Cenizas
Disclaimer: todo es de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el reto A, B, C del foro Alas negras, palabras negras.
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–El rey de las cenizas. El rey de las cenizas.
Aerys lo repite una y otra vez como una oración mientras se ríe con esas carcajadas histéricas que a Jaime le ponen los pelos de punta.
–Robert Baratheon, rey de las cenizas.
Y vuelve a reír y a hacer que Jaime se estremezca de pies a cabeza.
–¡Será el rey de las cenizas!
Grita y Jaime siente que debe hacer algo, que debe impedir lo que sabe que está a punto de ocurrir: la muerte de todas esas personas, de todos los ciudadanos de Desembarco del Rey incluidos Aerys y él mismo.
Tiene miedo. Duda sobre qué es lo que debe hacer aunque su cabeza le indica una forma clara de evitar el caos de fuego valyrio en el que el rey Aerys pretende convertir la ciudad. El rey debe morir. Es la única solución.
Por un momento se queda congelado en su sitio mientras comprende el alcance de ese pensamiento. Duda, porque sabe que ha hecho un juramento y teme las consecuencias que el romperlo pueda tener. Sin embargo, recuerda también otro juramento, uno hecho frente a Arthur dayne, la espada del amanecer: "protegerás a los débiles". Se aferra a ese pensamiento y finalmente saca su espada y los mata a los dos: al rey y a su piromante, para que nadie pueda ejecutar la última orden de Aerys, el rey loco. Es mucho más fácil de lo que había pensado que sería. Mientras atraviesa con su espada al hombre al que juró proteger, Jaime Lannister no piensa en su honor perdido o en su juramento quebrantado; ni siquiera piensa en la gente que gracias a él ya no va a morir abrasada. Jaime solo puede pensar macabra y mórvidamente que su capa blanca se está tornando de un rojo similar al color del blasón de su casa.
Cuando termina se sienta en el trono a esperar a que lleguen los refuerzos que su padre ha prometido. Simplemente quiere probarlo; saber cómo se siente estar sentado allí. No mira el cadáver de Aerys a sus pies al igual que no le molesta el desprecio que brilla en los ojos grises de Ned Stark al mirarlo. Jaime ha perdido su honor, pero no se arrepiente, porque sabe que si no lo hubiera hecho lo único que el "honorable" Ned Stark habría encontrado al llegar a Desembarco hubieran sido cenizas.
