Cuando Shadow despertó, descubrió que algo le impedía moverse. Al principio creyó que se hallaba en absoluto silencio. Sin embargo, poco a poco fue percatándose de que entre la oscuridad, a lo lejos, podía percibir un débil repiqueteo sonoro. Extrañado, abrió los ojos.
Tal como esperaba, estaba firmemente sujeto a lo que parecía una mesa metálica, mediante gruesos cables de acero. ¡En el mismo laboratorio! Habían retirado el cuerpo del científico, pero seguía habiendo manchas de sangre en el suelo. Con una media sonrisa sardónica, concentró una pequeña cantidad de energía en las manos, y permaneció inmóvil unos instantes. Después, con un rápido movimiento, destrozó completamente los cables que lo sujetaban, lanzando los restos contra las paredes y el resto de la estancia, destrozando cuanto había a su paso.
La música cesó súbitamente, y al poco tiempo volvió a reanudarse. Shadow, intrigado, se dirigió hacia la puerta. Estaba formada por dos hojas de acero sin pomos, probablemente protegida por una contraseña que la abría desde el exterior. No había problema, sin embargo.
Diez segundos más tarde, caminaba sigilosamente por el pasillo, que según caminaba se había transformado en un corredor elegante, con las paredes tapizadas y con ventanas que deberían haberse abierto hacia un espléndido jardín. Sin embargo, por ellas solo podía verse el frío espacio. A Shadow no le gustaba aquel lugar. Apenas había visto casi nada desde que despertó, desde que nació hacía apenas unas horas. Pero todo lo que había visto era frío, era heladamente hostil. Y casi todo estaba muerto.
Había puertas a un lado del pasillo, a mano derecha. Ahora podía oír más cerca aquel sonido, pero no fue capaz de identificar su fuente. Guiado por él, siguió caminando un tiempo indefinido, y cada vez lo oía con más claridad… Finalmente, se paró frente a una puerta de dos hojas, de madera blanca, y la empujó suavemente para entrar en la habitación.
La estancia era amplia y estaba en penumbra. Un solo haz de luz había iluminado antes el centro de ella, en el que se erigía una tarima suavemente alzada del suelo, sobre la que se encontraba un hermoso objeto, de color negro reluciente, del que provenía aquel sonido que lo había guiado hasta allí. Frente a él pulsando sus teclas nacaradas, había sentada una chica humana, rubia, ataviada con un vestido azul y blanco. Cuando entró en la sala con paso firme, ella se limitó a levantar hacia él dos enormes ojos azul cielo, de largas pestañas, que volvió a bajar con una sonrisa. Shadow la examinó en silencio, intrigado, desde la puerta. Las manos de la chica volaban veloces sobre aquellas teclas, y cada vez que pulsaba una, un nuevo sonido vibrante se unía a sus compañeros en un vibrante canon, y luego se extinguía débilmente para dar paso a otros. La chica no habló cuando se acercó a ella, cada vez con más curiosidad.
―¿Qué haces? ―preguntó finalmente. La chica alzó de nuevo el rostro hacia él y sonrió, con una sonrisa bella y blanca.
―¿No lo sabes? Es música. Estoy tocando el piano ―rió, con una risa cantarina, limpia, que reverberó en las paredes de la sala. La música, como ella la había llamado, adoptó un cariz nostálgico, tristeza y felicidad mezclándose, anhelante… la melodía cautivó a Shadow por un momento. Luego frunció el entrecejo, extrañado. Se suponía que su cerebro albergaba todos los conocimientos que le eran necesarios, y así se lo hizo notar a la chica. Ella compuso una media sonrisa seria, enigmática, y respondió:
―Sabes todo lo que tú necesitas saber.
En aquel momento, la luz que entraba por la puerta se oscureció con una silueta alta, y una voz potente ahogó el sonido del piano.
―¿María? ¿Estás a…? ¡Maldito sea! ¡Shadow!
Sonó claramente el amartillar de un arma y el erizo se volvió, con los músculos en tensión, preparado para defenderse. Había un hombre alto, de hombros anchos y algo grueso en la puerta. Lo reconoció como uno de los científicos, el del mostacho cano y pelo ralo. Lo apuntaba.
―¡No, abuelo! Shadow y yo estamos tocando el piano, ¿no lo ves?
―¡Es peligroso! ¡Apártate de ella, engendro, o te…!
―¿Qué está pasando aquí? ―se hizo oír una voz nueva, autoritaria y profunda, acallando los demás sonidos. El hombre de la puerta se apartó para dejar paso a otro, bastante más joven, que nada más entrar hizo un gesto con la mano, y la estancia se iluminó con cientos de velas. Shadow, alarmado, se echó atrás ante el repentino resplandor, y exclamó involuntariamente:
―¡¿Pero qué es esto?! ¡Cómo ha podido hacerlo!
Miró al hombre joven, vestido elegantemente y con el pelo peinado hacia atrás. Este le devolvió un gesto de superioridad antes de contestar a su pregunta:
―Esto, amigo mío, es tecnología. De la más avanzada. Como tú.
Aquellas palabras no hicieron más que interesarlo. Con un brillo inquisidor en la mirada, Shadow preguntó:
―¿Yo? No creo que la tecnología más avanzada ignore cosas como lo que es la música, que los humanos saben.
Sorprendiéndolo, el hombre prorrumpió en una sonora carcajada.
―¡Estúpido! Sabes únicamente lo que nos interesa que sepas. Lo que te será útil. Solo lo que tú necesitas saber… ―hizo una pequeña pausa― ¿Para qué ibas a necesitar saber lo que es la música? ¿Te sirve de algo saberlo? O mejor dicho, ¿nos sirve de algo que lo sepas?
A Shadow no le gustaba lo más mínimo el tono con que aquel humano se dirigía a él, ni la forma en que lo trataba. Como un ser inferior, pensó, cuando en realidad él era superior… superior a todos. Una forma de vida perfecta. Modeló su propio tono de voz, haciéndolo suave y cargado de amenaza:
―Yo soy mucho más poderoso que tú. Eres un simple humano.
Para su irritación, aquella frase sólo arrancó una nueva risa estruendosa del hombre. Molesto, avanzó un solo paso hacia él, reuniendo energía, la suficiente como para reducir al humano a un simple montón de cenizas. Sin embargo, de pronto se encontró, boquiabierto, con que no podía mover un solo músculo. Miró a los ojos al hombre, asombrado y asustado, y se encontró con una mirada orgullosa y burlona.
―Intenta pavonearte ahora, y morirás en el acto. No soy un simple humano, como tú no eres un simple experimento… pero aquí, amigo mío, en este mundo, no importa tanto tu propio poder, si estás solo. Y tú lo estás. Nadie acudirá nunca a buscarte, ni te echarán de menos… nadie te esperará en ninguna parte, porque nada te ata al mundo. Y por eso eres un arma tan eficaz… ―sus ojos brillaron― Tú me darás todo lo que quiero… todo lo que deseo será mío, gracias a ti. Eres mi mejor creación, la más brillante, la más… perfecta.
El hombre entrecerró los ojos, hizo un gesto con la mano y Shadow se quedó sin aire de pronto. Intentó liberarse de aquella opresión con todas sus fuerzas, pero ni tan siquiera podía mover los párpados. Cuando le empezaron a fallar las fuerzas, sintió que la presión desaparecía, y se dejó caer de rodillas al suelo, boqueando. Preguntó, con la voz ronca:
―¿Quién eres?
Él sonrió con una sonrisa taimada.
―Me llamo Alexander Dalconte. Pero para ti no soy más que tu amo.
El eco de sus pasos se perdió poco a poco cuando se alejó de la estancia por el pasillo, por el suelo de mármol. Shadow, furioso, sintió que la mente se le nublaba. Antes de que lo percibiera siquiera, María había dejado su asiento frente al piano de ébano y se había arrodillado a su lado, con un suave frufrú del largo vestido.
―No temas.
El primer humano que había aparecido también se agachó a su lado, y vio en su mirada un deje de preocupación. Pensó que no deberían preocuparse por nadie que no fueran ellos mismos. Él no sería tan estúpido… Ese último pensamiento se desvaneció en el zumbido de su mente embotada. Sintió que perdía la consciencia, pero de pronto unas manos aterciopeladas le cogieron suavemente el rostro, y la chica de profundos ojos azules le susurró:
―No te harán daño. Eres más fuerte. No temas.
Siguió hablándole, suavemente, con voz queda y dulce, e increíblemente, Shadow fue recuperándose lentamente. En cuanto tuvo fuerzas se apartó de ella, para dejarse caer de nuevo sobre el suelo. Sin embargo, la humana sonrió de nuevo. Shadow parpadeó un par de veces, sacudió la cabeza y gruñó:
―¿Quién soy yo?
