Los amigos de Alfred se autoproclamaban los mejores amigos de toda la tierra.

Todos sabían que Alfred tenía cierto favoritismo por los hombres antes que a las mujeres, y que había un inglés en especial que le llamaba mucho (MUCHO) la atención. Alfred sabía que ellos sabían, pero no paraba de negarlo.

Bueno, la relación entre ellos no era tan mala; de vez en cuando charlaban, discutían, hacían sus tareas juntos, o sólo se saludaban. Y el saludo era suficiente para mantener a Alfred hiperactivo todo el día... Como de costumbre.

Y ahí estaban, ambos bandos enfrentados, esperando a que los próximamente tortolitos hablaran un poco. El bando cool; Gilbert, Mathias, Antonio, Francis (y obviamente, Alfred). El bando sin nombre pero que de todas formas estaba integrado por gente aburrida; Arthur, Kiku, Francis (sí, era el traidor), y tres tipos más que no tenían nombre para ellos. Todos nerds.

— ¡Hola, Arthur! — exclamó Alfred, fingiendo que no lo había visto. Mentiras, mentiras.

— Hola, Alfred.— respondió Arthur, fingiendo (apenas) sorpresa. Mentiras, mientras, otra vez.

Y se acercaron.

Y Gilbert pensó.

Y Mathias también.

Y empujaron a Alfred.

Y Alfred casi cae encima de Arthur.

Y corrieron por sus vidas, abandonando a un confundido Antonio que no había sabido leer el ambiente.

— ¡MALDICIÓN! — gritó Alfred, con Arthur en brazos. Seguramente que no había sido necesario abrazarlo, pero el idiota sabía aprovechar la situación. — ¡¿POR QUÉ HICIERON ESO?!

Y nadie respondió.

Sabían perfectamente que le habían hecho un favor, porque Alfred había estado todo el día suspirando y oliendo las mangas de su chaqueta como un pervertido olfateando ropa interior. Cosa que no había hecho el día anterior.

Y Gilbert se acercó otra vez.

Y notó que era otro perfume. Completamente diferente al que tenía antes.

— Alfred... Si ese es el olor de Arthur, ¿de quién era el de ayer?