Capítulo II
Demasiado Tiempo Antes...
Abrió los ojos. Los engranajes de su conciencia empezaron a tomar forma. Parpadeó, parecía que la cabeza le fuese a estallar, demasiada información asimilada a la fuerza, seguramente… Pero ahora él no sabía nada de eso. Sólo que estaba despierto. Despierto y vivo. Eso era exactamente lo que esperaban de él. Parpadeó por segunda vez y respiró. El tanque de oxígeno entró en funcionamiento para mantenerlo vivo. Había tantos cables, tantas sondas en torno a su cuerpo… podía sentir cada partícula de la habitación, podía ver sin usar los ojos más allá de las fronteras de aquella colonia espacial. Movió un poco la cabeza y trató de elaborar una teoría sobre lo que estaba ocurriendo. ¿Quién era, por qué estaba allí? Ni siquiera sabía su nombre, pero… Ah, ahí estaba. Sí, todo estaba en su cabeza después de todo. Se esforzó en extraer de su cerebro la información que buscaba, y miles de imágenes e ideas llenaron su mente: la colonia espacial ARK, GUN, el experimento Shadow… el arma Shadow. Un prototipo de forma de vida perfecta, inigualable e… invencible.
Sonrió al pensarlo y se asombró de esa reacción automática por su parte. ¿Invencible? Tenía claro que se referían a él cuando las voces de su mente hablaban del experimento Shadow. ¿Un experimento? Vaya. Al poco tiempo le pareció un pensamiento amargo y trató de apartarlo de sus preocupaciones más inmediatas. Tal vez en su inconsciencia había soñado quizá ser algo más que eso. Un ser libre. Suponía que podría llegar a serlo. En cuanto saliera de allí.
―…mejor. ¿Pueden sacarlo ya de ahí?
Shadow aguzó el oído. La voz sonaba llena de ansiedad. Giró la cabeza en esa dirección, aunque el cristal blindado le impedía ver bien. Molesto, alzó la mano izquierda para tratar de apartarlo y se sorprendió. Vaya. Sólo recordaba que hubiera humanos en aquel lugar, de alguna forma había esperado serlo. Medio segundo después su sorpresa se desvaneció. Recordaba sus propios planos de construcción. ¡Claro que no era humano! Era mucho mejor que eso. Irritado, golpeó el cristal con el puño cerrado y este se hizo añicos. Se libró de todos los cables, de las sondas, de las vías intravenosas, con una sola onda de energía. El poder recorrió su cuerpo y emanó en una ola que resquebrajó los cristales tras los que se ocultaban aquellos humanos. Oyó gritos, ¿pero qué más daba? Saltó de entre los restos de la máquina y sus cientos de cables destrozados y tocó suelo por primera vez. Echó un vistazo a su alrededor con curiosidad, sin preocuparse por los humanos. Sabía que podía acabar fácilmente con ellos. Recorrió la estancia pausadamente. Un laboratorio en toda regla, demasiado avanzado tal vez para la mayoría de los países en la Tierra. Se extrañó de no encontrar en su mente casi ninguna información acerca de la Tierra. De pronto, sintió un dolor agudo en el brazo, y profirió una exclamación de dolor. ¿Qué..? Se volvió en décimas de segundo. Un humano, uno de los científicos por lo visto, lo apuntaba con un arma. Sonrió para sí. Una pistola, pero eso no le haría verdadero daño. Otro de ellos, ya entrado en años y con un poblado bigote, trató de arrebatarle el arma.
―¡¿Es que estás loco?! ¡Suelta eso, es peligroso!
Algo se removió en el interior de Shadow al preguntarse si se estaba refiriendo a la pistola o a él. Examinó la herida, la bala estaba alojada en el hueso. Había perforado la carne sin ninguna dificultad. Shadow extrajo la bala con una leve mueca de dolor, manchándose los dedos con su propia sangre. Casi inmediatamente después, la herida empezó a curarse por sí misma, rápidamente. Algunos humanos lanzaron exclamaciones ahogadas y uno de ellos gritó. Se oyeron dos detonaciones y otros dos dolorosos aguijonazos se clavaron en la espalda de Shadow, que no pudo aguantar un grito. Se tambaleó sin llegar a caer, y entonces la furia nubló su mente.
Todo sucedió muy rápido. Vio la habitación pasar borrosa ante sus ojos y luego la sangre manchó su visión. Antes de que se diera cuenta, el humano estaba tirado en el suelo frente a él, con el cuello roto y el brazo que sostenía aún la pistola a dos metros de su cuerpo. Se inclinó a su lado y le movió suavemente la cabeza para ver su rostro. La muerte había crispado sus facciones en un mudo grito de horror. Sus ojos estaban vacíos y muy abiertos, horrorizados, dos canicas de cuarzo inmóvil y muerto. No quedaba una chispa de vida en aquel cuerpo. Aún sentía dolor. Miró su pecho, por el que afloraban dos heridas de lasque brotaba sangre. Las balas lo habían atravesado por completo. Miró sus manos, manchadas de su propia sangre y la sangre del humano, que se confundían, mezclándose. En un principio esto lo agradó, pero luego una parte del líquido carmesí empezó a volverse más oscuro por partes, y permaneció así unos momentos, rojo y negro, negro y rojo, antes de que el más claro se tiñera con la sangre del erizo. Shadow sintió de nuevo una sensación extraña, de desasosiego, antes de que la vista empezara a nublársele. Tuvo tiempo de preguntarse por qué el sistema de autoregeneración celular rápida tardaba tanto en empezar a hacer efecto, antes de caer.
