Capítulo 2: Asimilando mi enfermedad
Salí del hospital como un zombie de esos que salen en las películas de terror, tenía grandes ojeras y estaba terriblemente pálido. Anduve hacia la parada del bus que me llevaría a mi piso donde seguro iba a llorar hasta quedarme completamente dormido.
Me pregunté que había hecho en esta vida para que me castigaran así, dos cánceres en poco tiempo. Uno a los veinte y ahora otro a los veintiuno.
Mi furia creció y temí que fuera a estallar así que me puse mi querido Ipod, una canción de Death Metal quita las penas a cualquiera. Voces guturales ásperas e incomprensibles o sea una delicia para los oídos.
Como la ira no desaparecía busqué refugio en el tabaco, encendí un cigarrillo y di una calada que hizo estremecer a mis heridos pulmones. Tosí fuertemente, notaba como si me clavasen varias dagas ardiendo en el pecho.
Sentándome en un banco volví a mi mundo de fantasía, a la guerra. Ahora había mucha niebla y no podían atacar a los miembros del ejército de la oscuridad. Una célula empezó a chillar. Podía escuchar sus roncas voces.
—Señor, mañana llegarán refuerzos pero puede que nosotros muramos.
—Moriremos por una causa justa.
Cuando abrí los ojos reí inconscientemente, la gente me miraba con ojos acusadores ya que seguro pensarían que estaba loco además yo también pensé que estaba perdiendo la cabeza.
El bus llegó puntual y subí, toda las personas que allí había me miraba no se si por la cara que tenía o por mi imponente altura. Tuve que sentarme.
Mirando por la ventana dejé pasar el tiempo, ver toda la ciudad pasando rápidamente logró despistarme hasta que mi móvil sonó asustándome. Volví a ver las miradas de la gente.
Lo cogí enseguida.
—Hola cari, ¿Qué tal estás?
Era Black hablándome con su suave voz, no me demoré en contestarle.
—Bien, estoy de camino a casa. Por la tarde iré a verte.
—Tengo ganas de verte, estar en el hospital es muy aburrido.
—Ya has oído al médico, hasta que no te hagan el trasplante de médula no podrás salir.
Intentaba cambiar de tono de voz pero sonaba "a funeral". Tras una pequeña pausa empezó a hablar de nuevo.
—Vaya catarro tienes, parece que lo tienes agarrado al pecho.
—Y bien agarrado que lo tengo. —Pensé para mí.
—Puede ser, mañana iré al ambulatorio.
—Bueno, tengo que dejarte ya que me traen la comida. Hasta luego.
—Te quiero mucho, Black.
Colgó. Miré el reloj del teléfono que marcaba las tres de la tarde y le di al botón de "parada solicitada". Había llegado a mi calle, al salir, un fuerte ruido me distrajo.
En el descampado que hay al lado de mi casa estaba el camión tráiler de mi hermano aparcado, había llegado de muy lejos.
No he hablado de mi hermano ¿verdad? Pues os lo presentaré, su nombre es Wario, tiene veintidós años. Es gordito y mucho más bajo que yo (uno setenta). Su cabeza es redondeada, su pelo es marrón claro y corto, orejas terminadas en pico, cejas pobladas como las mías, ojos grises y grandes, nariz ancha y una sonrisa perfecta siempre en sus labios.
Sus dientes están totalmente blancos y cuidados ya que va dos veces al mes al dentista y usa hilo dental cada vez que come. Su barbilla es muy peculiar porque en el centro tiene una especie de hoyito.
En cuanto me vio bajó del enorme camión y me saludó con un golpe en el hombro.
Llevaba la ropa del trabajo, chaleco vaquero, camiseta de manga corta blanca, pantalón azul con muchos bolsos y una gorra con el logo de la empresa.
Fuimos a mi piso donde le prepararía una buena comida.
