Siete días para conquistarte

Todos los días desde la cafetería, Inuyasha observaba a Kagome a la distancia, no la conocía, no sabía siquiera su nombre, pero le gustaba. Ahora él se había propuesto conquistarla, el reto es hacerlo en siete días. ¿Qué es lo que hará?

Día siete

Había estado despierto toda la noche, imaginando lo bueno que hubiera sido pasar las horas velando su sueño a su lado. Kagome se veía notablemente mejor cuando me retiré de su casa por eso de las diez de la noche, pero obviamente yo no estuve más tranquilo entonces. Escrutando la posibilidad de que decayera o de que nunca hubiera mejorado en realidad, yo no podía conseguir paz mientras la supiese postrada aún en cama, y por todos los cielos, la angustia me mataba.

Para cuando consideré una hora prudente -9:00 de la mañana para ser exacto-, yo ya estaba en camino hacia su casa, haciendo rugir el motor de mi sedan a una velocidad exuberante, no había ni un minuto que perder, sostuve, y rogué encarecidamente que ningún agente de tránsito me pillara en mi desenfrenado afán de pisar el acelerador.

En el momento en el que estuve una vez más frente a las escalinatas del templo me sentí inundado de una sensación de bienestar, como cuando una madre te da un beso en una herida y con solo eso te sientes mejor. Aspiré profundo. Sin perder más tiempo y con una calma adquirida de quien sabe dónde, subí los escalones uno a uno como disfrutando del paseo y el aire que se colaba por mis pulmones, más puro que nunca; recuerdo que el rostro me dolía por mis gestos forzados, el ceño, estoy seguro que ya se había formado una arruga justo en medio de mi frente; y todo se relajó, mi rostro, mis músculos mi respiración. Seguí subiendo.

Escuché pasos, ligeros, lentos, cortos, desde la cima, aproximándose a la orilla justo debajo del torii y cuando levanté la mirada y la centré donde estaba parada, no distinguí entonces su rostro, el sol tras ella la hacía lucir únicamente su silueta en una sombra y no fue, solo, hasta que estuve a tres escalones de la chica, cuando fui consciente de su brillante sonrisa, la que me encantaba, la que me cautivó cuando solo la veía del otro lado de la calle frente al McDonald's dentro de la cafetería. Estaba radiante, hermosa, con un destello especial en ese par de lúcidos ojos marrones que hacía que me penetraran desnudando mi alma. Pasmado, sin aire, permanecí quieto ante el impacto de su imagen.

–¡Inuyasha! –pronunció con su armónica voz ronca que llegó a mis oídos acariciándolos con exquisitez, produciéndome escalofríos. Intenté despegar mis labios, algo debía decir, "hola", "¿cómo estás?", "¡un gusto verte!", cualquier saludo hubiera venido bien, las palabras se acumulaban en mi lengua y garganta pero mis labios no parecían cooperar. El silencio de mi parte. Y cierto alivió -cabe mencionar- por verla aparentemente recuperada.

Acortando la poca distancia que nos separaba, bajó los tres escalones que nos separaban, y, solo por inercia, giré mi cabeza a mi costado agachándola ligeramente prendado completamente a esas lagunas de chocolate.

–Lo de ayer – comenzó con cierta duda –, Souta me ha contado que estuviste aquí toda la tarde y…bueno, gracias.

Allí estaba, de nuevo agradeciéndome, cuando el agradecido era yo.

–Tú sabes, por todo…

Silencio.

Un tímido pacto de silencio se extendió unos instantes entre ambos. Expectantes, ansiosos. ¿Cuánto tiempo permanecimos sin decir nada ninguno de los dos? Pudieron ser segundos, minutos, no descartaría que fueran horas, el tiempo era totalmente irrelevante.

–¿Sabes? –habló por fin ella, y al instante mis oídos no sirvieron para otra cosa más que para escucharla. Su tono era relajado, sereno, suave –, yo te observaba desde el McDonald's cada vez, siempre estabas en la cafetería tomándote un café humeante con esa expresión ceñuda e interesante, sumergido en alguna sección del periódico.

–Siempre estabas con tus amigas –me limité a decir sin ninguna otra cosa en mi cabeza.

–Si –soltó una pequeña risotada divertida –ellas no dejaban de decir que tú también me mirabas –se sonrojó –, decían que eras muy atractivo…

–¿Y tú lo creías así? –pregunté con altanería, a lo que ella asintió con timidez

–Hasta el día en que entraste por la puerta del establecimiento de hamburguesas, tú no eras más que el amor platónico de una chica…

–¿Tú…?

–Algo así… si. Y entonces llegaste. Yo no tenía deseos de faltar a la que consideraba "nuestra cita" –rió –es una tontería, estoy consciente, pero me gustaba creerlo así. Y por aquella razón la vez que me hablaste estaba sola, mis amigas habían ido a comer a un nuevo establecimiento de tortillas japonesas…

–Tus favoritas –adelanté –… no me mires así, tú misma me lo dijiste en una ocasión.

–Será, no lo recuerdo. Pero sí, y aún así fui a comer hamburguesas.

–Entonces… –aventuré sin atreverme a terminar la frase.

–Tú también me gustas –se encogió, sin ocultar la mirada, enfrentándome pero sonriendo sin cesar.

Más silencio.

Y allí estaba yo, frente a la mujer que observaba diariamente frente a la cafetería, a la que me había propuesto conquistar y a la que había cortejado durante seis días. Si alguien me hubiera preguntado antes si era posible enamorarse en tan poco tiempo, seguramente yo respondería con sarcasmo en una negativa burlona, pero si alguien es capaz de preguntarme ahora, sonreiría estúpidamente, me encogería de hombros y por supuesto que no me atrevería a negarlo. Pues que lo sepan bien, Inuyasha Taisho se había enamorado de la forma más idiota en tan solo siete días.

Y allí estaba ella, la protagonista de los pensamientos, fantasías, sueños, preocupaciones y alegrías que me rondaron en el lapso de una semana. Kagome Higurashi. Estaba confesándome abiertamente lo que sentía, y estaba seguro de que no era un sueño, porque secretamente pellizqué con fuerza una de mis piernas, el dolor fue palpable y muy real, tan real como ella en ese momento, como sus palabras y como todo lo que estaba aconteciendo.

Pero todo no podía terminar tan solo con sus palabras y una despedida hasta el siguiente día, mi reacción fue lenta y de efecto retardado. Mi cerebro tardo algún tiempo en procesar esa valiosa información, pero cuando por fin fui consciente de todo, mis labios se curvaron tanto que me dolieron las mejillas. Jamás había sonreído de aquella forma en toda mi vida, así como jamás había sido tan feliz. Y en un impulso de esa misma felicidad que encendió motores en mi organismo e hizo a mi corazón bombear sangre por todo mi cuerpo de una manera asquerosamente vertiginosa, tomé su menudo cuerpo apretujándolo contra mi pecho y sus pequeños brazos me rodearon por la espalda. Estaba tan cerca que podía percibir su aliento chocar contra mis pectorales, y los latidos de su corazón se confundían con los míos, al mismo ritmo, al mismo compás.

El mundo había dejado de existir. No había cielo, no había suelo, no había impuestos ni política o problemas, no existía el tiempo con su amenaza de olvido, no había luz ni oscuridad, ni bien ni mal. Nada. Solo Kagome e Inuyasha. Ella y yo, y no había mejor forma de constatar la veracidad de los hechos más que lo que estaba a punto de hacer.

No muy convencido de querer separarme de su cuerpo, necesité hacerlo un instante para observar con detenimiento su rostro, el cual no dejaba de admirar con devoción, la suave línea de cada una de sus facciones, el sonrojo que se apoderaba de sus mejillas a cada instante, la profundidad de sus ojos que, inocentes, me miraban expectantes. Mi reflejo en sus pupilas solo me confirmó lo que ya había descubierto. En esas lagunas de caramelo podía ver un hombre con una sonrisa triunfal, devota, contenta y una expresión de cariño y ternura. ¿Yo? Me pregunté por un instante, y ella parpadeó, si, era yo.

Volví a centrarme en Kagome, vi como inconsciente mojó sus labios entreabiertos, invitándome de la manera más descarada a lo que de antemano yo pensaba reclamar. Y sin poder esperar más, incliné mi cabeza lo suficiente para poder tomar con mi boca sus deseables labios. ¡Ah! ¿cómo había tenido la paciencia suficiente para resistirme a no hacerlo antes? me pregunté enfadado conmigo mismo, pero la espera ha valido la pena, me aseguré. Tan suaves al tacto, delicados, maleables, deseables, dulces como la miel, nunca podría obtener suficiente de ellos. Ella seguía el ritmo de mis besos, cada vez más profundos, hasta que pude penetrar con mi lengua y abrirme paso en su recelosa cavidad, dejándome probar así el sabor de su saliva. Deliciosa.

Es mentira cuando dicen que cuando besas necesitas separarte de la persona y tomarse una pausa para respirar ¿Quién necesita respirar oxigeno cuando podía respirar su aliento?, el beso pareció eterno, ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer, ninguno quería terminar. Sin embargo el fatídico momento llegó, tan lentamente, como si estuviéramos aletargados y como si un pegamento uniera nuestros labios. Y aún en ese instante nadie habló ¿para que necesitábamos las palabras?, ninguna era suficiente, ninguna era necesaria.

Con reticencia la tomé de los hombros, separándola un poco para examinarla detenidamente. Sus labios hinchados en los que había quedado la huella de los míos, la ilusión en sus ojos soñadores y el inconfundible e interminable sonrojo.

Pasé mi brazo alrededor de sus hombros, acercándola a mí de forma posesiva, y ella se dejó hacer, amoldándose perfectamente a mi perfil. Comencé a guiarla escaleras abajo con una firme convicción.

–¿A dónde vamos? –se atrevió a hablar, cuando tuvo aliento para ello.

–¿Importa?

–Es… es que no avisé a Souta que saldría

–Entonces avísale, ve y dile que te desapareces toda la tarde con tu flamante novio.

Con una de sus sonrisas y un asentamiento de cabeza la vi correr de regreso a su casa y en un santiamén ya estaba allí de nuevo con un pequeño suéter de un color azul pastel en mano. Sé que he mencionado en cada línea la misma palabra, pero es imposible no aludir siquiera un instante a cualquiera de sus sonrisas. La jovial, la soñadora, la tímida, la reconfortante, la graciosa… todas las facetas en la que ella curvaba sus labios dibujando en su rostro una de sus tantas sonrisas contagiosas. Las que me dedicaba sin tacañería y me ofrecía con bondad y dulzura. Las que a cada momento me embobaban cada vez más.

–Entonces –dijo –¿me dirás a donde vamos?

–Es un secreto –argumenté inútilmente mientras pasaba la mano por sus hombros y la instaba a caminar escaleras abajo.

–¡Oh! vamos, dime –insistió sin perder el tono alegre, dejándose llevar.

–Si te dijera que no tengo ni una puñetera idea, ¿me creerías?

–¿Qué? –rió divertida

–A donde nos lleve mi sedan, querida.

–¿Tiene el tanque lleno?

–Sí, y te aseguro que nos llevará muy lejos.

–Solo espero volver para la cena

–¿No aceptarías una invitación a cenar?

–Me toca invitarte –sentenció con seriedad –no es justo que seas el único que se lleve el crédito.

–¿Vas a invitarme? –su declaración, debo admitir, me tomó por sorpresa. Si se toma en cuenta que ahora ella estaba en un muy cercano caso a la quiebra.

–No puedo pagarle una cena en un restaurante caro, señorito, pero en cambio puedo cocinar las mejores tortillas estilo japonés de toda la prefectura.

–¡Oh! –espeté –No es la modestia una de tus virtudes, ¿eh?

–¿Dudas de mis dotes culinarios?

–No me atrevería hasta no haberlo comprobado…

Por supuesto, yo quería probar cualquier cosa que ella hiciera, las tortillas, el tempura, el teriyaki, incluso el rameen instantáneo que calentara en su microondas. Pero no iba a admitirlo, aún me quedaba un poco de orgullo…


¡Fin! ¿qué, fin? ¡Si! Después de hacerlas esperar tanto, el dichoso final de este pequeño fanfic se hace presente.

No podía quitarle a Inuyasha por completo su orgullo, lo juro, lo intenté, pero entonces ya no sería nuestro Inuyasha. Si se dan cuenta aunque esto fue tan asquerosamente cursi, solo fue en la mente de Inuyasha, pues él jamás externó todo lo que por su cabeza se pasaba. Es lo que cuidé mucho de hacer: sumergirnos en lo que podría haber en su interior en un derramamiento absurdo de melosidad y miel, pero no forzarlo a hacer cosas que jamás haría. Espero haber logrado de alguna forma el cometido.

Como sea, lamento muchísimo el largo retraso. Estuve todo un mes sin computadora, y luego un par de semanas tratando de recuperar los datos que creía perdidos. ¡Imaginen! estuve a punto de perder todo el fic completo, y lo peor es que ya llevaba parte del final escrito. Casi me da un infarto de muerte.

Bueno, es el momento de despedirme, pero no es definitivo ¿bien?. Por allí anda entre manos el proyecto de otro fanfic igualmente de Inuyasha. Pero es todo un secreto. Espero verlas por allí también, pero por ahora solo me queda desearles lo mejor y agradecerles por sus comentarios siempre muy bienvenidos que me animan y bastante.

¡Hasta otra chicas! y una vez más, muchas gracias.