Los ojos del artista se movieron, fijándose en Shen.
–Veo que estás aquí –bajó el arma, acercándose lentamente al Ojo.
Shen retrocedió, ahora parecía que había salido de su trance.
–Jhin –mencionó con los ojos puestos en el asesino.
Le hizo sentir una sensación como si al salir las palabras de su boca estas se convirtieran en ácido.
–¿Lo conoces? –Shekhar miró al Ojo sorprendido.
–Claro que nos conocemos –el hombre de ropa extraña (o al menos para el Errante) se giró a verlo–. Él me encerró, junto al niño de las Sombras y su triste Padre.
–Shen, vámonos –gruñó acercándose al Ninja; ese sujeto parecía peligroso.
–Me encantaría pasar un momento más personal con Shen así que te pido que te vayas–dijo con esa voz que lo ponía nervioso–. Esto no estaba en mis planes, créeme. Pero ya que está aquí, podría hacer una excepción por él.
Jhin levantó a Murmullo apuntando a Shen.
–Todo tiene que estar en su lugar y tú... tú solo eres un simple estorbo, no mereces ser mi público, me pareces sumamente indigno.
El Errante gruñó. No iba a soportar tal grosería de ese sujeto que al parecer atormentaba al Ninja.
–Yo no soy indigno, tú eres el indigno –siseó buscando el arma oculta entre sus vestiduras.
–¿Indigno? ¿Yo? –su voz se escuchaba molesta, no se esperaba esa respuesta.
–Lo eres, ¿quién es tan cobarde como para asesinar a indefensos actores?
Dicho eso, corrió hacia Jhin con intenciones de encajarle una filosa daga.
–¡Ya veo! –este lo esquivó justo a tiempo–. Tú lo defiendes, qué bajo ha caído el Ojo de Crepúsculo.
Su voz era divertida, se burlaba de él.
–Detente –ordenó Shen–. No puedes contra Jhin, nunca podrás contra él.
–¿Acaso lo dices de broma? –gruñó el Errante intentando golpear al Virtuoso.
–Obedece, marioneta –el hombre de máscara se movía con elegancia, esquivando los movimientos de Shekhar.
–¡Detente!
Shen ya estaba a su lado, jalándolo contra sí.
–No voy a dejarte morir... aun.
Su mirada estaba llena de determinación, el brillo dorado refulgía.
–Como quieras –resignado, guardó la daga.
–Tus títeres son tan fáciles de manejar, Shen –esta vez guardó su arma, haciendo algo parecido a una reverencia–; pero él no me importa, te quiero a ti como mi pilar principal en este espectáculo.
–Lárgate, aquí no hay ningún espectáculo ni aún menos más actuaciones tuyas.
–Vaya modales –suspiro, retrocediendo.
–Vete, Jhin.
–No te preocupes, Shen –soltó una risa malévola y a la vez musical–. Los clientes esperan.
Lo vieron alejarse hasta adentrarse entre las sombras de los vestidores.
–No me gustaría pedir explicaciones –habló Shekhar.
–No te las pensaba dar –esta vez sonaba tan monótono, como si de verdad no le importara que un psicópata intentara asesinarlo.
Redactaba con rapidez, parecía un tanto preocupado e inseguro de lo que escribía.
–¿A quién le darás eso?
–Al mensajero.
El de ojos esmeralda lo miro escéptico, nada de lo que estaba pasando tenía sentido.
No tenía tantos meses de estar con los Kinkou, pero presentía que el enmascarado tenía algún tipo de rivalidad con Shen y también presentía que le tenía algún tipo de miedo patológico al tirador... lo había visto en sus ojos.
–Dile a Akali que traiga al mensajero –ordenó sin mirarlo.
–No iré, no soy tu siervo y quiero una explicación de por qué ese tipo quiere asesinarte.
–Eres alguien que perturba el orden con tus estupideces. Ahora, ve con Akali.
El de ojos esmeralda resopló. Odiaba verse utilizado de sirviente.
Al verlo salir sintió un poco menos de preocupaciones; era momento de contactarlo.
Se había dicho mil veces que no lo haría, que no sucumbiría ante el incesante deseo, pero esta vez necesitaba ayuda.
Debía llamar a Zed.
Cuando Zed le dijo que esta vez entrenarían lejos del Templo y de los demás estudiantes nunca se imaginó que realmente fuese tan lejos.
Se habían alejado más de lo necesario de las tierras de su Señor.
–Maestro, ¿a dónde vamos?
–Silencio, Kayn –la siniestra voz del Darkin respondió fastidiado.
–Por primera vez concuerdo con ese demonio –esta vez era Zed quien hablaba con la mirada al frente–; no hagas ningún tipo de sonido.
El joven de mechón azul expreso su confusión.
–No sé si nos esté siguiendo o alguno de sus estúpidos compañeros lo esté haciendo para llevarnos a algún tipo de emboscada.
–¿De quién está hablando? –susurro el joven corrompido.
–De Shen.
–Lo asesinaremos, ya era hora –felicito Rhaast–. El orden es para los débiles, mejor sembremos caos.
–No lo tocara tu filo –Zed miro a la guadaña.
–¿Qué? ¿Por qué? –el demonio milenario estuvo de acuerdo con la indignación de su portador.
–Tengo un asunto pendiente que requiere... Movimientos democráticos Kayn, por ahora has sido elegido para ayudarme, pero si cometes una falta te la haré pagar con el peor castigo.
–¿Qué? –se burló el Darkin–. ¿Lo dejarás caliente y sin darle por el...?! ¡Argh!
El demonio enclaustrado grito de sorpresa al ser dejado caer.
–Cállate –sentía fuego en el rostro, odiaba que aquel demonio le recordara esos momentos tan vergonzosos.
–Oh vamos niño –Rhaast seguía burlándose–; todos sabemos lo mucho que te gusta gemir el nombre de Zed, cuanto te gusta llegar cuando te masturbas y también cuando...
Kayn comenzó a patear a la guadaña, estaba furioso, estúpido armamento endemoniado.
–¡Cállate Rhaast!
Kayn iba a volver a patearlo cuando sintió la mano de Zed en su hombro. Se detuvo un poco avergonzado por perder los estribos con aquel demonio.
–Mis disculpas Maestro –dijo girando la cabeza hacia el de yelmo.
Zed se mantenía en silencio, mirando con ojos desaprobatorios al joven Shieda.
–De rodillas, ahora –ordenó el maestro de las Sombras.
Sin pensarlo dos veces cayo de rodillas, apoyando las manos contra la hierba.
–Que niño más ingenuo –escuchó susurrar a Rhaast.
–Que obediente eres, debo felicitarte por eso –Zed se inclinaba a bajar los pantalones de su discípulo–. Rhaast, intenta consumir el alma de Kayn.
El joven negó lentamente con su cabeza, debía seguir con su tortuoso entrenamiento.
–Inténtalo... Si es que puedes –reto el Amo de las Sombras mirando al demonio tras su yelmo,
En único ojo de la guadaña miro a Zed con simpleza, como si de un juego se tratara.
La mano de Zed terminó de quitarle la prenda, sintiendo el aire en sus suaves –y simétricas según el mismo Zed– nalgas.
–Maestro no cree que ahora no es el mejor momen...
–¿Te di permiso de hablar, Kayn?
–No Maestro, usted no me lo...
–¿Te di permiso de hablar? –repitió el mayor serio.
Esta vez Shieda guardo silencio, bajando la cabeza.
–Patético –Rhaast miro molesto al hombre de armadura.
Zed ignoró por completo al Darkin, una mano enguantada se coló en la entrepierna del más joven.
Kayn gimió al sentir las garras metálicas tomar su miembro con firmeza.
–No gimas –ordenó él maestro de las Sombras–. Si lo haces te castigaré.
Él del mechón azul asintió, mordiéndose el labio adoptando una expresión completamente sugestiva.
Zed comenzó a tocar el flácido miembro de Kayn; lo masturbaba con fuerza, el líder de la orden a las Sombras reía maquiavélico eso no lo hacía por aprecio o amor al joven Shieda, lo hacía para entrenarlo.
¿Entrenarlo? ¡Claro!
Lo sometía a distintas pruebas; dolor, desesperación, daño psicológico y por supuesto, excitación.
Debía hacer que su arma estuviese bien entrenada, odiaría que en un momento de debilidad el Darkin ocupara el cuerpo de Kayn y ahí se acabarían algunos planes que había tenido en mente.
Escuchaba los leves gruñidos del joven azabache que apretaba los puños y las nalgas con fuerza, las palabras atoradas en la garganta lo llenaban de ira.
–Vamos Kayn, un poco más y serás mío.
La guadaña comenzaba a sentir como la resistencia del joven caía.
–No... Yo no soy tú esclavo –no se dejaría poseer por ese demonio.
–Deja a Zed, yo seré un maestro benevolente si me obedeces –la guadaña miraba a Zed, ese era un juego de dos y él no se quedaría atrás por ningún motivo.
Kayn solo negaba con la cabeza, tenía los ojos húmedos.
Rhaast maldecía, el humano volvía a resistirse.
–Yo te ofrezco poder, con tu actual Maestro solo limitas lo que en verdad aspiras a ser.
–N-no... Yo ¡nghh! No Rhaast.
–Kayn te ordené que no gimieras –Zed se detuvo–. Eres un alumno desobediente.
El maestro de las Sombras retiró su mano, haciendo que las quejas del segador de las Sombras inundaron el ambiente.
–¡Pero Zed! –lo miro, poniéndose de rodillas–. Fue Rhaast el que me hizo gemir, juro que yo no...
–¡Silencio! –la potente voz del Amo de las Sombras lo interrumpió.
Una mano se deslizo por su rostro.
–Tu desobediencia te costara caro, Kayn.
–Zed no, no lo hagas –suplico, en momentos así solo deseaba liberar la presión que se formaba en su entrepierna.
–Frente a Rhaast, quiero tu mirada en él –ordeno.
Kayn no tuvo más opción que obedecerle si es que aun podía apelar al lado (un poco) piadoso de Zed.
Se posiciono de rodillas frente a la guadaña maldita qué, tan solo lo veía con repugnancia.
–Niño estúpido –susurro la voz infernal del Darkin mirando a los ojos al joven Shieda.
–Quiero ver tu trasero.
El asesino de las Sombras alzo un poco sus caderas, dejando ver su trasero.
–Vuelve a fallarme –reto el de ojos carmesí–: y tus castigos se volverán peores.
El maestro de las Sombras levanto su mano, dándole una sonora nalgada a Kayn.
–¡Zed!
–Silencio –ordeno.
Volvió a arremeter contra las nalgas del segador que mordía su labio, estaba a punto de bajar la guardia, pero la mirada casi victoriosa del Darkin lo hacía reforzar su ímpetu, su Maestro estaría decepcionado si él fallaba en "esa prueba". Zed era su mayor adoración, desde que ese demonio fue puesto en sus manos se había jurado no fracasar en dominar a Rhaast y cumpliría esa promesa, sabía que el tirano hacia aquello para volverlo cada vez más fuerte, más resistente... aunque muy en el fondo creía que era porque Zed podía amar –amarlo– y que quizás –él– podía volverse menos...
–Kayn eres una raposa –se burló Rhaast.
–Cállate... maldito, ¡ah! –sintió como su querido Maestro lo golpeaba con más fuerza–. ¡Zed, Maestro por favor deténgase!
–Te dije que no gimieras, deja de desobedecerme.
Las nalgas del segador tenían un color rojizo debido a los golpes y algunas gotas de sangre –gracias a las garras metálicas del tirano– que empezaban a escurrirse con lentitud.
–¡Zed no, nghh...! ¡Yo no lo he desobedecido!
La voz del segador era entrecortada, intentaba no jadear o gemir.
Era más difícil resistirse a Zed que a Rhaast.
–Ambos son unos enfermos, y yo me creía sembrador de lo perturbador y turbador de toda paz.
La guadaña odiaba verse involucrado en ese tipo de porquerías que hacia Zed con su discípulo.
–¿Celoso? –Kayn saco la lengua, dejando caer unas cuantas gotas de saliva sobre el arma.
–Confundes sentimientos humanos con repulsión humana, niño estúpido –respondió Rhaast asqueado.
Kayn sonrió, era mejor tener así al demonio, asqueado de ese cuerpo para que dejara de desear su cuerpo... o al menos eso creía.
–¿Te he dicho que me gusta ver cómo llegas? Hazlo niño, hazlo.
–Llegas tarde.
El Ojo de Crepúsculo diviso al segador y su Maestro, su mirada denotaba desesperación, no soportaba que Zed lo dejara esperando, así como cuando eran jóvenes.
–Tuve un contratiempo –se excusó el Ninja de armadura.
–La misma excusa de cuando éramos niños –gruño el Kinkou cruzándose de brazos
–Yo no te ordene estar aquí desde temprano –respondió alzando la voz.
Los más jóvenes miraban un poco desorientados, ni Shen ni Zed se comportaban de esa manera cuando estaban con ellos; Shen era tan frívolo y monótono, como miembro de los Kinkou debía poner Orden y Paz, mientras que Zed era arrogante y anarquista, como líder de la Orden de las Sombras debía ser el típico tirano que te podría cortar la cabeza con solo mirarte.
Pero esta vez no era así.
Parecían una pareja peleándose por quien llego tarde y quién no.
–Es idea mía o "tu Maestro Zed" está pero que tú –murmuro Rhaast.
–Te doy la razón –susurro en respuesta.
Mientras tanto Shekhar miraba al vigilante de las Estrellas extrañado.
El Kinkou nunca se comportaba así, últimamente estaba viendo nuevas facetas en el Ninja.
–Shen a lo que venimos –dijo en un tono que no le gusto para nada a Zed.
El de ojos dorados se giró a verlo, tenía razón, no había tiempo que perder.
–Jhin.
El nombre de un solo hombre podía cambiar el destino de un hombre.
Quien viviría para contar la derrota del Demonio Dorado.
Shieda y Shekhar estaban sentados, uno al lado del otro. Sin ningún tipo de espacio.
El joven discípulo de las Sombras miraba con detenimiento al otro, preguntándose quien era y por qué Shen le había traído consigo. Aunque también estaba intentando lidiar con el dolor que tenía en las nalgas.
Sus Maestros se encontraban discutiendo sobre la captura del Virtuoso, ambos estaban a tan solo algunos metros de ellos, pero no podían escuchar lo que decían los Ninjas.
–¿Qué eres de Shen? –cuestionó el segador sombrío.
–Yo no soy nada de Shen –respondió cortante.
–Mientes –Kayn lo miro escéptico–; y tú Maestro también lo hace.
–Él no es mi maestro –los orbes esmeraldas se clavaron en los ojos del más joven.
Quiso replicar, pero su guadaña se le adelanto.
–Insolente y necio. Espíritu vacío y duda en tú corazón.
Mencionó Rhaast casi con diversión.
–No veo tu cuerpo completo, levántate y deja que lo vea.
Shekhar estaba sorprendido, aunque no se dejaría intimidar.
–¿Es normal que tú arma hable? –se aclaró la garganta desviando la mirada.
–Es mi sirviente –Kayn sacudió un poco la guadaña.
–¿Tiene nombre? –cuestionó aun sin mirarlo.
–Portador de la muerte, Cegador de vidas... Rhaast si tienes prisa, humano.
–¿Rhaast? Vaya nombre ridículo –susurro Shekhar frunciendo el ceño.
Eso provocó risas de parte del segador.
El Errante se levantó, ya no soportaba estar junto a un adolescente y su arma parlanchina.
–Me gusta el arma que portas –la mirada de Rhaast parecía acosarlo.
Shekhar esgrimió una mueca bajo la máscara.
–Pero... tú ya no eres un niño, porque no sueltas esa hacha y tomas una verdadera arma.
Rhaast sentía la duda, sería fácil corromperlo.
–No me gusta tocar cosas malditas.
–Rhaast, ¿qué planeas? –Kayn gruño, apretando su agarre.
–No mucho –la modestia, ante todo–; tan sólo apoderarme de su cuerpo, esas piernas me sentarían muy bien.
El de ojos esmeraldas se giró sorprendido, ahora si estaba un poco asustado.
–Eso no es un arma –señalo a Rhaast–. ¿Qué clase de demonio es ese?
–No tengo por qué decirte –Shieda se levantó, plantándose delante suyo.
–¿Eso crees niño? –le hizo frente, chocando su pecho con el de Shieda.
–Intenta sacarme la verdad, ¿crees que por ser alumno de Shen te tengo miedo?
Shekhar se alejó, dirigiéndole una mirada de póquer.
–Shen no es mi Maestro, no es nada para mí.
–¿Y por qué estás aquí con él?
–Tengo deudas con él y con alguien más –mintió mirando a los Ninjas que parecían acercarse.
Shen y Zed miraron a los más jóvenes, el Ojo podía sentir la ira con la que Kayn miraba al Errante.
–Shekhar –llamó el de ojos dorados.
Este lo miro sin importancia.
–Ven, tengo algo importante que del decirte.
–Tenemos –corrigió Zed aun cruzado de brazos.
Con pasos lentos se dirigió hacia el Kinkou y el Señor de las Sombras.
Mientras tanto Kayn maldecía por verse alejado de lo que planeaba su Maestro y su rival.
–Kayn aprende a ser menos celoso –se burló Rhaast–; la atención de Zed no es tuya.
–Silencio –apretó el agarre de la guadaña.
Su misión por ahora –según Shen– era propagar una noticia.
Era una completa vergüenza ser utilizado de mensajero, pues para eso tenían a su ave.
Debía decir que un gran artista estaría en Ionia, presentando una gran obra, la mejor de los tiempos, la mejor de todas.
Todo eso era con un solo motivo; llamar la atención del Demonio Dorado.
Y vaya que lo había hecho, puesto que en pocas horas la noticia llego hasta los oídos de Khada.
Quien no faltaría por ningún motivo a la Obra.
No olviden dejar sus reviews
Dva Out
