Ya había anochecido. La luna creciente iluminaba tenuemente el mar y el acantilado. Los árboles bajos creaban sombras que no dejaban de ser acogedoras. Las crestas del suave oleaje cambiaba y refulgía con luz plateada. Las estrellas centelleaban inusualmente. Qué raro. No solían brillar tanto las noches de luna.

Shadow hundió los dedos en la arena suave y cálida del risco. Aquel saliente bajo del acantilado, muy cerca del mar, estaba situado estratégicamente. Desde aquella posición, el erizo negro podía ver sin dificultad el camino desde el pueblo y el resto del acantilado. Era un risco de fácil acceso que se podía ver muy fácilmente desde cualquier punto en la cercanía. Precisamente por eso lo había escogido.

No tardó mucho más de lo que esperaba. Sabía que vendría. Pronto percibió sus pasos tras él. Qué ingenua, pensó, intentaba no hacer ruido. Pero él la oía, y probablemente ella lo supiera también.

―Estás llorando ―murmuró en voz baja. Amy asintió débilmente para sí misma. ¿Cómo podía saberlo antes incluso de verla? Pero su voz había tenido un deje amargo, tan propio de él pero a la vez inesperado en una observación como aquella. Shadow giró en el risco para mirarla de reojo.

―No me pasa nada, estoy bien ―mintió Amy―. Es que… me…

―No busques una excusa ―los ojos de Shadow refulgieron burlones con la luz de la luna―. Ya sé que ha sido Sonic. Siempre es Sonic.

Amy frunció el ceño, poco dispuesta a empezar una pelea. No se sentía con fuerzas. Finalmente, aunque con algunas dudas, se sentó al lado de Shadow en la punta del risco. Realmente le gustaba estar allí: el mar era tan bello, la luna tan hermosa… El ambiente de verano era templado, la roca y la arena estaban cálidas y la noche, arrullada por las suaves olas, era un remanso de paz. Amy suspiró débilmente. Le picaban los ojos de llorar.

―¿Siempre estás aquí? ―bromeó. Shadow esbozó una media sonrisa antes de responder.

―Suelo.

―Es muy… chulo ―comentó Amy, encogiéndose de hombros―. Se está genial aquí. Pero no viene mucha gente por la zona.

―Es por la altura. Algunos dicen que es peligroso pasear por la cornisa del acantilado y además queda un poco lejos del pueblo. Y no creas, los hay que vienen por aquí de cuando en cuando, pero el acantilado es grande. Hay sitio para todos, tantos riscos que no veríamos si alguien se sienta como nosotros en uno de los de arriba.

Amy sonrió, pensando en Sonic por enésima vez. Ojalá… eran tantos ojalá… a lo largo del día, tantos pensamientos dirigidos al erizo azul... No debería exagerar tanto, pensó, ahora estoy triste sólo porque Coral se lleva bien con Sonic. No debería pensar así. No debería sentirme así. Shadow pareció adivinar sus pensamientos, porque su semblante se oscureció de nuevo. Amy entonces se interesó por él: siempre estaba tan serio, era tan frío y distante… Después de oír su historia, lo comprendía mucho mejor. Pero todo el mundo debería recuperar la alegría de vivir, él incluido. Permanecieron un rato en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, contemplando el reflejo de la luna sobre el mar.

―Amy.

La chica se volvió automáticamente al oír la voz de Shadow. El erizo negro guardó silencio unos segundos, y luego sonrió.

Fue algo extraño. La chica no recordaba haber visto a Shadow sonreír jamás. Siempre era una media sonrisa apagada, o un gesto torcido y amargo, sin pizca de alegría. Pero ahora lo veía sonreír de verdad, una sonrisa sincera, la primera en mucho tiempo. Aquel simple cambio obró una transformación completa en él. Su rostro se iluminó, suavizándose. Sus ojos grandes, color rubí, se volvieron cálidos y amables. Pero en ningún momento dejaron de albergar aquella sombra sempiterna de tristeza, no dejaron de ser pozos de amargura. Se transformó de repente a los ojos de Amy, una silueta negra y elegante de ojos rubí, un bello ángel de la tristeza, con las alas rotas y raídas, un gris apagado ahogando su luz blanca, tiñéndola de un sufrimiento hondo, profundo, imperecedero y doloroso. Un alma torturada a lo largo de los años, un corazón remendado y endurecido, despedazado una y otra vez hasta hacerlo irreparable. Un ángel caído en desgracia, bañado por la luz de la luna, abandonado y solo. Despertó en ella un sentimiento de compasión, de respeto, de empatía y comprensión. Una sensación melancólica pero dulce, muy dulce. La sonrisa de Shadow, que una vez había sido tierna, resucitaba ahora para ella, solo para ella. En su mirada había ternura. Aquello le hizo sentirse cohibida, porque comprendió que el erizo negro le estaba abriendo un hueco hacia su corazón. No terminaba de comprenderlo, ¿por qué a ella? Buceó en la mirada carmesí de Shadow, sintiéndose extrañamente segura, comprendida y protegida. Acogida en un lugar cálido, lejano e interminable.

De pronto, el hechizo se rompió. Amy recordó la hora, echó un vistazo rápido al reloj y, murmurando una confusa disculpa y una despedida, se levantó y echó a correr hacia el pueblo. Apenas habían hablado, pero ya sentía una especie de complicidad con Shadow. Y tomó la decisión de volver al acantilado al día siguiente.