Siete

Disclaimer: Todo es propiedad de J.K. Rowling y compañía.

Summary: Siete fueron las veces que la Dama Gris y el Barón Sanguinario se vieron a escondidas, siete las puñaladas que les condujeron a la muerte, siete los siglos que tardaron en volver a recordar su historia y siete los pecados que cometieron.

Summary Adicional: Dos fantasmas, siete pecados. Esta es su historia.

Rating: T

Pairing: Helena Ravenclaw & El Barón Sanguinario.

Duración: 669 palabras (es algo más largo que un drabble)


Siete

Ira-Enojo

El Barón no sabía que hacía en ese bosque alejado de la mano de Dios, rodeado de bárbaros. Recordaba haber pensado que era una oportunidad para recuperar la añorada juventud, ya lejana ante los días presentes y, con ella, recuperar un poco de la felicidad olvidada. Pero cuanto más vueltas daba al asunto, más se convencía de que estaba equivocado. Tenía el presentimiento de que algo iba a salir mal. O tal vez sólo era la incesable neblina que acechaba a su alrededor, privándole de ver nada a más de tres palmos.

En cualquier caso tenía ganas de terminar con aquello y volver a respirar con tranquilidad.

Un ruido extraño le sacó de sus pensamientos, estremeciéndole de manera involuntaria. Algún animal hambriento, se dijo. Pero lo cierto es que llevaba días en aquel bosque albanés, dando vueltas sin parar pero sin encontrar nada. Y eso que ella estaba allí, pondría la mano en el fuego por ello. Se había pasado más de dos años siguiéndole la pista, y tras varias alarmas falsas, por fin estaba seguro de que había dado con el lugar correcto.

Y, es que no se podía permitir más equivocaciones. Según sus últimas informaciones, Rowena se había consumido extremadamente rápido y, ahora sólo vivía para volver a ver a su hija. Por su parte, él también estaba consumiendo su tiempo. Hacía más de un año que no veía a su familia, y aquella vez fue para acudir al entierro de su mujer y de dos de sus vástagos, muertos a causa de una epidemia.

Tan siquiera había tenido tiempo para lamentarlo. Ahora, Helena, como en sus viejos tiempos, le absorbía completamente.

Otra vez el ruido. Pero no parecía de un animal. Sino de un humano. Un mago, más exactamente. Quizás, por fin la pudiera hallar. Dio la vuelta y se encaminó hacia donde provenía el sonido.

Pero algo se interpuso en su camino. Una varita en su pescuezo.

Habían pasado años y ella había envejecido prematuramente, pero él la reconocería en cualquier momento. Incluso con una vieja y rota túnica, embarrada, cuyo color sólo se podía adivinar. Incluso con aquel abrigo de pieles de rata. Incluso con el pelo canoso, prácticamente desdentada y surcada de múltiples arrugas.

Porque sus ojos oscuros seguían brillando, como siempre habían hecho.

Y él la seguía queriendo, como nunca había dejado de hacer.

Permanecieron así en silencio, durante mucho tiempo. Porque no había nada que decir y, a la vez, demasiadas cosas como para tener tiempo suficiente para decirlas.

Hasta que ella le besó. Atrajo su nuca violentamente y colocó sus brazos en su cintura. Aquel era un beso de impotencia, de rabia, de ira por el tiempo perdido. Sus lenguas se enroscaron, reconociéndose una a la otra. Por un momento, él se dejó llevar, olvidando todo, incluso su nombre. Pero no podía, no debía durar mucho tiempo.

Se abrazaron, silencioso consuelo en la ceguera.

Pero ella habló, interrumpiendo el único momento de serena calma que jamás habían tenido juntos.

- Siempre te he querido. ¿Lo sabes, no? – Susurró con su voz ronca, cansada de no haber sido utilizada en mucho tiempo. Y con esa voz firmó su última sentencia.

- Sí. Y lo siento – Dijo él.

Lo sentía, en verdad que lo hacía. Porque ella ya no era Helena, joven, brillante, arrogante, bella, inalcanzable. Porque él ya no era el Barón, prometedor, encantador, candente, locuaz, sonriente.

Las oscuras nebulosas de su memoria se habían llevado el pasado. Nada quedaba de aquellos jóvenes, que en sus primaveras habían soñado con todo y nada se habían llevado.

Por eso no sintió nada cuando sacó su puñal de plata.

Nada cuando se lo clavó, una vez, otra, y muchas más.

Nada cuando Helena cayó sobre el suelo helado y los guijarros embarrados.

Ni cuando sus manos y sus ropajes se llenaron de sangre, tampoco nada sintió.

Porque ya no le quedaba nada, nada era. Sus recuerdos se lo habían llevado consigo.

Nada excepto aquel rayo de luz verde que lo condujo a la oscuridad.

Helena…


Nota de Autora: Esto lo tenía escrito desde hacía mucho tiempo, y mentiría si dijera que no estuve a punto de llorar. Y ahora, al releerlo, también me dan ganas de llorar. Será que soy demasiado sensible (sólo para algunas cosas), pero el Barón y Helena no se merecían acabar así. Y no tengo demasiadas ganas de comentarlo, y hacer unas notas tan kilométricas como suelo. Bien, aquí la palabra ira sólo se menciona una vez, y no se refiere a la situación que ideé cuando concebí este drabble. Pero es cierto que se puede aplicar de una manera extraña a cualquier situación del drabble. Yo más bien diría ira mezclada con frustración, aunque ¿quién sabe? quizás sean lo mismo. Bien, creo que los personajes están bien caracterizados, y la situación es más o menos cannon. La vejez prematura de Helena es comprensible, ya que ha malvivido durante más una década en ese bosque albanés, sin poder comer decentemente.

Lo siento muchísimo, pero no estoy como para analizar el drabble detalladamente como suelo hacerlo, porque estoy algo depresiva, en parte por el drabble es sí mismo y en parte porque es el penúltimo. Si has sido uno de los que ha sentido el trágico final de esta pareja, déjame review. Si estás disconforme con algo, también. Si te ha gustado o lo has adorado, con mucha más razón déjame review. Y si simplemente quieres hacerme un poco más feliz, también.

Se me olvidaba decir que este drabble es lo que más me ha gustado de todos los que he escrito.

Hasta pronto,

Islian

P.D: Perdonadme la incoherencia, estoy sin dormir y encima en fase semi-depresiva ya que se acerca el final del fic.