Capítulo 2: Tenemos que hablar.
Vio la foto por última vez. Guardó el portarretratos con cuidado en uno de los cajones. Lo cerró con una llave que se colgó al cuello. Ahora sí, su camino estaba despejado.
Cuando iba a mitad del trayecto en las escaleras, se detuvo. ¿Y si ya está dormida?
Reanudó el paso. Ni él podría dormir tranquilo con alguien que casi lo asesina suelto por la casa.
Cuando bajó el último escalón, recordó un muy molesto, inoportuno y entrometido pero importante asunto.
-El niño. –susurró para sí. ¿Podría seguir en la alcantarilla? ¿Seguiría siendo él un peligro?
Corrió hacia donde lo habían buscado antes junto a la señora Lovett, cuando él tenía –se impresionó un poco al recordarlo- una navaja. La hacía relucir, y al mismo tiempo la ocultaba; lista para callar a cualquier delator.
-¿Sería capaz de asesinar a un niño? –pensó, sin poder darse respuesta. Tal vez podría haberse dado una, si lo hubieran encontrado, con el desquicio que cargaba él en aquel momento. Seguramente lo hubiese degollado sin meditar palabra.
Volvió a recorrer cada rincón. No lograba dar con él. Comenzaba a impacientarse.
-¿Cuál era la canción que ella le cantaba…?-pensaba.
-Nada va a herirte… No mientras yo… esté alrededor. –Susurraba, recordando en voz alta, sabiendo que sólo él se escuchaba.
-Dios santo…es igual a un perro faldero- caviló, recordando cómo Nellie lo mimaba y cómo él estaba a la defensiva cuando alguien se le acercaba a ella. Tal vez, si el barbero le hubiera prestado más atención mientras hablaba con ella, habría escuchado al niño gruñirle por lo bajo, como advertencia.
Junto a unas escaleras que llevaban a una salida hacia la superficie, alcanzó a distinguir una silueta en medio de la oscuridad. Era él. Estaba agazapado contra la pared. Dormía, o eso parecía estar haciendo. Temblaba y de su boca salía un vapor espeso, producto del punzante frío que hacía en el ambiente. Tal vez tendría un desmayo, por causa del alcohol que inundaba sus arterias.
-Alguien allá arriba debe quererte mucho, niño. -murmuró. Mientras alzaba a Toby en sus brazos sin que despertara. Fue fácil en cuestión; el niño era delgado y pesaba menos de treinta kilos.
Volvió a la panadería. Con sigilo atravesó cada puerta, recorrió el pasillo, pasó cada habitación hasta llegar a la de ella. Se detuvo frente al umbral. Miró al niño que dormía plácidamente en su regazo. Podría… a caso… ¿convertirme en un buen padre…? ¿El que nunca fui para Johanna?-se indagó a sí mismo.
-Sólo el tiempo lo dirá- resolvió en un leve susurro que sólo él oyó.
Sin esperar más, entró en la habitación. Pensó que tal vez el hecho de traer a Toby en brazos le daría suficiente libertad como para pasar sin tocar.
Nellie sólo miraba por la ventana, sentada en un sillón. Tenía los ojos cristalizados. Sabía perfectamente que el asesino al que ella amaba se le acercaba por la espalda; reconocería el tempo de sus pasos en donde fuese. Con lágrimas a punto de salir de sus hermosos ojos sólo esperó el final.
El andar de Sweeney cesó. Ella se armó de valor para voltear. Sus ojos no daban crédito a lo que veía. El señor Todd, estaba impecable, con su pequeño Toby en brazos.
-No sé… cuánto ha bebido. –titubeó él, colocando al niño en la cama de ella y sentándose en una silla que estaba a un lado. Nellie no dijo nada. Simplemente se acercó hacia donde estaban los dos. Se arrodilló junto a la cama, al lado de Toby.
-¿En dónde estabas, amor? –preguntó ella en un susurro, acariciando el encrespado cabello castaño del niño, que dormía apaciblemente, mientras miraba su relajado rostro. Sweeney también lo observaba. Qué domesticado se veía cuando dormía.
-Sólo me quedé en la barbería.-contestó rápidamente Sweeney, sin siquiera meditar o darse cuenta de que ella le hablaba al niño. Nellie lo miró con sorpresa. Cuando él se dio cuenta de su error, miró rápidamente hacia abajo. Ambos se sonrojaron, pero con la suerte de que la habitación estuviera oscura. –Lo siento. –murmuró. Ella nada más asintió suavemente con la cabeza.
Se quedaron en silencio un buen rato. Era un silencio por demás incómodo. Él sabía que había algo que debía decir. Pero cuando lo creía el momento oportuno, tomaba aire, abría la boca, se arrepentía y volvía a cerrarla.
Nellie se limitaba a mimar al niño. No levantaba la vista. Temía encontrarse con los ojos de un hombre enfurecido. Era una situación muy extraña.
Sin que ella lo notara, él se arrodilló sigilosamente del lado opuesto de donde ella estaba.
Ella notó un ligero movimiento, por lo que dirigió su mirada hacia donde había estado Sweeney, pero él no estaba sentado en la silla. Rápidamente lo buscó con la vista y ahí estaba él, frente a ella. Tan cerca, y tan lejos a la vez.
-Tenemos que hablar. -murmuró él. Pensando que tal vez el hecho de que el niño dormía sería suficiente justificativo como para haberse acercado y haber hablado tan pasiva y suavemente. En sus ojos podía verse que él estaba aún más confundido que ella, pero la voluntad nunca fue un rasgo escaso en él. El estómago de Nellie dio un vuelco de vacío. Temía lo peor. Pero la mirada del barbero no le decía lo mismo. Asintió con timidez, mientras se disponía a salir de la habitación dando las buenas noches a Toby con un beso en la frente y una caricia entre su cabello, como si fuera la última vez que lo vería.
El gesto no pasó desapercibido por Todd, que inmediatamente comprendió que ella seguía temiéndole.
-Por eso no decía nada…Por eso no se movía. Por eso apenas escuchaba su respiración. –pensaba él mientras la seguía a la sala de estar.
Llegaron, y se sentaron en silencio. No sabían mirarse a los ojos. Sweeney decidió intentar hablar por segunda vez. ¿Por qué le costaba tanto? Pensó que si comenzaba por hablarle de lo que había sucedido, acabaría teniendo que consolar un llanto que, con seguridad despertaría al mocoso, y ahí sí que estaría en problemas. Decidió comenzar una charla algo espontánea.
-Es un buen niño… -dijo dubitativo. Nellie lo miró con atención, como si lo que acabara de oír no tuviera el menor sentido. En realidad sabía que él se refería a Toby. Lo mejor sería no contradecirlo ni liarlo.
-Oh, sí. Es un buen niño. Tuvo un pasado difícil… -se había equivocado. ¿Cómo dices eso a Sweeney Todd? El hombre no tuvo precisamente un pasado de leche y miel… - para ser un niño, quiero decir.
-Comprendo, señora Lovett. –la calmó él. Había notado que ella se había incomodado y sabía perfectamente el porqué. Estaban sentados en dos sillones enfrentados. Él podía ver cada movimiento que ella hacía. Veía cómo estaba incómoda y nerviosa. Ambos bajaron la mirada. Sólo un minuto de silencio. – ¿Señora Lovett…? – llamó su atención y se dispuso a levantarse de su lugar.
Cuando Nellie alzó su mirada, un escalofrío le recorrió la espalda, puesto que él se había sentado junto a ella.
-Ahora no hay salida. –pensó.
Al notar que ella lo miraba atentamente, él prosiguió.
-Sólo quiero saber por qué lo hizo. –a esto Nellie sólo respondió con un tenue suspiro; de esos que dicen "ya te lo dije. No quiero hablar de eso". Intentó en vano deshacer el nudo que aprisionaba su garganta. Sus ojos se cristalizaban. –Dígame, ¿por qué? –Ella seguía sin contestar. –¿Es cierto que usted… me…?-
-Lo amo. Así es. –interrumpió ella, con la mirada en el suelo. Ya no lo soportaba. Y las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas. Sweeney se alejó un poco, temiendo que ella descargara un llanto sonoro en ese preciso momento.
Pero no sucedió. Nellie sólo sollozó en silencio, sin levantar su vista.
Él se sintió pésimo. No soportaba hacer llorar a una mujer. Y menos a una que le amaba.
¿Podría él… consolarla?
¿Podría…? –pensó.
Se acercó a ella con sigilo, intentando no alarmarla. Carraspeó, buscando llamar su atención. Pero ella no estaba dispuesta a hacerle caso.
Sin encontrar un recurso más leve, él colocó su mano en la barbilla de ella, haciendo que lo mirase. Ella nunca había visto una expresión tan profunda en sus ojos pardos. Su mirada decía "por favor, no llores".
Con algo de pena, Nellie quiso desviar su mirada, ladeando un poco su cabeza, pero él la aferró de nuevo; sólo que ésta vez tomando su rostro con ambas manos, permitiéndose secar suavemente las lágrimas con sus pulgares.
Tomó valor. La rodeó con un apacible abrazo. Porque sí. Porque ella lo necesitaba. Sus ojos se perdieron en algún punto del espacio, mientras descansaba su barbilla en el hombro de ella, con una expresión de cohibimiento que mantuvo por unos minutos.
Volvió a la realidad. Quiso romper el abrazo.
-Gracias- susurró levemente, muy cerca de su oído- creí oír eso.
Se levantó de su sitio y se dirigió a su lugar. A la barbería. Nellie lo miró fijamente, pero con una expresión algo confusa en el rostro. ¿A dónde se dirigía?
-Necesito dormir. –murmuró él, como si hubiera adivinado su pensamiento con sólo sentir su mirada atravesándolo, preguntándole a dónde se dirigía, o si le volvería a ver.
Ella sólo lo vio alejarse, en silencio. Estaba confundida. Tenía muy pocas pruebas de que él realmente hubiera ejecutado un cambio tan drástico a su naturaleza, a su crueldad, a su ceguera.
Porque eso es lo que era Sweeney Todd; un hombre ciego. Ciego como alguien que no reconoce el amor, aún cuando lo tiene en frente. Ciego como alguien que no reconoció a su esposa, aún cuando la escuchó hablar. Ciego como alguien que no reconoció a su hija, aún cuando sus rasgos se parecían tanto a los de él.
Definitivamente, si no es fácil volver vidente a un hombre ciego, lo es mucho menos volver vidente el corazón ciego de un hombre.
Sin embargo, ella sabe que hay alguien a quien ama más que a Benjamín Barker. Y es Sweeney Todd.
Lo mejor será darle su tiempo. Antes de que él se vea forzado a pedírselo. Después de todo, por algo se comienza.
En su barbería, un hombre muy tranquilo se disponía a dormir, y soñar, por primera vez en quince años.
La razón de su insomnio no eran las pesadillas; al menos no en la totalidad. Él no dormía por el simple hecho de que no lo veía necesario. Lo veía, más bien, como un momento de debilidad. Un desperdicio de tiempo. Un momento que podría utilizar, por ejemplo, para planear su venganza.
Pero ahora ya todo estaba cumplido. Ahora ya nada más le restaba disfrutar de su merecida –según él- recompensa.
Cuando tuvo su pijama puesto, se derribó sobre el mullido colchón. El brasero continuaba encendido, aunque no alcanzaba para calentar del todo la enorme habitación, sin mencionar el helado soplo nocturno que se colaba por cada hendidura en las ventanas. En síntesis, la habitación era fría. Se cubrió con las mantas hasta la nariz, que tenía congelada. Se volteó boca abajo, abrazó la almohada -un gesto que lo había caracterizado desde pequeño- y cerró los ojos. No faltó un profundo bostezo, que llegó incluso a humedecer sus ojos. Se durmió al instante. Respirando larga y pesadamente.
Unas dos horas después, en su habitación, Nellie también se iba a la cama. Sólo que para ella, no sería nada especial. Levantó a Toby de su cama y lo arropó en el sofá frente al hogar; sin duda, la cama más calentita. Se puso su camisón, como tantas veces. Se metió en la cama, como tantas veces. Sin embargo, había algo que ésta vez era diferente, y supo inmediatamente el qué. Un sonido al que se había acostumbrado apenas en dos noches -porque sabía perfectamente quién era el que lo hacía-. Y que ahora, era su canción de cuna.
Los pasos de Sweeney ya no se escuchaban sobre su habitación. Pero eso no fue un impedimento para su calma, sino que se tranquilizó de sobremanera, al darse cuenta de que su niño grande había conseguido entregarse al sueño.
Pensando en cuánto dormiría él después de sus largas noches en vela, recordó algo. Aunque era pleno verano, la noche se había tornado severamente fría. Y la cama de él, ella sabía, no tenía suficientes frazadas.
Se levantó nuevamente. Sacó del armario un par de frazadas gruesas. Se puso su bata y salió por la puerta de la tienda.
El frío la golpeó rudamente, pero no se inmutó. Subió las escaleras con las pesadas mantas a cuestas. Llegó a la puerta de la barbería.
Con la cautela que jamás tuvo, ella abrió la puerta, logrando que la campana no hiciera el más mínimo sonido. Se dirigió directamente hacia donde descansaría él. Sin saber por qué, ella estaba completamente segura de que él estaría al menos tirado en su cama.
Se sorprendió cuando lo vio ahí, hecho un ovillo. Destapado, tiritando de frío y con todas las colchas revueltas. Sólo le faltaba el pulgar dentro de su boca para parecer un niño pequeño. Cuando se acercó más, escuchó su respiración, que parecía un rosario de suspiros sonoros y pesados.
Empezó por acomodarle el pijama. Debido a su posición, se había plegado hacia arriba dejando ver medio torso. Cuando tocó su piel, notó que estaba helada y erizada, sin mencionar los temblores que sentía bajo su tacto. Al terminar de tirar de la camisa hacia abajo, comenzó a acomodar las mantas sobre él.
Ella notó como su respiración se apaciguaba y se hacía menos ronca a medida que él iba entrando en calor.
Terminó de colocar la última frazada. Se veía como un ángel cuando dormía; sin ninguna expresión en su rostro, salvo la de completa calma.
Antes de dirigirse a la puerta, lo miró por última vez. Era la primera vez que lo veía dormir. Lo vio tan apacible… tan vulnerable, tan deseable. Quiso besarlo. Pero no se atrevió. Se limitó a acariciar su mejilla con sus dedos. Su silenciosa forma de decir buenas noches.
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Muchas gracias por su aliento, gente. Se les agradece a los que dejaron RR y también a los que dejaron un MP.
Estoy realmente feliz de que les haya gustado el inicio de este Fic.
Dios santo… qué expresiva que soy. Al parecer soy una persona que se guía por la formalidad y la protocolaridad. :D
