Siete días para conquistarte
Todos los días desde la cafetería, Inuyasha observaba a Kagome a la distancia, no la conocía, no sabía siquiera su nombre, pero le gustaba. Ahora él se había propuesto conquistarla, el reto es hacerlo en siete días. ¿Qué es lo que hará?
Día tres:
En serio, esa mujer iba a volverme loco, totalmente. Soñarla ya era lo suficientemente malo, y no precisamente por el hecho de soñarla, si no porque al despertar, darme cuenta de que era eso: un sueño; era demasiado frustrante. Cuando fuimos a almorzar al lago logré tomar una fotografía clandestina sin su consentimiento, en donde capté al menos su perfil, y, eso, es lo único que me consolaba en esos instantes. No dejaba de ver su imagen en la pantalla de mi celular, imaginando que ella venía hacía mí, que me llamaba, que la escuchaba… ¡La estaba delirando!
No sabes lo que necesitas hasta que lo encuentras
Recordé las palabras de Mioga del día anterior, no era la primer vez que me lo mencionada, pero si fue la primer vez que advertí su verdadero significado: yo necesitaba a Kagome. Había una lista de buenas razones que me lo anunciaban, como que me distraía de la pesadez de la realidad y el estrés del trabajo o que estaba siempre presente a cada instante dentro de mi mente, por ejemplo. No supe en que momento pasó, pero estaba conciente de que ella había subido de peldaños entre mis prioridades cotidianas, a futuro a corto y largo plazo. Estaba meditabundo sentado en mi cómodo sofá de grandes aletas a un respaldo que sobrepasaba mi cabeza. Me sentía como un viejo señorón y si tuviera una pipa para fumar, podría completar perfectamente el cuadro. ¿Qué haría al siguiente día para ella? me pregunté mientras rascaba mi cabeza como intentando buscar en eso las ideas.
Así llegó la siguiente mañana, sin nada en mente que utilizar. Decidí dejarlo por primera vez a la suerte, iría al lugar de siempre, y esperaría allí, y que fuera lo que tuviera que pasar. Con ese vano pensamiento salí del despacho y me encaminé hacia el punto de encuentro involuntario de comida rápida, estaba seguro que hoy la vería, y esperaba no equivocarme. Pedí por mientras un refresco de cola para amedrentar el hambre que sentía, no quería comer si no hasta que ella llegara para acompañarla. Cinco minutos, diez minutos, veinte y yo no dejaba de mirar el reloj. Alguna seguridad extraída de quien sabe donde me insistía que llegaría y que yo debía quedarme a esperarla, pero el sentido común apelaba a lo más obvio: que no. Aposté entonces por el sentido común que creía perdido, me levanté para proceder a retirarme y en ese justo momento la vi entrar tras abrirse la puerta de cristal. Mis ojos saltaron de la alegría y la excitación, quedé boquiabierto cuando exploré su indumentaria. Vestida con ese uniforme blanco de enfermera, son su silueta dibujándose a contraluz en la tela a la par de sus movimientos delicados al caminar. Sentía que se me iba a salir el corazón y que estaba salivando como perro al cual le ponen un trozo de carne sin que lo pueda alcanzar.
–Buenas tardes –me saludó sin mucho afán
Entonces, al escuchar su tono desanimado y casi fúnebre reconocí el desánimo en él. Caminó como por inercia a pedir su charola con su hamburguesa y su refresco de cola, la seguí, imitándola en un silencio que percibí incomodo, más para mí que para ella. Rápidamente fue a su habitual mesa y se desplomó sobre el asiento sin mencionar palabra alguna.
–¿Pasó algo? –aventuré.
Sabía que lo más seguro era que ella me tomara por entrometido, si se cuenta el escaso tiempo que hubiéramos, hasta entonces, convivido. Pero una curiosidad impetuosa se removía por dentro esperando a ser satisfecha.
–Mal día –se limitó a responder.
Con esa respuesta me había especificado que no estaba dispuesta a abrirse más que eso conmigo, pero aún así quise saber más, y no me rendí ante su sutil negativa.
–¿De los malos días que se olvidan con un helado y una puesta de sol o de los malos días que perduran haciendo heridas? –indagué
–De los malos días que no se le cuentan a nadie –contestó fastidiada
–Yo no soy nadie, Kagome
La escuché suspirar tras mi aclaración e hizo a un lado la charola de aluminio con comida, recargó sus codos cruzándolos sobre la mesa y apoyó su cabeza sobre ellos haciendo que su cabello se desparramara por su espalda y hombros, ocultando su rostro y ahogando lo que percibí quizás como llanto.
–¿Kagome?
La escuché suspirar profundamente ante mi insistencia.
–No se me pasará con un helado ni con una puesta de sol.
–¿Quizás con un dote del delicioso Takoyaki milagroso que prepara el anciano Mioga?
–Sería bueno, pero no lo creo.
–Con que sea bueno basta, aunque sea un poco.
Entonces me levante, la tomé por el brazo halándola hacía arriba y me dirigí a la salida con ella prácticamente arrastras.
–¿A dónde me llevas? –preguntó exigente y forcejeando
–A algo que será bueno.
Se dejó hacer y la llevé conmigo hasta donde se encontraba mi sedan aparcado, le abrí la puerta como buen caballero y esperé a que se introdujera para cerrarla igualmente. Le di la vuelta al auto y me acomodé en el asiento del conductor. Puse el auto en marcha y arranqué por el mismo camino que recorriese el día anterior: al lago del parque donde yacía el puesto ambulante de Mioga y su legendario takoyaki.
–¿Inuyasha? –llamó ella observando por la ventanilla del copiloto.
No re respondí y salí del auto para abrirle la puerta ayudándola a salir. Se quedó un instante estática observando el paisaje hasta que suspiró entre resignada y aliviada.
Sin decir más llegamos hasta el carrito donde ya se percibía el aroma del pulpo cociéndose en el asador.
–¡Muchacho, Kagome! –saludó el anciano al percatarse de nuestra presencia –¿qué los trae por aquí de nuevo?
–El legendario sabor de tu takoyaki –atiné a decir
El viejo hombre infló su pecho orgulloso por el halago, soltando un discurso de su niñez y la forma en como aprendió a preparar el dichoso alimento típico de su pueblo natal en la región de Kansai.
–…Y así fue como mi sensei, un experto culinario, me transmitió el arte de preparar takoyaki –concluyó al fin el anciano.
No supe en que momento fue que Kagome comenzó a sonreír nuevamente, divertida del relato del viejo cocinero, contagiándome con esa luz que solo de ella podía emanar.
–Te dije que era milagroso –le exclamé muy cerca del oído.
Sentí su mirada clavada en mí, como la de una adulto que reprende gentilmente a un niño por alguna travesura inofensiva, me encogí de hombros fingiendo inocencia y entonces la escuche suspirar de nuevo.
–Gracias –murmuró muy bajo mientras metía una de las bolitas de takoyaki en su boca.
Me faltan palabras para describir lo que sentí en ese momento, hubiera querido que se lanzara a mis brazos cual pequeña niña precoz e impulsiva, pero ella era una mujer, más joven que yo, pero al fin una.
Terminando de comer las bolitas de takoyaki entregué a Mioga tres monedas de 100 yenes y procedí a seguir a Kagome que se estaba alejando hacia la orilla del lago.
–¿Podemos subir a una?
Dirigí la mirada en dirección a donde señalaba con su dedo: los botes de remos. Una sensación de emoción me embargó en contra de mi voluntad y le respondí intentando parecer sereno.
–Claro
Pagué al hombre responsable de los botes con una moneda y tome la mano de mi acompañante para ayudarla a subir a la pequeña embarcación, tambaleante sobre el agua, y yo tras de ella.
–Siempre quise subirme a una de estas –confesó
–¿Me dirás que te pasó? –escruté sin tapujos mientras remaba con lentitud hasta el centro del lago
–Hay esta persona que, pues bueno, le gusto y me quiere, pero yo no la quiero así, y una amiga le ama además; esa personas ha sido muy buena conmigo desde que entré a la facultad. Hoy se fue al extranjero por estudios, no sin antes decirme algunas cosas… hirientes, dejando a esta amiga dolida y enfadada conmigo.
Era algo, resumía todo y la falta de individuos con nombres no era tan de mi incumbencia especialmente porque no conocía a los involucrados.
–¿Quieres a otra persona? –pregunté comprensivo, sin querer resignarme.
–¡No!, bueno, no, no lo se –balbuceó tímida con un sonrojo fulgurante en sus mejillas.
–Las cosas van a solucionarse, estaré contigo –acoté sin nada más en mente pero con la más conciliatoria de mis sonrisas –. Ahora si, el helado podría hacerte olvidar –invité suspicazmente a lo que ella asintió.
Una vez más, el día había sido fructífero o al menos eso yo quería creer. Sentía que tenía algo de su confianza y me alegraba no ver la tristeza reflejada en ese par de ojos color chocolate que inmaculaban su rostro angelical. Estaba tan seguro ahora de mi mismo que aquel muro de miedo que forjé al tratar con ella, que hacía que cuidara cada uno de mis actos y palabras en su presencia; se esfumó. Me sentía en libertad, como un halcón que es soltado para extender sus alas el resto de su vida, me sentí libre de ser quien soy. Cuando el sol por fin se ponía en el horizonte, se despidió de mí sin mirarme realmente a los ojos, apenada y agradecida me tomó desprevenido al posar sus delicados labios sobre mi mejilla espetando un tenue "gracias" mientras se alejaba; tanto fue mi embobamiento que olvide ofrecerle llevarla como era costumbre, esperando que esta vez si aceptara; pero pensé entusiasmado que ya tendría un mañana, un mañana en el que quería sonreír a su lado y en el que habría otra oportunidad para conquistarla.
Mientras paseaba sin cesar la punta de los dedos por la superficie de mi mejilla, simulando la forma de sus labios y rememorando el contacto con mi piel; recordé de nuevo las palabras de Mioga, ese viejo decrepito; tenía tanta razón. Por supuesto nunca iba a admitirlo en su presencia ¿y levantarle su ya excesivo ego?, para nada. Sin embargo entonces creí en esa teoría de que la sabiduría llega con los años, sin contar las arrugas, las canas y los problemas de los huesos, pero preferí no pensar en los demás anexos.
Esta vez no tenía miedo de lo que ella pudiera pensar de mi, tampoco de que pudiera ahuyentarse, estaba tan seguro… Ya tenía mejores planes para el día siguiente y quería que ese beso en mi mejilla prevaleciera hasta el momento en que pudiera probar el contacto de sus labios con los míos.
continuara…
Y ya llega el tercer capitulo, con un nuevo día, bastante más improvisado por parte de Inuyasha.
He de confesar que lo he escrito tres veces, cada vez una tentativa distinta, no sabía como llevarlo, pero parecía muy forzado, especialmente porque no estaba desarrollándolo bien, pero ahora, con un Inuyasha más dispuesto todo podrá fluir con más "miel" tal como la naturaleza melosa que destila esta historia.
Espero que les haya gustado, estaba ansiosa de continuar este fanfic que me pone de buenas al escribirlo y espero transmitir en él lo mismo hacía ustedes al leerlo. Agradezco una vez más por sus comentarios tan llenos de entusiasmos y halagos hacia mi relato, espero llenar sus expectativas en cada capitulo.
¡Acompáñenme en el cuarto día de la conquista de Inuyasha!
Hasta otra y de antemano muchas gracias por dedicarme un poco de su tiempo al leer.
