Siete días para conquistarte

Todos los días desde la cafetería, Inuyasha observaba a Kagome a la distancia, no la conocía, no sabía siquiera su nombre, pero le gustaba. Ahora él se había propuesto conquistarla, el reto es hacerlo en siete días. ¿Qué es lo que hará?

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Día seis:

Bien, después de que me vi forzado a dejar su casa, el único pensamiento que podía sostener en mi cabeza era el de Kagome bajo mis brazos contra mi caja toráxico. Aun podía sentir la calidez de su cercanía y, por todos los cielos, ¡su aroma!. Estaba impregnado en mis fosas nasales insistente, latente; la suavidad de su piel nívea… tan tersa. No se si la sentí de pronto muy frágil y pequeña o yo me sentí más grande, pero tenía la certeza de que quería protegerla sobre cualquier cosa.

Estaba oficialmente necesitando de ella, aunque no tenía mucha gracia admitirlo, ya no estaba para jueguitos e indecisiones. Ahora, un día después, con tiempo de sobra y a sabiendas que ya no era cosa de esperar a verla en el McDonald's como un adolescente indeciso, tenía que buscar otra forma de verla y la única que conocía, era ir hasta el templo.

Es común ver a un hombre cortejar a una mujer, cuando esta le atrae, pero yo estaba cruzando esa delgada línea casi hasta el acoso. Solo esperaba que ella no se estuviera dando cuenta o que bien no le molestara. Si yo fuera una mujer como Kagome y si un tío descarado como yo me estuviera rondando, sin duda lo mandaría a donde su madre con unos buenos insultos de por medio… demonios, me alegré profundamente de que ella no fuera exactamente como yo y de que estudiara enfermería y no leyes.

Un poco encrespado gracias a la deducción sobre mi comportamiento y sobre mis excesos, estaba decidido a decirle que me gustaba -o quizás un poco más- para así rondarla más a gusto o alejarme por completo. Aunque de lo último no estaba tan seguro porque seguiría insistiendo hasta que de cierta forma me aceptara.

Aún era temprano, no pasaban de las diez de la mañana, o al menos eso decía mi reloj de pulso. No pude reprimir el impulso de salir corriendo a buscarle y con la conciencia de que podría estar en la escuela; me aventuré hacia su hogar para probar que tan de mi lado se encontraba la suerte ese día.

En realidad el templo Higurashi no estaba tan lejos de mi casa, por lo cual agradecí encarecidamente a cualquier ente que hubiera decidido poner ese templo shinto a poca distancia de mi vivienda. La verdad es que nunca me había sentido tan gratificado de obtener aquella propiedad. Dos años atrás lo había hecho prácticamente por necesidad, vivir en el cuarto piso de un edificio no es precisamente la mejor dosis de relajación con un trabajo tan estresante como el mío, necesitaba espacio, aire y privacidad, ¿qué mejor que una casa propia en algún barrio tranquilo? ¿y que mejor barrio tranquilo en Tokyo que Itabashi?. Ahora amaba más que nunca el barrio de Itabashi.

No tardé más de quince minutos en estar frente a aquella enorme escalinata de concreto, y me dispuse a subirla lo más rápido que pude. Aún si no la encontraba, podría ver a su hermano y preguntarle algunas cosas sobre Kagome. Cuando cruce el torii, sentí que mariposas se agitaban en mi estomago, pero no de esas mariposas tiernas que hacen cosquillas, si no de esas agresivas que te quieren hacer un agujero y, que estoy seguro, en cualquier momento me iban a hacer un hueco haciendo un derramamiento de viseras innecesario.

Una vez más frente aquella puerta, me armé del valor que había dejado unos metros atrás, y respiré hondamente, preparado para cualquier cosa. Noté que había un timbre. Y pensar que el día anterior yo había tocado con los nudillos. Pues me dispuse a usar el innovador invento, una vez, escuche el sonido largo … ¡que desesperación!. Golpeteé la loza con mi pie, con bastantes ansias, quería que pasara algo, lo que fuera, pero que pasara ya. Y como por arte de magia, la puerta se abrió, una vez más, lentamente, incluyendo el suspenso que yo no necesitaba.

Una figura pequeña estaba dentro del lugar. Cabellos negros y un corte al ras de sus orejas, unos ojos dormilones y una cara simpática, un chiquillo, el hermano de Kagome, deduje al instante.

Me saludó y me miró confundido, por supuesto no dejé de responderle cortésmente a su interrogatorio…

–¿Eres amigo de mi hermana?

–Si, creo, bueno, algo así…

–¿Cómo te llamas?

–Inuyasha

–¿Vienes a ver a Kagome? –vaya mocoso suspicaz ironicé

–Si, ¿esta?

–Pues si, pero esta enferma

Es obvio que en ese momento cualquier tipo de ilusión, fantasía, ansia o mínimo ápice de planes se me vinieron abajo. También he de suponer que puse una cara de idiota retrasado o que palidecí al instante, porque el chico se asustó y rectifico rápidamente sus palabras.

–No es mucho, solo esta resfriada, ella dice que se pondrá bien. Kagome es enfermera ¿sabes? así que debe ser cierto –, bien, yo suspiré ante eso, pero lo cierto es que no me fiaba mucho, es decir, Kagome parecía ser la clásica buena hermana mayor, de esas protectoras casi maternales y podría haberle mentido a su hermano para que no se preocupase por ella, lo que obviamente hizo que me preocupara más…

–¿Puedo pasar a verla? –pregunté ya estando adentro.

–Ah, si

El enano caminó y yo le seguí de cerca, subimos las escaleras a la segunda planta, el piso era de madera perfectamente lisa, y avancé hasta que se detuvo frente a una puerta de un color beige.

–¿Hermana? –preguntó desde afuera mientras tocaba con los nudillos. No hubo respuesta –. Seguro esta dormida, me dijo que descansaría y que después estudiaría un poco.

Aún a pesar de eso yo quería cerciorarme de que estaba bien, necesitaba saberlo desesperadamente. El niño se quedó pasmado un instante y luego giro la perilla de la puerta empujándola.

–¿Hermana? –volvió a preguntar con cierta cautela mientras se abría paso y yo, nada paciente, tras él.

Estaba seguro que en ese momento, toda la sangre en mis arterias se me había bajado directo hasta los pies, cuando la vi recostada sobre su escritorio como si hubiese intentado estudiar pero no hubiese podido más. Me acerqué a ella en dos zancadas y vi su rostro enrojecido por la fiebre.

–Vaya –dijo el chico tras de mí –, se quedó dormida mientras hacia la tarea, voy despertarla para que se apure –, vaya impertinente, rebatí, nada preocupado… ¿O era que yo estaba exagerando? –, siempre se duerme mientras hace su tarea.

Si, quizás yo estaba exagerando.

–Deberías dejar que duerma, ahora si que lo necesita, esta enferma –argumenté intentando sonar sensato y agradecí que me diera la razón.

–Esta bien, voy a traerle una pastilla –y acto seguido salió corriendo de la habitación.

Intenté respirar más despacio, como si el solo sonido que provocase pudiera despertarla.

Coloqué una mano sobre su espalda y pasé otra por debajo de sus rodillas, levantándola al hilo, con suavidad recargándola contra mi pecho sintiendo el calor que emanaba su cuerpo y la flacidez por su estado. Se me hizo un nudo en el estomago. La acomodé en su cama y le coloqué encima las cobijas, arropándola con gentileza, no se movió ni un milímetro cuando la tendí allí. En ese instante entró su hermano, con una pastilla y un vaso de agua.

–Déjalo allí, cuando despierte la tomará –, le aseguré.

Los ojos del infante se posaron en mí, como examinándome, escrutándome, y después asintió, aprobatoriamente, como si me hubiera hecho un examen para permitirme estar al lado de su hermana. Aunque seguramente fue mi imaginación, estaba volviéndome paranoico con toda esa situación.

Cuando hubo salido de la habitación, tomé la silla del escritorio y la puse al lado de la cama para sentarme y eché mi cabeza atrás, con la mente totalmente en blanco, como si todo lo que hubiera necesitado pensar estuviera ya solucionado y como si nada salvo el bienestar de Kagome me interesase.

Volví mi cabeza hacia ella, donde descansaba y respiraba con dificultad, revuelta entre sus sabanas musitando palabras inteligibles, en un sueño que parecía preocuparla sin llegar a ser pesadilla. La mire con devoción, me inspiró una ternura incomparable, con su rostro sonrojado y el sudor sobre su frente, sus labios entre abiertos y sus tupidas pestañas… Mi cuerpo aclamaba tenerla entre mis brazos, como si ella hubiera sido hecha con un molde solo para mí. De pronto el embelesamiento terminó cuando la escuché suspirar profundamente casi con desesperación. Coloqué presuroso mi mano sobre su frente, y descubrí con horror que su temperatura había aumentado considerablemente. Una consternación y un sentimiento de impotencia me comenzó a invadir sin aviso y en un impulso coloqué una palma en su rostro, ahuecándola para que encajara su mejilla, con suavidad giré un poco su cabeza y deposité un beso en su frente.

–Vas a estar bien –le susurré, seguro de que no podía escucharme, cuando me asombró descubrir sus ojos entreabiertos mirándome apenas entre confundida y agradecida con un frunce y una sonrisa que le devolví, sin pensarlo, automáticamente.

–¿Inuyasha? – espetó apenas con dificultad intentando levantarse apoyándose en sus codos.

–Si, no te levantes – aseveré con suavidad recostándola a lo que obedeció sin rechistar, quedándose dormida nuevamente.

Recordé entonces un viejo remedio casero que aprendí a preparar cuando de muy chico mi madre, siempre envuelta en su kimono tradicional, amorosamente me lo daba si es que cogía algún resfriado, realmente era reconfortante y a estas alturas no me había planteado si aquel desagradable -porque, sí, era horrible su sabor- menjurje de verdad servía, pero siempre parecía aliviarme y en ese momento no dudé mucho si sería factible dárselo a Kagome, al menos estaba seguro de que veneno no era, prueba de ello era que yo estaba vivo hasta la fecha. Después de hacer mi lista mental de las cosas que necesitaba para preparar la solución, partí de la casa asegurándole al chico que volvería en unos momentos, y así fue, una hora más tarde a lo sumo, ya estaba de regreso con una bolsa llena de hiervas medicinales que compré en una tienda naturista tradicional en el barrio de Itabashi no muy lejos del templo Higurashi.

Con la curiosidad en los ojos del pequeño hermano y la determinación en los míos, me dispuse a comenzar la preparación, recordando los pasos a seguir, evocando a mi madre en cada instante moviéndose de un lado al otro en la pequeña cocina; mis manos se movían con eficiente inercia, con vida propia, depositando en una pequeña olla las hiervas, las raíces y hojas secas, colocando las semillas igualmente y vertiendo el agua para que terminaran hirviéndose. Minutos después la infusión despedía aquel particular olor tan agradable como el ataque de un zorrillo, inundando la casa en esa nube olfativa casi insoportable, recuerdo ver a Souta como corría huyendo mientras abría las ventanas y aspiraba profundo el aire limpio.

En aquella casa tan hogareña, incluso en una diminuta familia de dos miembros donde la hermana mayor era el sustento, el ambiente era reconfortablemente envolvedor y yo tenía esa sensación que se tiene cuando se entiende el verdadero significado de "hogar, dulce hogar". Con el líquido vertido en una taza me aventuré a la habitación de Kagome mientras aun escuchaba el ronco rugir de la garganta del chico al vomitar en el lavabo. Abrí con premura la puerta de la habitación para encontrarla durmiendo placidamente, envuelta como un gusano entre la pila de mantas calientes. Cuando estuve cerca, me senté sobre el colchón y la desperté con extremo cuidado ayudándola a levantarse con una de mis manos sobre su espalda.

–Bebe esto –le extendí la taza y cuando el aroma se filtró por sus fosas nasales frunció mientras llevaba dos dedos apretujados a u nariz.

–¡Ew! –expresó ceñuda –¿qué es esto?

–Solo bébelo, te hará bien

–¿Pero qué…?

–Tómatelo ya, no pongas peros –expresé en una orden autoritaria que no dejaba espacio a reclamos

Realmente quise reír cuando terminó de pasarse todo el preparado, pequeñas lagrimas se acumularon en sus ojos, testigos del sacrificio que significó cada sorbo. Pero yo estaba orgulloso de que hubiera tenido el valor de terminarlo.

–¿Por qué te molestas tanto? –bien, la sorpresiva pregunta me hizo darme cuenta de mi estúpida sonrisa y de cómo había actuado todo el día, desde que llegué a su casa, en consecuencia –, es decir, ¿no has estado aquí conmigo? y luego esto…

–Bueno, tú, eres una persona importante para mí… incluso en estos pocos días en los que convivimos, me preocupé y actué solo pensando en que quería que Kagome se recuperara –no muy convencido de estar expresándome abiertamente noté como me sonreía mostrando sus dientes; no con timidez, tampoco con agradecimiento; y unos ojos, que, aunque cansado por la enfermedad, con un brillo de alegría, y la verdad no estaba seguro de qué era ese sentimiento que vislumbré en sus expresión, recordaría preguntárselo más tarde, porque en ese instante mientras yo cavilaba ella ya se había quedado dormida.

continuara…


¡Al fin día seis! Lamento la espera, pero más vale tarde que nunca, y ahora solo nos falta un día más, y hasta ahora parece no haber pasado tanto, ¿no?. Lo mejor debería estar al final, así que no se lo pierdan.

Agradezco encarecidamente por sus comentarios, sus ánimos.

¡Acompáñenme en el séptimo y último día de la conquista de Inuyasha!

¿Están listas para lo que viene?