstro sombra la había encerrado allí cuando le robó a ratón.
Ratón no era un animalillo de esos que viven en las casas o en los campos y suelen asaltar las alacenas en las noches. Ratón era el sobrenombre de una chica. Una chica que se llamaba Carla y que desapareció una noche a la edad de los siete años. En aquel entonces él tenía diez años.
Kuchel no solía hablar mucho, pero las veces que lo hacía era sobre ratón y ella en sus días de kínder, de las noches de pijamadas y su amistad sostenida por cartas después de fueron separadas, porque los padres de Carla se la llevaron otra ciudad cuando la empresa en que trabajaban se trasladó. Kuchel también mencionaba a alguien además de ratón, ella le llamaba Mo-mo. Mo-mo había sido el medio en como el mounstro sombra había conocido a ratón. Mo-mo que había sido enviado a una dirección equivocada, con la fotografía de las primeras vacaciones de ratón lejos de ella.
Mo-mo era un muñeco que ellas habían creado como símbolo del cariño que se sentían. Y la conexión que las mantuvo unidas más allá de su primera vida.
Lo primero que Zeke conoció de Mo-mo fue un botón que hacía de ojo de aquel muñeco. Extrañamente a él le pareció que aquel objeto era el ojo de alguien vivo. Podría jurar que alguna que otra vez, después de verle fijamente durante un largo minuto, el ojo de Mo-mo le daba guiños.
Hubo de ser aquel botón el sello de promesa que se llevará la noche que escapó del sanatorio en el otoño de sus veintitrés años. La noche cuando Kuchel 'murió' en medio de un charco de sangre después de dar a luz a un niño tan idéntico a ella y que llevaba su sangre. Una criatura que no vería si no después de siete años, los mismos siete años en que su vida se hundió en interminables noches y días de angustiante búsqueda de ratón. Al final de todo, logró encontrarle. Pero ya no era el ratón de Kuchel, ahora decía llamarse Eren, y en su mente y corazón los recuerdos de ella habían sido borrados por los años de encierro junto a un anciano horripilante que él reconoció como al hombre de figura borrosa en las fotografías que había encontrado una década atrás en el hogar que compartió con su madre.
A pesar de aquel ligero contratiempo que llevaba consigo aquella amnesia, logró persuadirlo para que escapara con él, al fin y al cabo le dijo, eran hermanos. Extrañamente él nunca llegó a querer a Eren como tal, simplemente se esmero en cuidarlo, consentirlo y protegerlo porque deseaba entregarlo intacto a como lo había prometido. Y lo cumplió. Hasta en aquel detalle.
Y ahora estaba ahí, encerrado dentro de un ataúd, con su sangre manando sobre el par de cuerpecitos a los que está enrollado como si de una enredadera se tratase. Aquel par de personitas que cuando él dé su último suspiro, abrirán los ojos para ir a cobrar una venganza que les costó una vida completar.
La última visión que Zeke tiene antes de unas manos suaves le arrebaten de su lado aquellas dos seres que marcaron su vida, es la de un cielo estrellado medio oculto entre el ramaje de árboles enormes que se mecen al compás del viento frio. Una sonrisa empieza a nacer en sus labios al verlos. Pues esos árboles son del mismo bosque en donde tuvo los únicos años felices en su vida. Los años en que el amor de su madre construyó muros que lo mantuvieron a salvo tanto física como psicológicamente. El recuerdo de su madre se diluye junto a la de aquella mañana cuando jugó con Eren a 'los secretos netos', en esa ocasión ambos cumplieron con revelar la identidad del mounstro más espantoso que su mente llegará a crear. Él dibujó un borrón enorme, una mancha oscura entre medio de dos líneas que creaban bordes. Eren trazó entre líneas espesas, un hombre de lentes que sostenía entre sus manos a una niña. En aquel momento, Zeke supo que podía afirmar con franca certeza que el mounstro sombra era su padre.
[Fin]
Notas finales:
Bien. Sí, este es final. Como vieron es como una cronología de eventos que llevaron y enlazaron en algún momento a 'Levi' y a 'Eren', y las partes ocultas de ellos. Si a este punto no logran entender muy bien la trama, me gustaría mucho releyeran todo desde el principio de corrido y si aún así no logran entenderlo, podéis preguntármelo en un review, yo os contestaré con gusto. Pero si la habéis entendido al clavo leyenda está parte, también me gustaría que me lo contaran, y me dijeran que les ha parecido todo este asunto.
Debo agradecerles a todas aquellas que me acompañaron en este viaje, fueron mi aliento para continuarlo, pues es algo complejo y está hecho medido a lo milimétrico, fue difícil para mi, mucho más por el tema que aborda. En verdad les agradezco.
Les dejo aquí, unos datos aclaratorios de este capítulo antes de despedirme:
1-. Quien sacó a Eren y Levi del ataúd fue Uri —Papá Uri también guardaba sus secretos. En algún momento pensé hacer de Uri el epílogo, pero nahh—, por ende es él quien sonríe siniestramente en el capitulo anterior.
2-. Eren y Levi nunca existieron, en realidad solo eran cuerpos nacidos para albergar nuevamente a Kuchel y Carla.
3-. Kuchel y Carla eran las verdaderas protagonistas de esta historia. Si, esto era un Yuri vuelto Yaoi.
4-. La gente tenía razón, Kuchel era una bruja, pues le dio a Zeke todas las indicaciones para que realizará el ritual del despertar llegado el momento y ella pudiera cobrar venganza. Además Mo-mo fue una idea de ella, y este era un muñeco vudú que le permitía a Kuchel ver a través de los ojos de botón. Tristemente el otro ojo estaba en el muñeco que llegó a la casa del mounstro sombra –Grisha– y Kuchel vio de primera mano todo lo que le hizo a Carla durante 10 años y luego a Eren durante otros 7 años.
Nuevamente les agradezco por haber estado aquí.
Con amor
Charly*
